Archivo por meses: enero 2016

Agustín Rivera ultramontano

Esta semana continúo con la labor de difusión de lo que hacemos los historiadores de Lagos que formamos el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”. En el marco del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX” en la semana pasada tuvimos el gusto de recibir la visita del Dr. Pablo Mijangos y González, investigador del CIDE. Especialista en los estudios de la respuesta eclesiástica a la Reforma liberal, nos ha presentado una interesante conferencia analizando una de las obras de Rivera, Cartas sobre Roma visitada en la primavera de 1867. La conferencia ha sido harto interesante, en particular mas no exclusivamente para quienes participamos en este proyecto, en la medida en que nos muestra una lectura del prolífico clérigo laguense decimonónico situándolo en el contexto del final de la soberanía temporal de los Papas y el ascenso del catolicismo ultramontano. Ya lo verá el lector si tiene la oportunidad de seguir esta conferencia, Rivera, siempre identificado con el liberalismo, puede ser también interpretado como un ultramontano, cierto que sui generis, pero no menos fiel a la figura del Romano Pontífice. De paso, advirtamos que el análisis del profesor Mijangos nos muestra bien que la perspectiva política y eclesiástica del autor marca profundamente la manera, de ninguna manera neutra, en que se representa a Roma o al propio Pío IX.

Sin más preámbulo, escuchemos lo que nos expuso el profesor Mijangos la fría tarde del miércoles 27 de enero, en la Casa Universitaria del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara.

El mundo clásico y la Roma de Pío IX en la mirada de Agustín Rivera from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

La fundación del Convento de Capuchinas de Lagos

Portada fundación  A fines del año pasado salió de la imprenta el libro La fundación del Convento de Capuchinas de Lagos, 1751-1756. Estudios, lecturas y documentos, publicado por CULagos Ediciones. La obra tiene la particularidad de presentar un corpus de documentos –el expediente de fundación que corresponde a su título– leídos desde diversas perspectivas por cinco historiadores (incluyendo a una joven egresada de licenciatura), a más de dos estudios introductorios sobre la memoria y la historia del convento capuchino laguense. Ejercicio que no ha sido exactamente común en la historiografía mexicanista, por ello es una obra que es al mismo tiempo un ensayo científico pero también, en buena medida, un trabajo de divulgación. Desde luego, no haré aquí una reseña formal, sino una presentación muy personal del libro. No puede ser de otra forma siendo el que escribe el coordinador del mismo, que reconoce pecar aquí de utilizar este espacio con fines por entero publicitarios y de abandonar una segunda vez (pues ya ocurrió en 2013) toda objetividad de manera provisional.

Debo referir ante todo que éste es el segundo libro colectivo de un pequeño grupo de profesores del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, que ahora estamos formalmente agrupados como Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”. Ya en 2013 publicamos el libro Catolicismo y sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI, una colección de ensayos que, teniendo en común una perspectiva propia de la historia cultural, se presentaba más bien como un mosaico de objetos, escalas, cronologías y enfoques. En realidad ahora no hacemos sino un ejercicio, si bien más específico, semejante en sus pretensiones. En la obra anterior nos interesaba mostrar cómo la relación entre religión y sociedad podía verse desde un amplio número de perspectivas, ahora hacemos lo propio, apoyados por otros colegas, con un objeto muy concreto: un corpus de apenas 27 piezas documentales. Documentos de interés para la historia local, que incluso se habían ya publicado en su mayoría en obras actualmente agotadas, pero que nos proponemos difundir junto con maneras distintas de leerlas.

