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Santos ejercicios o comedias profanas

Es tiempo de Cuaresma, lo cual no dirá a veces nada a muchos, a otros sólo les recordará la abstinencia de carnes, pero algunos todavía escucharán el eco lejano de la organización de ejercicios espirituales en estas semanas. Aquí un breve testimonio crítico de cómo eran algunos ejercicios, no cuaresmales sino de desagravios, que tenían en la Ciudad de México en los primeros años del siglo XIX. El párrafo procede de una carta que ya hemos aprovechado en este mismo espacio, firmada con el seudónimo de Antonio Gómez, el 27 de enero de 1804 y dirigida al rey en el Consejo de Indias. Testimonio de una riqueza pocas veces superable, describe con la extensión obsesiva del personaje las prácticas religiosas (o los “abusos de la disciplina” hubiera dicho el autor) de la Nueva España de la época.

Advirtamos que se trata aquí de un problema semejante al que tratamos unas semanas atrás con el tema de la procesión de San Felipe de Jesús: la crítica de las prácticas del catolicismo barroco, en este caso sus recursos teatrales, pugnando en cambio por una interiorización del catolicismo. De nuevo se trata de una denuncia de la mezcla entre lo sagrado –la reflexión y meditación espirituales– y lo profano –la diversión propia de los teatros–. Señalemos todavía que los clérigos que aparecen citados (o acaso sería mejor decir, denunciados), eran graduados universitarios que hacían importantes carreras en el seno de la Iglesia novohispana; es decir, la pintura de sencillez y candor que hace Gómez, no debe hacernos creer que eran personalidades apartadas del mundo, sino bien propias del clero de la época.

Pasemos pues, ya sin mayor preámbulo, al testimonio de Gómez. Para facilitar su lectura lo hemos dividido en otros párrafos y subrayado algunos pasajes que nos parecen de particular interés. En los márgenes, las fachadas de dos de las iglesias citadas, la parroquial de Santa Catalina mártir y la del antiguo convento de Balvanera, en su estado actual.

AGI, México, leg. 1888, Antonio Gómez al rey en el Consejo de Indias, México, 27 de enero de 1804.

“Réstame hacer una pintura, aunSanta_caterina_Messicoque breve a V.M. de los ejercicios o desagravios que por el mes de septiembre se celebran en esta capital. Devoción muy santa, muy piadosa y que deberá continuarse por ser muy útil, pues se confiesa y comulga con ella mucha gente, mas es necesario se expurge de los abusos que en esta santa devoción se han introducido por algunos de los directores, que en algunas iglesias, como es en Santa Catalina mártir la parroquia, y en Jesús Nazareno, donde da estos ejercicios el padre D. José Pérez, celador de la Catedral, sacerdote de mucha virtud y de una conducta ejemplar e irreprensible, pero al mismo tiempo un hombre sencillo e inocente, o lo que vulgarmente llaman cándido.

Este presbítero, como llevo dicho, da los ejercicios, que aquí llaman los desagravios, en la Cuaresma y en septiembre, en este mes en la parroquia de Santa Catalina y en la Cuaresma en Jesús, pero comente el abuso de querer sensibilizar los pasos de la muerte poniendo una mujer u hombre a ayudarlos a bien morir, pone el día que se predica el sermón de Samaritana una imagen de dicha mujer con el pozo y el cántaro, el día de la entrada en Jerusalén, convida multitud de niños y muchachos para que con banderas y gallardetes y con vivas y gritos celebren la entrada de Jesucristo en Jerusalén, con esto se mata la gente, por tomar lugar en la iglesia por ir a divertirse, actos que no deberían materializarse, pues eso se quedó par aun coliseo o patio de comedias, pero no para los misterios tan sagrados de nuestra santa religión, de aquí es que muchas gentes de este nuestro México, no acaben de conocer completamente nuestra sagrada religión, pues todo lo quieren de bulto y de aquí es que ni aprenden la doctrina cristiana y máximas de nuestra religión y por esto no acaban de tomar idea de los sagrados misterios de nuestra sagrada religión, pues no saen qué cosa es fe y yo les responderé con nuestro Ripalda que es una luz sobre natural con que sin ver creemos lo que Dios dice, y la Iglesia nos propone.

