Archivo por meses: septiembre 2015

Accidentes cortesanos

ZocaloSigloXVIIIc - copiaEl 23 de septiembre de 1758 los habitantes de la Ciudad de México acaso habrán podido ser testigos de una de las querellas de cortesías más características de la época: un “accidente” de coches. La fecha era importante en el calendario cortesano de la época: era el “día del rey”, es decir, el cumpleaños de Fernando VI, el monarca que gobernaba los reinos hispánicos desde 1749. No podía ser de otra forma, en los reinos americanos de la Monarquía Católica, el festejo consistía ante todo en una misa de acción de gracias al Todopoderoso, a la que debían asistir todas las autoridades. Sin embargo, tenía también un lado más “secular”, o al menos no estrictamente religioso, había que felicitar al monarca, o mejor dicho a su alter ego, el virrey, en su Palacio. Esto es, tenía lugar un besamanos al que las autoridades y corporaciones se presentaban según su jerarquía.

Desde luego, en una época en que el poder se ejercía en el ceremonial, las asistencias al Palacio eran tan importantes como las que tenían lugar en las iglesias, y eran igualmente motivo de querellas encarnizadas. Para una ocasión solemne, aun si por su ubicación no hubiera sido difícil presentarse al Palacio a pie, casi sobra decir que el trayecto se hacía en coche, luciendo las galas y acompañamientos propios de cada autoridad. En la imagen, tomada del sitio web México Máxico, vemos un traslado de este tipo, aunque a la inversa del que nos referimos, pues es el de un virrey que acude a la Catedral Metropolitana saliendo del Palacio. La máxima autoridad del reino acude en forlón, el coche cerrado de cuatro asientos propio de estas ocasiones. Por supuesto, no iba solo, llevaba escolta a caballo y acompañantes (acaso incluso la Real Audiencia) asimismo en forlones, todos debidamente engalanados y uniformados. En esas condiciones, sufrir un “desaire” era tanto más insoportable para el honor de los magistrados civiles, públicos y eclesiásticos, y demás “personas de distinción”.

También las autoridades eclesiásticas estaban incluidas en estas ocasiones. El Cabildo Catedral Metropolitano salía de la Catedral por la puerta del oriente (la que en el siglo XVIII se llamaba del Empedradillo), tomando los canónigos sus forlones en el orden de su jerarquía y antigüedad. Los acompañaban los capellanes de coro, asimismo en coches, abriendo paso el pertiguero, a lomo de mula y luciendo su garnacha (traje talar), gorra y pértiga. Tal era, al menos el cortejo que se ordenaba en las ocasiones más importantes, verbi gratia para ir a darle la bienvenida a un virrey, mas para un cumpleaños regio ordinario, iba a Palacio sólo una diputación del Cabildo, y no en forlón sino en estufa, una carroza más cerrada que el primero. Justo fue la estufa de los canónigos la que en ese 23 de septiembre de 1758, iba de la Catedral al Palacio después de la misa de acción de gracias para presentar sus felicitaciones al rey en su virrey de la Nueva España. Día especialmente ocupado, los cuatro canónigos que iban como diputados, sobre todo el chantre, habían corrido también con responsabilidades en la iglesia al momento de la misa, e incluso en la despedida de las autoridades del templo, por lo que debieron salir a toda prisa de la Catedral. El problema es que en el camino la estufa de la Catedral alcanzó el cortejo de forlones de la Real Audiencia que ya estaba por entrar al Palacio, y sin mayor miramiento, pero felizmente con pericia del cochero, lo atravesaron por en medio para llegar antes que ellos.