En efecto, al redactar nuestras colaboraciones hemos tratado de llevarle al lector, que pensamos podía ser un lector laguense (pero no exclusivamente) y de fuera del mundo universitario, un claro mensaje, muy querido de la ciencia histórica contemporánea: no creemos que haya sólo una manera de ver la historia sino muchas, de ahí que un mismo cuerpo de documentos pueda leerse de diversas formas, sin que necesariamente haya contradicción entre ellas. La historia hoy en día no busca verdades definitivas ni excluyentes, por ello pueden leerse estos documentos, lo mismo desde la historia de la alimentación (Juan Pío Martínez) que desde la historia de las mujeres (Rosa María Spinoso Arcocha), la historia de la vida cotidiana (Guadalupe Serrano Flores) y  la historia de lo político (Sergio Francisco Rosas Salas y el que esto escribe), incluyendo, desde luego, la historia de los conventos femeninos novohispanos, que corresponde a la introducción que nos hizo gentilmente la profesora Margaret Chowning. Además, para contribuir a su aspecto divulgativo,  hemos procurado que cada uno de los capítulos se detenga a explicarle brevemente al lector cuál es la importancia y las premisas fundamentales de cada una de esas formas de ver y de escribir la historia. En un sentido semejante, pero de forma más bien implícita, van los dos estudios iniciales que, si bien no se dedican a la lectura del expediente de fundación, constituyen otras dos miradas más a su historia, como ya decíamos, desde la historia de la familia (Lina Mercedes Cruz Lira) y de la memoria local (Irma Estela Guerra Márquez).

Ahora bien, el lector de fuera del mundo universitario, posiblemente se preguntará para qué leer este libro. Pues bien, cada uno desde su trinchera, todos los autores pretendemos explicar qué era un convento femenino en el siglo XVIII. Conviene insistir en ello, la historia como ciencia no se dedica hoy sólo a resaltar continuidades, sino también a explicar discontinuidades; es decir, a contarle a la gente, que las formas de vivir y de pensar, en todos sus aspectos, han cambiado y están cambiando constantemente a lo largo del tiempo, y a veces de manera muy radical.  Esto vale lo mismo para los ideales en las maneras de comer (como se constata en el capítulo “La providencia proveerá”), o los que guían las maneras de relacionarnos entre hombres y mujeres (capítulo “Los precipicios de las solteras”), o incluso, para las formas de organización política y sus valores (capítulos “La fundación de las capuchinas de Lagos” y “Gloria a Dios y honra a la villa”). El estudio de la historia, en ese sentido, lo que nos enseña es que las cosas han sido distintas a como son hoy, que no somos ningún punto de llegada definitivo ni predeterminado, y que por lo mismo las nuestras no son las maneras “naturales” ni “absolutamente correctas” de pensar y de vivir, sino que son igualmente pasajeras e históricas. Puede sonar paradójico, pero tal vez lo que más nos enseña el pasado es la posibilidad de imaginar futuros distintos.

Así pues, esperamos que con este libro el lector laguense no universitario algunas veces se sentirá extrañado y otras, desde luego, reconocerá algunas semejanzas, pero en general podrá relativizar al menos en alguna medida, su propia cultura, o al menos es la expectativa y la contribución que podemos ofrecer desde el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”. En fin, he de aprovechar la oportunidad para agradecer el apoyo institucional del Dr. Aristarco Regalado, jefe de la División de Estudios de la Cultura Regional, y de la Dra. Rebeca Vanesa García Corzo, jefa del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extrajeras.

 

Leyes de cofradías

A lo largo del año 2016, vamos a dedicar la publicación del tercer domingo de mes, al menos de aquí hasta septiembre, a un documento sobre el tema de la reforma de las cofradías novohispanas de tiempos de los Borbones. En esta ocasión vamos a presentar sólo su fundamento jurídico: la legislación recopilada, las Leyes de Castilla y las Leyes de Indias. Resultan de interés porque, como puede advertirse, las recopilaciones mismas y las leyes que aparecen en ellas son muy antiguas respecto de la reforma de cofradías del siglo XVIII, y por ello, en particular las de Castilla, consideran a las cofradías como reuniones, pero que podían tener fines distintos de los religiosos. Resultan así estas leyes un buen testimonio de que en el Antiguo Régimen no existía nuestro moderno derecho de reunión y asociación. Sólo los representantes de las majestades divina y humana, los obispos y magistrados reales, podían autorizar una reunión permanente para algún fin, religioso por definición en esa sociedad marcada por el catolicismo.

