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El final de la reforma de cofradías de Sevilla

DSCF2648En otra oportunidad hemos hablado del final que tuvo la reforma de cofradías de Nueva España. Pues bien, en el reino de Sevilla las cosas fueron en parte distintas y en parte semejantes. Distintas, pues en la Península el expediente general del Consejo de Castilla generó una resolución, el real decreto de 1783, que implicó una “recogida de constituciones”. Esto es, los jueces reales debían incautar los documentos fundamentales de cada hermandad o cofradía para que acudieran al Consejo de Castilla para su reforma. Esto ocasionó la formación de numerosos expedientes particulares. Y justo en ello se asemejan ambos reinos, pues la reforma general novohispana dejó paso a una reforma asimismo por expedientes particulares. Además, sin embargo, la Real Audiencia de Sevilla no renunció de inmediato a establecer un “arreglo general” de las hermandades de la ciudad y del “reynado”, aunque el proceso fue bastante lento.

Más de una década después de la conclusión del expediente general de Madrid, y a una década exacta de que se tratara de reabrir el expediente general de Sevilla, uno de los numerosos expedientes judiciales que las hermandades sevillanas sostenían entre sí dio motivo a un último intento de reforma general. Como se ve en los documentos de abajo, las hermandades conocidas como de la Carretería y del Gran Poder se disputaban el horario de salida de sus estaciones de penitencia (procesiones) de la madrugada del Viernes Santo. El caso llegó al Consejo de Castilla, que pidió informe a la Real Audiencia de Sevilla, ésta aprovecho para buscar una nueva medida a aplicar sobre las hermandades de la ciudad, pues lo hecho desde 1787 e incluso desde antes, parecía ahora insuficiente. Abajo vemos la respuesta del Consejo, la forma en que la orden se aplicó, tratando de retomar lo que no se había cumplido en diez años, y la resolución final del caso de esas dos hermandades.

Así pues, también de aquel lado del Atlántico la reforma tuvo unos límites particulares, y procuró más bien evitar la reacción airada de la sociedad hispalense, tan solidaria en sus cofradías y hermandades.

 

Informe de la Real Audiencia de Sevilla sobre el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17941

Muy Poderoso Señor

Con fecha 7 de abril del corriente año manda Vuestra Alteza le informemos lo que se nos ofrezca y parezca acerca de la pretensión hecha en 17 del anterior mes de marzo por la hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, cita en su capilla propia en el barrio de la Carretería, extramuros de esta ciudad, sobre que la de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, con quien sigue pleito, que se halla retenido en la sala primera de este tribunal, se abstuviere de salir a hacer su estación el Viernes Santo por la mañana ínterin dicho pleito se determina definitivamente.

Y en su cumplimiento decimos que en la Sala Primera de este vuestro Tribunal se halla retenido y en estado de vista en definitiva pleito que principió en 16 de abril de 1791 ante el provisor y vicario general de este arzobispado la hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, sobre que se le señalase día para hacer su estación la madrugada del Viernes Santo de dicho año, anterior a la que hubiese de señalársele a la de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, de suerte que en dicha estación o procesión le precediese aquella a ésta.

En seguida de esta pretensión se promovieron por una y otra artículos de manutención y otros en que recayeron diferentes autos de fuerza en recursos que para este tribunal instruyó la primera, y por el último en que se declararon por de legos dichos autos, se retuvieron en la sala primera con otros que al mismo tiempo se habían principado y seguía la Hermandad de la Luz ante vuestro teniente tercero de asistente contra la misma hermandad del Gran Poder sobre los mismos puntos y artículos.

Retenidos los autos, arregló sus pretensiones la de las Tres Necesidades al artículo de manutención en la posesión en que decía hallarse de que la del Gran Poder no le precediese en la estación de Semana Santa, estimando punto de preferencia el ir delante.

Ejecutoriado este artículo a favor de la hermandad del Gran Poder, se puso demanda de propiedad por la de la Luz y Tres Necesidades a la que está conclusa para vista, que es el estado del pleito.

Referir a Vuestra Alteza por menor con los pasajes del proceso, la obstinación y empeño con que se ha seguido, sería dilatarnos demasiado, baste decir que ha sido tal la tercedad y porfía de uno y otro cuerpo, que no han perdonado ardid ni medios de cuantos puede sugerir la cavilación más acalorada, que no hayan emprendido y seguido con el mayor tesón, al paso que el tribunal, conociéndolo así, ha dado las providencias más oportunas para cortarlos, y que ciertamente hubieran producido el efecto deseado, a no haberse empleado en gentes tan indóciles.

Toda la disputa, como a Vuestra Alteza llevamos manifestado, está ceñida a cuál de los dos cuerpos debe ir delante en la procesión de Semana Santa. Más claro: cuál de los dos ha de tomar más parte de la noche para conciliarse mayor lucimiento y cuál se ha de presidir a cual, de que podrá inferir Vuestra Alteza el espíritu de devoción que las anima y la edificación que causará al público un culto de esta idea.

Podemos asegurar a Vuestra Alteza que un asunto tan fútil en sí y de tan poco interés ha causado al pueblo gran escándalo en descrédito de dichas hermandades, y ocupado al tribunal mucho tiempo precioso con perjuicio y atraso de otros negocios de bastante gravedad.

Por lo cual, y respecto a estar cumplida la orden de Vuestra Alteza en todas sus partes, como se acredita de los testimonios que acompañan, somos de dictamen de que Vuestra Alteza mande recoger las reglas a dichas hermandades e igualmente a todas aquellas que las tengan aprobadas en esta ciudad, que no sean de Santísimo o Ánimas, mediante su inutilidad y lo mucho que ocupan al tribunal con sus diarios recursos, usurpándole el tiempo que debe emplear con ventajas del público en negocios de importancia.

Es cuanto podemos informar a Vuestra Alteza en cumplimiento de su superior precepto, cuya vida guarde Dios muchos años. Sevilla, 16 de julio de 1794.

Bernardo Ruega.- D. Isidro de la Hoz.- D. Josef María Valiente y Brost.- D. Bernardo Falcón.- D. Pedro Gómez Labrador.

 

Orden del Consejo de Castilla sobre el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17982

Ha visto el Consejo el expediente formado en él a instancia de la Hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, sita en su propia capilla en el barrio de la Carretería, extramuros de esa ciudad, sobre que la titulada de Jesús del Gran Poder establecida en la parroquia de San Lorenzo se abstenga de salir primero a hacer su estación en la Catedral el Viernes Santo por la mañana, ínterin y hasta tanto que se ve y determina por ese tribunal el pleito que siguen sobre el asunto en la sala primera de él. Y enterado el Consejo de cuanto resulta de dicho expediente, como también de lo que le informó esa Real Audiencia con fecha de 16 de julio de 1794 proponiendo entre otras cosas se recojan las ordenanzas a las expresadas hermandades, e igualmente a todas aquellas que las tengan aprobadas en esa ciudad que no sean del Santísimo o ánimas, mediante su inutilidad, y lo mucho que ocupan a ese tribunal con sus diarios recursos, usurpándole el tiempo que debe emplear con ventajas del público en negocios de importancia, ha resuelto, con presencia asimismo de lo expuesto por el señor fiscal, que esa Real Audiencia recoja las ordenanzas originales de las referidas dos cofradías de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades y Jesús del Gran Poder, con las alhajas que les correspondan, y que depositando éstas exponga al Consejo por mi mano si convendrá su reunión a otras sacramentales o de Ánimas, y el destino que deberá darse a sus bienes y efectos.