Los oidores, desde luego, no dejaron pasar el incidente, y el día 26 enviaron a su escribano de cámara a pedir explicaciones, según consta en Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de cabildo, libro núm. 43, fs. 258v-259v. El chantre reconoció “ser cierto el contexto de dicho recado”, pero aclaró que había sido “sin advertencia”, es decir, sin intención. O mejor dicho, al menos sin intención contra los oidores sino contra los regidores del Ayuntamiento de México. El clérigo explicaba, en efecto, que el problema era que “viendo entrar un forlón [ya] vacío” y que “cuatro de los regidores de la Nobilísima Ciudad se habían apeado”, “los cocheros entraron [metieron a la fuerza, diríamos hoy] la estufa de su señoría [el Cabildo Catedral]”. Esto es, el problema era que, en principio, a los canónigos les tocaba antes del Ayuntamiento, pero éste “siempre está a la mira, acechando algún descuido de no estar a tiempo el venerable” para usupar su lugar. Para proteger el honor de la corporación bien valía la pena atravesarse en medio del cortejo de coches del más alto tribunal del reino. La rivalidad entre Cabildo Catedral y cabildo civil no era rara en estas materias, ya hace unas semanas hemos visto aquí otro ejemplo, tapatío, en que los bonetes de los canónigos se enfrentaban a los sombreros de los regidores incluso al interior de las iglesias.

De paso, el chantre recordó que ya el virrey primer Conde de Revillagigedo (antecesor del Marqués de las Amarillas, entonces reinante), los había desairado un par de veces justo por haber llegado tarde a Palacio. Tanto que en una de ellas los había mandado despedir sin recibirlos pues ya incluso “se había quitado la peluca”. Bella paradoja, los canónigos pagaban así la importancia de su posición en la Monarquía Católica: eran ellos los principales responsables de un culto cuya magnificencia era considerada indispensable para la Majestad, tanto divina como humana; culto en el cual eran asimismo fundamentales las expresiones de cortesía, como la entrada y despedida de las autoridades civiles, con la cual ellos tenían asimismo un papel fundamental en la atribución de sus jerarquías; todo ello les atribuía a su vez un sitio de honor, el tercer lugar en las recepciones y besamanos en el Palacio. Conviene destacarlo, el Cabildo Catedral era una corporación que en particular estaba ahí para el cuidado del culto y de los honores, si sus competencias incluían temas que hoy nos parecen rescatables todavía, como la música, el cuidado de las obras que hoy vemos como artísticas, el patronazgo de instituciones educativas (los colegios para formar a los niños que participaban en la liturgia) y caritativas, etcétera, sus actas de Cabildo muestran que sus preocupaciones giraban sobre todo en torno a esos temas religiosos y a la vez políticos. Hoy nos parecería extraño ver esas preocupaciones en el clero, mas entonces los canónigos eran finos expertos en ceremonias y cortesías, tratamientos y procedimientos, celosos protectores del orden cortesano del Antiguo Régimen. Antes que perder un ápice de su honor, eran literalmente capaces de arrollar a quien se les atravesara, como en aquel mediodía de 1758.

 

Una imagen parisina

Las imágenes religiosas del catolicismo, símbolos a la vez universales pero al mismo tiempo profundamente locales, circulan por el mundo de la mano de sus fieles desde hace siglos. Numerosas son las que atravesaron el Atlántico con los conquistadores y colonizadores desde el siglo XVI en adelante. También las ha habido que han hecho el camino inverso, la foto que aparece abajo muestra justamente a dos imágenes latinoamericanas, una y otra con una larga y compleja historia, que hoy coinciden en una misma capilla, no en una iglesia americana sino en la Catedral de Notre-Dame de París.

DSCF3741Aunque no conozco estudios a profundidad al respecto, entiendo que la Guadalupana del Tepeyac llegó ahí gracias al “exilio dorado” del Porfiriato (por usar el término de una colega que lo estaba estudiando hace tiempo). Esto es, habría llegado en las primeras décadas del siglo XX, junto con un grupo de creyentes elitista y acomodado. El contraste es particularmente interesante, pues el Señor de los Milagros, peruano, es en cambio un “nouvel arrivant” a esa capilla, aunque ya desde poco más o menos una década se celebra el “Mes Morado” en París. Desde luego, se trata de la aportación de la comunidad de migrantes peruanos, mucho más modesta que aquellos porfiristas, pero más activa y presente en las actividades religiosas de las iglesias de la capital francesa. En efecto, si la comunidad peruana es hoy de católicos practicantes, la mexicana no tanto, y aunque se conserva en el calendario de la Catedral la misa del 12 de diciembre, es más bien pretexto para una celebración profana con mariachi en el exterior de la iglesia.

