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Agustín Rivera y Sanromán

agustin-rivera-webEl Dr. Agustín Rivera y Sanromán nació en Lagos el 29 de febrero de 1824, falleció en León el 6 de julio de 1916. Estamos pues justo en el 192 aniversario de su nacimiento y a unos meses del centenario de su fallecimiento. “Sacerdote, historiador, polígrafo y prolífico escritor” dice de él la ahora tan popular Wikipedia, que es la primera referencia que aparece en el sitio Google al introducir su nombre. Ahí mismo es posible encontrar listados algunas de sus obras y mencionada la dimensión de sus textos. Toda esa información es más o menos correcta, desde luego, pero en realidad nada nos dice por sí misma que justifique la memoria de Rivera. En efecto, la pregunta fundamental es ¿por qué habría que recordarlo? Esos datos sólo tendrían sentido para alguien que estimara la producción bibliográfica como una virtud por sí misma. Claro está, puede haberlos, tanto más cuanto que la obra de Rivera incluye lo mismo obras de historia, de gramática, de filosofía, de derecho, etcétera, aspectos específicos que podrían interesar a algún erudito. Cabe destacar en ese sentido el trabajo de Juan Hernández Luna (1959), que situaba a Rivera en la historia de la filosofía en México.

Desde luego, podría decirse que nuestro autor es valioso porque así lo consideraron ya sus contemporáneos. Recibió elogios de varios otros escritores e intelectuales, por ejemplo del obispo Emeterio Valverde Téllez, (1904), quien lo describía como de “sobresaliente ingenio; feliz, fácil y tenaz memoria, y constancia para cultivar sus raros talentos con laboriosidad infatigable y vastísima lectura”. Casi al mismo tiempo, recibía el reconocimiento de la élite laguense del Porfiriato, como da cuenta la biografía que le escribió Rafael Muñoz Moreno, no por nada dedicada al gobernador de Jalisco, Miguel Ahumada, quien habría tenido la iniciativa de levantarle un monumento en vida. Apenas fallecido, la Academia Mexicana de la Historia le dedicó también una biografía, a cargo de Alfonso Toro y Juan B. Iguíniz. Mas todo ello nos deja de nuevo el estudio del Rivera limitado al ámbito estricto de los estudios académicos sobre la cultura del Porfiriato, pues hoy en día la memoria de este período no ha dejado de ser, en el mejor de los casos controvertida, o directamente negativa.

En fin, más común, sin duda, es identificarse con él por el lugar de nacimiento: forma parte del panteón de ilustres hijos locales de Lagos de Moreno, donde se le rinden homenajes con cierta frecuencia, como ocurrió en 2014. Patriotismo local que es siempre una construcción interesada, a fin de cuentas la coincidencia del lugar de nacimiento es contingente y no tiene por sí misma un significado; es decir, no por “ser de Lagos”, hay obligación o necesidad de identificarse con o siquiera recordar a Rivera. Así pues, ni la sola curiosidad intelectual ni menos aún esas memorias locales, con frecuencia tan dadas a servir hoy de mero discurso para el lucimiento de las élites políticas, parecen realmente justificar el interés hoy en día por un hombre fallecido hace ya casi cien años.

Paradójicamente, para encontrar la importancia contemporánea a Rivera, más bien hay que darse la oportunidad de acercarse a su obra y, más aún, darse la oportunidad de pensarla históricamente. No es tan difícil hoy, gracias a que al menos un centenar de sus libros, folletos y sermones están disponibles en versiones electrónicas en la Colección Digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León, la Colección de Impresos Mexicanos de CONACULTA, la Dirección General de Bibliotecas del mismo CONACULTA y la Biblioteca Digital Hispánica, como lo detallamos más abajo. Quien lo intente se encontrará con una obra extensa, de una erudición que hasta hoy parece notable, con pasajes que asimismo pueden parecer muy lúcidos en nuestros días. Mas sobre todo, si el lector se atreve a realizar esa aproximación, encontrará a un hombre que más allá de haberle dado a Lagos a su héroe local, Pedro Moreno, o de ser un productor incansable de textos impresos, se distinguía por entrar con entusiasmo en toda suerte de polémicas, con ideas originales y claras, mas no exentas de contradicciones.

En efecto, Rivera tuvo una larga vida, con pasajes harto azarosos, aunque también con períodos más tranquilos. Las circunstancias lo llevaron a asumir una posición que terminaría siendo minoritaria en la segunda mitad del siglo XIX, justo tras la Reforma juarista: la conciliación entre la modernidad y el catolicismo. Más allá de coincidir o no con ese esfuerzo –no del todo inactual, empero–, lo que admira es el entusiasmo que tuvo para lanzarse a la palestra, para hacerse oír a la menor provocación, no menos que el amplio bagaje de autores y obras que movilizaba a su favor. Así es, Rivera discutía con el respaldo de un extenso número de lecturas, que iban desde los clásicos de la Antigüedad grecolatina, como Cicerón, a autores contemporáneos suyos (como el historiador César Cantú), pasando por el Quijote de Cervantes y las obras del padre Fray Benito Jerónimo Feijoo. Esto es, no era un erudito que buscara sólo el conocimiento por el conocimiento mismo, sino un auténtico polemista que tendía a interpretar, o incluso a manipular a favor de sus argumentos los textos que citaba.