Al propio tiempo ha resuelto el Consejo se encargue a esa Real Audiencia que por lo respectivo a las demás hermandades, cumplir con lo mandado en el real decreto expedido en el año de 1783, sobre arreglo de cofradías en todo el reino, procediendo en su ejecución con prudencia y sin causar de una vez novedad notable, informando al Consejo lo que de todo resulte y demás que se le ofreciere y pareciere. Todo lo cual participo a V.S. de acuerdo del Consejo y para su inteligencia y que haciéndolo presente en el de ese Tribunal disponga su cumplimiento dándome V.S. en el ínterin aviso del recibo de esta a efecto de hacerlo presente en él.

Dios guarde a V.S. muchos años. Madrid, 10 de septiembre de 1798.- Bartolomé Muñoz.- Señor Regente de la Real Audiencia de Sevilla.

Censura final del fiscal Joaquín José Márquez Villalobos en el expediente de reforma general de Sevilla, 17983

El fiscal de Su Majestad, visto este ramo separado que se ha formado con copia de la real orden de 10 de septiembre anterior relativa al arreglo de hermandades y que se le ha mandado pasar para que pida lo que corresponda sobre el segundo particular que incluye dicha orden, y teniendo asimismo presente el expediente general antiguo formado en el asunto.- Dice:

Que el Consejo encarga a esta Real Audiencia que por lo respectivo a todas las hermandades del territorio, exceptuadas las que han dado ocasión a que se expida dicha orden, cumpla con lo mandado en el real decreto del año de 1783 sobre arreglo de cofradías en todo el reino, procediendo en su ejecución con prudencia y sin causar de una vez novedad notable, informando al Consejo lo que de todo resulte, y demás que se le ofreciere y pareciere.

En cumplimiento de dicho real decreto se han dado por el Acuerdo desde su expedición, diferentes providencias, así generales como particulares, en los muchos expedientes que se promueven de esta naturaleza. En el año de 87 a impulso fiscal se dieron órdenes a los tenientes de esta ciudad para que recogiesen las ordenanzas de las hermandades establecidas en ella y practicasen otras diligencias conducentes a su respectivo arreglo, y también con el mismo fin se libró carta orden impresa por vereda a los justicias del territorio antiguo para la presentación y remisión de ordenanzas y evacuación de las mismas diligencias e informes circunstanciados sobre los puntos que se expresaron entonces en la censura fiscal de 13 de febrero de dicho año.

Según ha comprendido el fiscal, no correspondieron las resultas a los insinuados connatos, y aunque los tenientes remitieron sus expedientes y diligencias, acompañadas de una porción considerable de reglas, no las recogieron todas, quedando incompleto e imperfecto el desempeño de la comisión. Menos esmero hubo de haber de parte de las justicias de dichos pueblos, de las cuales muy pocas dieron cumplido el encargo hecho.

En este estado se recomienda por la citada orden el cumplimiento de dicho real decreto, y las nuevas circunstancias obligan a que en parte se adopten las mismas medidas tomadas en el año de 87, y en parte se arbitren otras más vigorosas y adecuadas a verificar el citado arreglo. El territorio de esta Real Audiencia se halla ampliado y comprende ahora otros muchos pueblos, a cuyas justicias no llegó ni pudo llegar la orden comunicada entonces por vereda. El exacto cumplimiento de la expedida últimamente por el Real y Supremo Consejo puede proporcionar otras ventajas y utilidades sobre las que antes se atendían, conforme a la nueva situación de las cosas.

Fundado pues el fiscal en dichas consideraciones, pide al acuerdo se sirva repetir su comisión a los tenientes de Asistente de esta ciudad para que a presencia de los expedientes formados en el año de 87 que al efecto deberán devolvérseles, recojan y remitan las reglas que falten, y asimismo procedan a que por todas las hermandades y sus respectivos hermanos mayores, mayordomos y oficiales les entreguen relaciones certificadas y exactas de los bienes y alhajas que les pertenezcan, conminados con la multa de 200 ducados en el caso de ocultación o fraude, cuyas diligencias den evacuadas dichos tenientes en el preciso término de 15 días con apercibimiento de ser responsables por la omisión, y de procederse a lo demás que haya lugar y para facilitárseles su práctica, podrá el presente escribano de Acuerdo poner en dichos expedientes lista certificada de las hermandades sitas en las iglesias o capillas de cada cuartel, puesto que según está entendido el fiscal, tiene a la mano dicho escribano de Acuerdo exacta noticia de todas las referidas hermandades, adquirida con el motivo de la invitación general que se les ha hecho al donativo y empréstito a Su Majestad en virtud de sus reales órdenes, cometidas al señor regente para su cumplimiento.

Asimismo, pide el fiscal se libre provisión o carta orden por vereda a los justicias de todos los pueblos del antiguo y nuevo territorio, para que en el tiempo de un mes recojan y remitan las reglas u ordenanzas de las hermandades y cofradías no aprobadas, e igualmente procedan a la entrega por sus respectivos mayordomos, hermanos mayores y oficiales de idénticas relaciones circunstanciadas y exactas, certificadas por los secretarios de dichas hermandades y firmadas por los mismos oficiales, de todos sus bienes y alhajas sin omitir ni ocultar cosa alguna bajo la multa de 200 ducados, y bajo la misma pena a los justicias si lo disimulan, y con apercibimiento de procederse a lo demás que convenga, y luego que sean remitidas las expresadas diligencias de cada pueblo pro sus justicias, convendrá que por el escribano de Acuerdo se ponga en cada expediente que se forme lista de las hermandades existentes en el respectivo pueblo, según lo resolutivo de las noticias y nóminas formadas con el expresado mérito de invitarse a dicho donativo y empréstito.

El Acuerdo podrá disponer sobre todo lo que fuere más acertado y justo. Sevilla, 17 de octubre de 1798.

Márquez.

Resolución final de la Sala de Gobierno del Consejo de Castilla en el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17984

Señores de Gobierno 2ª

Bendicho

Isla

Isunza

Sin embargo de lo mandado en el auto de 23 de mayo de 1796, líbrese provisión para que la Real Audiencia de Sevilla no impida continuar en sus ejercicios a las cofradías de Nuestra Señora de la Luz y Jesús del Gran Poder, bajo las ordenanzas que tienen aprobadas, y la escritura de transacción que presentan.

Madrid, 9 de noviembre de 1798.

