Archivo por meses: enero 2012

Lugares para la misa

El 15 de diciembre pasado, la Cámara de Diputados discutió la reforma del artículo 24 constitucional. Uno de los puntos a debate era suprimir el párrafo de ese artículo que dice: “Los actos religiosos de culto público se celebrarán ordinariamente en los templos”. No entraré aquí a detallar la discusión  (harto interesante, cabe decir) que se originó entre los legisladores, pero cabe citar algunas reacciones de los diputados de izquierda, que fueron especialmente interesantes: “el Papa y la jerarquía eclesiástica se podría animar a celebrar misas en la Ciudad de México, en el Zócalo”, dijo el diputado Jaime Cárdenas; por el mismo tenor, el diputado Gerardo Fernández Noroña completó: “ya hacen misas en el corazón de la ciudad, en la catedral, que es el templo católico más importante del país, y ahora quieren que las hagan en la plancha del Zócalo”. Simpática ironía de la historia, antaño el tema era la protección de los espacios sagrados religiosos de toda forma de manifestación profana, hogaño hay que proteger los espacios no menos sagrados pero laicos (el Zócalo), de toda forma de manifestación religiosa.

Pero más allá de lo meramente anecdótico, la discusión me parece da pie para recordar un poco de la historia de los espacios para la celebración de la misa. No me remontaré a los orígenes del Cristianismo, confesando mi incompetencia para ello, pero me basta recordar la obra de Eric Palazzo L’espace rituel et le sacré dans le Christianisme, en la que expone con claridad que, en la Edad Media, la misa podía celebrarse tanto en los santuarios como en cualquier otro sitio exterior gracias a los altares portátiles. De hecho, las obras de los grandes santos de la época están llenas de referencias a misas celebradas a lo largo de peregrinajes y misiones, literalmente a orillas de los caminos o incluso en los barcos (aunque en estos últimos sin consagración por lo general). A veces se celebraron para bendecir a los combatientes antes de las grandes batallas medievales, de lo cual quedó incluso memoria hasta el siglo XIX, como vemos en este cuadro de la Batalla de Bouvines, de la Galería de Historia de Francia del Palacio de Versalles, donde justamente aparece el altar con las especies eucarísticas. Cabe decir, las órdenes que surgieron justamente para la predicación itinerante, los dominicos y los franciscanos, obtuvieron pronto el privilegio de llevar altares portátiles por doquier.

BouvinesFue la época de las Reformas, protestante y católica, cuando la preocupación (casi la competencia me atrevería a decir) por proteger correctamente lo sagrado, llevó a la prohibición casi sistemática de las misas fuera de las iglesias. Philippe Martin en Le théâtre divin. Une histoire de la messe XVIe-XXe siècle lo muestra bien con el ejemplo de un monje benedictino francés del siglo XVI que atraviesa Europa camino de Tierra Santa celebrando constantemente la misa, pero nunca a bordo de barcos ni fuera de altares católicos. En el mundo americano, tierra de misiones casi por definición, es cierto que las órdenes mendicantes y los jesuitas hicieron uso de altares portátiles y celebraron al aire libreo. Pero ahí donde ya la catolicidad estaba consolidada, la preocupación era (como en todo el mundo católico) acondicionar con “decencia” las iglesias y capillas.

Un buen ejemplo es que la obra que tanto hemos citado en este blog, El porque de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios, no comprende el tema del altar portátil sino para su uso en el ejército, y en cambio sus primeros capítulos están destinados a exponer el denso simbolismo que ya en ese siglo XVIII caracterizaba a las iglesias. Tal era el preámbulo indispensable para exponer a detalle cada una de las ceremonias eclesiásticas, la misa en particular. En ese sentido, acaso los obispos del Antiguo Régimen habrían estado de acuerdo con la redacción del artículo 24 constitucional: las ceremonias religiosas debían tener lugar, de ordinario, en los templos. Aunque confieso que conozco poco del asunto, siguiendo al mismo Martin, parece que fue el gran movimiento católico de finales del siglo XIX y principios del XX, el catolicismo social, seguido por el “movimiento litúrgico” del siglo XX el que se entusiasmaría por las grandes celebraciones en exteriores. Es de entonces que datan las grandes reuniones, los congresos católicos, congresos eucarísticos, semanas sociales y demás, que por su carácter multitudinario, difícilmente podían entrar en el espacio de una iglesia ordinaria, imponiendo la celebración de la misa fuera de ella. De ahí que en nuestros días la legislación canónica sea más bien flexible en la materia: el Codigo de Derecho Canónico prevé en el canon 932 que la celebración de la misa sea “en lugar sagrado”, a no ser que “la necesidad exija otra cosa”.

