Archivo por meses: junio 2016

Memoria de un terremoto y memoria de dos devotos

Plaza del Triunfo actual

Plaza del Triunfo actual

La mañana del 1o. de noviembre de 1755 un fuerte terremoto azotó el sur de la Península Ibérica. Internacionalmente lo conocemos como el “terremoto de Lisboa” pues fue la ciudad más afectada. Al movimiento sísmico siguió un maremoto y una serie de incendios que destruyeron buena parte de la vieja ciudad medieval, incluido, según entiendo, el antiguo Palacio Real. En los reinos hispánicos, también fue afectada la ciudad de Sevilla. Los canónigos de la Catedral estaban celebrando la misa de tercia cuando se vieron obligados a abandonar el recinto sagrado al empezar a caer fragmentos de las bóvedas. Contrario a la capital lusitana, sin embargo, en la metrópoli hispalense los daños fueron mucho menores. Antes bien, según el acta levantada por el secretario del Cabildo Catedral, “se verificó que persona alguna de los que en él [templo] estaban no padeciese la menor lesión, obrando en esto innumerables prodigios”. En buena lógica, el clero salió hacia el espacio despejado más próximo: la plaza de la parte posterior de la Lonja de comercio de la ciudad, que es la sede actual del Archivo General de Indias.

Una vez que cesó el movimiento, la reacción “natural” para la época considerando que a pesar de la duración y fuerza del terremoto apenas hubo víctimas fue, literalmente, dar gracias al Cielo. Se improvisó un altar en la plaza y uno de los capellanes de coro de la Catedral ofició una misa de acción de gracias, a la que siguió una procesión dándole la vuelta entonando el Te Deum Laudamus, encabezado el Cabildo por el chantre Francisco de Olazabal. En los días siguientes, a más de atender al problema material de reparar el templo, desalojar sus principales reliquias (el Lignum Crucis) e imágenes (la Virgen de la Sede), e instalar provisionalmente el culto divino y en particular el coro en otros edificios, la corporación no dejó de realizar ceremonias de acción de gracias. Según el acta continua de todo lo sucedido en ese mismo día, desde esa tarde se tomó el acuerdo de perpetuar la memoria de lo ocurrido. Memoria penitencial, “para que como tan espantoso no nos olvidemos de él y se dejen de cometer nuevas ofensas contra la Majestad Divina y satisfacer las pasadas”, pero también de gratitud “por tan innumerables beneficios como en este día recibimos”, dirigida en particular a la Virgen. En efecto, desde los primeros momentos los canónigos atribuyeron a su intercesión y patrocinio el haber sobrevivido. El 14 de noviembre en concreto, se resolvió colocar en la plaza “algún triunfo, para memoria de caso tan portentoso”.

DSCF0517Así fue como se mandó a levantar el monumento que vemos en la imagen. Ya desde el 28 de noviembre se definió que el monumento sería “un pedestal con una imagen y lápida expresando lo que se experimentó dicho día”. Siempre preocupados por la decencia y siempre desconfiando del pueblo sevillano, los canónigos anticiparon que se debía proteger con reja o cadenas. La inscripción se aprobó en septiembre de 1756, fue puesta en latín “para mejor inteligencia de las naciones extranjeras”. La imagen que la corona debió instalarse hacia octubre, y como se ve se trata de la Virgen con el Niño, labrada en piedra, donada por un devoto, cuyo nombre se omitió discretamente en los autos capitulares, y fue titulada como la Virgen del Patrocinio. Al acercarse el primer aniversario, mandaron alumbrarla “día y noche” y se estableció el ritual correspondiente. Prueba de la doble memoria del evento, la procesión saldría haciendo rogativa tras la misa de tercia y volvería en acción de gracias cantando el Te Deum.