OLYMPUS DIGITAL CAMERADe aquí es que asisten con tan poco fruto a los sermones, a la oración mental, y a los demás ejercicios espirituales, siempre que no son en la forma que los hace el padre Pérez; también se cometen otros abusos en algunas otras iglesias, como es en las Agonías que predica D. Pedro Rangel y costea en el convento de religiosas de Balvanera el Viernes Santo, cuya función purgada de los excesos que en ella se cometen es muy digna de que se continúe, siempre que se quite el que al Señor Crucificado no se le pongan unas pitas, hilos o cuerdas, para que cuando llega la hora de que empieza a agonizar mueva su sagrada cabeza, lo mismo se ejecuta con las sagradas imágenes de María Santísima de los Dolores y con la de San Juan, para que muevan las manos en acción o ademán de que lloran y se afligen, y como estos movimientos no pueda ejecutarlos el arte con la perfección que corresponde, resulta que unas gentes se van a divertir, reír y hacer mofa y otras gentes se van a entretener como estuvieran en una comedia y no hacen caso del sermón, de la oración y meditación, ni de las oraciones y Padres nuestros que se rezan. El tal Dr. D. Pedro Rangel es un hombre de mucha virtud, literatura y santidad, pero al mismo tiempo de una inocencia, candor y sin gota de malicia, por lo que como a todos los hombres los juzga buenos, no hace alto en los inconvenientes que esto trae.”

Abstinencias cuestionadas

El 23 de febrero deMonitor expediente 1850 el vicario capitular del arzobispado de México, don José María Barrientos, dirigió un airado escrito al ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos denunciando un artículo difundido en el periódico El Monitor republicano diez días antes. En efecto, justo el 13 de febrero había sido Miércoles de Ceniza, y dicho diario había aprovechado para publicar en su sección de “Variedades” un artículo titulado “Miércoles de Ceniza-Cuaresma”. En él, lamentabla el eclesiástico, el autor “se burla altamente y de la manera más escandalosa de la sagrada ceremonia de la ceniza y propaga doctrinas notoriamente antirreligiosas”. Más aún, agregaba líneas adelante, “procura desvirtuar el precepto del ayuno y de la penitencia, tan expresamente recomendados en el Evangelio”. Se abrió por ello el conveniente expediente en las oficinas del ministerio, que hoy se encuentra en el AGN, Justicia Eclesiástica, tomo 166, fs. 89-94, cuya portada vemos en la imagen.

El artículo en cuestión, en realidad se planteaba como una denuncia de las malas costumbres (femeninas sobre todo), seguido de un breve recuento histórico-bíblico del origen de las prácticas cuaresmales, terminando en la denuncia de su poco respeto. Desde luego, el vicario capitular y sin duda alguna parte de los lectores, notaron que estaba escrito con abundante ironía, constituyendo un bello ejemplo de varias de las perspectivas de la crítica anticlerical de la época. La denuncia inicial contra los bailes de la época de Carnaval parecía “sincera”, pero no dejaba de estar adornada con burlas apenas disimuladas, no tanto del Carnaval cuanto de la Cuaresma: “Nos pondrás la ceniza, es verdad: pero en eso ¿qué nos recuerdas? ¿Que nos convertiremos en polvo? Pues si de puro bailar estamos ya medio convertidos…” decía por ejemplo el autor. Los bailes, finalmente, no debían ser materia de prohibición, y al final su recuerdo no era sino “agradabilísimo”, lo que no evitaba que el publicista equiparara su texto a un “Memento”, o bien, de nuevo no sin burla, con “ceniza repartida a domicilio”.

Monitor encabezadoImagen tomada de la Hemeroteca Nacional Digital de México.

Ya entrando en materia, había un cuestionamiento de la legitimidad de la Cuaresma como práctica que databa de tiempos apostólicos, seguida de un pasaje en que se ironizaba sobre la abstinencia en el Antiguo Testamento. De nuevo, por cierto, los personajes en cuestión eran femeninos, como Judith y Esther, aunque incluía también a Tobías, “santos personajes” que “se habían preparado” con la abstinencia para el asesinato y el adulterio, insinuaba el publicista. Continuando en línea histórica, venía ahora una crítica de la unión de la Iglesia y el Estado –que entonces era un punto “todavía” vigente en México –, aunque era “puramente un caso de conciencia” los tribunales civiles se ocuparon en velar por su cumplimiento.

