Archivo por meses: febrero 2012

Cofradías y Cuaresma

Ha comenzado la Cuaresma, días de guardar y de meditación, de oración, ayuno y obras de caridad según la tradición católica. Hoy puede pasar un tanto desapercibida, interiorizada según la devoción individual de los fieles. En cambio, aunque se trata oficialmente de un período que uno imaginaría particularmente tranquilo, en el siglo XVIII era una de las temporadas más cargadas de actividades de todo el año, especialmente para las corporaciones de seglares devotos, las cofradías y órdenes terceras, que organizaban un sinnúmero de actividades.

Así es, para muchas de ellas, especialmente las que rendían honor a imágenes del Crucificado, era temporada de fiestas y solemnidades, sobre todo los viernes. En ellos, la cofradía del Santo Cristo de Burgos de México, por ejemplo, se reunía para una misa verdaderamente en grande: cantada; de “tres ministros”, es decir, preste, diácono y subdiácono; con “número competente de religiosos en el coro”, que no eran sino los franciscanos del Convento principal de la ciudad; pagando, claro está, organista y cantores. En Veracruz, la cofradía de Jesús Nazareno hacía lo propio, “con la mejor música y adorno de su altar y capilla”, asistiendo engalanados los oficiales de la corporación en la banca particular que tenían para ello.

Las noches cuaresmales eran un tiempo fuerte para las celebraciones y las procesiones. Los hermanos de la Orden Tercera de Siervos de María se reunían a medianoche a rezar maitines, mientras en la ciudad de Veracruz, los cofrades del Santo Cristo y Rosario de Ánimas salían por las calles los lunes, miércoles y viernes, desde las ocho, a rezar la oración que las daba su título, acompañando al Crucifijo con faroles. Por supuesto, los horarios diurnos también eran útiles para la procesión. En Puebla, los domingos, eran los cofrades de San Nicolás Tolentino quienes, buenos súbditos de ambas majestades, salían a rogar al Cielo por el rey y por la Iglesia. En Orizaba, los hermanos terceros francisanos salían a rezar el Viacrucis los miércoles.

Era además temporada de salir a recabar limosnas: los cocheros del Santísmo del puerto de Veracruz sacaban entonces los platos de plata que tenían para recabar lo necesario para el culto del Corazón de la Virgen y de su titular. Los oficiales y hermanos notables de San Nicolás Tolentino de Puebla, se turnaban asimismo el plato para la cuestación, en este caso dirigida a la preparación del depósito de la Eucaristía el Jueves Santo. Desde luego, había obras de caridad. Ante todo, obras de misericordia espiritual, como la de los cofrades de San Francisco Xavier de México, quienes debían organizar entonces visitas de hospitales y cárceles para estimular a los enfermos y a los presos a su conversión. Pero también obras de misericordia corporal, como el sorteo de dotes entre doncellas y viudas cofrades que celebraba la sacramental de la parroquia de Santa Cruz, también en México.

En fin, era sobre todo temporada de escuchar a los sacerdotes lucir su mejor y a veces más patética retórica (en el buen sentido del término), desde los púlpitos de las iglesias. Pláticas doctrinales los viernes eran pagadas por la cofradía de los Dolores de Tenancingo, mientras la de San Juan Nepomuceno de San Luis Potosí hacía lo propio los martes, y de San Nicolás Tolentino de Puebla los domingos.

Por supuesto, las congregaciones clericales, las órdenes religiosas, las parroquias y cabildos catedrales eran también muy activos en esta época del año, pero eso será materia de otra ocasión, en estos mismos días espero. Mientras tanto, cabe solamente resaltar el contraste entre un catolicismo que ya por entonces tenía cierta tendencia a reforzar su clericalización, y la importante participación de los seglares en la organización de toda suerte de actividades religiosas, que como podrá advertirse en esta época, y hasta su culminación en la Semana Santa, llenaban ampliamente el espacio público.

