Archivo por meses: octubre 2015

Dominus canis, o de los perros en la catedral.

DSCF5252La vida de las iglesias del mundo hispánico del siglo XVIII estuvo marcada por la preocupación constante por distinguir y proteger lo sagrado, y separarlo de lo profano. En el sentir del clero de la época, e incluso de autoridades monárquicas y seglares devotos, si la profanidad, por definición, no podía ser evacuada de la iglesia en tanto comunidad, al menos había que expulsarla de las iglesias en tanto edificios. Ahora bien, hasta en esa época en que la catolicidad lo permeaba todo, no había un consenso pleno y estable sobre qué debía ser considerado profano. Hoy en día, como herederos que somos, al menos en parte, del catolicismo ultramontano de fines del XIX y principios del XX, nos resulta extraño mucho de lo que se permitía o se había permitido hasta entonces en esos espacios sagrados. Las grandes catedrales, los espacios por definición del culto de la época, gobernadas por sus cabildos de canónigos, clérigos cuya preocupación principal eran las ceremonias y su solemnidad, y quienes justo protegían celosamente lo sagrado, casi cotidianamente luchaban contra “presencias profanas”, que en la actualidad nos resultarían hasta simpáticas. Una de ellas, la de los animales urbanos, en concreto, los perros.

En efecto, hoy casi nos olvidamos que, entre los empleos permanentes de las catedrales solía contarse, lo mismo en México que en Sevilla, un perrero, el mozo que debía dedicarse a expulsar a los canes de la iglesia. El oficio mismo es ya testimonio de dos hechos claros: primero que los perros entraban, pues esos distinguidos clérigos no solían estar menos preocupados por el cuidado de las rentas de la iglesia, y no las hubieran desperdiciado en un sueldo inútil; segundo, que muy probablemente no bastaba la sensibilidad de los fieles para expulsarlos, es decir, que acaso los fieles no vieran del todo anormal su presencia tanto en las calles como en los templos. Acaso contribuía a ello, su presencia en la zoología simbólica del catolicismo: la representación del perro tenía lugar en las iglesias, así como la paloma del Espíritu Santo, el cordero del Buen Pastor, el gallo de San Pedro, el león de San Jerónimo, por sólo citar algunos, en particular como alegoría de la fidelidad al lado de Santo Domingo de Guzmán, como lo vemos aún hoy en la antigua iglesia del convento imperial dominico de México. Desde luego, una cosa es aceptar su representación y otra su presencia real en las iglesias. No era raro que, en sus cabildos y pelícanos, los canónigos lamentaran la falta de cumplimiento de los deberes del propio perrero.

miedoAsí, en enero de 1757, los canónigos de México se lamentaban de la “indecencia” de su Catedral, pues “hasta el altar mayor […] subían los perros y se emporcaban”, sin que Joseph de Lora, el perrero, se ocupara de cumplir con el deber principal de su empleo. Tan grave era la situación, que los canónigos no dudaron en despedir a Lora en esa misma sesión (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, libro 43, f. 62).  Más constante aún era el caso de la Catedral de Sevilla, en España. A finales del mismo siglo XVIII y principios del siglo XIX, fue en más de una ocasión que sus canónigos manifestaron la incomodidad que causaban los perros incluso “al tiempo de celebrar los divinos oficios”; empero, más cautos, no fue sino hasta 1804 que amenazaron con despedir a su perrero, Manuel López, cumpliéndolo por fin en 1807. (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, legajos 7210, f. 54v; 7212, fs. 32v-33; leg. 7215, f. 84v y leg. 7218, f. 97v). Todavía peor para los canónigos, es que la presencia canina en su iglesia, por una parte no se limitaba a los perros callejeros y por otra, alcanzó incluso a la publicidad de la prensa.

En efecto, en febrero de 1808 el Cabildo Catedral hacía notar que los perros entraban a la iglesia en calidad de animales de compañía, y según se entiende de manera implícita en el acta de la sesión, llegaban a ella con personajes de las élites hispalenses. Debieron instruir al nuevo perrero, Salvador de Cárdenas, que “no permita perro alguno en la iglesia, ni solo ni acompañado, sea quien fuere el sujeto que lo trajese” (ACS, leg. 7219, fs. 12-12v). Más todavía, ya en diciembre de 1806, el arcediano de Niebla había denunciado que en el Diario de Sevilla, se había publicado que “por causa de los perros no se había podido oír el sermón en esta Santa Iglesia”. Por la reacción de los canónigos, de nuevo insistiendo en el cumplimiento de los deberes del perrero, se entiende que el problema no era que el publicista se hubiera equivocado, aunque claro, verlo asentado “en papel público” lo estimaron como una falta a su honor. Aun si ya había críticas a las prácticas religiosas en la prensa de la época, todavía estaba en vigencia el régimen antiguo de la publicidad, que hacía de ella, ante todo, un instrumento para difundir lo que se estimaba necesario para el bien común, como el culto y sus eventos, no para ridiculizarlo o criticarlo.

