Archivo por meses: octubre 2012

El tío Gregorio y los rosarios de Ánimas en la Villa de Lagos

Parroquia de la Asunción de Lagos de Moreno, estado actual.

El testimonio más común que nos queda de las cofradías del Antiguo Régimen suelen ser sus libros de cuentas, en los que quedaron asentados sus gastos, sus ingresos, sus bienes. Libros llenos de números, de balances, de cortes de caja y de autos de revisión, es común imaginar que la única forma de explotarlos es justamente reproducir sus sumas y restas, a veces incluso hasta evaluar con detalle cada una de sus operaciones, tratando reconocer en ellas materiales que podamos comprender con conceptos y categorías de orden por completo económico. Parecieran buena muestra de que aquí, en medio de tantos números no hay religiosidad ni ritual posibles, porque en buenos hijos de un mundo secularizado, Cielo y dinero nos parecen opuestos y naturalmente separados. Y sin embargo, cabe siempre recordar que en el Antiguo Régimen apenas habría ritual que no implicara así fuera una limosna, y que la mejor manera de identificar qué misas y cuando se celebraban, es buscar el monto que se pagó por ellas.

Pues bien, buscando justamente en uno de los libros de cofradías de la parroquia de la Asunción de la antigua Villa de Santa María de los Lagos, la de las Benditas Ánimas del Purgatorio, avanzando entre cuentas y más cuentas uno puede encontrarse con un personaje tan olvidado como el ritual del que era responsable, uno más del siempre interesante paisaje sonoro de las parroquias de antaño. En un asiento fechado en junio de 1791 aparece por primera vez el pago “al que gritó la oración”. Sus pagos van y vienen a lo largo de las semanas siguientes bajo el título del “que grita el Padre Nuestro y el Ave María”. En ese mismo año se integra a la función principal del instituto, la del 2 de noviembre, en que no sólo hubo “plática, misas de la octava, aniversario [por los fieles difuntos], sermón y capilla [de músicos]”, sino también “el tío Gregorio, que en 9 días pidió el Padre Nuestro y el Ave María”. En adelante quedó asociado justamente a estas fechas, los días que preceden la fiesta de los Fieles Difuntos, cuando según parece salía a recorrer las calles de la villa, pudiendo ser 9 ó 10 las noches en que salía. Pero su actividad no acababa ahí, también hay registros que nos lo muestran a lo largo del año, sobre todo en los lunes, pues como sabemos el lunes es el día de la semana que se dedicaba a la oración por las Ánimas, y la cofradía tenía su misa semanal, de forma parecida a como era los jueves con el Santísimo Sacramento o los sábados con la Virgen de la Inmaculada.

Detalle de la portada del libro de la cofradía de la Soledad y Santo Entierro. Archivo Histórico Parroquial de la Asunción de Lagos de Moreno.

¿Qué hacía pues el tío Gregorio? Nos lo explica por fin el último registro que hemos localizado de su actividad: “ha andado gritando los lunes por las calles pidiendo el que recen los fieles en favor de las Ánimas un Padre Nuestro y un Ave María”. Suerte de campana humana, pues eran ellas normalmente las que tenían el deber de recordar a los fieles de la época sus oraciones, al menos tres veces al día, podía también compararse a los misioneros franciscanos con sus saetillas, esos versos tan directos en pro de la conversión so pena de los castigos infernales que los buenos frailes acostumbraban recitar a toda voz en medio de la noche. Lamentablemente no sabemos más del tío Gregorio, ni de los motivos para dejar de recorrer las calles para recordarle a los vivos que debían rezar por los muertos; empero pareciera que esta práctica iba de la mano de otra, algo más común en el mundo hispánico: el rosario por las Ánimas.

