Archivo por meses: marzo 2016

Agustín Rivera, a caballo entre la historia sagrada y la historia profana

En este Domingo de Pascua, una entrada breve, sólo para compartir con el público que tiene la gentileza de seguir este blog, una más de las conferencias del XIII ciclo del Seminario de Historia Mexicana, en colaboración con el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”, en el marco del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX”. En esta ocasión se trata de la conferencia impartida por el Dr. Juan Pío Martínez, destacado integrante del citado CA, quien expone con amplitud algunas de las características fundamentales de la obra del padre Agustín Rivera como historiador.

Agustín Rivera a caballo entre la historia sagrada y la historia profana from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

La reforma de cofradías peninsular


Vamos a continuar con los documentos de la reforma de cofradías en la monarquía hispánica del siglo XVIII. En enero presentamos sus fundamentos jurídicos, en febrero veíamos ya el inicio del expediente general de México, es decir, del procedimiento que la monarquía de la época utilizaba para una reforma de grandes proporciones: la recopilación de datos seguida de una serie de resoluciones por parte de uno de altos tribunales regios. Vimos en concreto la petición de un fiscal de la Real Audiencia de México fechada en 1775, en respuesta a una exposición de otro magistrado real, el contador de propios y arbitrios del reino de Nueva España. Mas conviene tener presente que fue una reforma hispánica, es decir, que se realizaba a ambos lados del Atlántico. En la Península todo comenzó con la queja de un obispo, don Cayetano Cuadrillero, de Ciudad Rodrigo, en 1768, que también pasó por un fiscal: don Pedro Rodríguez Campomanes, quien en 1769 dictó un alegación mucho más extensa que la del fiscal Areche, y que presentamos aquí a través de Google Libros, de la que resultó la apertura del expediente general de cofradías de Madrid.

Destaquemos brevemente que se trata de un documento que toca buena parte de las críticas que los “ilustrados” españoles hacían a las cofradías, o mejor dicho, a sus excesos. De hecho, el propio documento está organizando como una relación de esos excesos: las prácticas “supersticiosas”, la sustracción de la jurisdicción real, el carácter conflictivo, la acumulación de bienes, etcétera. El fiscal Campomanes, siempre selectivo, no llegó a pedir su supresión generalizada, sino la reducción de su número y, sobre todo, planteaba una redefinición de ellas, aunque basada en las leyes que hemos visto semanas atrás: las cofradías eran un asunto profano, que debía estar bajo la jurisdicción del rey para lo material, aun si por sus cultos, el letrado no negaba que pudiera intervenir el clero, en este caso, los arzobispos de la Península. Dejemos pues la palabra a aquel distinguido “ilustrado” peninsular:

 

Emociones religiosas y políticas

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Antiguo Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba.

“… siguen maquinando hasta que el gobierno, desesperado de la ineficacia de los medios suaves, tome el de una expulsión clamorosa. Esto es lo que ellos quieren, ¿y para qué? Para que en aquel lance presenten el espectáculo bien premeditado de salir en comunidad al toque de campana, en presencia del pueblo que, enternecido y conmovido, romperá en una demagogia…”

Vicente de Segura, jefe político de Orizaba, al gobernador de Veracruz, 31 de enero de 1827. AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 78, fs. 4-6.

En el siglo XIX, uno de los temas de conflicto entre la Iglesia y el Estado era el manejo de las emociones. El informe confidencial del jefe político orizabeño que acabamos de citar, y que por su riqueza hemos utilizado ya en muchas otras ocasiones en este espacio y en otros, nos ilustra bien el conflicto. El representante del gobierno del Estado de Veracruz desconfiaba, sino es que directamente temía, la capacidad de los religiosos franciscanos del Colegio Apostólico de San José de Gracia de esa entonces villa, para emocionar (“enternecer y conmover”) al pueblo. No le faltaba razón. Misioneros formados en la tradición de la Reforma católica, los josefinos disponían de amplios recursos para generar emociones en los fieles. Segura describió algunos de ellos en su informe calificándolos de “maniobras cómicas”: “un hachón encendido bajo el brazo desnudo, un lienzo de la pintura de un condenado, una saetilla sonante con campanilla”. En efecto, usaban de numerosos recursos teatrales en sus misiones, y en particular, en sus sermones: la calavera en el sermón de la muerte, la estampa del diablo en el sermón del infierno; cierto, los versos, breves y con mensajes contundentes, las saetillas, cantados durante las procesiones de inicio de las misiones, en las que aprovechaban además la oscuridad nocturna para darles mayor efecto. Toda esa predicación teatral, barroca, había estado efectivamente encaminada a emocionar a los fieles para generar en ellos el miedo a la condenación infernal, el arrepentimiento de los pecados que los aproximara a la confesión (objetivo final de esos misioneros), la contrición pues, imperfecta o perfecta. Además, tenía razón también por ese lado el funcionario, con su retórica y sus recursos teatrales, los misioneros podían generar arrebatos emotivos en la multitud: una misión que predicaron en la villa de Córdoba en 1824 culminó con una espontánea “hoguera de las vanidades”. Por “aquellos transportes arrebatados que comunica la gracia”, según los términos del vicario del Colegio, los fieles arrojaron a las llamas lo mismo instrumentos musicales que vestidos, en los que veían verdaderos instrumentos de sus pecados (AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 30, fs. 373-375).

