Archivo por meses: diciembre 2011

Una procesión nocturna de reliquias

En estos días las reliquias del Beato Papa Juan Pablo II continúan recorriendo México por el rumbo del occidente, e hicieron una escala breve, de unas cuantas horas, en Lagos de Moreno en la noche del 8 y madrugada del 9 de diciembre. Su llegada, anunciada con cohetes y repiques de campanas, fue oportunidad para una procesión, de la que presento aquí algunas imágenes.

Cabe destacarlo, aun si México no heredó de la Nueva España abundantes restos de bienaventurados y santos, no es que el nuestro sea un país desierto de reliquias. Unas pocas pueden datar de tiempos de la primera evangelización, como las de fray Sebastián de Aparicio en Puebla. Otras hay que son “recientes”, relativamente, del siglo XX, como el cuerpo incorrupto de monseñor Guízar y Valencia en Xalapa. Mas estos ejemplos puntuales, contrastan con su relativa abundancia en estas tierras occidentales.

Esto es, las del Papa Beato llegaron justamente a la región mexicana acaso la de mayor tradición en materia de reliquias. La urna de San Hermión mártir, que luce majestuosa desde uno de los altares de la nave de la soberbia iglesia parroquial de la Asunción, en el corazón de Lagos, lo muestra bien. Llegado a finales del siglo XVIII, no lo hizo en solitario: fue por entonces que arribaron a León las reliquias de San Donato, San Fulgencio y Santa Clementina, y a Aguascalientes las de Santa Veneranda. Los fieles de estos rumbos pues, saben bien de qué se trata cuando se habla de reliquias, y con mayor razón no ha de extrañarse que se agolparan en gran número ante las de un Pontífice que, lo sabemos bien, fue en vida especialmente querido de los católicos mexicanos.

Y sin embargo, no es de todos los días que las reliquias mexicanas salgan de sus altares. Si las procesiones de imágenes pueden ser frecuentes hasta hoy, las de reliquias están más bien en el olvido, incluso aquí en Lagos. De ahí que lo más fácil y lógico haya sido aplicar a esta procesión de reliquias las prácticas que la tradición local utiliza para las imágenes religiosas: los laguenses no hicieron, según entiendo, sino reunir los elementos propios de “la subida” de Nuestro Padre Jesús en Semana Santa. Y ello justamente la convirtió en una interesante amalgama de prácticas antiguas y nuevas del catolicismo, al mismo tiempo con algo de barroca y algo de moderna.

Así es, ella representó casi lo contrario a lo que hubieran deseado lo obispos reformadores de antaño. Distaba mucho de ser una procesión devota en estricto sentido, pues si había cantos religiosos, estuvo más bien desierta de oraciones. Su horario mismo hubiera sido censurado por los prelados más celosos del Antiguo Régimen, opuestos a los “desórdenes” de los horarios nocturnos. Procesión más bien triunfal, lo importante en ella parecía ser la alegría del acompañamiento, lo cual hubiera ido contra modelos pregonados por ejemplo, por monseñor Juan Cruz Ruiz Cabañas, severo censor de las prácticas “profanas”, “superfluas” e incluso “supersticiosas” de los pueblos de la Nueva Galicia de finales del siglo XVIII. De hecho, se inició justamente con un estallido de cohetes, elemento que aquel prelado ilustrado sistemáticamente trató de prohibir; y más todavía, venía rodeada de vendedores de una amplia “quincallería religiosa” (sólo por evocar el término despectivo de algún liberal del XIX) que incluía tradicionales estampas, rosarios, medallas e imágenes, y más recientes banderas vaticanas y globos amarillos.

Pero centrémonos en la procesión misma. En ella abundaron las danzas, que sin duda no son exactamente las mismas que se bailaban en los siglos pasados, como tampoco lo son los trajes de los danzantes, aunque en cambio el uso de percusiones sí que puede venir de tiempo atrás. Sobre todo, la idea general sigue siendo básicamente la misma de tiempos barrocos: la presencia entre nosotros de lo sagrado ha de ir acompañada de desbordes de alegría que sólo la danza puede expresar.

Además hubo música, repetimos, de hecho de varias generaciones del catolicismo. Se hicieron presentes percusiones y metales, aquí modernizadas bajo la forma de bandas de guerra escolares; no debiera extrañar, en España hubieran sido bandas cofradieras asimismo de metales, en Francia las de cornos y cornetas. La idea, de nuevo antigua bajo formas nuevas, es la de la fanfarria que precede a soberanas imágenes o a venerables reliquias.