El inventario de la cofradía de octubre de 1803 es bien elocuente al respecto: todavía estaba ahí el “cuadro que servía para el rosario”, y en los registros de la década de 1770 hay algunas limosnas recogidas “en la noche de su rosario”, que contrastan con los gastos semanales para organizarlo: durante la década de 1780 parece haber ido en constante crecimiento, pues comenzaron a pagarse las velas, los cantores y, al ingreso del padre José Ana Gómez Portugal como mayordomo en 1789, un campanillero. Todo parece indicar que en esas tres últimas décadas del siglo XVIII y justo hasta 1800, los laguenses debieron ver pasar cada semana una pequeña procesión llevando el cuadro de las Benditas Ánimas compañado por las velas, los faroles (de los que sabemos por los pagos de su compostura en 1783) la música y la campanilla abriendo paso, rezando sus oraciones por las calles. Mas si su mejor momento fueron los años 1780, en los 1790 hubo semanas en que no salió. Podemos sólo suponerlo, pero acaso el tío Gregorio habría sido el reemplazo de esa práctica hasta independizarse de ella. Los rosarios, en cambio se mantuvieron más puntuales en la octava de Ánimas, cuando justamente era con mayor pompa, pues era un rosario cantado al que a veces se adjuntaban dobles de campana. Los hubo incluso a lo largo del mes de noviembre cuando la cofradía tomó la costumbre de celebrar por separado el aniversario de sus difuntos.

De nuevo hacia el año 1800 tiene lugar un corte importante, esta práctica desaparece también, sin que podamos advertir los motivos. Acaso la insistencia del clero en el sentido de reducir gastos pudo haber finalmente alcanzado estas prácticas, acaso simplemente los fieles dejaron de considerarlas como parte indispensable del descanso de sus difuntos.

Orizaba : Les corporations religieuses dans une ville de l’Ancien Regime hispanique

Au cours du XVIIIe siècle, les églises contribuèrent à la construction de l’espace urbain d’Orizaba. En effet, certaines d’entre elles furent érigées dans des espaces jusqu’alors presque entièrement vides. Elles devinrent tout naturellement les axes de l’expansion urbaine de la ville. Les maisons des habitants se construisirent autour d’elles, les rues furent tracées pour faciliter leur accès, les places furent aménagées à leurs portes et, bien sûr, les nouveaux clochers « rendent plus agréable la vue ce village », disait-on en 1762. Le Sanctuaire de Guadalupe en constitue le meilleur exemple : pour relier le centre-ville à ce temple, bâti dans une zone fangeuse d’accès très pénible, il fut nécessaire de tracer une nouvelle rue et de construire un pont et une chaussée. Tous ces travaux furent réalisés par les chapelains du sanctuaire grâce aux aumônes et au travail des fidèles. Dans ce contexte, nous ne pouvons pas nous étonner de voir les nouveaux temples donner leurs noms aux rues, ni même de voir les quartiers prendre le nom du saint patron du temple le plus proche.

Tout cela répondait à une logique très claire : la communauté était censée permettre la subsistance matérielle, mais aussi et surtout le salut spirituel. Celui-ci était lié d’une manière très étroite, dans le catholicisme de l’époque, aux sept sacrements et à la prédication de la parole divine (ce que l’on appelait alors la « pâture spirituelle ») dont les temples étaient les lieux d’accomplissement par excellence. Tous les habitants étaient en droit de trouver les moyens du salut les plus proches possibles et la ville était donc organisée à cette fin. Lorsque la fondation de la dernière grande corporation religieuse d’Orizaba, le Collège apostolique de Saint-Joseph-de-Grâce, fut préparée à la fin du siècle, les autorités notèrent, en toute logique, que celui-ci achèverait l’œuvre d’approvisionnement du « secours spirituel » de la ville. À partir de ce moment, la ville entière d’Orizaba aurait libre accès aux sacrements depuis trois principaux points équidistants et ordonnés en ligne droite (ou à peu près) sur l’axe est-ouest de la ville.

La distribution de l’eau était elle aussi marquée par l’empreinte des corporations religieuses. Dans l’Empire hispanique, les communautés religieuses disposaient du privilège de l’eau et il n’est donc pas étonnant de noter que les premières conduites d’eau furent aménagées à Orizaba dans le couvent des Carmes, dans le sanctuaire de Guadalupe et dans le couvent-hôpital de l’Immaculée. Une fontaine dans les places annexes permettait l’évacuation de l’eau en surplus, qui pourvoyait ainsi aux besoins des habitants des quartiers. Même si la corporation municipale surveillait parfois l’état de ces fontaines, leur approvisionnement et leur réparation revenaient aux corporations religieuses.

