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Dobles mortales: Campanas y tranquilidad de los enfermos, 1790-1834

DSC_0042Durante mucho tiempo en la historia del catolicismo, las campanas habían sido un recurso protector fundamental, no sólo contra las tempestades, sino también contra cualquier otro género de aflicción. En caso de guerra, de hambre, de sequía o de temblores, eran comunes los toques de “rogativa” que clamaban por la misericordia divina. Mas a finales del siglo XVIII y durante las primeras décadas del siglo XIX, hubo ya ocasiones en que las campanas comenzaron a ser oídas como inoportunas ante un desastre en particular: las epidemias. Incluso más allá de esos eventos puntuales, su sonido en general comenzó a tenerse por causa de “intranquilidad” para los enfermos Lo interesante del caso es que fue una visión compartida por el clero y por los seglares de la época.

En efecto, los edictos episcopales sobre esta materia, dan testimonio de que en esa segunda mitad del siglo XVIII existía ya una sensibilidad que percibía de manera negativa el sonido de las campanas. Ya en 1766, el arzobispo Lorenzana advertía contra el exceso de repiques y dobles porque podía «volverse en perjuicio o molestia de los fieles», de forma que eran necesarias reglas porque «se causa mucho fastidio a los vecinos».[1] Mas en la década de 1790, su sucesor en la mitra de México, el arzobispo Haro y Peralta, era más específico: «causan gravísimos perjuicios a los enfermos», afirmaba, temiendo incluso el abandono de las casas alrededor de las iglesias por sus inquilinos, en perjuicio de las corporaciones religiosas propietarias.[2]


En el mismo tenor, hacia esos mismos años el obispo de La Habana declaraba que era «lastimada miserablemente la quietud de los enfermos»; el de Puebla, Salvador Biempica, citaba también entre los afectados por los excesos campaneros al «enfermo desde su cama», mientras el obispo Cabañas decía temer también «se acarree incomodidad a sanos y enfermos»; e incluso el arzobispo de Valencia y antiguo obispo de Puebla, Francisco Fabián y Fuero se lamentaba en su edicto de la suerte del enfermo, «a quien [las campanas] mortifican sobre toda ponderacion en sus sensibles dolores de cabeza, añadiendo gravisima afliccion al gravemente afligido».[3] En fin pues, los obispos americanos, aun si estimaban que las campanas eran objetos sagrados, reconocían que podía haber excesos, que los repiques podían dejar de ser favorables a los enfermos como convocatorias a la oración por ellos, convirtiéndose en ruidos que alteraban el ambiente necesario a su convalescencia.

Los testimonios fuera del ámbito estrictamente clerical confirman la existencia de esta sensibilidad, a veces de manera directa. En diciembre de 1806, el sucesor del arzobispo Haro y Peralta, don Francisco Xavier Lizana y Beaumont, recibió una carta anónima de quien declaraba ser un antiguo paciente del hospital de San Andrés de México. A pesar de que calificaba su enfermedad de «larga y dolorosa» refería de inmediato que había «padecido mucho más con las campanas que circundan dicho hospital, que con mi enfermedad». Peor aún, los excesos campaneros terminaban siendo mortales, aquí no por atraer los rayos como veíamos la semana pasada, sino directamente por su sonido, hasta el punto el anónimo invocaba el «amor de Dios y de la humanidad», para que el arzobispo tomara cartas en el asunto.[4]

DSC_0025Desde luego, no es fácil saber si la carta es auténtica, pero es significativo que por la misma época, también hiciera alguna alusión puntual al respecto Antonio Gómez, seudónimo de un autor del que nunca se ha sabido el nombre real pero que es ya bien conocido en la historiografía, quien dirigiera extensas cartas sobre todo género de temas al rey en el Consejo de Indias y a otras autoridades en Madrid. Según él, «muchos vecinos honrados y buenos republicanos» llegaban incluso a reclamar a los campaneros por sus excesos cuando «echan las torres y campanarios abajo a dobles y redobles», sobre todo «por tener algún enfermo en sus casas».[5]

El argumento se utilizó, como decíamos al principio, de manera casi lógica en ciudades azotadas entonces por epidemias. En 1804, ante el vómito prieto que azotaba a la ciudad y puerto de Veracruz, el ayuntamiento, «para menor perjuicio de los enfermos que tanto abundan hoy», resolvió en reunión de cabildo pedir al párroco y prelados de los conventos para ir más allá de la normativa del obispo de Puebla, el edicto ya citado de monseñor Biempica y Sotomayor, y aplicar «toda la disimulación que quepa en sus facultades» en materia de repiques.[6] En este caso, se trataba de manera particular de moderar los dobles, es decir, el sonido fúnebre, que podía además «consternar» a los que todavía no habían sido alcanzados por la enfermedad. Lejos de constituir un oportuno recordatorio de la proximidad de la muerte para los fieles, recordatorio de sus deberes religiosos como hubiera dicho Chateaubriand, los dobles tan frecuentes se convertían en una alteración de la tranquilidad pública. Cabe destacarlo, el párroco Ramón Palao no tuvo el menor inconveniente, aunque siempre bajo la advertencia de que debía pedir autorización episcopal.[7]

