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Visita de Benedicto XVI a México

No podía ser de otra forma, esta semana es casi obligado hablar de la visita apostólica del Papa Benedicto XVI a México, en camino de Cuba para celebrar el jubileo del 400 aniversario del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Visita controvertida, como la mayor parte de los viajes del Papa fuera de Italia: lo fueron en particular el de Inglaterra en 2010 y el de España en 2011. Y controvertida por más de un motivo: el problema de la violencia (cabría destacar que es tal vez la primera ocasión que el Papa visita un país prácticamente en estado de guerra, Tierra Santa aparte), el ambiente electoral, la reforma del artículo 24 constitucional, y claro está, las primeras voces que se quejan del apoyo económico oficial para la seguridad del Sumo Pontífice.

La opinión pública discutió mucho al respecto en los medios masivos, en la prensa y en el internet, por lo cual yo creo que lo primero a destacar es que ello no ha evitado que la recepción sea multitudinaria. Benedicto XVI no tiene el mismo carisma, pero prácticamente desde antes de tocar tierra mexicana, ha sido ovacionado de manera casi tan espectacular como lo fuera el Beato Juan Pablo II, cuya memoria, lo confirmamos con el recorrido de sus reliquias el año pasado, está particularmente viva entre los mexicanos. Aplausos, porras (muchas heredadas del pontificado anterior), gritos de júbilo, banderas del Estado Vaticano ondeando, en fin, el mismo repertorio festivo que se le dedicó a su predecesor, mañanitas incluidas por más recomendaciones en contra de los organizadores. Su llegada a Guanajuato capital fue especialmente apoteósica, con la parada para recibir las llaves de la ciudad de manos del Presidente municipal y para el saludo del Gobernador, pero sobre todo por la recepción multitudinaria en la Plaza la Paz, a vuelo de campanas de la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, con orquesta, coros, mariachi y muchos gritos, es decir, con todo el ensordecedor repertorio sonoro de que nuestro país es capaz. Para corresponder sin duda a la memoria de su predecesor, Benedicto XVI se ha mostrado particularmente abierto a corresponder con algunos gestos a las aclamaciones de la multitud, incluyendo portar el sombrero de charro que se le vio a su arribo al Parque Bicentenario en la misa de hoy.

Ha sido pues, sin duda, una recepción excepcional para el Papa, aunque tampoco habría que exagerar, la de su visita a Benín en 2011 podría compararse hasta cierto punto, y en París en 2008 no había una multitud tan grande pero los jóvenes de las escuelas católicas francesas lo recibieron con ovaciones semejantes. Como sea, tengo la impresión de que hay en ella, claro está mucha movilización bien organizada por parte del Episcopado, pero mucho también de catarsis, de necesidad de una celebración colectiva en tiempos efectivamente complicados en la mayor parte de las regiones de nuestro país. Cabe decir en fin, que si Benedicto XVI no es un hombre que cautive multitudes, tal vez ha jugado a su favor la brevedad de la mayor parte de sus intervenciones y el buen uso en ellas de frases emotivas iniciales, como las que arrancaron aplausos a su llegada a León y en su mensaje en Guanajuato. Este último, por cierto, pensado exclusivamente para los niños y no para la multitud en su conjunto, tuvo particular éxito, tal vez justo por eso mismo, por estar pensado con sencillez infantil. En cambio, es significativo que su homilía en la misa de hoy, no llegara a ser interrumpida por aclamación alguna. Cierto, el sonido local había pedido que los asistentes guardaran la compostura, pero tengo la impresión de que  ello no hubiera sido obstáculo si efectivamente la emoción hubiera cautivado a los presentes.