En outre, la paroisse, les congrégations, les couvents et les confréries étaient les principaux responsables de la charité chrétienne et comptaient pour cela sur les aumônes des habitants de la ville, toujours dans le cadre des œuvres de miséricorde chers au catholicisme de l’époque. C’était ainsi qu’on soignait « l’humanité douloureuse », c’est-à-dire les malades, visités dans les hôpitaux ou chez eux par leurs confrères. Selon leur vocation respective, les confréries préparaient des repas pour les pauvres, visitaient les prisonniers, enterraient les morts inconnus, hébergeaient les démunis ou secouraient les orphelins. L’éducation était aussi une œuvre de miséricorde accomplie, certes par la corporation municipale dans une « école publique », mais aussi grâce aux fondations pies établies par le clergé.

Les corporations religieuses jouaient également un rôle important dans le maintient de l’ordre public, un ordre de nature morale qui était marqué par le respect des hiérarchies. Citons en premier lieu les corporations dont la vocation était de prêcher la parole divine, comme le Collège apostolique de Saint-Joseph-de-Grâce, un couvent de missionnaires franciscains. Grâce aux religieux, affirmaient les autorités de la ville, « les vices disparaissent, les habitudes se modèrent, le luxe et l’oisiveté disparaissent ». Les missionnaires apostoliques de la Nouvelle Espagne travaillaient pour rétablir la paix à l’intérieur des esprits, des familles et bien sûr des communautés. On attendait de même des prédications plus quotidiennes des clercs des autres congrégations de la ville : la paroisse, la congrégation de Saint Pierre et l’Oratoire de Saint-Philippe Néri.

Néanmoins, le devoir de maintien de l’ordre revenait principalement, au quotidien, à la paroisse, dans laquelle le curé avait l’obligation de surveiller la conduite de ses ouailles. Pour ce faire, il comptait sur le prône, le confessionnal et les « conversations familières », comme on disait à l’époque, et même sur son bâton de juge ecclésiastique. Toutefois, ces moyens pourraient être qualifiés de faibles devant ses nombreuses responsabilités. Les dossiers judiciaires des villages de la région de la côte du Golfe du Mexique nous montrent l’activité des prêtres dans des domaines aussi variés que la moralité sexuelle (notamment le concubinage et l’adultère), le respect du repos dominical, la congrégation des villages, l’organisation des fêtes et, bien sûr, l’apaisement des habitants lors des émeutes périodiques qui caractérisaient la vie villageoise.

En outre, à cette époque, les curés utilisaient la chaire pour prêcher sur d’autres objets « d’utilité du public », tels que l’approvisionnement en nourriture, mais surtout l’utilité du roi, à la demande spécifique de la Couronne. Il y eut de nombreuses lois royales (reales cédulas) qui nommaient les curés co-responsables de la transmission des messages et de l’accomplissement de certains devoirs des sujets de la monarchie : ils rappelaient aux Indiens de payer leur tribut au roi, ils participaient aux recensements fiscaux et militaires, et ils ne combattaient pas seulement les vices moraux mais aussi « l’exécrable vice de la contrebande ». Lors de toutes ces occasions, les curés agissaient explicitement pour promouvoir « la soumission, l’obéissance et le respect » qui étaient dus au roi et à ses ministres.

Le souci du bon ordre de la paroisse obligea parfois les prêtres à intervenir dans les conflits des corporations civiles. En 1784, « avec sollicitude pour l’honneur de Dieu et le bien-être du prochain », le curé et deux prêtres intervinrent pour mettre fin aux querelles qui prenaient place entre l’échevinage espagnol et la république des Indiens. Avec l’aide du juge royal, les trois ecclésiastiques parvinrent à négocier un accord pour « la bonne harmonie » des deux républiques.