DSCF2800Del otro lado del Atlántico, sabemos que la prensa apoyó también el cese de los dobles de campanas ante las enfermedades. «La misma falta de ánimo vigorizaba la enfermedad, acrecentando la disposición de recibirla» decía la «Disertación médica», publicada por el Memorial literario a propósito de la epidemia de Cádiz de 1800, cuando daba cuenta de que el gobierno había dispuesto «no se doblasen campanas».[8] En cambio, no fue de la misma opinión el Cabildo Metropolitano de la Catedral de Sevilla ante esa misma epidemia que también azotaba a la capital hispalense. El ayuntamiento solicitó la suspensión de los dobles de campanas “por no afligir más al pueblo”. La cuestión suscitó tal división que los canónigos debieron decidir por vía de votación, sólo para responder con una reducción: se haría “señal de doble” en la torre por los canónigos que fueran falleciendo (y varios fueron víctimas de la enfermedad), pero no se continuaría doblando por ellos en los días siguientes. Unas semanas más tarde se les solicitó también que se suspendiera por ese año el espectacular doble del día 1o de noviembre, de nuevo “para que no incomode a los muchos enfermos de epidemia”, debiendo conceder su reducción a las vísperas. [9]

Las preocupaciones médicas se fueron imponiendo en las décadas siguientes. En México, durante la epidemia de cólera de la década de 1830, los doble motivaron una disputa en Colima entre el jefe político y el párroco. El primero había pedido que cesaran, al igual que las agonías, «para evitar el terror que infunden en tiempos de peste». El clérigo cumplió inicialmente la suspensión, pero la levantó en cuanto pudo por razones económicas, lo que generó un intercambio de respuestas entre ambas autoridades, que llegó también a la prensa de la capital de la república, pero que no parece haber tenido consecuencias más amplias.[10] De manera más radical, podía ya leerse en la prensa española: «una de las cosas que más abate los ánimos de un pueblo atacado de epidemia, es el aparato con que se administran los últimos auxilios a los enfermos y los honores fúnebres», decía el Boletín de Medicina de Madrid en 1834, mientras el Eco del comercio de esa misma ciudad era más directo: «estos dos medios consternadores [dobles fúnebres y viáticos] arrebataron durante la epidemia de Lisboa [a] millares de individuos».[11]

La secularización de las campanas y sus sonidos pues, las hacía no sólo peligrosas por atraer los rayos, sino también por perturbar a los enfermos. De una forma o de otra, resultaban cada vez menos el religioso instrumento protector de antaño, y cada vez más, materia para debates en los espacios públicos.

NOTAS

[1] Lorenzana y Butrón, Francisco Antonio: Cartas pastorales y edictos del ilustrísimo señor… arzobispo de México, México, Imprenta del Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio de Hogal, 1770, pp. 8-9.

[2] Archivo General de Indias (AGI), México, leg. 2644, edicto del arzobispo de México, 18 de octubre de 1791.

[3] Trespalacios y Verdeja, Felipe Joseph: Edicto en que el Ilustrísimo Señor Doctor … primer obispo de La Havana, provincias de La Florida y Luisiana, del Consejo de S.M., etc. corrige en su diócesis el abuso y desorden con que se tocan las campanas, y concurre a la moderación con que la Real Pragmática reduce la pompa fúnebre, Madrid, Imprenta de la viuda de Joaquín Ibarra, 1794, f. 1v. «Edicto del Ilustrísimo señor Dr. D. Salvador Biempica y Sotomayor…» en Gazeta de México, V, 12, México, 12 de junio de 1792, 113-116, la cita en 114. Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara (AHAG), Edictos y circulares, 5, 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803. «Edicto sobre los toques de campanas», Valencia, 1790, consultado en http://campaners.com/php/textos.php?text=1026 el 26 de enero de 2015.

[4] Archivo General de la Nación (AGN), Indiferente Virreinal, caja 1087, exp. 3, carta a Francisco Xavier Lizana, México, 10 de diciembre de 1806.

[5] AGI, México,  leg. 2688, carta de Antonio Gómez al rey, México, 27 de enero de 1804.

