Archivo por meses: junio 2012

Guy Rozat Dupeyron

El Dr. Guy Rozat Dupeyron, investigador del Centro INAH-Xalapa, es sin duda uno de los más destacados especialistas de la historiografía sobre la Conquista. Si bien sus preocupaciones intelectuales van mucho más allá de los temas que trato en este blog, sus análisis sobre las crónicas de fray Bernardino de Sahagún y del padre Andrés Pérez de Ribas, en particular, constituyen aportaciones específicas fundamentales para cualquiera que desee acercarse a lo que significó la implantación del cristianismo en tierras americanas. Es autor pues, de textos verdaderamente clásicos para nuestra historiografía, destacando sobre todo Indios reales e indios imaginarios en los relatos de la Conquista de México, que debiera ser una lectura obligatoria en todas las facultades, al menos de Historia, de nuestro país. Tengo la esperanza de poder desde hace tiempo de dedicarle a su obra una entrada digna de su trayectoria, pero por ahora me conformo con presentar esta conferencia que impartió en marzo pasado en la Universidad Autónoma de Baja California. En ella, con el estilo siempre ameno que le caracteriza, nos hace primero un breve recuento de su propia trayectoria, del lugar desde donde se sitúan sus investigaciones, para enseguida plantearnos una serie de reflexiones que giran en torno a la problema que supone la pesada memoria nacional mexicana. La segunda parte es especialmente de interés para los temas de este blog.


Representaciones del indio en la memoria colectiva nacional. Parte 1 from IIC-Museo UABC on Vimeo.


Representaciones del indio en la memoria colectiva nacional. Parte 2 from IIC-Museo UABC on Vimeo.


Representaciones del indio en la memoria colectiva nacional. Parte 3 from IIC-Museo UABC on Vimeo.

 

Reformando las cofradías novohispanas

Hoy se cumplen doscientos treinta y siete años del inicio de una de las más ambiciosas reformas que bajo el reinado de la Casa de Borbón se emprendieron en la Nueva España: la reforma de las cofradías. El 17 de junio de 1775 el contador general de propios y arbitrios del reino, Francisco Antonio de Gallarreta, dirigió al virrey Antonio Bucareli la exposición que aparece abajo, en la que denunciaba no sólo su ilegalidad por haberse constituido contra lo dispuesto en las Leyes de Indias, sino sobre todo los problemas que suponían las cofradías para el público, es decir, para los pueblos novohispanos, y en particular para los indios. El contador llegó incluso a proponer una medida radical: la supresión de las cofradías.

Se inicio entonces un amplio expediente en el que las autoridades de buena parte del reino, tanto civiles como eclesiásticas dirigieron al gobierno una amplia información sobre la materia, fuente invaluable y todavía poco explotada sobre las cofradías mismas, pero también testimonio interesante de la forma en que la reforma se ponía en ejecución. Contrario a lo hecho en otros puntos del Imperio, en las oficinas del gobierno novohispano nunca dejó de tomarse en cuenta al episcopado, y nunca los jueces locales llegaron a proponer medidas específicas o a expresar una crítica directa sobre las corporaciones que se ponían en cuestión. Antes bien, contra lo que Gallarreta hubiera esperado, no faltaron las defensas decididas de las cofradías y sus prácticas, aunque cabe decir que el clero no dejó de compartir algunos de sus puntos de vista. Mas al final el expediente, que acumuló 18 gruesos legajos, debió cerrarse en 1793 sin una conclusión propiamente dicha, dejando lugar más bien a la reforma por la vía de los expedientes particulares.

El expediente general de cofradías de México resulta así un buen testimonio de las ambigüedades de las Reformas borbónicas, que nunca pudieron hacer por completo de lado a los actores tradicionales y a las corporaciones. Mas veamos por ahora con detalle este documento en que por primera vez las cofradías son denunciadas por oponerse a la utilidad del público.


AGN, Historia, vol. 312, fs. 1-4.

