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Una cofradía útil: la de la Piedad de Acajete I

Firma GuridiJosé Miguel Guridi y Alcocer (1763-1828) es un personaje bien conocido de la historiografía, sobre todo por su trayectoria como constituyente. Clérigo, fue diputado por Tlaxcala en las Cortes de Cádiz (1810-1812) y uno de los redactores de la Constitución de ese último año. A más de firmar el Acta de Independencia de 1821, como vemos en esta imagen, también fue diputado en los primeros Congresos Constituyentes mexicanos, por lo que también contribuyó a la redacción de la Constitución de 1824. También tuvo una trayectoria eclesiástica notable: hizo una breve carrera de párroco (aunque sus inicios no le fueron particularmente gratos), fue promotor fiscal de la mitra de Puebla, llegó a ser canónigo en la Catedral Metropolitana de México. Mas aquí nos interesa por un proyecto de sus años de párroco de Acajete a principios de la década de 1790, que no es desconocido de la historiografía, y en el cual propuso la formación de una cofradía, titulada de la Piedad, para atender un problema fundamental de su parroquia: los pobres, que no necesariamente la pobreza.

En efecto, eran los tiempos de las Reformas borbónicas, y también de la Ilustración hispánica. Guridi se hace eco de inquietudes que ilustrados y reformistas compartían en el sentido de la crítica de la mendicidad. Los demandantes de limosna, ya lo verá el lector, suscitaban problemas de diverso orden tanto en lo sagrado como en lo profano. Era necesario encontrar una nueva manera de atenderlos, pero que fuera distinta a la caridad tradicional, es decir, simplemente a través de la limosna. Justo para ello nuestro activo párroco introduce su propuesta, que además llegó en plena de reforma de cofradías, que justo favorecía este tipo de proyectos. Frente a las tradicionales cofradías sólo dedicadas al culto, a las fiestas de santos e imágenes marianas, la de Guridi se dedicaría a la caridad bien entendida, por lo que él mismo, y cabe decir de antemano que los magistrados y eclesiásticos que vieron su propuesta también, la estimaron como auténticamente “útil”.

Veamos pues lo que planteó a su feligresía el padre Guridi y Alcocer, primeramente describiendo el “instituto”, es decir, la finalidad y regla de su cofradía piadosa. En la ilustración vemos justo un ejemplo del “problema”: el lépero, litografía tomada de la obra de Claudio Linati, Trajes civiles, militares y religiosos de México (1828).

 

Archivo General de Indias, Audiencia de México, leg. 1312, “Testimonio del expediente formado a pedimento del cura y justicia del pueblo de Acajete sobre fundar una cofradía con el título de Piedad”, fs. 1v y ss.

“En el pueblo de Acajete en siete de septiembre de mil setecientos noventa y cuatro años, juntos los labradores y vecinos así españoles y demás castas que Léperollaman de razón de toda la doctrina con asistencia del teniente de la Real Justicia del partido D. José de Arévalo. Yo el infrascrito cura les hice el discurso siguiente.

La miseria casi general de toda esta vasta feligresía que por destino de la Providencia aunque sin mérito mío se halla encargada a mi cuidado, no podía menos consternarme estimulándome a buscarle el más pronto remedio. Después de habérmelo hecho conocer la triste experiencia de cerca de tres años, y después de haber revuelto mil ideas para suplir la escasez de mis fondos, que no igualan ni la necesidad que se padece, ni los deseos que tengo de su socorro, he dado en un pensamiento que imagino no muy ajeno de este propósito. Pero temiéndome me engañe como propio y dependiendo únicamente su verificativo de que lo abrace el común he formado esta junta para que en ella se examine y califique.

Todo se reduce a que fundemos una cofradía de Piedad sobre lo que cada uno expresará con libertad su dictamen después de oirme exponer su instituto, sus utilidades y los medios de plantearla. Su instituto es el más piadoso, sus utilidades las mayores y comunes a todos y los medios muy fáciles como acomodados a nuestra constitución. Tres puntos que presento a vuestra reflexión para que los peséis con la madurez que exige la importancia de su objeto.

