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Edicto de Campanas del Arzobispado de México de 1823

Entre los documentos de la reforma de las campanas en el siglo XIX, se encuentra este decreto del gobierno arzobispal de México (en ausencia del arzobispo Pedro José Fonte, quien se exilió en España con la independencia), acordado con el gobierno republicano. Su autor, el gobernador Félix Flores Alatorre, no hacía en él sino repetir, como indica al principio, varias de las disposiciones del reglamento de 1791 del arzobispo Haro y Peralta, pero reduciendo más el número y tiempo de los repiques, y dejando de lado, como ha señalado ya la Dra. Marcela Dávalos en algunos artículos, todo género de alusión a la historia sagrada de las campanas, que en cambio figuraba bien en los del siglo XVIII. Empero, el edicto no deja de ser buena muestra de los múltiples usos de las campanas, de su permanente vigor en el paisaje sonoro de la capital, y de la vigencia también de la sensibilidad sonora que las respaldaba. El edicto es prueba de que entonces, toda celebración religiosa e incluso cualquier evento profano, motivaba el recurso a las campanas de manera prácticament automática. El tema del edicto, por ello, como había sido en el siglo XVIII, era restablecer las jerarquías, sobre todo las eclesiásticas (principalmente el predominio de la Catedral y de los obispos), pero venía ya acompañado de una preocupación clara por la identificación entre el sonidas de ellas como un mero ruido molesto, no menos que de concesiones bastante más amplias a las autoridades de la nueva república, quienes heredan los repiques de tiempos de la monarquía, sin mayor problema.
Veamos pues, este documento para la historia de las campanas en el México decimonónico.

AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 26, fs. 265-268.
Decreto sobre el uso de las campanas de D. Félix Flores Alatorre, gobernador del arzobispado de México, 18 de agosto de 1823, según copia dirigida al Ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos.

Siendo tan público y grave el abuso que se está haciendo de las campanas, a pesar de mis reclamos, y por lo mismo muy justas las quejas que sobre él se oyen continuamente a los vecinos de esta capital, a que se agrega la excitación que con la de 13 del presente he recibido del Supremo Poder Ejecutivo, para remediarlo, mando bajo precepto formal de obediencia y en virtud del Espíritu Santo, que se observen puntualmente y a la letra, sin interpretación alguna, las prevenciones que siguen, tomadas en la mayor parte del Edicto del Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Núñez de Haro, del 18 de octubre de 1791.

1ª. En todos los entierros de adultos, sean donde fueren y con cualquier solemnidad, se doble sólo dos veces, que serán cuando se dé la noticia en la iglesia y cuando se ponga el cadáver en el sepulcro, durando ambos dobles el tiempo de medio cuarto de hora, y cuando llegue la cruz de la parroquia y salga el cadáver del depósito, se haga sólo una señal.

2ª. Esto mismo se observe en las comunidades religiosas de ambos sexos con sus individuos difuntos, permitiendo que si fueren prelados locales en los de hombres, o preladas en los de mujeres, los dos dobles referidos sean por un cuarto de hora cada uno, y a más de estos otro de igual tiempo, si de los primeros fuere prelado superior o provincial, mas en sólo este último caso se doblará nomás una vez por medio cuarto, únicamente en aquellos conventos de hombres o mujeres que estuvieren sujetos al gobierno de su orden, fuera de cuyo caso, en ninguna iglesia se doblará por nadie sino es donde se hace el funeral y una sola vez por medio cuarto en su parroquia, si el difunto fuere secular. Si ocurriere algún funeral de circunstancias particulares, se pedirá licencia a la mitra para que sean más o por mayor tiempo los dobles indicados, la que (cuando se conceda) será por escrito y siempre sin derechos, siendo general esta prevención para cualquier repique extraordinario.

3ª. En los entierros de los párvulos se repicará sólo medio cuarto de hora al comenzar la procesión funeral o el oficio de sepultura.