Excelentísimo Señor

Con el justo deseo de llenar las indispensables obligaciones de esta Contaduría general de mi cargo, pasé los oficios correspondientes a todos los alcaldes mayores de las distintas jurisdicciones comprendidas en la vasta extensión de este virreinato, a fin de que cada uno respectivamente me diese individual razón de los bienes comunes que poseían los pueblos sujetos a la suya, del producto anual de ellos y su inversión, informándome al mismo tiempo del número de congregaciones o hermandades que tuvieren, de sus advocaciones y origen, fondos en que consistían y gastos a que se erogaban, cuyas noticias me dieron con la claridad y distinción necesaria.

Reconocidas éstas con la atención que merece tan importante asunto, advertí sin embargo de que la mayor parte de las comunidades se hallan reducidas al más lamentable estado, por el abandono con que han sido tratadas hasta aquí, y que muchos de los pueblos carecen de terreno para formarlas, apenas hay alguno que no tenga una o dos que denominan cofradías, con abundantes fondos así en ganados como en tierras de labor y magueyales, cuyos productos se erogan en funciones de iglesia, comidas, fuegos y otros gastos tan inútiles como perjudiciales, según acreditan los precitados informes.

Por ellos consta igualmente que ninguna está fundada con licencia del superior gobierno y demás solemnidades que previene la ley veinte y cinco, libro primero, título cuarto de la Recopilación de estos reinos, y que sus fondos son dimanados de dotaciones particulares de los mismos vecinos, entre quienes se ignora absolutamente el principio de muchas de ellas, o de bienes correspondientes a las comunidades, que desemembraron y aplicaron a este efecto los gobernadores y repúblicas, asegurando a vuestra excelencia que hay pueblo que no posee un palmo de tierra de comunidad, y su cofradía tiene muchos ganados y más de setenta caballerías de sembradura y pastos, cuya desgracia es general, especialmente en los obispados de Oaxaca y Valladolid, sin que basten a contenerla los reglamentos que se les despachan, pues poco importa que se moderen gastos y corten abusos, sino se remedia éste que es el capital origen de su ruina.

Muchas de estas fundaciones tuvieron su principo en la devoción de algunos particulares que respectivamente dejaron cortísimas cantidades ya en especie, ya en cabezas de ganado para que con su producto se dijese número señalado de misas o se celebrase la fiesta de éste o el otro santo, y tomando sobre sí los naturales la administración de dichos bienes, se hicieron igualmente cargo de llenar las obligaciones de su destino, pero como la debilidad de los fondos no podía sufrir el gasto a que estaban dedicados, se veían en la dura precisión de erogar lo que faltaba de sus propios caudales, y para libertarse de este gravamen, usaron del injusto arbitrio de separar alguna porción de terreno o finca de su comunidad, que aplicaron desde luego a cubrir el costo que ofrecía la celebridad del santo a quien habían dejado su limosna, el particular, denominándola ya cofradía, sin embargo de no tener ninguna de las circunstancias que requiere su erección.

Otras hay fundadas precisamente sobre bienes de comunidad en esta forma: determinaron los indios de un pueblo celebrar la fiesta anual de San Francisco (v.g.) y para hacerla separaron de dichos bienes algún pedazo de tierra, o extrajeron varias cabezas de ganado, que vendieron, comprando con su importe alguna finca, que rindiese lo necesario para esta festividad, o las conservaron a fin de costearla con su producto, y continuando sus sucesores en el mismo abuso, miran ya éste como un fondo sagrado, que sólo puede invertirse en obsequio del santo a quien se aplicó, cuyo aumento procuran con mayor cuidado que el de las comunidades, quedando así desatendidas éstas y despojadas de lo que legítimamente les corresponde, de cuyo principio nace en mucha parte la pobreza de los naturales, y las miserias que experimentan en los tiempos de calamidad, que les obligan a morir lastimosamente, o a desamparar sus propias casas para mendigar en las ciudades y villas, siendo rarísimo el que después se restituye a ellas, con general perjuicio de las poblaciones, y consiguientemente de los reales tributos, lo que no sucedería si las rentas comunes estuviesen gobernadas con la economía que merece su piadoso destino, y no se desmembrasen para dedicarlas a esta clase de fundaciones, tan gravosas al público, que tendría entonces un seguro repuesto con que aliviar sus urgencias.