Este tiene dos partes que forman todo el instituto de la cofradía. Lo primero, sustentará a los pobres inválidos calificados previamente de tales, haciéndose cargo enteramente de ellos de manera que no necesiten en lo sucesivo de mendigar, sino ocurrir una vez en la semana por cuanto hayan menester en toda ella, y estando impedidos se les ministrará en su propia casa. Lo segundo, prestará dinero a cuantos lo necesiten bajo los afiances y seguros correspondientes, contentándose con una paga paulatina de dos reales semanarios y sin llevar premio alguno. De uno y otro resultan tantas utilidades que siendo imposible por su número fonderlas todas me contentaré con insinuarlas.

Supuesto que los pobres afianzan en la cofradía su manutención, se excusa al vergonzante el bochorno, y así a él como a los otros, la molestia de pedir a nuestras puertas y las de los templos, [éstas] estarán despejadas de unos infelices que excitando la piedad provocan muchas veces la náusea, y el asco por sus llagas y podredumbre, especialmente a la hora de comer en que acuden de ordinario. Aquellas concurrencias de regocijo tanto públicas como privadas que permite la virtud para rehacer el espíritu fatigado con los negocios serios, no se verán interpoladas con estos tristes objetos tan ajenos y a veces contrarios a su fin. El imposibilitado de dar limosna se librará de la pena de moverse a compasión por un miserable a quien no puede socorrer. Los robos y comercios ilícitos entre uno y otro sexo, que ahora facilita la libre entrada de los pobres en las casas, cesarán enteramente. Los nombres más sagrados de la religión y la relación de sus misterios, desolada con embustes en un estilo burdo e indecoroso, desterrada la necesidad de pedir, no los oiremos ya resonar en las calles y en los lugares más profanos en boca de los mendigos. Últimamente el asiento en esta cofradía así como en las demás afianza el funeral, en ésta fomenta un vínculo con que sustentarse en el caso, de que nadie está libre, de venir a miseria, interés tanto mayor que aquél, cuanto excede el bien que el hombre ha de disfrutar en vida, al que aguarda para después de sus días, y fuera de esto el de escasas facultades se proporciona el gran mérito de dar limosna sin tener obligación. Y el rico la cumple como debe sin perjuicio de la república y sin ofensa de la Majestad Divina.

Aquí es preciso hacer alto, a pesar de la brevedad que intento en este discurso. Hace tiempo que se declama contra el abuso de dar limosna sin discernimiento. Ha introducido mil daños esta caridad mal dirigida, pronta siempre para cualquiera que pide sobre este seguro, el holgazán toma la figura de mendigo vistiéndose de andrajos, encogiendo un pie, torciendo una mano, fingiendo una llaga con un parche. Son sobrados y bastante sabidos los ejemplares de esta maldad para que yo me tome el empeño de persuadirla, sólo que debemos insistir son los males que origina.

La república pierde otros tantos soldados, labradores, artesanos, cuantos son los vagamundos que pudiendo servirla toman por oficio la mendicidad. Dejando de ser útiles se vuelven perniciosos ya que usurpan el patrimonio de los pobres verdaderos, ya porque comen la sustancia de los vecinos honrados y laboriosos, sustentándose forzosamente del sudor de éstos, supuesto que se mantienen y no trabajan, ya finalmente, porque sobre la baza de holgazanería, ociosidad y falta de vergüenza, principios todos de corrupción, es preciso se estraguen sus costumbres y contagien a muchos con su mal ejemplo y comunicación. O, y como bajo el especioso título de piedad y a la sombra de un adagio mal entendido de no acatar a quien se hace bien las personas más virtuosas inadvertidamente están fomentando la embriaguez, la lascivia, el juego, un sinnúmero de vicios.