Ahora bien, dejando de lado ese punto, el propio viaje despertaba una incógnita fundamental: sus motivos. Lo sabemos, es el resultado de una invitación expresa del Episcopado Mexicano y de la Presidencia de la República, pero es original entre los viajes del Sumo Pontífice actual, porque éste ha salido de Italia con destinos bien concretos: para encabezar jornadas, como las de la Juventud de Colonia en 2005, de Sydney en 2008 y de Madrid en 2011; o los encuentros de familias de Valencia en 2006 y de Croacia en 2011; por supuesto, con motivo de conferencias y sínodos episcopales, que motivaron las visitas a Brasil y Benín, y con motivo de los aniversarios de grandes santuarios marianos como los de Mariazell, Lourdes y ahora la Caridad del Cobre. Ninguno de estos grandes eventos se contaba en la agenda de la parte mexicana de este viaje, y siendo además particularmente buena la relación de México con la Santa Sede, la prensa internacional destacaba sobre todo la agenda de Cuba. Pero ya en la tradicional conferencia de prensa en el avión de Alitalia hacia México se hicieron presentes los temas principales de la visita: el que más llamará la atención de la opinión será sin duda el de la violencia, sobre el cual el Papa dijo, en respuesta a la pregunta de Javier Alatorre, “voy para alentar y aprender”; en cambio, el tema que él mismo desearía destacar muy posiblemente sea representado en la frase que siguió a la que acabo de citar: “para confirmar en la fe, en la esperanza y en la caridad”. Sobre ello versó ya su mensaje en la ceremonia de bienvenida, en la que cual se definió como peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad, pero sobre todo de la segunda, dictando cátedra a partir de lo que ya expuso en su encíclica Spe salvi. La Iglesia, se entiende así, tiene una responsabilidad en concreto educativa, como lo expresó directamente al responderle a Valentina Alazraki en el avión: “no es un poder político, no es un partido”, y en cambio “el primer pensamiento de la Iglesia es educar la conciencia”.

De manera coherente con esta idea, no ha habido en toda la visita llamados explícitos como no sea a la conversión de los corazones. Cierto, en la ceremonia de bienvenida afirmó que ora por las víctimas de la violencia y en su mensaje en Guanajuato hubo mención de los sufrimientos de los niños, pero nada más. Las palabras más enérgicas en el tema de la violencia fueron pronunciadas por el arzobispo de León, monseñor José Guadalupe Martín Rábago, en el saludo de la misa del Parque Bicentenario, denunciando por igual la pobreza, la impunidad y el cambio en la moral. Unos minutos más tarde, en la homilía, el mensaje más largo del Papa en esta visita, el Sumo Pontífice se limitaba a hacer un bello comentario del Salmo y el Evangelio de hoy, cierto que aludiendo a la situación de la nación mexicana, pero sobre todo llamando de manera general a que Cristo reine en los corazones. El Papa pues, no ha intervenido de manera directa en las discusiones internas mexicanas, ni se ha pronunciado claramente a favor o en contra de las estrategias (si así se les puede llamar) del gobierno en materia de combate al narcotráfico.

El mensaje más fuerte del Papa, por así decir, fue el que dirigió a los obispos latinoamericanos en las Vísperas celebradas en la Catedral de Nuestra Señora de la Luz de León. Ahí fue recibido con un discurso de expresión de fidelidad del presidente de la CEM, a que respondió con un recordatorio de las responsabilidades episcopales. Sutil, demasiado dirán algunos, les instó a corregir a los sacerdotes “sobre actitudes improcedentes” y a evitar “divisiones estériles”. Tal vez sea paradójico del más importante crítico de la teología de la liberación latinoamericana, les indicó: “Estén del lado de quienes son marginados”. Ahí, en la conferencia de prensa del avión y en la homilía de la misa, resaltó la agenda propiamente eclesiástica: la “Misión continental” producto de la Conferencia de Aparecida, la organización del Año de la fe, la conmemoración de los bicentenarios de las independencias. Actividades todas en las que el Papa ha indicado, según se entiende, la necesidad de darle al catolicismo latinoamericano un carácter más racional, que complemente su aspecto profundamente emocional, por ejemplo con la “meditación de la Sagrada Escritura”, según dijo en las Vísperas.