[6] AGN, Indiferente Virreinal, caja 2809, exp. 7, certificación del acta de cabildo del Ayuntamiento de Veracruz, 15 de junio de 1804.

[7] AGN, Indiferente Virreinal, caja 2809, exp. 7, carta del párroco al Ayuntamiento de Veracruz, 20 de junio de 1804.

[8] Memorial literario o Biblioteca periódica de ciencias, literatura y artes, núm. 23, 1802, p. 155.

[9] Archivo de la Catedral de Sevilla (ACS), Secretaría, leg. 7211, fs. 132v y 147.

[10] Boletín de Medicina, Cirujía y Farmacia, año I, núm. 9, 31 de julio de 1834, p. 72. Eco del Comercio, núm. 70, 9 de julio de 1834, p. 2.

[11] Fénix de la libertad, año III, núm. 83, 22 de octubre de 1833, pp. 1-2.

La física de los repiques: campanas, tormentas y prensa en el siglo XVIII

DSC_0042En 1785, el arzobispo-obispo de Málaga dirigió a sus feligreses una de las más extensas explicaciones de su tiempo sobre el tema de las campanas. Dirigida a recordar los “misterios” de que se hallaban rodeadas, contiene una advertencia contra «algunos autores, especialmente filósofos», que lejos de respaldar los poderes de la campana alejando tormentas, afirmaban que su sonido ayudaba a hacer caer la nieve e incluso atraía los rayos. «Los vehementes sonidos, como son los de campanas o cañones, quebrantan la fuerza de los rayos y tempestades»; esto es, los repiques, literalmente, abrían las nubes, «como que queda el camino preparado para el rayo».[1] Casi sobra decir que el prelado descartó con fuerza estas proposiciones: «deben ser rechazadas y condenadas por erróneas», decía, pues ponían en cuestión  el carácter protector que adquirían en su bendición.

Al otro lado del Atlántico y unas décadas más tarde, en 1803, el obispo de Guadalajara, Juan Cruz Ruiz Cabañas refería también, en un edicto de tema campanero, a «algunos físicos y no despreciables» que afirmaban que el repique «era la causa de que las iglesias, y especialmente sus torres fuesen muy a menudo heridas de rayos devoradores». Tampoco dudaba el prelado tapatío en sentenciar negativamente esas opiniones. Más radical que su homólogo andaluz, señalaba que iban en perjuicio de la propia Iglesia, «de quien no se puede creer sin sobrada ligereza el que haya acarreado a sus queridos hijos tan terrible e inminente peligro».[2]

FeijooEl obispo Ferrer mencionaba en concreto a dos autores, que no hemos podido identificar aún, el obispo Cabañas era menos preciso. Uno y otro, empero, omitían que era un tema que estaba presente, en primer lugar en la obra de otro eclesiástico de una generación atrás, el padre fray Benito Jerónimo Feijoo. En efecto, como se sabe bien, su Teatro crítico universal, y en particular su tomo quinto (1733), contenía críticas a las campanas en al menos dos de sus discursos. Si en el segundo se dedicó especialmente a poner objeciones a los milagros de la campana de Velilla –concluyendo en una posición moderada, aceptando «una gran probabilidad a la existencia del prodigio»– en el primero trató de manera más radical el tema de los nublados. La potencia de las campanas era discutida por el benedictino a partir de un conjunto de ejemplos franceses: caídas de rayos en campanarios de Bretaña, ni más ni menos que en un Viernes Santo. Aparecen ya en Feijoo dos puntos que se repetirían de forma constante: el recurso a la física y sobre todo, la distinción de la religión en dos niveles, la de las élites y la de los pueblos. «El vulgo, cuya religión es sumamente resbaladiza a la superstición», decía el fraile, explicaba esos rayos en los campanarios como castigo por haber profanado el silencio propio del Viernes Santo, en lugar de reconocer que «el sonido de las campanas obró como causa física en el descenso de los rayos».[3]

Pero a más de la obra de Feijoo, en fechas más próximas a las de los obispos que hemos citado antes, la prensa del mundo hispánico comenzó a hacerse eco de estas críticas, reproduciendo en principio notas que se difundían en los periódicos franceses. En efecto, apenas cuatro años antes de que viera la luz la pastoral del obispo de Málaga, en la corte misma de Madrid, el Mercurio histórico y político de julio de 1781 reproducía una carta que habría dirigido a los curas de Lorraine un fiscal del Parlamento de Nancy, en que se sentenciaba con claridad: «el medio más oportuno para experimentar los funestos efectos de los rayos y centellas, es tocar las campanas cuando la tempestad está sobre la torre».[4] Aunque el texto no lo descartaba de manera radical, sino antes bien trataba con benevolencia la costumbre de «tocar a nublado», se convertía en una «costumbre piadosa» mero llamado a la oración limitado en sus efectos. En cambio, explicaba a partir de los «primeros y más comunes rudimentos de la Física», el sonido de las campanas sólo podía ser efectivo según el tamaño de ellas y cuando las nubes estaban a cierta distancia, pero no al situarse ya perpendicularmente al pueblo en cuestión. Para mayor prueba, presentaba como referencias las Memorias de las Academias, y casos mortales ocurridos en diversas regiones francesas.[5]