Así pues, si en los siglos XVI al XVIII las grandes manifestaciones exteriores del catolicismo fueron sobre todo las procesiones y las misiones, entre los siglos XIX y XX la misa efectivamente se irá agregando a ellas. Se trata al mismo tiempo de una adaptación a una sociedad de masas, de un esfuerzo por demostrar la vitalidad del catolicismo, en ciertos casos incluso de un romántico reencuentro con el templo mismo de la naturaleza, o con los grandes lugares de la memoria del Cristianismo (v.gr. Benedicto XVI oficiando en el Valle de Josafat). Pero no deja de haber razón en las inquietudes de la sensibilidad “laicista”, por así decir, pues en efecto se trata también de un esfuerzo por recuperar la presencia religiosa en un espacio público cada vez más secularizado.

Iglesia y Estado bajo la Revolución

En 2010, el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México organizó un interesante curso conmemorativo del centenario de la Revolución, invitando a especialistas de diversas instituciones para impartir cada sesión. La séptima estuvo dedicada justamente a uno de los temas que nos interesa en este blog, “Relaciones Iglesia-Estado”, y fue impartida por la Dra. Marta Eugenia García Ugarte, destacada especialista en la materia, tanto para el siglo XIX como para las primeras décadas del siglo XX, toda vez que ella misma nos dice al principio de su exposición que ese período es una prolongación del siglo anterior. Aquí el video de esa sesión, que a pesar de la calidad de su contenido (en nada mermada por el estado de salud de la ponente) sólo ha tenido 57 vistas. Es una ponencia un tanto extensa, en que la doctora Marta nos muestra su amplio conocimiento de la relación del episcopado con Roma, no menos que su agudeza de análisis en las relaciones al interior del propio clero, y sus particulares puntos de vista sobre la herencia dejada por el conflicto.

Limosna presidencial para una patriota

Esta entrada tal vez correspondería mejor para la Semana Santa, mas anticipándonos un poco a ella, evoquemos algo de lo que hacían los primeros presidentes mexicanos durante esa conmemoración. El Jueves Santo, desde el general Guadalupe Victoria en 1826 hasta el general Antonio López de Santa Anna en 1842, como mínimo, tenían lugar los oficios del día en la capilla del Palacio Nacional, dedicada a Nuestra Señora de los Dolores. Y como hasta hoy, el oficio, vespertino, incluía el lavatorio de los pies de doce personas, evocando el pasaje del Evangelio según San Juan en que Jesucristo lavó los pies de los Apóstoles antes de la Última Cena. Como en muchas otras iglesias, en la capilla presidencial se practicaba así con doce personas, seis mujeres y seis hombres. Ahora bien, elegir al “Apostolado”, como se le llamaba, era además una oportunidad para que el presidente se mostrara como hombre “piadoso”, “benigno”, “padre de los pobres” y sobre todo “de caritativo corazón”. Y es que desde unos días antes, se organizaba para ello una rifa, únicamente entre los pobres de la Ciudad de México, quienes hacían llegar sus solicitudes para participar a través del Ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos. Por supuesto, los doce afortunados, no sólo ganaban un lugar en la ceremonia, sino también una generosa limosna presidencial, que según se entiende de varias solicitudes, comprendía también el traje para presentarse en la ocasión.