Todavía más, autor incansablemente conciliador, hoy mismo es difícil hacerlo entrar en las categorías clásicas que utilizamos para designar a clérigos e intelectuales. Por sólo citar un ejemplo: en buen clérigo católico era tan apegado a la autoridad del Romano Pontífice, que bien puede ser calificado de ultramontano en algunos momentos; mas al mismo tiempo podía defender tanto el “progreso lento” del Cristianismo, como el “progreso radical” de la Revolución Francesa. Hay reconocerle además que sabía adaptarse a los diversos contextos en que se desarrolló su obra: no es exactamente el mismo en sus folletos, donde abunda la ironía, que en sus piezas de oratoria, sobre todo en sus sermones, en los que no llegó a realizar críticas de la superstición, como acostumbraba en los primeros. Empero, también es de hacer notar que se abrió a posturas liberales algo más radicales conforme avanzó el tiempo. Es decir, es un buen ejemplo de que el conservadurismo no tiene que estar forzosamente relacionado con la vejez.

Esto es, más allá de su propia obra, Agustín Rivera y Sanromán puede además ser valioso para nuestros días por haber sido un hombre “de carne y hueso”, por decirlo con un cliché.  Pensándolo históricamente, podemos verlo como un autor situado explícitamente delante del tiempo, la condición fundamental del hombre como ser histórico. Tenía filias y fobias, afectos y emociones, construidas conforme a los contextos cambiantes en los que vivió. Es decir, su obra y extensos documentos son también testimonio de las maneras de vivir el siglo XIX, el siglo de las revoluciones liberales y de la secularización, que además las vivió “de frente”, es decir, asumiendo (un poco con voluntad y un poco por las circunstancias, como muchos hoy), esos cambios radicales, “domesticándolos” de alguna forma, pero también impulsándolos. Original pues y difícil de etiquetar, Rivera tampoco era un caso absolutamente único en el panorama cultural de su tiempo. Tal vez por ello es tanto más importante recuperarlo, al abrirnos a la puerta a la diversidad de la república de las letras de la segunda mitad del siglo XIX, nos ofrece también la posibilidad de pensar hacia el futuro nuevas combinaciones de posturas que hoy son aparentemente irreconciliables y contradictorias, pero que bien puede ser una manera de construir nuevas utopías en nuestra confusa actualidad.

Terminemos estas breves líneas con una invitación a leer a Rivera, al menos sus obras consultables en internet.

