Archivo por meses: noviembre 2011

La misa de la Monarquía Hispánica

Lo ha mostrado bien la obra de Philippe Martin, Le théâtre divin. Une histoire de la messe, XVIe-XXe siècle (CNRS, 2010), una de las tendencias más caras de la historia del catolicismo desde el siglo XVI había sido la unificación de las ceremonias de la misa. Para el caso del mundo hispánico, se suele pensar que, por haberse adoptado casi de inmediato la reforma del Concilio de Trento y los libros litúrgicos que la Santa Sede fue autorizando en las décadas siguientes (el Misal Romano, el Ceremonial de los Obispos, el Pontifical Romano, etcétera), tal unificación puede darse por sentada. Empero, la cosa no es tan sencilla, y en materia de ceremonias, aun las modificaciones que hoy pueden parecernos simples detalles, son significativas.

Había un largo listado de casi una veintena de diferencias autorizado por la propia Sede Apostólica, especialmente por breves del Papa Gregorio XIII, que tocaban incluso al Canon, tal vez la parte más importante de toda la celebración, para incluir la mención del nombre del Rey de España. Asimismo, en la Confesión, podía seguirse la costumbre de incluirse la invocación a los santos patronos locales, lo cual no es un detalle menor, como tampoco la conservación del canto toledano en lugar del romano ahí donde estaba establecido. Además, frente a la lectura de la Epístola y el Evangelio en el altar establecida en las rúbricas del Misal Romano, podía también mantenerse la costumbre de leerlos en ambones o atriles, como se hacía, me consta al menos en el caso de las celebraciones de pontifical, en la Catedral de Guadalajara a principios del siglo XVIII. En fin, aparte de las modificaciones ceremoniales propiamente dichas, había también concesiones respecto del calendario, esto es, para poder celebrar con mayor solemnidad a los santos cuyas reliquias estuvieran en las iglesias del mundo hispánico.

Cierto, es difícil saber hasta qué punto los fieles apreciaban tales diferencias, que aparecen aquí en la lista dada por el padre Manuel Herrera Tordesillas en su Ceremonial romano general impreso en 1638. Mas es buen recordatorio de que la Reforma Católica, en materia de liturgia, y como buena reforma de Antiguo Régimen, respetó en buena medida la costumbre local, que constituía parte del orgullo de muchas iglesias, en particular las Catedrales y sus canónigos. Sirva además esta entrada para responder en parte una duda de un lector respecto del uso del ambón en el Mundo Hispánico.

Homenaje al Dr. Juan Ortiz Escamilla

4-REDESEn estos días, una de las instituciones de investigación más importantes entre  las universidades de provincia mexicanas está celebrando sus 40 años: el Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana. Con ese motivo, los animadores de las bitácoras Ayer y hoy de la Iglesia Católica en México, Clioscopia, Facetas históricas y Un historiador y sus viajes, hemos querido rendir un modestísimo homenaje a través de nuestros respectivos espacios virtuales a uno de sus más destacados investigadores y actual director, el Dr. Juan Ortiz Escamilla.

cuencaTepalcatepecDVD1Michoacano de origen, estudió la licenciatura en Historia en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, titulándose en 1983 con la tesis El desarrollo económico-social del Centro Ejidal Felipe Carrillo Puerto (La Ruana), 1952-1980. En dicho texto se muestra ya uno de sus intereses fundamentales de nuestro homenajeado, y que lo hace sin duda especialmente original en el contexto de nuestra historiografía mexicanista: la investigación histórica, en colaboración con las otras ciencias sociales, debe servir al desarrollo de los pueblos y no quedarse meramente en publicaciones académicas. Esa idea fundamental se ha reflejado sobre todo en los varios proyectos multidisciplinarios que ha coordinado a lo largo de su carrera, orientados a la preservación y aprovechamiento de los diversos aspectos del patrimonio regional.

En primer lugar, ya elocuente desde su título, El factor histórico como generador del desarrollo municipal bajo un enfoque multidisciplinario. Paso de Ovejas, Ver. (1999-2001); inmediatamente después, el magno proyecto Sustentabilidad Patrimonial en la Cuenca del río Tepalcatepec (2002-2006), que dirigió al lado de los doctores Esteban Barragán y Alejandro Toledo. La conmemoración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución –que en el Estado de Veracruz fue especialmente fructífera bajo la coordinación del doctor Enrique Florescano–, fue la oportunidad para presentar el proyecto de investigación Atlas del patrimonio natural, histórico y cultural del Estado de Veracruz en 2007-2008. En fin, ha coordinado también el proyecto Los cuatro elementos en la región Orizaba-Córdoba-Zongolica. El rostro de la globalización (2008-2010) y es ahora corresponsable del titulado Los huracanes en la Historia de México. Memoria y catálogo (2011-2012). Sobre este aspecto de su labor de investigación, abunda nuestro colega Paulo César López Romero en el artículo de hoy de su blog Un historiador y sus viajes.