La Iglesia novohispana y el poder

Francisco Javier Cervantes Bello, La Iglesia en la Nueva España. Relaciones económicas e interacciones políticas, Puebla, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2010, 289 pp.

El seminario de Historia política y económica de la Iglesia en México, esfuerzo colectivo particularmente importante en los últimos años, y del que ya hemos reseñado aquí alguna otra de sus publicaciones, nos ofrece en esta ocasión una obra que, como su título indica, vuelve sobre uno de los temás más clásicos de la historia de la Iglesia: su aspecto económico y político. De hecho, es muy claro el interés de los autores por continuar escrutando las relaciones personales o corporativas que ligaban a los eclesiásticos con las élites de la época, ya fuera gracias a las rentas y a otras imposiciones eclesiásticas, que son el tema de la primera parte, o bien a la política cortesana, muy presente en la segunda. Así, de los nueve capítulos que integran la obra, seis se relacionan, de una forma o de otra, con el tema de la consolidación del poder económico y político en la Nueva España e incluso en el Imperio hispánico en su conjunto.

Cierto, nos encontramos con algunos temas económicos que hasta ahora habían sido poco abordados. El estudio de la profesora María del Pilar Martínez López-Cano sobre la bula de Santa Cruzada viene a atender así una problemática largo tiempo dejada de lado en nuestra historiografía. El artículo da cuenta de las oposiciones que debió vencer su implantación, las dificultades para organizar su distribución, y claro está, nos permite conocer hasta qué punto la bula se convirtió en un ingreso importante para la Real Hacienda.

Además, es de destacar las diversas escalas de análisis que la obra nos ofrece. El artículo de Rodolfo Aguirre Salvador, por ejemplo, constituye un detallado estudio de los intereses en conflicto en las rentas parroquiales de tres modestas doctrinas del arzobispado de México, en el partido de Yahualica. Tiene además la virtud de mostrarnos, no sólo la estrecha dependencia de los eclesiásticos con las actividades económicas de sus feligreses, sino además la multiciplicidad de actores con quienes tenían que competir para sacar de ellas su “congrua sustentación”. A una escala regional mucho más amplia, Elisa Itzel García Berumen, estudia por su parte la participación de los comerciantes zacatecanos en la administración de rentas eclesiásticas de extensos territorios del norte novohispano. En uno y otro caso, las relaciones que se construyen entre seglares y eclesiásticos mezclan constantemente expresiones de religiosidad, de respaldo a las corporaciones religiosas, con el provecho económico y la consolidación del prestigio de las élites.

Teniendo ya como escenario el reino novohispano en su conjunto, esos intereses se mezclan incluso en la propia persona de un alto dignatario eclesiástico, Juan Díez de Bracamonte, estudiado por Francisco Javier Cervantes Bello. Sucesivamente universitario, minero, oidor y canónigo, el autor nos muestra bien cómo fue aprovechando sus vínculos para salir más o menos airoso de sus diversas empresas, traduciendo bien sus recursos sociales en recursos económicos, y construyendo una brillante carrera a la vez profana y sagrada. Desde luego, el tema económico se traslapa constantemente con el político: las relaciones en las cortes de México y Madrid se revelan decisivas en la trayectora del arcediano poblano. Este último tema lo explora también el artículo de Antonio Rubial García, ya no para unos eclesiásticos mundanos, sino para los frailes, formalmente alejados del mundo, pero no menos partícipes de las rivalidades de la corte, de la competencia por cargos e incluso por ganancias económicas. En fin, la escala imperial aparece representada en el trabajo de Enrique González, notable síntesis de la política de Felipe II para la Iglesia indiana, poniendo en esos finales del siglo XVI las bases durables del Real Patronato.

