Archivo por meses: mayo 2015

Un personaje medieval del siglo XIX

Gregorio VIILa prensa del siglo XIX es interesante, entre otros motivos, porque en medio de sus debates más acalorados, era capaz de ofrecer verdaderas lecciones de historia. En efecto, de manera particular cuando se trataba de los debates de temas religiosos, era muy común que los publicistas de la época se extendieran en dar cuenta de personajes y épocas a veces remotas, que estimaban en los orígenes de los temas que denunciaban. Tratándose del “fanatismo” y de la “superstición” en que los publicistas liberales solían inscribir el problema de la posición política del clero, no podían, por ejemplo, sino remitir a la Edad Media. Los tintes oscuros con que ya los ilustrados habían cubierto ese milenio eran bien aprovechados en sus combates contra obispos y clérigos, que trataban de afirmar la soberanía eclesiástica a la misma altura que la del Estado, a veces con argumentos modernos, pero que los periódicos no dejaban de descalificar con esas referencias medievales.

Ciertos personajes históricos superaron así la antigüedad para pasar a la actualidad. Evoquemos sólo a uno particularmente controvertido: el papa Gregorio VII, monje benedictino del siglo XI, cluniascense para ser preciso, su nombre original era Hildebrando. Al llegar al trono de San Pedro en 1073, se distinguió por su defensa de la autonomía de los Papas frente a los Emperadores germánicos, publicando documentos como el Dictatus Papae, y protagonizando el primer gran episodio de la Querella de las Investiduras a propósito del nombramiento de obispos. En ese enfrentamiento, el emperador Enrique IV, excomulgado por el Papa, se vio obligado a “humillarse” ante el pontífice, un episodio que vemos inmortalizado por el pintor Federico Zuccari en el cuadro del siglo XVI que vemos en la imagen de arriba. Canonizado en el siglo XVIII por el Papa Benedicto XIII, su fiesta se acaba de celebrar el 25 de mayo. Su memoria fue particularmente controvertida en el siglo siguiente, justo en el momento de los debates que en todo el mundo católico se plantearon entonces sobre el lugar de la religión en el orden liberal.

En realidad no es de extrañar que el Papa que había logrado humillar a un emperador, aunque hubiese terminado muriendo en el exilio, fuera evocado constantemente en el siglo de los grandes debates religiosos del catolicismo. También se le dedicaron entonces varias biografías: circularon al menos por los países de tradición católicas, la del canónigo Alfonso Muzarrelli, la de Philipon de la Madelaine, la de Pierre Antoine de Vidalain, y claro está, la del prusiano Johannes Voigt, de cuya edición francesa de 1838 tomamos esta otra imagen. Los periódicos liberales mexicanos del siglo XIX, casi sobra decirlo, retomaron su memoria en términos negativos, y lo citaron sobre todo en los momentos más álgidos de los conflictos entre la Iglesia y el Estado.

Citemos sólo algunos ejemplos, en aras de no cansar al amable lector con repeticiones. Ya en tiempos del primer federalismo, El Nivel de Guadalajara, lo presentaba como el origen de un despotismo clerical: desde su época, la corte romana “tenía proyectado sujetar a todos los soberanos a su dominación” (12 de julio de 1825, p. 1, en “Del fanatismo”). En tiempos de la primera reforma, la de Gómez Farías, la prensa lo recordó como “pernicioso corruptor de la religión y de la disciplina, a quien Roma debe todo su orgullo” (El Fénix de la libertad, México, 30 de agosto de 1833, p. 3 en “Reflexiones sobre la conducta y principios político-religiosos del reverendo obispo de Michoacán”) y hubo incluso editoriales publicados en varios periódicos del país que lo recordaban como aquél que  “sacudió el yugo que hasta entonces habían llevado los papas y se adjudicó el gobierno temporal de los más hermoso de Italia” (El Demócrata, México, 1o de agosto de 1833, p. 2 y El Mensajero federal, Veracruz, 23 de julio de 1833, pp. 3-4). En tiempos de la Reforma, incluso un artículo de El republicano equiparaba los proyectos episcopales con los de Gregorio VII, advirtiendo al obispo de Puebla, Pelagio Antonio de Labastida, que “no resucitan los muertos” (19 de mayo de 1856, p. 4). Al referirse a su época, La Orquesta, en 1865, no dejaba de introducirlo adviertiendo: “De allá datan seguramente nuestras desgracias” (16 de agosto de 1865, p. 1). En fin, en 1870, El Libre Pensador lo reconocía como “tipo desconocido y profundo del poder temporal de los obispos de Roma y pontífice perfecto en opinión de los ultramontanos de todos los tiempos” (5 de mayo de 1870, p. 10) e incluso “genio que realizó en el pontificado los principios contrapuestos del bien y del mal”.