Como cabe imaginarse, las solicitudes nunca faltaron. Las de los años que he citado se han conservado, con dificultades, algo revueltas, y sin merecer mucha atención, en los últimos tres tomos (184, 185 y 186) que forman el grupo documental “Justicia Eclesiástica” del Archivo General de la Nación. Elaboradas a veces por los propios solicitantes, y otras dictadas a algún amanuense o algún clérigo de las parroquias del Sagrario Metropolitano, Santa Veracruz y Santa Catalina mártir, solían llevar al margen una breve nota certificando la autenticidad de su pobreza por parte de los mismos párrocos. Invalidez, ceguera, accidentes de todo tipo, y hasta el cierre de la fábrica de puros y cigarros, formaban los principales argumentos entre los varones, a los que las mujeres agregaban la viudez y los numerosos hijos. Pero en principio, la rifa estaba destinada no sólo a ejercer una caridad tradicional, como hubiera sido en tiempos virreinales, sino también a premiar, como era propio de un gobierno nacional y liberal, esfuerzos patrióticos. La guerra, para entonces ya denominada de independencia, estaba todavía cercana, y se esperaba que algunos de quienes la habían padecido se acercaran también a participar del sorteo.

No faltaron, por ello, veteranos entre los varones y viudas de soldados entre las mujeres. Pero entre estas últimas, y es a lo que quiero llegar, hubo también una que se gloriaba ella misma del título de patriota, participante en la guerra desde el propio año 1810. Aquí vemos su solicitud, escrita en papel sellado, dictada a un amanuense (con lo que podemos imaginar que siendo pobre, tampoco estaba en la absoluta miseria) y validada por uno de los párrocos del Sagrario. Testimonio brevísimo de las mujeres que participaron en el conflicto, lamentablemente no nos da mayores detalles al respecto.

A lo largo de este año seguiremos presentando aquí algunos otros ejemplos de esta serie documental, que nos muestra bien hasta qué punto en los orígenes de nuestra república, hoy laica, la caridad religiosa tradicional era difícil de separar incluso de las más altas figuras de la autoridad pública, de la misma forma que los espacios sagrados seguían bien presentes en los edificios públicos. Aquí pues la solicitud de María Antonia Arreguín, para participar en la rifa de los apóstoles del Jueves Santo de 1831 en la capilla del Palacio Nacional.

AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 184, f. 7

“Excelentísimo Señor Vicepresidente de los Estados Unidos Mejicanos.

María Antonia Arreguín, ante la justificación de V.E. respetuosamente expone: Que ha llegado a mi noticia que V.E. se dispone a hacer uso de su generosidad patriótica costeando el vestido de seis mujeres pobres en el próximo Jueves Santo, con tal que se hayan distinguido con el nombre de patriotas por los servicios que hayan prestado a la libertad, o por sus padecimientos por ella. Y siendo yo una de las que han merecido aquel glorioso epíteto desde el año de 810, y sufrido por ello persecuciones y miserias que me han reducido al estado de no tener lo necesario para subsistir.
A V.E. suplico, que por un efecto de su bondad, se digne comprenderme en el número de las agraciadas, en lo que recibiré merced.
México, 24 de marzo de 1831.

Excelentísimo Señor

No sé firmar.”

Al margen:
“Certifico lo que expone la suplicante.
Sagrario, marzo 24 de 1831.
Joaquín Romanos”.

Una liturgia para América Latina

El pasado 12 de diciembre tuvo lugar en la Basílica Vaticana, es decir, en San Pedro de Roma, una misa encabezada por el Papa Benedicto XVI en persona, dedicada a conmemorar el bicentenario de las independencias de los países latinoamericanos. De ella, la prensa mexicana retuvo sobre todo la confirmación, en voz del propio Papa durante su homilía, de su viaje a México y Cuba; sin embargo, la liturgia de la ocasión no deja de ser interesante. Desconozco si la televisión de señal abierta o cerrada transmitió la ceremonia, por lo que creo que conviene una descripción paso a paso de la misma. Quien sí la haya visto, perdonará pues si entro mucho en los detalles. Aquí en primer término la nota difundida sobre el evento en el canal en español de la Santa Sede en Youtube.