No sabemos con precisión en qué momento los perros fueron desapareciendo efectivamente del interior de las catedrales. Acaso el catolicismo ultramontano del siglo XIX, a pesar de la falta de recursos para el pago de esos antiguos empleos, logró transmitir a los fieles de manera más efectiva la sensibilidad del cuidado de los templos.

Laicidad en plural

Sept LaicitesJean Baubérot, Les 7 laïcités françaises. Le modèle français de laïcité n’existe pas, París, Éditions de la Maison de Sciences de l’Homme, 2015, 173 pp.

Autor ya bien conocido por su extenso trabajo sobre el tema de la laicidad, Jean Baubérot, profesor emérito de la École Pratique des Hautes Études, presenta, como ha hecho en otros textos, un posicionamiento original frente a los debates contemporáneos sobre el lugar de la religión en el país galo. Su obra, indispensable para quienes nos dedicamos a estos temas, consta ya de más de una veintena de títulos, en los que ha venido explorando, no sólo la definición de la laicidad y sus problemas actuales, sino que se ha situado en perspectiva histórica, analizando de manera particular la construcción de la ley de separación de las iglesias y el Estado de 1905, todavía vigente. Hombre de tradición protestante, pero que se sitúa desde una perspectiva metodológica del todo agnóstica, alejándose de las tomas de posición simples, su trabajo en más de una ocasión no ha dejado de ser, incluso, provocador en algún sentido. Sirva de ilustración el título de una de sus obras de 2008: La laïcité expliquée à Nicolas Sarkozy et à ceux qui écrivent ses discours.

Justo el breve ensayo que reseñamos aquí comporta también originalidad y provocación, ya desde el subtítulo. En una época como la nuestra, en que los medios franceses no dejan de hablar de la especificidad del “modelo francés de la laicidad”, Baubérot ha tenido a bien agregar como tajante subtítulo a este libro “El modelo francés de laicidad no existe”. Frente a los debates de los últimos años sobre adjetivar o no la laicidad, el autor nos muestra que, de hecho, en Francia han existido, al menos desde la época de la discusión de la ley de 1905, múltiples laicidades, muchas veces contrapuestas. Además, una segunda línea fundamental del libro es mostrar el surgimiento de “nuevas laicidades”, sobre todo de derecha. Esto es, se trata de una obra que ayuda a explicar de qué manera la laicidad ha llegado a formar parte en nuestros días del discurso de la extrema derecha francesa, el renovado Frente Nacional de Marine Le Pen. En fin, por si fuera poco, el propio contexto en que se ha publicado la obra, unos dos meses después de los atentados contra el semanario Charlie Hebdo y del supermercado Hypercacher, le agrega todavía mayor interés a su análisis.

Ahora bien, el lector no encontrará aquí sino una obra académica, de actualidad por su contenido, pero no por seguir la perspectiva de la actualidad periodística, que critica con acierto. La obra se estructura en cuatro partes, las tres primeras para exponer los siete modelos de laicidad a que alude el título, y la última para una serie de reflexiones sobre el segundo eje que hemos mencionado. En términos metodológicos, es de interés resaltar el rescate del autor de los “tipos ideales” de Max Weber, que le sirven para la construcción de los modelos de laicidad, que organiza a partir de cuatro elementos: la libertad de consciencia, el principio de no discriminación, la separación Iglesia-Estado y la neutralidad del Estado y de los individuos. De manera sistemática cada capítulo contiene un apartado en que se identifica el “núcleo duro” (noyau dur) de cada modelo, a partir de la forma en que se declinan esos cuatro elementos en sus principales representantes. Ejercicio de abstracción, pero que se deslinda explícitamente de todo “sustancialismo”, no deja de ser, sin embargo, una elección metodológica muy particular aunque con la ventaja de la claridad.