Este es, señor excelentísimo, el desorden que se experimenta en esta delicada materia, de cuyo pronto remedio pende nada menos que la felicidad de los pueblos, que siempre ha sido el digno objeto de los afanes de vuestra excelencia, y para proporcionársela no hallo otro arbitrio que el de que su justificación se sirva mandar suprimir las referidas cofradías, como fundadas sin las solemnidades que prescribe la citada ley 25, aplicando todos sus bienes a las respectivas comunidades, con lo que se reintegrarán éstas de lo que se les ha defraudado, se repararán de los atrasos que sufrieron con este motivo, se pondrán en el más floreciente estado, y lograrán estos vasallos la satisfacción de ver efectivas en su alivio las sabias piadosas intenciones del rey, en el nuevo establecimiento de esta oficina, quedando al mismo tiempo libres los pueblos de los gravísimos perjuicios que les ocasiona la multiplicidad de funciones, porque los naturales, cuyo carácter específico es la inacción, sólo buscan en ellas la novedad, el concurso, el ruido y la bebida, de que nace la embriaguez, las torpezas y demás excesos que enteramente los arruinan.

Nuestro Señor guarde la importante vida de vuestra excelencia muchos años. México y junio 17 de 1775.

Excelentísimo Señor
Francisco Antonio de Gallareta y Zubiate.

Excelentísimo Señor Bailío frey D. Antonio Bucareli y Ursúa.

Tradición y reforma de la Iglesia hispanoamericana

Mi colega el Mtro. Sergio Rosas Salas me ha enviado esta reseña para publicarla aquí. Desde luego le agradezco mucho el interés de contribuir con este blog.

Francisco Javier Cervantes, Lucrecia Enríquez y Rodolfo Aguirre (coords.), Tradición y reforma en la Iglesia hispanoamericana, 1750-1840, Puebla y Santiago, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/ Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación-Universidad Nacional Autónoma de México/ Centro de Estudios Bicentenario, 2011, 402 pp.

Sergio Francisco Rosas Salas 

Tradición y reforma… ofrece una visión comparativa de la historia de la Iglesia católica en las naciones hispanoamericanas, subrayando las problemáticas comunes. Desde esta perspectiva, el libro tiene como objetivo analizar la forma en que diversos actores y corporaciones eclesiásticas enfrentaron las reformas borbónicas, las independencias y las primeras décadas republicanas. Así, busca comprender hasta qué punto se modificaron las relaciones entre Iglesia, poder civil y sociedad con la consolidación de los Estados americanos, y la adecuación del clero a la nueva realidad.

Los primeros 4 artículos se concentran en el papel tradicional y las iniciativas de reforma que vivieron los regulares. David Carbajal demuestra que a pesar del embate reformista en su contra, los conventos de Orizaba vivieron un crecimiento notable entre 1780 y 1830, posible porque los frailes establecieron una estrecha relación con las corporaciones y los vecinos locales. Frente al proyecto centralizador de los obispos poblanos, quienes además de reformar la vida común buscaban fortalecer su autoridad, los conventos de la villa consiguieron ligarse a las elites locales gracias a su utilidad pública –fomentaban la educación y administraban el pasto espiritual a los parroquianos– y a la implantación de nuevas formas de piedad. Gracias a ello, los frailes pudieron asegurarse una posición privilegiada trastocada sólo por las disposiciones radicales del Congreso de Veracruz, que en 1834 declaró la supresión de conventos.

