Archivo por meses: septiembre 2012

Bendición de telégrafo

En ocasiones anteriores he dedicado algunas entradas de este blog al tema de las bendiciones, sobre todo las que interesaban a la cultura campesina del Antiguo Régimen. Mas la modernidad, la tecnológica sobre todo, trajo consigo nuevas preocupaciones y por supuesto, nuevos objetos que eran susceptibles también de recibir la bendición de la Iglesia. Aquí por ejemplo la fórmula para la bendición del telégrafo, solicitada al Papa en el año de 1865 por el arzobispo de Brindisi, en Italia, monseñor Raffaele Ferrigno, a través de la Congregación de Ritos. Cabe decir, el prelado solicitó también una fórmula especial para la bendición de otro medio de comunicación asimismo cada vez más importante en el mundo católico del siglo XIX: las vías férreas. Así, este breve documento es buen testimonio de que la relación del catolicismo con la modernidad tecnológica fue, en principio, relativamente buena. Aun si la mejora en las comunicaciones y los transportes sin duda que contribuían también a la difusión de la modernidad política, que para el año que tratamos aquí ya no era tan bien vista por la mayoría del clero católico, la modernidad tecnológica no necesariamente era mal considerada. Todavía más, lo analizaba con amplitud Philippe Boutry en una obra que hemos citado también en otras ocasiones, Prêtres et paroisses au pays du curé d’Ars, hubo clérigos que fueron entusiastas apoyos de esos cambios técnicos.
Aquí pues, sin más preámbulo la fórmula para la bendición del telégrafo, tomada de las Actas de la Santa Sede de 1865 (p. 114), colección de las actividades anuales de todas las congregaciones romanas disponibles en el sitio del Vaticano, cubriendo el período de 1865 a 2011, y que son una fuente siempre interesante.

FORMULA BENEDICTIONIS TELEGRAPHI.

Clerus vel a proximiori ecclesia, vel ab aliquo alio loco ad hoc parato, procedat usque ad stationem Telegraphi cantacndo vel recitando Canticum : Benedictus Dominus Deus Israel, ubi Episcopus vel Sacerdos in aliqua ecclesiastica dignitate constitutus intonabit Antiphonam sequentem. 

Antiph. Benedictus es Domine qui ponis nubem ascensum tuum, qui ambulas super pennas ventorum, qui facis Angelos tuos spiritus, et ministros tuos ignem urentem.  Post eam Psal. 103, Benedic anima mea Domino, ut in sabato ad Matutinum; ac repetita Antiphona incipiet in hunc modum Benedictionem.

Adiutorium nostrum in nomine Domini.
R. Qui fecit caelum et terram.
Dominus vobiscum.
R. Et cum spiritu tuo.

Oremus.
Concede nos famulos tuos quaesumus, Domine Deus, perpetua mentis et corporis sanitate gaudere, et gloriosa Beatae Mariae semper Virginis intercessione, a praesenti liberari tristitia, et aeterna perfrui laetitia. Per Christum Dominum nostrum.
R. Amen.

Oremus.
Deus qui ambulas super pennas ventorum, et facis mirabilia solus; concede, ut cum per vim huic metallo inditam fulmineo ictu celerius huc absentia, et hinc alio praesentia transmittis, ita nos inventis novis edocti, tua gratia opitulante, promptius et facilius ad te venire valeamus. Per Christum Dominum nostrum.
R. Amen.
Deinde aspergat telegraphum aqua benedicta.

