Archivo por meses: julio 2013

A la búsqueda de corazones episcopales

 Relación Exequias Haro En algún artículo anterior de este blog hemos tratado del tema del entierro separado. Aunque no he podido dedicarle todo el tiempo que quisiera, no he abandonado la investigación sobre este tipo de reliquias, que no se limitaba a ese órgano, sino que incluía veces a los ojos, la lengua y las entrañas. Es un tema al que dediqué mi colaboración para el libro Catolicismo y sociedad.

Desde la conclusión de ese texto el año pasado, ha habido algunos avances puntuales. En principio, he podido confirmar que en el mundo hispánico no parece haber sido una costumbre regia: las relaciones de los funerales de los Borbones españoles que he podido revisar en junio en el Archivo General de Palacio Real, no indican sino el depósito del cadáver (íntegro lamentablemente, con perdón de la expresión) en el panteón de San Lorenzo de El Escorial. En cambio, no ha sido difícil confirmar que se trata sobre todo de una costumbre episcopal, aunque ahora veo que también incluyó a algunos nobles, incluso virreyes. Lo decía don Luis González Obregón en su México viejo a propósito de los entierros virreinales, “Muchas veces se repartían, por voluntad del difunto, su lengua, su corazón y sus ojos a diversos templos, con el fin de que en ellos se conservasen” (p. 433). Mas hasta ahora la bibliografía disponible sólo cita el caso concreto del marqués de Valero, a principios del siglo XVIII.

Costumbre clerical pues, no es extraño que haya sido practicada en el caso de uno de los prelados más notables del siglo XVIII novohispano, el arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta, fallecido el 26 de mayo de 1800. En los dos días siguientes, según la relación de sus exequias, cuya portada encabeza esta nota, se encomendó a diversos curas párrocos presentes en la Ciudad la entrega de ciertos despojos del prelado a tres conventos de religiosas: la lengua y parte de las entrañas fueron llevadas al de Santa Teresa la Antigua, mientras que los ojos y el resto de las mismas se entregaron al Colegio de San Miguel de Belén, y el corazón quedó en el coro del convento de Capuchinas de la Villa de Guadalupe. Las religiosas, según el cronista, las recibieron “con señales nada equívocas de sincero reconocimiento”. Por cierto, se diría que esta orden fue particularmente privilegiada en esta época como depósito de los corazones episcopales en esta época, como veremos ahora mismo con otros dos ejemplos.

Corazón TristánY es que si en algún lugar del reino de Nueva España parecía bien asentada esta costumbre, fue sin duda en Guadalajara. Sus obispos de los últimos años del siglo XVIII y principios del XIX, dejaron todos alguna reliquia suya en las iglesias de su capital y de su diócesis. En principio, fray Antonio Alcalde y Barriga, obispo dominico, fallecido en agosto de 1792. Según José Ignacio Dávila Garibi en sus Apuntes para la historia de la Iglesia en Guadalajara (t. III-2, p. 968), dejó su lengua a las monjas de Santa Teresa y su corazón a las Capuchinas, ambos conventos de su capital. Su sucesor, don Esteban Lorenzo de Tristán y Esmenota, dejó su corazón de nueva cuenta para las monjas capuchinas, pero de la villa de Santa María de los Lagos. Aquí vemos una imagen que ha sido gentilmente aportada para este espacio por la maestra Irma Estela Guerra Márquez (a quien desde luego expreso mi sincera gratitud), que muestra la placa indicando su depósito, apenas legible, y según entiendo (no he podido confirmarlo), ahora ya desaparecida. El mismo Dávila Garibi se extendió con amplitud en el tema de la localización en el convento de La Soledad del corazón del “gran prelado” (como él le llamó en el título de su biografía), Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo, sucesor de monseñor Tristán y fallecido en 1824 (t. IV-1, pp. 391-399). En fin, aunque el mismo autor cita la relación de las exequias del siguiente obispo tapatío, José Miguel Gordoa y Barrios, muerto en 1832, quien habría dejado su corazón al Seminario Clerical, también hay testimonios que indican su depósito en su parroquia natal, la de Sierra de Pinos.

Todavía no he encontrado datos que nos muestren si don Diego de Aranda y Carpinteiro continuó la tradición, o si ésta había empezado ya con monseñor Diego Rodríguez de Rivas. En cualquier caso, conviene darse una vuelta por los añejos coros conventuales, sobre todo de Capuchinas, para verificar si está todavía por ahí algún corazón episcopal.

