Archivo por meses: agosto 2013

Entre Luces y Luces

cirios_en_el_altar-17144Hace algunos días tuvo lugar en Lagos de Moreno un interesante debate del que he tomado conocimiento apenas ayer, a propósito de la realización de la “tradicional Velada del Recuerdo” en honor de la imagen del Padre Jesús del Calvario, en el recién restaurado Teatro José Rosas Moreno. No entraré aquí en los detalles, que ameritan bien un artículo que espero preparar con calma para semanas más adelante. Por ahora baste indicar que uno de los puntos; de la controversia (de los marginales, es cierto) fue el de la presencia de velas en el teatro. Desde luego, como historiador no puedo ni negar ni confirmar que la cera puede dañar las butacas, ni tampoco me corresponde decir si deben permitirse o no en un teatro; en cambio, algo puedo decir sobre los motivos para que las velas hayan estado ahí antes, y también sobre los motivos para que sean consideradas parte de un problema. Esto es, me voy a servir de ese incidente como pretexto para hablar de cómo las velas pueden ser un motivo de debate entre lo religioso y lo político.

Pues bien, ante todo ¿Por qué las velas en el teatro? Sin duda, porque ellas van siguiendo a una imagen sagrada, el Padre Jesús del Calvario en este caso. Es cierto que estamos aquí ante uno de los elementos de más larga duración y de mayor importancia del culto cristiano. No es fácil datar sus orígenes. Es seguro que se practicaba ya desde los siglo IV y V, y que entonces se estimaba ya como antigua. Prudencio, autor de principios del siglo V ponía en boca del prefecto romano que torturaría a San Lorenzo una referencia a las velas que, colocadas sobre candeleros de oro, iluminaban los oficios nocturnos:

Auroque nocturnis sacris
adstare fixos cereos.

Al igual que muchas otras prácticas cristianas, primero fue adoptada y luego racionalizada en términos simbólicos, en medio de más de una discusión. Es bien conocido que uno de los primeros Padres de la Iglesia en justificar su uso fue San Gerónimo, pero lo hizo para responder a un “heresiarca” que criticaba dicha práctica, y que obligó además al ilustre traductor de la Biblia a manifestarse sobre el uso correcto de las velas. En efecto, es en el tratado Contra Vigilancio que dicho autor, si bien reconoce que los cirios se habían usado en el paganismo, insiste en que no es idolatría mantenerlos en el culto cristiano, tanto para honrar a los mártires, como para asistir a la lectura del Evangelio y para evidenciar la alegría. Identificaba, desde luego, precedentes evangélicos (la parábola de las diez vírgenes), y mejor todavía, significados: las luces venían a significar la luz del Cordero del Evangelio de San Juan, figurada ya en los Salmos. Simultáneamente, San Gerónimo descartaba los usos “supersticiosos” de las luces, propios de los “ignorantes”, los “legos” y las “mujeres religiosas”.

No vamos a hacer aquí el recorrido completo a lo largo de los siglos, pero hay que decir que si las velas empezaron alumbrando las reliquias de los mártires, ya desde esos primeros siglos pasaron a hacerlo también delante de las imágenes religiosas, y con abundancia. Para la época de la Reforma católica, las celebraciones de los santos y de las advocaciones de la Virgen implicaban ante todo un altar iluminado, y una procesión en que los devotos, para manifestarse como tales, han de llevar cirios encendidos. Las más importantes fiestas eclesiásticas, e incluso las ceremonias fúnebres con sus enormes piras y túmulos, se convertían en auténticos despliegues de iluminación que ya entonces la gente visitaba antes de su uso litúrgico. No es de extrañar así que un erudito del siglo XVIII, don Antonio Lobera, le dedicara al tema un amplio capítulo de su tratado El por qué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios. Ahí, el autor explicaba bien la lógica de la abundante cera: “Los fundadores de las fiestas y los devotos que las hacen a los santos, cuanto más luces pusieren, más culto se da a Dios nuestro Señor”.