No vamos a entrar aquí en los detalles, baste decir que se presentan así, sucesivamente los diversos modelos de laicidad. Primero, las laicidades vencidas con la ley de 1905: la antirreligiosa, la que identifica una “verdadera libertad de consciencia” con la emancipación de la religión; segundo, la galicana, que limita la libertad de consciencia, le interesa poco la separación y hace énfasis en la neutralidad de las instituciones. Vienen enseguida las laicidades victoriosas en 1905: las separatistas, que en cambio ponen el énfasis en la libertad de conciencia; si bien el autor distingue entre quienes la consideran un derecho individual y quienes le conceden una dimensión colectiva, con lo que divergen en el tema, importante en ambos modelos, de la neutralidad del Estado. En fin, las “nuevas laicidades”: la “abierta”, originada más bien en medios “creyentes”, que pone el acento en la libertad de conciencia como libertad religiosa, implicando matices en la separación, la neutralidad y la no discriminación. Todos estos modelos, desde luego, ameritarían comentarios comparativos con el caso del mundo hispánico, pero eso va más allá de los límites inherentes a una reseña breve como la que aquí presentamos. Digamos empero que todos esos modelos resultan de alguna forma “reconocibles” para un lector mexicano.

En cambio, se diría que la verdadera originalidad francesa se encuentra en el sexto modelo: la “laicidad identitaria”, que se desarrolla en el ámbito de la derecha y la extrema derecha. Haciendo abstracción de la historia, se integra la laicidad a la “identidad francesa” como un medio para el combate a la migración y en concreto, al ascenso del islam. En este caso, la neutralidad pasa de las instituciones a los individuos y se favorecen la discriminación y la desigualdad. En fin, el séptimo modelo de Baubérot corresponde a la “laicidad concordataria”, la de las regiones de Alsace-Moselle y ciertos departamentos de Ultramar (Mayotte y Guyana en particular) donde no está vigente la ley de 1905. En consecuencia, los cuatro elementos de la laicidad se encuentran mayormente con limitaciones. Para el lector hispánico no deja de ser interesante que un régimen legal tan particular como el de Alsace-Moselle, enclave de leyes que datan del siglo XIX, pueda ser considerado también como un régimen de laicidad. Si el sexto modelo más bien resulta extraño, el séptimo en cambio pareciera reconocible, pero no es fácil decir si en español lo llamaríamos laicidad.

En fin, en el penúltimo capítulo Baubérot retoma su teoría de los tres “umbrales de laicización”, como los ha denominado en otros trabajos. Lo más interesante es la relación que se establece entre esos umbrales y los ideales de la Ilustración, cuyo ascenso favorece el segundo umbral, y cuya decadencia constituye el marco del tercero: la laicidad se convertiría en un recurso para “reencantar” unas instituciones incapaces de cumplir las promesas del progreso. En buena lógica, la obra termina con un capítulo dedicado a la reflexión sobre el “comunitarismo” y la “emancipación” individual. Más allá de la memoria de una “Francia republicana”, integral y laica, que en realidad nunca existió, el autor recuerda que existían en efecto comunidades diversas (católicos, comunistas) que hoy se debilitan, al mismo tiempo que ascienden relaciones intercomunitarias basadas sobre todo en la victimización. Moderado al final, Baubérot concluye proponiendo la recuperación de lo simbólico, comprendido a través de una “inteligencia racional”, y con la pregunta de cómo la laicidad puede todavía ser factor de innovación. Por nuestra parte, no deja de ser interesante en estas últimas páginas, sobre todo la valoración negativa que, de manera al menos implícita, formula el autor sobre la obsesión por la memoria de las últimas décadas. Esas memorias cada vez más fragmentadas e insistentes en la recuperación de los sufrimientos del pasado, parecieran ahora contribuir a la incapacidad de comprenderse en el presente.

Objetos profanadores

Juan Cruz Ruiz Cabañas y CrespoEn las primeras décadas del siglo XIX comenzaron a circular por la Nueva España y continuarían llegando al México independiente cargamentos de objetos diversos que, por contener imágenes que o bien profanaban símbolos o personajes religiosos, o bien eran directamente “obscenas”, llegaron a preocupar seriamente al clero. Hasta donde sabemos, no ha habido un estudio que haga un seguimiento exhaustivo al respecto, por nuestra parte sólo podemos citar testimonios dispersos de la prensa veracruzana y de los edictos y circulares del obispado de Guadalajara. Lamentablemente la mayoría no contienen sino meras alusiones y no descripciones detalladas de esos objetos, tampoco sabemos su origen preciso, más allá de que se sobreentendía que no eran de producción local, lo cual no sería de sorprender en dos regiones con puertos importantes, como el de Veracruz y el de San Blas.