El Cristo de Santa Teresa

Señor Santa TeresaTal vez una de las escenas de religiosidad más emotivas de los políticos mexicanos de la primera mitad del siglo XIX haya sido la que tuvo lugar el 29 de febrero de 1836. En esos días agonizaba el presidente interino de la República Mexicana, general Miguel Barragán, quien aunque desde el día 27 había sido ya reemplazado por el licenciado José Justo Corro, seguía siendo tratado como mandatario; Para conseguir su alivio o ayudarle a bien morir, al mediodía de esa fecha se le llevó en procesión el Cristo de Santa Teresa, que el presidente y general moribundo veneró besando sus pies, mientras el clero que acompañaba los últimos días del primer mandatario que fallecía en el cargo, rezaba el salmo del  “Miserere”. Sigue leyendo

Catolicismo y Sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI

Sin títuloHace ya algunas semanas salió de la imprenta el libro Catolicismo y sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI, coeditado por Miguel Ángel Porrúa y el Centro Universitario de los Lagos (CULagos) de la Universidad de Guadalajara. Se trata de una obra original por más de un motivo; mas no haré aquí una reseña formal, sino una presentación muy personal del libro. No puede ser de otra forma siendo el que escribe el coordinador del mismo, que reconoce de antemano pecar aquí de utilizar este espacio con fines por entero publicitarios y de abandonar por un momento toda objetividad.

Debo comenzar señalando que es el primer libro colectivo que publicamos entre nueve profesores del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras del CULagos. Se trata de colegas en su mayoría jóvenes en la profesión, doctorantes o recién doctorados, pero ya con una trayectoria importante en la docencia, respaldando la naciente licenciatura en Humanidades de nuestro Centro, surgida en 2008. Permítaseme la confesión personal, es un grupo de colegas que aprecio mucho, que desde fines del verano de 2011 me acogieron espléndidamente en Lagos de Moreno, y que unos meses más tarde me encomendaron la grata tarea de coordinar este libro, que por ello es mucho más del conjunto de los autores que del coordinador. Para verlo culminado, en lo académico contamos con el amable apoyo del Dr. Brian Connaughton, quien nos ha hecho favor de preparar la introducción. En lo institucional, fue asimismo invaluable el respaldo del Dr. Roberto Castelán Rueda, jefe de la División de Estudios de la Cultura Regional de nuestro Centro hasta el mes pasado, y de la Mtra. María Eugenia Amador Murguía, jefa del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras también hasta el mes pasado, y sin cuyas eficaces, amables y puntuales gestiones simplemente hubiera sido imposible esta publicación.

Pero claro, la obra es original principalmente por su contenido. Al preparar los textos, todos los autores hemos escrito desde Lagos de Moreno, ciudad de los Altos de Jalisco, región célebre por su profunda religiosidad. Mas el lector no encontrará aquí una historia local, ni esfuerzos de recuperación de la memoria, ni del patrimonio alteño. Lagos, los Altos, el antiguo obispado de la Nueva Galicia, su historia y su cultura figuran sin duda en la obra, pero no constituyen la preocupación fundamental. Es por eso que hemos querido que Lagos aparezca en la imagen de portada pero no en el título. Como este último indica, lo que el lector encontrará, en cambio, son nueve formas distintas (radicalmente a veces) de hacer historia de la relación entre el catolicismo y la sociedad. El libro forma así un rico mosaico de metodologías, de escalas, de cronologías, de enfoques. El lector lo mismo se preguntará con la Dra. Rosa María Spinoso cómo es posible imaginar la vida de una mujer del siglo XVIII acusada de bigamia y errante por los pueblos del occidente novohispano, que podrá seguir el detallado uso de las fuentes que el Dr. Eduardo Camacho Mercado aprovecha para conocer la cultura escrita del clero de principios del siglo XX. Se encontrará además con aproximaciones estadísticas a la comprensión religiosa del fracaso migratorio de un grupo bien concreto de menores mexicanos hacia Estados Unidos en fechas recientes, obra de la Mtra. Socorro Hernández Barajas, y también con un panorama de conjunto de la gula en la civilización occidental a través de los siglos, que le permitirá ver el lado ideológico de la alimentación, del Mtro. Juan Pío Martínez.