El Mercurio de la primera mitad de la década de 1780 continuó publicando notas del mismo tenor. Apenas en el siguiente número, el de agosto de 1781, apareció un segundo testimonio, más elocuente aún, procedente una vez más de la Lorraine y con forma epistolar. Era una carta del fiscal al señor de Tréveray en que daba cuenta de lo ocurrido en Longeville en la fiesta de Pentecostés, donde a pesar de la negativa del clero, los repiques habían continuado hasta que un rayo alcanzó el campanario, dejando al menos 5 muertos y 60 heridos.[6] El relato de nuevo hacía el contraste entre el empecinamiento de los campesinos, encabezados por «testarudos habladores», que insistieron en sonar las campanas a pesar de la negativa del cura y su vicario que eran, en cambio, «hombres cuerdos». La práctica de «tocar las campanas a vuelo», tenida al menos implícitamente por irracional, era separada de la religión gracias a esa distinción: el clero habría ofrecido a los campesinos algo «más prudente y también más piadoso», la oración en la iglesia. El apego a las campanas aparecía así como una «preocupación», prejuicio diríamos hoy, que no podían hacer desaparecer las evidencias físicas, ni siquiera el propio incidente de Pentecostés: «sus campanas tienen virtud de preservarlos de tempestades», habrían repetido al fiscal del señor feudal.[7]

Ante las «preocupaciones», el mismo Mercurio difundió la solución: la intervención, ya no del clero con sus infructuosos exhortos, sino de los soberanos y sus magistrados. En noviembre de 1783 publicaba que las autoridades de Berlín pedían a los consistorios que «en lo sucesivo se abstengan de tocar las campanas en tiempo de tempestad»; en julio del año siguiente reproducía la petición del fiscal y la resolución del Parlamento de París de mayo de 1784 prohibiendo el toque en tiempo de tempestad.[8] En septiembre del mismo año y en octubre de 1786, hubo nuevas notas dando cuenta de la extensión de la prohibición a otras regiones francesas, ilustradas además con nuevos casos de tragedias. De nuevo salían a relucir los argumentos de la física, los casos recopilados en las Memorias de Academias, la crítica de las preocupaciones «que ni aun el peligro inminente de muerte es capaz de destruirlas» y la visión complaciente del origen religioso de un toque que no era sino para llamar a oraciones.[9]

A las denuncias, le sucedieron artículos más eruditos, recomendaciones de obras más amplias, e incluso algunos debates, entre 1786 y los inicios de la década siguiente. El Memorial literario de agosto de 1786 publicaba unas extensas «Observaciones meteorológicas» a propósito de una tempestad con rayos, que culminó en una serie de propuestas de medidas preventivas. La quinta de ellas trató el caso que aquí nos interesa explicando con detalle la forma en que atraían los rayos: «la grande agitación que el sonido de las campanas imprime en el aire intermedio de la torre a la nube […] dispone a la nube a abrirse».[10] Los ya conocidos casos franceses y la obra del padre Feijoo venían a confirmar las afirmaciones del publicista, quien de manera sobria descartaba así la «pretendida virtud física» de las campanas rechazando los rayos; sin embargo, en realidad el objetivo más amplio de todo el discurso no era el desengaño de las supersticiones, sino más bien la explicación del fenómeno de las tormentas en su conjunto. Algo semejante podía decirse de la obra del padre Pellegrino Rini anunciada en el Espíritu de los mejores diarios que se publican en Europa en junio de 1788. Si bien tenía como fin probar «aún a los que no entienden la materia» que «tocar las campanas en las tormentas, y particularmente cuando las nubes están cercas, es muy peligrosa», el índice que se presentaba comenzaba explorando la naturaleza y leyes a que obedecían los rayos.[11]

