Archivo por meses: junio 2015

De América a Sevilla

DSCN1434Entre 1795 y 1807, el Cabildo Metropolitano de la Catedral de Sevilla recibió al menos unas 25 cartas del Consejo o de la Cámara de Indias. Tales son, en principio, las que aparecen citadas en los libros de autos capitulares que hemos recorrido a partir de 1769 en su depósito actual, la Institución Colombina en el Palacio Arzobispal de Sevilla. Si bien hay algunas de las que desconocemos el contenido, en la mayoría de los casos el Consejo trataba de resolver problemas acaecidos en las catedrales americanas a partir de las prácticas de la metropolitana hispalense. La lógica, posiblemente, era que al tratarse de la iglesia de la que se habían “desprendido” las metropolitanas de América a mediados del siglo XVI, podían seguir sirviendo de modelo en esos finales del siglo XVIII.

No conocemos todavía el contenido de todas esas cartas, porque en más de una ocasión el acta sólo consagra su comisión a alguna de las diputaciones del Cabildo para su respuesta, que por lo común fue la Diputación de Ceremonias, y más tarde, la aprobación del informe resultante. De ahí que, ya identificadas sus fechas, corresponderá a un segundo momento examinar esos libros de actas de diputaciones para ver con detalle las preguntas del Consejo y los argumentos de los canónigos hispalenses. Cabe acotarlo, sus respuestas no dejaban de tener presente sus propias inquietudes, que aparecen incluso en medio de la sobriedad de las actas. No faltó una respuesta en que la Diputación de Negocios advirtió que era mejor “evacuarse sin incluirse en el punto de derecho”, acaso por no comprometer la legalidad de sus propias prácticas.

Hemos dicho que la mayoría de las cartas pasaron a la Diputación de Ceremonias, y es que se entiende que por lo común fueron cuestiones de liturgia, de cortesías y, justamente, de ceremonias y cargos y cargas ceremoniales, las que inquietaban a las catedrales americanas. Es cierto, hubo cuatro excepciones: la primera de las cartas trataba sobre las jubilaciones de los prebendados, la última versó sobre la impresión de añalejos, dos concernían la custodia y visita del archivo de los canónigos. Una sola correspondió a la relación con las autoridades civiles, las demás tocaban sobre todo a los propios eclesiásticos. Hubo dos cartas sobre nombramientos de cargos ceremoniales; tres sobre asientos en el coro; cuatro sobre el tratamiento del obispo de pontifical por los canónigos (dignidades en particular); cuatro también sobre las competencias de racioneros y medios racioneros, y una sola sobre el uso de un ornamento, las mangas de la sobrepelliz.

En términos geográficos, de nuevo las actas no mencionan con precisión a las catedrales de origen, salvo en nueve ocasiones: La Habana, Caracas y Buenos Aires aparecen citadas en dos ocasiones cada una, Arequipa, Charcas y Cartagena de Indias una sola. Cabe recordarlo, el Consejo de Indias en esta época se dividía en dos secciones, una de Nueva España y otra de Perú, cada una con su respectivo fiscal, para atender a los reinos separadamente los asuntos de los reinos al norte o al sur del Caribe, poco más o menos. Dada la diversidad de orígenes, claramente no se trata de una práctica propia de un solo fiscal. Habrá que volver también al Archivo General de Indias para revisar el origen de las cartas y la lógica de la consulta a Sevilla y no, por ejemplo a México o a Lima. Claro está, también es una consulta necesaria para averiguar si tuvo lugar el camino en sentido inverso, de Sevilla hacia América, de las prácticas en materia de ceremonias.

Señalemos finalmente que es significativo que “todavía” en esos últimos años del Antiguo Régimen, las cuestiones ceremoniales seguían siendo materia fundamental en las Catedrales americanas. Los temas mismos, relacionados sobre todo con el obispo y con el provisor, e incluso con las jerarquías internas de los cabildos catedrales, dan cuenta, bien posiblemente, de los cambios y continuidades de tiempos de las Reformas Borbónicas. Constituyen pues un material de investigación que puede ser particularmente interesante para la historiografía hispanoamericanista.