Título Año composición Vínculo
Disertación sobre la posesión 1847 http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/4/1749/10.pdf
Elementos de la Gramática Castellana 1850 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018518/1080018518_32.pdf (y sucesivos)
Sermón de la Natividad de María Santísima 1854 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_10.pdf
Tratado Breve de Delitos y Penas 1859 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018518/1080018518_19.pdf (y sucesivos)
Sermón de la Santísima Virgen de Guadalupe 1859 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000102350&page=1
Cuadro Sinóptico de los Hombres y hechos más célebres de la Historia Moderna 1864 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/50000007550.pdf
A la Virgen de Moya 1864 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016310/1080016310_02.pdf
Visita a Londres 1867 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020043410/1020043410.html
Compendio de Historia Antigua de Grecia 1869 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133398&page=1
Inscripciones en las paredes del Liceo de Varones del Padre Guerra 1869 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_05.pdf
Cartas sobre Roma 1870 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133396&page=1
Compendio de la Historia Romana 1870 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017008/1080017008.html
Compendio de Historia Antigua de México 1870 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/CJM/43749_1.pdf
Pensamientos de Horacio 1874 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1003094_1.pdf
Noticia histórica del exconvento de las Capuchinas de Lagos 1874 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_21.pdf (Y SIGUIENTE)
Viaje a las Ruinas del Fuertes del Sombrero 1875 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017815/1080017815.html
Documentos para servir a la Historia del Seminario Conciliar de Guadalajara (a partir de su segunda edición, en 1897, aparece ya como libro con el título Los hijos de Jalisco, o sea, Catálogo de los catedráticos de Filosofía en el Seminario Conciliar de Guadalajara desde 1791 hasta 1867. 1875 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020005449/1020005449.html
Viaje a las Ruinas de Chicomoztóc 1875 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000123159&page=1
Tratado Breve de los Sacramentos en general 1875 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387.html
Artículo sobre la utilidad del Método Escolástico 1875 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080026628/1080026628.html
Concordancia de la Razón y la Fe 1876 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133399&page=1
Sermón de Nuestra Señora de Guadalupe 1876 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000101793&page=1
La Angélica de San Agustín y el Himno Jam satis culpis 1877 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_20.pdf
Miscelánea Selecta 1880 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020015788/1020015788.html
Tres Documentos sobre el tomo 1o del Compendio de Historia Antigua de México 1881 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/CJM/135331_1.pdf
Ensayo sobre la enseñanza de los Clásicos paganos 1881 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018716/1080018716.html
Los dos estudiosos a lo rancio 1882 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000093888&page=1
Principios críticos sobre el Virreinato de la Nueva España tomo I 1884 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000152802&page=1
La Filosofía en la Nueva España 1885 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114182&page=1
Principios críticos sobre el Virreinato de la Nueva España tomo II 1887 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017583_C/1080017583_C.html
Treinta sofismas y un buen argumento del Sr. Dr. D. Agustín de la Rosa 1887 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000143443&page=1
Principios críticos sobre el Virreinato de la Nueva España III 1888 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017583_C/1080017583_C.html
Anales Mexicanos I 1889 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080012664/1080012664.html
Carta sobre una urna griega 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005_16.pdf (Y SUCESIVOS)
La fundación de la imprenta en Puebla 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_24.pdf
Valor de la Tradición oral en mi “Viaje a las ruinas del Fuerte del Sombrero” 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_25.pdf
Juicio crítico de los sermones de fray Juan de San Miguel 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005.html
Anales de la época de Reforma y la del Segundo Imperio 1890 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000147901&page=1
Contestación de Agustín Rivera a los Puntos Dudosos del Sr. C.G.M. sobre la muerte del héroe de la patria Pedro Moreno 1890 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_27.pdf
Tres Artículos sobre la Revolución Francesa 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_20.pdf
Diálogo sobre la enseñanza de los idiomas indios en los colegios de la República 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_14.pdf
San Ganelón 1891 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115072&page=1
El Toro de San Marcos 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005_25.pdf (Y SIGUIENTE)
Reseña de los Reyes de España desde Isabel la Católica hasta Fernando VII 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_19.pdf
Notas al artículo de un exestudiante sobre la enseñanza de los idiomas indios 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005_19.pdf (Y SIGUIENTE)
Juicio crítico del opúsculo intitulado El liberalismo es pecado 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016005/1080016005_28.pdf (Y SIGUIENTES)
Descripción de una manta de Tlaxcala 1891 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555_25.pdf (Y SIGUIENTES)
El Cempazuchil 1891 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000047039&page=1
La vocación de Simón Bar-Jona 1892 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/90498_1.pdf
Cuatro Cosas. La filosofía, la historia, el teatro y la imprenta 1892 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133397&page=1
El joven teólogo Miguel Hidalgo y Costilla 1892 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_22.pdf
Estudios sobre la soberanía del pueblo en los libros de los teólogos católicos y sobre el derecho público en las Empresas Políticas de Saavedra Fajardo 1892 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018518/1080018518.html
Pensamientos muy filosóficos del orador jesuita Neuville sobre El Genio 1893 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555_22.pdf (y SIGUIENTES)
Oración del Arzobispo Alarcón en el Congreso de Higienistas 1893 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555_19.pdf (Y SIGUIENTES)
Lo que vale media hora para un sacerdote 1893 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080015538_V118/1080015538_22.pdf
¿De qué sirve la filosofía a la mujer, los comerciantes, los artesanos y los indios? 1893 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000124698&page=1
Paralelo entre el Contrato Social de Rousseau y un sermón del Illmo. Pérez, obispo de Puebla 1894 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000119240&page=1
Plática en la primera comunión de un niño 1894 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115057&page=1
Carta sobre Fray Gregorio de la Concepción 1895 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_09.pdf
Discurso sobre los Hombres Ilustres de Lagos 1895 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080024848/1080024848.html
Proyecto sobre la enseñanza de los idiomas indios 1895 http://132.248.9.32/Folleteria/SigloXIX/486.pdf
Previsiones de los efectos de la Delegación Apostólica de Monseñor Nicolás Averardi en México 1896 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_23.pdf
El intérprete Juan González 1896 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_15.pdf (Y SIGUIENTE)
Espléndida inteligencia de un canon del Concilio de Trento por el Sr. Presbítero D. Gabino Chávez 1896 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016387/1080016387_10.pdf (Y SIGUIENTES)
Felicitación por el año nuevo 1896 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_26.pdf
El progreso lento y el radical en la destrucción de la esclavitud en las naciones cristianas 1897 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_28.pdf (Y SUCESIVOS)
Bodas de Oro de Agustín Rivera como escritor público 1897 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000143386&page=1
Felicitación por el Año Nuevo de 1898. “Las doctrinas modernas”. 1898 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_27.pdf
Pinturas que tiene Agustín Rivera colocadas en las paredes de su gabinete de estudio y de su alcoba 1898 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080013694/1080013694.html
El Plan del Hospicio y el Segundo Imperio 1898 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555_14.pdf (Y SIGUIENTES)
La imaginación de la mujer en la sociedad doméstica 1899 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_21.pdf
Pensamientos filosóficos sobre la educación de la mujer en México 1899 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080018555/1080018555.html
Los pensadores de España sobre las causas de la decadencia y desgracias de su patria en los últimos siglos hasta hoy. 1899 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/41000008464.pdf
Sermón que predicó el Dr. D. Agustín Rivera en la primera comunión eucarística de los niños Antonio Larios… 1899 http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_09.pdf
Despedida del Siglo XIX. Discurso compuesto por Agustín Rivera y leído por el Lic. D. Ángel Castellanos en la ciudad de Comitán en una velada artístico-literaria… 1900 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114721&page=1
Gracias 1900 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/50000006442.pdf
Sermón de la Purificación de María 1901 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133353&page=1
Guadalajara antes de Franklin 1901 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1004842_1.pdf
Arenga de Agustín Rivera el día de la fiesta en honra del héroe de la patria, Pedro Moreno, el 27 de octubre de 1902 1902 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1004846_1.pdf
Pensamientos de Agustín Rivera sobre el buen gusto literario y artístico 1902 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000121631&page=1
Despedida que Agustín Rivera da a Guadalajara el día 11 de febrero de 1902 1902 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114722&page=1
Carta de Agustín Rivera al Coronel Ingeniero Andrés L. Tapia sobre algunas consejas relativas al Evangelio y al libro III de los Reyes publicada por “La Libertad” 1903 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114726&page=1
Familia y parientes más notables de Jesucristo 1903 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002682_1.pdf
Rasgos biográficos y algunas poesías inéditas de Esther Tapia de castellanos 1903 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1004845_1.pdf
Discurso que pronunció Agustín Rivera en la fiesta de la colocación de la primera piedra del Monumento a la memoria del héroe de la patria Pedro Moreno, en Lagos de Moreno, el día 15 de mayo de 1904 1904 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002683_1.pdf
El representante del Papa en México ha elogiado el gobierno del Sr. Presidente Díaz 1905 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002684_1.pdf
Mi estilo. Folleto escrito por Agustín Rivera, quien lo dedica al C. Coronel Miguel Ahumada 1905 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/11000100043.pdf
Discurso que pronunció Agustín Rivera en la Fiesta del 27 de octubre de 1906 en Lagos de Moreno 1906 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114727&page=1
Gracias al Sr. Canónigo Valverde Téllez 1906 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002685_1.pdf
Sermón sobre la Eucaristía 1907 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115055&page=1
Recuerdos de mi capellanía de las capuchinas en Lagos 1908 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115054&page=1
Fray Melchor de Talamantes y D. Fray Bernardo del Espíritu Santo o sean las Ciencias en la época colonial y defensa que el autor de este folleto Dr. D. Agustín Rivera hace de sus escritos. 1909 http://dgb.conaculta.gob.mx/coleccion_sep/libro_pdf/11000025737.pdf
Discurso pronunciado por Agustín Rivera en el Palacio Nacional de la capital de México en la Apoteosis de los Héroes de la Independencia de México 1910 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/CJM/318547_1.pdf
Anales de la vida del Padre de la Patria Miguel Hidalgo y Costilla 1910 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1004723_1.pdf
Apreciaciones que hace Agustín Rivera de algunos conceptos de la alocución pronunciada por el Lic. Alfredo Muñoz Moreno 1911 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115052&page=1
Dos doctrinas muy importantes del Papa León XIII en su epístola Plane quidem 1912 http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/83402_1.pdf
Postmortem. Carta de Agustín Rivera al Sr. Dr. D. Manuel Alvarado sobre la negativa de aquel a hacer la profesión de fe 1913 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000114725&page=1
Las Ruinas de Itálica 1915 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000133383&page=1
La poesía estudiada a los 91 años 9 meses o sea Discurso sobre la Poesía 1916 http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000088444&page=1
El cable submarino http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016006/1080016006_21.pdf
Felicitación por el Año Nuevo http://impresosmexicanos.conaculta.gob.mx/libros/BDM/1002687_1.pdf