Ya desde los ritos iniciales, los organizadores de la misa quisieron transmitir mensajes bastante claros. Teniendo de fondo el canto Pueblo de reyes, versión en español del Peuple de Dieu de Lucien Deiss, hicieron en primer lugar su entrada las banderas de todos los países latinoamericanos, incluso de aquellos que no conmemoran bicentenarios independentistas en estos años, como Haití, Brasil y Panamá. Portadas por jóvenes de los respectivos países, uno diría que la nave central de la Basílica se convertía en una simbólica procesión de nuestras naciones hacia la Cátedra de San Pedro que luce en el fondo de ella. Representados pues, ya que no necesariamente por diplomáticos al menos por nuestros símbolos nacionales, tomó la palabra el Dr. Guzmán Carriquirry, actual secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, y uno de los laicos de más importante trayectoria en los dicasterios de la Santa Sede. Su discurso, fue ya una lectura de la historia latinoamericana en renovada clave católica. Esto es, sin caer necesariamente en los viejos dichos de la historiografía conservadora latinoamericana, se insistía con fuerza en el papel decisivo del catolicismo en el desarrollo de nuestros pueblos. Notemos en particular las citas: salieron a relucir el Nican Mopohua (el célebre texto fundador de las apariciones guadalupanas), al lado de frases célebres de los próceres de la independencia Bolívar y Morelos (“Morales”, dijo por equivocación el profesor Carriquirry), y claro está, referencias de los documentos de la última conferencia general del episcopado latinoamericano, la de Aparecida (Brasil), y del propio Benedicto XVI. Cerró esta primera parte, previa a la misa propiamente dicha, la oración guadalupana pronunciada por el arzobispo de Santo Domingo (República Dominicana), cardenal López Rodríguez.

Presentes ya las naciones festejadas y debidamente enmarcada su historia en la del catolicismo, bajo unos clásicos acordes del Tu es Petrus, hizo su entrada el Sumo Pontífice acompañado de los concelebrantes. Cabe destacar la repartición “equitativa”, por decirlo de alguna forma, de los asistentes del Sumo Pontífice: dos cardenales de la curia, el Secretario de Estado, cardenal Bertone y (era casi obligado) el presidente de la comisión para América Latina, cardenal Ouellet, con dos cardenales arzobispos latinoamericanos, el de México (cardenal Rivera Carrera) y el de Aparecida (Brasil, cardenal Assis). En contraste con el muy clásico y solemne rito de entrada, luego de unas palabras de  agradecimiento al Papa por haberse sumado a la conmemoración del Bicentenario, la música elegida para la ocasión fue mayormente la Misa criolla (1965) del argentino Ariel Ramírez, joya de la música religiosa latinoamericana del siglo XX. Inspirada en la música tradicional argentina y andina, jugó en su día un destacado papel como fuente de inspiración para la música de la Teología de la Liberación, aunque nunca estuvo relacionada con ella directamente. Desconozco, lo confieso, si ya antes se había usado en la Basílica de San Pedro y con el Papa presente, pero convenía en este caso tanto más cuanto que Ramírez la dedicó a unas religiosas compatriotas del Papa que habían asistido a las víctimas de un campo de concentración del nazismo. Para quien no lo conozca, aquí incluyo el Gloria de ella, en una de las versiones más conocidas, la interpretada por Mercedes Sosa.

Al ritmo de estilo sudamericano, siguió la liturgia de la palabra mayormente en español, sólo la segunda lectura fue proclamada en portugués. En cuanto a las lecturas, si bien el Salmo (66) y el Evangelio (San Lucas, 1) fueron efectivamente tomados de la liturgia que se acostumbra en México para la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, en la primera lectura el profeta Isaías dejó paso a Zacarías, y en la segunda, la carta de San Pablo a los Gálatas fue sustuida por un pasaje del Apocalipsis. Aunque sin duda los especialistas en estos temas podrán corregirme, no creo que hayan sido cambios al azar. El pasaje del profeta Zacarías, capítulo 9, con su evocación de la extensión del reino prometido al pueblo de Israel “hasta los confines de la Tierra”, convenía perfectamente a una liturgia para los pueblos latinoamericanos, e incluso abría bien el responso del salmo “Que te alaben Señor, todos los pueblos”. Por su parte, la lectura del Apocalipsis vendría a ser hasta históricamente más apropiada, toda vez que desde siglos atrás los oradores novohispanos y mexicanos quisieron ver en la de Guadalupe la “gran señal” de la visión de San Juan en Patmos, y ella también abría bien el camino al Evangelio, el de la visita de la Virgen a Isabel. En general, pues, se diría que los organizadores trataban de darle mayor realce a la imagen misma que ya nos habían dado en los ritos iniciales, la de unos pueblos lejanos y múltiples, reunidos en torno de la imagen maternal mariana, no menos que de la maternal Iglesia.

