Archivo por meses: enero 2013

Orando en Sevilla por personajes trasatlánticos

DSCF3991Los visitantes de la Catedral de Sevilla son testigos hasta nuestros días en ciertas fechas de una de las que fuera otrora una ocupación fundamental de su Cabildo Catedral, beneficiados, capellanes y clérigos: la oración por los difuntos. Quien recorre sus vastas naves lo comprenderá de inmediato poniendo un poco de atención: la Catedral es espacio de convivencia entre la Iglesia purgante y la Iglesia terrena (también con la Iglesia triunfante, claro está), como se nota en las numerosas tumbas que se hayan en varios puntos del pavimento de las naves, cerca de los altares de las capillas laterales y claro está, en la Capilla Real. Cada año se celebraban numerosas misas de aniversario, solemnes y comunes, algunos con vísperas y responsos. De hecho, según la Regla del coro y cabildo de 1760, los primeros aniversarios del año correspondían a los reyes medievales Alfonso X, Alfonso XI y Sancho el bravo y las reinas Berenguela y Beatriz, desde luego, en la Capilla Real. En diciembre, se recordaba ni más ni menos que a los Papas León X y Julio II en la capilla de las Escalas, y en julio se celebraba el aniversario por el Papa Urbano VIII “en agradecimiento a los beneficios” que de él había recibido el Cabildo Catedral.

DSCF3993A más de la memoria de reyes y sumos pontífices, la Catedral oraba de manera casi cotidiana por varios arzobispos de Sevilla, por obispos que habían salido de su coro, y claro está por dignidades, canónigos y racioneros de ella. Entre ese amplio contingente cada 27 de enero le tocaba, siempre según la misma regla, a don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, quien había sido arcediano de Sevilla, dignidad de la Catedral, antes de ser promovido a arzobispo de México entre 1731 y 1747, habiendo sido también virrey y capitán general del reino de la Nueva España. Decía claramente la regla, no era, como en otros casos, una dotación particular del finado o su familia, sino una iniciativa de la propia corporación, “en atención a las generosas dádivas que remitió en vida a esta Santa Iglesia para el culto divino”.

Y en efecto, el visitante que llegue a la Catedral podrá ver todavía algunas de ellas. En el altar de plata, ya lo he mencionado en alguna ocasión en este blog, se encuentran los portacirios que donó, justamente de ese material y que se conocen también como los “vizarrones”, y exhibidas en el tesoro de la Catedral se cuentan un cáliz con patena, unas vinajeras con campanilla y platillo que vemos aquí en las imágenes, remitidas también por el metropolitano de México. Puede verse más sobre la relación de Vizarrón con el Cabildo Catedral de Sevilla en un artículo que publicara don Pedro Rubio Merino en las Actas de las I Jornadas Andalucía y América, disponible en la página web de la Biblioteca de la Universidad Internacional de Andalucía, Fondo Digital de La Rábida.

Volviendo a las oraciones, cabe decir que Vizarrón no era el único prelado de tierras americanas por quien se oraba en la Catedral hispalense. Se recordaba también, pero aquí sí por haber sido fundador y dotador de dos celebraciones, a don Gonzalo López de Ocampo, quinto arzobispo de Lima entre 1623 y 1627, antiguo arcediano de Niebla y canónigo sevillano, quien había ordenado la celebración de los maitines de la Inmaculada Concepción y la sexta solemne de la Ascensión.

Tumba de Colón con ofrendasEn fin, no está de más recordar también el responso de cada 12 de julio “que se canta sobre la sepultura de D. Hernando Colón que está en el trascoro”, hijo de Cristóbal Colón, cuya tumba se encuentra también en la Catedral, trasladado su cuerpo desde La Habana cuando España perdió la isla de Cuba. Y sí, es ante dicha tumba que en nuestros días, cada 12 de octubre, el Cabildo Catedral con las autoridades civiles y militares, acude a recuperar es antigua función suya de rezar por los difuntos, dedicando un responso al Almirante, seguido de un Te Deum en la Capilla de Nuestra Señora de la Antigua, que se encuentra justo al lado.

