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Escenas procesionales de antaño

Tal vez sea extraño evocar la Semana Santa en junio, como hacemos aquí con esta descripción de una procesión del Santo Entierro del Viernes Santo, pero siempre es oportuno recordar los testimonios de las que eran las grandes movilizaciones al mismo tiempo sociales, políticas, económicas y ante todo religiosas de antaño: las procesiones. En esta ocasión, además, el lector encontrará aquí una lectura de un escenario que hasta hoy sigue siendo el teatro de algunas de las más célebres procesiones del mundo católico, la ciudad de Sevilla. Es cierto, no es que falten testimonios de cómo eran esas ostentosas salidas organizadas por las hermandades de la ciudad a la Catedral, pero el que presentamos aquí tiene la originalidad de ser la representación de la procesión por sus mismos organizadores.

Documento al mismo tiempo normativo, pues es un “orden y método” incluido al final de unas ordenanzas, pero también de alguna forma publicitario, eran unas ordenanzas que, en el marco de la reforma de cofradías, habían de ser presentadas ante la más altas autoridades de la monarquía, el Real y Supremo Consejo de Castilla, en este caso, para obtener la aprobación real. Y esa es, tal vez, otra originalidad, es un testimonio de tiempos de las Reformas Borbónicas, que nos lleva a las tensiones entre la tradicional necesidad de procesionar, reforzada con el fasto del culto que había impulsado la Reforma católica desde el siglo XVI, y los empeños de moderación y separación de lo sagrado y lo profano que impulsaban los “ilustrados” del mundo hispánico. Nuestra procesión es buen ejemplo de ello: el lector encontrará que los hermanos incluían con orgullo la descripción de sus pasos y de sus emblemas, las indicaciones de sus personajes caracterizados, la variedad musical de su acompañamiento. Y justo todo ello resultó chocante a los fiscales de los tribunales que revisaron el expediente, resultando en que se libraran órdenes para que la hermandad se suprimiera, o mejor dicho, se integrara a la sacramental de la parroquia más próxima.

Mas dejemos ya el escenario para esta representación de aquel gran evento sevillano del Siglo de las Luces, que a su vez representaba un pasaje de la historia fundadora del Cristianismo.

AHN, Consejos, leg. 27391, exp. 7, fs. 23v-26. La Hermandad del Santo Entierro de Jesucristo y María Santísima titulada de Villaviciosa, establecida en la iglesia del Monte Calvario, sitio del Colegio de San Laureano, de religiosos mercedarios calzados, extramuros de la ciudad de Sevilla, sobre aprobación de ordenanzas, 1795.

“Orden y método con que ha hecho su estación los Viernes Santos de Cuaresma [sic] a la Santa Metropolitana y Patriarcal Iglesia de esta Ciudad, la cofradía y hermandad del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora de Villaviciosa desde su propia iglesia del Monte Calvario y entierro de Jesucristo, extramuros de esta ciudad, a la Puerta Real, en los solares de Colón, a donde está fundado el Colegio de San Laureano, del Orden Militar de Nuestra Señora de la Merced.

Dan principio a tan respetable y lastimoso acto, una partida de 4 u 8 soldados de caballería comandados de cabo o sargento destinados a facilitar paso en el grande concursos que siempre se experimenta a admirar lo sucedido de esta función.

Siguen dos hermanos con sordinas a los lados del muñidor, que van vestidos con ropa talar de damasco negro, guarnecida de oro, en el pecho un escudo grande labrado realzadas en él tres cruces sobre un sepulcro, armas de que usa esta cofradía y la campanilla de plata propia de la hermandad, que tocándola de cuando en cuando avisa su venida.

Siguen dos diputados con bastones negros y casquillos de plata e insignias de lo mismo y veinte y cuatro niños de la doctrina con su maestro, que ayuda de la compostura y quietud que deben llevar, y cada uno conduce un cirio amarillo grande encendido.