Cabe decir, además, que esta foto constituye un dato, desde luego, para la historia religiosa francesa, pero que también habla en alguna medida de su historia política. Es interesante que la Catedral haya abierto sus puertas a los símbolos de las comunidades mexicana y peruana. No queda sino preguntarse, desde luego por otra comunidad de América presente en la capital desde tiempo atrás, de tradición católica y francófona: la de Haití. Y claro está, por las imágenes de otras comunidades de África, Medio Oriente y Asia igualmente importantes en la ciudad. Desde luego esto no quiere decir que la iglesia parisina no les haya abierto sus puertas: las comunidades de extranjeros católicos se hacen presentes incluso en la Catedral, como vemos en este video de la procesión justo del Señor de los Milagros de 2010.

Señor de los Milagros 2010 por davidclopez

Empero, no hay ninguna otra que cuente con algo de la importancia simbólica de una presencia permanente en una capilla de la Catedral. Los franceses no parecen tener problema con la Virgen Morena mexicana y el Cristo Moreno peruano, pero con los eventos de estos días sería interesante saber si serían sensibles, por ejemplo, a imágenes sirias u subsaharianas. El francés es un catolicismo en que hoy ya existen “presbiterios blancos y naves multicolores” como decía hace años ya un religioso en la radio, mas es una nación en que la cuestión étnica está lejos de haberse resuelto, y para la que el catolicismo no ha dejado de tener alguna significación. El futuro de los altares parisinos acaso sea un buen índice para confirmar las evoluciones políticas o religiosas de la que antaño fue la “hija predilecta de la Iglesia”.

Agustín Rivera ¿autor liberal de planteamientos modernos?

Una entrada breve para difundir una conferencia que tuvo lugar hace ya poco más de dos semanas en Lagos de Moreno. Explico brevemente el contexto: el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad” del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara realiza en este año un pequeño proyecto de investigación con recursos del Programa para el Desarrollo Profesional Docente (PRODEP) de la SEP. El proyecto se titula “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX”, y está estructurado en tres ejes: por una parte el análisis de la vida y obra de Agustín Rivera y Sanromán, desde las diversas perspectivas de la historia cultural (en concreto: historia religiosa, historia de los conceptos, historia de las mujeres, e historia de la historiografía); en segundo lugar, la recuperación de los trabajos recientes sobre dicho autor, y finalmente, la exploración de manera más amplia algunos de los temas concretos planteados en su obra.

Como parte del segundo eje, el XII Ciclo de Conferencias del Seminario de Historia Mexicana ha contado con la presencia de diversos investigadores que han estudiado a Rivera: en marzo contamos con la presencia del Dr. Arturo Camacho Becerra, en abril con la del Dr. Tomás de Híjar, y en agosto, con la del Dr. Brian Connaughton. Justo esta última conferencia es la que comparto aquí, aunque aprovecho para promover el canal de dicho ciclo en Vimeo, donde el lector puede ver un total ya de 20 conferencias de diversos temas históricos. Sin mayor preámbulo, dejo al lector ver lo que el profesor Connaughton nos compartió en la tarde del 26 de agosto en la Casa Universitaria de Lagos de Moreno.

Agustín Rivera ¿autor liberal de planteamientos modernos? from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

El clero de Oaxaca hacia 1786 según su obispo

OrtigosaLa historia del clero, aunque tema particularmente clásico de la historia del catolicismo, constituye aún un objeto de estudio interesante. Abordar el tema es siempre oportunidad de recordar que el clero no es sino una construcción histórica en permanente cambio, es decir, contrario a lo que podría pensarse no ha sido igual siempre desde tiempos apostólicos, a pesar del aire de antigüedad y de tradición que suele ser su aura propia, la definición del sacerdocio, las funciones que debe cumplir, las virtudes que deben caracterizarlo, y hasta los pecados que se les critican, no son las mismas hoy que tiempos de Constantino, ni son tampoco exactamente las mismas que en el siglo XVIII novohispano. Para confirmarlo, aquí un oportuno documento: un informe del obispo de Oaxaca a José de Gálvez, marqués de Sonora y ministro de Indias del rey Carlos III, que data de 1786.