Empero, las velas y los cirios no dejaron de ser también motivo de la vigilancia eclesiástica por cuanto al tema de la superstición. El propio monseñor Lobera citaba la sesión 22 del Concilio de Trento, celebrada en 1562, y en que aparece mencionada la idea de que las misas debían ser dichas con cierto número de velas, sin duda para garantizar el cumplimiento de las peticiones que se hacían en ellas. Mas para el siglo XVIII, el propio clero había comenzado a criticar el apego excesivo (si ya no supersticioso, al menos “indiscreto”) y el gasto “superfluo” necesario para pagar la abundancia de velas y cirios. Esto es, hubo obispos que trataron de disminuir el gasto en cera. Así lo hizo, por ejemplo, el arzobispo de México don Alonso Núñez de Haro y Peralta, en la década de 1780 con un edicto en que limitaba a 6 las velas de los altares, a 12 las que se habían de utilizar para la exposición del Santísimo y 40 las de los monumentos funerarios. Por supuesto, no faltó la airada e infructuosa protesta del gremio de artesanos cereros, en cuyo expediente el prelado reconoció que, a pesar de dicha reducción, había tenido que permitir a veces se concedieran licencias para colocar hasta un centenar de velas en algunas iglesias (El expediente en Archivo General de Indias, México, leg. 1287). Ya lo había hecho también, alegando el incremento en el precio de la cera, el obispo de Guadalajara, don Juan Gómez Parada, en un edicto de 1745, reduciendo incluso a 12 las de los túmulos y monumentos (Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, Edictos y circulares, caja 2, exp. 30).

Sin embargo, la crítica más importante contra la abundancia de luces comenzó en el siglo XIX con el surgimiento de la cultura política moderna, la del liberalismo. Una de las obras recientes más importantes sobre el tema de la relación entre la cultura religiosa católica y la modernidad, la de la profesora Sol Serrano, ¿Qué hacer con Dios en la república? (Santiago de Chile, FCE, 2008) nos ilustra bien este punto concreto a partir de un incidente chileno. El 8 de diciembre de 1863 se incendió por completo el templo de la Compañía de Jesús de la ciudad de Santiago de Chile. Era el día de la Inmaculada Concepción, por lo que la iglesia se engalanó con una impresionante iluminación de más de 3,400 velas en los altares y 2,000 más en los candelabros, arañas y globos colgantes. Un accidente al encender la media luna de la imagen desató el incendio en una iglesia de madera, pereciendo cerca de dos mil personas, mayoritariamente mujeres (pp. 29-30). La naciente opinión pública, representante autonombrada de las “Luces del Siglo” como se decía, se lanzó a la palestra de inmediato ante la tragedia. Para los periódicos liberales, sintetiza la autora: “La responsabilidad era del clero, de su concepto de culto, de su manipulación de los fieles y especialmente de las mujeres” (p. 32). La religión en la modernidad, lo muestra bien este caso, no es ya una mentalidad compartida por todos, sino un tema de discusión y de opinión. Para entonces, claro, existía ya también una prensa católica que trataba de responder desde el mismo campo a lo que ciertos clérigos y laicos estimaban como ataques contra la libertad eclesiástica. En el caso del incendio chileno, es opusieron frente a frente incluso las antropologías propias de cada cultura: unos reprocharon que se debía haber dado prioridad a evacuar a la gente, otros respondieron que se había rescatado al Santísimo Sacramento; unos preguntaban por la falta de esfuerzos por sacar los cuerpos, los otros decían que a la distancia se dieron los últimos sacramentos a las víctimas. En ello acaso no falta a veces alguna continuidad hasta nuestros días, a unos les interesaban los cuerpos naturales y su salud (hoy día además, y coherentemente, el patrimonio), a los otros el Cuerpo Sacramental de Cristo (no menos que su representación en las imágenes) y la salvación de las almas (pp. 34-35).

Desde luego, en México también hubo ejemplos de crítica contra las velas y los cirios. Las “Luces del Siglo” cuestionaron también aquí los excesos luminosos, mas al menos en los casos que he podido investigar, tal vez porque las circunstancias fueron menos dramáticas, no hubo denuncias especialmente encarnizadas contra ellas. En la prensa de Veracruz, que es la que menos desconozco, hubo por una parte algunas menciones marginales, que las descalificaban más bien por banales, inútiles. Con cierta ironía un artículo de El procurador del pueblo de Veracruz del 1o. de marzo de 1834, criticaba a los “indígenas” y su apego a las fiestas de cofradías, que no hacían sino “enriquecer al sacerdote”, recibiendo apenas en compensación “el placer religioso de encender un centenar de velas a sus difuntos”. Hubo también menciones implícitas de ellas, más radicales, quedando claro que la sensibilidad de algunos liberales comenzaba a tenerlas por ajenas al espacio público. Lo vemos en una carta publicada en ese mismo periódico veracruzano en mayo de 1834, en que uno de los liberales derrotados por los pronunciamientos habidos ese año en Orizaba manifiesta su temor contra las procesiones que “todas las noches andan rezando por las calles”. No lo dice directamente, pero es obvio que son procesiones que se hacían al menos con velas y cirios, y que para el autor habían dejado de ser una expresión religiosa para transformarse en manifestaciones de una facción que hacía ver con ellas su triunfo, su dominio del espacio público. De ahí pues, que tanto por motivos técnicos, de seguridad diríamos hoy, de prioridades en sus preocupaciones, e históricamente también por motivos políticos, la sensibilidad liberal, la de las Luces suele ver con desconfianza a las otras luces, las de velas y cirios cuando salen de las iglesias. Cabe aclarar que en el ejemplo que cité al inicio no se cumplen necesariamente ambos puntos, pero ya hablaremos con mayor extensión sobre ello, pues hay otros elementos de interés que aparecieron en el debate de la Velada del Recuerdo.