Bien veo que para dar un pedazo de pan o un medio real pedido por lo más sagrado que tiene la religión, nadie deberá entrar en el prolijo examen de si es sólo apariencia la necesidad y enfermedad con que se presenta el que lo pide, y si lo ha de invertir en un fin vicioso. Era éste mucho gravamen para una dádiva tan pequeña y un particular carece de arbitrio para indagar la verdad en esta materia. Pero aquí está la utilidad de la cofradía…

Sacerdotes y campesinos, entre proyectos globales y realidades locales

11157002_597281677111273_1594068714_nEduardo Camacho Mercado, Frente al hambre y al obús: Iglesia y feligresía en Totatiche y el cañón de Bolaños, 1876-1926, Arquidiócesis de Guadalajara-Departamento de Estudios Históricos/ Universidad de Guadalajara-Centro Universitario de los Lagos, 2014, 364 pp.

Esta obra, sin duda, está destinada a convertirse en un clásico para su problemática, período y región. El autor, Dr. Eduardo Camacho, es profesor del Departamento de Humanidades del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara. Autor joven aún aunque con una trayectoria docente ya larga, y con publicaciones anteriores en materia de historia cultural y religiosa del Occidente de México (Pasar la palabra. La pastorela de Ayotitlán, 2004). En esta ocasión, nos ofrece la versión final de la que fue tesis para obtener el grado de Doctor en Ciencias Sociales por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS)-Unidad Occidente. Tesis además, merecidamente galardonada con el Premio Francisco-Xavier Clavijero del Instituto Nacional de Antropología e Historia y que obtuvo mención honorífica del premio Atanasio G. Saravia de Fomento Cultural Banamex.

Antes siquiera de entrar en su contenido, destaquemos todavía que se trata de un texto escrito con una elegante cuanto sobria pluma, y con un cuidado notable por el detalle tanto en su argumentación como en el tratamiento de sus fuentes. Trabajo compacto, consta de un texto de poco menos de 300 páginas de ágil lectura, estructurado en 7 capítulos más introducción (que conserva una estructura propia de una tesis) y conclusiones, y completado por una serie de cuatro anexos: mapas, cuadros, documentos e imágenes. Estas últimas, una serie de fotos de gran interés, cuya calidad y presentación podrán sin duda mejorarse para futuras ediciones. Completa la obra una bibliografía de 235 títulos más algunos otros documentos de diverso género, efectivamente trabajados intensivamente a lo largo de la obra. El autor además consultó de manera no menos intensiva ocho distintos archivos, mayormente regionales. Se trata pues de un trabajo que por todo ello puede considerarse ejemplar, en el mejor de los sentidos, de las reglas del oficio del historiador contemporáneo.

Como ocurre con las obras bien logradas, es difícil limitarse a una sola idea para definirlas. Frente al hambre es un estudio regional pero que, como nos advierte el autor en la introducción, en realidad tiene la gran virtud de abordar dos realidades regionales estrechamente cercanas, comparándolas de manera sistemática. Al mismo tiempo, es un trabajo inteligente, que hace gala del juego de escalas entre lo global y lo regional; que asimismo hace una verdadera microhistoria de Totatiche y el cañón de Bolaños, pero que la inserta en un análisis de amplio alcance sobre el enfrentamiento entre el catolicismo y la modernidad. Aunque hay un peso fundamental de lo institucional en toda la obra, otro de sus aciertos es lograr integrar las cuestiones culturales y propiamente religiosas, saliendo así de los esquemas más clásicos de la historia de la Iglesia y el Estado. En fin, la misma introducción lo advierte, la verdadera problemática del autor se sitúa en la relación entre procesos hegemónicos y realidades locales, cuyos actores, debemos también reconocerlo, son presentados objetivamente y en el seno de sus relaciones de poder.

Frente al hambre, ofrece al lector en sus primeros tres capítulos, magistrales síntesis de la historia del catolicismo social en México, de los proyectos de la arquidiócesis de Guadalajara desde finales del siglo XIX y principios del XX y de la historia de las regiones de Totatiche y del cañón de Bolaños, hechas en general a partir, ya decíamos, de una exhaustiva e intensiva revisión bibliográfica. En los dos primeros tenemos ante todo una historia política de la Iglesia católica; por ello es la parte más marcada por los temas institucionales, que nos presenta los proyectos hegemónicos y globales aterrizados a escala nacional. En el tercero encontramos además a un autor que sabe introducir de manera inteligente las variables geográficas, y tratar también con la larga duración y con los movimientos sociales, sin caer en determinismos de ningún género. Desde este tercer capítulo, se van delineando, además, las líneas de comparación entre las dos regiones de análisis, que serán constantemente retomadas en las páginas subsecuentes.