Mas la crítica más directa, y lo señaló ya el titular del gobierno eclesiástico con los subrayados del ejemplar que remitió al ministro, no era histórica sino fundada en la razón y en la naturaleza. “¿No nos dio él [Dios] el apetito? ¿Cómo, pues puede ser un bien la abstinencia?” No faltó la crítica de la mezcla entre cielo y dinero, velada con el elogio del Papa Clemente XIV, aquel que suprimió la Compañía de Jesús, y quien reconocía que en la abstinencia “se escondía el interés mercantil y el agiotaje con la venta de pescados”.  En fin, el artículo se cerraba con una bella denuncia de la hipocresía alimentaria de los practicantes, que vale la pena citar un tanto extensamente:

Llámase ayunar, o mejor dicho guardar la forma de ayuno, el tomar su chocolate o café por las mañanas con sendas tostadas, comer luego abundantemente, saborearse con pescados excitantes y hacer a la noche una colación que entone admirablemente el estómago…

En respuesta, el gobierno eclesiástico de México, sin entrar a debatir punto por punto a los publicistas, reclamó la intervención del gobierno civil con una denuncia triple. En principio, el ataque contra la religión; pero sobre todo contra “la sana moral”, que el prelado recordaba era “la base de toda sociedad bien organizada”; y en fin, la violación específica de “las leyes sobre libertad de imprenta”, que limitaban la expresión en la materia. Si los publicistas del Monitor afirmaban que el Estado no podía intervenir en un “caso de conciencia”, individual y privado, el vicario capitular del arzobispado cerraba su carta declarando al contrario: la falta a la moral era falta también “en el orden político”, porque “entre la sociedad y la religión existen relaciones íntimas y necesarias”. Por un lado pues, la libertad individual y de conciencia, por el otro la protección de la religión y la moral como responsabilidades de un Estado finalmente confesional, como era entonces la República Mexicana.

Moderado, el ministro Marcelino Castañeda respondió al prelado cuatro días más tarde. La minuta de la carta es interesante por las numerosas correcciones, testimonio de que se trató de redactar un documento, que no desairara a la máxima autoridad religiosa del arzobispado de México, pero que tampoco comprometiera al gobierno con la prensa. Dándole la razón al eclesiástico, se alegaban razones “de prudencia” para no tomar medidas “en el orden legal”: no había que remover “cuestiones en que la inmoralidad se presentaría a cara descubierta”, decía con cierto aire enigmático el funcionario. Más todavía, en una clara confesión de la debilidad de las instituciones republicanas, el ministro debió recordar que no existía el “jurado de imprenta” que debía hacer cumplir la ley en la materia.

Hoy puede parecernos extraño este tipo de debates, que son buen testimonio de cuánto ha avanzado la secularización a lo largo de la historia mexicana y cuán importante fue el siglo XIX en su profundización. Al final triunfaría la opción representada por los publicistas, la separación de las esferas religiosa y política, sin implicar necesariamente la reducción de la presencia de la religión en lo social. Justo el artículo del Monitor, a pesar de ser un texto de la opinión pública y que por tanto, en realidad, no requería de referentes “reales”, no puede dejar de llevarnos a preguntar por el cumplimiento de las abstinencias cuaresmales en la época, y no sólo en cuanto a los alimentos, temas que ya habrá oportunidad de tratar en otros momentos.

Cohetes

DSC_5411Entre los muchos elementos del culto católico que dio motivos para animadas discusiones, y para que corriera abundante tinta en edictos episcopales, memoriales al rey y otros documentos que han llegado hasta nuestros días desde el siglo XVIII, unos que causaban particular estruendo, eran sin duda los cohetes. Utilizados hasta hoy en muchas regiones del mundo hispánico, no sólo en México cabe advertir, como nos ilustra de manera elocuente esta imagen de la procesión de la Virgen de la Paz en Corral de Calatrava, provincia de Ciudad Real, España.