DSCF2800Ahora bien, esta historia de la construcción de una memoria religiosa del terremoto, curiosamente se mezcla también con la historia de una familia, que nos ilustra además la importancia de los honores campaneros en esta época. Unos meses después el Cabildo habría también de preocuparse por retribuir a los devotos –porque en realidad habían sido dos– que habían donado la imagen. Hoy podría parecernos extraño, pero dicha retribución la hicieron los canónigos con un honor particular: el doble, es decir, el repique fúnebre de campanas. En efecto, en febrero de 1757, Carlos Verjel y Joseph de la Barrera, comerciantes, junto con sus esposas, recibieron el honor de “doble en la torre de esta Santa Iglesia, el cual sea con la misma solemnidad que el de los veinticuatro de esta ciudad”. No era un asunto menor, pues se les equiparaba con la nobleza sevillana que integraba la corporación municipal. Los dobles con cierto número de campanas de la Giralda, cuatro en este caso, eran particularmente apreciados por la sociedad sevillana de la época, y los canónigos, siendo selectivos, los concedían con cierta frecuencia. En el propio año de 1755 los canónigos habían tenido que poner orden en los dobles, pues habían notado la “confusión” que reinaba a falta de una lista precisa de a quienes debía corresponder. Una lista en efecto del año de 1768 incluye un total de 93 categorías de personajes que gozaban doble particular en la torre, desde el doble con seis campanas que era el más alto y sonaba por el Papa, el rey y la familia real, arzobispos, canónigos, nobles titulados, entre otros, hasta el de tres, que correspondía mayormente al clero y empleados principales de la Catedral.

Puede parecer una memoria más fugaz, pero tan fue importante para esos dos comerciantes que veinte años más tarde, en junio de 1777, Joseph Verjel, hijo de Carlos Verjel, acudió al Cabildo para pedir un certificado de aquel privilegio campanero. Cierto que desconocemos el motivo, pero la petición es muy clara de que se asentara era un toque “igual que tienen los caballeros veinticuatros de esta ciudad”. Es bien posible que la donación para la memoria del terremoto y las campanas de la Giralda, se hayan constituido en un timbre de honor y verdadero capital simbólico para esa familia, y que trataran de traducirlo también en ventajas de otro tipo. A través de las campanas, además, según constata esta historia, los canónigos, siempre expertos en ceremonias y honores, tejían también sus relaciones con la sociedad hispalense.

FUENTES:

Archivo de la Catedral de Sevilla, Fondo Secretaría, legajos: 7170, autos capitulares de 1755; 7171, autos capitulares de 1756 y 7188, autos capitulares de 1777. Fondo Histórico General, caja 11264, exp. 2.

El fin de la reforma general de cofradías novohispanas

DSCF5833 (2)

Carátula del último cuaderno del expediente general de cofradías. AGN, Cofradías y archicofradías, vol. 18.

Amplios legajos de información se acumularon en las oficinas del gobierno del reino de Nueva España a consecuencia de lo pedido por el fiscal Areche en 1775. Sabemos que para 1778 la mayor parte de los justicias reales del reino habían cumplido con enviar informes. Al año siguiente el fiscal Merino decidió que éstos se enviaran a los obispos para ayudarlos a formar los que ellos debían entregar. Todo parece indicar que sólo el obispo de Oaxaca, José Gregorio Alonso de Ortigosa habría de devolverlos, por eso son casi los únicos que se conservan en los actuales legajos del expediente. Ortigosa fue también el primer obispo en enviar su informe.

Entre 1778 y 1787 el expediente quedó prácticamente detenido, aunque no sin algunas peripecias. Lo más significativo fue sin duda la resistencia del obispo de Guadalajara, fray Antonio Alcalde, quien logró justificar en la corte de Madrid (1788-1789) su exclusiva jurisdicción sobre las cofradías de su obispado, que por tanto no entraron nunca en el expediente. El expediente revivió en buena medida porque se mezcló con la iniciativa de reforma de cuestas de limosnas del virrey Revillagigedo de diciembre de 1789. Nuevamente se pidieron informes a las autoridades civiles, que para esta época eran ya los intendentes. Entonces fue conforme a un cuestionario más preciso, que incluía de nuevo un pedido de datos sobre las cofradías existentes en cada jurisdicción. Sólo Felipe Cleere en Zacatecas (1791) y Felipe Díaz de Ortega en Michoacán (1792) habrían de lograr enviar informes completos. Es significativo que en los informes de Yucatán, Guanajuato, Puebla, México, Oaxaca, e incluso Veracruz en un primer momento, faltó la información de las ciudades capitales, y claro, en Nueva Galicia el intendente Ugarte y Loyola no logró obtener ningún resultado.