4ª. Quitado todo doble al alba, cinco y media o seis de la mañana, aunque el cadáver esté en la iglesia para sepultarse, en los aniversarios, honrras, misas votivas o novenarios de difuntos se haga al anochecer del día antes señal con un solo clamor, que se repetirá al día siguiente al comenzar la vigilia o misa, callando inmediatamente hasta el responso, durante el cual se doblará sin pasar de medio cuarto; en las misas y procesiones de ánimas los lunes se dará un solo clamor al principio y otro al fin de todo; pero en el día de Difuntos se darán cuatro de cuarto de hora, uno al comenzar sus vísperas, otro a las ocho de la noche, otro al comenzar la vigilia o misa y el último a los responsos; mas en donde la tarde de este día hubiere algún sufragio, se doblará por medio cuarto y será igual tiempo el de la mañana al comenzar la vigilia; y si lo hubiese el día de la octava, durante él se darán tres clamores y nada más.

5ª. En las procesiones de Nuestra Señora y santos (que precisamente han de ser siempre de día, habiéndose concluido al toque de oraciones, sin que jamás estén en la calle a este tiempo, aunque sean de desagravios, Semana Santa o depósitos de cadáveres) se repique únicamente al tiempo de salir y entrar en la iglesia, y lo mismo se observará si hiciere estación en otra, nunca pasando de medio cuarto.

6ª. Cesando todo repique a la alba (aunque con licencia del gobierno político haya salva, víctor o cualquiera otra demostración del vecindario) cinco y media o seis de la mañana, sólo se dé uno sin pasar del medio cuarto por las fiestas titulares de las iglesias donde hubiere coro, al tiempo de la calenda, y durante ésta en la vigilia de Navidad, entendiéndose por fiesta titular la única principal que hay al año en cada iglesia.

7ª. En la misma fiesta única principal (y no en su octava) se repiquen las esquilas a vuelo medio cuarto a la calenda donde la hubiere, pues si no se cantare se omitirá; un cuarto al medio día de la víspera, otro antes de comenzar éstas y otro antes de la tercia o misa de la función, y a mano por medio cuarto después de maitines, si fuesen solemnes, y después de segundas vísperas, así como a las doce del día de la fiesta, con los que serán iguales los de la novena y octava si se celebraren ambas con solemnidad, pues estos serán sólo a las doce y al anochecer, y muy corto al tiempo de exponer y reservar al Santísimo, si estuviere manifiesto entonces o en cualquier otra vez. Si en alguna otra iglesia no hubiere maitines para la fiesta principal, se podrá repicar a vuelo, no siendo de noche, medio cuarto de hora al fin de las vísperas, también solemnes.

8ª. Si dicha fiesta única principal durare tres días, se repicará el primero en la forma prevenida y en los otros dos a mano, a excepción del último repique del último día, que podrá ser por un cuarto de hora a vuelo, si no fuere de noche; advirtiéndose por punto general que quedan revocadas cualesquier licencias generales (si hay algunas) concedidas por los ilustrísimos señores arzobispos para repicar a vuelo en alguna función, y que lo quedan igualmente por autoridad del Supremo Gobierno que nos rige cualquiera otras que por cédulas reales tienen algunas iglesias o corporaciones para ciertas festividades, quedando por lo mismo todas, a excepción de la Metropolitana sujetas sin distinción al texto literal de este reglamento. También se advierte que la fiesta única principal privilegiada es la de la iglesia y no la de alguna capilla o cofradía que haya en ellas, y que si casualmente concurriere la octava de aquella con fiesta en que en la Catedral se repique a vuelo, no por esto se repicará así en dicha octava o día dentro de ella, pero Miércoles y Jueves de Corpus (no en la octava) podrá repicarse en todas a las mismas horas que la Catedral, y lo mismo la víspera y día de la maravillosa aparición de Nuestra Señora de Guadalupe.

9ª. En los capítulos de religiosos puede repicarse sólo medio cuarto de hora cuando se publica la elección del prelado superior, y en las de religiosas igual tiempo cuando se publica la suya, siendo a mano y no más largo cuando el prelado secular o regular va al escrutinio previo y al día siguiente a presidirla; pero si quien la presidiere fuere el ilustrísimo señor arzobispo, será a vuelo este segundo repique.

