Archivo por meses: marzo 2015

Antonio Gómez vs. procesiones de Semana Santa

Inicia la Semana Santa, oportunidad excelente para seguir recuperando la extensa carta de Antonio Gómez criticando (y por tanto describiendo), allá en 1804, una buena parte de las prácticas religiosas católicas de la época. Gómez, como se dice coloquialmente, “no dejó títere con cabeza”: incluso las prácticas de la Semana Santa fueron alcanzadas por su ojo crítico. En concreto cita las procesiones que salían de cuatro iglesias de la capital, tres de las cuales vemos en su estado actual en las imágenes de abajo: en principio, la de la Santísima Trinidad, una iglesia que antaño albergaba numerosas cofradías, como bien apuntaba nuestro autor, quien las acusa de introducir un desorden en las representaciones de la Semana Santa. Enseguida, la parroquial de Santa María la Redonda, mencionada más bien de paso, por un problema semejante. En fin, la conventual de religiosas de la Concepción, cuyo Santo Entierro era origen de un dicho popular que escandalizaba a un autor siempre preocupado por evitar las mezclas de lo sagrado y lo profano.

La pintura que nos ofrece Gómez es harto elocuente: la Semana Santa de esos principios del siglo XIX estaba para él (y tal vez hoy más de uno hubiera compartido alguna de sus opiniones), llena de profanidades. Apenas una procesión se salvaba por devota, lo demás eran incongruencias y desórdenes, intereses económicos y, aunque no se dice de manera explícita, se entiende que vanidades de los organizadores. La Semana Santa era una alegre fiesta con abundante comida y bebida, con orgullosos cofrades luciendo las imágenes de sus santos patronos, y con una multitud que se entretenía en encontrar explicaciones poco edificantes para algunos de los ires y venires de ellas. Mas dejemos que nos lo cuente con detalle la carta dirigida al rey en el Consejo de Indias, por el anónimo personaje que se ocultaba bajo ese seudónimo.

AGI, Audiencia de México, leg. 2688. Representación de Antonio Gómez, México, 27 de enero de 1804

Cuarto punto. Síguenos tratar de las procesiones, rosarios y calvarios, y comenzando por las de Semana Santa debo decir que todas se deben quitar a excepción de la que sale el Viernes Santo de Santo Domingo, por ser una procesión bastantemente devota, pero la de Jueves Santo que sale de la Santísima Trinidad, debe quitarse por los fundamentos que voy a exponer, y son:

DSCF6339Que muchos de los pasos que salen en dicha procesión no son congruentes con los misterios que la Iglesia celebra en semejante día, como verbigracia el sacar en esta procesión a las santas imágenes de San Cosme y San Damián, San Homobono, etc. Estas sagradas imágenes, o por mejor decir, estos santos, no consta en ningún pasaje de la Escritura asistiesen a ningún paso de la Sagrada Pasión de Jesucristo, porque ni a la oración del huerto ni a los tribunales donde fue presentado el Salvador, y últimamente ni al Santo Monte Calvario. Por consiguiente, el sacarlas sólo por la razón de dar [dinero] los cofrades, que es por ser de la cofradía, no es razón, porque las procesiones, como todas las ceremonias de la Iglesia, se rigen y gobiernan por sus particulares ritos, de tal suerte que en las misas tenemos el ejemplo en las que son de Pasión se celebran con paramentos morados, las que se celebran el día de Difuntos, con ornamentos negros, etc. Pues lo mismo observa la Iglesia con las procesiones, que si son de acción de gracias o alegría, se celebran con paramentos blancos, y si son de rogación con ornamentos morados.Por iguales razones debe prohibirse la procesión de Nuestra Señora de la Asunción que sale el Lunes Santo de la parroquia de Santa María la Redonda.

Santa_María_la_RedondaPor iguales motivos y también por el mucho desorden que hay en puestos de comistrajos y vendimias de almuerzos y brebajes, la procesión que el Sábado Santo sale del nominado convento de padres dominicos para la Concepción, monasterio de monjas de dicho título, en la que vuelven a salir las sagradas imágenes de los mismos santos que salieron en la procesión del Viernes en el Entierro de Jesucristo, ya para que se quite el error común de que el vulgo está en creencia de que la Sagrada Imagen de Cristo difunto se vuelve a llevar al monasterio de religiosas de la Concepción, porque la tienen empeñada los padres dominicos por cierta suma de dinero que éstos deben a las monjas, cosa indecorosa, pues como sabe muy bien V.M. las cosas santas y sagradas no pueden darse en prenda. Por lo que deberá el señor arzobispo quitar esta procesión y liquidar de quien es la sagrada imagen, si es de los padres dominicos que la tengan en su convento todo el año, y si no que hagan otra semejante los dominicos para que no tengan que pedir prestado el Santo Entierro a las monjas de la Concepción.