Empero, el obispo Alcalde envió un escueto informe en 1783, lo propio haría el obispo Biempica de Puebla en 1791, sólo el obispo San Miguel de Michoacán presentó un informe extenso, pero de todas formas incompleto en el propio año de 1791. El informe más célebre, el del arzobispo de México, llegaría, paradójicamente,  después del cierre del expediente, en 1794. Con toda esa información, después de varias peripecias que seguía largo exponer aquí, el virrey Revillagigedo decidió que era tiempo de pasar a la fase resolutiva en julio de 1793. Se formó así un extracto e índice, y se pasó todo a la vista del fiscal protector de indios y por fin, al fiscal de lo civil, Lorenzo Hernández de Alva. Su respuesta final, que lo es en la medida en que las gestiones ya no continuaron, muestra que después de tantos esfuerzos, la espectacular reforma general de cofradías, tuvo que dejar paso a la reforma por expedientes particulares. Veamos los últimos pasos que ilustran los límites de una de las más célebres reformas borbónicas en Nueva España.

DSCF5862 (2)

Firma del fiscal Alva en su último dictamen en el expediente general de cofradías. AGN, Cofradías y archicofradías, vol. 18.

Alegación final del fiscal Lorenzo Hernández de Alva en el Expediente general de México, 1793.

AGN, Cofradías y archicofradías, vol. 18, fs. 238v-241.

Excelentísimo señor

El fiscal de lo civil dice: que el señor fiscal protector general de indios ha promovido ya en su antecedente respuesta las providencias que le han parecido oportunas conforme a las resultas y trámites de este cumuloso expediente.

Si en el presente estado en que se halla hubiese de pedir el fiscal resolutivamente algunas providencias, deberían ser éstas que se suprimiesen casi todas, o las más de las cofradías y hermandades, respecto de hallarse establecidas sin la necesaria licencia de S.M. y demás requisitos que previene la ley 25, título 4º, libro 1º de la Recopilación de Indias.

Son muchos los casos particulares en que el fiscal ha promovido la observancia y cumplimiento de esta real disposición, y en consecuencia se ha verificado que varias cofradías se hubiesen suprimido y que otras se hayan formalizado, ocurriéndose a S.M. por la real licencia necesaria, y aprobación de sus estatutos, a que ha contribuido no poco el celo de algunos ilustrísimos señores prelados, que en sus visitas han tomado las providencias convenientes y oportunas al insinuado efecto, como le consta al fiscal por muchos expedientes que ha despachado de igual naturaleza.

En esta forma se van logrando los saludables e importantes fines de la citada ley en los casos particulares que han ocurrido y merecido la soberana aprobación de S.M. y su Consejo Supremo, por donde se han despachado muchas reales cédulas de confirmación de estatutos y constituciones de cofradías.

A la verdad que por este medio se ha facilitado el cumplimiento de la referida ley sin los embarazos que presentan los expedientes graves y cumulosos en que se trata de providencias generales, como ha sucedido en el presente, según lo que él mismo manifiesta, no por omisión y negligencia de los intendentes y subdelegados, e ilustrísimos señores arzobispos y obispos, sino por la calidad y clase del asunto que exige muchas y prolijas diligencias precisas e indispensables para su mayor instrucción.