10ª. En las elecciones de prelado regular superior sólo se repique a mano una vez por medio cuarto de hora en los conventos de hombres o mujeres sujetos a su jurisdicción; y en los que no lo estuvieren de ninguna manera, sea cual fuere el motivo que para ello haya habido, y cuando dichos prelados hicieren la visita de ceremonia a cualquier comunidad, se dará a mano un corto repique a la entrada y otro a la salida, obsequio que se hará a los ilustrísimos señores obispos en igual caso, distinguiendo a sus ilustrísimas con que ambos sean a vuelo. Todo lo dicho de prelados regulares superiores se entiende también para la elección y visita del rector de escuelas.

11ª. Por sucesos públicos políticos sólo se repique cuando se oyere el de la Catedral, pues habiendo la ventaja de ser interior la entrada de las torres, la violencia popular que de ordinario provoca esta demostración no es fácil que llegue a apoderarse de las campanas, pero si sus gritos, insultos y golpes a las puertas fueren excesivos, es prudencia ceder, y se puede dar aviso ocultamente (si hubiere cómoda proporción) al excelentísimo señor jefe político, para que se sirva acudir al remedio de la manera que mejor le pareciere.

12ª. En ninguna otra función, por solemne que se quiera hacer (como no fuere por disposición del Supremo Gobierno en clase de tal) se repique a vuelo, ni más de tres veces, que serán medio cuarto al mediodía y anochecer de la víspera, y uno antes de la tercia o misa.

13ª. En las entradas de religiosos y religiosas sólo se repique medio cuarto al comenzar la función y otro tanto al acabar, previniéndose que las segundas han de estar dentro de la clausura a la oración de la noche, pues si les cogiere fuera aunque sea en la iglesia, no pueden entrar ya entonces por revocar, como expresamente revoco por la presente, la licencia para su ingreso, que verificarán sin aparato alguno la mañana siguiente, reservándome tomar la providencia oportuna, si no se observare ésta en los conventos de religiosas sujetas a regulares; la que se extiende a mandar seriamente no haya abrazos en la portería aquella vez, ni aun de la novicia a sus padres, sino que inmediatamente entre, se cierre la puerta claustral y no se abra hasta el día siguiente. En las profesiones habrá los mismos repiques que en los hábitos.

14ª. Si concurriere a alguna función el Supremo Poder Ejecutivo, la diputación provincial, el Ayuntamiento, tribunales o alguna corporación distinguida, se repique a su entrada y salida, y si fuere a entierro, a la salida; también por medio cuarto de hora en las posesiones de curas propios o interinos, pero sólo en su parroquia, pues expresamente lo prohíbo en toda otra iglesia, aunque se alegue el motivo de hermandad, convite, gratitud, u otro sea el que fuere, extendiéndose esta prohibición a cualquier caso de repique o doble por persona, función o funeral, que no sean realmente de aquella iglesia.

15ª. Dado el repique o doble después de las oraciones de la noche, no se use de las campanas sino para repicar por maitines en la forma dicha, y por el Sagrado Viático a individuo enfermo de alguna comunidad religiosa, dándose un corto repique cuando se saca a Su Majestad del Sagrario y otro cuando se reserva; pero ninguno cuando sale o entra a la parroquia por algún secular aunque sea cofrade o cochero del Santísimo, que entonces se tocará como para toda estación, mas si el enfermo fuere el párroco, podrá repicarse como en los conventos.

16ª. Los de la noche de Navidad sean sólo tres en esta forma: uno de nueve a nueve y media, otro corto al comenzar la misa y el tercero también corto al acabarse; en la madrugada de Resurrección uno de cuarto de hora antes de comenzar el oficio, y otro mientras la procesión, sólo donde la hubiere.

17ª. En ninguna iglesia se comience el toque de oraciones a la mañana, al mediodía o a las tres de la tarde, a la noche y a las ocho por las ánimas, sin que haya comenzado la Santa Iglesia Catedral, la que declaro no comprendida en artículo alguno de esta circular, pues sus estatutos, reglamento particular que tiene de campanas y ningún abuso de ellas con consentimiento de sus individuos, piden de justicia esta consideración.