Diario MadridHasta donde hemos podido averiguar, es hasta 1791 que apareció en el Diario de Madrid una defensa del repique de campanas en las tormentas, basada en la propia explicación física de quienes las acusaban de atraer los rayos. Una carta firmada por Julián de Velasco, dirigida al editor, Pedro Salanoba, y publicada a fines de septiembre de ese año planteaba la pregunta fundamental: «¿qué es comunicación metálica? […] ¿porque los metales sean conductores eléctricos, lo será el sonido que produzcan?»[12] Se entabló así un breve y más bien sobrio debate de física de los repiques: el editor debió contestar que la conducción de la electricidad se daba a través de «multitud de subtilísimas e imperceptibles partículas o moléculas metálicas», desprendidas al aire por el golpe del badajo y lo suficientemente ligeras para ascender hacia la nube. «La columna metálica de átomos» y no el sonido era el transmisor del rayo hacia el campanario.[13]

Mas no bastaron las citas de Feijoo y de los casos franceses –los de Bretaña sobre todo– para convencer a Velasco, quien respondió a su vez con nuevas preguntas, desde luego retóricas: «¿Con qué microscopios podremos percibir estos átomos que la percusión arroja de los cuerpos chocados? ¿Los ha visto nadie en el mundo entero?»[14] Velasco entendía que la electricidad simplemente era atraída por los metales de las torres, no sólo las campanas sino las cruces en sus puntas, y no por el sonido o la percusión de los repiques. Éstos, por el contrario, siendo vibraciones podían generar «algún movimiento de ondulación» que ayudaría a disolver los nublados así fuera de manera mínima. Más aún, Velasco encontraba una nueva utilidad, profana por supuesto, para esos sonidos: la orientación. Debían ayudar a viajeros, pastores y jornaleros a encontrar la dirección de los pueblos en medio de las tempestades nocturnas.[15]

Salanoba insistió todavía, defendiéndose con nuevas referencias de autores, con otros ejemplos de partículas imposibles de ver a través del microscopio, y aunque ya no habló de «comunicación metálica», repitió su afirmación fundamental: «la ondulación del aire, causada por la vibración percusiva del sonido, va abriendo camino» al rayo.[16] Pero más que sus argumentos, su respuesta, así como una carta de un suscriptor publicada días más tarde, ponían el acento en la valoración positiva de la discusión racional, no menos que de la utilidad de los conocimientos de la física, para la ilustración del pueblo a través de la prensa. «Las ciencias naturales y las artes es lo que importa a una nación», decía el suscriptor anónimo, «porque la ignorancia del estudio de la naturaleza confunde al individuo en la miseria, en el ocio y en la corrupción de las costumbres».[17]

En esta discusión ya ni siquiera tuvo lugar la denuncia de la «superstición» de los pueblos, las campanas eran directamente objeto de conocimiento por sus características físicas, ningún misterio las rodeaba, por lo que ya entonces la prensa ilustrada avanzaba en el camino de su secularización.

[1] Ferrer, Manuel, Carta pastoral que el ilustrísimo señor arzobispo obispo de Málaga dirige a sus amados diocesanos sobre la bendición y uso de las campanas, Málaga, 1785, pp. 72-73.

[2] Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara (AHAG), Edictos y circulares, caja 5, exp. 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803.

[3] Feijoo, Fray Benito Gerónimo, Theatro crítico universal o discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes, tomo V, 1773, pp. 121-134 y 371-395.

[4] Mercurio histórico y político, julio de 1781, p. 239.

[5] Ibidem, julio de 1781, pp. 239-244.

[6] Ibidem, agosto de 1781, 348-350.

[7] Ibidem, agosto de 1781, p. 350.

[8] Ibidem, noviembre de 1783, pp. 235-236 y Mercurio de España, julio de 1784, pp. 216-220.

[9] Ibidem, núm. III, septiembre de 1784, pp. 22-23 y noviembre de 1786, pp. 117-120.

[10] Memorial literario, núm. XXXII, agosto de 1786, pp. 497-499, la cita en 497.

[11] Espíritu de los mejores diarios literarios que se publican en Europa, núm. 134, 23 de junio de 1788, pp. 84-85.

[12] Diario de Madrid, 270, 27 de septiembre de 1791, 1085-1086.

[13] Ibidem, núm. 271, 28 de septiembre de 1791, pp. 1089-1091.

[14] Ibidem, núm. 281, 9 de octubre de 1791, pp. 1137-1139.

[15] Ibidem, núm. 283, 10 de octubre de 1791, pp. 1141-1142.

[16] Ibidem, núm. 285, 12 de octubre de 1791, 1149-1151 y núm. 286, 13 de octubre de 1791, pp. 1153-1155.

[17] Ibidem, núm. 288, 15 de octubre de 1791, pp. 1161-1162.