Templo_y_Antiguo_Convento_de_la_ConcepciónVuelvo a decir que es muy conforme se quite la procesión que sale por la tarde del Jueves Santo de la iglesia de la Santísima Trinidad pues ya el Concilio Segundo Mexicano en el capítulo 13 nos dice haberse prohibido la procesión de los disciplinantes en este día y da la causa, porque por irse a ver la procesión dejan al Santísimo Sacramento solo en las iglesias. Y aunque podrá replicarse que esto era para ir a ver la procesión de los disciplinantes, mas que dejar a Dios por Dios no es dejarlo, pues aunque dejan al adorable Sacramento del altar, van a ver los santos y pasos de la Pasión. A esto respondo que aunque a Dios también se da culto en sus santos, pero no se puede negar que mayor culto, honor, gloria y reverencia debemos dar al adorable Sacramento de la Eucaristía, donde según nuestro Catecismo del padre Ripalda dice: “¿Quién está en el Santísimo Sacramento del Altar?” Y responde: “Jesucristo, nuestro Señor en cuerpo y alma gloriosa, así como está en el cielo, tanto está en la hostia como en el cáliz y en cualquiera particular”. Por tanto debe ser preferente el que en tan sagrado día como es el Jueves Santo vayan a adorar los fieles la Sagrada Eucaristía, que al día siguiente verán la procesión y adorarán y reverenciarán todas y cada una de las sagradas imágenes e insignias de la Sacratísima Pasión del Salvador.

Viernes de Dolores

El último viernes de la Cuaresma es la festividad de la Virgen de los Dolores,  Celebración que data de finales de la Edad Media, en el marco de la lucha contra las herejías, afirmaba el padre Antonio Lobera en su El porqué de todas las ceremonias de la Iglesia, era sin duda, al menos ya para el siglo XVIII, una de las conmemoraciones más sensibles del catolicismo. En efecto, se trata de una de las fiestas marianas más llenas de representaciones visuales. Asociada a la profecía de Simeón, la Virgen de los Dolores es pintada por lo común con al menos un puñal en el corazón, como la vemos en las obras de Juan Correa (Catedral de Cuernavaca), Cristóbal de Villalpando (Museo Sumaya) y Miguel Cabrera (Colección Andrés Blaisten) que presentamos en este artículo, y que datan, las primeras del siglo XVII y la última del propio siglo XVIII. Muchas veces llorosa y consolada por ángeles y arcángeles, contempla con frecuencia los instrumentos de la pasión de Cristo — el motivo de su aflicción –, cuando no aparece directamente con San Juan Evangelista al pie de una Crucifixión. Es pues una festividad emotiva por excelencia. Si las imágenes no alcanzaban a transmitir la piedad, la música podía tomar el relavo, con el himno clásico del festejo, atribuido al Papa Inocencio III, el Stabat mater. Podemos presentar aquí una versión novohispana, del siglo XVII, obra de Juan Gutiérrez Padilla, maestro de Capilla de la Catedral de Puebla.
Dolorosa Villalpando
Más todavía, de nuevo para el siglo XVIII, sabemos que era la ocasión de celebrar la liturgia de las Tres Horas, las de la agonía de Cristo, cada una con un motivo particular. La Congregación de Dolores del Hospital Real de México, según sus constituciones de 1710, debía celebrar una primera hora con olores, es decir, con incienso, la segunda con música y la tercera con un rosario completo (Archivo General de Indias AGI, México, leg. 716).  Cabe destacarlo, la Dolorosa contaba su propio rosario: la Corona de siete misterios, que debía rezarle, por ejemplo, la cofradía de Acatzingo (AGI, México, leg. 2650). Era común completar la jornada con un sermón, como el que se pagaba por cofradías de este título u otro, lo mismo en pueblos como Tenancingo o ciudades como Querétaro. En Tlapacoyan (AGI, México, leg. 2692), las ordenanzas de la cofradía sacramental y de la Soledad marcaban el inicio al mediodía con una hora de oraciones, la segunda reuniendo olores y música, integrando al sermón en la tercera. En el ya citado Acatzingo, las constituciones de 1719 eran especialmente detalladas para el tema de los aromas: tres eclesiásticos debían incensar constantemente la imagen de la Dolorosa por una hora, pero por si eso no bastara, además debían quemarse “otros olores y perfumes”.