Los tres testimonios que contamos de Guadalajara son edictos que datan de 1812, 1822 y 1828. El primero, expedido por el obispo Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo (a quien vemos en la imagen, retrato conservado en la sacristía de la Basílica de San Juan de los Lagos, foto de Simona Villalobos), tomaba medidas para detener la circulación “un considerable número de pañuelos de polvos” en los que estaban estampadas no sólo el más importante símbolo del cristianismo, la Cruz, sino incluso “insignias de la jurisdicción de la Iglesia, ornamentos, distintivos y hábitos de sus ministros”. El prelado, que siempre se distinguió por su preocupación por defender lo sagrado, decía con toda claridad: “no puede darse un tratamiento más indecoroso e irreverente” especialmente a la Santa Cruz, “que el de envolverla entre las inmundicias que recoge un pañuelo de narices”. Sabemos que se circuló por cordillera a toda la diócesis, de hecho el ejemplar que se conserva en el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara (AHAG, Edictos y circulares, c. 6, exp. 55) corresponde a la que se envió a la recóndita región de Bolaños y Colotlán, por lo que podemos suponer que se conoció por buena parte de la extensa diócesis. En cambio, desconocemos sus resultados; de hecho, ya desde esta época es difícil decir si la autoridad eclesiástica lograba tener éxito en confiscar esos objetos profanadores.

Una década más tarde, el propio monseñor Cabañas debía dirigir un nuevo edicto desde la villa de Aguascalientes (AHAG, Edictos y circulares, c. 7, exp. 44), ante todo sobre el tema de los libros, pero que se extendía a tratar también de “pinturas, tejidos y otros artefactos”, entre ellos de nuevo pañuelos, pero también “relojes y medias”. Introducidos por vía de San Blas desde el extranjero, en ellos, el problema en principio era el mismo que en 1812: “contienen objetos de los más augustos de nuestra religión en cosas puramente profanas, destinadas a los usos más viles”, pero había también una novedad, podían presentar “personas y escenas en las actitudes más impuras”. Esto es, por lo que tocaba al menos a las pinturas, sin duda se trataba de estampas de contenido “obsceno”, o por decirlo en términos algo anacrónicos, la pornografía de la época. “Harto corrompida está nuestra naturaleza sin que necesite de estímulos tan degradantes e injuriosos al mismo infeliz que los posee” sentenciaba el obispo, ordenando su confiscación a través de los párrocos y su envío a la Secretaría de cámara y gobierno episcopal.

DSCF4288Este último documento sería recuperado por el doctor Diego Aranda y Carpinteiro en agosto 1828 (AHAG, Edictos y circulares, c. 8, exp. 2), actuando entonces como gobernador de la mitra tapatía, de la que sería titular más tarde. En un extenso edicto dirigido sobre todo a perseguir la introducción de ediciones protestantes de la Biblia, incluyó en la penúltima de sus indicaciones la prohibición de estos “artefactos”, empezando por esculturas y pinturas. Justo un par de años antes, en 1826, precisamente unas “pinturas obscenas” habían dado ya motivo para un intercambio en la prensa,  pero la del otro lado de la República, en los alrededores de la capital del Estado de Veracruz, concretamente en las páginas del periódico de los liberales moderados El Oriente.

El 11 de septiembre de 1826 se publicó en dicho diario un “remitido”, es decir, una carta de un lector, bajo el seudónimo “El ranchero”. Era un propietario de la región de Xalapa, de la municipalidad de Coatepec, quien se quejaba de que, en su ausencia, el alcalde de ese pueblo, por encargo del alcalde primero de Xalapa, Juan Francisco Caraza, había registrado exhaustivamente su casa (“hasta el extremo de introducirse en la pieza interior donde duermo” en busca de “cuatro cuadros […] por haber sido delatados de sumamente obscenos, indecorosos e indecentes”, que no fueron encontrados. El quejoso se extendía tanto en el incumplimiento de los procedimientos judiciales adecuados como en lamentar la falta de “caridad evangélica” de quien hubiera hecho la denuncia. De hecho, concluía irónicamente: “¡Lástima que no exista la santísima inquisición! Tendría el gusto de verme asadito”.

