Archivo por meses: noviembre 2012

Una reforma de cofradías episcopal

En los años 1776 y 1777, cuando los magistrados de la Corona intentaron organizar una reforma general de las cofradías novohispanas, comenzaron por recabar información de todos los rincones del reino en la materia. Aunque la información se levantó a través de corregidores y alcaldes mayores, éstos tuvieron que recurrir a los párrocos para recuperar los datos necesarios. En sus respuestas, conservadas hoy sólo las de Oaxaca en el Archivo General de la Nación, algunos de ellos dieron cuenta de intentos episcopales anteriores para la reforma. Aquí vemos un caso bien concreto: la reforma intentada apenas unos años antes en su visita pastoral por el Dr. Buenaventura Blanco, obispo de Oaxaca entre 1754 y 1764. Como puede advertirse del testimonio del cura de Talixtaca que presentamos a continuación, el obispo trató de reducir el número de cofradías para poner equilibrio entre sus gastos y sus bienes. Reforma bienintencionada, que incluso hoy nos pareceria racional, y que incluso debía haber beneficiado a los fieles, en particular a los mayordomos, libres ya de tener que endeudarse para apoyar a las devociones de la parroquia. Pero las resistencias de unos y la lentitud de otros llevan curiosamente a la situación opuesta: para 1776, no sólo la reducción no se ha realizado, sino que los bienes han desaparecido, y entonces más que antes son los bolsillos de los mayordomos los que deben cargar con el peso de las cofradías. Veamos pues los detalles, a escala muy local, de este tropiezo en los proyectos del obispo.

AGN, Historia, vol. 312, fs. 189-190

El Lic. D. Miguel Francisco de Ferra, abogado de la Real Audiencia de esta Nueva España, cura presentado por S.M. de la doctrina y beneficio curado de San Miguel Talixtaca de la jurisdicción real del corregimiento de la ciudad de Antequera en el obispado de Oaxaca. En cumplimiento de lo prevenido por la superioridad del excelentísimo señor virrey de esta Nueva España en decreto de 29 de agosto del año que rige, para que se le informe y dé noticia de las cofradías o hermandades que hubiese en las iglesias o capillas de los respectivos territorios de cada curato, expresando los fondos con que se hallen, cuya resolución inserta en el ruego y encargo que motivó la cordillera librada por el señor corregidor de la ciudad de Antequera el día 5 del corriente octubre, que llegó a esta cabecera por lo relativo a ella el nueve del mismo, para instruir asuntos. Dice: Que dedicado el cura que informa al registro de los libros de cofradías o hermandades de esta cabecera y sus pueblos, halla que aunque de inmemorial tiempo a esta parte que no descubren los libros antiguos, por no hallárseles principio, tuvo esta cabecera distintas hermandades, protegidas y tituladas de diversidad de advocaciones de santos, de que unas se encuentran si no enteramente en la mayor parte perdidas, otras anihiladas [sic] y otras mandadas extinguir.
Que por el año pasado de 1756, en auto de visita del día 22 de su noviembre, que celebraba el ilustrísimo señor Dr. D. Buenaventura Blanco, obispo que fue de esta diócesis (de recomendable memoria), consta en el libro de la cofradía del Santísimo Sacramento, que habiéndole dado cuenta con él de otras treinta y seis o treinta y siete cofradías hermandades comprensivas de las que tenía este curato (incluidas las del pueblo de San Sebastián, pueblo de San Francisco y pueblo de Santa Cruz, que hoy están agregados al curato de Jalatlaco), su ilustrísima se sirvió, con atención a la cortedad de los principales y que no reportaban los gastos de las mismas cofradías o hermandades, de mandarlas extinguir, y efectivamente, en el citado auto de visita las extinguió.

Que de dichas treinta y seis o treinta y siete, las trece de esta cabecera de Talixtaca, que fueron: Santísimo Sacramento, Santísima Trinidad, Santísimo Cristo, Cinco Señores, Nuestra Señora de la Soledad, Rosario, Dedicación, Aparición de San Miguel, Santiago, San Nicolás, San Diego, San Agustín, Santa Rosa, se redujeran a solas dos bajo del títulod el Santísimo Sacramento.