Por si fuera poco, podía considerarse necdolorosacabreraesario completar la celebración con el adorno de los altares, normalmente con abundantes luces. En Guadalajara, la Santa Escuela de la Merced podía presumir en 1766 (AGI, Guadalajara, leg. 369) que presentaba el suyo de forma tan “vistosa”, “que concurre tanta gente que aun siendo la iglesia una de las más capaces de esta ciudad, apenas cabe en ella el numeroso concurso que asiste”. Era ésta la época de los conocidos “incendios de Dolores”, que ya para finales del siglo llegaron a causar escándalo en la misma Guadalajara. Sólo podemos imaginar su espectacularidad luminosa a partir de la reacción negativa que, ya a principios del siglo XIX, expresó la autoridad episcopal. En 1803, el obispo Juan Cruz Ruiz Cabañas los estimo más bien como “altares erigidos más bien a la profanidad y entretenimiento”, debiendo prohibirlos en dos edictos de ese año.

Puede parecer paradójico, pero esta festividad, de temas dramáticos, que todos esos fastos debían transmitir, para tiempos del obispo Cabañas más bien habían terminado abriendo espacio a lo profano. El prelado consideraba sus luminosos altares como pretexto para “las embriagueces, la vanidad, la murmuración, la gula, la lascivia, los bailes” y en general “concurrencias malditas de ambos sexos”, según el propio tenor de sus edictos. Profano y sagrado pues, no dejaban de mezclarse en los siglos XVII y XVIII.

“Un continuo fandango y gasto”: la visita pastoral

La actualidad de nuestros días hablaHaro y Peralta (2) de visitas oficiales, visitas regias y de gastos ostentosos. No pudo sino venirme a la memoria esta carta, que es testimonio, parcial como cualquiera pero no por ello menos interesante, de otras visitas, que existen aún — ya no son como entonces, cabe aclarar–, y que recorrían el mundo católico de manera constante al menos desde el siglo XVI. Me refiero, desde luego, a las visitas pastorales. De su mala fama ya hemos publicado en este mismo espacio un testimonio episcopal, el mandato del obispo de Guadalajara, Diego Rodríguez de Rivas de 1765. En él, el prelado mandaba evitar los excesos en materia de viandas que confirma este otro documento: una carta anónima remitida al rey en el Consejo de Indias unas décadas más tarde, en 1786. Es pues, de tiempos del pontificado del arzobispo Haro y Peralta, a quien vemos en la imagen, según un retrato que se encuentra en la Catedral Metropolitana de México.

Como verá el lector, la denuncia anónima apunta a un problema fundamental: la visita, debiendo ser acto religioso, terminaba convertida en un viaje profano, por más de un motivo. Ante todo, lo más visible, por el dispendio, por el lujo del prelado y de su séquito, que se comparan, incluso con una visita regia. En segundo lugar, hoy diríamos explotación, entonces era más bien la falta de caridad, el abuso del trabajo del prójimo, sobre todo los feligreses “indios”, sobre cuyas espaldas recaían el abastecimiento. En fin, se diría que los visitadores pecaban, aunque no lo dice exactamente nuestro autor, de soberbia: delicados hasta en lo más mínimo, tomaban duras represalias incluso tardías contra los párrocos.

Desde luego, no es una descripción desinteresada, sino muy al contrario, indica bien que su objetivo es la reforma, sino es que la supresión de la visita. Sin embargo, podemos leerla bien como testimonio de lo que un sector de las élites de la época estimaba ya como excesivo en alimentos, bebidas, acompañamientos y exigencias en el trato con el pueblo. Leamos pues esta carta anónima, de un supuesto párroco de finales del siglo XVIII en el arzobispado de México.

Archivo General de Indias, sección Audiencia de México, legajo 2633.