De liturgia católica y Estado moderno

God save la FranceVincent Petit, God save la France. La religion et la nation, Paris, Les Éditions du Cerf, 2015, 225 pp.

Destacado historiador tanto de lo social como de la relación entre lo político y religioso, el profesor Vincent Petit es en particular especialista de la cuestión litúrgica en la Francia del siglo XIX. Fue sobre ese tema que versó su tesis doctoral, sostenida en 2008 en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne, dirigida por el Dr. Philippe Boutry. En esta ocasión nos ofrece un bello ensayo que continúa esa misma línea de investigación, mostrándonos el interés de hacer historia de la liturgia católica en nuestros días.

Obra estructurada de manera impecable, la introducción nos plantea la importancia de la liturgia en el seno de la relación entre religión católica y política contemporánea; los dos primeros capítulos abordan de manera general las problemáticas del galicanismo y el ultramontanismo, y los seis subsecuentes profundizan ya de manera específica en las oraciones, los himnos, las fiestas en que se ha desarrollado esa relación en un marco cronológico extenso, entre los siglos XVIII y XX. Debemos sin duda subrayarlo, la obra se caracteriza además por su organización analítica y no necesariamente cronológica, antes bien hay constantes ires y venires entre el Antiguo Régimen, la Revolución, la época concordatoria e incluso los regímenes republicanos franceses. Y en fin, casi es obvio decirlo, es una obra básicamente francesa, empero, su análisis puede ser perfectamente útil para analizar o imaginar posibles análisis para otros casos, al menos, del mundo católico.

Ya desde las primeras páginas se aprecia la novedad del planteamiento: la liturgia es concebida al mismo tiempo como “mode de gouvernance” e instrumento de socialización, capaz no sólo de “hacer Iglesia” en tanto visibilidad de lo sobrenatural, sino también de ayudar a “hacer la nación”, porque habría contribuido a lo que Elías denominó el “proceso de civilización”. Esto es, el autor, en la introducción, nos anuncia ya una lectura de la liturgia como acto no sólo religioso sino también político, instalado en la tensión entre la sacralización del Estado a través de lo religioso, y el progresivo surgimiento de una sacralidad política propia del Estado moderno, opciones que estuvieron lejos de crear consenso en el seno del clero católico. En efecto, los dos primeros capítulos dan cuenta de que incluso en los momentos de consenso entre instancias religiosas y civiles (de hecho el primer capítulo comienza por recordarnos la falta de atención a lo que han compartido), eran posibles las divergencias.

El profesor Petit nos muestra además que las oraciones por el Estado, por un lado contribuían a su inserción en una temporalidad distinta a la meramente profana, y llegaron a ser reacción de la Iglesia ante los intentos de privatización de lo religioso. Mas también fueron una vía para buscar la estabilidad de los nacientes Estados, para recuperar incluso la corporalidad perdida con la revolución, un argumento de una “utilidad” de la religión que abría la puerta para su control por lo político. Empero, hubo dinámicas tanto políticas como eclesiales que cuestionaron esa relación, el autor se refiere en particular a la “afirmación soberana del catolicismo”, que es el título del segundo capítulo.

La historiografía reciente ya ha abordado con cierta extensión temas como la “romanización” de la Iglesia en el siglo XIX, pero el ensayo que comentamos es particularmente elocuente en su demostración de que se trata del surgimiento de una “soberanía apostólica” resultado paradójico de la propia “soberanía nacional”. Nuestro autor explora los no menos paradójicos caminos del “absolutismo eclesial”, promovido en particular por el movimiento del padre Lamennais, que se separa de Roma por haberlo llevado hasta el extremo de negar la necesidad del propio Estado, rozando así el “absolutismo democrático”. Mas allá de esa especificidad francesa, su análisis nos lleva, claro está, a reconocer la importancia de la unidad litúrgica, de nuevo de inspiración lamennasiana, que acompaña y culmina la consolidación de la noción de Iglesia como societas perfecta. La liturgia era el lugar de su  expresión visible: las devociones y fiestas romanas y en torno al Papa y la deslegitimación de la legislación que obligaba a las oraciones por el rey o por la nación, constituyen así algunos de sus fundamentos.

