Archivo por meses: septiembre 2013

Religión, Patria y Migración

En esta ocasión, quiero dejar este espacio para difundir una conferencia que tuvo lugar a finales de agosto en la Casa Serrano, el anterior espacio de difusión cultural del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, en Lagos de Moreno. En el marco del X Ciclo de Conferencias del Seminario de Historia Mexicana que coordina mi colega la Dra. Lina Mercedes Cruz Lira, mi también colega el Dr. Eduardo Camacho Mercado impartió una conferencia sobre el tema “Religión, patria y migración. El discurso antimigratorio de Cristóbal Magallanes, párroco de Totatiche (1906-1927)”. El doctor Camacho aborda un tema hasta ahora poco trabajado en la historiografía mexicana, el de la religiosidad de los migrantes mexicanos en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX. Hoy, en que el tema de la identidad de los hispanos de aquel lado de la frontera tiene también una vertiente religiosa y existe un clero también de origen mexicano residente allá, se nos olvida que las cosas no siempre fueron así. Además, la historia de aquel lado de la frontera sirve también para relativizar algunos puntos sobre la historia del catolicismo del lado mexicano. Esto es, el doctor Camacho toma como punto de referencia al párroco de Totatiche, Cristóbal Magallanes, para mostrarnos tanto la religiosidad de los migrantes, como las debilidades del catolicismo social jalisciense.

Oraciones por la paz

Preces tempore belliLa paz es un tema que ha estado bien presente en la tradición cristiana desde hace siglos. No es extraño pues que en los libros litúrgicos no falten las preces para el tiempo de la guerra. En el Ritual Romano, el libro por excelencia de este tipo de ceremonias, y que vemos en la imagen en una edición parisina de 1855 disponible en Google Libros, aparece en las letanías “tempore belli” el salmo 45. Sin duda muy oportuno, pues en él se habla con amplitud de la seguridad del creyente en Dios ante esta tribulación: “Sin perder nuestra paz le alabaremos, en medio de trastornos tan extraños”. Los fieles de la Nueva España escucharon esas preces en su momento y participaron en los rituales que conllevaban. Por ejemplo, con motivo de las guerras atlánticas que libraba la monarquía hispánica. En una circular de agosto de 1779, el obispo de Puebla encargaba a sus párrocos la celebración de nueve días de letanías con motivo de la guerra contra Inglaterra. Se encargaron también en los sucesivos conflictos internacionales, pero también en los internos: con motivo de la guerra desde 1810, y más tarde, con las guerras en que intervino el naciente México independiente. Básicamente, se solía hacer una procesión más o menos importante, que diera la vuelta al atrio de las iglesias al menos, o que podía ir a una de las iglesias o santuarios importantes de la localidad. Se podían llevar las imágenes o las reliquias de los santos, o incluso invocar directamente a la Presencia real divina en la Eucaristía. Hoy en día, el tema de la guerra y de la paz permanece, pero sin duda los rituales han cambiado mucho. En efecto, esta breve evocación de los rituales de tiempos de guerra de antaño, nos permiten ver la originalidad de los rituales católicos de nuestros días. Y justo acabamos de ver uno sobre este tema.

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Veladas de Sevilla

La historia del catolicismo es particularmente rica en el tema de la fiesta. El catálogo de posibilidades es muy vasto, las ha habido públicas o particulares; llenas de júbilo o solemnes; sobrias e interiores o rebosantes de exterioridades; en honor de Dios mismo, de la Virgen o de los santos; populares o elitistas; promovidas por el clero o fuera de su control. Aquí un testimonio de una fiesta religiosa pública que pudo ser antaño favorecida por las autoridades, mas para la segunda mitad del siglo XVIII se había vuelto tan “popular” que era apenas tolerable para algunas élites: las veladas. Celebración nocturna en torno de alguno de tantos objetos que se recargaron de sacralidad ante la desacralización protestante: imágenes, reliquias o, este caso, cruces.

Claramente no es un documento de nuestro presente. Hoy pensaríamos que sin duda una fiesta debe ser controlada, bajo preceptos como los derechos individuales, las leyes, el respeto de los espacios públicos. Pensaríamos en temas relacionados con la convivencia entre los ciudadanos, en la política en su sentido lato. Mas no es ése el marco para comprender este documento. Empero, es cierto que tiene algo de político. Se trata de la denuncia hecha por el representante de una de las potestades que ordenaba la sociedad de la época, y que mira con tanta más desconfianza la fiesta cuanto autorizada por los magistrados de la otra jurisdicción, en un mundo en que idealmente esas “dos majestades” debían colaborar en el mantenimiento del orden, y realmente se disputaban de manera cotidiana su control.

Mas hasta aquí seguimos viendo el documento con ojos profanos, en más de un sentido. La denuncia no debe sólo interpretarse como una disputa de poder en que la fiesta popular resultaría una víctima inocente. La crítica que aquí vemos apunta sobre todo a la peligrosa mezcla entre lo sagrado y lo profano, esfuerzo de separación interminable y cuyos términos se renegocian de manera casi cotidiana, y por tanto ha hecho correr ríos de tinta (y lamentablemente no sólo de ese líquido) a lo largo de los siglos. Es, pues, un tema propio de la historia religiosa, y en que vale la pena tomarse en serio esa dimensión para comprenderlo.

Este breve documento ilustra bien que esa frontera de lo religioso no era la nuestra, aunque no dejamos de tener cosas en común. Subsisten en muchas partes las tensiones entre una definición de lo religioso como algo sobre todo espiritual, frente a una definición más amplia, abarcante, y más antigua (aunque no necesariamente milenaria) que incluía en su seno prácticas que hoy nos parecerían en extremo alejadas de ese ámbito. El documento nos describe algunas, aun si en términos un tanto negativos.

Por otra parte, y a diferencia de nuestros tiempos, en que pensaríamos que esa frontera le toca cuidarla a la autoridad civil, entonces el auténtico (aunque no único) “profesional” que debía velar por su respeto era el “hombre de lo sagrado”, el sacerdote. Hoy nos parecería paradójico, extraño o al menos original que un clérigo denunciara una fiesta religiosa. Nos esperaríamos más bien que fuera un funcionario laico el que reprochara excesos que, de una forma u otra, podrían o deberían ser atribuibles al clero. Más aún, podría sorprender un poco que, como en este caso, una mezcla más entre lo profano y lo sagrado se encuentre en los propios actores de esta misiva, el remitente un importante juez eclesiástico y el receptor también clérigo, pero que ocupaba un alto cargo, no tanto en la Iglesia, sino en la monarquía.

Aquí un documento que además es europeo, sevillano para ser preciso. Acostumbrados como solemos estar a pensar la historia religiosa nacional bajo la óptica del sincretismo, conviene recordar que el mundo católico podía conocer no sólo de tensiones sino también de prácticas compartidas a ambos lados del Atlántico.

En fin pues, ya sin más preámbulo, aquí la denuncia del provisor del arzobispado de Sevilla, dirigida al presidente del Consejo de Castilla, sobre lo que pasaba en un rincón de esa ciudad algunas noches, en que se mezclaban los símbolos sagrados con las diversiones profanas.

Archivo Histórico Nacional, Consejos suprimidos, leg. 704, exp. 17, fs. 24-26
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