Los capítulo IV al VII, en cambio, entran ya en la problemática central de la obra. Destaquemos que en ellos el profesor Camacho se distingue por, sucesivamente y de manera equilibrada, dirigir su observación hacia unos y otros actores de su estudio. Lo mismo analiza la mirada que sobre los fieles tenían esos sacerdotes formados en el catolicismo social, que al contrario, la mirada de los fieles sobre los clérigos (cap. IV); los intereses de éstos en materia de devociones a promover y dirigir en sus parroquias, no menos que las defensas de la religión y autonomía locales que llegaron a suscitarse contra los eclesiásticos (cap. V); y por supuesto, en los conflictos con los representantes locales del Estado liberal y revolucionario, las posturas ideológicas  y los intereses específicos e del clero, de las élites locales, de los profesores y campesinos (cap. VII).

La obra en su conjunto es interesante, sin duda, pero hay algunas páginas de una riqueza particular: aquellas que abordan temas de sensibilidades y temas simbólicos, o las que a través de la biografía le dan rostro humano (a veces demasiado) a esos grandes proyectos globales. Así, tal vez lo más original (y de lo más bello también) de todo el libro es el apartado dedicado a los “Espacios vividos, andados, imaginados” por los campesinos y sacerdotes de las dos regiones. Algo semejante puede decirse de los apartados dedicados a las luchas por el espacio y el tiempo del último capítulo. En esas páginas, el profesor Camacho muestra bien hasta qué punto el enfrentamiento, político e institucional entre Iglesia y Estado, era además (y acaso más fundamentalmente) una verdadera batalla cultural. En fin, no podemos dejar de subrayar también la pequeña biografía colectiva del clero de Totatiche y el cañón en esta época, con retratos clericales que dan cuenta de que el personal eclesiástico, con todo y la renovación de los seminarios, no siempre era el más oportuno para llevar el catolicismo social a los extremos del mundo.

Al final, más allá del triunfo del catolicismo social en Totatiche y de las debilidades casi insalvables para su instalación en las parroquias del Cañón de Bolaños, el autor nos deja con una obra que abre interesantes caminos para la historia cultural y religiosa del siglo XX mexicano.

Pascuas, vendimias y estrenos

OrizabaA finales del siglo XIX, el cronista orizabeño José María Naredo, publicaba su Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y de la ciudad de Orizaba, del que vemos aquí la portadilla. Obra extensa, en dos tomos, publicada por la Imprenta del Hospicio, que entre otros muchos temas, dedicó largas páginas a describir las “funciones y procesiones que en ella [en la parroquia de San Miguel] se hacían en tiempos anteriores a la promulgación de las leyes de Reforma”. En efecto, el Estudio de Naredo presentaba una auténtica memoria de los fastos religiosos de Orizaba, desde luego el autor no ocultaba para nada su animosidad en contra de la secularización del espacio público que habían significado dichas leyes. Nostálgico conservador, presentó con detalle esas celebraciones, pero al hacerlo también presentaba los argumentos que debían escucharse, desde su punto de vista, para restablecerlas o conservarlas. Ahora bien, lo interesante es que el propio Naredo no podía escapar al proceso de secularización y debió incluir argumentos que no eran exclusivamente religiosos.