Alentar, educar y dirigir una admonición a los obispos pues, han constituido los principales temas del viaje, pero hay un tercero que ha sido bastante visible: la infancia. Benedicto XVI ha pasado buena parte de su viaje a México bendiciendo niños, lo mismo en el aeropuerto del Bajío que en Guanajuato, donde el saludo del Papa estaba dirigido a ellos e iba incluido un llamado para proteger a la infancia. No he tenido oportunidad de ver notas al respecto, pero ya puedo imaginar que a muchos comentaristas les habrá parecido provocador o irónico, teniendo en mente sin duda los escándalos de pederastia internacionales pero sobre todo nacionales (el del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel para ser preciso). Justamente me queda la impresión de que es una imagen que responde a la crítica en esta materia, ya lo dijo el Padre Lombardi en la conferencia de prensa del sábado a pregunta de una reportera de Milenio, pero que viene sobre todo por parte del Episcopado Mexicano, con la intención de evocar otra vez los gestos de Juan Pablo II con la infancia, de manera muy directa, como lo vimos con las palomas que salieron volando del balcón de la mansión del Conde Rul.


Ahora bien, una cosa son los mensajes que el Papa y el Episcopado han querido transmitir y otra el sentido que los actores políticos locales han querido darle a la visita. Y me parece que los ha habido y han sido particularmente exitosos. El Episcopado había advertido que el Papa no se reuniría con los candidatos a la Presidencia, lo que no ha podido (o querido) evitar es la presencia constante del Presidente de la República. En una primera parte, la ceremonia de bienvenida, fue una presencia oficial bien enmarcada en un protocolo rígido, presencia obligada por las relaciones diplomáticas de México con la Santa Sede. Ahí, en el aeropuerto del Bajío, ni un solo funcionario besó el anillo del Pescador, el Presidente indicó en su discurso que México es un Estado laico (aunque sólo luego de una referencia implícita a la reforma del artículo 24) y no hubo, como en el sexenio anterior, presentación de toda la familia presidencial ante el Sumo Pontífice.

En realidad, la presencia del titular Ejecutivo hubiera podido terminar ahí, podría haberse realizado un encuentro privado breve en el propio aeropuerto y dejar la ceremonia de despedida a cargo de la Secretaría de Relaciones Exteriores. En cambio, el programa dejaba ver que si antaño Juan Pablo II había sido un tanto acaparado por el cardenal Rivera Carrera, Benedicto XVI lo sería por el Presidente Calderón. La visita de cortesía al mandatario el sábado en Guanajuato, en el antiguo palacio del Conde de Casa Rul, fue oficialmente oportunidad para hablar de la agenda internacional común y, según el comunicado de la Presidencia, también se aprovechó para presentar al Papa a algunas víctimas de la violencia, todo ello en el sorprendente lapso de menos de media hora. Así, no es extraño que el padre Lombardi en la conferencia de prensa de esa noche no estuviera siquiera informado de ese último punto a pesar de haber asistido a la reunión. Se diría que la Presidencia quería aprovechar para reivindicar su propia imagen del tratamiento de las víctimas, presentándolas al Papa, pero sin explicar mucho quiénes eran.

Extraoficialmente, el encuentro del sábado fue también espacio para la expresión religiosa del Presidente, su familia y su entorno, incluida la bendición de las familias de sus colaboradores fallecidos en accidentes aéreos. Además, el Presidente casi se diría que se aseguró de su propia visibilidad, desplazando un poco al Episcopado mexicano, acompañando al Papa en todo momento, incluso cuando dirigía su mensaje desde el balcón de la mansión. Y hoy, por primera vez en todo el sexenio, la agenda presidencial incluyó la asistencia a la misa, como invitado decía la página de internet de la Presidencia. Estuvo ahí para saludar al Papa a su llegada al Parque Bicentenario, para despedirlo a su salida bajo los acordes de la Marcha Pontifical, y claro está, Felipe Calderón y su familia subieron a comulgar de manos del Sumo Pontífice, aunque cabe hacer notar que él no aceptó arrodillarse en el reclinatorio que se colocó para el caso. Todo ello mostrando hasta qué punto la Presidencia sí que deseaba el respaldo pontificio, aunque a estas alturas me es imposible imaginar si tiene un sentido político, es decir, si podría capitalizarlo de alguna forma.