18ª. Que habiéndose querido introducir otro sobre procesiones del Santísimo, sacándola en alguna iglesia el último día de la indulgencia circular, y yendo en aumento el introducido anteriormente de reservar a Su Majestad en el expresado día a las seis, seis y media y aun siete de la tarde, prohibo eficazmente las indicadas procesiones (como todas las del Señor Sacramentado, a excepción de la del Corpus en las parroquias y conventos de religiosos donde siempre la ha habido) y que la reserva en los expresados días sea después de las cinco y media, por lo que deberá anticiparse oportunamente el nocturno que hay en algunas iglesias y comenzar a más tardar las letanías mayores, que deben haber en todas, en punto de las cinco.

Última. Que por circular impresa se comunique a todas las iglesias de esta capital este decreto, quedando dos ejemplares de ella, uno para el archivo y otro para tenerlo donde no se olvide, pues me prometo que esta sola diligencia bastará para el arreglo apetecido; pero si en alguna no fuere así por desgracia, a más de publicarlo entonces por edicto con grave rubor de las que hubieren faltado, emplearé, aunque con sentimiento, las penas espirituales de que puedo disponer, y las corporales y aun pecuniarias que fueren oportunas, pues estoy perfectamente de acuerdo con nuestros gobiernos supremo y político, y cuento con su auxilio para todo lo que conduzca a los dos únicos saludables fines que me he propuesto, y son el buen uso de las cosas santas, cuales son las campanas, y el orden público perturbado por su desarreglo.

Comuníquese también al provisorato para su gobierno, y para que por su parte cuide de su cumplimiento, así como por la suya lo hará esta secretaría arzobispal.

Del poder de un gran prelado…

índiceMarta Eugenia García Ugarte, Poder político y religioso. México, siglo XIX, México, Cámara de Diputados, LXI Legislatura/ Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Sociales/ Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana/ Miguel Ángel Porrúa, 2010, 2 tomos, 1828 pp.