Bando RevillagigedoEn efecto, al terminar su descripción de la Semana Santa con el Domingo de Resurrección,  alegó que esas “semanas santas” eran superiores “para el orden moral y para el orden social”, y al decir esto último se refería incluso al ámbito económico. “Traían al comercio y a los ramos industriales pingües ganancias”, afirmó, refiriéndose concretamente a dos ramos: la costura y la venta de alimentos. En ello había una bella paradoja, pues si algo se había criticado, al menos desde el siglo XVIII, en las funciones de Semana, justo había sido la vendimia que se formaba alrededor de las procesiones. Más todavía, el gobierno del virrey Segundo Conde de Revillagigedo incluso había terminado por tomar medidas muy concretas al respecto en la Ciudad de México como vemos en el bando de marzo de 1793 (AGN, Indiferente virreinal, caja 1797), que tomamos prestada de las publicaciones de mi colega José Gabino Castillo en cierta red social. En él se prohibía colocar “puestos de chía, almuerzos, frutas, dulces y cosas semejantes en las calles”, además de “vendedores de matracas, pasteles, ojarascas y demás especies”. Preocupación ante todo religiosa, como se advierte en el señalamiento de que con ellos se “turba la devoción” y se “quebranta el ayuno”. Es cierto, esto no evitó que una década más tarde, en 1804, se denunciaran aún los “puestos de contristajos y vendimias de almuerzos y brebajes” que existían al paso de las procesiones de Semana Santa, como hemos visto en este mismo espacio hace un par de semanas. También en la villa de Orizaba de principios del XIX, según Naredo, se consumía con abundancia “dulces, bizcochos y aguas frescas”, aguas que eran de “loja, horchata, chía y tamarindo”, cuya venta dejaba “muy buenas utilidades”, todo lo cual escandalizaba a los católicos ilustrados, pero era recuperado positivamente por el cronista decimonónico.

DSCF9428 (2)El otro “ramo industrial” destacado por Naredo, no era menos profano, y afectaba no sólo a la Semana Santa orizabeña sino incluso a toda la Cuaresma. En todo ese tiempo, “las costureras no eran suficientes”, al igual que sastres y zapateros, por “el prurito que los individuos de uno y otro sexo de todas clases tenían por estrenar algo en la Semana Santa” afirmó. Ahora bien, el tema del estreno no puede dejar de hablarnos del problema de la galantería: ya en el siglo XVIII, uno de los puntos que el clero denunciaba con más fuerza en las prácticas religiosas era la “mezcla de ambos sexos”, motivo incluso para prohibir las procesiones nocturnas. Entre los liberales decimonónicos había todavía una sensibilidad que denunciaba esas actitudes profanas en el pueblo. Testimonio de ello es el cuadro de Primitivo Miranda Semana Santa en Cuautitlán (1858), un detalle del cual vemos a la izquierda. Lo ha destacado la Dra. Angélica Velázquez (Primitivo Miranda y la construcción visual del liberalismo, 2012), el Cuautitlán del cuadro no es tan sólo el poblado real sino el pueblo imaginado por las élites liberales. De ese pueblo es una magnífica representante la China que mira hacia el espectador, en traje y actitudes no exactamente devotas (al igual que su pareja por lo que toca a lo primero) mostrando incluso el tobillo. El cronista orizabeño, en cambio, deja atrás el tono de escándalo para destacar simplemente el “extraordinario movimiento en las tiendas de ropa”. Por supuesto, él mismo tuvo que detenerse para volver sobre las funciones estrictamente religiosas antes, lamentablemente para nosotros, de seguir detallando “el alboroto de nuestro pueblo” para tiempos de Corpus.

En suma pues, aunque un poco sin quererlo, el cronista conservador y devoto no podía dejar del todo de lado esos aspectos de la Semana Santa que terminaban siendo, y en ello coincidía con el católico ilustrado Antonio Gómez de principio del siglo, “motivos de diversión y hasta quizá de burla”. Se sirvió de ellos para defender esas antiguas prácticas en un tema que los liberales estimaban particularmente, el económico, corriendo el riesgo en cambio de que se acusara a esas celebraciones de no ser, efectivamente, sino negocios con ganancias. En todo caso, no podemos dejar de preguntarnos, desde luego, hasta qué punto no era esa, finalmente, la verdadera gran tradición de la Semana Santa, su lado espectacular y profano, y no tanto (o no tan sólo) el interiorista o devoto que hoy en día, al igual que aquellos devotos, asociamos con lo religioso.