Que de las siete que tenía el pueblo de Guayapa, sujeto a esta cabecera (que es de la jurisdicción del Marquesado del Valle), conviene a saber: Santísimo Rosario, Señor San Joseph, San Andrés, San Sebastián, San Nicolás y San Pedro, se hiciese una cofradía.

Que las cinco que tenía San Agustín y eran: su titular, Santísimo Cristo, Rosario, San Jacinto y Soledad, se redujesen a una.

Otra las cuatro cofradías que tenía Santo Domingo Tomaltepec, de la jurisdicción del Marquesado del Valle y eran Santísima Trinidad, Santísimo Cristo, Rosario y Santo [ilegible].

Otra las tres de Santa María del Tule que eran: Asunción, Santísimo Cristo y Santo Tomás.

Y últimamente que continuase la única que tenía el pueblo de Santa Catarina por término de dos años.

En el citado auto de visita mandó el nominado señor ilustrísimo que, recogiéndose por los mayordomos de todas la cofradías sus capitales, ocurriesen a su tribunal para erigirlas según su idea y reducirlas a constituciones, pero a esta providencia, que notorió el padre cura de esta doctrina Dr. D. Tadeo Puertas, antecesor del que informa, parece se resistieron los mayordomos, expresando que las sobredichas no eran cofradía, sino meros depósitos de sus principales, y que los gastos de misas solemnes y demás los hacían de sus bolsillos, sin gravar a otros individuos, queriendo mantenerse con sus antiguas costumbres, que sólo miraban al culto divino.

Con este motivo representó dicho doctor en la misma diligencia que consta en el libro a que refiere el que informa, que por lo relativo a fábrica de iglesia, sólo tenía de costos cada una de las fiestas tres pesos, con procesión y sermón, y siendo las misas con ministro cinco pesos y terminó pidiendo la misma extinción por serle gravosas las cofradías tanto en el registro de sus libros y gobierno, como en el gravamen de los sermones que o predicaba por un solo peso, o se gravaba más de su cuenta si los encomendaba.

Por el año pasado de 1760 y en 18 días del mes de agosto en que el mismo señor ilustrísimo, Dr. D. Buenaventura Blanco repitió, dada cuenta con las resultas expresadas de su anterior auto de visita, en otro que consta en el propio libro de la cofradía del Santísimo Sacramento, se sirvió confirmar sus providencias y prorrogar a su efecto el tiempo de cuatro meses para la colección de principales, con los apercibimientos de embargo y cárcel, y verificar la de los capitales, erigir las seis cofradías, cuyos bienes ya estaban convertidos de profanos en espirituales, y reducirla a constitución.

Las predichas providencias en cuanto a la recaudación de capitales no tuvieron efecto, por no haber podido dicho Dr. Puerta verificarla, hasta que por el provisorato, en 6 de marzo de 61 se mandó al susodicho formalizar las cuentas, asignando las dependencias y sus deudores, en cuya observancia parece que comenzó a dar cuenta de lo que había recabado o cobrado desde 22 de mayo de 61 hasta quince de abril de 71, en que asienta haber ocurrido a dicho provisorato.

Todo lo relacionado es lo que consta en el libro de la cofradía del Santísimo Sacramento, a donde refieren los otros de las demás erecciones, pero con motivo del fallecimiento de dicho Dr. Puertas y a reclamo del provisorato por los capitales de las mismas cofradías que habían entrado en su poder, se formó concurso de acreedores a bienes en el mismo juzgado, donde penden y pasan sin embargo de haberse reclamado. Por lo que el cura que informa pasa a hacerlo de los demás puntos.

En las especificadas cofradías y hermandades ninguna hay que fuese erecta con licencia real, pero sí con formal erección que de todas hizo el ilustrísimo señor diocesano ordinario por el año pasado de 1711 y consta en el propio libro de la del Santísimo Sacramento, donde hay otras providencias, y realmente no son constituciones. Sus mayordomos se eligen entre los mismos naturales cada dos años, éstos toman (antes del concurso y de que los cobrase el Dr. Puertas), los principales y la cera después, que es la que deja el antecesor en el cargo, y con ella hacen sus fiestas de iglesia, que tienen de gasto cinco pesos cuando más solemne, contra la cera, y finalizados sus dos años, entregaba antes principal y cera, pero en el día, quitados los principales concursados, sólo lo hacen de algunas libras de dicha cera.