Lo advertirá ya el lector, tal vez la originalidad más importante de la obra es que está hecha desde una perspectiva cultural. No por nada figura en un lugar central el texto de la Mtra. Irma Estela Guerra Márquez, propio de los estudios literarios, quien nos muestra con Francisco González León que es posible llevar, no la poesía a los altares, sino al contrario, los altares a la poesía. Estamos pues lejos de una historia de la Iglesia, institucional, como se suele practicar fundamentalmente (y con harto acierto, sin duda) en nuestro país, como también lejanos de una historia de la relación Iglesia-Estado. Ello no quiere decir que abandonemos del todo los temas institucionales y políticos. La Mtra. Lina Cruz Lira y la Dra. Laura Catalina Díaz Robles mostrarán al lector cómo se construían los medios de subsistencia y los espacios de poder del clero, en el primer caso a través de las capellanías de misas laguenses del siglo XVIII, obra de familias devotas, y en el segundo con el estudio de religiosas enfermeras de principios del siglo XX, quienes se fueron haciendo de un lugar propio entre la autoridad de médicos y obispos. En fin, por lo que hace a lo político, en los capítulos de la Mtra. Lorena Cortés Manresa y en el mío, podrán los lectores ver a la religión como asunto de discusión pública, con los debates entre católicos y protestantes de la Guadalajara decimonónica en el primer caso, y con los sincretismos políticos construidos a partir de la tradición del culto a las reliquias de santos y obispos en el segundo.

En suma pues, y perdonará el lector la falta de modestia, si los autores tenemos notorias divergencias metodológicas, hemos podido con ellas enriquecer la obra, gracias a nuestra coincidencia fundamental en buscar nuevas formas de hacer historia, más allá de las aproximaciones clásicas de nuestra historiografía.

Edicto de Campanas del obispo Ruiz Cabañas, 1803

CampanaEn los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, tuvo lugar en el mundo hispánico la reforma de las campanas. Iniciativa de ciertos prelados, como el Dr. Alonso Núñez de Haro y Peralta, arzobispo de México, quien publicó en 1791 el edicto más conocido sobre el tema, seguido al año siguiente por el obispo de Puebla de los Ángeles, don Salvador Biempica y Sotomayor, y por el de La Habana, don Felipe José de Trespalacios. Los prelados insistían en la tradición de la importancia sobrenatural de las campanas y su sonido, y trataban por ello de moderar los repiques, de restablecer el orden jerárquico que concebían propio de la Iglesia en que el paisaje sonoro debía estar gobernado por las iglesias catedrales y principales de cada población, y reflejar la mayor o menor celebridad de las fiestas según el calendario litúrgico, evitando la mezcla en ellas de la “rusticidad”, de la “piedad indiscreta” de unos fieles acostumbrado a sonarlas con exceso hasta la profanación. La reforma fue respaldada por la Corona, que hizo circular una real cédula fechada en Aranjuez, el 1o. de marzo de 1794 extendiendo el edicto de monseñor Trespalacios para todos los reinos americanos, propiciando además intervención de la jurisdicción civil en estas materias sonoras. Sobre todo ello, nos permitimos remitir a nuestro artículo “Jerarquías, jurisdicciones y sensibilidades: aspectos de la reforma de las campanas en la Nueva España, 1700-1808”, publicado por la revista Secuencia, editada por el Instituto Mora en su número 86, correspondiente al cuatrimestre mayo-agosto de este año.

Cabe decir, no pudo faltar a la cita de la reforma otro de los grandes obispos de la época: don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, obispo de Guadalajara, quien en 1803 publicó también un edicto sobre el tema, que es el que presentamos aquí. Éste, se destaca sobre todo por la amplia explicación que el prelado dirigió a sus feligreses sobre las virtudes sobrenaturales y religiosas de las campanas, tema al que dedicó la primera parte del documento. En cambio, contrario a los edictos del arzobispo y del diocesano poblano, la reglamentación concreta fue más bien general, sin entrar demasiado en los detalles, aunque compartiendo las mismas inquietudes por el orden jerárquico, la sacralización de las campanas y las nuevas sensibilidades que los otros prelados. El obispo Cabañas partía sin embargo de una situación distinta, la diócesis de Guadalajara no era tan sonora como las de la región central, la densidad del paisaje sonoro de su capital diocesana sin duda no tenía comparación con el de la sede primada.
Aquí pues el edicto sobre campanas del obispo de Guadalajara del 8 de junio de 1803, firmado por el prelado desde Atotonilco el Alto, en la transcripción hemos actualizado la ortografía para su mayor claridad, en cambio, lamentablemente la incompetencia del que esto escribe en latín me impide dar una versión corregida traducida o del pasaje que el obispo cita en ese idioma, cuyo sentido general, sin embargo, es bastante claro. El documento lo hemos tomado del Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara, serie Edictos y circulares, caja 5, expediente 27.

Nos, el Dr. D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, obispo de Guadalajara, del Consejo de S.M., etc.

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