La reforma general de cofradías novohispana

Por segunda vez dedicamos este espacio a un documento de la reforma de cofradías del siglo XVIII. Antes presentamos las leyes sobre el tema vigentes entonces y que servirían de referente a la reforma. Ahora entramos ya en materia con un dictamen de José Antonio Areche, entonces fiscal de la Real Audiencia de México, dirigido por supuesto al virrey Antonio María Bucareli, a quien vemos en la imagen detrás del rey Carlos III. Areche examinó la queja del contador de propios y arbitrios en el sentido de que los pueblos indios no contaban con recursos pues sólo tenían bienes las cofradías y que éstos se dilapidaban en fiestas. El fiscal responde, como vemos, manifestando su acuerdo en la mirada crítica de las cofradías por razones religiosas, económicas y desde luego políticas. Mas en lugar de recomendar una medida directa y radical al respecto, el lector notará que al final, Areche se limitó a pedir la formación de un expediente informativo. Tal fue el inicio del expediente general de cofradías de México, hoy en día mayormente distribuido entre los volúmenes 312, 313 y 314 del grupo documental Historia, y el volumen 18 del grupo documental Cofradías y archicofradías del Archivo General de la Nación. Un punto fundamental: la información fue requerida tanto a los magistrados reales locales, como a los obispos, que desde ese momento se esperaba fueran parte fundamental de la reforma.

Dictamen del fiscal José Antonio Areche, inicio del Expediente general de México, 1775*

DSCF6333Excelentísimo Señor

El objeto de esta consulta debiera ser mucho tiempo ha el único a que dirigieran todos su connatos los indios, como el más importante a sus intereses, pero sumergidos en el abandono de sí mismos, ya porque su educación los conduce a él, ya porque las malas sugestiones y ejemplos les persuade ser sólo asunto de su cuidado la solicitud del preciso diario alimento, sin reservar algún socoro para la epidemia, la esterilidad u otro infortunio, viven tan distantes de empeñarse en el arreglo de los bienes de su comunidad, y omitir los gastos de cofradías, que estiman esta grande empresa demasiado ofensiva a sus utilidades, por serlo en realidad a las falsas impresiones en que están nutridos desde muy tiernos.

Contentos con distribuir los caudales del público en sus fiestas, que es un culto nada agradable a Dios por la serie de abominaciones que le acompañan, no se persuaden, a que aun prescindiendo de los pecados que con el motivo de ellas se cometen sin el rubor que en otras circunstancias serviría de freno a la insolencia, no pueden graduarse como meritorias esas solemnidades ni las misas, retablos y semejantes actos por consumirse en ellos bienes ajenos, cuales son los de los pueblos, destinados por Su Majestad al apreciable fin de preparar socorros a los indios en sus urgencias.