Sin embargo, el doctor Ortiz Escamilla es además un prestigioso especialista de la historia de la Guerra de Independencia de México. Fue éste un tema al que dedicó ya su tesis de octorado, que cursó en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México (1985-1988) bajo la dirección de la Dra. Josefina Zoraida Vázquez, y que se tituló El ejercicio del poder durante la guerra de independencia en México, 1810-1823. Este aspecto de su trayectoria, sin duda, es el que le ha hecho merecer los mayores reconocimientos: su libro Guerra y gobierno. Los pueblos y la independencia de México (1997), obtuvo el premio Silvio Zavala del Instituto Panamericano de Geografía e Historia dependiente de la OEA. Asimismo, su artículo “La ciudad amenazada, el controlsocial y la autocrítica del poder. La ciudad de México durante la guerra civil de 1810”, publicado en la revista Relaciones de El Colegio de Michoacán, fue premiado como “Mejor artículo del año 2000 sobre el siglo XIX” por el Comité Mexicano de Ciencias Históricas. Y en fin, su más reciente libro, El teatro de la guerra. Veracruz, 1750-1825(2008), mereció el premio Francisco Javier Clavijero 2009 del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

teatroSería difícil dar cuenta de manera exhaustiva de los aportes que en esta materia ha realizado el doctor Ortiz. Sus textos, abordan lo mismo la historia de la organización militar, dando noticia de los levantamientos y acantonamientos de tropas, de los avances en las técnicas de defensa, de los planes militares tanto insurgentes como contrainsurgentes. Dejamos a nuestro colega del blog Clioscopia, Éder Gallegos detallar un poco más al respecto en su entrada de hoy. Asimismo, nuestro autor ha abordado la historia política, la de los pueblos novohispanos y sus estrategias en la guerra, no menos que la historia de la política militar y la historia social de los militares, más allá incluso de la guerra independentista y hasta la Revolución. Personajes como Félix María Calleja, Gordiano Guzmán, o más modernamente, Francisco J. Múgica y Lázaro Cárdenas, han sido motivo de algunos de sus trabajos, como nos cuenta Luis Ignacio Sánchez Rojas en su blog Facetas históricas. En fin, la historia de la insurgencia llevó al doctor Ortiz a tratar el tema de la participación del clero en ella, como nos detalla David Carbajal López en este artículo de Ayer y hoy de la Iglesia Católica en México.

Pero además de aportar sus ya invaluables trabajos individuales, el doctor Ortiz se ha destacado por su participación en proyectos colectivos a propósito de todos estos temas. Ha formado parte de iniciativas tan importantes como los congresos internacionales “Fuerzas Militares en Iberoamérica” y “Los procesos de independencia en América Española”, los seminarios internacionales “¡Viva la Pepa! Ayuntamientos liberales gaditanos en México, 1812-1826” y, en el marco de la conmemoración del Bicentenario, el seminario “Revisión histórica de la guerra de independencia en Veracruz”. De todos ellos han resultado varias obras colectivas, artículos en revistas especializadas y otras publicaciones, varias convertidas ahora en prácticamente indispensables.

libros coronasEn fin, no podemos dejar de lado la importante labor docente del doctor Ortiz. Ha impartido cursos de maestría y doctorado en las universidades Jaume I (España), en el Instituto Mora y en la Universidad Veracruzana, y cursos de licenciatura en esta última y en la Universidad Iberoamericana. Pero además, ha sido director o tutor de poco más de una decena de tesis de licenciatura y posgrado, estimulando siempre y mostrándose harto generoso en su tiempo y en sus conocimientos con sus estudiantes, iniciándonos en las reglas del oficio con una mano tan firme cuanto certera en la búsqueda de nuevas fuentes y nuevas perspectivas de investigación. Sirva pues esta sencilla semblanza para reiterar por último nuestra gratitud sincera y mayor reconocimiento a nuestro maestro en común, el Dr. Juan Ortiz Escamilla.

Juan Ortiz Escamilla: Subversión clerical y autoritarismo militar

Colección Veracruz 1El día de hoy el que esto escribe y los blogs Clioscopia, Facetas históricas, Un historiador y sus viajes, dedicamos un modesto homenaje al Dr. Juan Ortiz Escamilla, especialista del tema de la Guerra de Independencia de México. Entre sus muchas aportaciones en esta materia, me interesa resaltar aquí la más evidentemente relacionada con la historia religiosa novohispana: el análisis de la participación del clero en la guerra, especialmente en el bando insurgente. Además de las menciones dispersas al respecto en su libro El teatro de la guerra. Veracruz, 1750-1825 (Universitat Jaume I, 2008), nuestro homenajeado ha tratado el asunto en dos capítulos de libros colectivos: “El bajo clero durante la guerra civil de 1810” (El nacimiento de México, 1999) y “De la subversión clerical al autoritarismo militar: o de cómo el clero perdió sus privilegios durante la guerra civil de 1810” (Los procesos de independencia en la América Española, 2002).