Todas estas referencias proceden, desde luego, de la siempre útil Hemeroteca Nacional Digital de México. Ellas nos muestra bien hasta qué punto un monje medieval podía ser fundamental para la opinión pública moderna del siglo XIX, así fuera en términos negativos. Gregorio VII, santo a principios del siglo XVIII, fue convertido en la prensa, poco más o menos, en uno de los causantes de los problemas políticos que vivía la república. En el discurso, siempre algo maniqueo de los publicistas, a ocho siglos de distancia y en un país que ni siquiera pudo imaginar que llegara a existir, se convirtió en uno de los “malos” para la opinión liberal.

 

 

Procesiones, violencias y cofradías

Consolación_fachadaEra la noche del 7 de septiembre de 1770, si bien no lo sabemos con precisión, acaso los habitantes de la villa de Utrera, en el reino de Sevilla, habrán notado que algo importante sucedía pues por encargo del síndico del público, los porteros del Ayuntamiento recorrían las casas del Teniente de Asistente, alcaldes y regidores para llamarlos a cabildo extraordinario. El síndico se había enterado de que el superior de los religiosos de San Francisco de Paula (mínimos) del convento de la villa había anunciado que se suspendía la procesión de la venerada y “milagrosa” imagen de la Virgen de la Consolación, que se veneraba en el Santuario adjunto al convento, cuya fachada actual vemos en la imagen. Alarmado, había reunido a la corporación municipal para tomar medidas al respecto y obligar a los religiosos a permitir la procesión, en aras sobre todo de evitar “disturbios y alborotos” de las doce hermandades y multitud de “forasteros” que, como cada año, llegaba justo para participar en la procesión. A eso de la 1 de la mañana, ya del día mismo de la procesión, el superior de los mínimos fue informado judicialmente de la decisión de los munícipes, que acató solemnemente.

Ahora bien, si no necesariamente percibieron esas diligencias, lo que los habitantes de la villa tal vez sí hayan notado era el ambiente de “voces muy lamentables”, e incluso de preparación de una “asonada” contra el convento de que dio cuenta, unas semanas más tarde, el Teniente de Asistente, es decir, el magistrado incorporado en el Ayuntamiento que representaba al rey. Éste, describió a la procesión descalificándola de antemano como el producto “del celo de la devoción” de unos, pero sobre todo como un mero “pretexto de ella”, pues lo que abundaba en dicha práctica era más bien la violencia que habían temido los munícipes. “Embriagados y armados con escopetas, espadas y garrotes, disparando continuos tiros dentro de la iglesia”, era como se formaba el cortejo de la Virgen. Más todavía, el magistrado asociaba procesión con orden, y por tanto, en esta época, con jerarquías, por lo que no le parecía tal una que iba “sin observar orden ni método alguno”, sin autoridades ni civiles ni eclesiásticas. En cambio, decía “va la santa imagen entregada a esta porción de gentes bárbaras”, quienes “con precipitada carrera la conducen por los sitios que se les antoja”, en un trayecto que “supersticiosamente”, se interpretaba por los fieles como “efecto de la voluntad divina”.