Por todas estas consideraciones se abstiene el fiscal de pedir por ahora en general las insinuadas providencias que ha promovido y promoverá en los expedientes particulares que en lo sucesivo ocurran, para la mejor observación y cumplimiento de la citada ley, y suscribe la antecedente respuesta del señor fiscal protector general de indios, con el aditamento de que se repitan órdenes de recuerdo al señor provisor de este arzobispado, al señor corregidor de esta capital y a los señores intendentes de Guadalajara, Guanajuato, Oaxaca, San Luis Potosí y Mérida de Yucatán para que den cuenta con las resultas de las que se les libraron en virtud del superior decreto de V.E. de 19 de mayo último.

Vuestra excelencia podrá servirse mandar se haga como propone y pide dicho señor ministro, que se libren los recuerdos insinuados y que a su tiempo vuelva el expediente al fiscal.

México, 5 de diciembre de 1793.

Alva.

[Decreto]

México, 6 de diciembre de 1793. Como pide el señor fiscal de lo civil. Revillagigedo.

Un pintor cofrade y un pecado olvidado

Bosco Jardín (2)

Detalle de “El jardín de las delicias”, Museo Nacional del Prado.

En 2016 se cumplen 500 años de la muerte del pintor Jheronimus van Aken, conocido en el mundo hispánico como “El Bosco”, y para conmemorarlo el Museo Nacional del Prado ha organizado una magnífica exposición temporal, compuesta de 53 obras de las cuales 30 de directamente de su autoría y 5 de su taller o discípulos. Para organizarla, el Museo ha distinguido las obras en seis grandes categorías: primero, casi a manera de contexto, la relación con su ciudad natal. Enseguida, tres temáticas: los Evangelios, los santos y las postrimerías; viene luego una obra en concreto que forma toda una sección, “El jardín de las delicias”, y finalmente una última categoría corresponde a las “obras profanas” (que no siempre lo son tanto, cabe decir). En ese sentido, el Museo ha elegido una organización contextual, que hace énfasis en el Bosco como hombre de su tiempo, pintor de temas religiosos, y que en consecuencia dedica amplios espacios a la explicación de las características específicas del Cristianismo del siglo XV. Contribuye a esta presentación historicista la inclusión de obras que insisten en el contexto: por el lado de la recepción, la muestra incluye seis obras hechas por “seguidores del Bosco”; además, desde la primera sección, la forma en que fue visto en el siglo XVI se hace presente a cargo del “Comentario de la pintura y pintores antiguos” de Felipe de Guevara, texto citado en más de una ocasión en las explicaciones posteriores. De manera más limitada, están presentes también las fuentes de inspiración del Bosco, en particular para el caso de “El jardín de las delicias”, pues se han incluido en la exposición los manuscritos en pergamino de  “Las visiones del caballero Tondal” y del Libro de horas de Engelbrecht II de Nassau.

Bosco Tríptico carro (2)

Detalle del Tríptico del carro de heno. Museo del Prado.

Con todo lo anterior, la exposición pareciera presentarnos a un pintor, si bien original, además profundamente propio de su tiempo. Esto es, aunque ya en el catálogo (que todavía no termino de revisar a detalle, lo confieso), Pilar Silva, comisaria de la exposición, recuerda desde la introducción que el Bosco es admirado por su “fantasía desbordante”, esos elementos nos hacen ver que no era una fantasía desbordada, sino enmarcada perfectamente dentro de los cánones de las representaciones de su tiempo. Más todavía, de manera constante en todas estas pinturas hay un mensaje mayormente pesimista sobre la naturaleza humana pecadora –el mensaje central de los trípticos del Carro de Heno y del Jardín de las Delicias es que la humanidad está entregada al pecado–, constantes recordatorios de las consecuencias del pecado en un universo organizado en función del Más Allá (de ahí la importancia de las postrimerías) e intentos de transmitir los distintos medios y modeloss para alcanzar la salvación, administrados por la Iglesia, desde luego. De ahí la posición central de la vida de Cristo en estas obras, su nacimiento supone “la llegada de la salvación al mundo y la universalidad de la redención” dice la guía impresa respecto del Tríptico de la Adoración de los Magos. Se hace presente entre las tentaciones de San Antonio “como apoyo del santo en sus tribulaciones y su victoria sobre el Mal”, ejemplarizando así al espectador, y sobre todo, constituye el eje de la cosmología representada en los cuadros, que desembocan en el Juicio final, donde es “Juez Supremo entronizado sobre el arcoíris”. Las formas fantásticas que tanto fascinan al espectador no son sino demonios, como ya recordaba el propio Felipe de Guevara.