Tan grave daño exige una providencia que en su raíz lo remedie, y liberte a estos miserables de los malos efectos que han experimentado, y para tomarla se ha de servir vuestra excelencia mandar se libre despacho a los corregidores y alcaldes mayores del distrito del virreinato para que de ruego y encargo notifiquen a los curas de las parroquias situadas en su jurisdicción les den noticia individual de todas las cofradías o hermandades que estuviesen fundadas en cualesquiera iglesias o capillas, y de sus fondos (sin contar con los que consisten en los bienes de comunidad, o en lo que de ellas se saca para gastos) especificando las que se hallen autorizadas con la licencia real, que requiere la ley 25, título 4º, libro 1º de la Recopilación de estos reinos, la que exhiban, y todo se remita al superior gobierno, pasándose también oficios a los ilustrísimos prelados, a cuyos territorios se extiende el mando de vuestra excelencia, para que auxiliando por su parte esta recomendable resolución, den las más oportunas providencias a que los párrocos entren con docilidad en su cumplimiento, tomen las demás que conspiren al de la ley e informen las cofradías o hermandades de indios que, sostenidas con suficientes bienes, que no sean de los que pertenecen a las comunidades, consideren dignas de conservarse en sus respectivas diócesis. México y agosto 10 de [17]75.

Areche.

* AGN, Historia, vol. 312, fs. 4v-5v.

Memorias orizabeñas de la Conquista I

Catedral y el padre Llano 2

Actual Catedral de Orizaba, antigua iglesia parroquial de San Miguel

“Pueblo de los mejores del obispado, por su opulencia, amenidad, abundancia de víveres, y disposición de sus casas” según Villaseñor y Sánchez en el Theatro Americano a mediados del siglo XVIII, Orizaba se distinguía entonces además por una población heterogénea. El cosmógrafo real estimó entonces que en el pueblo habitaban 510 familias españolas y 809 de indios, así como 300 de mestizos y 220 de mulatos; es decir, la “gente de razón” superaba en número a los indios. Además, dio cuenta de la posición ascendente de los españoles, quienes “forman comercio separado” y de la importancia del cultivo de tabaco, cuyo rendimiento calculó en cien mil pesos anuales. De hecho, eran justo los comerciantes españoles los que se beneficiaban de la producción de tabaco, no necesariamente porque fueran productores, sino porque la financiaban a crédito, la “aviaban” como se decía entonces. Además habían comenzado a organizarse en calidad de “república española” de Orizaba o bien como “diputación de comercio” que obtuvo la administración de alcabalas hacia 1750. A partir de 1758, esa misma diputación solicitó al virrey de Nueva España su formalización como un ayuntamiento. La nueva corporación sólo llegó a ver la luz hasta 1764, pues se siguió un largo litigio en la Real Audiencia, pues de inmediato se opusieron la república de indios y el Conde del Valle de Orizaba. Este litigio, nos interesa pues en ese marco la diputación insistió en un punto: presentar a Orizaba como un pueblo español desde sus orígenes.

En efecto, tal fue uno de los motivos para que en 1762 se mandara levantar una extensa información sobre el pueblo, incluyendo un padrón, una descripción de las calles y plazas, y desde luego, testimonios de las corporaciones religiosas locales sobre sus fundadores y dotadores (AGI, México, leg. 1927-1928). Esto último no es de extrañar, aunque el despacho no lo mencione explícitamente, se entiende que si el pasto espiritual era indispensable en toda población de la época, la mejor manera de clarificar sus “principios, fundación y origen” estaba en conocer la historia de sus iglesias, santuarios, capillas, conventos, congregaciones y cofradías.

Así, las declaraciones de los cabezas de las corporaciones religiosas de Orizaba de 1762, comenzaron a perfilar una memoria de los orígenes del pueblo, basada en el propio comercio español. Decía el capellán del santuario de Guadalupe, “el principio de esta población fueron unos ranchos o casas donde hacían mansión con los caudales que traían a su cargo […] los españoles dueños de carros”. Esta versión la confirmó el prior del Carmen, datando la fundación hacia 1550. En ese mismo tenor, el informe de la parroquia de San Miguel sentenció: “Los españoles son primeros en tiempo y vecindad y los indios en formalidad de pueblo y república”. Más aún, los tenientes de cura encargados de la redacción identificaron incluso a las familias fundadoras: “apellidados Ramones, Prados, Mejías, Maldonados”, cuyo origen habría estado, desde luego, en la Península Ibérica, más concretamente, en Jerez de la Frontera.

Las iglesias resultaban fundamentales para este relato, pues ellas preservaban los testimonios de su veracidad: los tenientes de cura de la parroquia afirmaban contar con documentos de que en 1649 se había otorgado a los Ramones, como “primeros pobladores de este lugar” una demostración clásica de patronazgo en esa iglesia: “sepultura y asiento”; más todavía, había sido un español, el capitán Juan González de Olmedo, el fundador de la primera iglesia parroquial. El prior del hospital de San Juan de Dios, por su parte, podía incluso presentar una de las escrituras de fundación de su convento como prueba: se trataba de la obligación otorgada en 1619 por Pedro Mejía y Sebastián Maldonado por 6 mil pesos, casas y solares para construirlo y dotarlo. No lo decían entonces los testimonios, pero todo ello habría de contribuir, a largo plazo, a fundamentar una verdadera memoria religiosa orizabeña, que recuperaría a finales del siglo XIX el cronista José María Naredo, quien evocaba con aire de nostalgia “la piedad de nuestros mayores”.