Tras los huesos del obispo

DSCF9587En septiembre de 1679, el padre Sebastián Morillo se convirtió en sacristán mayor de la Catedral de Guadalajara. Esto es, él se ocupaba del cuidado de todos los ornamentos, imágenes y todo lo necesario para el culto de la principal iglesia de ese extenso obispado que era entonces el del “Nuevo Reino de Galicia, León, provincias de Nayarit, Californias y Coahuila”. Como él mismo afirmó, “entre las alhajas” que ahora custodiaba una no menor era ni más ni menos que un cuerpo incorrupto, es decir, sin duda (aunque no para esas fechas no podía decirse cabalmente sin declaración pontificia previa) el cuerpo de un santo: el del tercer obispo de la diócesis, Francisco Gómez Mendiola y Solórzano, quien había gobernado la diócesis un siglo atrás, entre 1571 y 1576.<br />Hombre responsable, todo parece indicar que examinó con detalle todo lo que ahora estaba a su cargo, encontrándose que al cuerpo episcopal le faltaban la mano derecha y el brazo izquierdo, lo que denunció ante su prelado, quien de inmediato mandó hacer una revisión detallada a su provisor, la cual confirmó que le faltaban “ambas manos, menos un dedo que apareció envuelto en un papel y asimismo los dedos pequeños de los pies, que pareció estar arrancados”, salvo uno que había sido directamente cortado con cuchillo, y del brazo izquierdo le faltaba un hueso, el que hoy llamamos radio. Se inició entonces, entre el 26 de septiembre y el 22 de octubre de 1679, una averiguación para encontrar las manos, brazo y dedos perdidos por monseñor Gómez Mendiola.

El provisor, licenciado Baltazar de la Peña y Medina, interrogó infructuosamente a 13 testigos, tratando en primer término de averiguar en qué momento habían sido arrancadas esas partes del cuerpo del obispo. Si el intento falló, en cambio las declaraciones nos dan varias noticias interesantes de la forma en que los habitantes de la Guadalajara se relacionaban con lo sobrenatural, de manera muy cotidiana cabe decir. En efecto, lo primero que salta a la vista es que ese “venerable cuerpo”, revestido completamente de Pontifical desde la mitra hasta las medias y los guantes (al que los sacristanes y sus ayudantes aseguraron nunca haberle visto los pies), cubierto por un velo de manera permante, reservado en un cajón en la peana del altar de Nuestra Señora del Rosario, cabecera de la nave de la Epístola de la Catedral, oficialmente pues, separado del mundo, estaba en contacto cotidiano con los fieles. Así es, las reliquias del que los tapatíos consideraban ya un santo, aun sin el reconocimiento de la Santa Sede, estaban ahí obrando milagros entre ellos.<br />El cajón en realidad se abría con harta frecuencia, a solicitud de casi cualquier particular, pero sobre todo de clérigos, monjas y personas “de distinción” como se decía en la época. Buena prueba de que no se trataba de un práctica “popular”, las élites eran las primeras que trataban de acercarse a ese cuerpo sagrado: en los últimos años dos presidentes de la Real Audiencia, uno solo y otro con todo su séquito de pajes; una novicia a punto de profesar, hija de un notable local, acompañada de otras damas; y “otras personas forasteras” que los sacristanes no pudieron siquiera recordar por sus nombres, habían estado en contacto con la reliquia. El sacristán interino Lic. Francisco Rada Capetillo, quien había ocupado el cargo sólo cuatro meses, recordó haber abierto el sepulcro en tres ocasiones, ante un mercedario, un jesuita y “otros hombres del Real de Sombrerete”. Podríamos pensar con que les bastaba contemplarla, pero no es tan seguro: un anciano exmonaguillo de la Catedral aseguraba que en su juventud el cuerpo sin duda que tenía manos, pues “le besó muchas veces”.

FcoGomezdeMendiolaLos sacristanes además, no sólo abrían el cajón, sino que ellos mismos sacaban alguna reliquia para auxiliar a otros seglares. Así es, aunque únicamente reconocieron que había sucedido cuando eran sacristanes los ya entonces fallecidos Lic. Felipe López del Carpio y padre Benito Pérez de Estrada. Este último habría llevado los guantes del obispo, mientras el primero uno de sus dedos, en ambos casos para auxiliar a mujeres con dificultades de parto. En torno al dedo arrancado por López del Carpio corrían varios rumores: que de hecho había sido hurtado y que él había logrado recuperarlo, o que él mismo se lo había llevado a su casa y en su lecho de muerte había encargado su entrega al sacristán menor. Como sea, los sacristanes eran así los primeros promotores de la causa del prelado contribuyendo a la generación y difusión de sus reliquias, que por supuesto ellos mismos consumían. Mientras López del Carpio mantuvo en su casa un dedo, Rada Capetilo había aprovechado su cargo para donarle una nueva casulla al cadáver –pues si éste se mantenía incorrupto, no así sus ornamentos, ya algo apolillados–, donación que hizo a cambio de la casulla vieja “para enterrarse con ella”.

Los interrogatorios nos indican que en el altar de la Virgen del Rosario de la Catedral no sólo el cuerpo de monseñor Gómez Mendiola obraba milagros: una imagen del Niño Jesús había sudado unos años antes de que todo esto sucediera y, acaso para ver si no había por ahí alguna causa física para ello, el provisor mandó abrir solemnemente la peana, lo que a su vez generó el milagro más clásico de los obispos de Guadalajara: el giro de sus sombreros. El de Gómez Mendiola se hallaba colgado en la cornisa por encima del altar, y no cesó en sus “grandes movimientos” hasta que se hubo depositado de nuevo el cuerpo de su dueño en su lugar de reposo.