 

1 Archivo Histórico Nacional (AHN), Consejos, leg. 1368, exp. 5, fs. s/n.

2 Archivo General del Arzobispado de Sevilla (AGAS), Justicia, Hermandades y cofradías, leg. 9813, exp. 4, fs. s/n.

3 AGAS, Justicia, Hermandades y cofradías, leg. 9813, exp. 4, fs. s/n.

4 AHN, Consejos, leg. 1368, exp. 5, fs. s/n.

Un pequeño problema de estatura clerical

DSCF4156Entre la muerte del arzobispo Juan Antonio de Vizarrón en enero de 1747, y la llegada a México de su sucesor, Manuel Rubio y Salinas, en septiembre de 1749, gobernó la arquidiócesis de México el Cabildo Catedral sedevacante. Tal vez el mejor, pero si no acaso el más grueso, testimonio de ese periodo de gobierno de poco más de dos años y medio es el libro 39 de actas de cabildo que se conserva en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, de poco más de 500 fojas. Aunque separando bien los asuntos a lo largo de sus sesiones, en la sala capitular se comenzaron a tratar tanto las cuestiones ordiarias propias de la Catedral como las del gobierno arzobispal, es decir, salvo algunas excepciones, no había sesiones exclusivas para uno y otro de los papeles que desempeñaron los canónigos en este período. Y hay que ver que el gobierno arzobispal podía ser particularmente pesado: los canónigos se ocuparon de la provisión de curatos, sacristías y capellanías, así como beneficios de todo género; los atarearon también las numerosas licencias para los clérigos de todo el arzobispado; los nombramientos de confesores y visitadores de los conventos de religiosas; las solicitudes de dispensas para la celebración de matrimonios; la atención de los establecimientos bajo patronato arzobispal, como el Hospital del Amor de Dios, y un largo etcétera.

Como es propio de toda sede vacante, el Cabildo no podía innovar, pero sí confirmar o reiterar ciertas medidas de los arzobispos anteriores. Los canónigos, por ejemplo, se mostraron preocupados en particular por la vida y conducta de los clérigos, y de manera más específica, por su traje. Al menos en dos ocasiones, abril de 1747 (f. 60 del libro citado), y marzo de 1748 (f. 207), mandaron publicar edictos que incluían este punto concreto. Ya lo hemos señalado en este espacio en algunas oportunidad, el clero del siglo XVIII se distinguía (o al menos de manera ideal), no exclusivamente pero también, por su imagen. Debía lucir, y eran términos que venían reiterados en esas actas de cabildo, las virtudes de su “sobriedad” y su “modestia” en su vestimenta negra, traje talar, preferentemente sotana, en sus cabellos tonsurados, evitando todo adorno que pudiera considerarse “profano”, y por supuesto, evitando el uso de otras prendas. Hay que insistir en ello, no era una mera obsesión de los canónigos, bien que ellos en particular eran expertos en materia de distinción vestimentaria, como habrían de confirmar sus gestiones para el uso de “bolillos”; es decir, mangas, ya a finales del siglo XVIII, en una iniciativa que secundaron los cabildos catedrales de toda la Nueva España. Ya lo decía el obispo de Guadalajara don Juan Cruz Ruiz Cabañas en sus célebres mandatos de visita, “aunque el hábito no hace al monje”, pero el estado clerical debía “distinguirse aun a primera vista del respeto de los demás hombres”.

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José de Alcíbar, El nacimiento de San José, 1771, detalle. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec

Ahora bien, el tema de la distinción clerical no nos parece tan ajeno, salvo cuando lo vemos aplicar por encima de lo que hoy consideramos deben ser los valores del clero católico. Pues bien, el Cabildo Catedral sedevacante nos dejó un testimonio particularmente crudo al menos para nosotros, de lo que importaba la imagen del sacerdote. En el cabildo del 9 de marzo de 1748 (f. 201) se presentó una solicitud para tomar las órdenes sagradas, es decir, para volverse sacerdote, por parte de alguien que ya era clérigo de órdenes menores, el bachiller D. Fernando de Llorente y Mojica, quien declaraba poseer 7 mil pesos de capellanías, es decir, unas rentas de 350 pesos anuales. Ya esa presentación nos habla bien de la calidad del clero de la época: hombres de familias de respeto, como se advierte ya en que lo trataban con el apelativo de “don”; con estudios universitarios al menos del grado más elemental, el de bachiller; con la solvencia económica indispensable para no deshonrar el hábito clerical con la mezcla en actividades profanas, gracias a esas obras pías que eran las capellanías; y en fin, seguir la jerarquía de las órdenes sagradas, las menores (ostiario, lector, exorcista, acólito, subdiácono) y las mayores (diácono y presbítero).

¿Qué le faltaba al bachiller Llorente? Estatura, literalmente, y no como podríamos pensar hoy que le bastaría estatura moral, sino estatura física. No sabemos cuánto medía con precisión, pero él mismo estaba ya más que consciente de que tenía “el defecto de la pequeñez”, hasta el punto de que era necesario hacer ornamentos específicos para su tamaño, lo cual aseguraba podía costearse él solo. Esa conciencia y los largos años de gestiones para llegar a ser sacerdote resultan lo más impactante de su solicitud. Presentaba además breves pontificios dispensándole por este motivo, dados en 1717 y 1721. Y a pesar de esos breves de la máxima autoridad de la Iglesia católica, tal era su condición que, según siempre su propio relato, ningún obispo de Valladolid de Michoacán, Puebla o Oaxaca había aceptado concederle el presbiterado. Ante los canónigos incluso presentó una propuesta que permitía salvar el que, de nuevo él mismo lo sabía bien, podía estimarse el problema principal: que el público lo viera. Solicitaba que se le asignara a la capilla privada del Hospital de San Pedro, para decir misa por los sacerdotes enfermos, “sin que pueda decirla en otra parte alguna”. Era tanto como decir que se proponía ser un sacerdote casi “en secreto”, sin que el público lo viera celebrar.

Graves como siempre, los canónigos atendieron el asunto, citando no sólo “lo notable de su pequeñez excesiva”, sino además “lo notable [de] su fealdad”, y encima su vejez, por tener ya “más de cincuenta años de edad”. Prudentemente le respondieron que se presentara al futuro arzobispo de México, pero es claro que era una negativa basada en que le faltaba corresponder a esa imagen que se esperaba de un sacerdote, no sólo virtuoso, sino digno de respeto a la vista, respecto de la cual el bachiller Llorente no estaba, lamentablemente, a la altura.

 

Los últimos días de Agustín Rivera

agustin-rivera-webEl día de hoy se cumplen cien años de la muerte del Dr. Agustín Rivera. Cabe destacarlo, si su obra no bastara, su memoria hizo también correr algo de tinta no desprovista de interés. La prensa dio a conocer la noticia de su muerte, y aunque falta un trabajo más amplio al respecto, parece ser que se le conmemoró sobre todo en las páginas de órganos del carrancismo, como El Pueblo. También recibió atención importante, y resulta paradójico tratándose de un sacerdote católico, del periódico oficial del metodismo, El abogado cristiano. Significativamente, no hemos encontrado hasta ahora, pero todavía no hemos hecho una búsqueda a profundidad, la reacción de la prensa católica.

En esta oportunidad, tomamos de las páginas de El pueblo un artículo remitido en octubre de 1916 y publicado en enero de 1917 de Rafael Muñoz Moreno, quien fue durante largos años el amanuense de Rivera. Desde luego, es un recuerdo íntimo, doloroso inclusive, que presenta a la admiración del lector a un anciano fuerte en la enfermedad pero extremadamente débil, ciego y pobre. Además se acerca todo lo posible a la facción revolucionaria en el poder. Es asimismo interesante pues nos describe unos últimos días del padre Rivera particularmente secularizados: no hay la mención más mínima a auxilios espirituales, rezos o sacramentos católicos. Sorprende también la ausencia de toda referencia a Lagos de Moreno, sus autoridades o habitantes. En cambio, hay incluso reproches familiares, y claro, vemos aquí ya la construcción de la imagen de Rivera como el gran sabio, comparable a los clásicos que tanto citó, como Homero, Horacio o Virgilio. Leamos pues, esta memoria familiar del sabio de Lagos en el centenario de su fallecimiento.