La obra que presentamos en esta ocasión, aparecida hace ya poco más de 2 años, es particularmente difícil de reseñar, en primer término, por su carácter monumental. Texto de 1574 páginas sin contar anexos, se trata de una investigación que tomó más de una década en culminarse, reuniendo información de al menos 14 archivos y 11 bibliotecas de fondo antiguo, lo mismo de Zamora que Roma. A ello se agrega una revisión, amplia también, de la bibliografía antigua y reciente sobre el tema, de una vasta folletería, publicaciones periódicas, tesis, etcétera. La obra pues es de gran envergadura y su estructura misma contribuye a esa impresión, con sus extensos 15 capítulos de poco más de cien páginas cada uno, que por sí mismos podrían fácilmente constituir un libro independiente. Estructurada en riguroso orden cronológico, cada uno de esos capítulos está dedicado a un período particular de la vida nacional, entre 1825 y 1878, que es el verdadero marco temporal del estudio.
Pero no sólo es su vastedad la que hace complicada la noticia de este libro, llamado desde ya a constituirse en un clásico de la historiografía en la materia, sino también la multiplicidad de temas que aborda. Es, al mismo tiempo, una completa historia de la relación entre el episcopado y el gobierno civil del México independiente, pero también lo es de la historia de la relación entre México y la Santa Sede; es asimismo un análisis profundo del partido conservador y de sus liderazgos, no menos que una magnífica biografía de los principales obispos de la época, de uno sobre todo, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, obispo primero de Puebla y luego arzobispo de México. De hecho, sobre todo a partir del capítulo VI, la vida de monseñor Labastida comienza a constituirse en el verdadero hilo conductor del texto.
Largo sería hacer aquí un recuento completo de todo lo que la obra nos ofrece, por ello me limito tan sólo a señalar algunos puntos que me parecen especialmente dignos de resaltarse. Ante todo, resalta bien la diversidad del clero del siglo XIX. A lo largo de la obra vemos que si bien los obispos van construyendo, no sin dificultad, un proyecto coherente para la “Iglesia mejicana”  (siguiendo la ortografía de la época y lo que argumenta la autora desde la introducción), soberana y libre; pero nos encontramos con frecuencia canónigos e incluso obispos (o arzobispos, como don Lázaro de la Garza y Ballesteros), más moderados y capaces de negociar o incluso de integrarse a los proyectos de los liberales, y en el caso de los clérigos hasta el punto de proponer la construcción de otra iglesia nacional, la de Jesús, ya en tiempos de la Reforma. En ese sentido, la obra deja amplios interrogantes sobre el tema de las categorías con las cuales comprender al clero y al episcopado del siglo XIX: es significativo que el tema del “ultramontanismo” apenas si llega a mencionarse esporádicamente en algún pasaje, y es que paradójicamente los obispos del siglo XIX se nos presentan como fieles a la Santa Sede frente al Estado, pero renuentes a aceptar una sumisión total a sus representantes directos, los delegados apostólicos. Es asimismo evidente que la formación y posicionamientos del clero cambian profundamente a lo largo del siglo, que los acontecimientos, en particular la experiencia del exilio y las derrotas políticas, sí que los obligan a replantarse temas como la libertad de cultos, la separación de la Iglesia y el Estado, la forma de defender lo que estimaban como derechos de la soberanía de la Iglesia.
Pero aunque el prioritario es el clero y la política, la autora no deja de lado el tema de la administración pastoral, el gobierno de las iglesias, sobre todo en el arzobispado de México bajo monseñor Labastida, y en menor medida la diócesis de Michoacán bajo el obispo Juan Cayetano Gómez Portugal. Vemos obispos capaces de reorganizar una administración centenaria, de impulsar nuevos proyectos educativos y misioneros, de modernizar pues, la vida eclesiástica. Es cierto, a pesar de su vastedad, la obra no llega a tratar temas específicamente religiosos, nos quedamos mayormente en el plano político y social, pero ello no quita que se trata de una aportación fundamental para la historiografía.
No lo es menos, en tercer lugar y volviendo a la política, el análisis del movimiento conservador mexicano a partir de sus propias fuentes. El aprovechamiento exhaustivo de fuentes clásicas (la Correspondencia de los principales intervencionistas) pero sobre todo de los dos archivos del arzobispo Labastida, de los fondos de Félix Zuloaga y de Ignacio Aguilar y Marocho, aportan realmente una visión de la Guerra de Reforma y de la Intervención Francesa desde el interior mismo del partido conservador. La abundante correspondencia estudiada nos permite conocer nuevos actores (como las esposas de algunos de los dirigentes), y además casi hasta lo íntimo de sus posicionamientos, sus fuertes divisiones, sus intrigas, sus grandes decepciones. Ante todo, es cierto, se resalta la construcción del liderazgo del arzobispo Labastida, por quien la autora no oculta su alta estima, y a quien vemos aprovechar su relación ni más ni menos que con el Papa Pío IX.