Señor

El Concilio Mexicano aprobado por Su Santidad previene que los prelados procuren la visita de los curatos sin gravar a nadie en lo más mínimo, procurando que sea este preciso acto todo de doctrina y edificación. No es así en la actualidad, sino que la visita es acto de la forma que diré.

Se previene carta cordillera por donde sale el muy reverendo arzobispo, y luego comienza la moción de cada curato donde se publica la visita, y se suelta una derrama para que concurran los pobres indios con gallinas y dinero, y con todas sus personalidades. Los indios componen de balde los caminos, la fábrica de la iglesia y casa cural, y salen a trozos donde son enviados a cargar los necesarios.

¡No se puede explicar la volatería de esta función! Una cuadrilla a tal hacienda a conducir terneras y carneros. Otra a tal pueblo para las liebres y conejos, y otra al río de la pesca, otras a la laguna, otras a la capital por camas, colchones, colgaduras, utensilios, otros a los curatos por alhajas preciosas de iglesia y todo género de paramentos; esto es tanto que se procura entapizar toda la casa y buscar las más exquisitas alhajas para adorno el más exquisito.

Si Vuestra Majestad viniera no se podría disponer más en todos los curatos, se llega adonde se puede sin perdonar trabajo y gasto. Se previene ante todas cosas el cocinero propio del prelado, para que inteligente de su gusto lo sazone, y éste se paga de su mano porque trae miles de pesos cuando vuelve; a éste se le arrienda la plata de servicio, se le da gala o propina aparte, y es dueño del sobrante de la opulenta dispensa que se prepara, tomándose las gallinas, pavos, pescados, terneras, carneros, sin perdonar carbón y leña. Después al secretario se le pregunta cuanto importa el reconocimiento de libros parroquiales y se le da en oro sin rebaja ni reclamo alguno, y se añade su gala correspondiente a las circunstancias: cual, da fuera de lo pedido quinientos pesos en oro, y cual, cien marcos de plata, como sucedió en Cuernavaca, que esto queda a la voluntad del cura.

Después, se reparten las propinas a todo género de criados, empezando por secretaría, escribientes, pajes, capellanes, notarios, asistentes, lacayos, cocheros y agregados con los arrieros y transportadores y se cobran las que corresponden a los familiares y criados que no fueron.

Las pérdidas que resultan o son regulares, como en Tláhuac, que se perdió una cama con el colchón y varios cubiertos de plata, y un plato de plata, con que a río revuelto ganancia conocida.

La voluntariedad de los criados, el pedir a su arbitrio el aguardiente y vino, las mesas francas para todos porque donde está el prelado allí comen alcaldes mayores, oficiales de tropa, los curas comarcanos, hacenderos y personas distinguidas, con mesa espléndida y libre para desayuno, almuerzo, punches, sangrías, mesa opípara de lo más exquisito: refresco de la tarde, cena correspondiente a la comida y complacer a todos a su arbitrio, ya indica la voluntariedad y desarreglo de semejante función donde no se emborracha el que no quiere, y todos los comarcanos ocurren con esta licencia general de comer y beber según su deseo.

La justificación de Vuestra Majestad declarará si esto corresponde a un acto tan religioso; lo cierto es, que de los asistentes se tiene en poco el que no se carga de víveres preciosos, y esto a costa por fin de los pobres, porque el cura no puede por sí solo soportar tan indecibles gastos. Por lo regular no baja de mil pesos cada día de la visita, que se reduce a una crápula continuada con gravamen de los miserables indios, que después que han trabajado lo referido, tienen que deshacer los préstamos con volver las alhajas sin que les paguen cosa alguna, ni de los continuos correos que se despachan, originándose de aquí graves sentimientos si en algo se falta a esta ceremonia tan gravosa.

Se omite a Vuestra Majestad que si el cura tiene un caballo o mula buena, a cualquier insinuación de los familiares debe darla, porque de no, se expone a un desaire. Los cocheros piden en los curatos vino y aguardiante para lavar las mulas del prelado y para lavarse los pies, y el cura pobre está obligado a dar camas decentes a todo género de criado. Quedando a la alta consideración de Vuestra Majestad cuanto es menester para aglomerar estos utensilios, y que viene a ser la visita que llaman santa un hospedaje general y un continuo fandango y gasto, que por último resulta en los miserables indios, habiendo sucedido en Mazatepec que el propio prelado le dio de moquetes a un indio porque le pareció que le había faltado a no sé que ceremonia, y allí fueron tantos los gatos, que gastó el cura a más de mil pesos por día y le costó el verse a la muerte el tráfago de esta función.