Siguen la insignia de la manguilla de terciopelo negro, guarnecida de escudos de plata de chapa, con insignia de la Pasión de nuestro Redentor y columnas del mismo metal, y su cruz, a quien acompaña un lucido cuerpo de hermanos con velas encedidas y dos diputados de gobierno de estación y dos hermanos con bocinas.

Desde dicho sitio siguen las señoras hermanas y demás a quienes mueve la devoción de acompañar el Sagrado Entierro de nuestro Redentor, cerrando este cuerpo otros dos diputados de estación, a los que sigue otro cuerpo de hermanos con velas encendidas, hasta la insignia del Estandarte, que es de damasco negro, con cruz roja y cordones, cuya conducción pertenece al secretario de la hermandad y dos hermanos con bocinas.

Subsiguiente copia de músicos ministriles delante del paso del Triunfo, en que va la Santísima Cruz, que va en este lugar conducido de veinte y cuatro mozos de carga, por componerse siermpe las parihuelas de un elevado monte, fijadas en él la Santísima Cruz, con dos escaleras que desde dicho monte estriban en sus branzos, y delante un globo azul en que está enroscada una serpiente con – en la boca, y en él sentada la figura de la muerte, representada en un esqueleto a lo natural, simbolizando estas tres hechuras los tres enemigos del alma, mundo demonio y carne, cuyo esqueleto en movimiento de rendido, con la mano derecha en la mejilla, recibe en ella una faja negra, que viene desde la cruz con una inscripción de letras que plata que dice: Mors mortem superavit, abatida con la guadaña que tiene en la mano siniestra, asistiendo delante de dicho paso para su gobierno los dos señores hermanos fiscal primero y segundo de la hermandad, con varas e insignias de plata.

Continúa un cuerpo de hermanos con velas encendidas y dos con bocinas, a los que siguen una escuadra de cuarenta y tres hombres vestidos de hoja acerada, peto, espaldar, faldillas, brazaletes y viseras caladas, dorados los perfiles, toneletes y bandas de quinete, con puntas de plata al aire, llevando cada uno en la mano arrastrando una pica con su bandera negra, de cuatro varas de tafetán, todos uniformes con su capitán, teniente, alférez y paje gineta y música a la funeral, formando un lucidísimo cuerpo, y en seguida otra escuadra de niños, con sus picas arrastrando, vestidos de chupa y calzón de ante, con sus morriones, banda y ceñidor negro, todos uniformes, también con su música a la funeral, cuya escuadra es destinada a custodiar los siete coros de ángeles que van en medio, ricamente adherezados, a los que siguen las nueve síbilas, representadas en igual número de niñas, bien peinadas, vestidas con sus trajes, túnicas y mantos al aire, llevando en sus manos unas ramos, otras libros, diferenciándose cada una en el color del vestido, de encarnado, pajizo, verde, morado, et.c, según su patria y estado, en el hombro la tarjeta de lo que cada una profetizó; detrás los cuatro doctores, significados en otros tantos niños con sus mitras y vestidos según la regla que profesaron, y cerrando este lucidísimo cuerpo otros dos diputados de estación para su gobierno.

Continúa con las 3 comunidades del orden militar de Nuestra Señora de la Merced, Calzada, Descalza y la del Colegio de San Laureano.

Siguen las cruces de la parroquia, presidiendo la del señor San Vicente mártir, y doce sacerdotes con casullas negras, y detrás todos los ciriales con hachetas encendidas y doce hermanos con cirios alumbrando al cuerpo de nuestro Redentor, que en su paso viene en este lugar, rodeado de cuatro sacerdotes, llevando delante la correspondiente capilla de música y en las cuatro esquinas del paso un rey de armas, en cada una, vestidos con ropón y gorra de quinete, maza dorada al hombro, todos uniformes, componiéndose el paso del Señor de un sepulcro de carey, con cuatro columnas a lo salomónico, con sarmientos y hojas, capiteles y bazas doradas, cerrado con cristales aviserados de Venecia, guarnecidos todos de chapa de plata con sus pirámides, estriando dicho sepulcro sobre una baza jaspeada, adornada alrededor de seis tarjetas doradas con figuras e insignias de escultura, atributos de la Pasión de nuestro Redentor, y en cada una de sus cuatro esquinas, un florón donde va un ángel, también con insignia de la Pasión, en los extremos de dicho paso ocho jarras con hachetas, alumbrando a nuestro Salvador, que va en su lecho, en un colchón de Damasco, guarnecido de encajes de Milán sobrepuestos, bordados de oro, y lo mismo las almohadas y sábanas, que son de olán, todo el lecho fabricado de miñatura, dorado por dentro, con muchos ángeles estampados, presidiendo dicho paso los señores alcaldes y mayordomo de la hermandad.