El paisaje parroquial de Lagos: la iglesia principal

DSCF3180La antigua villa de Santa María de los Lagos, hoy Lagos de Moreno, es bien conocida por estar enclavada en una región, los Altos de Jalisco, cuya religiosidad católica es proverbial. Mas ésta corre a veces el riesgo de ser considerada una constante casi “natural” de la región, siendo que en realidad tiene una historia que todavía está por estudiarse cabalmente. Puede parecer paradójico, pero si algo he podido constatar en estos casi dos años que llevo en estos rumbos, es que todavía no hay una verdadera historiografía de la cultura católica de los Altos. Y sin embargo, es una región que cuenta con amplias y diversas fuentes para estudiarla, no sólo respecto de los tiempos neogallegos, cuando Lagos era la puerta del obispado de Guadalajara, sino también para épocas más recientes.

Tal vez una que puede resultar especialmente fructífera es la literatura. Lagos contó en tiempos del Porfiriato con un grupo de intelectuales locales que dejó un respetable corpus de textos que, sin tener ese propósito originalmente, pueden servir como fuente para la historia de la cultura regional. Es casi obvio citarlo, al menos parecerá así a quienes conocen bien Lagos, pero hay que mencionar a Francisco González León, “el poeta de Lagos”, de cuyos inspirados textos no puedo juzgar la calidad literaria, pero sí que me es posible recuperarlos para la historia religiosa. Nuestra hipótesis es que a partir de los poemas de González León es posible analizar el paisaje parroquial de Lagos, es decir, por retomar la definición de Philippe Boutry, “el espacio vívido y cotidiano de la vida religiosa en el seno del cual se desarrolla una existencia cristiana” (Prêtres et paroisses au pays du curé d’Ars, 1986, p. 117).

Ese espacio, ese paisaje, tiene una historia, pues en Lagos como en cualquier otra parte del mundo católico se fue construyendo progresivamente. Mas a González León le tocó vivirlo acaso en uno de sus mejores momentos, en las primeras décadas del siglo XX, cuando se habían acumulado ya las obras de varios siglos de constructores de iglesias, edificios y símbolos católicos en la región. Pues bien, ¿Por dónde comenzar a estudiar ese paisaje? González León nos contestaría de inmediato con un poema, el que encabezaba la última sección de su obra Campanas de la tarde, significativamente parroquial y que comienza así:

Liturgia que lo canta, fe que lo eterniza,
sol que lo abrillanta, luna que lo melancoliza;
de mi pueblo aquel Templo Parroquial
con el atrio nemoroso tras el férreo barandal
.

González León tal vez no lo supiera, pero su poema es testimonio de un triunfo, de un largo proceso en la historia del catolicismo en que las iglesias parroquiales y catedrales debían ser el lugar central de la vida religiosa de los pueblos, desplazando a las iglesias conventuales, capillas, santuarios y otros lugares sagrados. Justamente el catolicismo del siglo XIX fue el que llevó a su término dicho proceso, además protagonizado por párrocos que eran a veces entusiastas constructores y renovadores de sus iglesias. Además el poeta lo veía bien, el templo parroquial era protagonista en buena medida gracias a su liturgia, la que debía reunir todos los elementos necesarios para ser un teatro al menos honorable y de preferencia fastuoso para la impartición de los sacramentos indispensables para la salvación, según el catolicismo.

Y la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción justamente concentraba esos elementos, sigamos de nuevo a González León:

Arabescos de cantera del sumptuoso frontispicio
que le diera Churrigera;
alabastro de la pila bautismal. Devoción a San Pascual…
¿Cuál santoral?, ¿cuál su santoral?
Las penumbras de la nave; del órgano las flautas y el fagot; los ángeles,
el oro y los cristales de la urna que guarda a San Hermión.