En cuarto lugar, y ya que hemos mencionado a la Santa Sede y al Papa, destaquemos que se trata de un estudio que juega constamente con las escalas. Lo mismo nos lleva por momentos a conocer los grandes temas de la política internacional europea de la época, de la mano de los representantes diplomáticos y exiliados (Labastida ante todo, por supuesto), que residieron en París, en Madrid, en Londres y sobre todo en Roma. Pero la autora no descuida la escala nacional, antes bien la obra es asimismo una síntesis completa del acontecer del siglo XIX mexicano que no omite darle al lector los datos necesarios para comprender cada uno de los pronunciamientos y de las guerras civiles. En fin, hay varios subcapítulos dedicados a la vida local, la de ciudades como México y Querétaro (la autora aprovecha al máximo su propia experiencia como historiadora de esa región), pero también la de los pueblos rurales sobre todo de la arquidiócesis de México. Esto es, aunque la articulación entre todas las escalas podría haber sido más detallada, la autora muestra bien hasta qué punto el marco global termina afectando lo local, y cómo en este último se reproducen las batallas que se libran a nivel nacional.
Un quinto punto a resaltar, volviendo sobre lo local, es la atención dada, de nuevo gracias a su exhaustiva búsqueda fuentes, a diversas corporaciones eclesiásticas hasta ahora poco atendidas para el siglo XIX. Podemos seguir paso a paso, por ejemplo, la vida corporativa del Cabildo Catedral Metropolitano de México, la construcción de su predominio aprovechando la larga ausencia de un arzobispo en la capital, las relaciones a veces muy comprometidas de algunos canónigos (Irisarri, Madrid) con los liberales, su final alejamiento de la vida política con la Reforma y la Intervención. La atención dada a los canónigos de México permite también a la autora introducirse con detalle en dos temas fundamentales de la relación entre el clero y el Estado liberal del primero siglo XIX: el apoyo económico, que es en el que más abunda, pero también en el respaldo ceremonial a las autoridades constituidas, casi independientemente de la facción en el poder hasta la proclamación de la Constitución de 1857.
A propósito de la primera mitad del siglo, un tema que a título personal me ha parecido más que interesante en el libro de la profesora García Ugarte, es el del Patronato. Si bien es un tema ya clásico y en el que los trabajos de Brian Connaughton han aclarado mucho sobre la forma en que se discutió, la obra de la doctora García Ugarte tiene la virtud de mostrarnos paso a paso cómo se realizaron efectivamente las provisiones episcopales en la época, que eran el punto central de la discusión. La autora muestra bien que no hubo en México, ni Patronato “de facto”, o “virtual” como algunos otros autores han defendido, sino que la antigua designación por la autoridad del rey dejó paso a una negociación constante, conflictiva las más de las veces, entre los numerosos actores involucrados: cabildos catedrales, gobiernos estatales, gobierno nacional, y por supuesto, la Santa Sede, que tenía la última palabra.
En fin, como decía más arriba, se trata también de la biografía del arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, a quien la autora no duda en contrastar con los otros obispos del XIX. Si otros autores habían destacado principalmente a Francisco Pablo Vázquez, obispo de Puebla, como el gran líder eclesiástico de la primera mitad de ese siglo, la profesora García Ugarte hace resaltar al obispo Gómez Portugal de Michoacán, “el grande Portugal”, como no duda en llamarlo en varios apartados. Y por cuanto hace a monseñor Labastida, el contraste es en este caso con su paisano y amigo don Clemente de Jesús Munguía, el sucesor de Gómez Portugal, figura reconocida sobre todo gracias a los trabajos de David Brading. En el balance entre ambos la autora se muestra especialmente enfática: frente a un prelado más bien intelectual en su perfil, empecinado en sus posiciones, como pareciera haber sido el de Michoacán, monseñor Labastida casi se diría que “resplandece” por su capacidad de negociación y su perfil pragmático.
Por todo lo anterior, la obra que comentamos se sitúa en una posición muy original respecto de la historiografía reciente (aun si está claramente influida, aunque hasta cierto punto, por los trabajos de David Brading). Es de lamentarse, en ese sentido, que la autora no haya discutido de manera más constante a lo largo de su texto con esa historiografía, que ella conoce muy bien, según podemos ver desde la introducción, en particular con las nuevas perspectivas de la historia del Segundo Imperio.
Mencionemos por último, que en una obra tan vasta es lamentable, pero comprensible que haya algunos errores tipográficos, si bien en este caso abundan en ambos tomos detalles que los editores pudieron haber cuidado mejor (por ejemplo, abundan los “canónicos” en lugar de “canónigos). Amerita bien por ello una nueva edición, aunque mientras eso ocurre, podemos disfrutar de la actual versión disponible en la Biblioteca Virtual de la Cámara de Diputados, desde donde es posible descargar el tomo I y el tomo II separadamente.
La autora anuncia ya al final de esta obra, que pronto veremos la continuación de su estudio con la gestión episcopal del arzobispo Labastida durante el Porfiriato, y no dudamos que se convertirá junto con ésta en textos fundamentales para el conocimiento del catolicismo mexicano del siglo XIX en el contexto mundial.