Por si fuera poco, el naciente Ayuntamiento recuperó a una imagen mariana en particular para favorecer sus pretensiones: la de la Inmaculada Concepción, a la que eligió como patrona desde 1764. El regidor Diego Pérez Castropol redactó una memoria en que evocaba “notorias antiguas tradiciones” que hacían de la Purísima la primera titular de la parroquia que levantó González Olmedo, y por tanto “devoción de aquellos europeos fundadores del lugar”. La nueva corporación municipal se pretendía así heredera de la cofradía de esa imagen, que se estimaba fundada desde “tiempos inmemoriales”, la cual habría servido, y lo decía explícitamente el regidor, como lugar de reunión de los vecinos españoles a falta del Ayuntamiento que ahora se había erigido (AHMO, Fondo Colonia, c. 3, escrito de D. Diego Pérez Castropol). Casi sobra decir, que los munícipes podían de esta forma dejar de lado al patrono oficial de entonces, San Miguel arcángel, que por ello era más bien patrono del vecindario de indios.

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Actual iglesia del Carmen de Orizaba.

Desde luego, todos estos relatos y testimonios debían explicar también el origen de los indios. Éstos, se habrían instalado posteriormente en Orizaba, hacia 1551; de hecho, se habría tratado del trasladado de una congregación previamente reunida en las faldas del Volcán y que desde 1553 habría tenido la formalidad de república con un primer gobernador, Miguel Mendoza. Mas su presencia habría estado vinculada con el propio comercio español. El prior del Carmen los describía como “un corto número de naturales traídos de diversas partes por considerarlos necesarios para el servicio de los carros”.

“Tradición común y constante”, insistían las declaraciones de 1762, casi sobra decir que fue un relato de inmediato contestado por la república de indios de Orizaba, que en las décadas siguientes fue perfeccionando una versión alternativa. En efecto, aunque desde 1758 los procuradores de los indios insistieron en el carácter de fundador de sus representados ante la Corte de México, hasta dónde he podido averiguar, fue a partir de 1774 que la república de indios comenzó, además, a fundar sus alegatos específicamente en un relato de la Conquista, una memoria de su fidelidad a las dos majestades. En efecto, era la evocación de una conversión temprana, pero también de un vasallaje fiel a la monarquía católica.

En la extensa representación dirigida al rey el 25 de enero de 1774 (AGI, México, leg. 1766), firmada por todos los oficiales de la república, contradiciendo de nuevo la creación del cabildo español y dando cuenta de todos los perjuicios que les causaban, trataron en primer término el fundamento histórico de los comerciantes españoles. Se presentaban al rey con “legítimo derecho” en su calidad de “fundadores que hemos sido de este pueblo y su valle desde la gentilidad”, es decir, desde antes de la Conquista y la evangelización. Si los españoles los hacían datar de 1551, la república contestaba que sus orígenes remontaban a antes de 1519, pero sobre todo, que ellos habían tenido un papel en el establecimiento de la religión católica y la monarquía hispánica en esas tierras. Afirmaban que sus antepasados “prestaron pronto vasallaje a los soberanos de España, y como tal auxiliaron y favorecieron al tiempo de la conquista a los héroes que en la de este reino se empeñaron”. La república de indios debió insistir en diciembre del mismo año: eran ellos y no los españoles los que estaban en posesión inmemorial, por derecho natural, “desde el tiempo de la gentilidad”, y por título de la Divina providencia, tras haber sido de los primeros en “alistarse bajo de las banderas de la religión católica”. Alistamiento literal, pues de nuevo se trataba de su participación en la conquista.

Es cierto que la república de indios no hizo un uso sistemático de este relato en sus varias representaciones al rey de las décadas de 1770 y 1780, pero sí que hubo un trabajo de perfeccionamiento de ese relato. Para 1782, el procurador de la república en la Corte de Madrid, podía incluso citar un nombre antiguo para Orizaba: “San Miguel Aguiliçipa”. De hecho, para entonces la iglesia del Calvario se había integrado al relato de los orígenes orizabeños, pues habría sido construida por “los primeros indios caciques” justo “después de la Conquista” (AGN, Indiferente Virreinal, c. 5475, exp. 67). Este nombre en náhuatl estaría destinado a conocer buena fortuna en los años siguientes, aunque todavía se modificaría levemente para convertirse en “San Miguel Ahuilizapan”, que es el que aparece en el texto que consagró definitivamente la versión india de los orígenes orizabeños: el manuscrito titulado “Fiel tradición y legales noticias de origen del pueblo y congregación de indios titulado San Miguel Ahuilizapan”, obra del padre Antonio Joaquín Iznardo, fechado en diciembre de 1804 (editado por Comunidad Morelos en 1999).