Antonio Gómez vs. campanas, 1804

Antonio Gómez o Francisco Sosa, es un seudónimo bien conocido en la historiografía mexicanista. Aunque desconocemos su verdadero nombre, se hizo célebre como autor de varias representaciones dirigidas al Consejo de Indias y otros personajes importantes de la corte de los últimos años del reinado de Carlos IV, en que denunciaba los más diversos puntos de la policía urbana de la Ciudad de México bajo el virreinato de José de Iturrigaray. Sus escritos siempre extensos, entusiastas, llenos de referencias a la legislación de tiempos de las Reformas borbónicas, mostraban amplios conocimientos en cada punto, a pesar de estar redactados con una caligrafía que hace sospechar de su práctica constante de la escritura. Ya ha sido estudiado por algunos autores, sobre todo por Verónica Zárate Toscano, quien estudió su caso en artículos como “El proyectismo en las postrimerías del virreinato”, publicado en 2000 dentro del libro La diversidad del siglo XVIII novohispano. Homenaje a Roberto Moreno de los Arcos, editado por la UNAM. La doctora Zárate, asimismo, compiló buena parte de los textos en la obra Orden, desorden y corrupción según un escritor anónimo, 1802-1804, publicada por el Instituto Mora.
A pesar de ese esfuerzo, faltan todavía algunas pocas cartas de Gómez/Sosa que quedan sin publicar. Aquí me interesa llamar la atención sobre una de las dos que dirigió al rey en el Consejo de Indias con fecha 27 de enero de 1804, en que denuncia por extenso lo que denomina “abusos de disciplina eclesiástica” en México (cabe recordarlo, hay otra carta de esa misma fecha pero sobre pompas fúnebres).
Hombre que se caracterizaba por una sensibilidad poco propicia a los fastos barrocos, en ella pasa revista crítica a varias de las prácticas más comunes de los habitantes de la ciudad en fiestas y procesiones, sin dejar de lado el uso y abuso de uno de sus instrumentos sonoros más importantes: la campana. En aras de la brevedad, me he limitado a presentar aquí lo que critica de ellas, y claro está, las soluciones que propone. Como puede advertirse, el sonido de las campanas, tan estimado por los pueblos de la época, no merece ningún aprecio en el autor, quien insiste en la reducción de su sonido.

Archivo General de Indias, Audiencia de México, legajo 2688.

“Tercer punto: sobre campanas.
Aunque en 23 de octubre de 1791 se publicó un admirable edicto sobre campanas y su buen uso y manejo, como podrá verse en el tomo cuarto de Gacetas de México, Gaceta número 45, página 417, y aunque en 28 de marzo de 1795 por cédula comunicada por ese supremo tribunal con dicha fecha, se aprobó al excelentísimo e ilustrísimo señor arzobispo difunto dicho edicto, y se desatendió la instancia que en ese tribunal supremo movieron los religiosos de Santo Domingo de esta Ciudad de México, con todas estas firmezas no han tenido subsistencia tan admirables providencias. Pues sin embargo de que V.M. y su Supremo Consejo de las Indias denegaron la solicitud de los padres dominicos para que a vuelta de esquilas se repicase en las funciones de los santos fundadores de las religiones y patronos de las iglesias, así seculares como regulares, se ha comenzado a quebrantar en el presente año de 1803, pues bajo informes falsos de las religiones de ambos sexos, se ha sacado la licencia del actual ilustrísimo señor Lizana, y como este señor no está impuesto de los justos motivos que a pedimento nada menos [que] del gobierno se dictó el tal edicto.

Otro de los puntos a que desde que murió el señor D. Alonso Núñez de Haro y Peralta se ha contravenido así por las iglesias seculares, como regulares, (excepto la Catedral, que es invariable en su buen orden de disciplina) es a los dobles y redobles en todas las iglesias, ya por cualesquier rico aunque no sea hombre de dignidad en la república, pues que no será siendo un marqués, un conde, un regidor u otra persona de graduación, y principalmente en las religiones de ambos sexos, que por cualesquier simple religioso doblan después de las doce del día, tocada la salutación angélica, al anochecer de la víspera del entierro, y según la diversidad de estatutos o reglas de las religiones de ambos sexos, en todas por nueve días continuos por cualesquier fraile o monja que muere, hasta por el ínfimo lego, con la diversidad que llevo dicho según los estatutos, de que en unas religiones es a las doce del día y oración de la noche, en que se canta el responso, en otras, como son los dominicos a las once y media del día, y en otras a las tres de la tarde con una imprudencia y tenacidad que echan las torres y campanarios abajo a dobles y redobles, portándose con tanta mala crianza y grosería los prelados y preladas de religiones con el público, y vecinos que viven contiguos a los monasterios e iglesias, que habiendo reconvenido muchos vecinos honrados y buenos republicanos, o bien por tener algún enfermo en sus casas, o bien por ser hombres literatos que tienen trabajo de cabeza o de negocios, y la respuesta de los prelados y preladas, y aun de muchos curas es que la iglesia o monasterio no puede dejar de doblar, y así que desocupe la casa o que les mande poner la torre en otro sitio que no les incomode, con mil boverías.