Les corporations de laïcs pouvaient aussi parfois participer au contrôle de l’ordre public. Pour accomplir son devoir d’« admonestation des pécheurs », le Tiers Ordre franciscain comptait plusieurs frères « zélateurs » répartis dans les quartiers de la ville, dont le devoir consistait à surveiller la conduite des autres frères pour en informer le supérieur de l’ordre. D’une façon plus subtile, les corporations religieuses avaient aussi pour fonction de faire preuve du « bon exemple » de la soumission aux autorités corporatives. La convivialité idéale vécue à l’intérieur des couvents, de l’oratoire ou des frères franciscains laïcs relevait aussi de la catéchèse pour les habitants de la ville.

Ainsi donc, dans la ville d’Orizaba sous l’Ancien Régime, comme partout dans le monde hispanique, la subsistance matérielle et le salut spirituel étaient conçus nécessairement comme des affaires collectives. Civiles et religieuses, les corporations étaient toutes étaient concernées par le devoir de préserver le bon ordre de la communauté et toutes contribuaient ainsi à assurer la police urbaine.

La Misantropía de Munguía

Clemente de Jesus Munguía 001.tifAhora que por una serie de casualidades he tenido que leer sobre la vida, obras e infortunios (que no milagros) de monseñor Clemente de Jesús Munguía, obispo de Michoacán y primer arzobispo de Morelia, destacado canonista y controvertido prelado del siglo XIX mexicano, pensé que sería oportuno presentar aquí una obra suya, el poema Misantropía, aparecido en varios períodicos mexicanos hacia 1834. En concreto tomo aquí la versión publicada en Veracruz por El Censor  (tomo 13, núm. 2071 del miércoles 16 de abril de 1834, página 3). Como podrá advertirse desde el título, no es una obra que rebose de optimismo, antes bien pinta un oscuro panorama de la sociedad; cabe advertirlo también, aunque es obra de quien será un príncipe de la Iglesia, no es un poema particularmente religioso, en parte porque fue escrito antes de que tomara las órdenes (1841). Puede paracer paradójico, y confieso que esa ha sido mi intención, presento aquí, en un blog de Historia religiosa, la obra más secular de un personaje célebre por ser asociado con el ultramontanismo católico. Dejemos pues la palabra a este joven (tendría unos 24 años cuando escribió este poema) del siglo XIX, erudito, inteligente pero que revelaba ya su poca afición mundana.