Detrás del paso del Señor, va el palio de damasco negro con seis varas, que las llevan otros tantos eclesiásticos vestidos de sobrepelliz, y enseguida va una compañía de tropa reglada de la que se haya en esta ciudad, con su capitán, oficiales y sargentos enlutados los tambores y música a la funeral, a cuya compañía sigue otra de sujetos distinguidos vestidos a lo militar, de negro, con sus furnituras, armas y oficiales correspondientes, y su copia de música, como la antecedente, la cual forma un vistoso y lucido cuerpo.

Continúa el Sinpecado de terciopelo negro, guarnecido todo de insignias de la Pasión de plata de martillo, propio de la hermandad, con borlones de seda y plata, y es llevado por un sujeto distinguido de esta ciudad, a quien acompaña el lucídisimo convite que hace con velas encendidas y dos diputados que cierran este cuerpo, al que siguen el numeroso convite que hace el señor Asistente a los señores jefes principales, señor comandante de las armas, oficialidad que se haya en esta ciudad y caballeros particulares de ella, que con velas encendidas alumbran el paso de la Santísima Virgen que va en este lugar, presidiéndolo el Señor Asistente, o por su ocupación o ausencia, el señor teniente primero, y el señor diputado mayor de la hermandad con varas e insignias de plata, propias de la dicha, y correspondiente capilla de música que van cantando: Stabat Mater Dolorosa y de hermanos con cirios alumbrando a la Santísima Virgen, cuyo paso es de peregrina hechura de talla, todo dorado, con su sitial donde va Nuestra Señora delante dos ángeles de estatura de a vara de alto, con luces encendidas; a los lados de Nuestra Señora, San Juan y la Magdalena, a quien siguen las dos Marías, José y Nicodemus, cada uno con la vestidura correspondiente a dicho acto; faroles grandes en las esquinas, con hachetas encendidas, sus faldones que ocultan treinta mozos que conducen dicho paso, detrás del cual va el clero de la iglesia parroquial del señor San Vicente mártir, y se sigue el señor teniente primero con su escribano y ministros, con velas gruesas encendidas, y finaliza, cerrándolo todo, tropa de caballería con espada en mano, con cuyo método hace esta cofradía su estación, y se regresa al Colegio de su domicilio.”

 

El mundo, su escenario

El siguiente texto fue originalmente leído el día 28 de mayo del 2014, en la Casa Universitaria del Centro Universitario de los Lagos,  por el Dr. Eduardo Camacho Mercado, en la presentación del libro El mundo, su escenario,de la Dra. Julia Preciado, editado por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.

Presentación Cartel Julia P.

La autora

Dicen los manuales clásicos de teoría y métodos de la historia, que antes de conocer al libro, hay que conocer al historiador. Julia Preciado Zamora, según sus propias palabras, “nació en Cuauhtémoc, Colima, un poblado que linda con el Volcán de Fuego. Se volvió historiadora porque concluyó que, más que en inventar historias nuevas, su futuro estaba en rescatar historias viejas”.