Por tanto, debo hacer presente a V.M. que ínterin por el gobierno secular no se tomen las providencias correspondientes, no se arreglará este punto tan interesante, pues así en el citado edicto como en el que su tiempo promulgó el eminentísimo señor Lorenzana, hay admirables providencias sobre campanas, mas como las multas son de una cortedad como un peso, y están dirigidas contra el criado campanero, que es contra quien menos se debe aplicar, sino contra quienes lo mandan, como son los curas, los superiores y superioras de los monasterios y padres sacristanes, de esto nos da un ejemplo el bando de 26 de septiembre de 1794 incluido en el sexto tomo de Gacetas de México, gaceta número 66, página 545 sobre demandantes, el cual punto ínterin estuvo encargado a sola la potestad eclesiástica nada se pudo arreglar en dicho punto, pues como todas eran penas espirituales como excomunión, etc., decían como dicen las viejas, con la excomunión podemos pasar pero con las multas no.

Por lo que suplico al excelentísimo señor virrey de Mëxico haga publicar por bando las providencias siguientes:

Primera, que todas las iglesias se arreglen al edicto del señor Haro, menos en las modificaciones que se hagan.

Segunda, se modifica el edicto del señor Haro, en cuanto a la providencia en que manda que los dobles hayan de ser de un cuarto de hora, pues sólo habrán de ser de cinco minutos, y estos solos dos, uno cuando se dé aviso en la iglesia de la muerte del sujeto y otro al tiempo de la procesión o paseo del cadáver en el féretro, se exceptúan los dobles de la Catedral y los de los entierros de los excelentísimos señores virreyes y arzobispos, y los de honras por muertes de nuestros soberanos y real familia, en cuyos casos se conformarán todas las iglesias con lo que ejecute la Catedral.

Tercera. Por ninguna persona ni secular, ni eclesiástica secular ni regular de ambos sexos se doblará nueve días como hasta aquí se ha hecho, ni se doblará en otra iglesia que en la que se entierre, y no en otra, con pretexto de hermandad, confraternidad o cofradía.

Cuarta. Los toques de campana a las ocho de la noche no durarán más que los cinco minutos dichos, y los mismos durarán el doble en los aniversarios de la novena de Ánimas, los que se hacen los lunes y cualquiera otros de honras o sufragios.

No se doblará por la noche, ni a las doce del día por ningún difunto, excepto los exceptuados [sic], ni a vísperas, excepto el día dos de octubre [sic], en que la Santa Iglesia celebra la conmemoración de los difuntos, tocándose el doble por cinco minutos al comenzar las vísperas de Difuntos, el día primero de octubre [sic] y al siguiente día dos, otros cinco minutos al comenzar la misa y cinco al responso y nada más.

No se repicará por la noche tocado el repique de la oración, ni se tocará a maitines, tinieblas, etc., si no es con las campanas chicas interiores de comunidad.

No se echarán repiques a vuelta de esquila, si no es en los casos que expresa el edicto citado del señor Haro, y en caso de que se pida licencia para otra función, se concederá con licencia de ambas potestades, eclesiástica y secular, oyendo ambas jurisdicciones la una al promotor fiscal y la otra a los señores fiscales civil y criminal, para que expongan si conviene o no dar la licencia o no darla.