Hoy enRetablo_santuario_Consolación día, en que somos más herederos de aquel magistrado, Miguel Rul, que de los fieles andaluces de entonces, puede en efecto parecernos extraña una procesión así. El Teniente de Asistente estimó necesario publicar por bando la prohibición de blasfemias, de venta de embriagantes por parte de mujeres, de entrar con armas a la iglesia, y sobre todo, de que ningún cofrade “fuese osado tomar las andas” de la imagen sino “hasta llegar cada uno al sitio que tienen señalado”. Esto es, según los testimonios recogidos en el expediente (Archivo Histórico Nacional, Consejos, leg. 948, exp. 1, n. 1), la procesión consistía en que una multitud de seglares entraba en la iglesia a las 8 de la mañana, apenas los mínimos abrían sus puertas, y entre todos, sacaban a la imagen de su altar (cuyo retablo actual vemos en la imagen), pero no había propiamente un cortejo jerárquicamente ordenado. La propia multitud establecía el trayecto, que en aquellos años del siglo XVIII, tendía más bien a prolongarse. Si bien las hermandades parece ser que tenían alguna forma de acuerdo sobre el punto donde se intercambiarían a la imagen, ello no evitaba que se la disputaran o al menos trataran de anticiparse a tomarla.

Tal pues, otro aspecto del mundo cofrade del siglo XVIII: en aras de reducir la violencia de sus prácticas, las hermandades de Utrera merecieron ser integradas a la reforma que por entonces se realizaba en varios reinos de la monarquía hispánica, se les recogieron sus constituciones y debieron al Consejo de Castilla para obtener la licencia real. Si hoy subsiste la devoción a la Virgen de la Consolación, su salida es mucho más “clásica” para nosotros. Mas viéndolas históricamente, desde luego, no sólo hay motivo para compartir los prejuicios de los magistrados y del superior de los mínimos, sino que además nos ayuda a comprender la variedad de mezclas entre lo sagrado y lo profano del catolicismo de antaño. La procesión no era sólo devoción, en el sentido interiorista del término, como hubieran querido las autoridades: la fiesta, la violencia y el desorden eran parte de ella, parte legítima desde la perspectiva de los fieles que asistían peregrinando al santuario.

Confieso que desconozco si hubo casos parecidos en el reino de Nueva España, pero el caso de Utrera no deja de recordar otro peregrinaje del antiguo reino de Sevilla, que subsiste hasta hoy con esas peculiaridades, y que justo tiene lugar en estos días: la salida de la Virgen del Rocío con el llamado “salto de la reja”. Aunque mucho más pacífico que el de Consolación en los 1770, se trata justo de una verdadera carrera de los hombres de las hermandades que peregrinan a ese santuario para tomar las andas de la Virgen y sacarla, entre todos, en un auténtico “santo desorden”, para procesionar por los alrededores de su iglesia, como vemos en este video del año pasado.

 

Una cofradía útil: la de la Piedad de Acajete II

Lépero¿Para qué podía servir una cofradía en la época de las Reformas Borbónicas? Esta segunda parte de la exposición del Dr. José Miguel Guridi y Alcocer, cura de Acajete, a propósito de la fundación de una cofradía de la Piedad en su parroquia, nos ilustra al respecto. Vemos aquí que se trataba de un proyecto ambicioso, en que se reunían principios de religión y moral, con principios de economía política. La cofradía debía servir lo mismo para combatir un pecado como la usura, que para poner a circular la riqueza, conforme a las doctrinas económicas clásicas de la época. Nos queda todavía un último apartado, el que el padre Guridi dedicó a las medidas más concretas para esta fundación. Sigamos pues leyendo este proyecto de combate a la pobreza tan propio del catolicismo ilustrado.

Archivo General de Indias, Audiencia de México, leg. 1312, “Testimonio del expediente formado a pedimento del cura y justicia del pueblo de Acajete sobre fundar una cofradía con el título de Piedad”, fs. 1v y ss.