Conviene insistir en ello, es un documento de tiempos en que no se había inventado la separación entre la religión y la política, y más aún, es una comunicación de un obispo hacia el “patrono de la Iglesia”, como se insiste constantemente en el texto. El rey, en efecto, era quien, por diversos motivos que sería largo mencionar ahora, se ocupaba de nombrar a los eclesiásticos de toda la jerarquía de los reinos americanos. El informe, del que sólo presentamos aquí la carta inicial y no el largo listado de 365 nombres y sus observaciones, estaba destinado a que las autoridades de la monarquía (el Consejo y Cámara de Indias) pudieran realizar los nombramientos más adecuados. El rey era el “rey católico”, la religión era estimada como el fundamento de la sociedad, el soberano debía velar por el cumplimiento de sus dogmas y preceptos, el clero por tanto era, por definición, útil y necesario.

Ahora bien, lo interesante del informe es su notorio pesimismo. El obispo José Gregorio Alonso Ortigosa (a quien vemos en la imagen, tomada de Eutimio Pérez, Recuerdos históricos del Episcopado Oaxaqueño, 1888, p. 59) juzgaba con dureza a su clero y presentaba un panorama nada alentador al respecto. Destaquémoslo, en el conjunto del informe el criterio fundamental del prelado para estimar a sus sacerdotes era la educación. Monseñor Ortigosa exigía (o hacía lo posible por hacerlo) de su clero instrucción y letras, pero que fueran más allá de la mera memorización de manuales básicos como el de teología moral de Lárraga, tan popular entonces. Asimismo, no es extraño, ya la carta y el informe en conjunto muestran a un prelado limitado por lo que se llamaba el “sistema beneficial”: una parte importante del clero esperaba simplemente vivir de las rentas de una fundación piadosa, una capellanía, con pocas obligaciones, y sin tener que ejercer el cargo pesado de cura de pueblo. No es extraño que valorara la obediencia y en cambio criticara constantemente a los “orgullosos”.

La carta no entra en detalles, pero en el resto del informe aparecen extensamente ilustrados los “vicios” del clero de la época. El obispo señaló en 39 clérigos pecados como la lascivia, es decir, la falta de respeto al celibato, pero también la embriaguez, y en menor medida el juego y la mezcla en negocios profanos, en particular el comercio. Algunos se iban enmendado: el cura de Villa Alta, después de haber tenido once hijos; el de Tequisistlán, después de haber tenido cinco; el de Santa Cruz Mixtepec, luego de estar recluido por tratos con una mujer casada, y el Chacaltianguis, procesado por la Inquisición por solicitante en confesionario. Entre todos destacaba por mucho el cura de Jamiltepec, español peninsular por cierto, de quien el obispo afirmó: “En todo el gremio de los curas del orbe cristiano no se hallará otro más inútil por su poco celo, malos modales, indolencia con su poquito o mucho de codicioso y lascivo y jugador”.

Dejemos pues la palabra al testimonio de este activo y reformador obispo de la segunda mitad del siglo XVIII, activo reformador de su diócesis.

 

Archivo General de Indias (AGI), Audiencia de México, leg. 1876

“En reservada de 26 de septiembre del año último pasado de 85 se sirvió vuestra excelencia mandarme, de orden del rey, que sin retardación haga los informes que previenen las leyes reales acerca de la literatura, conducta y demás calidades de los eclesiásticos de este obispado. En debido cumplimiento de esta soberana determinación, paso a manos de V.E. lista de todos los individuos de este clero secular, por números, abecedario y clases, con la nota y juicio que me merece cada uno en el día, sin que me quede escrúpulo alguno de que haya hecho agravio ni favor a particular, por ser conforme en todo a los dictámenes de mi conciencia, y a lo que me ha enseñado la experiencia en once años que sirvo esta mitra.

Como en este asunto de tanta importancia y gravedad se interesa el descargo de la Real conciencia, en la grave sagrada obligación de presentar para el servicio de dignidades, prebendas y demás piezas eclesiásticas de estos vastos dilatados dominios a los más dignos y beneméritos. En cumplimiento del estrecho cargo que me corre, debo poner en la consideración de vuestra excelencia que en cuanto al Dr. D. Ramón Pérez, contenido en el número tercero, tengo informado todo lo contrario de lo que en el día siento a la Real Cámara de Indias, porque en realidad así lo juzgaba entonces, pues la astucia e hipocresía de este eclesiástico me han tenido engañado más de ocho años que lo he tenido a mi lado.

