Archivo por meses: julio 2012

Fray Bernardino de Sahagún en el espejo

fray-bernardino-de-sahagún-en-el-espejoEn esta última entrada, con la que cierro el ciclo 2011-2012, me tomo la libertad de anunciar directamente una novedad editorial: la aparición del libro del Mtro. Óscar Fernando López Meraz, Fray Bernardino de Sahagún en el espejo. El occidente medieval y el discurso sobre el otro, publicado por Editorial Académica Española.  Producto de la tesis de maestría en Historia del autor presentada en la Universidad Nacional Autónoma de México, es un serio análisis del método utilizado por fray Bernardino en su Historia general que reubica al franciscano en la continuidad de la tradición medieval, frente a quienes aseguran su pertenencia a un humanismo renacentista que garantizaría la autencidad de su discurso sobre el indio. El autor muestra de manera convincente cómo el religioso sigue en esa obra modelos ya antiguos para el conocimiento de los “otros” del mundo occidental, que en manera alguna eran desinteresados, sino que directamente estaban ahí, como era el propio objetivo del padre Sahagún, para refutar y destruir la idolatría. Esa perspectiva no sólo condiciona la presentación, sino los conocimientos mismos que el fraile presenta como propios de la cultura indígena. Lejos pues de ser una anticipación de la antropología contemporánea, la obra del franciscano era semejante, nos dice el autor directamente, a la labor inquisitorial. Labor erudita, ciertamente, impulsaba una política de temor hacia una justicia divina presentada como implacable con quienes se negaban a aceptar la inmediata conversión. En fin, tenía también como uno de sus motores el combate permanente con el demonio, identificado constamente con las divinidades mesoamericanas.
La cuarta de forros del libro resume perfectamente el argumento:
Fray Bernardino de Sahagún y su Historia general de las cosas de la Nueva España son cruciales para comprender el proceso mediante el cual los europeos intentaron imponer formas de pensar, sentir, expresar, imaginar, entre otros asuntos, a los antiguos mexicanos. Tradicionalmente, el fraile franciscano es considerado como el “padre” de la Antropología mexicana al suponer que su trabajo rescató del olvido diversas manifestaciones culturales de los hombres mesoamericanos. Sin embargo, sostener que el mendicante asumió una actitud similar es completamente anacrónico, pues su trabajo siempre estuvo dirigido a lograr la conversión de los indígenas al ofrecerles herramientas a los encargados de la espiritualidad cristiana para arrebatarle al demonio las almas que, según los conquistadores, tanto tiempo había poseído. En este sentido, es necesario intentar un esfuerzo que permita acercarnos a la época del hijo de san Francisco para comprender sus intereses y procederes donde recurrir a esfuerzos intelectuales realizados en el pasado, en particular los concernientes a la forma de describir a los “otros”, son imprescindibles. 

Mártires de las catacumbas

Durante muchos siglos Roma, la capital del mundo católico, parecía mucho más lejana que hoy a la mayoría de los fieles. Los Sumos Pontífices, finalmente, tenían hasta el siglo XIX un papel menor al que ejercen hoy, por ejemplo en el nombramiento de los obispos, o en general en el gobierno de las corporaciones religiosas, ampliamente autónomas durante varios siglos. Sin embargo, había prácticas que podían romper un poco esa distancia. Ya hemos hablado de algunas de ellas: la participación de las indulgencias de algunos de los grandes lugares de peregrinación de la Ciudad Eterna, como la Basílica Catedral de San Juan de Letrán o la Escala Santa; o bien, la asociación con las archicofradías romanas, como la del Santísimo Sacramento de la Basílica de la Minerva. Pero muchos pueblos del mundo católico no se conformaron con ello y buscaron directamente la prestigiosa intervención de los santos romanos por excelencia: las víctimas de las primeras persecuciones de la historia del Cristianismo, compañeros de los Apóstoles, los llamados mártires de las catacumbas romanas.

DSCF0935En efecto, una práctica relativamente común desde el siglo XVI, concretamente desde su redescubrimiento en 1578, hasta el siglo XIX, sin solución de continuidad, fue la extracción de reliquias de los cementerios romanos. Así es, Roma se convirtió en un verdadero centro de exportación y distribución de reliquias de los mártires. Tras un primer período en que se extrajeron cuerpos con mucha libertad, en el siglo XVII la Santa Sede comenzó a normar el procedimiento a través de la Sacristía del Papa, a cargo del obispo titular de Porfiria, y sobre todo de la Custodia de Santas Reliquias, colocada bajo la jurisdicción del Vicario de la diócesis de Roma. Por una y por otra vía, numerosas iglesias de Europa y del mundo entero tuvieron acceso a los cuerpos de santos. Desde luego no se trataba tanto de cuerpos incorruptos, sino de reliquias depositadas en cuerpos de cera debidamente adornados para corresponder a la dignidad de su carácter. Muchas veces extraídas de tumbas anónimas, las autoridades de la custodia tuvieron por costumbre “bautizarlas”, de ahí el sobrenombre de “santos bautizados” que se les daba a veces.