Mas debemos destacarlo: los reformadores borbónicos no pusieron en cuestión estas leyes, sino antes bien procuraron su cumplimiento.  De hecho, la reforma se planteó como una suerte de restauración del orden previsto por estas leyes, al “descubrir” que la mayoría de las cofradías de los reinos hispánicos no contaba con las licencias correspondientes. Es decir, como siempre cuando se trata de leyes, estos documentos son más el testimonio de unos ideales que de una realidad. Veamos pues los términos de partida de una de las reformas que sacudieron al mundo hispánico en la segunda mitad del siglo XVIII.

 

Recopilación de Leyes de Castilla, libro VIII, título XIV, 1569*

Sello_de_Enrique_IV_de_CastillaLey III. Que no se hagan ligas en son de cabildos y cofradías

  1. Enrique IV en Santa María de Nieva, año 73.

Pe. 31, después de lo que pueyo en Toledo, año 62, peti. 36.

Confirma el emperador Carlos esta ley y manda se guarde en Madrid, año 1534, pe. 29.

Porque muchas personas de malos deseos, deseando hacer daño a sus vecinos, o por ejecutar la malquerencia que contra algunos tienen, juntan cofradías, y para colorar un mal propósito toman advocación y apellido de algún santo o santa, y llegan allí otras muchas personas conformes a ellos en los deseos, y hacen sus ligas y juramentos para así ayudar, y algunas veces hacen sus estatutos honestos para mostrar en público, diciendo que para la ejecución de aquellos hacen las tales cofradías, pero en sus hablas secretas y conciertos tiran a otras cosas que tienden en mal de sus prójimos, y escándalos de sus pueblos; y como quier[a] que los ayuntamientos ilícitos son reprobados y prohibidos por derecho, y por leyes de nuestros reinos, pero los inventores de estas novedades, buscan tales colores y causas fingidas, juntándolas con santo apellido, y con algunas ordenanzas honestas, que ponen en el comienzo de sus estatutos, por donde quieren mostrar que su dañado propósito se puede disculpar y llevar adelante, para esto reparten y echen entre sí cuantías de dineros para gastar en la prosecución de sus malos deseos, de lo cual suelen resultar grandes escándalos y bullicios, y otros males y daños en los pueblos y comarcas donde esto se hace, por lo cual queriendo remediar y proveer sobre ello, revocamos todas y cualquier cofradías y cabildos que desde el año de sesenta y cuatro acá se ha hecho, en cualquier ciudades y villas y lugares de nuestros reinos, salvo las que han sido hechas después acá se hubieren hecho, solamente para causas pías y espirituales, y precediendo nuestra licencia, y autoridad del prelado; y que de aquí adelante no se hagan otras salvo en la manera susodicha; so grandes penas. Y otro sí defendemos y mandamos que en las cofradías hechas hasta el año de sesenta y cuatro, no se habiendo hecho como dicho es por dichas causas pías y espirituales y con las dichas licencias, que no se junten ni alleguen los que se dicen cofrades de ellas, antes expresamente las deshagan y revoquen por ante el escribano públicamente, cada y cuando por la justicia ordinaria de la tal ciudad villa o lugar les fuera mandado, o fuere sobre ello requeridos por cualquier vecino dende; so pena que cualquier que lo contrario hiciere, muera por ello, y haya perdido el mismo hecho sus bienes, y sean confiscados para nuestra cámara y fisco; y que sobre esto las justicias puedan hacer pesquisa cada y cuando vieren que cumple, fin que preceda denunciación ni delación, ni otro mandamiento para ello.

Ley IV. Para que no haya ayuntamiento de cofradías oficiales, aunque estén confirmadas; y que las justicias hagan ordenanzas acerca del ejercicio de los oficios, y vean los que están hechas.

El emperador Carlos en Madrid, año de 1552. Pragmática, c. 16.