El pueblo, año III, tomo I, núm. 787, México, 6 de enero de 1917, p. 3.

Últimos días y muerte del preclaro escritor señor doctor Agustín Rivera

Una vez más se ha comprobado, con motivo del fallecimiento del señor Dr. D. Agustín Rivera, la verdad de aquel pensamiento de Hugo, expresado en el siguiente apóstrofe: “¡Grandes hombres si queréis que mañana se os haga justicia, moríos hoy!” Apenas han transcurrido tres meses desde esa defunción, cuando ya diferentes agrupaciones literarias se apresuran a estudiar su vida y analizar sus obras, tanto en los diferentes aspectos que estas en sí mismas presentan, como en el influjo cultural que han ejercido sobre nuestra patria. Un interés muy vivo se ha despertado en cuantos piensan, por conocer detalles relativos a los últimos días del erudito doctor. Numerosas cartas he recibido de reconocidos intelectuales, en que se me interroga sobre ese asunto, y para contestar a todas ellas y dar al dominio público lo que de derecho le corresponde, me he resuelto a escribir este artículo, informando en la verdad y en la justicia.

La existencia del señor Dr. Rivera fue amargada en sus últimos años por variados padecimientos físicos y morales. Lo avanzado de su edad, pues falleció a la de noventa y dos años, cuatro meses, seis días, le originó numerosos achaques y enfermedades, algunos de los cuales hubiesen sido insoportables para hombres de inferior carácter. De entre esos males, el mayor fue, sin duda, la paulatina disminución de su potencia visual, que empezada sensiblemente a mediados del año próximo anterior, llegó a imposibilitarlo para la lectura desde a fines del mismo, impidiéndole de ese modo, que efectuara lo que de más fundamental e irresistible había en todas sus tendencias. Desde entonces, comenzó a declinar rápidamente: todos los padecimientos que antes le eran soportables debido a que en el estudio encontraba para ellos un paliativo o un remedio radical, al ocupar el campo entero de su conciencia psicológica, crecieron en importancia subjetiva. Ensimismado, absorto, veíase discurrir por los aposentos de su casa (sita en esta ciudad. Avenida B. Domínguez, Poniente 37), siempre inteligente, siempre activo, supiendo con la claridad de las facultades mentales, la oscuridad creciente que le envolvía, y consiguiendo de ese modo dictarme las más ingentes cartas, ordenar sus objetos de uso personal, disponerse, en suma, para efectuar ese largo viaje que al fin emprendió, y que si no era esperado, era previsto. Fácil es comprender lo que para ese hombre significó la casi completa pérdida de la vista. Difícil es conseguir mayor concebir mayor desgracia para un hombre de estudio. Fue para él lo que habría sido la parálisis para Alejandro Magno, lo que sería la ablación de las alas para un cóndor. En los cerebros bien organizados, existen tendencias firmes y precisas: “la bestia filosófica” de que nos habla Nietzsche, no es más que el hombre constituido para filosofar y que se busca el medio al efecto más propicio venciendo no importa cuáles resistencias: suprimir esa indómita inclinación, desviar esa fuerza que se encamina por senderos predesignados por la naturaleza, ahogar lo que en nosotros existe a título de aspiración suprema, es suprimir la vida misma. Por eso considero que la rápida declinación de la del señor Dr. Rivera, a consecuencia de su ceguera, fue un suplicio y una comprobación, suplicio porque contrarió una tendencia primordial de su organismo: comprobación, porque rebeló la escuela de éste.

La pobreza, esa inseparable compañera de la virtud y el genio, afligió también en sus últimos años al ilustre desaparecido. Imposibilitado por su edad para todo trabajo inmediatamente productivo; sin el apoyo de mi hijo el Lic. Muñoz Moreno, que a la sazón sufría los rigores del exilio; dedicado yo por completo a atender de noche y día al noble anciano; sin contar con mas recursos que la modesta pensión de ciento cincuenta pesos mensuales en su favor decretada por el XXVI Congreso de la Unión, y que la Revolución, por una de esas contradicciones que hacen que ciertas cosas grandes tengan, no obstante, aspectos de pequeñez incomprensibles, le hizo pagar, a la par, en papel moneda de circulación forzosa; sin recibir la menor ayuda de ninguno de sus acaudalados parientes, de quienes posible es que en otra oportunidad me ocupe, hubiérase de seguro visto en la miseria, a no haber sido por el espontáneo auxilio que le impartieron algunos de esos hombres que nacieron a la vida pública, al calor del incendio revolucionario, desconocidos antes y admirados hoy por lo preclaro de sus talentos y la eficiencia de sus energías, grandes cerebros para quienes la opresión fue obscuridad y la libertad significó gloria, tales como los señores General Manuel M. Diéguez, Lic. Manuel Aguirre Berlanga y Luis Castellanos y Tapia; otro de ellos, dotado de excepcionales cualidades, por desgracia actualmente anuladas a consecuencia de un error político: el señor General Felipe Ángeles; un digno sacerdote, discípulo del señor Dr. Rivera, y que a título de excepción honra a la clase a que pertenece, el señor cura del Huatusco, Ver., Don Fermín Moreno, y algún otro filántropo, tipo genuino de modestia y bondad, que quiso ocultarse en el incognito al hacer un oportuno donativo… Vayan a todos ellos, las presentes líneas, en testimonio de gratitud y pública comprobación de sus virtudes, y sepa quien lo lea o quien lo escuche que si, con excepción del último, pródigos hubieran sido con el ilustre historiador de que me ocupo, a bajo precio habrían comprado el derecho que hoy tienen de que sean repetidos sus nombres, con la honrosa significación de protectores de las letras, mientras perdure el de aquel a quien beneficiaron, como aun suenan los nombres de Mecenas y del Duque de Béjar, al evocar los de Horacio, Virgilio y Cervantes.

El Dr. Rivera, ciego y pobre, recuerda a Homero, que, ciego también como su nombre lo indica, peregrinaba por las ciudades de la Antigua Grecia, recibiendo un óbolo de quienes oíanle recitar trozos de sus eternos poemas.

¡Jamás fue la fortuna propicia para el genio, quien en todos los tiempos ha sabido armarse de filosófica paciencia para resistir a sus adversidades: “La virtud concede un reino y diadema segura y un laurel propio a aquel que ve grandes montones de oro y plata y no vuelve los ojos hacia ellos,” y “levanté un monumento más duradero que el bronce y más alto que las pirámides de Egipto, que ni la lluvia voraz, ni el aquilón impotente, ni la innumerable serie de los años, ni la fuga de los tiempos pueda destruir”… pensamientos son que, creados por el fecundo numen de Horacio, repetidos fueron, en son de consuelo y esperanza, por el eximio escritor laguense.