Nuevo en realidad, es sin duda el mariachi, cuyo sonido más suave apenas logra abrirse espacio entre percusiones de danzantes y de bandas, y que aquí escuchamos entonando por igual piezas de la tradición del siglo XX, no menos que canciones mucho más modernas. Estas últimas, junto con los cánticos de los movimientos juveniles que venían formando valla para cerrar la procesión (y que se percibían menos que los mariachis), son el elemento en verdad reciente. De hecho, esta era la música tal vez más relacionada con el Beato Pontífice cuyas reliquias se recibían: eran piezas estilo Jornada Mundial de la Juventud, cánticos de la generación que vivió bien la Nueva Evangelización que él impulso; por cierto, música que es la desesperación de algunos liturgistas más apegados a la tradición.

También tomando distancia de ella, debemos destacarlo, la procesión estaba estrictamente centrada en las reliquias y no en el clero que las acompañaba. Si bien, como corresponde a la recepción de las reliquias de un Sumo Pontífice, sacerdotes y seminaristas hicieron masivo acto de presencia, lejos de acudir uniformemente revestidos y de formarse jerárquicamente detrás del coche con la urna, algunos iban en medio del acompañamiento y la mayoría mezclado indistintamente con religiosas, movimientos juveniles y mariachis al final del cortejo. No había pues, ni lucimiento de ornamentos sacerdotales (no había una sola capa pluvial, por cierto) ni orden jerárquico, con lo que la procesión reforzaba su carácter mayoritariamente laico (que no profano).

Es curioso hacer notar que en cambio venían integradas al cortejo patrullas de las corporaciones de seguridad pública de distintos niveles de gobierno. Sobra decir que tenían toda razón de hacer acto de presencia tratándose de una acto público masivo, pero aun si no marchaban haciendo guardia de honor ni saludando a los símbolos sagrados (como se hace en otros países, cabe decir), no dejan de recordar de recordar lejanamente el viejo ideal de colaboración armónica entre la Iglesia y el Estado, que fuera antaño tan característico del mundo hispano.

Recepción reliquias Lagos por davidclopez

Palafox político

imagesCayetana Álvarez de Toledo, Juan de Palafox obispo y virrey, Madrid, Centro de Estudios Europa Hispánica/ Marcial Pons Historia, 2011, 435 pp.

Mejor conocida, sin duda, por su carrera periodística (en la cadena de radio COPE y en el diario El mundo) y política (como diputada del Partido Popular), Cayetana Álvarez de Toledo es también una historiadora notable, formada en la prestigiosa Universidad de Oxford, y que nos presenta aquí una obra derivada de su tesis doctoral, dirigida por Sir John Elliot, quien escribe el prólogo, y de quien la autora es a todas luces deudora en muchas ideas. Juan de Palafox obispo y virrey, es así una biografía política del ahora beato, que lo inserta en el contexto de la complicada historia política del siglo XVII en el Imperio hispánico, marcada por las discusiones sobre la forma más adecuada para gobernar una “Monarquía compuesta”, el concepto acuñado por el profesor Elliot y que Álvarez de Toledo retoma sin cesar a lo largo de su trabajo. Asimismo, es muy clara la perspectiva trasatlántica, imperial, propia de una autora formada al lado de uno de sus principales impulsores en la historiografía contemporánea.

Desde luego, no es que la autora desdeñe el carácter clerical de su biografiado, ni menos aún que deje por completo de lado su labor episcopal, tanto en Puebla de los Ángeles como en Osma, pero hay una prioridad muy clara, y convincente además, dada a la faceta de Palafox como reformador del régimen imperial en América. Esto es, el lector no encontrará en este libro detalles sobre la vida espiritual, las devociones o la cultura religiosa del obispo, y en cambio entrará en los no menos apasionantes debates políticos, no sólo intelectuales sino también bajo la forma de intrigas y golpes bajos, que caracterizaron la vida (y habría que decir que también la memoria) de monseñor Palafox y Mendoza. La suya era “una vida abocada al conflicto” dirá la autora desde las primeras páginas.

Sobre todo, hay una tesis fundamental que guía el análisis de manera coherente, y que es por sí misma interesante. Palafox, a quien se ha señalado como un hombre del conde-duque de Olivares, por tanto, parte integrante de un esfuerzo centralizador de la monarquía, Álvarez de Toledo lo identifica como un pactista. “Como buen aragonés de su tiempo” dice ya la autora en la introducción, era “capaz de aunar una acérrima defensa de la diversidad jurísica y política de la Monarquía española con una lealtad inquebrantable a la Corona”. El gran reto de Palafox, el motivo fundamental de las controversias que lo rodearon, no habría sido pues, su oposición a la Compañía de Jesús, sino su deseo de reformar en un sentido pactista el régimen del reino de la Nueva España, y del Imperio en su conjunto.