En efecto, hay amplios testimonios a ambos lados del Atlántico del apego de los fieles a su sonido, para realzar sus festividades. Pocos documentos llegan a decirlo con tanta claridad como los Estatutos de la Congregación del rosario de la Virgen del Carmen de la villa de Utrera, en el reino de Sevilla, que databan de 1668 y que prevenían para la fiesta principal, la salida de su rosario “con el mayor lucimiento, pero se añadirá la circunstancia de que se disparen cohetes por la estación que llevare para hacer más notorias las glorias de nuestra soberana reyna” (Archivo Histórico Nacional, Consejos, leg. 2975, exp. 6). Casi un siglo más tarde, las constituciones de la cofradía del Carmen de Guadalajara de Indias eran más sobrias pero no menos significativas al respecto. Para la fiesta de San Simón Stock se prevenía “celebrar con misa cantada, con ministros, música, algunos cohetes…” (Archivo General de Indias, México, leg. 2651). En los albores del siglo XIX y en el corazón mismo de la Nueva España, en enero de 1804, la fiesta organizada por los comerciantes de la plaza del Baratillo ilustraba bien la permanencia de la práctica, acompañada de otros recursos sonoros: “desde las tres de la mañana comenzaron los baratilleros a tocar tambor y pitos, clarines y chirimías, y a quemar pedreritos, cámaras y cohetes”, reportó un vecino de la capital. (AGI, México, leg. 2688).

Sin embargo, en el siglo XVIII, el gusto por los cohetes festivos distaba ya de recibir aprobación unánime. Antes bien fue una práctica particularmente reprendida por los obispos. El de Guadalajara a fines de la centuria, don Juan Cruz Ruiz Cabañas, insistió en su visita pastoral en prohibirlos, catalogándolos como “gastos superfluos”. Los autos de diez parroquias dan cuenta de ello, las de Teocaltiche, San José de Gracia, La Barca, Hostotipaquillo, Magdalena, Ocotlán, Fresnillo, Tabasco, Mecatán y Xacocotán. Mäs al sur, el obispo de Oaxaca, José Gregorio Alonso de Ortigosa, había tratado de hacer otro tanto en sus recorridos por su jurisdicción, sobre todo el que hizo en 1780, y en que señaló también prohibiciones de gastos en cohetes en 11 parroquias.

Los eclesiásticos lamentaban en particular el gasto que implicaba a los fieles este tipo de sonoros festejos, no sólo porque se desviaban unos recursos que debían gastar en funciones más religiosas, sino porque arriesgaban empobrecerlos, y además, lo asociaban de inmediato con el desorden. El obispo Ortigosa escribía en el expediente general de México (1778): “el día de la elección de mayordomos y celebración de festividades ha de haber pólvora, cohetes, chirimías, comilitona y bibitoque a costa de los nombrados para el año siguiente; originándose de aquí innumerables borracheras, y que el miserable indio mayordomo, para no quedar mal, mate hasta la misma yunta con que había de labrar sus heredades” (Archivo General de la Nación, Historia, vol. 312, fs. 15-16v).

Del lado civil, el tono de la crítica era semejante: los magistrados reales subrayaban una cuestión de orden económico. Bruno Díaz Salcedo, quien fuera gobernador intendente de San Luis Potosí, escribía al virrey Conde de Revillagigedo en 1789: “Las repetidas fiestas que se hacen en los pueblos de indios (y aun de españoles), los gastos que se les ofrecen en compras de cera, cohetes, flores y otros adornos de las iglesias, son a mi entender causa eficaz de su pobreza, miseria y destrucción”. (AGN, Historia, vol. 313, fs. 392-398v) Al otro lado del Atlántico, en 1819, la Sala de Justicia del Consejo de Castilla terminó encargando al corregidor de Écija, a propósito de las fiestas de la hermandad de ánimas de la parroquia de San Gil de esa ciudad: “no permita el uso de los cohetes ni otros fuegos artificiales […] los cuales además de estar generalmente prohibidos, acarrean costosos dispendios, sin ningún fruto en orden a los piadosos objetos de tales establecimientos” (AHN, Consejos, leg. 27562, exp. 17).