Ya lo adelantábamos, los capítulos siguientes, más bien breves, abordan de manera puntual los detalles de la liturgia. En primer lugar, los capítulos 3 y 4 abordan las oraciones en la misa, empezando por la mención del nombre del soberano en el canon y continuando con las conocidas como colecta, secreta y de poscomunión. Es acaso el punto más original de todo el ensayo: hasta dónde he podido ver, poco interés ha habido en esas sencillas menciones, algunas tradicionalmente susurradas por el preste, pero que Petit nos recuerda que tenían lugar en momentos fundamentales del ritual. Algunas conocieron adaptaciones interesantes incluso aceptando la transformación al régimen republicano. Más conocidas en nuestra historiografía han sido las oraciones públicas, no tanto el Domine salvum fac (capítulo 5) cuanto el Te Deum (capítulo 6). Es cierto, muchas de esas oraciones de la soberanía serán retenidas a favor de la soberanía del Papa, en particular el Te Deum, pero nuestro autor nos explica tanto los motivos políticos para su abandono, como para su recuperación en ciertos momentos de crisis nacional francesa, incluyendo las guerras mundiales.

Algo más clásico es el estudio del capítulo 7 sobre las coronaciones y las fiestas de santos patronos nacionales, aunque el caso francés resalta por la disputa entre Estado e Iglesia por algunos de ellos, en particular Juana de Arco. Más interesante en cambio, es el análisis final de las discusiones sobre la implementación de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II en las regiones francesas en que no se ha establecido la separación Iglesia-Estado. El profesor Petit detalla cómo el régimen del general De Gaulle no dejó de mostrar interés en la conservación de la presencia nacional en la misa, mientras los reformadores litúrgicos se interesaban es su des-institucionalización y universalización.

La obra se cierra con un curioso anexo en que se compara la situación francesa con la de otras naciones europeas. No deja de extrañarse la ausencia de América, aunque es cierto que México y Perú aparecen mencionados de manera muy puntual en un par de ocasiones. Es cierto, la obra anuncia en sus últimas páginas la consolidación del universalismo católico de las últimas décadas, su renuncia de principio a la mediación institucional, que estima incluso como una ventaja. Mas el planteamiento mismo, bien que novedoso, que abre temas interesantes a la reflexión y a la comparación, no deja de estar enmarcado profundamente por lo nacional, la explicación de algo que se estima específicamente francés, pero visto del exterior no siempre lo es tanto.

Cerremos esta reseña de manera levemente original, con música: el Domine salvum fac que se cantó en la coronación y consagración de Napoleón Bonaparte en 1801, en la Catedral de Notre-Dame de París, compuesto por Paisiello.

Una mujer buscando la libertad en la Sevilla del XVIII

DSCN1434Era el miércoles 3 de septiembre de 1777, cuando, según el libro de acuerdos correspondiente (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 71888, f. 24v), el Cabildo Catedral de Sevilla, reunido de manera ordinaria en su sala capitular (de donde procede la imagen) y presidido por su deán, don Miguel Antonio Carrillo, recibió una petición que salta a la vista, no sé si para los ya habituados a esa fuente, pero sí en mi caso como neófito. Esto, porque provenía de una mujer esclava africana. Antes de transcribirla y de comentarla brevemente, debo aclararlo: se trata de un documento que sin duda cobraría mayor sentido si se inscribe en un conjunto más amplio de documentos sobre la vida de la protagonista (que por lo que se dice en esas breves líneas debió haber dejado tras de sí algún expediente interesante), o más todavía, de otros personajes que correspondan a su misma condición de esclavos africanos en el reino de Sevilla de la época, o al menos a la revisión exhaustiva de su presencia en el mismo fondo documental. Empero, en realidad esta publicación es producto de un encuentro casual con ese documento mientras revisaba dichas actas para otros fines. Me temo que no son los temas que pueda ahora mismo abordar de manera adecuada, me conformo pues con comentar algunos de sus elementos más evidentes, a partir de lo que menos desconozco, la historia religiosa y política de la Monarquía hispánica del Siglo de las Luces.