Mas sin duda la autoridad civil más entusiasta ha sido la del Gobierno de Guanajuato. El gobernador Juan Manuel Oliva, en entrevista que concedió a Radio Vaticano el viernes, calificaba la llegada del Papa de “día histórico para Guanajuato” y presumía de los logros de la organización. Sólo él ha superado al Presidente Calderón en encuentros con el Papa, pues lo ha visto todos los días de su viaje y más de una vez: en la ceremonia de bienvenida, a la entrada de la ciudad de Guanajuato con motivo de la entrega de las llaves de la ciudad, antes de la misa para la entrega de las llaves de la ciudad de Silao, en la misa misma, donde él sí se arrodilló para recibir la comunión (si la vista no me falla), y en fin, ahora en las Vísperas de la Catedral de León, ni más ni menos que para el encendido de fuegos artificiales en el Cerro del Cubilete.

En fin, mañana el Papa parte rumbo a La Habana, donde le espera ya la verdadera gran visita de este viaje, mucho más tensa, por sus declaraciones en el avión a propósito de la ideología marxista y por las del arzobispo de La Habana a propósito de que no hay ya presos políticos en Cuba. La escala en México, me parece, ha sido una interesante muestra de las tensiones permanentes entre la emoción popular, las prioridades clericales, la opinión pública y los intereses coyunturales de nuestros políticos, entre las cuales nunca queda claro quién se aprovecha de quién.

Las elecciones cofradieras del siglo XVIII

Es tiempo de elecciones en nuestro país, por lo que es siempre oportuna una mirada histórica sobre el tema. Ya una vez, en el año 2010, dediqué una entrada de este blog al tema de las elecciones en las corporaciones religiosas en general, ahora quisiera llamar la atención en particular a las que tenían lugar en las cofradías del mundo hispánico en el Antiguo Régimen.

Tal vez conviene comenzar recordando que por entonces había elecciones y de manera constante en buena parte de las corporaciones que estructuraban la sociedad. Sin duda hoy todos los historiadores lo tienen presente, el término elección significaba ante todo la renovación de una autoridad y no implicaba un procedimiento específico (podía ser escrutinio, por sorteo, por compromiso o por una manifestación de la voluntad divina expresada en un voto unánime). Sería pues, un anacronismo decir que no había elecciones entonces, sólo porque el procedimiento no era el mismo que en nuestros días, como lo es también pensar que esas corporaciones sólo porque había elecciones eran ya un precedente de nuestra contemporánea democracia. Empero, es cierto que mucho influyeron en la construcción de los procedimientos electorales liberales: una buena historia de las elecciones, no podría dejar de analizar con detalle las prácticas, por ejemplo, de las repúblicas de indios, que sí que elegían anualmente a sus autoridades, o las de corporaciones religiosas de seglares como las que tratamos aquí. En cambio, sería tal vez un tanto inútil remontarse hasta las civilizaciones prehispánicas, cuyos regímenes, por definición eran distintos a los de la civilización occidental.

Dicho lo cual, pues, repetiré lo que escribí en 2010: en las constituciones cofradieras estaba normalmente previsto que cada año, después de la fiesta patronal de la corporación, se reunieran los hermanos en cabildo y eligieran nuevos oficiales. Los procedimientos concretos eran de lo más variado, en general tendientes a evitar la formación de divisiones entre los cofrades y a asegurar la indiscutible validez del acto. Existía, por supuesto, el voto secreto en cédulas depositadas en una urna, como lo practicaba por ejemplo la cofradía de Nuestra Señora de Aranzazu de Puebla, al menos según sus constituciones redactadas en 1782. Las había que confiaban en la autoridad clerical para validar sus resultados, como la sacramental de Tizayuca, que en 1739 disponía que los cofrades votaran para elegir al mayordomo, rector y diputados al oído del cura párroco, en quien confiaban para hacer el cómputo de los votos. En cambio, hasta donde he podido ver, el sorteo no parece haber sido una de las prácticas electorales comunes de las cofradías, lo era más bien una suerte de compromiso: el escrutinio previo. Un buen ejemplo es la cofradía de Jesús Nazareno de Veracruz, que disponía en sus constituciones de 1770 la celebración de una junta particular de oficiales para establecer en ella a los candidatos a la elección, de manera por completo secreta, desde luego. Al otro lado del Atlántico, en la siempre cofradiera Sevilla, tal era el procedimiento más extendido: los hermanos eran convocados más bien para validar o rechazar la lista presentada por los oficiales actuales, utilizando por lo común unas bolillas negras o blancas.