Los habitantes de Guadalajara contemplaban y se apropiaban de las reliquias de un venerable, pero no por ello escucharon las advertencias de su sucesor en turno, el Dr. Juan de Santiago de León y Garavito, quien para respaldar a su provisor debió lanzar un anatema (como el que vimos en este blog la semana pasada) para tratar de obtener la devolución de las manos, brazo y dedos de los pies de Gómez Mendiola. La excomunión y todas las maldiciones del salmo 108 de la Vulgata, no fueron suficientes para que los tapatíos se desprendieran de esos fragmentos de lo sagrado.<br />Toda esta información la hemos tomado del testimonio de la causa formada para pedir la beatificación del obispo, remitida al Consejo de Indias en 1715, y que se encuentra hoy en el Archivo General de Indias, sección Guadalajara, legajo 222. El retrato del obispo está tomado de la página web del Semanario de la Arquidiócesis de Guadalajara.

Mandamiento de anatema por robo

A lo largo de la historia, la justicia eclesiástica católica ha dispuesto de los recursos más diversos para ejercer su autoridad. El más fuerte, sin duda, es la excomunión, separación que se espera sea temporal del acusado del gremio de la Iglesia. Podía ser particularmente solemne, y es lo que me interesa resaltar aquí, tomando así la forma de un anatema, una ceremonia en que se maldecía al culpable ante una cruz cubierta con un velo negro, apagando simbólicamente una vela.
Los mandamientos por anatema eran algo relativamente común antaño. Bajo ciertas condiciones un juez eclesiástico podía lanzarlo contra un juez civil cuando veía invadida su jurisdicción, pero no era menos común que se usara a petición de parte para intimar a un culpable desconocido a revelarse. Esto es, habiendo sido víctima de un robo algún particular o sobre todo algún eclesiástico, podía acudir al juez pidiendo que se hicieran exhortaciones una y dos veces para la devolución de lo hurtado y a la tercera ocasión se lanzaba ya el anatema en forma. Vamos a ver aquí un ejemplo, tomado de una Instrucción para notarios apostólicos impresa en Alcalá de Henares en 1567, para dar cuenta de que era un asunto lo suficientemente común para que todo escribano de curias eclesiásticas de los siglos XVI al XIX tuviera que saber cómo redactar uno.

Cabe decir, el ejemplo que citamos no es, sin embargo, el mejor, los hay más extensos, y otros que citan las maldiciones del salmo 108 de la Vulgata (actual 109), que son finalmente las que inspiran las leemos ahora, por ejemplo, los versículos 8 y 9: “que sean pocos sus días y que otro ocupe sus dignidades; que sus hijos queden huérfanos y su mujer viuda”. Así también, podía agregarse “maldita sea la cama que morares, la cama en que durmieres, la ropa que vistieres, la tierra que pisares”.
Desde luego, ya en el siglo XVIII hubo ilustrados que hicieron mofa del uso de este tipo de mandamientos contrastando la dureza de sus términos con lo terrenal de los bienes buscados con ellos, a veces destacando también su reducido monto. Lo confieso, no conozco los detalles de su uso `posteriormente, aunque he visto el modelo en los libros de prácticas judiciales del siglo XIX. En cualquier caso es sin duda un interesante testimonio del uso de lo sagrado para la justicia profana.

Crudelis Herodes

Una entrada breve pues hoy es día festivo y el autor del blog anda de viaje. Hoy es la fiesta de la Epifanía, la primera gran manifestación de Cristo, todavía en el pesebre de Belén, a los magos venidos de Oriente del Evangelio según San Mateo, que la tradición conoce mejor como los tres Reyes Magos y cuyas reliquias, por cierto, constituyen desde la Edad Media el gran tesoro de la Catedral de Colonia, en la actual Alemania. Habiendo sido la versión canónica particularmente escueta en datos sobre este pasaje, la tradición, los Padres de la Iglesia y sobre todo un evangelio apócrifo, el Evangelio Armenio de la Infancia, han ido construyendo la imagen que tenemos hoy de la Adoración de los Reyes Magos. Es en este último donde aparecen sus nombres tradicionales, se detallan los regalos, sus orígenes y demás. Una traducción de dicho texto está disponible en línea en este sitio: Evangelio Armenio de la Infancia. Ahora bien, dos eran los himnos tradicionales de esta fiesta en el Breviario Romano: “Crudelis Herodes” y “O sola magnarum”, puedo sin duda equivocarme, pero parece que no son himnos especialmente recordados en nuestros días. De ahí que me haya parecido interesante esta versión, disponible en Youtube, para dar a recordar al menos al primero de ellos, que no es sino una descripción más bien sencilla del evento que se conmemora. Lo vemos traducido más abajo en la obra siempre práctica de monseñor Antonio Lobera, El porqué de todas las ceremonias…