Se puede apreciar claramente que la iglesia parroquial que vivió el poeta no era cualquier edificio. Deslumbraba en primer lugar por su fachada. Y así debía ser, considerando que era una herencia de la Reforma católica (la alusión a Churrigera es particularmente pertinente), en la que se esperaba que las iglesias representaran, hasta cierto punto, una verdadera Jerusalén celestial, desde sus puertas llenas de columnas y nichos hasta sus cúpulas y altares mayores. La iglesia es un gran escenario, decorado con todos los recursos posibles, empezando por la luz, tan querida de la tradición cristiana desde la Edad Media. Así, la “sumptuosidad” en la fachada hace juego con el “oro y cristales” en el interior, mientras el “sol que abrillanta” el exterior contrasta con la “penumbra” interior.

Además, en ese escenario debían desplegarse, en principio, las devociones de la localidad, y siendo la iglesia parroquial debía ser el lugar de concentración de los más importantes abogados celestiales. La pluma del poeta lo muestra bien en este caso, la iglesia de Lagos albergaba lo mismo a santos tan tradicionales del catolicismo como San Pascual, que reliquias de las catacumbas romanas exclusivas de la ciudad, como el cuerpo de San Hermión. Por supuesto habría que agregar además a los antiguos patronos de la ciudad, Santa Catalina de Alejandría y San Sebastián y a su titular, que ya lo era, sin duda, la Virgen de la Asunción.

La iglesia parroquial es por definición el lugar donde se administran los sacramentos, que marcan la vida del pueblo católico desde su nacimiento hasta su muerte. El católico es parte de la Iglesia (comunidad) pero además hace su vida en la iglesia (edificio). Un buen laguense había de pasar preferentemente en sus primeros días de vida por el “alabastro de la pila bautismal”, su vida cada domingo por las “penumbras de la nave”, el espacio propio de los fieles, y si bien tal vez no le tocó ya verlo al poeta, pero al final de sus días el parroquiano debía también reposar preferentemente ahí. Tal era el sentido original del “atrio nemoroso” que evocaba nuestro autor. Pero más todavía, el templo parroquial es además el rector del paisaje sonoro, no sólo con sus instrumentos musicales (el órgano), sino sobre todo gracias a otros instrumentos que el poeta evocó con particulares extensión y emoción:

Campanas que por viejasparecen tener canas…
Campanitas de las 7 de la noche
;
Clamores a las 8 por las ánimas benditas.
Y el paternal bordón
que en su amonestación ronca y queda
propalaba la
queda.
Y aquella matinal de notas lentas;
aquella, que de un rosario de melancolía, parecía repasar las cuentas.

El poeta nos deja aquí valiosas indicaciones de algunos de los toques de campana que los laguenses escuchaban, y bien posiblemente sabían distinguir tanto como el propio autor. Lagos no era menos que el resto de las parroquias del mundo católico y tenía variedad de campanas y de toques, hasta el punto de poder constituir un vocabulario propio con los tonos particulares de cada una y sus ritmos combinados. Imposible restituirlas del todo, pero destaquemos que el poeta se centra en los sonidos del principio y el final de la jornada, y que además hace la asociación entre las campanas y las oraciones por las ánimas del Purgatorio. Los obispos del siglo XVIII estarían orgullosos, hasta cierto punto, después de sus grandes esfuerzos por hacer de las campanas parroquiales rectoras de la vida cotidiana, sin que perdieran su jerarquía como objetos sagrados, que debían siempre llamar al pueblo a la oración. Ausentes están aquí, sin embargo, los toques para conjurar peligros naturales, acaso ya dejados atrás incluso en la mentalidad de este inspirado poeta local, por los avances científicos de la época.

Podríamos seguir el poemario de González León y continuar recorriendo el paisaje urbano laguense, pero eso será sin duda motivo de otros artículos más adelante.

San Lorenzo, Danzas y Reliquias

San Lorenzo“Oye, pobre hombre: de este lado ya estoy asado; di a tus esbirros que me den la vuelta…”

Ayer fue día de San Lorenzo, uno de los mártires más queridos del cristianismo, diácono, quien fue sometido a un duro tormento. Tanto así que San Máximo y San Agustín habrían de escribir sendas consideraciones sobre si habría sido el más duro de los que padecieron los mártires: fue asado en una parrilla. Mas como cabía esperar de un santo, soportó el dolor con entereza, y aun más, con humor, como prueba esta cita de él que tomo de la Leyenda Dorada, de Jacopo da Voragine (Alianza Editorial, 2002). Sobre su sepulcro se construyó la Basílica de San Lorenzo Extramuros, que en principio custodia sus reliquias; empero, si hay un santo repartido por todo el mundo católico y sobre todo por el mundo hispánico es nuestro mártir de esta ocasión.