“Pero aquí está la utilidad de la cofradía. Como ella ha de sustentar enteramente al pobre de que se haga cargo, es muy justo emprenda esta seria inquisición, que por otra parte le será muy fácil pues se compondrá de muchos hermanos dispersos por toda la feligresía, entre los que es moralmente imposible no haya alguno que tenga perfecto conocimiento del que pretende vivir a expensas de la hermandad.

Dando pues a ella el particular acomodado las limosnas que había de distribuir por sí, las haría con acierto, evitando los perjuicios insinuados. Y entonces el holgazán, desechado como tal por la cofradía, no encontrando quien le dé se verá precisado a trabajar o ausentarse, con lo cual ya que no lo utilice la república se descartará de un pernicioso.

De esta clase son no sólo los mendigos simulados, sino también otros que, sin profesar este ejercicio, no trabajan. Para remediar este mal es el segundo instituto de prestar dinero aun más útil que el primero. A nadie grava una paga insensible y aprovecha para innumerables fines recibir dinero en junto.

Son muchos los que ahora no trabajan por falta de una corta habilitación con la que lo harían sin duda. Un burro para conducir leña, carbón o madera a Puebla y Tepeaca, ejercicio tan común en este partido, se compra con ocho o diez pesos, y con cosa de treinta una yunta, que es un caudal para un indio, con que afianza la subsistencia de su familia. Con la misma cantidad levanta un tejedor un telar y habilita uno o dos cortes de manta, que le dan de comer. El arriero se hace de una mula para sustentarse de sus fletes. El zapatero aun con menos se provee de hormas, formón, suela y cordován. El comerciante y cualquiera otro compra sus menesteres más baratos a dinero que al fiado. El pegujalero siega su trigo, por ejemplo, sin malbaratarlo porque le adelanten. Y hasta el labrador rico, en aquellos breves instantes que suele tener de pobre, con igual cantidad sale de una raya u otra urgencia. En los principios no podremos extendernos a más de esta clase de habilitaciones. Pero de tres o cuatro años como de uno en otro han de ir creciendo los fondos de la cofradía, ya se habilitará para la siembra de un pegujal y con el tiempo tal vez haremos feliz a un hombre honrado para poner una tienda o colocarlo en un rancho o finca entera.

Con la seguridad de estos ocursos se desvanecerá el demasiado miedo que por su falta se tiene a la pobreza y el dinero que se mantiene inutilizado en los fondos de las arcas de algunos particulares saldrá a circular con provecho de todos. En una palabra, un fondo que se franquee a cualquiera pondrá en acción las manos que ahora no trabajan y fomentará la industria de los laboriosos: dos fuentes verdaderas de los auges del diezmo de la Iglesia, de los derechos del Real Erario y de la felicidad pública.

Mas no es esto lo más [que] se desterrará: con sólo conseguir la utilidad que voy a expresar se hará el mayor servicio a Dios y al bien común. Se desterrará la usura tan generalmente extendida, no sólo la paliada de los repartimientos, en que unas pocas varas de manta liadas a las ancas de un caballo flaco se convierten en breve en un grueso caudal, sino también la clara, pagándose diez reales por cada peso que se recibe prestado. Mounstruo contra quien no han valido mis declamaciones, aunque me he revestido de todo el terror de mi ministerio, ni son bastantes para exterminarlo sin la cofradía todo el poder y rigor de la justicia. Como el jornalero que vive de su trabajo y la infeliz que pasa de su torno jamás se juntan ni aún con la corta cantidad necesaria para comprar una fresada o unas naguas, los obliga su miseria a pasar de cuantos lo impiden a ocurrir al usurero, a quien enriquecen con su sudor, por sólo la conveniencia de no hacer la paga de un golpe. Este movido cesa con la cofradía.