Los dichos mayordomos servían antes de tener en sí los principales cortos, y ahora sin ellos hacen los gastos de las fiestas con gusto de sus pobres facultades, sin cargarlo a las hermandades ni a sus sucesores, por ser especialmente afectos al culto divino en sus imágenes. Unos a los otros mayordomos se ayudan tanto en el aseo de los altares de sus hermandades como en ponerles y prestarse o alquilarse su cera con suma armonía. A la presente, como el Dr. Puertas hubiese colectado los capitales que se hallan concursados, no hay en los mayordomos más fondo que algunas libras de cera, que es la que entregan a sus sucesores, y a impulso de su devoción hacen sus fiestas. Que es cuanto puede decir el cura que informa satisfaciendo al superior encargo de su excelencia.

Talixtaca y octubre 19 de 1776

Lic. Miguel Francisco de Ferra.

Coronando a San José

Coronación de San JoséEl Patrocinio de San José, fiesta de origen carmelita, devoción de la gran reformadora de la orden, Santa Teresa de Ávila, fue especialmente querida del mundo hispánico del siglo XVIII. Lo vemos bien en este célebre cuadro de Miguel Jerónimo Zendejas, que se encuentra en la Catedral de Puebla, titulado justamente el Patrocinio de San José, en que dos querubines coronan al Patriarca ante quien se arrodillan el Papa con su tiara y el rey Carlos III incluso deposita su corona a sus plantas. Testimonio de esa devoción es que en los últimos años del siglo XVIII abundaran las coronaciones de la imagen de San José, de algunas de las cuales dio cuenta puntual la Gazeta de México. 
En concreto, el periódico publicó notas de 12 coronaciones, las de las imágenes de las capuchinas de Oaxaca (noviembre de 1788), de las parroquias Zacatlán (enero de 1789) y Chilapa (febrero de 1789), de los franciscanos de Oaxaca (mayo de 1789), de los agustinos de San Luis Potosí (diciembre de 1789), de los carmelitas de Valladolid de Michoacán y de los misioneros franciscanos de Guadalupe de Zacatecas (ambos en mayo de 1790) y de las parroquias de Valle de Santiago (junio de 1790), Guanajuato (julio de 1790), Salvatierra (septiembre de 1790), Real de Bolaños (noviembre de 1790) y Sierra de Pinos (noviembre de 1796). Aunque se pueden distinguir en este conjunto comunidades religiosas, parroquias de españoles y parroquias de indios, la impresión que deja la lectura de las notas publicadas es que los fastos de la coronación fueron básicamente los mismos en todas partes.
En efecto, un poco por doquier se trató rendir culto al Santo Patriarca, en primer lugar con abundantes luces, las que iluminaban sus altares en el interior de las iglesias, pero también las que decoraron a veces durante varios días sus fachadas e incluso las plazas principales de los pueblos. Estas luces también podían tomar la forma de fuegos artificiales, “exquisitos árboles de fuego” (es decir, castillos) como los que ordenaron las austeras madres capuchinas en Oaxaca durante las vísperas y misa de la celebración. Abundaron además la música y las danzas, que tanto en Zacatlán como en Chilapa podían ser las de los Voladores o los típicos Moros y Cristianos de los pueblos indios, no menos que los saraos de los españoles. Por supuesto, los fastos sonoros no hubieran estado completos sin los constantes repiques de campanas de las iglesias, no sólo de aquellas en que tenía lugar la función principal, sino incluso las circundantes.
Y es que además la coronación de San José solía ser ocasión para la reunir a varias comunidades, de religiosos ciertamente, como lo vemos en la asistencia de los mercedarios a la coronación de la imagen de los franciscanos de Oaxaca, pero también de los pueblos vecinos, como el de Huilacatitlán en el caso de la celebración de Bolaños. Esos invitados acudían con frecuencia llevando a sus propias imágenes en calidad de padrinos de la ocasión, portando ellas en sus manos la corona para el Patriarca. Mas volviendo a las artes presentes, no debemos olvidar la poesía, la oratoria y el teatro: por lo común se compusieron abundantes loas a San José, se representaron pequeñas piezas sagradas, y sobre todo, los sacerdotes con mayor prestigio por sus dotes en el púlpito acudían a predicar el o los varios sermones de la ocasión.
Cabe señalarlo, al tratarse de una coronación no es de extrañar tampoco la presencia de símbolos claramente regios: hubo en algunos lugares reyes de armas, cortejos no estrictamente procesionales sino más bien triunfales, a veces con la imagen misma sobre carros tirados por varias mulas entrando a la población, o proclamaciones con su estandarte semejantes a las que se hacían por los monarcas españoles con el Real Pendón. Por supuesto, eran cortejos adecuados al propio San José, si en la imagen de su patrocinio es coronado por los ángeles, pues no faltaron los eclesiásticos que organizaron a los niños de las parroquias que se vistieran de tales para subir a los tablados y acompañar las procesiones, así como otros jóvenes se vestían de romanos para abrirle paso.
En fin, la fiesta se completaba con elementos que hoy pensaríamos profanos, como corridas de toros, y abudantes refrescos, asimismo propios de las proclamaciones regias, todo ello perfectamente autorizado por las jerarquías civiles y eclesiásticas de la época, las mismas que paradójicamente emprendían en esos últimos años del siglo XVIII verdaderas campañas para reducir todo esos “gastos superfluos” como los consideraban. Participaron por igual párrocos, superiores religiosos, obispos (incluso don Juan Cruz Ruiz Cabañas, quien autorizara los festejos en Sierra de Pinos), pero también vecinos distinguidos seglares, magistrados, encargados de las rentas reales, etcétera, quienes aportaron con una generosidad y liberalidad continuamente recordada por el periódico el financimiento de unas funciones que podían ser particularmente onerosas, como en Zacatlán, donde se estimaron en 8 mil pesos.
Digamos ya por último que estas coronaciones se ejecutaron además por lo que llaman los franceses el “espíritu de campanario”: al saber que poblaciones lejanas, pero semejantes en jerarquía, o directamente vecinas habían coronado a su imagen, pues los pueblos y comunidades religiosas no veían, y con buena razón, porqué la de ellos habría de quedar sin corona. Sin duda hubo muchas más que no llegaron a ver sus fastos publicados en la Gaceta de México, y que bien valdría la pena rastrear para mejor conocer la religiosidad de tiempos de las Reformas borbónicas.