La desaparición del señor Dr. Rivera fue una sorpresa aun para mí, que más de cerca lo atendía. Cierto es que su avanzada edad hacía que revistiera caracteres de gravedad la menor alteración de su salud, por lo que a diario era de temerse un desenlace funesto; pero como sus achaques y enfermedades se sucedían unos con otros, casi sin interrupción, y como constantemente se conseguía un completo restablecimiento, debido unas veces a las atenciones médicas y siempre a los cuidados y desvelos que en suerte me cupo la honra de prodigarle, durante la última enfermedad del ilustre paciente, denominada enterocolitis, jamás perdí la esperanza de que sanara. A conservar esta ilusión, contribuyó en buena parte la actividad intelectual y la energía de carácter del sabio historiador, quien, en la antevíspera misma de su muerte, con su fluidez extraordinaria, dictábame una carta de negocios para el señor Dr. Cayetano Andrade, carta que, por ser la última que redactó, y en prueba de lo que afirmo, me prometo dar a la publicidad, a cuyo efecto, ya me he dirigido a su destinatario para recabarla. En presencia de tan notable conservación del entendimiento, difícil era creer que la muerte se acercaba. Al fin llegó el día seis de julio último. Por extraña coincidencia, en la misma fecha regresó, tras larga expatriación, mi ya aludido hijo el Lic. Muñoz Moreno, a quien el señor Dr. Rivera desde hacía largo tiempo esperaba con impaciencia, y cuya forzada separación, fue otro de sus padecimientos morales, no logrando hacerla cesar, a pesar de que al efecto, dos veces se dirigió al C. Primer Jefe; mi hijo y yo nos presentamos en el aposento del señor doctor, quien a la sazón dormía; no quisimos despertarlo, porque recordé que había pasado mala noche, y temí que la inopinada presencia de Alfredo, le ocasionara una impresión que, por lo intensa, le fuera perjudicial; cuando regresamos, expiraba… Abrió los ojos; mas en medio de la agonía, en la penumbra de la instancia y con la casi completa ceguera que le aquejaba, seguro es que ni siquiera alcanzó a distinguirnos. Lentamente fue disminuyendo el ritmo de su respiración, hasta cesar por completo. Al parecer sin sufrimiento alguno, hizo la por todos temida transición de la vida al no ser. Puede decirse que pasó, de uno de los sueños transitorios de este mundo, al eterno y profundo de la muerte…

El cortejo que acompañó el cadáver del señor Dr. Rivera hasta su última morada, fue poco numeroso. El elemento oficial no formó parte de él. Solamente los niños de una escuela, como si en medio de su candor e inexperiencia, se dieran mejor cuenta de la pérdida sufrida por la Patria toda, en particular por sus clases estudiosas, conducidos por su inteligente Director el señor profesor J. Sóstenes Lira, que poco después también bajó a la tumba, presentes se encontraron hasta que para siempre desapareció de su vista el cadáver del ilustre laguense. Ninguna voz se alzó para darle la eterna despedida. El Lic. Muñoz Moreno intentó ver algunos concepto; mas impidióselo la intensidad de su emoción. Los grandes dolores, jamás podrán ser expresados por medio de la palabra: únicamente el lenguaje natural es capaz de revelarlos. A este propósito, podría sentarse como incontrovertible la siguiente tendencia entimemática: ¿Hablas de tu dolor? ¡No es muy intenso!

Debo hacer constar aquí que, aunque fue muy modesta la inhumación del señor Dr. Rivera, ya el Gobierno Constitucionalista, en su titánica labor de nacionalismo, en particular algunos de sus más distinguidos miembros, como los señores Lic. Manuel Aguirre Berlanga  y General Manuel M. Diéguez, a iniciativa mía, se preocupan por erigir, sobre la humilde tumba del autor de tantas luminosas obras, un monumento cuya grandeza corresponda a su memoria.

León, Gto., octubre de 1916.

RAFAEL MUÑOZ MORENO

N.R. El anterior interesante artículo sobre uno de nuestros más esclarecidos sabios, nos fue remitido por el culto escritor que con su firma lo calza, y que fue quien asistió en su muerte, al Dr. Rivera, recibiendo de él nombramiento de su albacea testamentario.

La simonía en los pasados siglos de Agustín Rivera

Portada SimoníaEste año, justo el 6 de julio próximo, se cumple el centenario de la muerte de Agustín Rivera y Sanromán (1824-1916), clérigo de quien ya hemos hablado en otro momento en este blog. En el marco del proyecto Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX, del cuerpo académico “Cultura y Sociedad” del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, hemos procurado identificar de manera más precisa todas las obras que publicó Rivera, y ahora podemos agregar una más a las 156 que hasta el momento habíamos retomado de la bibliografía que elaboró Juan B. Iguíniz y de los propios recuentos que hizo nuestro autor. Hemos encontrado este folleto titulado La simonía en los pasados siglos, que se encontraba en la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco “Juan José Arreola”, y presentamos aquí su transcripción. Ambas actividades, la localización y transcripción, las realizó un joven estudiante de la carrera de Humanidades, Sergio Paúl Carrillo Collazo.

Como el lector podrá advertir, se trata de una colección de citas sobre la materia que da título al opúsculo. No es raro, de hecho desde sus primeras obras fue una práctica frecuente de Rivera construir estos catálogos de citas, recordemos tan sólo sus Inscripciones colocadas en las paredes del Liceo de Lagos, impresa en 1869, o los “Encomios de los clásicos cristianos y de los clásicos paganos acondicionados” que incluyó en la novena adición de su Ensayo sobre la enseñanza de los idiomas latino y griego y de las bellas letras por los clásicos paganos, publicado en varias entregas en la década de 1880. La selección de autores citados es asimismo muy clásica de nuestro autor, con algunas de sus obras favoritas, como los comentarios de Cornelio Alápide, jesuita neerlandés del siglo XVII, o la del canonista piamontés del XVIII, Carlo Sebastiano Berardi, quien como el propio Rivera indica aquí, fue muy leído por el clero mexicano de la primera mitad del siglo XIX. Tampoco era raro su ejercicio de citar a los Santos Padres a partir de compilaciones de textos, en este caso de la Aurifodina. Todo ello, nos permite presentar al opúsculo como un clásico ejemplo de la erudición de Rivera.

Mas además de erudito, era un autor crítico, y así se muestra, de nuevo es algo muy común en él, en sus notas a pie de página. De hecho, lo notará el lector, en realidad es un opúsculo con dos series de notas, cuyas referencias se distinguen por utilizar números para las que sólo presentan la fuente citada, y letras para aquellas en que vierte una opinión. Lamentablemente a nuestro ejemplar le falta una hoja, es decir, dos páginas, por lo que no podemos conocer todas esas notas e incluso una la presentamos inconclusa. Como puede verse, Rivera aprovecha el texto erudito para criticar algunas prácticas de la Iglesia novohispana y mexicana, sobre todo de tiempos del sistema beneficial, que fue desapareciendo en la segunda mitad del siglo XIX.

Ya sin más preámbulo, dejamos al lector con nuestra mejor manera de conmemorar a Agustín Rivera y Sanromán en el centenario de su fallecimiento, promoviendo su lectura.

 

La simonía en los pasados siglos. Doctrinas de la Santa Escritura, de los Cánones de la Iglesia, de los Santos Padres y de los Doctores Católicos contra la simonía, recogidas y publicadas por Agustín Rivera. Lagos de Moreno, Imprenta de López Arce e Hijos, 1900, 11 pp.