No se permitirá subir a las torres o campanarios ni de día ni de noche, muchachos ni gente alguna.

Y a las iglesias, curatos, monasterios de ambos sexos, que contravinieren estas providencias, s eles sacarán de sus fondos cien pesos por la primera, doble por segunda y triplicado por tercera, y si esto no bastare tomará el gobierno las providencias que estime convenientes, encargándose a los señores fiscales promuevan cuanto sobre el particular les parezca conducente, y estén a la mira de si se cumple o no, tan útiles providencias.

Y a los criados campaneros que permitan subir muchachos o cualesquiera gente a los campanarios, y haya en ellos alguna muerte o quebrantamiento de miembros, se les imponga la pena de dos meses de grillete con destino a las obras públicas.

Cualesquiera del pueblo será parte para quejarse de lo que se cometa, por cualesquier iglesia, en contravención de estas providencias, y las multas se aplicarán por tercias partes, cámara de Su Majestad, ministros alguaciles y escribano y denunciador.”

Stabat mater

Hoy es el tercer domingo del mes de septiembre, antaño, al menos desde el siglo XVII en que fue concedida a petición de la orden de los Servidores de María, los Servitas, y hasta principios del siglo XX en que se fijó en el 15 de septiembre, esta era la segunda fiesta de los Siete Dolores de la Virgen María. Segunda, pues la primera, como hasta la fecha, se celebra en el último viernes de Cuaresma, exactamente el que viene antes del Domingo de Ramos. Ésta, es más antigua, según la Catholic Encyclopedia, data del siglo XV a manera de expiación de los “crímenes” del movimiento iconoclasta hussita. Según el Misal Romano, la misa de la segunda fiesta se debía celebrar casi por entero siguiendo el mismo ritual que la primera, por lo que debía incluir la secuencia Stabat mater. Himno asimismo medieval, cuyo origen es más bien controvertido pues se sabe de su uso entre algunos movimientos que fueron considerados heréticos, aunque adquirió con cierta rapidez notoriedad en medios más ortodoxos, sobre todo franciscanos. La letra describe con particular emoción la presencia de la Virgen ante la Crucifixión, e invita a compartir el llanto que ella sin duda derramó ante la escena. Con tan marcado patetismo (y no es crítica, sino elogio), se entiende bien que haya sobrevivido a la eliminación de la mayoría de las secuencias que impuso la reforma litúrgica postridentina.
Aquí presento la versión que compuso el músico andaluz Juan Gutiérrez Padilla, maestro de capilla de la Catedral de Puebla en el siglo XVII, en una interpretación del Sixteen Choir. La imagen es un cuadro de Cristóbal de Villalpando, que representa a la Dolorosa rodeada de los ángeles que portan los instrumentos de la pasión, bajo la cruz.

Stabat Mater por davidclopez

Dejé mi corazón en…

Monumento del corazón de Henri IIEntre todas las partes del cuerpo que la tradición católica valora, tal vez no hay uno que haya recibido mayor atención que el corazón. Considerado, desde la Edad Media al menos, como el “receptáculo de todas las virtudes y todos los vicios”, según lo explica con amplitud Alexandre Bande en Le coeur du roi (Paris, Tallandier, 2009), no es de extrañar que se hayan dictado disposiciones específicas para su tratamiento post-mortem. Así es, al menos desde el siglo XII, numerosas disposiciones testamentarias, sobre todo de nobles, reyes y eclesiásticos han tratado de su separación del resto del cadáver para ser enterrado en lugares simbólicos, al lado de las familias de los personajes, o en iglesias de su devoción, o bien incluso en necrópolis del corazón de alguna dinastía. Bande nos cuenta que fue el caso en un primer momento de la familia real inglesa, y a partir del siglo XIV de la familia real francesa. Dispersos al principio según la voluntad particular de los monarcas, los corazones de los descendientes de San Luis tendieron pronto a irse reuniendo en ciertas iglesias cistercienses y mendicantes al principio, y más tarde, en los siglos XV y XVI se impuso como verdadera gran necrópolis de la Casa de Francia el convento de los celestinos de París. Contribuyendo a extender la presencia de la memoria del monarca más allá del tradicional cementerio real de la Basílica de Saint-Denis, los corazones ameritaron poco a poco la elaboración no sólo de urnas, sino de tumbas o monumentos. Así, en el convento de los celestinos de París, en la capilla de los Orléans, estuvo erigido en sus orígenes el magnífico monumento que vemos en esta imagen, en que el corazón de Henri II es sostenido por las Tres Gracias, y que hoy en día se puede ver en la sala de escultura francesa del Museo de Louvre.DSCF1764-2