MISANTROPÍA
Lejos de mí los sitios bulliciosos
del negro crimen, detestable asilo.
Lejos de mí la sórdida opulencia,
las ciudades, las cortes, señoríos,
el brillo seductor de los palacios,
donde del hombre la perfidia miro;
do reside el engaño, el disimulo,
de la falsa política el prestigio.
Lejos de mí la sociedad horrible,
albergue propio del fatal delito.
Detesto la presencia de los hombres,
su carácter malvado y corrompido;
la calumnia aborrezco con que siempre
el hombre persiguiera al hombre mismo.
Mi corazón llagado ya no quiere
sino habitar desde hoy solo consigo.
Sólo á la soledad, sólo al silencio
mis días consagraré. Nunca al olvido
he de entregar del mundo los halagos;
los gravaré dentro del pecho mío;
veré en ellos el mágico resorte
de mancillar el pundonor mas digno.
¡O tú, genio sublime! Tú que habitas
los cementerios, los sepulcros fríos.
¡fantasma misterioso! Que contemplas
los escombros y reinos demolidos;
tú que sentado majestuosamente
sobre las ruinas de un imperio antiguo,
cuyas conquistas, glorias y proezas
el tiempo inexorable ha obscurecido,
enseñaste al viajero de la Francia
de la soberbia humana el cruel destino,
donde los hombres ciegos e ignorantes
de sí mismos hicieron sacrificio
¡genio de inspiración! A ti recurro,
presta a mi musa lúgubre tu auxilio.
En medio de esta calma silenciosa,
en aqueste pacífico retiro,
donde absolutamente no se escucha
más que del viento el misterioso ruido;
donde sólo el pájaro nocturno
el lúgubre cantar es percibido;
donde la negra noche no permite
ni aun distinguirme de su manto mismo,
confiar al pincel poético mis penas
y mi cruel existir he pretendido.
Al mundo me lanzó fatal estrella
a sufrir prolongados sus martirios,
para ser de los hombres el juguete
y siempre padecer. Su ardor maligno
con mano emponzoñada y venenosa
arrebató mis ratos más tranquilos;
siempre diestro en el mal, amarga copa
supo hacerme apurar en mi delirio;
nunca la paz amiga y venturosa
fue dado disfrutar al pecho mío;
zozobras, inquietudes y desvelos,
rabiosa agitación le han perseguido.
Desde el punto fatal que en mi apuntara
la luz de la razón, al hombre inspiro
encono detestable, negra envidia,
con que hubo siempre mi placer destruido.
La hermosa primavera de mi vida,
los días de mi existencia más floridos,
con engaños, calumnias, seducciones,
de los que se llamaron mis amigos,
y con golpes y azotes sanguinarios
de mentores tiranos y asesinos,
fueron constantemente perturbados,
no teniendo yo en mi el menor dominio.
Viene la juventud, cobro esperanza
de gozar el placer a mi albedrío;
relucen a mis ojos, de la dicha
y del puro placer algunos visos;
cicatrizan mis llagas prontamente,
y osé creerme feliz ¡o desvarío!
Desvanecióse esta ilusión tan grata,
cual de relámpago el violento brillo;
de la desgracia pavorosa nube
sucede a aquel vislumbre fugitivo,
bien como el velo de la obscura noche
cubre a la exhalación su fuego vivo.
Rompiéronse los diques que opusiera
a mis pasiones el paterno tino;
quiérenme abandonar a los excesos,
combátense entre sí todos los vicios.
La soberbia ejercita fuertemente
sobre las otras fiera despotismo,
conteniendo los ímpetus vehementes
de un amor degradante y abatido;
todos en lucha, en fin, por ser de mí
el objeto entre todos preferido.
En situación tan triste y congojosa,
consuelo en la desgracia al hombre pido.
¡Vana espera! El hombre solamente
de sus viles pasiones poseído,
quiéreme arrebatar en el momento
de la virtud el plácido atractivo.
¡Hombres infames!¡Inhumanos!¡Monstruos!
Vuestra enemiga sociedad maldigo.
Ya me alejo para siempre de vosotros
a los desiertos áridos que han sido
el solo amparo que pusiera al hombre
de los humanos crueles al abrigo.
Allí sepultar quiero mi existencia,
allí solo habitar desconocido.
¡Oh soledad amable y deliciosa!
¡Oh montes solitarios y sombríos!
¡Oh cementerios mudos, custodiados
por el ciprés callado y pensativo!
Vengo a vivir desde ahora con vosotros,
vuelvo a vosotros solitarios sitios;
recibid, pues, desde hoy en vuestro seno
a un joven infeliz. Destituido
de toda la esperanza del consuelo,
abandoné a los hombres, y he venido
a buscar un albergue donde pueda
a mis penas hallar algún alivio.
No quiero más amigo que los montes,
no más habitación que este recinto.
El murmullo apacible de las aguas
del arroyuelo manso y cristalino,
la presencia extenuada y lastimosa
de tristes y desnudos arbolillos;
el ruido melancólico que al viento
hacen las hojas secas del estío;
el cántico amoroso cuanto triste,
con que presagia el cisne su exterminio,
el acento confuso, inconsolable
en torno de las tumbas esparcido,
donde el búho lastimero gime y llora
en la morada humilde, do abatido
yace por siempre de la pompa humana
la cruel soberbia y el orgullo altivo.
Todos estos encantos del sepulcro,
todos estos halagos de los riscos,
de que el hombre siempre huye pavoroso
de un pánico terror sobrecogido,
servirán de consuelo a mis quebrantos;
sí, serán a los menos lenitivo
para el dolor con que los negros hombres
tienen mi corazón tan afligido.