Rememorando un decreto de 1824

DSCF3401 - copiaDebió ser hacia el año 2001 cuando el Dr. Juan Ortiz Escamilla me sugirió que consultara la Colección de leyes y decretos de Veracruz para lo que luego sería mi tesis de licenciatura. Descubrí que la colección publicada en 1997 no incluía los años que más me interesaban entonces (1833-1834), pero justo eso me obligó a revisar los que correspondían a los años del primer federalismo desde 1824. Fue entonces que tomé conocimiento del decreto 19 del Congreso Constituyente, “Sobre la formación de aranceles parroquiales y prohibición de ofrendas, responsos nocturnos, etc.” de agosto de ese año. Como ese título indica, era una medida de los legisladores veracruzanos que, en su primera parte, establecía normas para el cobro de derechos por parte de los párrocos, pero que en sus últimos artículos prohibía además diversas prácticas religiosas, las más de ellas relacionadas con el dinero (la demanda de limosnas, “venta de rosarios, escapularios y estampas”) pero también otras que eran propias de las festividades populares (“danzas, fuegos artificiales, comilonas”).

Si bien ya entonces me di cuenta de su importancia, a la distancia veo que en realidad despaché en breves líneas un documento que se prestaba para un análisis más amplio. En la tesis, incluso en la versión publicada en 2006, y ya antes en un artículo que publiqué en la revista Ulúa, dí cuenta del decreto, de la reacción del episcopado, en particular la del obispo de Puebla, mas me interesó sobre todo señalar la moderación de ambas partes. No fue sino hasta los años en que estudié el doctorado, que reparé, en primer lugar, en la amplitud del debate. Es cierto, ya en la tesis de licenciatura citaba fragmentos de folletos que el Dr. Brian Connaughton mencionaba en su obra Ideología y sociedad en Guadalajara (CONACULTA, 1992). Mas sólo cuando la Dra. Annick Lempérière me señaló la importancia de una consulta más amplia de la prensa y folletería de la época fue que descubrí, por una parte, el periódico El Oriente de Xalapa, que claramente era el medio de expresión de los constituyentes veracruzanos (su editor era el diputado Sebastián Camacho). Por otro lado, pude entonces buscar la Contestación del obispo poblano en la Colección Lafragua de la Biblioteca Nacional de México.

El Oriente1Fue así que en dos artículos, publicados en 2010, sobre todo en el que traté el tema de la limosna, volví sobre este decreto, apuntando ya a la importancia de ese debate público por lo que tocaba a la relación entre prácticas religiosas y dinero. En la tesis doctoral pude exponer con cierta amplitud las “opiniones sobre la religión y [el] anticlericalismo” de los publicistas veracruzanos, incluyendo los de El Oriente. En el verano y el otoño de 1824, dicho periódico abundó en sus críticas contra la “superstición”, las “preocupaciones” (prejuicios, diríamos hoy) y el “fanatismo” de quienes criticaban al decreto 19. Se publicaron en particular “remitidos” (cartas) de autores anónimos pero que elegían elocuentes seudónimos (“El arriero despreocupado”, “El ermitaño Prevost”, “El Anti-Inquisidor”) y que respondían a las publicaciones de El Caduceo de Puebla (sobre todo al Católico poblano), que tomó la defensa del obispo. Prensa irónica e incluso satírica respecto de las prácticas religiosas de la época, no dudaba en calificar de “sacaliñas” a las reliquias, de “ociosos zaragates” a los cuestores de limosnas, de “mitotes” a las representaciones de Semana Santa, así como de “ridículos farsantes” a quienes participaban en ellas, por sólo citar algunos ejemplos. Empero, la crítica, siendo mordaz, no apuntaba sino a la protección de lo sagrado, caricaturizando las mezclas con lo profano (representado no sólo por el dinero, sino también por la violencia, la embriaguez y la sexualidad), reclamaban los publicistas de manera insistente la pureza de la religión, bien ilustrada en sus artículos incluso de temas litúrgicos oponiendo a los populares responsos, la solemnidad de la misa.

El Oriente, además, no desaprovechó la prohibición de libros que justo por entonces emprendiera el obispo poblano, para abundar también a favor de su libre circulación. A propósito del obispo Pérez y de su Contestación, en la tesis doctoral señalé el desfase entre su vocabulario del obispo y el de los diputados. Ahora creo que bien valdría la pena hacer mayor énfasis aún en su defensa de la jurisdicción eclesiástica y de aquellas prácticas, abundando en su legitimidad, reconociendo empero la posibilidad de hacer reformas. En un tenor semejante va un último material, de la colección de misceláneas de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco “Juan José Arreola”, del que sólo ahora me he percatado su existencia. Se trata de un folleto más, el Dictamen de la comisión eclesiástica nombrada por el señor obispo de la Puebla sobre el decreto del honorable Congreso de Veracruz que trata de aranceles. Aunque, como cabía esperar, muy semejante a la respuesta episcopal, es interesante por su esfuerzo en citar autores que no fueran “sospechosos de parcialidad” como Van Espen, el célebre canonista anticurial del siglo XVIII.