Cabe mencionarlo, el padre Iznardo fue uno de los personajes más característicos de la villa de Orizaba de los años desde 1770 a 1810. A más de la longevidad, fue un clérigo que se distinguió por su buena posición económica, que hasta donde sabemos poco se dedicó a la cura de almas más allá de sus obligaciones como capellán, que tuvo participación en diversas corporaciones religiosas de la villa, cercano a las devociones de los jesuitas cuyo instituto trató de introducir en Orizaba, aunque aquí nos interesa resaltar que fue apoderado general de la república de indios desde diciembre de 1784. Ya antes, le había tocado participar en el intento de mediación en los conflictos de las dos repúblicas que emprendió el clero orizabeño en el verano de ese mismo año. Teniendo facultades para administrar los bienes de los indios, fue seguramente entonces que pudo tener acceso a los documentos de las llamadas “tierras del golfo”, recién adquiridas por los naturales al marquesado de Sierra Nevada en 1779, y que comenzaron a arrendar entre 1784 y 1785.

La “Fiel tradición” de Iznardo comienza citando justo los documentos de las tierras del golfo, que es posible que los naturales se empeñaran en comprar al marquesado porque en ellas estaba incluido el paraje de Texmalaca, que habría sido la “primera ubicación [del pueblo] antes de la Conquista”. Es de ahí que se habrían trasladado al valle de Orizaba en 1552 para fundar San Miguel Ahuilizapan, siempre en razón de su fidelidad a las dos majestades, para facilitar “la administración de justicia y sacramentos”, para constituir no república, sino “formal Ayuntamiento de gobernador, alcaldes y regidores” en 1553. El comercio también tuvo aquí un papel para el poblamiento de Orizaba, pero en contraste con el relato que hemos visto antes, fue el que llevó al pueblo a “la poca gente de razón, española, pobre y de toda casta”, “semicivilizados por falta de lime, rose y cultura”, todo según los términos de Iznardo.

Sobre todo, el clérigo introdujo un relato más preciso de la participación orizabeña en la Conquista, que vinculaba a los hijos de San Miguel Ahuilizapan con el prestigioso Cabildo de Tlaxcala. Un documento de tiempos del virrey Bucareli, haría constar “haber sacado de su primer pueblo de Orizaba Cortés, cuatro principales, que unidos con los tlaxcaltecas, ayudaron a la conquista de los Mecas, entre ellos Dn. Diego de Montezuma Mendoza y Austria”. Acaso por ello el primer gobernador de Orizaba era aquí rebautizado: después de varios siglos de ser Miguel de Mendoza, pasaba a ser Don Miguel de Montezuma y Mendoza.

Unos años más tarde, en 1810, fue una versión apenas modificada de este relato el que utilizó el que ya se titulaba como “Ilustre Ayuntamiento de Naturales de la villa de Orizaba”, al manifestar su lealtad a las autoridades del reino ante la insurrección del padre Hidalgo (Gaceta del gobierno de México, t. I, nº. 136, 20 de noviembre de 1810, pp. 962-964). Los indios de Orizaba habrían estado vinculados por “una especie de reconocimiento de alianza y de amistad con el noble senado de Tlaxcala”, pero dotados de virtudes naturales “conocieron desde luego” la ventaja de someterse al rey católico, y por ello, “voluntariamente pasaron hasta cerca de Tepeaca a ofrecer su libertad en manos del conquistador de este reino”. Sin embargo, este relato, construido a lo largo de 35 años, pronto dejaría de ser útil, justo por la fortuna final del conflicto iniciado en 1810.

Velas que encienden discordias

cirios_en_el_altar-17144El martes pasado se celebró en el mundo católico la fiesta que hoy oficialmente se denomina de la Presentación del Señor y Purificación de la Virgen, pero que un poco por doquier se sigue llamando la Candelaria, la Chandeleur en francés, la Candelora en italiano, etcétera. Y como su nombre indica, es una fiesta que ha estado tradicionalmente asociada a las luces, en concreto a la bendición de las velas. Mas antaño, antes de que se construyera la separación entre las Iglesias y los Estados, era un festejo en que incluso esas velas, con sus particulares simbolismos religiosos, podían cobrar significado político, al menos uno muy concreto: el honor de las autoridades.

En efecto, ya es significativo que un punto fundamental de ese día era el orden de la distribución de las velas: los eclesiásticos debían repartirlas conforme a las jerarquías civiles vigentes, contribuyendo desde luego a su legitimación, toda vez que se trataba de autoridades, en principio, católicas. Así lo establecían, cierto que los libros litúrgicos, pero sobre todo las leyes civiles, a veces más antiguas que aquellos. En el caso que nos interesa, el de la monarquía hispánica del siglo XVIII, las Leyes de Indias citaban una real cédula de tiempos de Felipe II, es decir, del siglo XVI, que ordenaba que el rey recogiera la vela en la primera grada del altar de la iglesia justo después del clero. Los virreyes debían pues hacer esto mismo, y tras de ellos, magistrados reales y del público. Conviene recordarlo, ya en el siglo XVII, los libros litúrgicos romanos, tanto el Misal Romano como el Ceremonial de los Obispos, no hicieron sino confirmar ese carácter de honor que tenía la distribución de velas del 2 de febrero, y que compartía con casi todos los gestos y ritos del catolicismo de la época.