Él es un de un talento y comprensión sobresaliente, pero ahora debo hacer presente que el citado informe anterior debiera recogerse de la Cámara, para no hacer de él mérito, si vuestra excelencia lo tuviese por conveniente; porque sobre él y sobre la gran protección que le ha proporcionado en la corte el exjesuita Poyanos, puede ponérsele en destino de que siga perjudicial resulta; quedando abundantemente premiado para todos los días de su vida o mientras su conducta no dé claros testimonios de reforma de su genio orgulloso, con el canonicato lectoral de la Santa Iglesia de Valladolid de Michoacán a que va consultado en primer lugar.

En cuanto a los números 64 y 65 es digno de tenerse presente, en el primero, la insolencia de los indios en resistir la presentación real y la tibieza con que, al parecer, se mira este punto en el gobierno de este reino, pues sin embargo de haber representado lo conveniente en el asunto, hace meses se halla demorado y aun sin haberme dado aviso de haberse recibido mis representaciones. En todo evento aquel curato se halla a cargo de un mercenario de escasísima suficiencia y equívoca conducta, como parece al número 287 de la lista. Y el cura propio, que es muy benemérito, despojado de su curato por unos indios que resisten un párroco que seguramente celará sus idolatrías.

Y por lo respectivo al segundo, no puedo dejar de representar que si se abre la puerta semejantes indultos, como el que concedió la Real Audiencia en su gobierno, para que poniendo coadjutor al cura de Huehuetlan, D. Francisco Antonio de la Peña, indio poderoso, comprendido en el número 65, contra el dictamen del obispo, fundado en razón, en justicia y en leyes del Real Patronato, será lo mismo que dejar desiertos los curatos, pues a ningún cura le faltará arbitrio para sacar certificaciones de enfermdades y comerse la renta del curato donde le dé la gana. Fuera de que aun cuando fuera conforme a derecho semejante indulto, la escasez de ministros no da lugar a estas indulgencias.

Por la citada lista advertirá vuestra excelencia que este clero secular se compone de trescientas sesenta y cinco personas de orden sacro, unos puramente castellanos y otros lenguaraces, si es que la mayor parte de ellos pueden tenerse por tales. Que más de la mitad por enfermos, por viciosos, por díscolos, por ineptos y faltos de instrucción, respectivamente, de nada sirven más que de ejercitar la paciencia del obispo, trayendo inquieto su espíritu y su alma llena de congojas y aflicciones al ver los curatos sin los ministros necesarios para la cura de almas, y por otra parte, la necesidad cuasi extrema de haberlos de surtir y confiar a la dirección de aquellos que se encuentran menos malos, y que pasando por un ligero examen, sacan la aprobación que no merecieran en otras circunstancias.

La prodigiosa multitud de 22 idiomas, los más de ellos bárbaros que se versan en este obispado, los temperamentos insalubres y cuasi inhabitables, la escasa congrua que ofrece la mayor parte de los curatos, la fatiga y trabajo que son consiguientes a la distancia y dispersión de los pueblos de varias doctrinas, y finalmente, los continuos encuentros y desazones de los curas con los alcaldes mayores, y con los indios, que están muy violentados y sin la debida subordinación a sus párrocos, habiéndose verificado que en cuatro o cinco curatos los han echado de sus casas, y aun puesto fuego a alguna de ellas, dificultan y aun imposibilitan la administración, enseñanza y pasto espiritual que es tan necesario. De suerte, que tengo por particular providencia de Dios o por efecto de la demasiada pobreza de los eclesiásticos, que haya sacerdotes que tomen la carrera de curas y temo mucho que ha de llegar el caso de que no se encuentre quien sirva este difícil cargo.

Porque no suceda tal fatalidad en mi tiempo, con público escándalo, con mayor ruina espiritual de las almas de estos infelices, con agravio de las obligaciones del Patronato Real, y con poco honor mío; me ha sido forzoso dispensar para los sagrados órdenes, y aun para curatos a los ilegítimos, que se especifican en la relación, y ojalá que en esto sólo parase la relajación de la disciplina eclesiástica.