Al paso del tiempo no es posible dejar de repetir que el tono de los intercambios es más bien moderado, trasluciendo la voluntad de mantener el pacto fundamental de una república en que el catolicismo era religión nacional. Empero, es cierto, al mismo tiempo el debate anticipaba ya los ejes sobre los que la discusión no haría sino polarizarse. Por una parte, el mantenimiento de la distinción entre jurisdicciones que cooperaban o la concepción de una soberanía estatal omnipotente; por otra, la distinción también entre disciplina externa modificable y dogma inalterable, o en cambio, la imposibilidad de reformar la primera sin caer en proposiciones “formalmente heréticas” o “cuando menos, vehementemente sospechosas”, según los términos de la comisión eclesiástica que dictaminó el decreto. El decreto y el debate que ocasionó, planteaban así la dificultad de establecer a quién había de corresponder el control y la reforma de la sociedad, si podía tratarse de una tarea compartida o completamente exclusiva; esto es, cuáles eran los verdaderos “supremos poderes” de la nueva nación. En ese sentido, aun siendo moderado, fue un aporte interesante, y además de impacto nacional según prueban las publicaciones de los documentos eclesiásticos en Guadalajara, en el proceso de secularización en México.

Una cofradía útil: la de la Piedad de Acajete III (Fin)

LéperoTercera y última parte del documento que hemos venido presentando semanas atrás, el proyecto de fundación de una cofradía de La Piedad en la parroquia de Acajete. Iniciativa del párroco, José MIguel Guridi y Alcocer, en 1794, en estas últimas páginas se trata, con gran optimismo, de la organización concreta de la cofradía. En la primera parte había establecido su instituto, en la segunda había hablado de su utilidad, aquí se trata ya de puntos más específicos para llevarla a efecto, y de cálculos –muy alegres, pr cierto— de sus resultados.

Destaquémoslo, el padre Guridi utilizó el término cofradía, pero su definición no coincidía exactamente lo que incluso hoy pensamos bajo ese término. Más que de una reunión para el culto, se trataba de una auténtica caja de socorro y préstamo, una obra de caridad muy planificada. Sus integrantes, más que hermanos de una imagen, más que devotos en el sentido tradicional, parecían destinados a convertirse en eficientes recaudadores y administradores de un patrimonio destinado a solucionar la pobreza local.

Veamos pues, las últimas líneas de esta iniciativa tan características del Catolicismo ilustrado.

Archivo General de Indias, Audiencia de México, leg. 1312, “Testimonio del expediente formado a pedimento del cura y justicia del pueblo de Acajete sobre fundar una cofradía con el título de Piedad”, fs. 1v y ss.

¿Y dejaremos de plantear entre nosotros un manantial de tantos bienes, no habiendo dificultad que nos embarace? Me atrevo a decir que nos es muy fácil su erección no obstante abrazar tantos objetos que lo han sido para las naciones cultas las medidas sólo que han tomado para desterrar la mendicidad. En Inglaterra han sido en la mayor parte los arbitrios contribuciones echadas por prorrata a los vecinos. En Francia y Holanda los hospicios para los que se requieren crecidos caudales, en Italia fundaciones piadosas que han dejado los Pontífices y prelados y una colección de todo, con adición de otros arbitrios, es lo que proyectó para España el señor D. Bernardo Ward, del Real Consejo, contando con toda la autoridad de nuestro monarca. Pero nosotros podemos conseguir los fines que a tanta costa han logrado aquellas naciones y avanzarnos también a las utilidades del préstamo, con sólo fundar una cofradía. ¿Qué cosa más fácil entre nosotros, y en toda América, en que se entra con gusto en toda clase de congregaciones?

El jornal o contribuciones ha de ser únicamente un medio real cada mes que a nadie puede faltar ni serle gravoso, con esto solo tenemos un fondo considerable, porque constando la doctrina de tres mil y pico de almas, a quienes ya obliga el precepto anual de la confesión, aunque sólo se asienten mil, que es menos de la tercera parte, contribuirán anualmente setecientos y cincuenta pesos. A estos deben añadirse ciento y dieciséis anuales que dejó fundados para pobres mi antecesor el difunto canónigo penitenciario de Puebla Dr. D. Joaquín Ximénez de Bonilla, y setenta que sobran cada año de los ciento que él mismo fundó para la fiesta del señor San Joaquín, que deben invertirse en el propio fin que los anteriores, y todos se aplicarán a la cofradía. Yo por ahora daré veinte pesos mensuales, protestando extenderme a más, concluida la presente guerra.