Pasemos pues al documento, dicen las actas:

Se leyó una petición de María del Carmen, natural de Angola, cristiana nueva y esclava de D. Antonio Escobar, escribano de la villa de Chucena, solicitando limosna para ayuda de rescatar su libertad, que en justicia había pedido, y la Real Audiencia de esta ciudad decretado a su favor, por el mal trato que le daba su amo, para cuyo fin tenía la correspondiente licencia del señor provisor y vicario general de este arzobispado, y cuyos documentos presentó. Y el Cabildo, en vista de ellos y en atención a lo piadoso de esta causa, vino en conceder a dicha suplicante la cantidad de trescientos y noventa y siete reales de vellón de limosna, que según las apuntaciones que presentó de limosnas ofrecidas, era la que le faltaba para completar los cien pesos en que estaba ajustado el rescate de su libertad, la que se le entregase luego que éste se llegase a verificar.

Mujer, “negra”, esclava y cristiana nueva, estas breves líneas que nos permiten asomarnos a la vida de María del Carmen nos la representan como alguien que, situada en las posiciones más bajas de las jerarquías sociales de la época, parecía haber aprendido bien el funcionamiento de las instituciones y jurisdicciones civiles y religiosas del Antiguo Régimen. En principio, había acudido a la Real Audiencia de Sevilla, es decir, a un tribunal que representaba a la justicia del rey, actuando siempre en su nombre, por el maltrato que le daba su dueño. Cabe recordarlo en efecto, en el Antiguo Régimen los propietarios, en términos legales (que no se cumpliera semper et ubique, es otra historia), tenían unas obligaciones mínimas con sus esclavos. En una monarquía católica como la hispánica, eran desde luego, obligaciones fundadas en términos mayormente (aunque no sólo) religiosos, que la legislación establecía de manera explícita desde tiempos medievales, al menos desde las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, y que el rey, en su carácter de justiciero, debía hacer respetar. Entre esas obligaciones estaban la alimentación, el vestido, la limitación del castigo físico y claro, el adoctrinamiento cristiano, que implicaba su acceso libre a los sacramentos. Hoy todo ello puede parecernos de extraño a escandaloso, visto que nuestra sociedad se basa en la idea de derechos humanos y de igualdad, pero el funcionamiento del Antiguo Régimen estaba fundado al contrario, en la desigualdad y en el privilegio. María del Carmen, se entiende, pudo aprovechar esa legislación a su favor, no sabemos cómo, pero su declaración implica que pudo ser escuchada en un tribunal en que los procedimientos eran sobre todo por escrito y a través de abogados, e incluso obtuvo una sentencia favorable en la época, aun si para nuestra lógica resultaría injusta: se le permitió comprar su libertad.

Y obtenida esa victoria legal, para aprovecharla cabalmente, se entiende que conocía bien otro principio religioso fundamental para la sociedad de la época: la caridad. Tema particularmente querido y controvertido en el siglo XVIII, cuando los “ilustrados” empezaron a sistematizar la crítica de la holgazanería y a elogiar el trabajo, pero también a identificar religiosidad con el ejercicio práctico del amor al prójimo, en particular al desvalido. Desde siglos atrás, el mundo hispánico había incluso montado algunas de sus más grandes empresas a partir de contribuciones caritativas como las limosnas. Voluntarias en principio, pero más obligatorias moralmente, había instituciones completas que dependían de ellas (como ciertas órdenes religiosas que justo se llamaban por ello mendicantes, como franciscanos y dominicos) como también grandes construcciones de edificios de culto, de atención hospitalaria, de educación y un interminable etcétera. Nos lo ha recordado para el caso novohispano la obra de la profesora Annick Lempérière Entre Dios y el rey, la república, lo mismo el rey que el más humilde de sus vasallos daban limosna constantemente para todo género de causas públicas.