Conviene destacarlo, las elecciones cofradieras eran por lo común enmarcadas con ceremonias religiosas, destinadas a pedir la inspiración divina para garantizar el acierto en ellas, o para dar gracias al Cielo por su correcta celebración. Así, en las cofradías del escapulario del Carmen se rezaba el Veni Sancte Spiritus antes de comenzar la elección; en la del Señor de la Coronación de Real del Monte se invocaba también al Espíritu Santo con una oración y se cantaba un Te Deum al finalizar. Había también Te Deum en la de San Juan Nepomuceno de San Luis Potosí y en la sacramental de la parroquia de Santa Veracruz de México, mientras que en la de San Francisco Xavier de la misma capital rezaba el Veni Creator al inicio y una Salve al final. Ya a principios del siglo XIX, los cocheros del Santísimo de la parroquia de San Sebastián de México, establecerán directamente una misa de Espíritu Santo antes de iniciar el cabildo de elecciones. En ello se parecían a la cofradía de los sastres de Sevilla, la de Nuestra Señora de los Reyes, que ya desde 1788 tenía por constitución una misa semejante antes de su cabildo de elecciones. Cabe decir, algunas cofradías sevillanas extendían estas oraciones e invocaciones a todos sus cabildos, como la Orden Tercera de Siervos de María de los Dolores, que rezaba también el Veni Sancte Spiritus.

Ahora bien, no por ceremoniosas y cuidadosamente planeadas en las constituciones las elecciones tenían lugar de manera pacífica y completamente armoniosa. En Sevilla, por ejemplo, el cabildo de elecciones de la hermandad del Santo Cristo de la Salud de la parroquia de San Bernardo era especialmente vigilado por las autoridades eclesiásticas en virtud de algunos “alborotos y disensiones”. En noviembre de 1787, el párroco Cristóbal García Marmolejo escribía a la mitra sevillana dando cuenta de que en efecto, en la reunión de principios de ese mes, se habían escuchado “alguna conmoción”, “varios campanillazos y ciertas amenazas uno a otro con darle bofetadas, de mandarse en mala hora y otras”, que lo habían obligado a hacerse presente para imponer el orden. De este lado del Atlántico no he encontrado por ahora testimonios directos de conflictos electorales en las cofradías novohispanas del siglo XVIII, por lo que dejaremos pendiente el tema por ahora. En cambio, me interesa cerrar destacando que en algunos pueblos las elecciones cofradieras terminaron junto con la centuria: en las de españoles de Orizaba comenzó a introducirse la costumbre de que fuera el párroco quien designara a los mayordomos, en las de Lagos, las elecciones desaparecen incluso en cofradías de indios como en la de Purísima Concepción del pueblo de Moya. Símbolo posiblemente de que el clero reforzaba su participación directa y su control en la vida religiosa de los pueblos, las elecciones cofradieras fueron así perdiendo importancia en el siglo XIX, cuando además aparecieron unas elecciones nuevas y no menos apasionantes, las propiamente políticas en el sentido moderno.

Amores platónicos clericales

Desde el siglo XI por lo menos, uno de los grandes temas de la diferencia entre el clero y el laicado en el seno del catolicismo es el celibato. Aunque es un tema que por su naturaleza es casi imposible de cuantificar, se sabe bien que desde entonces, no todos los sacerdotes respetaron el voto de castidad que se les exigía. En principio, a partir del siglo XVI sobre todo, los obispos tenían la responsabilidad de velar por que sus “súbditos”, como se decía en la época, respetaran cabalmente todo lo que los separaba de los fieles, desde el vestido y el corte de cabello (como he mencionado en otros artículos de este blog), y por supuesto también el respeto del celibato. Aquí un ejemplo de los esfuerzos en la materia de uno de los grandes obispos reformadores de finales del siglo XVIII y principios del XIX, don Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara y de toda la Nueva Galicia. Es una carta de un clérigo de Lagos, que andando el tiempo sería diputado, dándole cuenta al prelado de la conducta de un colega suyo, de las élites de la región, el doctor Iriarte, cuyos encuentros con una señorita de buena familia han llegado a los oídos episcopales. No conocemos, por ahora, los detalles de los actores involucrados, pero la carta por sí misma nos dice mucho, en cambio, de las preocupaciones y estrategias de los obispos para la vigilancia de su clero, de las formas de sociabilidad clerical de la época, que aquí se muestran también profundamente involucradas en el actuar de uno de sus colegas más notables,  de la comunicación constante entre el clero y las familias de la élite, y por supuesto, de la mirada sobre el amor y la pasión por parte de un clérigo.