Versa est in luctum

Una entrada breve para cerrar el ciclo del Día de Muertos, una antífona del oficio de difuntos, Versa est in luctum, presentada aquí en una versión de Juan Gutiérrez de Padilla, maestro de capilla de la Catedral de Puebla de los Ángeles en el siglo XVII, interpretada por The King’s Singers. Aunque normalmente suelo subir una versión armada por mis propios medios, en este caso me pareció muy bien lograda esta que encontré en Youtube, por ello me limito aquí a retomarla. La antífona en cuestión, célebre en sus versiones de Tomás Luis de Victoria y Alonso Lobo, entiendo que es muy antigua, al menos no la encuentro en el Ritual Romano, retoma dos versículos del libro de Job, el primero del capítulo 30 y el segundo del capítulo 7. Para quienes conocen la historia de Job, no sorprenderá que sea una antífona que trate el tema del cambio de la alegría al luto.

Pira y rifa por las ánimas de Lagos

Esta semana de nuevo una entrada breve para tratar de otra de las prácticas religiosas del mes de noviembre que tenían lugar en la siempre querida parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de la villa de Lagos, pero ya no sólo en tiempos del reino de la Nueva Galicia, sino también de cuando era parte de una nueva entidad política, la provincia y luego Estado o Departamento de Jalisco. Esto es, ya entrado el siglo XIX. De nuevo son prácticas que encontramos en los libros de cofradías, en particular a los de la cofradía de las Benditas Ánimas que se conservan en el Archivo Histórico Parroquial de la Asunción de Lagos de Moreno.