El Siglo de las Luces no fue de ninguna forma una excepción en esta práctica. En la imagen de arriba vemos el cuerpo de Santa Justina mártir, extraído del cementario de San Lorenzo en la década de 1770, para ser llevado a Lisboa, a la iglesia de San Antonio para se preciso. En la Nueva España del siglo XVIII y en el México del siglo XIX llegaron también varios de estos mártires romanos. Varios yacen hoy olvidados en algunas capillas de nuestras iglesias, pero uno que hasta hoy es motivo de la devoción del pueblo que lo adoptó, es sin duda San Hermión, a quien vemos aquí en su urna de la Iglesia parroquial de la Asunción en Lagos de Moreno. Soldado romano según la tradición, fue extraído del cementerio de Santa Ciriaca con autorización del obispo de Porfiria y llevado a esa villa de los Altos de Jalisco en la década de 1790 por encargo del bachiller José Ana Gómez Portugal.

DSCF3178Desde luego, hay muchísimos más. Algunos siguen recibiendo el culto, como Santa Inocencia, que fue llevada al convento de Santa Mónica y se encuentra hoy en la Catedral de Guadalajara; asimismo, Santa Felícitas, venerada otrora en Santa Teresa la Antigua de México, está hoy en el Sagrario Metropolitano de la misma ciudad. Santa Clementina, San Donato y San Fulgente, siguen en una capilla de la Catedral de León, pero normalmente está cerrada al público. En cambio, el cuerpo San Constancio, mucho tiempo venerado en el convento de San Francisco de México, hoy en día es literalmente una pieza de museo en el Nacional del Virreinato.

Hasta donde he podido ver, no hay en la bibliografía reciente estudios que nos informen de manera más detallada sobre la forma en que atravesaron el Atlántico, la devoción que se constituyó en torno suyo, el olvido en que cayeron algunos, o sobre las consecuencias que tuvo su presencia para la cultura religiosa de Nueva España y México. Sin duda, recibieron el culto propio de su carácter de reliquias, en que la contemplación y la apropiación eran fundamentales, aunque no menos el que se aplicaba también a las imágenes, con los fastos barrocos tan carácteristicos del catolicismo en general, del novohispano y mexicano en particular. Sirva pues esta entrada breve para acordarnos de estos cuerpos milenarios que ligaban a regiones a veces un tanto recónditas con la capital misma de los Papas.

Un párroco ante unas elecciones

El tema de las elecciones en las primeras décadas de la vida republicana de México en el siglo XIX ha sido ya tratado por varios especialistas. Sin duda es una buena fecha para recordarlas. Como se sabe, eran elecciones sin partidos políticos, ni candidatos, temidos porque podían poner en riesgo la deseada unidad de la república. Herencia de la Constitución de la Monarquía española de 1812, la de Cádiz, las elecciones estaban pensadas fundamentalmente para renovar a los representantes de la nación, pero no para servir de escenario para la competencia política. Por ello eran cuidadosamente reguladas, indirectas en varios niveles, rodeadas al principio de ceremonias religiosas (misas de Espíritu Santo y Te Deum retomados de la tradición electoral del Antiguo Régimen), que debían evitar todo género de enfrentamientos. Y sin embargo, prácticamente desde sus inicios, las elecciones fueron motivo de debates, de contestaciones, y claro está, vieron la introducción de prácticas no previstas que ponían en cuestión su carácter “apolítico”, con lo que algunas “facciones” (como se les decía en la época) lograron manipularlas para hacerse del poder.

Entre esas elecciones discutidas se contaron, por sólo citar un ejemplo, las que debían renovar el Congreso del Estado de Veracruz celebradas en julio de 1828. Sabemos del asunto por el amplio expediente que se formó en el propio Congreso del Estado, y que terminó con la anulación del proceso, a consecuencia de diversas solicitudes, provenientes sobre todo de la villa de Orizaba. Veremos aquí tan sólo uno de los documentos de ese expediente: la mirada del cura párroco, el doctor Francisco García Cantarines. No fue, cabe aclarar, una opinión del todo desinteresada: antaño él mismo había sido diputado constituyente de Veracruz en 1825, y se le identificaba como un hombre cercano a uno de los grupos que se disputaban el poder, los liberales moderados. El párroco da cuenta de las prácticas que se utilizaron para hacer a ganar a una “facción” radical: el voto del ejército, la impresión y distribución de listas de candidatos, la presión a los ciudadanos. Hombre de iglesia, se preocupa además de señalar que los triunfadores de la jornada no habían dudado en poner en cuestión su autoridad. Veamos pues este documento que nos muestra cómo la lucha de facciones política tenía un potencial de desplazamiento de las jerarquías religiosas que evidentemente parecía intolerable incluso a este clérigo liberal.