C.M.

¿Familia, escuela u orden? La congregación de señoras del Oratorio de Orizaba

La antigua villa de Orizaba, ciudad ya a mediados del siglo XIX, se distinguió desde el siglo XVIII por una importante vida religiosa, no sólo en la parroquia sino en sus numerosas cofradías, sus conventos, sus congregaciones, es decir, las corporaciones religiosas más tradicionales. Mas todas estaban pensadas, en realidad, para los varones de la villa. No es faltaran las mujeres devotas, que vestían el hábito de hermanas terceras franciscanas, o que asistieran a la vela permanente del Santísimo Sacramento, acudieran al confesionario con un sacerdote en particular que guiara sus espíritus, e incluso fundaran con sus bienes algunas obras pías en beneficio espiritual de sus almas y material de algún pobre seminarista deseoso de ordenarse. Pero no había ningún espacio exclusivo para ellas; es decir, no había ni beaterios, ni conventos. Al menos no hasta que en 1850 surgió finalmente una iniciativa para fundar un instituto peculiar, la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri bajo la invocación del Sagrado Corazón de Jesús.
Las constituciones de la nueva casa, copiadas de su antecedente francés por el párroco y futuro primer obispo de Veracruz, Francisco Suárez Peredo en febrero de 1850, señalaban que la vocación que habían de seguir las hermanas sería claramente religiosa, vida de oraciones, de lecturas sagradas, de silencios y mortificaciones (ayunos), de confesiones y ejercicios espirituales, de cultos y de fiestas a sus devociones, aunque sin ser especialmente severa. Tan es así que la primera de sus prácticas había de ser la oración perpetua delante del Santísimo Sacramento, relevándose las hermanas de dos en dos. Habrían de seguir también el oficio divino, en este caso un oficio parvo, esto es, pequeño, reducido, acaso pensando en que era más adecuado para una orden finalmente nueva. Celebrarían lo mismo a San Felipe Neri que al Sagrado Corazón, claro está, a más de confirmar su particular vocación por la Eucaristía exponiendo al Santísimo todos los viernes del año. En fin pues, como toda corporación religiosa, había de tener sus distintivos: su hábito, sus autoridades particulares, algunos bienes, etcétera. Lo que no había, y la distinguía del carácter propio de un convento de monjas, eran votos solemnes. Es decir, las hermanas hacían voto de castidad y pobreza, pero este último sólo respecto del usufructo de sus bienes, de los cuales guardaban el derecho de propiedad, y sólo delante del obispo, quien podía por tanto desvincularlas de ellos sin necesidad de recurrir a la Santa Sede como en la mayoría de las órdenes de votos solemnes.
Ahora bien, aunque no conocemos el proceso en todos sus detalles, sabemos que la mitra de Puebla autorizó la fundación justamente en febrero de 1850, y pudo hacerlo de manera directa pues fundándose en sus antecedentes franceses, ésta no era una nueva orden sino una “familia de piadosísimas señoras”, según la habían definido en una de las Congregaciones de la Curia Romana en enero de 1836. Incluso la clausura no les era propia, pues como instituto de “votos simples”, “no pueden considerarse como verdaderas profesas”, según otro breve de 1821. Así, las orizabeñas no entraban propiamente a un convento, sino a una familia religiosa bajo la sujeción principal de su obispo, el de la Puebla de los Ángeles.
Mas sabemos también que pronto se presentaron estas constituciones ante la legislatura local veracruzana para pedir su autorización, por parte de Sor María Asunción, la primera prelada de la nueva casa. Los legisladores, según se desprende del decreto número 122, fechado en 1o. de mayo del mismo 1850, concibieron el mismo instituto a partir sobre todo de uno de los artículos de sus constituciones, el 14, en cuyo segundo párrafo se contemplaba que las hermanas de coro podrían dedicarse a educar niñas. Actividad limitada, que no debía estorbar su dedicación principal a la oración, e incluso dirigida a unas pocas hijas de la élite, pues debían ser admitidas sólo las que “sepan toda clase de labores, o dibujo o piano, o alguna clase de lenguas”. Los diputados en cambio trataron de hacer de ésta la principal actividad de las religiosas, y mandaron en el artículo 2o. de ese decreto que el gobierno velara por el cumplimiento de “la obligacion que se imponen en su constitucion de educar religiosa y civilmente á las niñas”. Así, la casi doméstica “familia de señoras religiosas” de las constituciones, se convirtió en el decreto y sobre todo en su reglamento, emitido por el gobernador Miguel Palacios, en “un establecimiento público de enseñanza”, que como tal debía de estar bajo la supervisión de los jefes políticos, quienes asistirían a sus exámenes.