Vino así la homilía, asimismo en español (salvo un breve pasaje en portugués) que no reseño por estar publicada íntegramente en varios idiomas en el sitio de la Santa Sede. No puedo omitir, sin embargo, que valdría la pena hacer alguna vez el recorrido de las palabras de los Papas sobre la independencia latinoamericana, desde aquellas encíclicas de Pío VII (Etsi longissimo, 1816) y León XII (Etsi iam diu, 1824), hasta esta manifestación de la “alegría de la Iglesia” por el aniversario de nuestras naciones. Más solemne, en latín sobre todo, aunque sin dejar de lado en la música a la Misa criolla, la liturgia eucarística fue por ello (siempre según mi particular opinión), algo menos rica en referencias específicas a la América Latina. Por ello, más que seguir describiendo el ritual, quisiera cerrar simplemente con esta imagen, propia del Servicio Fotográfico de L’Osservatore Romano, periódico oficial del Papa (la galería completa está disponible en su página de internet). En ella vemos el paso del Sumo Pontífice ante las banderas latinoamericanas, al fondo la Cátedra de San Pedro, los abanderados de pie en saludo a la máxima autoridad de la Iglesia católica. Lamentablemente no encontré una imagen clara de cómo las banderas se inclinaron al momento de la consagración, pero en uno y otro caso, creo que ilustra bien una parte no menor de este ceremonial, que también iba dirigido a mostrar a las naciones latinoamericanas tributando honores a la Sede Apostólica.Papa y Banderas

“Él cubre el cielo de nubes…”

A lo largo del año 2011 una histórica sequía ha afectado a nuestro país, y según los últimos reportes que he visto en la prensa, se espera que empeore en este año que comienza. Por ello me pareció oportuno dedicar ésta, que será de las últimas entradas del año, a evocar las preces para pedir lluvias. En realidad, no es una causa ritual que nos parezca tan distante, toda vez que hoy en día se siguen haciendo celebraciones litúrgicas para pedir lluvias al cielo cuando la necesidad lo impone. Incluso ahora, de manera bastante natural, el director de la Comisión Nacional del Agua, José Luis Luegue, ha recomendado pedir lluvias al Señor de Chalma. Ello era tanto más razonable en los siglos pasados, cuando realmente era esa la única esperanza para que llegara a caer alguna gota de agua. Dada la importancia del líquido, no es extraño que el propio Ritual Romano, que fue más bien parco en conservar este tipo de rituales protectores, haya incluido bien la procesión ad petendan pluviam, que presentamos aquí en una edición de Amberes de 1688.

Se trataba, en efecto, de una procesión de letanías, normalmente portando a alguna de las sagradas imágenes o reliquias de los santos patrones de cada localidad. La Ciudad de México, por ejemplo, movilizaba para esta causa, por el mes de junio, a la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, que era llevada en procesión desde su santuario cada año hasta la Catedral, en un acto ocasionalmente interrumpido por algún aguacero que probaba la eficacia de su intercesión. Asimismo, el 10 de junio era la fiesta de San Primitivo mártir, cuyas reliquias custodiaba la Catedral Metropolitana, y eran asimismo expuestas o incluso llevadas en procesión alrededor de la iglesia para pedir “el remedio de la lluvia”.

No muy distinta pues, de cualquier otra procesión para pedir algún remedio al cielo, se cantaba o rezaba la letanía de los santos o las letanías de la Virgen, la larga serie de invocaciones seguidas del tradicional “ora/orate pro nobis”, las primeras movilizando por su orden a toda la corte celestial, las segundas recordando todos los atributos de la Madre de Dios. Al final de ellas, se distinguía claramente por incluir la petición de las lluvias, seguida del salmo 146 (actual 147), tanto más oportuno por sus versículos 8 y 9, que en español, según la traducción oficial contemporánea, dicen:

“Él cubre el cielo de nubes
y provee de lluvia a la tierra;
hace brotar la hierba en las montañas
y las plantas para provecho del hombre;
dispensa su alimento al ganado
y a los pichones de cuervo que claman a Él.”

Sirva así esta entrada para recordar, como en otras ocasiones, hasta qué punto la liturgia ha sido tradicionalmente también un ritual protector de la vida terrena del hombre, que el clero debía celebrar en más de una ocasión por exigencia de sus propios fieles.