Localizado en: Biblioteca Pública del Estado de Jalisco. Clasificación 291.2 RIV

 

ADVERTENCIA

Muy lejos ha estado en mi ánimo al escribir este folleto el zaherir al clero de la Arquidiócesis de Guadalajara, ni al de otra alguna diócesis, a todos los que respeto. Lo publico como publiqué mi Tratado Breve Teológico-Moral de los Sacramentos en general y otros opúsculos sobre materias eclesiásticas, a saber, porque me ha parecido que esta colección de sabias doctrinas sobre la simonía sería muy útil, especialmente para los jóvenes que se preparan para subir al altar.

Lagos de Moreno, 26, mayo, 1900.

Rivera.

 

Todo obedece al dinero.
Libro del Eclesiastés[1].

Habló el rico y todos callaron[a].
Libro del Eclesiástico[2].

Hay hombre que es honrado por sus riquezas.
Libro del Eclesiástico[3].

Nada hay tan alto y tan inaccesible que no se obtenga con las riquezas.
Cornelio Alápide[4].

Es cosa frecuente en la sociedad elegir para magistrados a los ricos, como más honorables y poderosos, para que dominen a los demás como inferiores y súbditos.
Alápide[5].

Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente.
Evangelio de San Mateo[6].

Todos los que están bajo la obediencia de la Compañía, acuérdense que deben dar gratuitamente lo que recibieron gratuitamente, no pidiendo ni recibiendo estipendio ni limosnas algunas, con las que parezca compensarse las misas, confesiones, sermones o cualquiera otro oficio de aquellos que la Compañía puede ejercer según nuestro instituto; para que así puedan proceder con mayor libertad en el servicio de Dios y en la edificación de los prójimos.
San Ignacio de Loyola[7].

Es verdadero aquello de Tulio en el libro II de los Oficios: “Los hombres se mueven con una grandísima admiración hacia aquel cuyo móvil no es el dinero.”
Alápide[8].

El operario es digno de su alimento.[b]
Evangelio de San Mateo[9].

¿Qué se entiende por precio en orden a cometer simonía? Comúnmente se llama don, o en idioma latino manus, el cual según Santo Tomás (2.2. q. 100, art. 5) y el C. sunt nonnulli 1. q. 5, se divide en munus a manu, munus a lingua y munus ab obsequio… Por munus a manu no se entiende únicamente el dinero, oro, plata, vestidos u otras cosas semejantes que suelen comprarse y venderse, ya sean muebles o inmuebles, sino también cualquier cosa temporal precioestimable… Munus á lingua denota cualquier alabanza, recomendación o intercesión que se interpone o se promete interponer, con pacto expreso o tácito de que se confiera alguna cosa espiritual… Entiéndase por munus ab obsequio cualquier servicio prestado o que deba prestarse a otro, bajo la obligación de que este confiera al que le sirvió, algún beneficio eclesiástico o cualquier otra cosa espiritual. Dice aquí Layman que no envuelve simonía el servir a alguno gratuitamente, con la esperanza de ser presentado o instituido para algún beneficio eclesiástico en remuneración de los servicios prestados, bien así como tampoco incurre en ella el Obispo o patrón, que en remuneración de dichos servicios o en vista del talento o disposición de un sujeto, le confiere algún derecho o un beneficio espiritual. Sin embargo, tratándose de una materia tan delicada y espinosa, creemos oportuno advertir aquí el gran cuidado que debe tenerse de que estas cosas no sean el motivo principal de dar el beneficio, pues de lo contrario se incurriría en simonía. Por tanto, para evitarla, debe el colador o patrono de un beneficio prescindir completamente de dichos servicios y atender únicamente a los méritos del sujeto.
Edmundo Voit[10].

Y Pedro le dijo [c]: “Tu dinero sea contigo en perdición.”
Hechos de los Apóstoles[11].

Según el derecho divino es simonía prometer, dar o recibir una cosa temporal precioestimable por la colación, elección, presentación o confirmación para un beneficio eclesiástico.
Scavini[12].

¿Cuáles son las causas que excusan de la mancha de simonía? … 5ª Cuando se da una cosa temporal por un trabajo extrínseco, que solamente por accidente se junte con una cosa sagrada[d].
Scavini[13].

A la verdad, en los cuatro primeros siglos de la Iglesia, los eclesiásticos no tuvieron muy frecuente ocasión de cometer dicho crimen, (la simonía), porque las Iglesias todavía no abundasen en bienes temporales. Mas cuando fue más amplia la liberalidad de los fieles, y se dio lugar entre los eclesiásticos al lujo y a la avaricia, principalmente en el siglo V y en el VI, el crimen de la simonía ocupó los ánimos de muchísimos, por lo que Gregorio el Grande muchas y muchísimas veces se vio obligado a reprender a los simoníacos, como consta claramente por varios cánones de aquel Pontífice presentados por Graciano, principalmente en la causa 1ª, cuestión 1ª. De una manera más detestable se propagó aquel vicio en el siglo X y en el siglo XI, pues cayeron entonces los hombres en los tiempos del oscurantismo y de hierro, en que la verdadera doctrina y la sincera piedad, la religión respeto de Dios y de las cosas divinas parecía a primera vista desterrada de entre los hombres. Los Sumos Pontífices, entre otros Gregorio VII, Nicolás II, Alejandro II, Inocencio II, y Calixto II, con frecuencia en sus Epístolas y Concilios procuraron proponer remedio a tantos perjuicios de las Iglesias, diligencia que imitaron muchos Obispos de las Iglesias, de manera que apenas aparezca algún Concilio celebrado en el siglo XI y en el XII, en que no se hayan expedido cánones para condenar y detestar la simonía.
Carlos Sebastián Berardi[14].

El cuerpo recibió la dignidad y el espíritu perdió el honor.
San Ambrosio[15].

El que compró un sacramento o una iglesia, o prebendas, o la entrada a las iglesias, o procuró esto en su favor por medio del poder civil, sepa que ya está condenado con Giezi y con Simón (el Mago).
San Agustín[16].

Los mismos oficios de la dignidad eclesiástica se han convertido en una torpe ganancia y en negocios de tinieblas[e].
San Bernardo[17].

Hoy los simoniacos, el pagar con amplitud a los empleados de una Curia (intercesores, recomendadores, agentes), lo reputan liberalidad.
San Buenaventura[18].

Si no hay ninguna prueba del acto, ninguna solicitud acerca de las costumbres (del beneficiado), ningún examen de su vida, sino que solamente se estime digno el que tuviere lo suficiente para dar el precio, esto es simoniaco.
San Gregorio el Grande[19].

El texto “Todo obedece al dinero” o sea a la plata, tiene uno de dos sentidos: o que los doctores, después que se han enriquecido, ejercen gobierno sobre los pueblos, o, ciertamente, que la plata es el símbolo del bien hablar[f].
San Jerónimo[20].

Para que haya simonía nada importa que no des dinero; pero en lugar de dinero adulas, seduces y maquinas muchas cosas.
San Juan Crisóstomo[21].