Pues bien, María del Carmen hizo de la suya una causa caritativa, pero de nuevo lo hizo además legalmente. Recurrió al juez eclesiástico que ejercía jurisdicción a nombre del arzobispo de Sevilla, el provisor y vicario general de la arquidiócesis, se entiende que para pedirle licencia para colectar limosna para el pago de su libertad. En el mundo hispánico no era raro, empero, ver demandantes de limosna que lo hacían sin documento alguno, pero justo se trata de una época en que la vigilancia sobre las demandas de limosna se intensificó, por lo que era prácticamente necesario si quería continuar aprovechando las vías legales. No sabemos a quiénes pidió limosna, pero ya es indicativo que se dirigiera al Cabildo Catedral, el senado del arzobispo de Sevilla, corporación eclesiástica que además acaso pudo conocer referida en el propio pueblo de Chucena, pues su iglesia era “capilla de la Santa Iglesia”, es decir, estaba bajo la jurisdicción de la Catedral y no del arzobispo. El presidente del Cabildo, el deán Carrillo, aunque no hemos encontrado estudios exhaustivos sobre su vida y obra, por algunas otras referencias pareciera haber sido justo un hombre del “catolicismo ilustrado”, crítico de la mezcla de lo profano y lo sagrado en el culto, favorable a la caridad, acaso en esa lógica es que vio la petición como una “piadosa causa” según se asentó en el acta.

El recurso al Cabildo Catedral terminó siendo particularmente provechoso: dando buen ejemplo de eclesiásticos caritativos, los canónigos, como vemos, le completaron a María del Carmen el pago de su libertad. Desde luego, no es que aprovecharan para cuestionar la esclavitud, pues de nuevo eso sería esperar de ellos que se hubieran comportado con la lógica de nuestros días. Este breve fragmento, repetimos ya finalmente, es más bien provechoso para explicar el funcionamiento del Antiguo Régimen, y la forma en que sus instituciones podía servir a la causa precisa de una mujer esclava africana, sin duda inteligente como para haber dejado este testimonio de su paso ante aquellos graves oidores y canónigos.

Confucio, de los jesuitas a los filósofos, pasando por los ilustrados

Anne ChengHay que comenzar por aclarar que ni el autor se ha perdido, ni el lector se ha equivocado de página. En esta ocasión este espacio está dedicado a la presentación de una nueva traducción libre realizada a partir de los materiales disponibles en la página del prestigioso Collège de France, en concreto, los resúmenes anuales de los cursos que en él se imparten: presentamos pues una versión en español del resumen del curso que la Dra. Anne Cheng (a quien vemos a la izquierda en foto tomada del sitio de esa institución), titular de la cátedra “Historia intelectual de China” impartió en el ciclo 2008-2009, titulado “Confucio revisitado: textos antiguos nuevos discursos”.

Aunque a primera vista pareciera que “está en chino”, como se suele decir coloquialmente, habría que decir que la profesora Cheng nos muestra más bien que la representación de Confucio ha estado más bien en lenguaje occidental desde el siglo XVII al menos, gracias en primer término a la obra misionera de los Jesuitas. En ese sentido, los dicursos sobre China y Confucio son de interés también para la historia del catolicismo, ya lo verá el lector, porque nos muestran no sólo los procedimientos específicos de los hijos de San Ignacio, sino más bien las tensiones al interior de la Reforma católica, y además, los inesperados caminos, más seculares del producto de sus labores. En efecto, la representación de Confucio fue primero religiosa y luego secular, lo cual no deja de ser también un punto interesante del proceso de secularización occidental.

Pero no adelantemos más, será el lector curioso quien se entere cuál es la relación que une a Confucio con la Reforma católica, la Ilustración y el surgimiento de la Filosofía profesional universitaria en la traducción de:

Anne Cheng, “Confucio revisitado: textos antiguos, nuevos dicursos“, traducción libre del resumen anual del curso impartido en el Collège de France, 2008-2009.