Lucrecia Enríquez analiza la reforma de regulares decretada por Bernardo O’Higgins en diciembre de 1818, que a partir de una atribución unilateral del Patronato buscaba devolver a los frailes a la clausura, limitar el número de novicios, formarlos bajo un concepto de utilidad pública y fortalecer la autoridad episcopal ante la lejanía con Roma. En agosto de 1824, O’Higgins puso a los regulares bajo autoridad del diocesano, siendo reformados al mes siguiente de forma unilateral. Así, muestra que la iniciativa reformista conllevó al fortalecimiento episcopal en la Iglesia chilena y la atribución del patronato a la república, utilizando como argumento la lejanía con Roma. En un caso similar, Elizabeth Hernández analiza la reforma de regulares de 1826 en Perú, a partir de su aplicación en Paita. Al estudiar la supresión del convento de La Merced encuentra que la reforma ensayada en Perú fue resultado de una atribución unilateral del patronato por parte del poder civil. Asimismo, un objetivo central era la desamortización de los bienes eclesiásticos en beneficio del erario público. La entrega del convento al párroco de Paita en 1830 demuestra un fortalecimiento del obispo y un triunfo del poder civil, en clara continuidad con las políticas borbónicas. Por último, Alicia Fraschina analiza las reformas en los conventos femeninos bonaerenses: Santa Catarina y El Pilar. Dado que en ambos se practicaba la vida común, su reforma buscó exclaustrar a las monjas, utilizar sus bienes en beneficio del Estado y centralizar la Iglesia diocesana bajo la autoridad del ordinario.

En conjunto, estos artículos subrayan los fuertes vínculos entre los conventos y los fieles en las poblaciones en que radicaban, el consenso local –no siempre compartido por las élites nacionales– en torno a su utilidad gracias al pasto espiritual y la educación, y las duras críticas que los religiosos enfrentaron por parte de ilustrados y liberales. Asimismo, subrayan que la reforma de regulares resultó en un fortalecimiento del poder civil, y que las políticas que las jóvenes repúblicas americanas aplicaron al clero regular eran una continuidad del reformismo borbón, que insistió tanto en la utilidad de los regulares tanto como en el fortalecimiento episcopal. Particularmente en la década de 1820, el ejercicio unilateral del patronato rompió los fuertes vínculos que unían a las elites locales y a los conventos, aunque el caso de Orizaba desafía esta conclusión general. En ese sentido, Tradición y reforma… demuestra las continuidades en torno a la política eclesiástica de parte del episcopado y el poder civil entre 1750 y 1850.

La segunda parte, conformada por 5 artículos, analiza el papel del clero secular en los cambios sociales y políticos del periodo. Se trata de la sección del libro más dedicada en México, mostrando el auge que ha cobrado el estudio del clero secular en la historiografía del país. A partir de los casos del arzobispado de México, los obispados de Puebla y Michoacán y la jerarquía eclesiástica vasca, la sección subraya el papel de los obispos y los párrocos como modernizadores del clero a través del impulso de medidas utilitaristas como la educación y la castellanización, el mayor control sobre cofradías, el fortalecimiento del clero secular frente a otras corporaciones eclesiásticas, su politización a partir de la insurgencia, las dificultades (y bondades) de la carrera eclesiástica y la dura presión fiscal que enfrentó por parte del poder civil. En suma, los trabajos muestran que el clero secular enfrentó las reformas borbónicas a la defensiva contra la presión fiscal y el acotamiento de sus ingresos y privilegios, y al mismo tiempo impulsó una mayor presencia social e incluso política en aspectos como la educación y la atención pastoral.

María Teresa Álvarez Icaza analiza la secularización de doctrinas en el arzobispado de México durante la gestión episcopal de Manuel Rubio y Salinas, a quien considera el impulsor de la modernización eclesiástica por la secularización, la vigilancia de las cofradías y la fundación de escuelas para castellanizar a los indios. A partir de ello, la autora encuentra una temprana aplicación de la política borbónica, impulsada por los mismos prelados, quienes vieron así fortalecida su posición central en la Iglesia diocesana. Por su parte, Rodolfo Aguirre sigue a los párrocos del arzobispado durante la insurgencia, mostrando que ésta produjo el reconocimiento del papel fundamental de los curas como líderes locales –algo que habían combatido las reformas borbónicas–, al tiempo que politizaban al clero al insistir en que predicara contra la insurgencia e informara acerca de sus posiciones. Como subraya Aguirre, este caso demuestra que los curas rechazaron la violencia siguiendo su formación teológica: más que filiación ideológica se asumieron pastores de sus comunidades.