Al año siguiente, dicho decreto llegó al Senado de la República para su validación, y la comisión que lo revisó, formada por los senadores Gómez Pedraza, Beltrán y Soto, dictaminó en febrero de 1851 que había invadido las facultades exclusivas de la federación. De nuevo el problema fundamental era saber cómo definir al nuevo instituto. Los senadores dudaron entre si se trataba de una cofradía o de un convento formal, reconocieron en cualquier caso que no era “una orden religiosa con votos solemnes” pero tal vez sí “una cofradía que se halla bajo instituciones particulares”. Y como cofradía, requería conforme a las Leyes de Indias (todavía vigentes en varios puntos), licencia del rey y del obispo. Caso en que fuera un convento formal, requerían de un rescripto pontificio (un breve o bula del Papa, para decirlo directamente), que a su vez debía pasar primero ante ellos. En cualquier caso, lo observaban bien los senadores, no era instituto educativo, pues lejos de fundar “escuelas públicas”, la instrucción la impartían “en su misma casa y como cosa secundaria”.
Paradójicamente, el Senado se mostraba preocupado por defender la “actual disciplina de la Iglesia”, término para decir, con sutileza, que no le tocaba ni siquiera al obispo de Puebla, sino al Papa establecer la nueva fundación, ni al Estado de Veracruz sino a la autoridad federal, dar su visto bueno por parte de la autoridad civil. Contradicciones propias del restablecimiento de un régimen en el que los Estados tendían a disputarle facultades a la Federación, y en el que los obispos veían también mermar las suyas ante la insistencia de la opinión pública en el sentido de que la autoridad civil podía intervenir en la disciplina externa de la Iglesia. Muestra además de que el catálogo completo de las corporaciones religiosas ponía siempre problemas para determinar una clasificación estricta, incluso a los actores de la época. Esto es, todo el problema resultaba de la dificultad de saber qué era exactamente la nueva congregación orizabeña, o también, cuál era la mejor forma de definirla para servirse cada instancia de ella para sus proyectos. Esas mujeres devotas reunidas en una casa de Orizaba ¿eran una familia de señoras que al retener su derecho de propiedad individual pero bajo un voto de pobreza ante el obispo permitían a éste intervenir en ellos pasando por encima de cualquier decreto de la autoridad civil contra los bienes eclesiásticos? ¿Era las maestras de un instituto de educación, por tanto dependiente de la autoridad del gobierno estatal, que podría servirse de él para “utilidad del público”, la enseñanza de las niñas? ¿Eran una cofradía o una orden (acaso una orden tercera) que por nueva y por pedir la validación de Roma, asunto de relaciones exteriores, quedaba más bien en la órbita del gobierno federal?
Lamentablemente no sabemos si alguna vez se dio respuesta a esta pregunta, aunque tenemos la sospecha de que no fueron precisamente las residentes en la casa las que más participaron en su resolución. El dilema, en todo caso, nos dice mucho del papel que obispos y políticos liberales del siglo XIX daban a las viejas corporaciones religiosas: el único acuerdo era que no podían ya tener toda la autonomía de que habían gozado bajo el Antiguo Régimen, tanto más si eran de mujeres.
Todo este expediente lo retomamos del Archivo Histórico del Senado de la República, ramo público y secreto 1825-1853, congreso 13, libro 64, fojas 2 a 20, uno de los archivos más eficientes que contamos en nuestro país.