Sobre todo, su primer instituto encierra todas las conveniencias de los hospicios, sin el gravamen de privar al pobre de su libertad, dejándolo gozar de su rincón y de sus hijos. El segundo comprende las del Monte Pío de México, con la ventaja de la paga paulatina y sin necesidad de alhaja. Con uno y otro se remedian las tres clases de pobres que se distinguen comúnmente. Los inválidos, socorriéndolos enteramente. Los laboriosos, a quienes no alcanzan sus tareas para sustentar sus familias, proporcionándoles en los préstamos el medio de que les rinda más su trabajo. Los holgazanes, descubriendo su flojera y ociosidad, para que nadie les dé y el magistrado obre con ellos lo que previenen nuestras leyes. Y en ambos se interesan los más importantes objetos: la religión, la Iglesia, el erario, la república, los particulares…

Letanías, cuerpos y cortesías

Diario Manual 1751 PortadaLa catolicidad de antaño procesionaba prácticamente por cualquier motivo, pero lo hacía de manera ordinaria con mayor énfasis entre la Cuaresma y la Semana Santa, como sigue sucediendo hasta hoy en muchas partes. En cambio, ha quedado casi en el olvido un segundo momento fuerte de procesiones: casi al final de la primavera, desde el triduo de la Ascensión hasta la octava de Corpus. Fiestas apenas recordadas, aunque en algunos lugares se han integrado al calendario civil, como ocurre con la Ascensión en la empero muy laica República Francesa.

Mas volvamos a nuestro tema: Los días previos al Jueves de Ascensión eran un momento particularmente importante de procesiones. Recordémoslo con ayuda del Diario manual del Cabildo Catedral de la Metropolitana de México de 1751, cuya portada vemos al margen, disponible en la Biblioteca Digital Hispánica. Era la ocasión para la reunión del cuerpo de la Iglesia a través de sus numerosos cuerpos, con sus símbolos y sus imágenes: “cofradías con sus guiones, estandartes y santos” abrían el cortejo, seguidas por las cruces altas de las parroquias tradicionales de la capital, las de San Miguel, Santa Catalina y Santa Veracruz, la del Sagrario Metropolitano se entiende que iba unida a la propia Catedral. Tras ellas, como correspondía en una ceremonia eclesiástica, en que la jerarquía asciende del frente hacia atrás, venía ya la Catedral Metropolitana en pleno: pertiguero, cruz y ciriales con un medio racionero, acólitos, clero (curas, capellanes, etcétera) y en fin, los canónigos (medios racioneros, racioneros, canónigos propiamente dichos y dignidades) portando sus capas procesionales. Desde luego, podía cerrar el arzobispo en persona: durante siglos el prelado de mayor jerarquía de todo el reino. Al contrario, tras la procesión, vendría la jerarquía que hoy diríamos “civil”, en orden inverso: primero las autoridades, en principio la “Nobilísima Ciudad”, es decir, el Excelentísimo Ayuntamiento de México, precedido por sus maceros, “bajo de mazas” como solía decirse, las que se abrían muchas veces también para la nobleza y particulares “de distinción” que quisieran unírsele.

ChurchSantoDomingoDFMas para representar cabalmente a la Iglesia como cuerpo, hubieran faltado algunos miembros no desdeñables: las órdenes religiosas. No se unían al cortejo de las letanías, pues la procesión se dirigía hacia las iglesias al menos de las más antiguas: en las letanías mayores del día de San Marcos se iba a la iglesia de los dominicos, cuyo estado actual vemos en la imagen. En las rogativas de la Ascensión, el lunes el destino era la iglesia de los franciscanos y el martes la de los agustinos, mientras que la última sólo le daba la vuelta al atrio de la propia Catedral. Las tres primeras eran pues oportunidad para que las comunidades de religiosos salieran en pleno a recibir solemnemente al cuerpo de la Iglesia que venía encabezando el Cabildo Catedral o el arzobispo. Era entonces que los frailes se sumaban, o literalmente “se incorporaban” a la procesión: sus cruces se unían a las de las parroquias, sus prelados a los canónigos, los religiosos escoltaban por los lados. Lo propio ocurría a la vuelta: las comunidades debían “salir a dejar” la procesión, “hasta pasar de una cuadra de calle”.