Francisco Javier Cervantes analiza las rentas decimales del obispado de Puebla durante la primera mitad del siglo XIX. Retrata el proceso de desterritorialización de la diócesis como producto de la caída de la recaudación decimal y la formación de nuevos territorios, que desplazaban la centralidad de la ciudad episcopal. Mostrando la paulatina caída en los ingresos episcopales, el autor sostiene que la desintegración territorial diocesana se debió a la suspensión de flujos monetarios decimales. Al caer el diezmo los ingresos de la jerarquía eclesiástica se derrumbaron, por lo que el clero poblano perdió, asimismo, su posición social privilegiada. Por su parte, Moisés Ornelas analiza las dificultades para la provisión de curatos en la diócesis de Michoacán durante los 1820, debido a la sede vacante y a la falta de lineamientos claros para proceder ante el fin del patronato. Para el autor, la falta de titulares en las parroquias fue el mayor problema de la diócesis, pues así como los feligreses no recibían pasto espiritual, los sacerdotes no tenían estímulos en su carrera eclesiástica. Si bien el problema fue paliado con la ley de provisión de interinatos en mayo de 1829, ello no significó el fin de la discusión en torno al patronato y no pudo ofrecer beneficios titulares. Así, Ornelas llama la atención acerca de una temática poco explorada por la historiografía.

Por último, Andoni Artola analiza el cambio de perfiles políticos y sociales de los eclesiásticos seculares vascos. A través de un estudio prosopográfico, sigue la carrera eclesiástica de un sector del clero español entre las décadas de 1750 y 1840. Sus resultados emparentan su trabajo con el ya clásico El Púlpito y la plaza: durante este periodo, la jerarquía eclesiástica se fortaleció como ilustrado, interesado en la instrucción y la mejora urbana, para insistir a partir de 1808 en sus servicios a la Corona como argumento para solicitar nuevas prebendas. Así, poco a poco surge un nuevo clero secular, más pobre, local y eficiente, pues la carrera eclesiástica deja de ser atractiva para las grandes familias. En conjunto, esta sección del libro retrata las transformaciones y continuidades de un clero secular asediado por las reformas, la insurgencia y la república, que al mismo tiempo cambia su papel social al convertirse en proveedor del pasto espiritual en la república, y en impulsor de iniciativas ilustradas.

En la tercera parte del libro, 4 artículos exploran la relación de la Iglesia con la Corona y la república. Irma Leticia Magallanes analiza la situación del obispado de Nueva Vizcaya a fines del XVIII, así como la aplicación de las reformas borbónicas en la diócesis. Caracteriza una mitra marcada por la dispersión poblacional y su carácter de frontera, que debido a la expulsión de los jesuitas en 1767 perdió su cobertura misionera y educativa. Además de subrayar la importancia de la Compañía –y del colegio de Propaganda Fide de Guadalupe– en la atención de las misiones norteñas, la autora considera que los obispos duranguenses fungieron como ejecutores de las reformas carolinas. Por ello, sostiene, colaboraron en la reorganización parroquial, la desmembración de la diócesis y la recaudación tributaria a favor de la Corona.