Fabre - Lucien Bonaparte.jpgEn las monarquías católicas del siglo XVIII, es cierto que esas misiones habían tenido un sentido no sólo religioso, sino también político. Louis Châtellier lo señalaba, entonces eran “un instrumento entre otros muchos utilizado por el príncipe para controlar a la población” (La religión de los pobres. Europa en los siglos XVI-XIX y la formación del catolicismo moderno, 2002, p. 130). Al momento de las revoluciones políticas de principios del siglo XIX, no faltaron intentos para seguir aprovechando lo religioso a favor de lo político. Tal era uno de los motivos por los que en el siglo XIX se hablaba con frecuencia de la importancia del culto. En 1826, circuló por ejemplo en la prensa mexicana oficial de la Ciudad de México (El Correo de la Federación) y en los estados (al menos en El Oriente de Xalapa), el discurso de Lucien Bonaparte, a quien vemos en la imagen, sobre el establecimiento de la legislación de los cultos reconocidos en Francia. Decía el hermano del futuro emperador de los franceses: “No hay un pueblo a quien pueda convenir una religión abstracta: los signos, las ceremonias, lo maravilloso, son el pábulo indispensable de la imaginación y del corazón; el legislador religioso no puede dominar las almas y las voluntades, si no les inspira aquella adoración respetuosa y profunda que nace de las cosas misteriosas.” Y más todavía, era por ello que “los cultos son útiles y aun necesarios en un Estado” (El Oriente, núm. 780, 14 de noviembre de 1826, pp. 3231-3232). La religión era útil (no únicamente desde luego) en buena medida como vínculo emotivo de los nacientes Estados nacionales, papel que fue incluso aceptado por diversos clérigos. De ahí la importancia de analizar la “liturgia ciudadana”, como la ha denominado Brian Connaughton, la participación de las autoridades y de la nación misma en las ceremonias eclesiásticas, no sólo (aunque también) en las cortesías y precedencias, sino incluso a veces alterando las indicaciones de los libros litúrgicos, como ocurría en México con la entrega de la llave del depósito eucarístico del Jueves Santo a las autoridades civiles, entendida como símbolo del Patronato nacional.

Le PanthéonMas no es menos cierto que también en el siglo XIX comenzaron a elaborarse nuevas formas de emotividad propiamente políticas, aunque en general no del todo alejadas de la tradicional emotividad religiosa. Antes bien, si antaño lo religioso tenía su lado político, hogaño podría decirse que lo político tiene su lado religioso, sagrado incluso en algunos casos, ante todo a través de los diversos tipos de fiesta política y de toda la parafernalia del patriotismo. El romanticismo y su exaltación de los sentimientos contribuyeron también a darle forma a esas nuevas liturgias emotivas, cuya herencia seguimos viendo hoy, e incluso ha dado motivo de controversias en la opinión pública. Mencionemos sólo dos ejemplos fundamentales, primero, la cultura de las reliquias. Fue en el siglo XIX cuando tuvo lugar una auténtica revolución en el tema del culto de los muertos, con la aparición de las tumbas individuales, de los cementerios fuera de las iglesias, y la exaltación de esos instrumentos para conservar la memoria: la conservación de los cuerpos, la renovación de los monumentos, de las ceremonias y de los discursos fúnebres, y un amplio etcétera. El siglo XIX fue un siglo de emotividad macabra: “fiesta de las lágrimas cuya fuerza pedagógica brota de la ostensión de las llagas y de la exposición del cadáver” decía Alain Corbin sobre la fiesta política fúnebre. Si antaño el Cristianismo construyo su sacralidad sobre las reliquias de los santos, el patriotismo moderno hizo lo propio con la del Estado nacional sobre los restos de héroes nacionales, los cuales pueden lo mismo reunir a la nación o hacerse parte de las divisiones políticas: el incidente del entierro del general Lamarque en 1832, cuya memoria mantiene la obra de Victor Hugo, que se actualiza ahora en versiones fílmicas, es tal vez el ejemplo más célebre. La “demagogia” no estalló por incitación del clero, sino por la ceremonia religiosa fúnebre de un militar liberal.