Cofradías novohispanas del siglo XVIII en el ASV

DSCF3414Cuando se trata de cofradías novohispanas del siglo XVIII, la bibliografía reciente ha puesto énfasis en la forma en que fueron afectadas por las reformas borbónicas, es decir, por las medidas que los ministros de los reyes Carlos III y Carlos IV llevaron a cabo para fortalecer la autoridad de la Corona en todo el Imperio hispánico. En consecuencia, si bien los archivos eclesiásticos no han sido en manera alguna desdeñados, la investigación tiende a concentrarse en los archivos del antiguo “superior gobierno de México”, como se le llamaba, que era finalmente el que aplicaba las medidas reformistas en el reino de la Nueva España. Es así que los grupos documentales Historia y Cofradías y archicofradías del actual Archivo General de la Nación de México han sido especialmente consultados.

Es cierto que en esta época la Corona y sus ministros, como hemos visto en otras entradas de este blog, hicieron importantes esfuerzos por reformar a las cofradías, redefiniéndolas como “cuerpos profanos”, insistiendo en particular (para el caso novohispano) en la presencia de los jueces reales en sus juntas y en el carácter asimismo profano de sus bienes, es decir, bajo la jurisdicción real y no episcopal. Hubo además un intento serio de revisar sus constituciones, semejante, claro al emprendido en la propia Península, pero mucho más limitado.

En ese marco, y considerando además que las reformas borbónicas tendieron también a reforzar el papel mediador de la Corte de Madrid entre la Santa Sede y las iglesias de los reinos de Indias, uno no esperaría encontrar testimonios de las cofradías novohispanas en los archivos de las congregaciones romanas que forman el actual Archivo Secreto Vaticano (ASV). Y sin embargo, los hay, aun si escasos. De hecho, no faltaron las cofradías novohispanas que nunca enviaron sus constituciones para ser revisadas en Madrid por el Consejo de Indias, pero en cambio solicitaron su confirmación pontificia, según podemos confirmar en los documentos de la Secretaría de Breves y de la Secretaría de Memoriales.

Cabe citar como ejemplo el de la sacramental de la villa de Córdoba, cuyas preces fueron presentadas ante el Papa Clemente XIV en 1772 (véase ASV, Sec. Brev., Reg., vol.  3741, no. 327, fs. 158-160v), justo en plena época de las reformas en el mundo hispánico. Los cofrades alegaban un origen prestigioso: la corporación habría sido fundada por el obispo Palafox y Mendoza en 1643. El Sumo Pontífice confirmó desde luego la fundación y el título de “Archicofradía” que ya usaban desde tiempo atrás, además de algunas indulgencias.

Desde luego, las indulgencias eran de los motivos más comunes de las cofradías para recurrir a Roma. De nuevo, encontramos corporaciones que podían no haber acudido a Madrid por su licencia real, pero sí a Roma por una indulgencia plenaria. Fue el caso, ya en 1788 bajo el pontificado de Pío VI, de la cofradía de los Abandonados de Oaxaca (véase: ASV, Sec. Brev., Indulg. Perpetuae, vol. 93, f. 73), con sede en la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves de esa ciudad episcopal. Ésta, obtuvo del Papa el 19 de septiembre del citado año, dos breves de indulgencias plenarias perpetuas, uno para los cofrades en su ingreso a la corporación (previa confesión y comunión, desde luego), y otro para quienes acudieran a dicha iglesia el Domingo de Pasión (quinto domingo de Cuaresma) y en otro día que designara el obispo de la ciudad.

De todos estos breves, cabe decir, no hemos encontrado registros del “pase” (el regio exequatur) que debía darles el Consejo de Indias. Es cierto en cambio que hubo cofradías que tuvieron el cumplimiento de ese requisito como un equivalente de la licencia real, como lo declaró explícitamente el hermano mayor de los lacayos del Santísimo Sacramento de Veracruz en 1785. Ellos habían obtenido un breve del Papa Clemente XIII fechado el 4 de septiembre de 1759 concediéndoles indulgencia plenaria el día de su fiesta principal en la iglesia parroquial de Veracruz. Como presentaron el breve ante el Consejo y el Comisario de Santa Cruzada en enero de 1760, no habían estimado necesario ningún otro procedimiento para obtener la aprobación del rey sino hasta unos 20 años más tarde cuando se los exigió el gobierno del virreinato.

En suma pues, las cofradías novohispanas podían a veces legitimarse sólo con documentos romanos, incluso en la época de las reformas borbónicas, o bien utilizarlos para evitar a estas últimas. Sólo una investigación más amplia y exhaustiva, en el ASV sobre todo, permitirá ponderar de manera clara cuántas cofradías acudieron a Roma para no acudir a Madrid.