Dejo aparte los días que se gastan en prevenciones, el que todo se santifica con el alto nombre del prelado y de la santa visita,, y con esto no se escrupuliza en gravar a los infelices indios a que vayan, vengan, trabajen y revienten y gasten lo que no tienen.

Confieso a Vuestra Majestad que sólo el hallarme mortal como estoy me obliga a poner esta razón en descargo de mi conciencia, porque si supieran que lo hacía me costaba la vida la pesadumbre que me dieran, pero veo que no puedo en conciencia dejar de reclamar por el remedio, porque en el estado en que están las visitas de los curatos, es tanto el afán, el gasto y sobresalto, que creo y juro a V.M. por esta santa + que más es escándado que utilidad, y que mejor sería, según entiendo, que si no se reforman no las hubiera, porque es contrario a todos los cánones de la Iglesia el método con que se observa.

A la parte despreciable o curato pobre no llega el prelado, sino su secretario, u otro familiar que firma los libros, cobra sus derechos y se muda; pero siempre los curas comarcanos sin desamparar al convoy alborotándose los contornos con el fausto y concurrencia.

En cierta ocasión en una hacienda del marqués del Villar hizo noche el prelado, no se franqueó a los cocheros la cebada como acostumbran, y se llamó al mayordomo, quien dijo que no era dueño ni la había, y se le conminó con prisión y que se remitiría al virrey a que lo castigara, y que franqueare trigo, el que se pidiera, que se pagaría; estaba allí a seguir la tertulia el cura que era de Jilotepec, inmediato a dicha hacienda, y fue reconvenido sobre esta falta y la de camas, quien satisfizo que no le avisaron ni era de su pertenencia, pero por esto se le trató con seriedad y aspereza, acostumbrados a la mayor profusión. Después se persiguió a este cura gravemente hasta quitarle el curato, y estando muribundo en una hora tan terrible no le concedieron la quietud de la muerte, y le nombraron interino a D. Josef Gallardo, con el motivo de que pidió la profesión de Nuestra Señora de la Merced para ganar la indulgencia. Es cierto, no tuvo efecto el interinato hasta la muerte del cura, que fue el Lic. D. Josef Buenaventura Estrada, pero fue reconocer el atentado para que se patente a Vuestra Majestad lo que trasciende el despotismo de visita.

Es fecha a 7 de diciembre de 1784 por uno de los curas visitados y experimentado en este arzobispado de México, que de miedo no se nombra y advierte que el caso de Estrada sucedió ya promovido a otro curato donde se hizo famosa su causa muriéndose brevemente.

De capas y uniformes

El clero no era el único que se presentatrajescivilesmil00lina_0219ba con capa en las grandes ocasiones del siglo XVIII. Ya hemos hablado de la capa magna de los obispos y de las capas pluviales de los oficiantes. Pues bien, si esas capas lucían en los presbiterios, en las bancas de las autoridades civiles no era raro ver a las corporaciones civiles de uniforme con capa. En efecto, al menos por lo que toca a las corporaciones urbanas, los ayuntamientos, su presencia normalmente era de “uniforme grande”, es decir, de gala.

En la imagen vemos uno de los ejemplos más conocidos: el uniforme de regidor del Ayuntamiento de la Ciudad de México, litografía de Claudio Linati, publicada en su obra Trajes civiles, militares y religiosos de México (1828). Sin embargo, aquí, más que referirnos a la capital, volvemos sobre un caso que nos es particularmente cercano, el de la villa de Orizaba. Ahí, los comerciantes españoles lograron obtener la licencia real para formar un Ayuntamiento en 1764. No fue sino hasta más de una década después que los alcaldes, regidores y síndico orizabeños estimaron pertinente obtener del virrey la autorización para usar uniforme, en principio el mismo en colores azul y blanco que se usaba en los ayuntamientos de mayor prestigio: México, Puebla, Veracruz y Oaxaca. La licencia se les otorgó, en apariencia sin mayor problema, el 30 de septiembre de 1776 (Archivo Histórico Municipal de Orizaba AHMO, actas de cabildo 1763-1771, f. 201), aunque todavía pasaron dos años para que reglamentaran con detalle el uso del uniforme.