Aunque la Casa de Francia obtuvo constantemente privilegios pontificios para mantener esta costumbre como un honor de los descendientes de San Luis, por supuesto que no se trata de un honor que les fuera exclusivo a los monarcas galos, ni que se terminara con la Edad Media o el Renacimiento. Entre 1614 y 1878, los Habsburgo dejaron sus corazones en unas más modestas urnas de plata que se conservan en la capilla de Nuestra Señora de Loreto de la iglesia de los Agustinos de Viena. Asimismo, la tradición cruzó el Atlántico y se instaló perfectamente en tierras americanas. Aun si, hasta donde sabemos, ni los Austrias, ni los Borbones españoles parecen haber tenido particular interés en otra sepultura fuera de El Escorial, los prelados del mundo hispánico, enterrados mayormente en sus catedrales, dejaron con mucha frecuencia sus corazones en iglesias conventuales de su particular devoción. Mencionemos dos casos que hoy en día están bien a la vista, de dos obispos de la Puebla de los Ángeles: Manuel Fernández de Santa Cruz en el siglo XVII y Francisco Pablo Vázquez y Sánchez Vizcaíno en el siglo XIX. Si el tiempo los separa, sus corazones están ahora reunidos en el coro de la iglesia del convento de religiosas agustinas de Santa Mónica, actual Museo de Arte Religioso de esa ciudad. Hay incluso prelados que gozan de la extraña fama de tener, no sólo “mucho corazón”, por así decir, sino incluso más de uno. Me refiero en concreto a don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, obispo de Guadalajara, también de principios del XIX, de quien el cronista José Ignacio Dávila Garibi, ya en el siglo XX, citaba tanto la iglesia de la Soledad como el santuario del Sagrado Corazón de Metzticacán como lugares de su depósito, el primero validado por una inscripción y el segundo por la tradición local.

DSCF9588Por supuesto, no puedo dejar de citar aquí el caso que ya he mencionado en otros momentos, el del presidente Miguel Barragán en 1836, quien literalmente dejó su corazón en Guadalajara, donde fue comandante militar un pocos años antes de su fallecimiento. Aunque el obispo don Diego de Aranda prometió en su momento la construcción de un sepulcro ad hoc para la reliquia del héroe de Ulúa, cabe decir que hoy en día lo que puede contemplarse es extremadamente modesto, aunque hace bien alusión a la vida militar del difunto y virtuoso presidente. Asimismo, es bien sabido que el general Anastasio Bustamante dejó su corazón para ser colocado al lado del sepulcro de Agustín de Iturbide en la Catedral Metropolitana de México. Sin duda estos ejemplos no agotan por completo el tema, es decir, buscando un poco más en las iglesias mexicanas sin duda encontraremos algunos otros corazones olvidados. Asimismo, la problemática aquí apenas enunciada merece bien profundizarse: sin duda no era lo mismo lo que se pensaba del corazón en la Edad Media, en el Renacimiento o en tiempos del Romanticismo; las propias imágenes nos indican que si tal vez el uso de cajas de plomo de forma cilíndrica para guardar estos restos fue de larga duración, varió mucho la disposición de su depósito entre el sepulcro, la urna expuesta, el monumento suntuoso o la simple placa para recordarlo.