La Dra. Julia Preciado es una conversa a la historia. Sus orígenes están en la República hermana de las Letras. Después, estudió la Maestría en Historia Regional en la Universidad de Colima, y el Doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Historia, en el CIESAS-Occidente, institución en la que actualmente labora. Con esta conversión, la historia ganó una estupenda historiadora, sin que las letras perdieran a su escritora. Afortunadamente, la historia admite la doble nacionalidad y no exige renunciar a la anterior. Antes bien, desea que sus ciudadanos conserven sus amores y habilidades. Convencida nuestra disciplina de que a final de cuentas “todo es historia”, acepta, sin prejuicios ni complejos, las aportaciones de la antropología, la sociología, la psicología, la economía, la demografía, la geografía y demás ciencias sociales y humanidades.

Sin duda, la historia está a caballo entre la ciencia y el arte. El historiador francés Marc Bloch aconsejaba: “Cuidémonos de no quitar a nuestra ciencia su parte de poesía.” Octavio Paz, en una entrevista dijo: “Los historiadores son los poetas del pasado. Sin visión poética no hay visión histórica”.

Julia Preciado escribió recientemente:

“Evoco, como estudiante de Letras, mi gusto por el sonido de las letras en el papel, especialmente en los poemas. Me gustaban porque se sostenían con palabras precisas, aunque en ese momento, esto no lo entendía. Las letras de un poema son sus pilares. Ahora desde la distancia entiendo que leer poemas, y tomarlos como ejemplo de escritura, permite a los autores un estilo claro y puntual. Un buen poeta, o un buen poema, se vale de palabras exactas para transmitir olores, sonidos, colores, texturas e imágenes. Si al poema le falta una palabra, se resquebraja; si le sobra, se desperdiga. De ahí la precisión que obliga”.

Estamos pues, ante una historiadora que valora y pone en primer orden de importancia la buena escritura. Que entiende que el lenguaje farragoso, y oscuro, no tiene lugar en la escritura de la historia. Y que esto es posible, sin renunciar al uso, inteligente y mesurado, de las herramientas conceptuales que nos ofrecen las ciencias sociales. Las utiliza en las dosis necesarias, sólo para explicar todo aquello que no se puede expresar con el lenguaje común. Así, se vale de trabajos de antropólogos y sociólogos como Avner Ben-Amos, Durkheim, Erving Goffman, Arnold van Gennep, Víctor Turner, y del historiador Roger Chartier; y utiliza conceptos como Rito, rito de paso, ritual como drama representado, ritual procesual, liminalidad, estructura y communitas, representación, interacción social, puesta en escena.

La autora siempre apuesta por la precisión, la claridad y la sencillez. Esa es la razón por la que este libro se lee con suma facilidad, aunque sea, de hecho, un libro complejo. Valga como ejemplo, la primera frase:

“Francisco Orozco y Jiménez, figura emblemática de la historia de la Iglesia en México, simbolizó la protesta de los católicos contra el régimen nacido durante la revolución mexicana y desafió sus principios”.

 

De qué trata la obra

Aunque la autora menciona que el tema principal de este libro es el funeral del arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, en realidad es una biografía de este líder de la Iglesia al que inexplicablemente no se le ha prestado la atención suficiente,[1] y a través de la vida de Orozco y Jiménez, el libro recrea las difíciles relaciones entre la Iglesia y el Estado entre 1910 y 1940.

Para la autora, los análisis de los funerales “funcionan como una especie de tragaluz que permite estudiar una época a través de la muerte, y de la vida, de un individuo”, “como ventana para entender el clima de opinión de la época así como las cuestiones políticas más apremiantes del momento.”

Además del análisis del funeral, del recorrido por su vida, y a través de ésta, por el contexto histórico de México y en particular de Jalisco, la autora estudia tres aspectos muy importantes: el del controversial papel jugado por el arzobispo durante la guerra cristera; los periodos de exilio o escondite en los que tuvo que gobernar su arquidiócesis por cartas, y el estudio de la imagen del arzobispo, de las representaciones que él construyó y que le construyeron sus enemigos.

La autora explica que se interesó en escribir acerca del arzobispo de Guadalajara, “entre otras razones, por la manera en que administró simbólicamente su persona pública”. Líder carismático, “la suya fue una personalidad disidente y soberbia que arrastró multitudes, hasta su lecho de enfermo e incluso en el momento mismo de su muerte”.