Estas cantidades (sin contar las limosnas que se colectaren por un hermano los días festivos en la iglesia, y las que voluntariamente ofrecerán muchos, especialmente aquellos que habían de distribuir por sí no habiendo cofradía) componen la de mil y cerca de doscientos pesos. Los pobres de la feligresía, por el conocimiento que tengo de ellos y el cálculo que he formado, están mantenidos con cuatrocientos pesos, especialmente comprando el maíz por junto, al tiempo de cosecha en los valles vecinos de Huamantla y Valsequillo, en que tanto abunda. De esto es consecuencia que aunque me halla errado en cómputo y se necesiten para sustentar los pobres quinientos pesos y sólo sean mil los que se junten cada año quedan siempre quinientos para girar en los préstamos.

Los muchos [préstamos] que se pueden hacer con esta o menos cantidad se conoce si se reflexiona en que un peso solo está embromado un mes, pues en cuatro semanas de a dos reales queda pagado. Ni hay que embarazarse con que el que recibe, por ejemplo, diez pesos, paga el primero al mes y el décimo hasta los diez meses, efectivamente duerme todo este tiempo el décimo peso. Pero el primero, entre tanto, reemplaza en alguna manera esta falta multiplicándose como si fuera diez, porque cumplido el primer mes se presta a otro sujeto, al siguiente a otro, y así consecutivamente se viene a prestar diez veces, mientras duerme el décimo, el segundo peso no se paga hasta los dos meses, pero como el noveno no duerme diez meses sino nueve, se reemplaza por aquél. El tercer peso se paga a los tres meses, pero reemplaza al octavo que duerme menos que el décimo y el noveno y así de los demás, de suerte que en los diez meses el décimo peso se presta una ocasión, el noveno dos, el octavo tres y así se desciende hasta el primero que se presta diez ocasiones, y sumando éstas se encuentra que con solos diez pesos que se concedían embromados en un sujeto porque gastaba en pagarlos diez meses, se hacen en el mismo tiempo cincuenta y cinco préstamos de a peso.

De aquí se infiere que con quinientos pesos prestados en cantidades de a diez, quince, veinte y treinta, se hacen innumerables préstamos, que es remediar otras tantas necesidades. ¡Oh! ¡Qué mérito ante Dios, qué provecho para el prójimo y qué poco gravamen para la cofradía quedándole existente su fondo!

Ni debe temerse que él se pierda en poder de un mayordomo o administrador que quiebre. Lo segundo porque lo hagan droga aquellos a quienes se preste, lo tercero porque sea preciso disminuirlo con pagar a los cobradores. Nada de esto ha de suceder. No lo primero porque el dinero ha de guardarse en un arca de tres llaves que pararán en el rector y dos de los hermanos. No lo segundo, porque los que reciban han de dar fiador abonado, como lo hacen con el usurero, quien jamás pierde su caudal. Y no lo tercero, porque la cobranza tanto de los jornales como de las pagas ha de hacerse por los diputados, asignándole a cada uno para que no le sea gravosa, y en caso de ser pícaro no extravíe mucha cantidad, un pequeño terreno, como un barrio corto.

En fin, después de plantada la cofradía la experiencia nos irá dictando las precauciones que debemos tomar y que jamás se previenen por la más sublimada técnica. Como ahora se nos presenta el remedio de todas las necesidades, sin exceptuar aún las de los ricos, y el destierro de la holgazanería, la usura, el vicio y todo a costa de un medio real en cada mes que no puede ser menos.

No obstante, todo lo propongo como un pensamiento que sujeto enteramente a vuestro juicio. Si pareciere bien se procederá a las constituciones y a impetrar la aprobación de nuestro ilustrísimo prelado y, caso que no agrade, nada se ha perdido, y yo he logrado esta ocasión de manifestar los grandes deseos que tengo del alivio de mis feligreses, y el crecido amor que les profeso.

Concluido este discurso se fue tomando a cada uno su parecer que expresó en voz alta, y todos convinieron en que se fundase dicha cofradía, la que significaron con la mayor viveza les agradaba y que por tanto se procediese a dar los pasos conducentes a su erección, la que deseaban con la brevedad posible. Y por que todo conste lo firmé con dicho teniente del partido.

Doctor José Miguel Guridi Alcocer.- José de Arévalo.