Sin embargo, para el siglo XVIII, al menos en la Ciudad de México, ni siquiera era la distribución de las velas en la iglesia la que más importaba, sino una que se realizaba antes. Así es, el Cabildo Catedral Metropolitano, los canónigos pues, enviaban velas a diversos magistrados reales, e incluso a veces a sus esposas y viudas, en vísperas de la fiesta. Una queja del Real Tribunal de Cuentas de 1769 y una memoria del Tesorero de la Catedral de 1770 dan cuenta detallada al respecto. Se entiende de esos documentos, transcritos en los libros 49 (fs. 233-237) y 50 (fs. 136-138 y 145v-146) de Actas de Cabildo que se conservan en el Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano, que la práctica comenzó para compensar a quienes por alguna razón no podían asistir a la iglesia. Mas al final terminó implicando que ciertos magistrados gozaban en realidad de dos velas, una que les llevaban a sus casas y otra que les daban en Catedral.

DSCF4156Según su memoria de 1770, el Tesorero tenía la complicada tarea de surtir las largas listas que llegaban del Palacio del Virrey y del Palacio Arzobispal y que incluían a cortesanos y familiares, desde secretarios hasta criados de librea pasando por jefes de cocina, de repostería y de caballerizas. En ese año, incluso los alabarderos de la guardia del virrey habían reclamado la suya. Por supuesto, mientras al virrey y al arzobispo se les daban velas de libra, las medidas iban disminuyendo proporcionalmente a su jerarquía. Asimismo, la Catedral debía también enviar velas a los oidores, sus esposas y sus viudas, incluyendo oidores honorarios, así como al resto del personal de ese tribunal: fiscales, escribanos de cámara, relatores, secretarios y capellán. En fin, que sin duda, el día 1o de febrero de cada año, la tesorería de la Catedral debía ser un auténtico ir y venir del personal llevando velas, y a veces de lacayos, porteros y criados pasando a pedir las de sus respectivos patrones.

Una bella paradoja, es que en realidad la que se valoraba era justo esa vela que se distribuía antes, y no las velas de mano que se entregaban para la procesión antes de la misa del día 2. Tan era así, que en realidad estas últimas era común que no terminaran en las manos de sus primeros destinatarios. Cuando el Tribunal de Cuentas extrañó que no se les enviaran velas a sus casas, el Tesorero señaló que se les habían dado en la iglesia, y obtuvo por respuesta que las habían entregado a “unos ministros con sobrepelliz, y que no la[s] había[n] vuelto a ver jamás”. En efecto, el Cabildo Catedral habría de confirmar que estaba “en práctica el que los monacillos de la Archicofradía [del Santísimo Sacramento] eran los que recogían las expresadas velas después de la procesión”, las devolvían durante la misa, nuevamente encendidas, y al final las pasaban a los porteros de la Audiencia. Pero éstos, “se quedaban con ellas diciendo ser sus gajes”. Asimismo, en 1770, los canónigos recomendaron que la distribución no incluyera a sus propios cocheros y lacayos, porque “luego las venden, sin atención a la bendición que tienen”. Si a las autoridades les interesaban las velas por el honor que el confería el orden de recibirlas, se diría que los sectores populares se interesaban tal vez más en el valor material de la cera.

En fin, la queja del Tribunal de Cuentas propició una larga discusión entre los canónigos. Cabe destacarlo, estaban muy conscientes de que la cuestión era religiosa pero también política: los magistrados la habían mirado “como punto de honor” porque “siempre ha[n] querido ser igual con la Real Audiencia”. Terminaron decantándose por la negativa por varias razones, en principio porque para entonces ya era 27 de febrero, y ni siquiera había ya velas benditas del día 2, pero en estos casos los canónigos solían sobre todo prevenir que estos honores sirvieran de precedente para que alguna otra corporación reclamara algo equivalente. De paso, no dejaron de salir a relucir cuestiones internas, como la atribución o no a la dignidad del deán de facultad exclusiva en la materia, así como el cuidado de los intereses materiales de la Catedral: se habló también de la necesidad de establecer reglas fijas para esta distribución y para reducirla por el costo que implicaba.

LorenzanaAl final, empero, se impuso una realidad política coyuntural. Eran los tiempos del virrey marqués de Croix, la época por excelencia de lo que hoy llamamos las reformas borbónicas. Ocupaba la mitra arzobispal  Francisco Antonio de Lorenzana, a quien vemos en la imagen según su retrato de cuando fue, más tarde, arzobispo de Toledo. El prelado intervino en el caso, preocupado por que el caso no tomara mayores dimensiones. Los conflictos con las autoridades civiles, “en todo tiempo debían excusarse, pero mucho más en las circunstancias del presente”. Para satisfacer al honor de los miembros del Tribunal de Cuentas, simplemente se les entregarían velas de a libra bendecidas por algún sacristán de la Catedral, e incluso ofreció enviarlas de su Palacio si los canónigos no llegaban a un acuerdo. Casi sobra decir que el Cabildo Catedral se sometió de inmediato a esa decisión: las prioridades profanas se imponían al menos esos años centrales de las reformas.

En efecto, con esa actitud, el arzobispo confirmaba que esas velas eran un punto de honor para los tribunales reales, y no tan sólo, un objeto de carácter religioso. En compensación, su actitud complaciente servía para reforzar el papel de las autoridades eclesiásticas en la administración de esos honores que tanto interesaban a los magistrados civiles. Era pues difícil saber quién perdía y quien ganaba en esas querellas tan discretas como la propia luz de las velas del día de la Candelaria.