 

Misiones teatrales, reacciones dramáticas: dos ejemplos, Lagos y Orizaba.

Han termiSermón de Doctrina en el Patio  de los Naranjosnado la Cuaresma y la Semana Santa, que entre los siglos del XVI al XIX incluso, eran las temporadas fuertes de la predicación, obra sobre todo de misioneros, no sólo entre infieles sino también entre fieles. Las misiones cuaresmales, e incluso fuera de la Cuaresma, ya lo hemos mencionado en este mismo espacio, eran en esos tiempos, verdaderos grandes espectáculos barrocos, en que jesuitas, franciscanos, oratorenses y otros lucían no sólo sus dotes oratorias, sino verdaderamente teatrales con múltiples recursos (música, canto, juegos de luces, estampas, calaveras, etcétera).

En ocasiones, cuando la misión tenía éxito, el público llegaba a reaccionar de forma no menos teatral y dramática. Vamos a ver brevemente dos ejemplos, ambos de las primeras décadas del siglo XIX, pero de regiones distantes del México independiente: la villa de Córdoba y la villa de Lagos. Uno y otro se distinguen, por cierto, por ser reacciones fundamentalmente de mujeres. Sobra decir que no creemos que haya sido una reacción “natural”, sino producto de la formación del género en aquellos años. Conviene apuntarlo también, no son reacciones específicamente mexicanas: los fieles podían tener comportamientos semejantes del otro lado del Atlántico o en otras latitudes. Por ello aquí una imagen de un sermón de doctrina predicada en el Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla a principios del siglo XX, tomado de una exposición callejera que organizó la corporación municipal en 2013.

Primer ejemplo: Córdoba, 1824

Los misioneros franciscanos del Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba predicaron en la cercana villa de Córdoba, aquí un fragmento del informe del superior del colegio al obispo de Puebla sobre la reacción de los cordobeses. Si los frailes lucieron sus viejos recursos dramáticos, los fieles respondieron con una verdadera “hoguera de vanidades”, que alarmó a los liberales de la villa, quienes denunciaron la misión al gobierno federal.

AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 30, fs. 373-375.

“el haberse quemado unas guitarras y otros instrumentos que espontáneamente ofrecieron sus dueños con este objeto, pues arrepentidos de los excesos que habían cometido, como regularmente se cometen en los bailes, quisieron dar por este medio alguna satisfacción de su arrepentimiento verdadero, antecediendo un Discurso sobree la materia. En cuyo acto, algunas mujeres, llevadas de aquellos trasportes arrebatados que comunica la gracia, y que no está en manos del Misionero evitar, arrojaron algunos de sus trajes o trapos a las llamas, los que quizá habian surtido en otro tiempo a sus pasiones…”

Segundo ejemplo: Lagos, ca. 1835

El Dr. Agustín Rivera y Sanromán, clérigo erudito, pero al mismo tiempo o justo por ello, crítico de la cultura religiosa “popular”, autor de más de 150 obras de variado género, aprovechaba las notas a pie de sus trabajos para contar las más diversas anécdotas. Aquí una justo de una predicación, franciscana también seguramente, y acaso de alguno de los colegiso apostólicos cercanos (Guadalupe de Zacatecas, Santa Cruz de Querétaro o Nuestra Señora de Zapopan). Los sermones literalmente hacen caer a las feligresas.

Agustín Rivera, La pobre humanidad a través de la púrpura, el libro, el laurel y el crucifijo…, Lagos, Imprenta de Ausencio López Arce, 1893, p. 2.

“Cuando yo era niño de escuela hubo en el templo parroquial de esta ciudad de Lagos una tanda de sermones dada por unos padres misioneros, i en cada sermón había, no solamente atroces gritos, sino algunas mujeres que se echaban al suelo por desmayadas, i después se decía: “Hoy se desmayaron Da. Fulana, Da. Zutana, Sra. Mengana, etc.” Una pobre mujer que tenía en sus brazos a un hijo pequeño, le dijo a una comadre suya: “Téngame tantito mi criatura para poderme desmayar”.