“Estudiar la figura pública que el arzobispo Orozco y Jiménez construyó de sí mismo, y que los demás creyeron y percibieron de su persona”.

El capítulo 1, “Una veta de la historia cultural”, es un estado del arte de los estudios acerca de los funerales: los funerales de estado de los “grandes hombres” de la Tercera República Francesa, el funeral del suegro de Porfirio Díaz, Manuel Romero Rubio, el de Abraham Lincoln, de Bernardo O´Higgins, Álvaro Obregón, José de León Toral y Pedro Infante.

Capítulo 2, “El escenario y su momento histórico”. Reconstruye el contexto social, político, cultural y económico de 1913 a 1940. “circunstancias que permitirán entender el porqué de los apoteósicos funerales”. Es el capítulo más tradicional, pero muy necesario porque aporta información desconocida para el público no especializado.

El capítulo 3, “Órdenes de tinta y papel”, examina la correspondencia de Orozco y Jiménez escrita desde el exilio o mientras permanecía oculto en territorio del arzobispado, entre 1916 y 1919. Este capítulo es muy importante, entre otras cosas, porque “rompe con la imagen autoritaria del arzobispo que tradicionalmente ha presentado la historiografía”. Julia Preciado “demuestra que las órdenes que dio Orozco y Jiménez en esa etapa, no siempre se obedecieron”.

Informa sobre sus seudónimos y disfraces para ocultar su identidad, las cartas a sacerdotes, feligreses y familiares, y sobre todo, al deán de la Mitra Manuel Alvarado, quien se encargó del gobierno eclesiástico en los años de ausencia del prelado, y las dificultades para hacer que el resto del cabildo eclesiástico lo obedeciera. Algunas de sus resoluciones fueron rechazadas, por ejemplo, las órdenes de que se reabrieran los templos sin esperar el permiso oficial, durante la crisis por los decretos 1923 y 1927 del gobernador Manual M. Diéguez entre junio de 1918 y febrero de 1919. Alvarado y otros sacerdotes, veían muy peligroso obedecer esa disposición.

Nos habla también sobre las dificultades que enfrentaba para enterarse de lo que pasaba, por ejemplo, con la protesta de los obispos mexicanos a la constitución, protesta a la que se sumó cuatro meses después. Contaba con información fragmentada y con retraso.

Julia Preciado concluye en este capítulo, que “el arzobispo mantuvo a los católicos unidos, si bien no del todo controlados, a través de sus pastorales y de sus frecuentes cartas personales”.

El capítulo 4, “Líder renuente”, estudia la posición adoptada por el arzobispo ante la rebelión cristera, pero sobre todo, la imagen que sus enemigos se crearon de él y de su participación. La decisión de no abandonar a su feligresía durante los tres años de guerra cristera, le ganó el título de dirigente de los cristeros, imagen con la que lo representaban el gobierno y la prensa oficial e incluso la internacional. Esta idea ha persistido en varios historiadores contemporáneos, ya sea porque consideran obvio que así haya sido, porque suponen que así fue, o porque desean que así haya sido, aunque ninguno presente las pruebas que confirmen sus afirmaciones. La autora es contundente al respecto: no hay ninguna evidencia que permita afirmar que el arzobispo dirigió la revuelta. “La rebelión de los cristeros atrapó entre sus redes el aura de militante que Francisco Orozco y Jiménez se había creado para llevarlo a formar parte, en el imaginario popular, de una rebelión a la que se opuso y hasta donde se conoce no prestó su apoyo moral o intelectual”.