La fiesta principal de dicha cofradía era, desde luego, el 2 de noviembre, la conmemoración de los Fieles Difuntos, y consistía sobre todo en la realización de un aniversario, es decir, una misa solemne, cantada como nos lo indican los registros del pago de músicos, con monaguillos acompañando al preste, quien seguramente era también el que se ocupaba de subir al púlpito para el sermón, que en el siglo XVIII se pagaba también por separado. Había además misas y rosarios durante toda la octava en el siglo XVIII, aunque tendieron a desaparecer en el siglo XIX. Mas el elemento central era sin duda la que se llamaba la pira funeraria, es decir, un túmulo formado por varios bastidores de madera pintados que se adornaba con abundantes luces, como se entiende por el hecho de que el gasto fundamental de la ocasión era la cera: dos arrobas solían adornarla, es decir unos 23 kilos de cera. Adquirida en los años 1790, bajo la gestión del bachiller José Ana Gómez Portugal como mayordomo, éste justificaba en 1803 los abundantes gastos del aniversario por “ser preciso vestir de ella [de cera] toda la pira, porque lo contrario sería deformidad e irrisión”. Tan era así que en 1824 hubo que renunciar a la pira por “la carestía de la cera”. Podemos pues suponer que en esos años y hasta la década de 1830, los habitantes de Lagos se acostumbraron a asistir a la festividad de las ánimas en buena medida para ver el espectacular adorno y su iluminación.

Reservada al principio para la festividad, en el siglo XIX la pira llegó a alquilarse: en 1820 para las exequias de un padre jesuita, cuyo nombre desconocemos lamentablemente, en 1826 para los funerales de la esposa de don Marcos Reyes, en 1829 a petición de doña Carmen Villalobos, y en 1834 en las exequias de don Nicolás Martín del Campo. Tan era importante la pira, que en septiembre de 1799 se decidió construir un cuarto en el atrio de la iglesia exclusivamente para guardarla, pues en la sacristía, donde hasta entonces se había depositado, la humedad dañaba la pintura. Renovada a principios de la década de 1810, reparada en 1816, 1829, 1831 y 1832, en este último decenio parece haber ido perdiendo centralidad en los festejos. A partir de 1832 justamente, se colocaba más bien una tumba, es decir, un armazón con forma de ataúd. En el inventario de 1838 aparece todavía la pira pero “ya muy vieja” y al año siguiente el obispo Diego de Aranda, en su visita pastoral, ordenó incluso que se derrumbara el cuarto donde se guardaba, sin duda en aras de darle mayor dignidad al atrio parroquial. No volvemos a saber de ella en los años siguientes, acaso por haber sido eliminada junto el mismo cuarto.

Es sin duda significativo que el siglo XIX trajera en cambio la introducción de nuevos elementos al festejo. En noviembre de 1821 aparece así la rifa de las ánimas, que perduró hasta los tiempos de la Reforma liberal en 1859. Su funcionamiento preciso nos lo explica uno de los asientos en los ingresos del año de 1839. La gente compraba boletos o números por medio real a favor de las ánimas de su devoción, podemos imaginar que parientes suyos difuntos, que la cofradía distribuía a través de un colector. El alma ganadora obtenía una misa cantada exclusivamente para ella, por la reducción de su estancia en el Purgatorio, mientras que todas las otras que entraban en la rifa debían conformarse con una misa rezada en común. Según se aprecia por las cuentas del mayordomo era una práctica que tenían gran eco entre los habitantes, sobre todo en su primer año, cuando se recabaron 20 pesos netos, ya descontando el costo de las dos misas, lo que significa que más de 300 números entraron a la rifa. En los años siguientes osciló el ingreso entre unos 6 y hasta 15 pesos anuales, lamentablemente las fuentes no nos dan pistas para seguir los motivos.

La rifa es importante pues sorprende en las cuentas por su permanencia en oposición al aniversario, cuyas luces literalmente se fueron apagando en las décadas de 1840 y 1850. La cera de la función disminuyó significativamente con la desaparición de la pira, y de hecho los últimos mayordomos apenas si compraban algunas libras para la ocasión, incluso el pago por el sermón desaparece, concentrándose el gasto cada vez más en el costo de la misa y la capilla de cantores, la música incluyó a veces “instrumentos de viento”. Aunque son duda pocos indicios los que contamos, podemos ver que la sensibilidad de los laguenses a favor de los fastos iba disminuyendo en beneficio de una práctica más estrictamente religiosa aunque no menos centrada en el culto, la propia misa.