Como la mies es copiosa y escasos los operarios, ni éstos se prueban, en cuanto a su vocación y género de vida, con la escrupulosa circunspección que pide la Iglesia; ni se pueden practicar los exámenes de literatura, y demás partes que deben adornar a los confesores y ordenandos con el rigor que corresponde, para el grave sagrado ministerio de la cura de almas de los miserables indios, que por su rudeza y falta de pía afección, conocimiento y aprecio de las cosas espirituales y dogmas de la religión cristiana, debieran ser doctrinados y gobernados ya que no por Ángeles, por párrocos y vicarios de letras, virtud y celo de la salvación de las almas.

En lo absoluto no hay arbitrio para proporcionar eclesiásticos de estas calidades, ni medio seguro para la debida corrección de los díscolos y para la competente instrucción de los ignorantes. Me es preciso confesarlo con la mayor confusión y con las más acerba amargura de mi corazón.

No una sola vez, sino muy repetidas, me ha obligado la cuasi extrema necesidad en que he visto y veo a varios curatos a habilitar ministros de aquellos clérigos mismos que siendo poco menos que idiotas los tenía suspensos hasta de celebrar, mientras que asistiendo a la cátedra y conferencias morales adquiriesen algunas luces en esta sagrada facultad, imponiéndose siquiera en saber construir el Breviario y en una Suma de Moral en castellano.

¡Y quién lo creyera! De la misma reclusión de los claustros y de la cárcel me ha sido forzoso en algunas ocasiones sacar para el ministerio sacerdotes que tenía reclusos y presos para corregir sus vicios de borrachera y lascivia, contando con la mal fundada esperanza de que medio amonestados se enmendarían y bajo unas promesas y propósitos de mudar de vida, hijos de los deseos de salir de la reclusión.

Y aun muchos, o los más, miran con tanto tedio y horror el ministerio que fingen o abultan males y achaques para indemnizarse de servir en los curatos; siendo muy común que el obispo se vea en la necesidad de disimular algo en esta parte por no arriesgarlo todo y de pedirles por merced y favor con frecuentes ruegos aquello mismo que bajo la sagrada religión del juramento ofrecieron cumplir, y sobre cuyo empeño y obligación de administrar fundaron su título para recibir las órdenes.

De lo poco que insinúo deducirá la sabia perspicacia de vuestra excelencia el miserable estado de este obispado, y las aflicciones y amarguras en que zozobra mi corazón. Un obispo sin clérigos, o con muchos inútiles y viciosos, es lo mismo que un general sin soldados o cercado de un ejército de desertores.

De aquí es, excelentísimo señor, que yo desee con todas las veras de mi alma dejar una carga que no puedo llevar, y relevarme de una obligación que en la presente constitución, por estos motivos y por otros más graves, no puedo cumplir, pues mis fuerzas y salud se van arruinando, y mi edad y achaques no permiten ya repetir la santa visita de esta diócesis.

Por lo relativo a mi Santa Iglesia, no está mal servida. Sin embargo, debo poner en consideración de vuestra excelencia que sólo quedan en ella dos gachupines y los demás son criollos y naturales de esta ciudad. Yo tuviera por oportuno y conveniente que las dignidades y canonicatos, conforme fueren vacando se proveyesen en europeos en la mayor parte, siempre que los sujetos que se presentasen sean de carrera, literatos y graduados en facultad mayor, de vida probada y de práctica, como provisores y fiscales de las curias eclesiásticas de España.

Me parece ocioso molestar más la atención de vuestra excelencia, por lo que concluyo pidiendo a su justificación que tenga a bien poner dicha relación y esta representación a los pies del rey, informando a Su Majestad de las sinceridades, pureza y vredad con que procedo, y de mis verdaderos eficaces deseos de cumplir sus religiosas sagradas órdenes, secundando sus reales intenciones.

Nuestro Señor guarde y prospere la vida de vuestra excelencia muchos años como le pido. Oaxaca, 21 de marzo de 1786.

Excelentísimo Señor

[Palabra ilegible] de V.E. su más rendido servidor y capellán

J[osé] G[regorio]  obispo de Antequera

 

[Al] Excelentísimo Señor Marqués de Sonora.”