¿Por qué entonces se ocultó y permaneció en territorio de la arquidiócesis? Julia Preciado nos dice, que los motivos de Orozco y Jiménez para ocultarse fueron otros, distintos a la rebelión armada: “que en 1926 Orozco y Jiménez permaneciera entre sus feligreses obedeció a una postura muy suya para oponerse a las disposiciones del gobierno civil que lastimaban a la Iglesia católica. Era una forma de resistencia pasiva: se opuso al gobierno permaneciendo en la arquidiócesis para defender el trabajo de organización que había desarrollado entre las zonas rurales y la ciudad, y para no abandonar por completo –al menos en teoría– el control y la autoridad que ejercía como arzobispo”.

Una aportación importante de este capítulo a la historiografía, es el uso de fuentes extranjeras nunca antes utilizadas o poco conocidas.

El capítulo V, “Arzobispo de cuerpo entero”, es en mi opinión el mejor capítulo del libro. Analiza cómo Orozco y Jiménez construyó su imagen pública, y también, la manera en que fue representado por el gobierno y la prensa oficial. La autora utiliza la fotografía como documento histórico e interpreta las imágenes. Se apoya en conceptos sobre la presentación de la persona en la sociedad, de Erving Goffman.

La imagen que de sí mismo publicitó el prelado, se fincaba en la costumbre y la tradición católica, sobre lo que debería ser la figura de los obispos, sostenida, por ejemplo, en un tipo de vestimenta, una parafernalia y un transfondo repletos de símbolos de potestad que reforzaban su autoridad. Pero además de esa imagen, en palabras de la autora: “el arzobispo cultivó una imagen que trasponía lo que hasta entonces se ajustaba a su perfil como jerarca de la Iglesia […]. Al rebasar con serenidad las fronteras de lo esperado (o permitido), en cuanto a proyección, dentro de las reglas no escritas de los jerarcas de la Iglesia, Orozco y Jiménez esperaba sumisión entre sus coetáneos y veneración entre las generaciones venideras”. “Desplegaba un estilo particular que eclipsaba a los demás obispos”.

Por ejemplo, las fotografías que hizo circular a su llegada a Guadalajara, realzaban su distinguido porte y juventud. Auténtico príncipe de la Iglesia, “encarnaba la metáfora del vigor y la robustez necesarios para dirigir la arquidiócesis de Guadalajara”. Se sabía, además, que gozaba de buena posición económica. El arzobispo desplegaba todos esos atributos de su estatus siguiendo, en palabras de Goffman, “una pauta de conducta apropiada, coherente, embellecida y bien articulada”.

Interesante es también la fotografía de alrededor de 1917-1918, en la que aparece barbado, cansado, y en un escenario desprovisto de toda escenografía que denotara su jerarquía. Quizás por esta razón porta la Mitra y el báculo, a diferencia de las anteriores fotografías, en las que aparecen a un lado. Estamos frente a una imagen que informa de las penurias por las que estaba pasando su persona, y a través de él, simbólicamente, las penurias de la Iglesia y de todos los católicos.

La imagen del arzobispo se transformó con el tiempo, por obvias razones de envejecimiento, pero también por las circunstancias históricas que afrontó. “Si al principio la imagen juvenil de Orozco y Jiménez fue una de sus mejores armas, al final de su mitrado la estampa de anciano fue su escudo que lo protegía de los ataques del Gobierno civil”.

Por último, la autora estudia la antípoda de la imagen que el arzobispo creó de sí mismo: la que construyeron gobierno y prensa oficial, como rebelde y cabecilla de bandidos y cristeros.

El último capítulo, “Entierro y enmienda”, analiza el funeral. Los funerales del arzobispo, además de honrar su memoria, se utilizaron con fines políticos, específicamente, tuvieron la intención de mandar el mensaje, al gobierno, de que la Iglesia respetaba las leyes y se iniciaba una nueva etapa de relaciones cordiales, ahora bajo el liderazgo del arzobispo heredero José Garibi Rivera, quien utilizó los funerales para aparecer como el sucesor conciliador. “Su heredero, el arzobispo auxiliar José Garibi Rivera; logró atraer y unir simbólicamente a los católicos, al comparecer ante ellos –y ante representantes de las autoridades civiles– como sucesor legítimo de la Iglesia tapatía”. “El cuerpo sin vida del arzobispo fue el símbolo que marcó una nueva época para la Iglesia en Jalisco en lo tocante a sus relaciones con el Estado”. “La muerte del arzobispo, abrió el camino para una nueva era de entendimiento entre las autoridades eclesiásticas y los gobiernos del estado de Jalisco y el nacional”.