El triduo de la Ascensión reunía así al cuerpo de la Iglesia local para rezar la letanía de los santos, e invocar a la Iglesia Triunfante para las necesidades corporales y espirituales de la Iglesia Terrenal. El Diario manual lo tenía previsto pero no era particularmente específico, se movilizaba de manera particular a ciertos abogados celestiales en sus imágenes o en sus reliquias. Acaso alguna vez salieron por las calles de la capital alguno de los relicarios que vemos en la imagen, actualmente ubicados en la sacristía de la Catedral.  Las iglesias a dónde estas procesiones se dirigíanDSCF8118 eran además particularmente significativas en la memoria o en las jerarquías locales culminando casi siempre en la más importante: si en México la última sólo rodeaba a la Catedral Metropolitana, en Roma las rogativas iban a las basílicas mayores papales (Santa María la Mayor, San Juan de Letrán, San Pedro del Vaticano).

Representación del orden de la catolicidad tan querido desde la llamada Contrarreforma o Reforma católica, la procesión de letanías menores no era menos un auténtico teatro político. En efecto, era una función en la cual, como las de Semana Santa y otras, una preocupación no menor eran las cortesías, verdaderos actos políticos en los que se hacía visible el poder y jerarquía de las autoridades. No era casualidad que el Diario manual recordara además que cuatro capellanes de coro debían salir a recibir a la “Nobilísima Ciudad”, es decir, al Ayuntamiento capitalino. Recepción que además estaba también particularmente regulada porque a veces podía implicar el uso del agua bendita por aspersión o tomado de la aspersorio por los miembros de los tribunales. Otro tanto podía ocurrir entre los propios cuerpos eclesiásticos, que no por estar formados de graves canónigos, austeros frailes o devotos cofrades estaban menos preocupados por mantener la “representación” de sus corporaciones. Cualquier cambio inesperado o “desaire” era inmediatemente motivo de querella, de largas disputas, de verdaderos conflictos de poder.

Sin embargo, ya lo veremos más adelante este año, era sin duda la procesión de Corpus la que mayor atención concentraba como espectáculo religioso y político por excelencia del Antiguo Régimen.

Comunidades naturales vs. Estado moderno. Derecho plural vs. codificación.

En esta ocasión, una entrada breve, simplemente para presentar un video interesante, que sin embargo, en apariencia no corresponde a la problemática de esta página. Se trata de una comunicación presentada el año pasado por la profesora Annick Lempérière, y en que analiza la cultura jurídico-política hispanoamericana (mexicana en particular) de la primera mitad del siglo XIX. Esta cultura estaba marcada por la tradición heredada de tiempos medievales, que estimaba al Derecho como algo “natural”, anterior a la voluntad política, y no como producto de ésta, como era ya en la cultura jurídica del Estado moderno. Derecho además múltiple en sus fuentes, como múltiples eran las corpora, los cuerpos, los pueblos, que conformaban la estructura de la monarquía.

Casi sobra decirlo, se trata de una cultura jurídica profundamente católica, de ahí la pertinencia de esta exposición en este blog, que trataremos además de profundizar en artículos posteriores en algún momento. Mas la profesora Lempérière nos muestra sobre todo, por una parte, las dificultades que implicaba para la construcción de un Estado; de hecho, duda bien de la existencia de éste en la América hispánica de la época. Por otra parte, nos explica las circunstancias de dicha supervivencia, no como un lastre o meramente por el peso de la tradición, sino por la propia voluntad de ciertos actores sociales y políticos. En ese sentido, como prácticamente toda la obra de la profesora Lempérière, resulta una apasionante relectura de la historia política, jurídica, pero también religiosa de América latina.