Juan Bosco Amores y Consolación Fernández ofrecen un novedoso artículo acerca de la Iglesia cubana entre 1760 y 1830. Sostienen que fue durante la segunda mitad del siglo XVIII cuando se consolidaron las estructuras diocesanas. Prestan atención a la labor educativa, a la distribución territorial de la que hasta 1789 fue una sola diócesis con sede en Santiago y a la labor de los obispos. Revisan las gestiones episcopales de la isla, destacando el afán reformista de los mitrados –siempre en la clave de la utilidad pública–, destacando la labor reformadora del clero y el seminario de los obispos Joaquín de Osés y José Díaz de Espada, mitrados de Santiago y La Habana en el primer tercio del siglo XIX. Así, a la par de una Iglesia afincándose en la sociedad cubana, los autores muestran la praxis diocesana de un modelo episcopal ilustrado y reformista.

Elisa Luque ofrece una síntesis acerca de los concilios provinciales en América Latina, preguntándose el grado de control que el Estado tuvo sobre estas asambleas eclesiales. Tras reseñar los tres ciclos conciliares: el tridentino, en el siglo XVI; el ilustrado, en los años de las reformas borbónicas, y el del Vaticano I, en la segunda mitad del XIX, La autora sostiene que los ordinarios actuaron como hombres de Iglesia, promoviendo la formación del clero, una mejor vida cristiana, y medios para defender la posición de la fe y la religión ante el poder civil, sorteando su presión. Por último, Natalia Arce ofrece una revisión de la reciente historiografía religiosa argentina.

Esta sección demuestra que no podemos hablar más de una Iglesia, un Estado o una sociedad monolítica. También revela las dificultades del poder civil y el religioso para adecuarse a las nuevas circunstancias políticas, la importancia de la reforma del clero para crear una nueva Iglesia diocesana, y subraya la búsqueda de la Corona y/o el Estado por controlar a las corporaciones eclesiásticas. Así, Tradición y Reforma representa un logrado esfuerzo historiográfico para conocer el papel de los actores y las corporaciones eclesiásticas en Hispanoamérica durante el tránsito de la Monarquía Católica a las repúblicas católicas. Revisa los afanes del clero por mantener su posición central en el entramado social y por encontrar un nuevo lugar frente el Estado y en la sociedad. Demuestra, asimismo, la historia compartida de los países de la región desde la temática religiosa, y resulta una valiosa invitación para pensar la historia del trinomio Iglesia-Estado-sociedad en una perspectiva que supere fronteras nacionales y se centre en las problemáticas comunes.

Visitación y Magnificat

En nuestros días, el 31 de mayo es la fiesta de la Visitación de la Virgen, que antaño tenía lugar cada 2 de julio. Como se sabe, la fiesta conmemora un pasaje del Evangelio según San Lucas, en el cual la Virgen María, después de la Anunciación, visita a su prima, Santa Isabel, madre de Juan el Bautista. Aunque no es el único himno de la fiesta, ni es un himno sólo para esta fiesta, el Magnificat está particularmente asociado a esta fecha, pues justamente se trata del cántico que la propia Virgen interpreta luego del saludo que le dirige su prima. Canto doblemente mesiánico, de alabanza a Dios por la elección de la Virgen, pero también por el anuncio de la llegada del Mesías, con todo lo que ello significa de transformación del mundo. Por ello no fue siempre bien estimado por las élites. Se dice por ejemplo que en el siglo XIX, el rey francés Luis Felipe I, siendo cuestionado por el arzobispo de París sobre los motivos por los cuales no apoyaba que se mantuviera una educación católica y en manos del clero, habría respondido señalándole una frase del Magnificat: “Deposuit potentes de sede”, literalmente “Desposeyó a los poderosos de su trono”. La misma frase era, allá en la Edad Media, una de las más citadas en la “fiesta de los locos”, la fiesta en que una parte del clero invertía las jerarquías del culto, de ahí que se llamara también “Festum deposuit”. Desde luego, es un himno de uso común en el oficio divino, especialmente en las Vísperas, donde hasta hoy se canta mientras el sacerdote inciensa el altar.

Presento aquí una versión del siglo XVII, del maestro de capilla de la Catedral de México Francisco López Capillas, interpretada por el Coro de la misma Catedral.

Magnificat por davidclopez