Un segundo elemento importante en la exposición es el trabajo tecnológico: radiografías y reflectografías, al poner en evidencia los cambios hechos a los cuadros durante su composición le dan a las obras un carácter más dinámico. Las pinturas del Bosco se revelan así con una historia a ese nivel, casi “individual”, son también el resultado de un proceso, producto de ciertas circunstancias, que a veces se escapan hasta a los especialistas, según se ve en algunas explicaciones de la exposición. Empero, casi sobra decirlo, los numerosos visitantes se detienen poco en esas imágenes resultado de los estudios técnicos, así como en esas otras obras que le dan profundidad contextual al Bosco. Aunque audioguías y guías impresas insistan en el elemento religioso, citando incluso a la “Devotio moderna” como posible corriente espiritual de la época con la cual sería posible asociar al artista, la mirada de los visitantes más bien tiende a centrarse en las obras del Bosco, concretamente en sus seres fantásticos, y contemplándolos no como demonios, sino como si fueran elementos del arte contemporáneo.

Detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos, Museo del Prado.

Detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos, Museo del Prado.

El autor de estas líneas no es competente para decir si esta presentación, o si esta intrepretación de ella, es la más correcta. En cambio, casi sobra decir la alegría del que esto escribe, al escuchar a algunos visitantes preguntarse “¿qué es una cofradía?” cuando leían el final de la explicación de la primera obra de gran formato de la exposición, el Tríptico del Ecce Homo, y en que justo se menciona que el pintor al igual que los comitentes del cuadro eran “miembros de la cofradía de Nuestra Señora”. Y la pregunta no deja de tener interés: en este caso se trataba claramente de una reunión de individuos con fines religiosos, que poseía una capilla en la iglesia de San Juan de la ciudad natal del pintor, y cuyos miembros patrocinaron retablos para sus altares en los que ellos mismos aparecen “presentados” o patrocinados a su vez por los santos de su devoción. En este detalle del Tríptico de la Adoración de los Magos vemos a qué me refiero, aunque en este caso específico los comitentes no eran de la cofradía en cuestión. Esta devota práctica de promover el culto de los santos, no debe hacernos olvidar que la cofradía de Nuestra Señora, nos lo recuerda con extensión la comisaria de la exposición en el catálogo, también se distinguía por su organización de banquetes: “estaban programadas siete comidas al año, pero podían ser más” (El Bosco. La exposición del V Centenario, 2016, p. 22). El propio pintor llegó a organizar tres de esos banquetes a lo largo de su vida. Esto es, si bien tenía sus rasgos de devoción y también retribución (es decir, se organizaban los funerales de sus integrantes, como ocurrió el propio pintor), con tantos festejos que hoy nos parecerían “profanos”, no necesariamente llegaríamos a identificarla como una corporación religiosa, menos aún considerado que se le apodaba la “cofradía del Cisne” por el ave que se consumía en uno de sus banquetes.

Detalle de la Mesa de los pecados capitales. Museo del Prado.

Detalle de la Mesa de los pecados capitales. Museo del Prado.