Para sustentar esa tesis, la autora emprendió una destacable labor de investigación a ambos lados del Atlántico. Exploró acervos ya clásicos en estas materias: el Archivo General de Indias de Sevilla, la Biblioteca Nacional de España en Madrid, el Archivo del Ayuntamiento y la Biblioteca Palafoxiana, ambos en Puebla. Pero es sin duda su trabajo sistemático en el Archivo del Duque del Infantado de Madrid el que le permite sustentar de manera convincente su tesis, y explorar con un detalle difícilmente alcanzado hasta ahora, la vida de monseñor Palafox. Una impresionante serie de poco más de 80 legajos, de cartas fundamentalmente, permite a la autora seguir paso a paso la vida política del reformador.

La obra, extremadamente bien balanceada en su estructura, aborda en una primera parte la formación de Palafox y Mendoza y su carrera hasta antes de su partida rumbo a las Indias. El primer capítulo nos muestra el aprendizaje del pactismo aragonés por Palafox, y los inicios de su carrera al servicio de la Monarquía, cierto, como protegido de Olivares, aunque siempre desde una posición original. Cabe decir, sólo en segundo lugar viene su carrera eclesiástica, impulsada al inicio por su protector más que por una vocación, que sin embargo encontrará más adelante. El segundo capítulo, nos introduce en la forma de gobierno de las Indias, en la perspectiva que el conde-duque tenía de ellas, y en los preparativos de la visita general que habría de emprender el ya Consejero de Indias. Conviene destacar en esta primera parte el uso sistemático de una amplia bibliografía sobre la comprensión de la política del Antiguo Régimen. La autora se sitúa con claridad en los debates historiográficos actuales en temas como la corrupción, el uso de conceptos como Estado o absolutismo, y claro está, en el tema de la cuestión constitucional de la Monarquía hispánica.

En una segunda parte, tal vez la más apasionante de la obra, la autora da cuenta del proyecto palafoxiano en acción entre 1640 y 1642. La autora no deja de lado el desempeño de su biografiado en la mitra poblana, pero claro está aborda sus “reformas eclesiásticas” (que no religiosas), las cuales insiste en no separar de una visión amplia del gobierno de la monarquía. De hecho, Álvarez de Toledo argumenta sobre todo respecto de las interpretaciones que hacen de Palafox un “prelado tridentino” o un servidor de la Corona atacando a la Iglesia. Aunque cabe dudar de la claridad de algunos pasajes de la discusión que emprende, se entiende bien que para ella los términos del conflicto no eran los del enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado. En cualquier caso, su visión es la de un obispo que trasluce también este ámbito su preferencia por el predominio de las élites locales (los “criollos”) propio del pactismo en lo político, en detrimento incluso de sus feligreses más pobres (indios, negros y castas).

Y justamente, en el tema de la reforma de gobierno, es donde la obra muestra con mayor amplitud la originalidad de Palafox, ya como visitador general. Álvarez de Toledo profundiza en su pensamiento político, llevado a la práctica en materias como la organización de la justicia y sobre todo en la reforma del gobierno local. Resulta así que el gran proyecto de Palafox en Nueva España era sobre todo acabar con el corrupto régimen de los alcaldes mayores y sus repartimientos, controlado por el patronazgo de los virreyes, en beneficio de las demandas de las élites locales. Tal fue el verdadero tema controversial de su visita, y el eje fundamental de su breve labor como virrey. Así, este es el tema verdaderamente central de la obra, tanto en esta segunda parte como en la tercera, dedicada a la oposición que logra derrotar al obispo visitador. Desde luego, no es de menos interés en la segunda parte, la reconstrucción detallada de la caída del virrey Escalona fraguada por el visitador, ni tampoco la plasmación de los ideales políticos palafoxianos en su Historia real sagrada.
La tercera parte, en fin, analiza con detalle las controversias del obispo con el nuevo virrey, el conde de Salvatierra, hasta la completa derrota del obispo, no sólo en la Nueva España sino también en Madrid. Cabe destacarlo, gracias a la correspondencia de Palafox con sus apoderados en la Península, la obra tiene la gran virtud de seguir por igual los conflictos en América y en la corte madrileña. Vemos así, no sólo la acumulación de conflictos entre el virrey y el visitador, la construcción de alianzas políticas sobre la base de la corrupción, las traiciones en el bando palafoxiano, las amenazas constantes a la estabilidad, las intrigas y golpes anticipados de uno y otro bando, sino también el progresivo desamparo en que va quedando el reformador de sus protectores del otro lado del Atlántico, especialmente con la caída del conde-duque de Olivares y del conde de Castrillo.
En suma pues, Álvarez de Toledo restituye con notable maestría la vida trágica de Palafox como reformador político del siglo XVII hispánico, reformador incluso “revolucionario” en sus ideas, dirá en más de una ocasión. Al mismo tiempo, revela los arcanos de la política novohispana de la época, dándole una nueva centralidad a los debates sobre la forma de gobierno de la monarquía, a los temas fiscales, de justicia local y de conservación de la estabilidad, acaso sólo dejando muy de lado la cultura religiosa tan íntimamente relacionada a la Monarquía misma.