AHAG, Sección Gobierno, Serie Parroquias, Lagos, caja no. 2, exp. s/n

Ilustrísimo señor.

Mi venerado prelado de todo mi respeto: Lo que he observado mucho tiempo ha, y los informes que mañosamente he tomado de personas que pudieran saberlo, me confirman más y más en la verdad de lo que dije a su señoría ilustrísima cuando pasé a tomar su bendición para tomar mis vacaciones. La comunicación del doctor Iriarte con Da. Concepción Arroyo no ha pasado en mi concepto de un mero amor platónico, sin que se llegara jamás a los excesos en que esta funesta pasión precipita a los que se dejan dominar de ella, olvidando sus obligaciones y rompiendo los frenos que los debían contener dentro de los límites de una justa moderación. Efectivamente, la consideración del puesto que ocupa el Dr. Iriarte, que es visible; el papel y representación que le dan sus riquezas y conexiones en esa ciudad y Zacatecas; el amor entrañable que profesa a sus padres, a quienes en caso de descubrirse alguna cosa que pudiera empañar su honor daría una grave pesadumbre, capaz de amargar sus cansados años; el respeto a la casa de Arroyo, que se ha elevado a tan alta esfera, y el que se debe a la reputación de su hija doncella, son muy poderosos retraentes que le han impedido cometer una acción, en que llevando el amor hasta sus últimos excesos, comprometiera su honor, el de la señora Arroyo, y perdiera sin remedio todo lo que podía esperar en su carrera y del amor de sus padres.

Pero todos estos motivos, aunque han tenido la energía bastante para que no llevara su pasión hasta un punto que la hiciera notoria e indisimulable, no han tenido tanta que lo hayan contenido de dar desahogo a sus deseos de mantener una comunicación que le es en extremo agradable, saliéndose para conseguirlo en medio de las dificultades que le hacían inaccesible el paso a ella, de cuantos arbitrios le ha sugerido su imaginación recalentada, y puesta en más activo movimiento por la dificultad de los obstáculos, los cuáles, me parece, se ha propuesto la ley de vencer, por sólo el capricho de lograr una empresa que se le niega con tanto ahínco y acaloramiento por parte de los Arroyos.

Y aunque tan grande empeño no parece compatible con un amor de la naturaleza, del que yo creo adolece el Dr. Iriarte, como en el trato de la vida común se ven otros que se le asemejan y aun en las monjas respecto a sus confesores se nota un ahínco muy parecido a éste, no será extraño que yo, que he observado el asunto tan de lejos, sin escudriñar curiosamente unos misterios, que los que los celebran ocultan con tanto cuidado, me haya engañado hasta la presente en la calificación de este manejo, pudiendo principalmente haber cegado en el particular la amistad que llevo con Iriarte, la cual siempre me ha hecho mirar este asunto por el aspecto más favorable.

Por lo que respecta al segundo encargo de su señoría ilustrísima, creo que los sujetos que más individual noticia puedan dar sobre esta comunicación son: el Dr. Vázquez, cura de Totatiche, que la vio nacer, porque frecuentaba en ese tiempo la casa de Arroyo; el Dr. Chavarino y D. León Cardona, quien sabrá lo que haya pasado en estos últimos años, desde que se regresó de México, pues antes de su ida aún no se comenzaba. Y aunque hay otros sujetos que estén instruidos en este asunto, éstos, o son del otro sexo, o personas interesadas por sus conexiones con la casa de Arroyo.