Palabras finales

Para todos aquellos lectores, que sólo quieren conocer la historia y disfrutar de un buen libro, es una excelente noticia la aparición de esta obra. Pero hay que tener cuidado en no dejarse llevar por su accesibilidad y considerarlo sólo un libro bien escrito de divulgación histórica. Estamos frente a una obra producto de varios años de investigación rigurosa, inteligente y profesional, que aporta información y perspectivas nuevas al mundo académico de la historiografía.

 Eduardo Camacho Mercado

Lagos de Moreno, Jalisco, a 28 de mayo de 2014.


[1] Sabemos que hay biografías, algunas muy completas e informadas, y que se menciona constantemente en las obras sobre este periodo histórico. Pero faltan más obras académicas sobre el personaje, como esta de Julia Preciado.

Dos lecturas para iniciar un diálogo

El amable lector que haya seguido el antiguo blog “Ayer y hoy de la Iglesia Católica en México” y ahora este sitio “Apuntes de Historia del Catolicismo”, habrá podido notar que su principal novedad es el espacio titulado “Traducciones”. En efecto, en esta nueva etapa me gustaría orientar este espacio para nuevos fines, uno de ellos, que los estudiosos de la historia religiosa, en particular los jóvenes, puedan acceder a textos de historiadores franceses. La elección de los autores, de las obras y de los capítulos concretos es muy personal, no menos que la propia traducción. Esto es, sin duda puede cuestionarse, y de manera pertinente, los motivos para emprender este ejercicio, las obras concretas elegidas y calidad de esta presentación.

El lector atento, sin embargo, habrá descubierto ya que se trata de obras que han sido reseñadas o citadas en los artículos del antiguo blog, y que en general, el autor de estas líneas llevaba tiempo insistiendo en que le parecía necesaria una mayor comunicación de la historiografía mexicana con la francesa. No es que no se traduzcan las obras clásicas de algunos grandes autores (Le Goff, Duby, Delumeau), pero es que justamente nos parece aquí que la traducción se ha detenido sólo en los grandes nombres de la historiografía, que siendo fundamentales no agotan la riqueza de perspectivas ni las posibilidades de comparación con México. Hemos comenzado con dos autores que justamente, hasta donde sabemos, no han sido traducidos en nuestro país, que abordan en estos textos el estudio de las obras de arte religioso (Frédéric Cousinié) y la historia de los edificios religiosos (Philippe Boutry), de maneras que, hasta donde hemos podido averiguar, no existen tampoco en la historiografía mexicanista.

Es cierto, la traducción ha sido hecha por un simple aficionado, que no tienen ningún diploma oficial en la materia, y han sido corregidos en español por un recién egresado de licenciatura. Y sin embargo, con las carencias que sin duda ojos más expertos podrán identificar, y que agradeceré siempre sean señaladas, como creemos que  esta empresa es necesaria y que además en el formato elegido siempre será perfectible, nos hemos lanzado a ella de manera directa, esperando las críticas que traiga consigo. Esperamos que, a pesar de esas carencias, al menos lector verá con curiosidad, e incluso encontrará sugerentes, el estudio de las prácticas devotas relacionadas con la imagen en el texto de Cousinié, “Vers une lecture spirituelle de l’image”, y los múltiples debates en torno a la elección de estilos y obras en las iglesias del siglo XIX que analiza el profesor Boutry en “Les mutations du paysage paroissial”. El libro al que pertenece este último texto lo hemos tratado más ampliamente en una reseña de 2011 que puede consultarse ahora en este sitio.  Ambos capítulos, en archivos pdf, descargables desde el sitio de Dropbox, se encuentran en la página Traducciones.