Es cierto, en la Colegiata de Santa María de Amaseno, en Italia, al sur de Roma, se conserva una de las reliquias más célebres del santo: una gota de sangre coagulada, que se licua cada 10 de agosto. Las del mundo hispánico son algo menos espectaculares por sí mismas, pero no lo son menos por el culto que algunas de ellas reciben. La tradición dice que Lorenzo era natural de la actual Huesca, en Aragón, donde se le sigue celebrando con particular entusiasmo, saliendo en procesión sus reliquias (un dedo, tradicionalmente, si la memoria no me falla). Como se puede ver en el video de abajo, el cortejo del santo se forma no sólo con el solemne acompañamiento de las autoridades civiles y religiosas de la ciudad, sino sobre todo con el animado baile de espadas de diversas peñas. Sin duda, más de un prelado y de un reformador civil de los siglos XVI al XVIII se volverían a morir si vieran “subsistir” estas prácticas (o estas “supersticiones”, diría acaso alguno de ellos). Sirva la mención para agregar, un poco de pasada, que las danzas en procesiones cristianas no tienen nada de característicamente americano (o de prueba de algún sincretismo), como testimonia la presencia en Europa desde mucho antes que llegara la evangelización a este continente. Aquí en los Altos de Jalisco, en estos días el Señor del Calvario de Lagos ha subido a su templo precedido de danzas, San Vicente ha salido a saludar a sus fieles acompañado de las suyas.


Más allá de Roma, Amaseno y Huesca, el siguiente destino de aquel que viajara buscando los restos del mártir sería sin duda el monasterio de San Lorenzo del Escorial. En efecto, el célebre monasterio, palacio y panteón de los reyes poseía también fragmentos de su cuerpo. Entre los más célebres, un hueso de su cadera, llevado al monasterio por Felipe II junto con la cabeza de San Hermenegildo. La tradición dice que la idea era sólo enviar desde Roma un fragmento del hueso, pero éste no pudo ser cortado por más intentos que se hicieron, hasta que por sí mismo se dividió por la mitad. Sin embargo, el fragmento que mejor testimoniaba del martirio era el muslo, cuya descripción dejamos a fray Andrés Ximénez, autor del siglo XVIII:

Por supuesto, la Nueva España no fue ajena al culto del mártir. Buen testimonio de ello es la imagen que hemos elegido para abrir este artículo, la obra célebre atribuida a José Juárez representando el martirio del santo. Éste habría de inspirar también la hagiografía de los santos novohispanos, como lo observó ya Antonio Rubial. La santidad controvertida, tratando de los mártires del Japón, uno de los cuales, sumergido en agua hirviendo, habría hecho notar a su verdugo que no estaba bien remojado de un lado. Pero volviendo a sus reliquias, que es lo que nos interesa sobre todo, había al menos algún hueso de San Lorenzo en la iglesia de los franciscanos descalzos de México, los dieguinos (Luis Weckmann, La herencia medieval de México, p. 255), y alguna otra en el colegio jesuita de Pátzcuaro. En fin, no podemos dejar de hacer alusión a estas tierras de la antigua diócesis de Guadalajara, porque hasta estos lejanos rincones llegaron también fragmentos del cuerpo del mártir romano. Las Relaciones geográficas de la década de 1740 citan al menos una: un hueso, donado a la parroquia de Sombrete, actual Zacatecas por el obispo fray Domingo de Alzola, de finales del siglo XVI. Por supuesto, no son todas las del actual México y faltan todavía las que existen en otros rincones de América, pues de hecho el cuerpo del mártir se sigue difundiendo: desde la década de 1990 el pueblo chileno de San Lorenzo de Tarapacá cuenta con el hueso parietal del mártir enviado desde Huesca. Allá también, cabe decir finalmente, se celebra la ocasión con danzas, “bailes religiosos” dicen allá, como las que vemos en este video.

El arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos

Para comenzar bien el mes de agosto, escuchemos una conferencia ofrecida por la Dra. Marta Eugenia García Ugarte, investigadora de la UNAM, impartida en el INEHRM el año pasado, a propósito del personaje que ha retenido su atención en estos últimos años: el arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos. Obispo de Puebla y luego Arzobispo de México, los trabajos de la profesora García Ugarte lo muestran como uno de los grandes líderes eclesiásticos y políticos del siglo XIX mexicano.