Siguiendo el ejemplo francés de la secularización de la antigua iglesia de Santa Genoveva como Panteón nacional, numerosos estados modernos tienen el suyo. En la Ciudad de México es el papel que ha desempeñado, desde su fundación en 1872 la actual Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón civil de Dolores. El escándalo que causó en la opinión pública su “profanación” con una fiesta en julio de 2014 es buena muestra de que esa sacralidad política no se ha perdido del todo, aunque curiosamente se conserva en particular más del lado de la izquierda del espectro político.

Algo semejante puede decirse, ya para terminar, sobre los himnos. Creaciones del romanticismo y del liberalismo del siglo XIX, nacionales en principio, pero también los hay que se identifican con la contestación política, su virtud principal no ha dejado de ser la emotividad. Hasta hoy seguimos entonando no sólo nuestro himno nacional incluso en las manifestaciones que contestan a una autoridad, oponiendo así nación y gobierno, sino también otros himnos que en ese siglo se identificaron con las causas políticas liberales, aun si no era necesariamente la intención de sus autores. En uno y otro caso, la emoción puede desbordarse al terminar la interpretación. Bástenos citar, para no hacer escuchar al lector “las notas marciales de nuestro himno nacional” (como solía rezar el cliché de todo acto cívico), el caso del Va pensiero. Así es, utilizado, se supone pues la historiografía reciente ha matizado el punto, en tiempos de la lucha por la construcción nacional de Italia, se trata de nuevo de un tema de contenido religioso, bíblico más todavía: es el coro de los esclavos del tercer acto de la ópera Nabucco de Verdi, inspirado de uno de los salmos. Se han interpretado aquí, en México, lo mismo en las protestas por la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, que en las más recientes manifestaciones de la Universidad Veracruzana, como vemos en este video.

Debemos cerrar aquí, no sin concluir que la política contemporánea pareciera seguir necesitando “el pábulo de la imaginación y del corazón”, acaso muchas veces más efectivo que los argumentos racionales para una movilización, aun si las manifestaciones contemporáneas que hemos citado justo se han preocupado por no terminar en las “demagogias” de que Segura acusaba a los franciscanos orizabeños que citamos al principio. La actualidad, por tanto, nos continuará proporcionando más datos para esta historia religiosa de lo político, no menos que para la historia política de lo religioso, por llamarlas de alguna forma, que constituyen la materia fundamental de esta página web, acaso más que la historia de las instituciones, la Iglesia y el Estado, de la cual, sin embargo, no están separadas.

Memorias orizabeñas de la Conquista II

Es sin duda significativo que, mientras el relato de la república de indios de Orizaba fue perfeccionado por un clérigo, el que hasta donde sabemos parece haber sido el primer relato orizabeño de la historia de la Conquista tras la independencia fue obra de un representante del naciente Estado de Veracruz: el jefe político Vicente de Segura. Cordobés de origen, liberal cercano a los que solemos conocer como “escoceses”, por identificarlos a las logias masónicas de ese rito, pero cuya filiación nunca fue aclarada, era pues parte del grupo de reformistas moderados que mantuvo el poder en Veracruz entre 1823 y 1828. Representante del gobierno estatal en Orizaba a partir de 1825 como jefe político del departamento, fue en el cumplimiento de sus obligaciones como tal, conforme a la ley orgánica estatal de 1825, que redactó sus Apuntes para la estadística del departamento de Orizava en 1826, cuyo capítulo quinto estuvo dedicado a un “Bosquejo histórico” desde los tiempos prehispánicos.