Sin embargo, ya a principios del siglo XIX podía haber quien fundara la crítica de los cohetes en motivos más diversos. Un personaje que hemos mencionado varias veces en este espacio, que firmaba con los seudónimos de Antonio Gómez o Francisco Sosa, reclamaba en 1804 el cumplimiento estricto de una real orden de 1781 que prohibía los “fuegos de mano”, pero ampliando la argumentación a motivos de seguridad: “ya por las desgraciasque causan, ya porque descomponen los cimientos de las casas, los empedrados de las calles y bóvedas de las iglesias, como también por espantarse las mulas de coches”. Más todavía, fue él quien dejó la descripción que antes hemos citado de los cohetes nocturnos, desde luego para defender, además, el horario de descanso. La prensa del siglo XIX sería además particularmente crítica de los motivos, a veces muy profanos, para lanzar cohetes al aire: “se abre una taberna de nuevo […] se anuncia al público este acto con cohetes, flores y un tambor que quiebra la cabeza a los vecinos…” publicaba en Xalapa el periódico El Oriente en 1824.

miedoEs cierto, repetimos, el uso de cohetes ha persistido en muchas regiones, a veces con abundancia (Lagos es un bello ejemplo). De ahí que no falten quienes se puedan sentir identificados con las quejas de Sosa-Gómez. Empero, es más bien complicado llegar a imaginar, ya no digamos restituir la densidad de esos estruendos, que incluso, según el mismo quejoso, acallaban a la Real Audiencia en sus sesiones. Lo que sí es casi seguro es que ni críticos ilustrados, ni publicistas liberales, hubieran imaginado que algún día se emprenderían campañas contra los cohetes para defender la tranquilidad, ya no sólo de los humanos sino de los animales. La crítica de los estruendos ha pasado pues, de la defensa de lo sagrado, a la protección de los oídos de las mascotas.

Procesiones y currutacos

Perfecto_currutacoEstamos en visperas de la Candelaria, pero también a unos días del 5 de febrero, la fiesta de San Felipe de Jesús. Es más que oportuno, por tanto, evocar la procesión que se le organizaba al “protomártir mexicano” en la capital novohispana a principios del siglo XIX, y que fue iniciativa del canónigo Joaquín Ladrón de Guevara. Ya la hemos mencionado en otra oportunidad: era el cortejo que llevaba la imagen del entonces en realidad beato, de vuelta desde la Catedral Metropolitana hasta el convento de San Francisco. En 1802 y 1804, un personaje muy particular de la época, cuyo nombre desconocemos, pero que firmaba extensas cartas dirigidas a diversas autoridades en Madrid con los seudónimos de Francisco Sosa y Antonio Gómez, denunció diversos puntos de esa procesión. “Más papista que el Papa” diríamos hoy, nuestro autor anónimo se mostraba preocupado porque, según decía su primera carta, el canónigo había convertido “un acto tan serio en cosa de comedia”, al introducir diversas escenas de la vida del santo, con imágenes “de bulto” que portaban los gremios, pero que se prestaban a “diversión”. Una en particular, aquella en que el diablo tentaba a Felipe de Jesús para evitar que se convirtiera en religioso, pero el maligno, lejos de aparecer en figura aterradora, se presentaba como un “perfecto currutaco”.

En la imagen vemos una estampa que circulaba por el mundo hispánico en la segunda mitad del siglo XVIII, titulada justamente “El perfecto currutaco”, y que se encuentra en diversos acervos, entre ellos la Biblioteca Nacional de España. Como fácil puede advertirse gracias a la ilustración, el término se utilizaba, y en algunos lugares sigue en uso, para designar a un varón que se estimaba excesivamente preocupado por la moda y el arreglo personal, hasta el punto de convertirse en figura cómica. Tal era el escándalo de Sosa, el diablo iba en “traje ridículo”, con “sus bucles, su espada, su casaca”, “a la manera del vestido que traen los que dicen ser de última moda”, de forma suficientemente exagerada que provocaba risa. Si bien seguía siendo reconocible porque conservaba “astas y cola”, es decir, los clásicos cuernos, el autor en realidad tenía razón, no era sino una figura destinada a generar burlas. Paradójicamente, el único que estuvo de acuerdo con Sosa fue el arzobispo de México, Francisco Xavier Lizana, quien trató de prohibir la salida de las “imágenes ridículas”, pero que no pudo con la heterogénea alianza formada para proteger la procesión. Ésta, iba encabezaba, claro está, por la familia Ladrón de Guevara, con influencia en la Real Audiencia gracias a que en ella había sido regente el padre del canónigo. Pero era una coalición que reunía también a sectores medios, los gremios, e incluso, lamentaba el arzobispo, “la plebe”, “los indios”, pasando por frailes y párrocos, quienes habrían señalado al prelado que esas imágenes “agradaban por lo mismo” mucho más que “las serias y devotas”.