En cabildo del 6 de abril de 1778 (AHMO, actas de cabildo 1778-1783, f. s/n), los regidores acordaron finalmente los días para usar su uniforme de gala y los que correspondían al llamado “pite uniforme” o “uniforme chico”. Si algo confirma la lista es que únicamente lo usaban para asistir a lo que se conocía como “funciones de iglesia”, es decir, la asistencia las fiestas de tabla en la parroquial de San Miguel. A partir de entonces el público de Orizaba debió de haberlos visto salir de las Casas Consistoriales y en la iglesia, precedidos de sus maceros, luciendo de gala en doce ocasiones al año. Tales eran: el Te Deum del 1o. de enero por la elección de nuevos alcaldes, Semana Santa (Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santos), Corpus (Jueves y Domingo infraoctava), y fiestas de los santos patronos de la villa y de la monarquía (San Pedro, San Miguel, fiestas del Rosario, Inmaculada y Guadalupe), así como la fiesta de los Desagravios.

La mejor prueba de que el uso de uniforme no era un asunto menor, sino antes bien un tema fundamental para el orden político local es que justo unos años más tarde, los regidores orizabeños debieron “sufrir” un intento de que se les disputara el uso de las vueltas, collarines y capas que hacían visible su superioridad de “Padres de la Patria” en la iglesia parroquial. En efecto, sus sempiternos rivales, los oficiales de la república de indios de Orizaba, corporación mucho más antigua que la de ellos, que osaban titularse “Cabildo de Indios” o “Ayuntamiento de Naturales”, y que justo les disputaban desde tiempo atrás todos los honores eclesiásticos posibles. Ya una cédula real de 1781 les había concedido la igualdad con los españoles en la materia, así que hacia 1787, en aras de alcanzar justamente la “entera igualdad”, reclamaron al virrey el uso del mismo uniforme que los españoles (Archivo General de Indias AGI, México, 1776).

En la oficinas del Superior Gobierno de México, los fiscales que vieron el caso debieron reconocer que la lógica de los naturales era perfectamente atendible, aunque hubo un intento por “rebajarles” los colores, del azul y blanco al pardo, so pretexto de que difícilmente podrían pagarse el mismo traje que los españoles. La respuesta de los oficiales es interesante: de hecho, su petición era más bien una formalidad, pues ya algunos de ellos usaban en las asistencias trajes semejantes al uniforme de los españoles. El gobernador de entonces y su predecesor, “están usando vestidos de paño azul fino, bordados de oro a los cantos […] y con el galoncillo de oro, todos con los chupines blancos”. Evitaban las vueltas y collarines para que no se les acusara de ir más allá de los dispuesto en las leyes reales, pero era una desventaja que compensaban usando “capas portuguesas del propio paño fino con galón de oro” en los mismos días en que los españoles sacaban las suyas. El gobernador D. José Basilio de Mendoza incluso podía lucir “bastón con puño de oro”.

El alcalde mayor de Orizaba salió a favor de los capitulares españoles, insistiendo en que los indios no serían capaces de hacer honor al uniforme, por ser pobres, de oficios artesanales, hasta el punto que los dos gobernadores debían sus capas y trajes “porque los compraron desechados de los regidores españoles”. Más claros aún fueron estos últimos: concederles el uniforme y la capa a los indios “sería hacer despreciable un honroso traje y uniforme poniéndoselo un hombre vil y que se ha de sentar con él o se lo ha de quitar para hacer zapatos, coger la cuchara, hacer velas o revender frutas”. En un juego de desprestigios que hoy nos parecería simpático, si los españoles rechazaron así el carácter de caciques de los miembros del cabildo de naturales, éstos les recordaban a los españoles su carácter de comerciantes tenderos.

Luego de varias contestaciones, fue hasta 1795 que los magistrados y fiscales regios fallaron a favor de los indios. Por cierto, en todo el proceso, el párroco de Orizaba apenas si fue consultado, los honores de las corporaciones, aunque siguieran siendo parte de la política ceremonial de la época, eran ahora interpretados de forma distinta por los reformadores. En realidad no es de extrañar, para ellos, los honores en la iglesia constituían un medio para incentivar a los pueblos más modestos, y claro también a los indios, para que procuraran mejorar su posición económica a través del trabajo. Lejos de que la iglesia parroquial de Orizaba fuera el teatro de jerarquías consagradas de tiempo inmemorial, debía serlo de la superación económica.