Si bien es posible que Segura retomara del relato de los indios el tema del establecimiento de los primeros pobladores de la región en Texmalaca y el nombre original de “Ahuilitzapam”, justo presenta una versión radicalmente opuesta de su papel en la Conquista. “No formaron estos guerreros liga con el general castellano, sino que por el contrario se mostraron opuestos a sus ambiciosas empresas”, asentó en su obra (p. 19). Estimaba probable que se hubieran unido a Cualpopoca en contra de Juan de Escalante y que por ello sufrieran la represión de los españoles, pintada con la tinta más sangrienta, describiendo en un párrafo memorable (pp. 19-20), lo mismo destrucción de bienes, que el sometimiento a trabajos forzados y torturas.

La vieja memoria local de la lealtad a ambas majestades, propia de las corporaciones del Antiguo Régimen, dejaba paso a un relato de la violencia de los españoles, tanto más oportuno y necesario a unos pocos años de consumada la independencia nacional y en el contexto de las conjuras internas y amenazas de invasión para restablecer el dominio de Fernando VII de la segunda mitad de la década de 1820, que el propio Segura debió enfrentar de manera bien real, en la misma Orizaba. Si bien los Apuntes sólo serían impresos en 1831 (es la edición que citamos aquí a partir de Google Libros), se diría que este pasaje era casi una advertencia de lo que podría ocurrir en una “reconquista” española.

Ahora bien, hasta donde sabemos debieron pasar cuatro décadas para ver una nueva versión de un relato orizabeño de la Conquista. Nos referimos al Ensayo de una historia de Orizaba, de 1867, obra de Joaquín Arróniz, y que, por lo que toca a este tema, fue el trabajo más amplio y acabado del siglo XIX. Tan es así que la otra gran crónica orizabeña de la segunda mitad del siglo, el Estudio histórico geográfico y estadístico de José María Naredo (1898) copió capítulos completos de Arróniz. Obra erudita, su autor rastreó con amplitud las menciones de Orizaba en obras del siglo XVIII, como la del arzobispo de México Francisco Antonio Lorenzana y, sobre todo, la del padre Francisco Xavier Clavijero –este último ya había sido leído por Segura–, y en las del siglo XIX, en particular las de William Prescott, Lucas Alamán y Manuel Orozco y Berra. Desde luego, aprovechó el trabajo de Segura y su propia colección de documentos de los siglos XVI al XVIII, entre los que destacaba un litigio sobre tierras entre Orizaba y Maltrata, que leyó como fuente para la historia de la Conquista.

ensayodeunahisto00arro_0009En esa labor, como Segura, no dejó de traslucir preocupaciones políticas del momento. La situación de los “indígenas” al culminarse la Conquista resultaba comprensible al lector de 1867, porque, decía Arróniz “nosotros mismos, por desgracia, vivimos en la incertidumbre dolorosa con que de años atrás luchamos, amenazados de una completa disolución social” (pp. 151-152). Mas debemos resaltarlo, su preocupación clara era inscribir a Orizaba en la historia nacional, e incluso en una “filosofía de la historia”, como él mismo la llamó, reflexión general sobre los hombres y las causas de su conducta, de signo progresista desde luego, que de nuevo según su decir, le permitía unir los acontecimientos más remotos a los más contemporáneos.

Así, entre lo más característico de las páginas de su obra, es que Orizaba se convirtió en teatro de eventos cuya significación iba más allá del marco local, casi diríamos “nacionales”. Lo decía el autor en su introducción: “la Historia de Orizaba […] abunda en hechos notables, considerados en su enlace ya oculto o manifiesto con otros de la Historia general de México” (p. IX). Así pues, el primer capítulo de su historia estuvo dedicado a los legendarios honores fúnebres de Quetzalcóatl en el Citlaltépetl, mientras la parte final del período está marcada por el relato del matrimonio dentre la Malinche y Juan de Xaramillo en el actual pueblo del Ingenio; hubo también atención particular para los dos momentos en que Cortés habría pasado por Orizaba, de hecho, para Arróniz, fue ahí donde planeó su estrategia contra Narváez. Además, según esta crónica, Orizaba obtuvo brillantes conquistadores: los primeros fueron los más sangrientos, los que habrían ocupado la región en nombre de Moctezuma I Ilhuicamina en 1457 encabezados por Tizoc, Axayácatl, Ahuizótl y sobre todo Moquihuix, rey de Tlaltelolco. En cambio, la conquista española habría sido más bien de espíritu pacífico gracias a Gonzalo de Sandoval, exaltado casi como héroe por Arróniz: “joven de gallardo y apuesto continente, de nunca desmentido valor y accesible a los sentimientos más generosos y magnánimos” (p. 141) y desde luego, por todo ello, compañero de particular valía para Cortés.