Desde luego, las obras del Bosco no representan esos aspectos de su cofradía, pero en cambio sí nos recuerdan otras diferencias entre el Cristianismo del siglo XV y el de nuestros días. Baste citar una muy concreta: la acedía. En la Mesa de los pecados capitales éstos aparecen distribuidos en un disco, representados con escenas en que un personaje comete cada uno de ellos. El observador de hoy no tiene muchas dificultades para reconocer la ira ahí donde aparecen dos hombres peleándose, o la gula donde otros dos comen y beben sin saciarse, pero curiosamente ahí donde aparece un hombre dormido y una mujer acercándole un rosario muchos espectadores se quedan con la duda a pesar de la cartela de abajo. Ésta, empero, lo dice claramente, se trata de la acedía o acedia. Hoy el Diccionario de la Real Academia lo define usando cinco sinónimos: “Pereza, flojedad. Tristeza, angustia, amargura”. Allá por el siglo XIV, en la Divina Comedia, Dante situó a esos pecadores en las profundidades de la laguna Estigia, diciendo

“¡Tristes fuimos, bajo del sol que el aire dulce alegra!
¡De humo acidoso nuestro ser henchimos!
¡Ora lloramos en la charca negra!”
(El Infierno, canto VII)

“Tristeza del bien espiritual” según la definiera Santo Tomás de Aquino, se le estimaba doblemente mala, en sí misma, porque procedía de un bien que en principio sólo debía generar alegría, y por sus efectos, pues “retrae totalmente al hombre de la obra buena”. De ahí en la Suma Teológica aparece entre los pecados contra la caridad. Este tipo particular de tristeza, nos parece al menos extraña. De hecho, ya lo parecía a un autor moderno como Oscar Wilde, por citar sólo un ejemplo, quien afirmaba que cuando supo de ella la imaginó como “el tipo de pecado que inventa un sacerdote que no sabe nada de la vida real”. En todo caso, nada de la vida moderna podríamos decir, bien que posiblemente hoy, aunque sigue existiendo en el Catecismo de la Iglesia Católica, asociaríamos la acedía más bien con alguna forma de depresión, por tanto con una patología y no ya con un pecado mortal.

En fin pues, sirvan estos breves ejemplos para insistir en ese mensaje historicista de esta exposición, que en ese sentido sirve bien para ilustrarnos en el dinamismo de la historia del Cristianismo. A 500 años de su muerte, el Bosco y su pintura religiosa, sin duda debería más bien causarnos extrañeza, como él mismo seguramente se extrañaría de cómo lo recordamos hoy, mirando sus cuadros en recintos por completo ya fuera de sus contextos originales, convertidos en obras artísticas a las que pretendemos a veces imprimirles nuestras inquietudes contemporáneas.

“La Biblia no cayó del cielo”

Así tituló el Collège de France la entrevista que se realizó en 2013 al profesor Thomas Römer, como parte de la difusión de las actividades de la cátedra “Medios bíblicos”, y que me he tomado la libertad de subtitular en español, desde luego que sin intención alguna de infringir ningún derecho, sino sólo con fines de divulgación. Como podrá ver el lector, se trata de una interpretación contextual de la construcción de la Biblia hebrea, y que pone el acento en el período final de los dos reinos que se encontraban en la actual Palestina, Israel y Judá, derrotados por asirios y babilonios, entre 722 y 547 a.C.


Tomas Romer entrevista por davidclopez

En 2014 el profesor Römer publicó L’invention de Dieu, una obra que, en ese mismo marco de interpretación, analiza la construcción del dios Yahvé como el dios único bíblico. De nuevo se trata de una lectura contextual, en que se aprecian las circunstancias sociales y sobre todo políticas, que llevaron a la construcción de los textos bíblicos en que se apoya el monoteísmo hebraico y su teología. En el marco de los cursos que imparto en Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, me pareció que la obra era harto interesante, por ello, con la colaboración de mi entonces asistente, Paúl Martínez Facio, egresado de la carrera de Humanidades de esa institución, nos ocupamos de traducir la introducción y uno de los capítulos. Aunque este blog está dedicado sobre todo a la historia del catolicismo, finalmente el dios único de la Biblia hebraica tiene una relación fundamental con el Dios “trino y uno” del Catolicismo. Aprovecho pues esta oportunidad para compartir por aquí este material, siempre a la espera de que se realice una verdadera traducción profesional y se edite la obra del profesor Römer en nuestro idioma, así como existe ya una edición en inglés.

RömerEn suma pues, aquí una versión libre en español de dos fragmentos de la obra L’invention de Dieu.