Y en efecto, el expediente que hoy se conserva en el Archivo General de Indias, sección Audiencia de México, legajo 2693, es interesante porque una parte significativa de él estuvo dedicado a que las autoridades religiosas de la Ciudad de México expusieran graves argumentos para exhibir en una procesión una figura irrisoria del diablo. No faltaron, sin embargo, empezando porque en el “currutaco” se ridiculizaba a quien se negaba a guardar la compostura propia de la devoción, y se aludía incluso, aunque nadie se atrevió a decirlo explícitamente a una cuestión de prácticas sexuales. El guardián del convento de San Francisco aclaraba: “El vestir así al diablo es detestación de la profanidad de los trajes diabólicos que en esta época infeliz trajo del infierno ese enemigo”. El guardián de los franciscanos descalzos de San Diego agregó que era “para desterrar el abuso indecentísimo con que se cubren los hombres, afrenta de nuestro sexo y del Cristianismo”. El traje de currutaco y la risa que debía provocar terminaban así sirviendo de arma en una guerra cultural en que indirectamente se asociaba el alejamiento de la normativa religiosa con el pecado nefando.

Del lado civil, en cambio, más que una defensa, hubo una auténtica negación. El Ayuntamiento de la Ciudad de México se extendió en la defensa de la pompa procesional en honor de un hijo de la misma patria, pero rechazó siquiera considerar el tema de las imágenes “ridículas”. Antes bien, “sólo podrán estimarlo por tal [como imágenes que se prestaban a risa] los libertinos y los heresiarcas” decían los regidores con mayor severidad que los frailes. Hasta el fiscal Ambrosio de Sagarzurrieta, en otros momentos crítico de los Ladrón de Guevara y de las prácticas religiosas locales, terminó dictaminando — casi se diría que con ironía– que las imágenes de la procesión eran todas “conformes al espíritu de la Iglesia y mueven a devoción, piedad e imitación de sus virtudes”.

El canónigo también llegó a remitir su defensa ante el Consejo de Indias en Madrid, aunque no evitar una contradicción. Citó a su favor la obra de fray Juan de Ayala, El pintor cristiano y erudito, quien insistía en que se representara al diablo con sus caracteres distintivos (los cuernos), ya en forma monstruosa o humana, pero nunca contempló el tema de la risa. El clérigo, sin embargo, terminó uniéndose al combate citado por los frailes, aunque de manera más bien original: eligió el traje de currutaco, porque “me pareció ayudaría para desterrarlo”.

Al final, la argumentación de Sosa fue compartida por el fiscal del Consejo de Indias en 1807, y por los miembros del Consejo de Regencia en 1811, quienes trataron de imponer, no sabemos si con éxito, que la procesión “se haga con edificación, excusando en ella la multitud de imágenes”. La batalla por la “edificación” y la “devoción” era finalmente la que había emprendido Sosa, quien en sus cartas insistía, “los santos sólo se deben sacar o en el martirio que sufrieron o en el género de penitencia que florecieron”. Paradoja de principios del siglo XIX: la procesión que había introducido el canónigo Ladrón de Guevara y respaldaba el clero, élites y pueblo de la Ciudad de México, enlazaba con mejor con las tradiciones del catolicismo barroco e incluso del cristianismo medieval, mientras el punto de vista de Sosa, de los fiscales y magistrados en la corte, aunque también del arzobispo Lizana, con los esfuerzos de la propia Reforma católica y del catolicismo ilustrado –normalmente asumidos por el clero– en el sentido de separar lo sagrado y lo profano. La risa, aun para ridiculizar a los enemigos, imaginarios o reales de la religión, pertenecía a este último ámbito, y debía por tanto desalojarse de una procesión que debía sólo conmover religiosamente a sus espectadores.