Me resta sólo que decir a su señoría ilustrísima que desde que Da. Concepción está en la casa de Da. Guadalupe, su hermana, sea por la absoluta imposibilidad que haya puesto la vigilancia de la última, sea porque Iriarte haya conocido cuán mal le está, esta comunicación se ha interrumpido, y no sé que se sostenga ni aun por medio de emisarios.

Esto es lo que en verdad puedo informar a su señoría ilustrísima, y si lo que llevo expuesto no es en todo conforme a otros informes que le hayan dado a su señoría ilustrísima, o a los que tuviere a bien tomar en lo sucesivo, esto no provendrá de que yo haya ocultado por malicia la verdad, que bien conozco la obligación en que estoy de descubrirla a quien legítimamente me la preguntare, sino de que se me habrá ocultado en un asunto que por su naturaleza pide muy secretas operaciones.

Dios guarde la importante [vida] de su señoría ilustrísima muchos años. Lagos, a 22 de septiembre de 1810.

Ilustrísimo señor.

Beso la mano de su señoría ilustrísima, su más rendido súbdito y seguro capellán.
José María Castro.”

A propósito de campanas

El pasado 29 de febrero, tuve el gran gusto de presentar, en el marco del Seminario de Historia Mexicana, que coordina la Mtra. Lina Cruz Lira aquí en el Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, la conferencia “Campanas, reformas y sensibilidades, siglo XVIII y XIX”. No puedo evitar decir que se trata de una de las ponencias que mayores satisfacciones me ha traído: tuvo el honor de contar con la asistencia de varios de mis colegas profesores y de jóvenes estudiantes de la Licenciatura en Humanidades, un público gentil y atento que planteó varias preguntas y que se mostró verdaderamente interesado en el tema. Desde aquí aprovecho para reconocer el trabajo de todos los organizadores: la Mtra. Lina Cruz, la Mtra. Irma Estela Guerra, directora de la Casa Serrano, y la Lic. Gabriela Lamas, coordinadora de Difusión Cultural del CULAGOS. Desde mi llegada a Lagos de Moreno en septiembre, todos ellos me han acogido con singular amabilidad y me han confirmado que los apuros para atravesar el Atlántico e instalarme aquí han sido una más que acertada decisión.

Pero esta entrada no es sólo para evocar tan feliz ocasión, ni se convertirá en un laudatorio repique a vuelo en honor del CULAGOS, aunque aquí están las campanas de la Basílica de San Pedro que pareció oportuno hacer escuchar.DSCF3532

En esta ocasión quiero compartir unos versos que sobre el tema de las campanas escribiera Tomás de Iriarte, el célebre literato español de finales del siglo XVIII, en ellos se aprecia ya una sensibilidad poco favorable a su sonido, en un paisaje sonoro católico completamente dominado por sus repiques y dobles. Por supuesto, no era un caso aislado, sino un sentimiento que compartían sin duda algunos de los “ilustrados” de la época, tanto eclesiásticos como seglares, antes bien confirmaban lo que dirá un poco después el obispo de Puebla don Salvador Biempica y Sotomayor en un edicto sobre la materia. Los excesos de las campanas, según el obispo, eran condenados por “el enfermo desde su cama, el hombre de negocios desde su despacho, el mercader en su mostrador, el literato en su estudio, el devoto en su retiro y aun el holgazán en su misma ociosidad”. El sonido campanero pues, comenzaba a dividir y a generar opiniones. Los versos de Iriarte fueron denunciados en su día ante la Inquisición desde Guatemala, aunque no tenemos noticia de que el proceso llegara muy lejos. Proceden del tomo II de la Colección de obras en verso y prosa, impresa en Madrid en 1787, en la imprenta de Benito Cano, y hay disponible una versión completa en el Google Libros.


Y en fin, como complemento ideal a tan poética queja, aquí una fábula del mismo Iriarte, que si no es exactamente sobre el mismo tema, tiene también por protagonistas a las campanas, e incluso su relato no es del todo inverosímil. Esto es, en efecto, si algo era propio de los pueblos del Antiguo Régimen era el orgullo por el alegre sonar de sus campanas.