Veamos cómo estaba la simonía en México en el último tercio del siglo XVI. El Concilio III Mexicano, que se celebró en 1585, dice: “Aunque desde el mismo origen de la recién nacida Iglesia fue el vicio de la simonía abominable y execrable, y se ha prohibido por los Sagrados Cánones y castigado con graves penas, sin embargo, ha sido tal la malicia de los hombres, que procuran ocultar y paliar sus pactos simoniacos con diversas estratagemas y engaños. Cuyo contagio ha cundido tanto en este arzobispado y provincia, ya para conseguir las presentaciones que se hacen en estas partes, como para negociarlas en la Corte de Su Majestad, que está pidiendo conveniente y oportuno remedio. Y queriendo aplicarlo este sínodo, manda que ningún eclesiástico ni seglar, de cualquier dignidad y condición que sea, haga pactos ni condiciones, o prometa dinero u otra cosa con nombre de estrenas, guantes o gratificaciones si se logra la prebenda, o con pretexto de salario o derechos por su trabajo y diligencias, o para granjear el favor de los palaciegos, solicitadores, procuradores u otras personas allegadas a aquellos que deben conferir y presentar a los beneficios; ni dé escritos con nombres de deudas contraídas por otras causas, o haga que ellos los den, en los cuales prometa que guardará indemnes a los que se hayan obligado por razón de la cantidad que pagaren, ni de cualquier otro modo haga semejantes pactos por sí ni por tercera persona. Todos los cuales declara simoniacos el presente Sínodo.
Concilio Tercero Mexicano.

Veamos ahora como se hallaba México en materia de simonía en el siglo próximo pasado. El Concilio IV Mexicano dice “La simonía desde el principio de la Iglesia ha sido siempre abominable; mas es tanta la malicia humana, que se ha procurado encubrir y paliar con varios pretextos; y para cortarlos de raíz, manda este Concilio que ningún eclesiástico o secular pueda hacer pactos o tratos, prometer dinero o lo que llaman gala o  regalos, para obtener algún beneficio eclesiástico o alcanzar el favor de alguna persona de elevada dignidad[g].
Concilio IV Mexicano[22].

FALTAN DOS PÁGINAS

NOTAS

[a] Todos los súbditos agacharon la cabeza y ninguno se animó a levantar la voz en contra con energía. En los pasados siglos los vasallos hacían el papel de burros, porque aunque los señores hiciesen injusticias, aquellos no podían hablar ni una palabra.

[b] Este texto y la necesidad de sostener el culto justifica las contribuciones establecidas por la Iglesia.

[c] A Simón el Mago, de cuyo nombre viene la palabra Simonía.

[d] Verbigracia, los dineros que se dan en Roma por algunas dispensas para sueldos de algunos empleados de la Corte Romana, por el trabajo extrínseco que han tenido estudiando o escribiendo en el negocio de aquella dispensa.

[e] Porque estos negocios se trataban en las tinieblas del más cuidadoso secreto.

[f] El bien hablar, el hablar con arte, es como el dinero: el buen uso de la palabra produce muchos bienes, y el abuso, teniendo por fin el egoísmo, el interés individual, produce muchos males. Verbi gracia: en los pasados siglos un aspirante a beneficio eclesiástico trataba de conversar con frecuencia con aquellos de quienes esperaba y procuraba conseguir el beneficio. Hablaba como hombre de importancia, con gravedad en el semblante, con frases lacónicas y sentenciosas, con maneras insinuantes, decía que tal y tal caso muy difícil que se le había presentado, lo había resuelto con mucha facilidad, haciendo creer que tenía talento para los negocios de gobierno y que sería muy útil a la Iglesia. Las palomas, que no tenían nada de serpientes, lo escuchaban con admiración diciendo: “¡Qué talento de gobierno!” y le servían de escalera, sin prever los graves males que resultarían (entre ellos el escándalo) de colocar a aquel hombre en el candelero. Llamo palomas a los que aconsejaban y procuraban que se confiriese el beneficio y a los que lo conferían, porque de parte de los unos y de los otros no había simonía, sino candor y debilidad de carácter. Aquel hombre sagaz pronto llegaba a tener en sus manos las riendas del gobierno, el palo y el mando, y entonces se verificaba lo que dice el Apóstol San Pedro: que; importándole un bledo hospitales y enfermos, sólo procuraba enriquecer más y más turpis lucri gratia, y gobernar con despotismo a los clérigos: dominantes in cleris. A los que aborrecía, suspensos, los hacía morir en la miseria (hecho histórico), y a aquellos que por ser favorables a sus fines o por otro capítulo le eran gratos, les daba destinos buenos por los emolumentos, o por el clima o por el poco trabajo (son hechos).

Jóvenes estudiantes de teología el obispo Melchor Cano en su aureo libro “De los Lugares Teológicos”  os encarga que estudiéis la Historia, porque es una palabra inmortal que ella es la maestra de la vida. Abrid la historia de España, la de Francia o la de cualquier otra nación, y veréis que los rasgos que acabo de trazar son el resumen de la historia de todos los reyes débiles y de sus ministros astutos.

[g] Simón el Mago claramente y sin rodeos les ofreció dinero a los Apóstoles por que le concedieran la potestad de conferir sacramentos: obtulit eis pecuniam. Los simoniacos, viendo lo mal que le había ido a su patriarca, ya no ejecutaron la simonía de la manera tan tonta con la que había ejecutado Simón el Mago, esto es, comprando las cosas espirituales o anexas a ellas con pacto expreso, como quien compra una finca en almoneda pública, o compra otra cosa a dinero contante sobre el mostrador de una tienda, sino que inventaron los pactos tácitos, encubiertos so capa y color de cosas lícitas; verbi gracia, los aspirantes a beneficios eclesiásticos remitían vajillas de plata como regalos a los Reyes de España y a sus ministros [Faltan las páginas en que esta nota concluye].

[1] Pecuniae obediunt omnia. (Cap. X, v, 19).

[2] Dives locutus est, et omnes tacuerunt. (Cap XIII, v. 28)

[3] Est homo qui honorificatur propter substantiam suam. (Cap. X, v. 33).

[4] Nihil est tam sublime et inaccessum, quod non obtineant divitiae. (Álapide, llamado el principe de los comentadores de la Escritura, Comentario al Eclesiastés, cap. X, v. 19).

[5] Solent in republica divites eligi in magistratus, velut honoratiores et potentiores ut caeteris velut inferioribus et subjectis dominentur. (Comentario a los Proverbios, cap. XXII, v. 7).

[6] Gratis accepistis, gratis date. (Cap. X, v. 8).

[7] Omnes qui sub obedientia sunt Societatis meminerint se gratis dare debere quae gratis acceperunt, nec postulando, nec admitendo stipendium vel eleemosynas ullas, quibus Missae, vel confessiones, vel praedicationes, vel quodvis aliud officium, ex iis quae Societas, juxta nostrum institutum excercere potest, compensari videatur, ut sic majori cum libertate possint et proximorum aedificatione in divino servitio procedure. (Constituciones, regla 17).

[8] Verum est illud Tuilli, lib. II Offic: “Homines maxime admirantur eum qui pecunia non movetur”. (Comentario al Evangelio de San Mateo, cap. X, v8).

[9] Dignus est operarius cibo suo. (Cap. X, v. 10).

[10] De la Compañía de Jesús, Teología Moral, tratado III, cap. 1º. art 5.