Otros si mandamos que las cofradías que hay en estos reinos de oficiales se deshagan, y no las haya de aquí en adelante, aunque estén por nos confirmadas, y que a título de las tales oficios no le puedan ayuntar ni hacer cabildo ni ayuntamiento; so pena de cada diez mil maravedís, y destierro de un año del reino. Y porque conviene que los dichos oficiales usen bien de sus oficios, y en ellos haya veedores, mandamos que la justicia y regidores de cada ciudad villa o lugar, vean las ordenanzas que para el uso y ejercicio de los tales oficios tuvieren, y platiquen con personas expertas, y hagan las que fueren necesarias para el uso de los dichos oficios, y dentro de sesenta días las envíen al nuestro consejo para que en el se vean y provea lo que convenga y entre tanto usen de ellas, y que cada año la justicia, y regidores nombren veedores hábiles y de confianza para los dichos oficios; y que la justicia ejecute las penas en ellas contenidas.

Recopilación de Leyes de Indias, libro I, titulo IV, 1680*

Felipe III a caballoLey XXV. Que no se funden cofradías sin licencia del Rey, ni se junten sin asistencia del Prelado de la Casa y Ministros Reales.

  1. Felipe III en Aranjuez a 15 de mayo de 1600.

Y D. Felipe IV en esta Recopilación.

Ordenamos y mandamos, que en todas nuestras Indias, Islas y Tierra firme del mar Océano, para fundar Cofradías, Juntas, Colegios o Cabildos de Españoles, Indios, Negros, Mulatos u otras personas de cualquier estado o calidad, aunque sea para cosas y fines píos y espirituales, preceda la licencia nuestra y autoridad del Prelado Eclesiástico, y habiendo hecho sus Ordenanzas y Estatutos, las presenten en nuestro Real Consejo de las Indias, para que en él se vean y provea lo que convenga, y entre tanto no puedan usar ni usen de ellas; y se confirmaren o aprobaren, no puedan juntar ni hacer Cabildo ni Ayuntamiento, sino es estando presente alguno de nuestros Ministros Reales, que por el Virrey, Presidente o Gobernador fuere nombrado, y el Prelado de la Casa [donde] se juntaren.

* Segunda parte de las leyes del reino [Recopilación de las leyes de estos reynos hecha por mandado del rey don Philippe Segundo] (1569), libro VIII, título XIV “De las ligas, monopolios y cofradías”, leyes 3 “Que no se hagan ligas en son de cabildos y cofradías” y ley 4 “Para que no haya ayuntamiento de cofradías de oficiales aunque estén confirmadas, y que los justicias hagan ordenanzas acerca del ejercicio de los oficios y vean las que están hechas”, versión digital, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2009-2010, http://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/consulta/registro.cmd?id=16938 consultado el 31 de agosto de 2013

* Recopilación de Leyes de Indias, libro I, título IV “Hospitales y cofradías”, ley XXV, “Que no se funden cofradías sin licencia del rey, ni se junten sin asistencia del prelado de la casa y ministros reales”, http://www.congreso.gob.pe/ntley/LeyIndiaP.htm consultado el 31 de agosto de 2013

Un espectáculo nocturno dieciochesco

DSCF4156El clero católico del mundo hispánico de la segunda mitad del siglo XVIII dedicó amplios esfuerzos a reforzar la distinción entre lo sagrado y lo profano. Labor en que no faltaban las contradicciones y las paradojas, una de sus aristas fue la organización de la jornada: era el día, los horarios diurnos, los adecuados para el culto, mientras que la noche se estimaba peligrosa por propiciar la mezcla con diversiones profanas. Empero, justo una de las paradojas que debían afrontar las autoridades eclesiásticas era que algunas de las festividades más importantes del catolicismo eran (y siguien siendo), nocturnas. En particular la conmemoración de los pasajes más importantes de la vida de Cristo, ya se tratase de la Resurrección en la noche del Sábado Santo o, como nos interesa aquí ahora, de su nacimiento en la noche de Navidad.