Unos días más tarde, el 17, otro “remitido” bajo el seudónimo de Quiquomdam, salió en defensa de Caraza, revelando que “El ranchero” debía ser don Joaquín Posadas, que la casa estaba en el rancho de La Orduña, y que el denunciante no era sino el párroco de Xalapa, Luis de Mendizával y Zubialdea. Clérigo ilustrado, antiguo diputado en Cortes, y hombre cercano a los liberales moderados (en 1830 lo harían ciudadano de Veracruz por “sus esclarecidas virtudes, acreditado patriotismo y mérito literario”), el párroco de Xalapa recibió de inmediato un breve elogio. “Su ciencia y virtudes ajenas de ridiculez, lo liberan de la nota de sospechoso; y como que se tiene por parte, el juez no tiene más que proceder”. Es decir, el procedimiento habría sido, aunque no del todo conforme a las leyes, al menos legítimo. Cabe reconocerlo, así como el obispo Cabañas, el párroco buscaba el apoyo de la autoridad secular, en el entendido de que ésta era una autoridad pública comprometida también en la protección de la religión.

DSCF3716Empero, de nuevo la efectividad del recurso a las autoridades civiles era más que dudoso. De hecho, el conjunto de los “remitidos” publicados en El Oriente, muestran que ya entonces el nuevo orden liberal, a pesar de haber establecido un compromiso muy claro con la religión católica, no compartía siquiera las preocupaciones del clero sobre la peligrosidad de estampas y esculturas, pañuelos o medias. Un último “remitido”, firmado por “El metelón” lo dejaba claro: “aunque sea [el párroco] más doctor que San Agustín”, el alcalde Caraza no debía sino sujetarse a la ley pues si “sólo procedió atenido a que el padre lo dice: ya paso ese oscuro tiempo”. La defensa del alcalde incluso resultaba irrisoria: “ha dado que reír con el paralelo que hace, de que es lo mismo ocultar ladrones, que cuadros obscenos”.

Sin rostro para la iglesia

DSCF4386Los documentos eclesiásticos constituyen una fuente rica para la historia de las sensibilidades. Y es que en el catolicismo las iglesias han sido escenario particularmente comprometido de la delimitación de categorías sensibles como lo bello y lo feo, lo decente y lo indecente, lo digno y lo indigno, lo grave y lo irreverente, por sólo citar algunas.

Esas categorías no podían sino ser tema frecuente en esta bitácora: lo hemos tratado lo mismo con el aceite que con la música, con las campanas como las voces de los sacerdotes. Desde luego, la presencia femenina en las iglesias, su ropa y su arreglo constituyen un aspecto interesante de ese tema. Pues bien, a reserva de volver sobre ello más adelante, destaquemos que incluso el rostro de una mujer, seguramente demandante de limosnas, podía generar la preocupación de la autoridad eclesiástica. Nos lo muestra la circular del Gobierno Eclesiástico de Guadalajara, cuyo sello vemos en la imagen y que transcribimos a continuación. Destaquemos además que este breve documento nos muestra bien la importancia que para los eclesiásticos mantenía el respeto y dignidad de los espacios sagrados, hasta el punto de recurrir para su protección a la autoridad civil.

 

Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara, Edictos y circulares, c. 9, exp. 18.

“Señores curas y rectores de las iglesias de esta capital

[Al margen]: Sagrario, Soledad, Merced, Universidad, Santa Teresa, Jesús María, Carmen, S. Felipe, Jesús, Santa Mónica, San Diego, Santiago, Belén, Enseñanza, Tercera Orden de Santo Domingo, San Agustín, San Francisco, Mexicalcingo.

Circular.

No hace mucho tiempo se expidió una circular por este Gobierno eclesiástico, previniéndose no se permitiera en las puertas de las iglesias a una mujer bastante deforme de la cara, que con su aspecto aun retrae a los fieles del ingreso al Templo y como se ha vuelto a tener conocimiento que dicha mujer sigue concurriendo a ellas, por la presente se recuerda  el cumplimiento de la referida circular, valiéndose, si necesario fuere, aun del auxilio de la policía para impedírselo, de manera que no vuelva a pararse en ninguna iglesia dicha mujer.

Dios nuestro Señor guarde a VV. muchos años. Guadalajara, mayo veinteiuno de mil ochocientos sesenta.

Ignacio M. Guerra.”