[11] Petrus autem dixit ad eum: Pecunia tua tecum sit in penditionem (Cap. VIII, vv. 19 y 20).

[12] Simonia est juris divini promittere, dare vel accipere temporale aestimabile pro collatione, electione, praesentatione, confirmatione ad eclesiásticum beneficium. (Theologia Moralis Universa, lib. II, no. 181).

[13] Quaenam sunt causae a simoniae labe excursantes?5ª. Quando temporale datur pro labore extrínseco, qui per accidens tantum conjungatur cum re sacra. (Opus et lib. cits. no. 190).

[14] Canonista clásico, que apoya sus doctrinas en la legislación hebrea, en el derecho romano, en la Historia de la Iglesia, en la filosofía de la historia y en la crítica más delicada, por lo que durante cerca de medio siglo sirvió de texto en la cátedra de derecho canónico en el Seminario de Guadalajara. Otra de las pruebas del gran mérito de esta obra es que en 1851, habiendo escaseado los ejemplares de ella en la República Mexicana, el sabio Dr. Sollano (después Obispo de León) hizo una nueva edición en la capital de México. Equidem quatuor prioribus Ecclesiae saeculis non adeo frequens fuit ocassio viris ecclesiasticus, ex qua illud crimen admitterent, proptereaquod Ecclesiae necdum bonis temporalibus abundarent. Quando vero fidelium fuit amplior liberalitas, luxuique atque avaritiae locus datus est apud clericos, saeculo praesertim quinto et sexto, simoniae crimen plurimorum animos occupavit, unde Gregorius Magnus saepe ac saepius debuit simoniacos reprehendere, uti liquet ex variis illius Pontificis monumentis, relatis apud Gratianum, praesertim in causa 1a, quaest. 1a. Detestabilius grassatum fuit vitium illud saeculo decimo et undecimo; inciderunt enim homines tunc in obscura tempora et ferrea, quibus et germana doctrina, et sincera pietas, ac religio in Deum resque divinas, visa fuit ab hominibus exulare. Pontificis Maximi, inter caeteros Gregorius VII, Nicolaus II, Alexander II, Inocentius II et Calixtus II passim in suis Epistolis ac Concilius curaverunt, ut tantis Ecclesiarum incommodes remedium adhiberutur, quorum diligentiam sectati fuerunt plures Ecclesiarum Antistites, adeo ut saeculo undecimo et duodecimo vix celebratum Concilium adpareat, in quo canones editi non fuerint ad damnandam detestandamque simoniam (Comentaria in Jus Ecclesiasticum Universum, al Libro V de las Decretales, parte 1a., disertación 3a., cap. 2).

[15] Caro suscepit dignitatem, et anima perdidit honestatem. (Citado por el erudito y venerable Roberto de la Orden de los Capuchinos, en su obra intitulada Aurifodina, que quiere decir Mina de oro, artículo Simonía).

[16] Qui sacramentum emit, vel Ecclesiam, vel Praebendas, vel Ecclesiarum introitus, vel saeculari potentia hoc pro se procuravit, sciat cum Giezi Simone jam damnatus est. (Aurifodina, ibid).

[17] Ipsa ecclesiasticae dignitatis officia in turpem quaestum, et tenebrarum negotium transierunt. (Aurifodina, ibid.).

[18] Simoniaci hodie largitatem reputant magnam curialitotem. (Aurifodina, ibid).

[19] Si nulla de actua probatio, sollicitudo nulla de moribus, nulla sit de vita discussio; sed ille solum modo dignus qui dare pretium suffecerit aestimetur, simoniacum est. (Aurifodina, ibid).

[20] Quod autem sequitur: Pecuniae vel argento obediunt omia, dupliciter accipiendum: vel ipsos doctores, postquam adulatione ditati sunt, regnum in populos exercere; vel certe quia argentum pro sermone Semper accipiatur. (San Jerónimo, cit. por Alápide, Comentario al Eclesiastés, cap. X, v. 19)

[21] In simonía nihil refert si non das pecuniam: sed pecuniae loco adularis, subornas, multaque machinaris. (Aurifodina, ibid).

[22] Traducción del Dr. D. Basilio José Arrillaga.

[NOTAS DE LAS PÁGINAS QUE FALTAN EN EL TEXTO]

23 Impreso por primera vez en el orden y bajo la inspección del Ilmo. y Rmo. Sr. Dr. D. Rafael S. Camacho, actual Obispo de Querétaro. Este Concilio no fue aprobado en Roma, no porque no lo mereciera, sino porque las tempestuosas circunstancias de la época no dieron lugar a su traducción al idioma latino, ni a los difíciles y dilatados tramites en el Consejo de Indias y en la Corte Romana, necesarios para su aprobación. Por lo mismo el documento citado no tiene fuerza de decreto conciliar; pero sí tiene fuerza de documento histórico, tanto por el argumento de autoridad, en razón de haberlo declarado así León XIII, como por el argumento de razón, enseñándolo así las reglas de la crítica.

24 Quod si quis, pacto interveniente, spiritualia concedit, ut temporalia consequatur, vel e converso, temporalia accipit ut spiritualia conferat, tanc simoniam realem admissise dicetur. Quoniam vero in fraudem et divinae et ecclesiasticae legis ímprobos homines callidas artes avaritia docet, non solum realis simoniae reos apellavimus illos qui expresam temporalis lucri pactionem iniverint, sed etiam qui ex conjecturis tacite pactum inivisse deprehendatur. (Ibid).

25 Hanc sane pestiferam confidentialis simoniae labem recentioribus saeculis subortam, detestati fuerunt Pontifices Maximi, praecaeteris Pius V in Constitutione 85a. et quoniam ilius, veluti clanculum et inter amicos contractae difficilis esse solet probatio in judiciis, voluverunt ejusdem causa semiplenis etiam probationibus reum posse damnari. (ibid).

26 Neque a simoniae vitio erit immunis, qui collatoni rei sacrae promiserit se certas res daturum, vel Ecclesiae, vel pauperibus, quemadmodum aperte definitiv Alexander II in canone 9, caus 1ª, quaest 3ª, et Innocentius III in cap. 34 de Simonia.. (Ibid).

27 Bastus, La Sabiduría de las Naciones, serie 3ª. no. 26.

28 Agitur de simoniae vitio, quod speciosa pallia quaerere et inducere solet. (ibid)

29 Non igitur et in tali negotio quilibet catholicus est respuendus. (Cap. 3, X, De Simonia).

30 Tanta est labes hujus criminis, quod etiam servi adversus dominos, et quilibet criminosi admittuntur ad accusationem… Accusare potest etiam meretrix. (cap. 6, X, De Simonia)

31 Non requiritur ut probationes liquidaae omnio ac manifestae sint, sed sufficiunt certa signa, quae prudentis judicis animum moveré possint, cap. 3 et 6 de Simonia (Ibid).

32 Si in ecclesiasticis oficiis quemquam habeat locum pecunia, fit saeculare quod sacrum est. (Aurifodina, ibid).

33 Nemo ambiguat Jerusalem propter simoniam fuisse subversam (Aurifodina), ibid.)

34 Quis veneretur quod venditur, aut quis non vile putet esse quod emitur? (Aurifodina, ibid).