Ahora bien, las últimas tres colaboraciones de la obra son las que abordan temas originales en este contexto, llevándonos por caminos más bien propios de la historia cultural. Historia de las instituciones al principio, con el artículo de Leticia Pérez Puente (bellamente presentado con oportunas citas de Calderón de la Barca), que nos muestra la importancia que tuvieron los concursos de canonjías, no tanto para el Cabildo Catedral Metropolitano, cuanto para la Real Universidad de México. Iván Escamilla, por su parte, dando continuidad a otros trabajos anteriores presentados en obras de este mismo seminario, sigue a una escala trasatlántica los andares de Lorenzo Boturini. Magistral estudio, me atrevería a decir que es más bien una “historia conectada”, que da cuenta ciertamente de las relaciones (a veces harto incómodas) de este particular personaje con poderosos hombres lo mismo del Sacro Imperio, que de Roma y de México, pero aquí la problemática se plantea de manera distinta. El caballero del Sacro Imperio no acumula riquezas con sus relaciones (antes bien terminará acumulando problemas), sino que impulsa ante todo un proyecto religioso: la coronación de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac. En fin, ya por completo en el plano de la historia de los rituales litúrgicos, Frances L. Ramos sigue con detalle las competencias entre los cabildos eclesiástico y civil en las ceremonias religiosas, centrándose en el tema de la construcción de su propia legitimidad corporativa.

Obra pues interesante por más de un motivo, renovadora dentro de lo clásico de la mayor parte de sus capítulos, se suma bien a las aportaciones recientes para la historia del catolicismo en México.

Debates sobre la Inquisición

Uno de los temas más controvertidos de la historia del catolicismo es sin duda el de la Inquisición. Ya habrá oportunidad de hablar con detalle de ella, en tanto método judicial (que es finalmente su origen), y como institución: una serie de tribunales, españoles, portugueses e italianos. Por ahora me limito a presentar aquí una emisión muy interesante de Televisión Española de octubre de 2010: un videito clásico, con todos los clichés posibles sobre el tema, es contestado por tres profesores universitarios españoles, reconocidos expertos: Jaime Contreras, Ricardo García Cárcel y Joan Bada. Especialmente los profesores Contreras y García Cárcel, apuntan bien a la necesidad de contextualizar un sistema de derecho distinto radicalmente al que nos rige hoy en la mayor parte del mundo occidental.

Himno a San Felipe de Jesús

DSCF8129Hoy es 5 de febrero, fiesta de San Felipe de Jesús, el célebre protomártir novohispano. Por ello es oportuna una breve entrada a propósito de la liturgia para esta ocasión. Aunque celebrado desde el siglo XVII, por haber sido beatificado en 1627, no contó con oficio propio sino hasta la segunda mitad del siglo XVIII, una época en la cual, cabe advertir, se autorizaron varios oficios para varias de las devociones más importantes del mundo hispánico. Aparentemente fue el Cabildo Catedral de la Metropolitana de México el que impulsó la composición de su liturgia particular, que finalmente se aprobó por un breve del Papa Pío VI del 3 de agosto de 1779. En los informes del embajador del rey católico ante la Santa Sede, el duque de Grimaldi, viene incluido el oficio completo, en manuscrito. De él tomo aquí simplemente el primero de los himnos que se le compusieron para los maitines, es decir, para el oficio de la medianoche, del que lamentablemente no he podido encontrar ni partituras ni versiones grabadas. Se advertirá bien que es un himno que no sólo glorifica al santo, sino que es casi patriótico, es decir, hace partícipe de su triunfo a su ciudad natal. Está copiado literalmente (por lo que me disculpo si se fue alguna falta en el latín) del legajo AGI, México, 2627.

Hymnus
Salve triumphalis Pugili,
Decus novi orbis maximum,
Qui morte feciste tua
Beatiorem Patriam
Athleta Princeps Mexici,
Trophea celsa martyrum,
Dignamque coelo lauream
Tu primus infers Patrie
Quidquid Juventus fervida,
Peccaverat licentia
Libenter in mortem ruens
Sacta expiasti victima
Tui fac ut nos emuli,
Dolore cordis intimo
Iugique penitentia
Nostra eluamus. Crimina
Deo patri sit Gloria,
Ejusque soli Filio,
Sanctoque item Paraclyto
Per omne semper seculum