No es de extrañar, por tanto, que la celebración en aquella centuria consistiera, cierto que en celebraciones litúrgicas, pero que no eran menos verdaderos espectáculos nocturnos. El clero se esforzó por regularlas y controlarlas lo más posible, pero con resultados, al menos, diversos. El Cabildo Catedral Metropolitano de México nos ha dejado un buen testimonio de ese esfuerzo en las actas de sus sesiones de 1772 (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 51, fs. 275v, 277-277v, 278v y 283-283v). El 5 de diciembre los canónigos se enfrascaron en una serie de discusiones que sólo concluyeron el propio día 24, sin alcanzar, empero, resultado alguno.

DSC_0038La discusión, a pesar de su final, resulta de interés por informarnos algunos detalles de la celebración. Gracias ya al Diario manual de 1751, sabemos que el festejo de la Metropolitana era además un magnífico espectáculo sonoro, que comenzaba con las campanas: media hora de repique con campanas y media hora con esquilas debían anunciar la celebración a eso de las diez de la noche del día 24. Contrario a nuestros días, en principio no era la misa lo que convocaba a los fieles (aunque la Misa de Gallo vendría después), sino los maitines solemnes, que debían empezar a las once. Oficio largo y pausado, “la dilatación de la música y de los órganos” los prolongaba por tres horas o más. El arcediano recordó que le había tocado oficiar la Misa de Gallo de 1771 y que “cuando dieron las dos las oyó en la sacristía revestido y que mucho después salió a cantarla”.

La música, y en particular los órganos, tomaba pues el relevo de las campanas. No faltó quien notara en ello un interés profano: los organistas “llaman [a] ésta la noche de sus lucimientos, pues toda se les va en competirse y demostrar cada uno más su habilidad”. Es importante destacarlo, los canónigos dan cuenta de la popularidad del festejo: su alteración podía “causar novedad en el pueblo” advirtió alguno en la primera parte de la discusión. En la sesión del 10 de diciembre alguno más incluso defendió esos prolongados maitines justo por la atención que le dedicaban los fieles: “muchos asistían con atención al misterio y les servía de mucho gozo y contemplación la grande solemnidad, armonía, circunspección y pausa con que todo se celebraba esa noche en esta Santa Iglesia”. En Navidad pues, la gente asistía numerosa a escuchar los responsorios y villancicos, para seguir luego a la Misa de Gallo, solemne pero un poco más corta, pues “todo se ha acabado entre cuatro y cinco”. En realidad la celebración seguía con el rezo de Laudes, de la Misa de la Aurora y la Prima, con lo cual prácticamente esa noche la Catedral no dormía.

Ahora bien, justo el problema era que “el concurso es muy numeroso”, por lo que se prestaba a “muchos inconvenientes”. En el acta apenas se atrevieron a esbozarlos: “hay tanta embriaguez y tanto desorden, aun dentro de los templos”. Para remediarlos se propuso recorrer los horarios: los maitines habrían de comenzar a las diez y la misa terminarse a más tardar a las dos. Esto había de permitir que la Catedral se cerrara al menos tres horas hasta la Misa de la Aurora, que habría de programarse entre cinco y seis. Mas los canónigos no lograron nunca un acuerdo: varios de ellos prefirieron defender la “costumbre inmemorial”, otros alegaron la necesidad de estudiar el punto con detenimiento, a pesar de que el secretario pudo identificar al menos un intento previo en el mismo sentido que databa de 1713. En suma pues, la defensa del espacio y del tiempo sagrados no hacían la unanimidad incluso en esos graves canónigos como eran los de la Metropolitana.

Desde luego, es imposible reconstruir con precisión como era aquella escucha de la música de Navidad en la Metropolitana de México, pero contamos al menos con interpretaciones contemporáneas de ella, como este villancico de Ignacio de Jerusalem, maestro de capilla de esa Catedral en el siglo XVIII.