Esta doble conquista es muestra de la tensión que se respira a todo lo largo de estos primeros capítulos, entre la valoración no falta de ambigüedad de las civilizaciones prehispánicas, en quienes reprocha constantemente el carácter sanguinario, pero que no podían dejar de ser ya los “mexicanos”, al lado de los cuales lucharon, casi sobra decirlo, los hijos de Ahauializapan. Más todavía, ellos junto con los habitantes de Huatusco y Cotaxtla, “fueron los que más grandemente secundaron los esfuerzos heroicos de los mexicanos” (p. 132). Dotados de una claridad semejante pero de sentido opuesto a la que veíamos en relatos anteriores, “comprendieron aquellos pueblos, que la esclavitud a un poder extraño, era más odiosa a la tiranía de la corte de México” (p. 133). En cambio, y de nuevo no sin contradicción, Arróniz era un crítico del “fanatismo religioso”, pero que no dejaba de encontrar superior la “civilización cristiana” que los españoles representaban, aunque no sin defectos.

Ha sido estudiando la historia política de Orizaba que me he encontrado con estos relatos de la Conquista de los siglos XVIII y XIX. Desde luego, no es de extrañar, esta urbe es interesante porque en sus documentos se muestra de manera muy clara el ritmo local de cambios políticos de niveles más amplios (imperiales y nacionales), y esos cambios fueron asimismo verdaderos “impulsos memoriales”, por así decir, como lo fueron las Reformas Borbónicas, la Independencia y las guerras de Reforma e Intervención Francesa.

Lo ha mostrado la obra de Annick Lempérière, las reformas borbónicas favorecieron la creación corporativa, y una corporación de Antiguo Régimen tanto más si era un “cuerpo político”, y lo eran los dos ayuntamientos orizabeños (de indios y de españoles), requería no sólo de gobierno, bienes y legislación sino también de un pasado, una “tradición común y constante” entre más antigua mejor, que le sirviera para hacer política enfrentándose a otros cuerpos y particulares en los tribunales reales, alegando derechos y privilegios a partir de ella. Los documentos de la memoria de la Conquista orizabeña del siglo XVIII, lo hemos visto, son o servían ante todo como probanzas judiciales, que resaltaban en el caso de los españoles la antigüedad, y en el de los indios además, la fidelidad continua a las dos majestades. Es cierto que en tiempos de las reformas borbónicas hubo un intento de transformar la monarquía católica en una monarquía administrativa, pero su carácter judicial no se transformó radicalmente, y los propios triunfos de los ayuntamientos orizabeños prueban que la vía judicial seguía siendo un medio eficaz de negociación entre la Corona y los actores locales.

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Escudo de Orizaba en la obra de Arróniz.

No deja de impactar que los documentos que habían servido para construir esas tradiciones corporativas hayan sido asimilados con suma facilidad como testimonios para construir a su vez una historia patria. En el cambio político del Antiguo Régimen al liberalismo, las memorias corporativas eran dejadas de lado a favor de una memoria nacional, que se fue formando al ritmo de los eventos políticos. El ejemplo de los Apuntes de Segura nos recuerda la obra de los primeros gobiernos independientes, quienes llegaron a impulsaron por decreto ese tipo de labor, aunque refiriéndose sobre todo a la guerra de independencia. Al instalarse la república federal en 1823, los nuevos Estados se habían convertido además en otros tantos impulsores de la construcción de la memoria nacional, así fuera todavía con recursos modestos. Con Arróniz, estamos ante un trabajo que es ya más claramente histórico, de investigación exhaustiva, que dispone de los recursos para ello (especialmente archivos y colecciones documentales) lo que implica que aun si individual, fue una empresa que contó con un amplio consenso entre los actores políticos locales. Destaquemos sobre todo que es una obra escrita hacia el final de la guerra de Intervención Francesa y al cabo ya de varias décadas de inestabilidad política. Es justo ésta la que parece impulsar al autor a repensar el pasado, el presente e incluso el porvenir de la nación. “México, débil barquilla en una mar procelosa rodeada de sirtes y llena de abismos insondables, va hacia el porvenir, como Edipo, bajo el peso de la fatalidad” (pp. 607-608), concluía la obra de Arróniz. En suma pues, el relato orizabeño de la Conquista, había pasado de ser argumento del brillante pasado de unas corporaciones en particular, a episodio que, junto con otros, determinaba ya un oscuro futuro general para la nación.