Memoria de dos gobernantes mexicanos

Tumba de Don Porfirio2En otra entrada he tratado sobre las reliquias del que fuera el primer presidente mexicano fallecido en el cargo, el general Miguel Barragán (1836), y es de ahí que me ha parecido interesante llamar la atención sobre la memoria, religiosa o no, de algunos de nuestros gobernantes. Ahora bien, no todos repartieron su cuerpo por lugares sagrados como Barragán, pero en cambio dejaron monumentos interesantes para la historia religiosa de México, incluso fuera del actual territorio mexicano. Aquí quisiera evocar dos, relacionados con la memoria de controvertidos gobernantes mexicanos: la tumba del presidente Porfirio Díaz, en París, y la del emperador Maximiliano de Habsburgo en Viena. ¿Por qué digo que se trata de monumentos para la historia religiosa de México? La respuesta parece clara en la imagen que vemos a la izquierda, fotografía del interior de la tumba del presidente Díaz en el cementerio de Montparnasse, tomada en junio de 2009. En ella se encontraban entonces, al lado de veladoras y ofrendas florales, al menos cuatro imágenes marianas, tres de ellas de la Virgen de Guadalupe, la más “nacional” de las imágenes marianas presentes en México (justamente desde tiempos de don Porfirio, podríamos decir). Esto es, si bien don Porfirio mantuvo una muy buena relación con el episcopado, no fue en vida un hombre tenido por especialmente devoto, ni la historiografía católica llegó a considerarlo directamente un héroe de la Iglesia; mas su memoria parece asociada aquí a los símbolos más clásicos del catolicismo mexicano, acaso por la religiosidad que sí que era característica de la comunidad mexicana exiliada con él en París, y a la que debemos la presencia de la imagen de Nuestra Señora del Tepeyac en la Catedral de Notre-Dame de París. Mas por lo reciente de las imágenes, uno diría que más de un mexicano que quiere rendir alguna forma de tributo al ex-presidente lo hace pensando en términos religiosos.
Leyenda con flores y cartasEl contraste no podría ser más patente con la otra tumba, la del emperador Maximiliano de Habsburgo, que se encuentra en la cripta imperial de Viena. Paradójicamente, se trata en este caso de una dinastía asociada estrechamente al catolicismo, y que cuenta hasta hoy con varios personajes que aspiran a ser elevados a los altares. De hecho, no muy lejos del sepulcro del emperador mexicano, se encuentra el monumento al beato Carlos de Habsburgo, el último emperador reinante en Austria, muerto en el exilio en 1922.
Es cierto, sobre el sepulcro de Maximiliano se encuentra un crucifijo, pero en cambio, las ofrendas que se le dedican a su memoria son perfectamente seculares. En la imagen, tomada en julio de 2012, vemos que hay flores, pero no imágenes religiosas ni veladoras. Curiosamente, se diría que si ante la tumba de don Porfirio se reza, ante la de Maximiliano se escribe, pues hay varias cartas, entre ellas una de un miembro de la masonería y otra de un conocido abogado y escritor, José Manuel Villalpando.
Cierto, el emperador no tuvo una relación particularmente buena con el episcopado, ni con la Santa Sede, pero en principio había sido buscando un príncipe católico que los conservadores habían apoyado su candidatura para el trono mexicano, siendo además un monarca cumplido, digamos, en cuanto a la observancia del culto, como testimonia el ceremonial de la corte de su tiempo. Desde luego podríamos seguir haciendo comparaciones con otras tumbas, por ejemplo la de la Emperatriz Carlota, mas acaso por su colocación entre las criptas de la familia real belga en Bruselas, en ese caso no hay manifestación memorial alguna, al menos hasta donde he podido verificar. Sin duda en el propio territorio mexicano no faltan expresiones semejantes que nos dicen mucho, no tanto de los personajes insisto, cuanto de la forma en que se les recuerda.