Biblioteca Nacional de México, Fondo Reservado, Colección Lafragua no. 454.
Expediente instruido a consecuencia de las representaciones que se hicieron al Congreso del Estado pidiendo la nulidad de las elecciones para diputados. Xalapa, Imprenta del Gobierno, 1828, 88 pp., pp. 34-36.

Esa brevedad posible que V. me pide en la contestacion de su oficio de ayer, me estrecha en los límites que voy a poner a un asunto que por su naturaleza y circunstancias merece mas extensión. Así pues para no faltar a la sustancia y brevedad encargada, declaro lo que me consta en los puntos siguientes.

Me acuerdo de Catón cuando me acuerdo del benemérito síndico D. Manuel Callejas. Este patriota no vulgar me confió su exposición, que la aprobé por mil motivos, previniéndole sin embargo los peligros a que se esponía, y él conocía si la mandaba al gobierno; pero como sin la fortaleza se arrinconan todas las virtudes, la suya se sobrepuso a los obstáculos, remitió sus quejas, llenó el destino de síndico, y resultó que la faccion desoladora le postró en una cama herido mortalmente, sacrificando su salud, su familia e intereses a la buena causa. Sus virtudes sociales no existen sin enemigos, ni tampoco sin premio, pues su exposición ahora triunfa y lo cubre de gloria.

Está tan arreglada a la verdad de los hechos, que se puede decir que nada se escribe allí que no sea público, visto y generalmente sabido. Si la sumaria se instruye, creo que sólo servirá para salvar la forma de la justicia y nada más. Que las elecciones primarias son nulas en todas sus partes, es una verdad innegable y evidente para los que tienen ojos y lógica.

Una facción sostenida por la fuerza militar combinada en las logias de York, y protegida del Ayuntamiento de este año, hechura del mismo lodo, atacó descaradamente a un pueblo apático y de más paciencia que de orgullo nacional. No puedo referir todas las intrigas, porque son infinitas. Lo que se vio es que el ciudadano Vicente Prieto, jefe de este Departamento, que estaba en México, se presentó de repente en el día de las elecciones sólo para presidirlas, y despues desapareció descubriendo en este hecho que venía como en comisión y de acuerdo con la gran logia de quien es privado y confidente.

Lo que se vio, repito, es que el regimiento número 3, dividido en gruesas hordas por los puntos cardinales de la población, con listas en las manos forzaban indios, patanes, rancheros y muchachos a que las recibieran y presentaran en las mesas de elecciones. Que los vecinos sensatos y granados se sumieron en sus casas teniendo por inútiles sus votos, y aun temiendo persecucion por no ser conformes a los de faccion, o tal vez exponiéndose al lance del ciudadano Francisco Angulo que al ver una lista atribuida a él la rompió públicamente, y se retiró huyendo del peligro. Que el ciudadano regidor Mariano Bezares, presidente de una de las mesas de elecciones, aseguró en público que ya no era sufrible el desorden y trampas de los refractarios y perjuros.

Lo que se vió, vuelvo a decir, es que en el escrutinio de las listas aparecieron muchas firmadas de ciudadanos conocidos en el pueblo, y otras fingidas y firmadas por vecinos principales que al dárselas a reconocer han declarado no ser suyas, como yo declaro no ser mía la lista ni firma que se me presentó, por ser descarada y visiblemente desemejante de la que uso. Finalmente, lo cierto es que yo mismo aunque párroco, ni fui citado para presenciar las elecciones, ni aunque lo hubiera sido hubiera asistido, intimidado de una furia ya prevenida contra mí en caso de que me atreviera a cumplir con la obligacion que me imponía la ley. La enmascarada comparsa entendió mi fuerte oposición a sus intrigas, y acaso por este motivo el alcalde Naredo, jefe de gavilla, hombre de frente serena, sin opinion, sin honor y sin vergüenza, que ha sacado tantas lágrimas a la moral pública; escoltado de un piquete de soldados se lanzó a la parroquia, quiso encarcelar a los sacristanes, insultó mi autoridad, y me usurpó el mando de las campanas con que celebró escandalosamente su triunfo sobre la muerte de las leyes.

Concluyo pues diciendo que Orizaba, conmovida a tan extraños procedimientos, falta ya de paciencia y no de fidelidad, se decidió por el pronunciamiento del 26 del inmediato octubre. Que clama a gritos por la nueva elección de la próxima legisltura del Estado, y que confía en la justificacion, carácter y firmeza del actual Congreso en cuya soberana presencia tiene el valor con respetuosa desesperación, que si las elecciones del año de 28 no se declaran nulas, si no se procede a la renovacion de diputados, irá a llorar a los montes que la rodean en las faldas del volcan la ruina de la patria, o a buscar sociedad donde haya hombres. Tal es la opinion y sentimientos del que suscribe.
Dios y libertad. Orizava, noviembre 7 de 1828.

Francisco García Cantarines.

Sr. Alcalde segundo de esta villa D. Manuel Galindo.