Bajo2En “El bajo clero”, el doctor Ortiz esboza en primer lugar las diferentes posturas del clero ante el conflicto armado, recordándonos que los sacerdotes tenían intereses al mismo tiempo específicos y diversos, que defenderían a lo largo de esos años. Esto es, los obispos como Manuel Abad y Queipo –cuya representación del 30 de mayo de 1810 analiza con detalle– se interesaban por el mantenimiento de la paz y por la introducción de ciertas reformas liberales, económicas sobre todo. En ellas coincidían sin duda los clérigos insurgentes, pero su combate iba también “en contra de la reducción de los privilegios de la Iglesia”. Lejos pues de enfrascarse en un combate meramente profano, los clérigos insurgentes enarbolaban símbolos religiosos y criticaban duramente una naciente cultura secular. Si bien el término “guerra religiosa” no aparece en texto, como sí sucede en los de otros autores como Marie-Danielle Démelas-Bohy, el doctor Ortiz nos recuerda de manera convincente que la guerra se planteaba en una cultura no secularizada.

En un segundo término, analiza también el lugar fundamental que adquirieron muchos eclesiásticos durante la guerra, en los dos bandos que se enfrentaban. Entre los insurgentes, ya la movilización del padre Hidalgo había tenido lugar, en parte, a través de una red clerical; y largo del movimiento, tanto entre los rebeldes como entre los realistas, los párrocos se mantendrían como importantes intermediarios entre los altos rangos y los pueblos, liderando incluso algunas partidas contrainsurgentes. Mas sobre todo, el doctor Ortiz nos hace concientes de las pérdidas sufridas por el clero en la batalla. Si entre los insurgentes surgieron pronto voces que pedían su desplazamiento de los cargos de responsabilidad, entre los realistas, los comandantes les coercionaban duramente para obtener un claro compromiso a favor de la “justa causa”.

Subversion2Esta última línea es la que aparece ya más desarrollada en “De la subversión clerical”, y es sin duda la aportación decisiva del doctor Ortiz. El título mismo del capítulo constituye una tesis de por sí: lejos de ser un movimiento restaurador de la autoridad del clero que la encabezaba, “la guerra abrió de lleno las puertas de la iglesia, al permitir la intromisión de los militares y de la autoridad civil en los asuntos eclesiásticos locales”, e incluso “el clero terminó de rodillas ante el gobierno civil y militar”, nos dice desde las primeras páginas. Reforzando lo dicho en el texto precedente, nos muestra cómo en los gobiernos insurgentes, progresivamente ganaron terreno los seculares sobre los eclesiásticos, imponiendo su autoridad en los bienes de las iglesias y desplazando a sus enemigos clericales.

Perdida la partida en el bando insurgente, entre los realistas la situación del clero no era mejor. Analizando sistemáticamente la correspondencia militar del grupo documental Operaciones de Guerra del Archivo General de la Nación, el doctor Ortiz constata no sólo las pérdidas del fuero personal que ya habían sido destacadas por Nancy Farriss (Clero y corona en el México colonial, 1995), sino también toda una serie de categorías formadas por los comandantes a partir a veces de los más mínimos gestos de los clérigos. La forma de recibir a las tropas, la promoción de devociones populares entre los insurgentes, la participación en el comercio y hasta la forma de indultarse, todo hacía sospechosos a los clérigos. Había así, no sólo francos rebeldes, sino “insurgentes mansos”, “insurgentes vergonzantes”, “neutrales” o “políticos”, cuyo punto en común, tal vez más evidente que el carácter clerical, era la culpabilidad a priori que tenían todos en la rebelión, según el prejuicio de los militares.

atlas-patrimonio-27Si bien obispos como el propio Abad y Queipo, o incluso Antonio Joaquín Pérez Martínez, de Puebla, no dejaron de protestar por las crecientes presiones sobre sus súbditos, para nuestro homenajeado, la guerra explica en buena medida la posición de debilidad en que se encontró el clero en los primeros años del México independiente: ambos bandos del conflicto lo habían dividido, diezmado y sometido, los primeros gobiernos estatales culminarían la obra desplazándolos de cargos políticos, y limitando su autoridad aprovechando sus abundantes conflictos con sus feligreses.

El tema de la participación del clero en la guerra de independencia no era nuevo, por supuesto, al abordarlo el doctor Ortiz, mas no había perdido actualidad. Es todavía motivo en las obras de Nancy Farriss, William B. Taylor y más recientemente Eric Van Young, además de los trabajos de Rodolfo Aguirre. Y no se trata sólo de esclarecer los números de la participación clerical y en qué bando militó el mayor contingente, sino de ponderar las circunstancias políticas, sociales y religiosas que condicionaron esa participación. Y en ello, nuestro homenajeado nos ofrece una interpretación sugerente, que nos aporta una imagen menos monolítica del clero, y más compleja de la guerra misma. Y en ello está su contribución más importante, en que contribuye a sustentar una de las tesis fundamentales de su trabajo, que la guerra de 1810 debe en buena medida comprenderse como una “guerra civil”.

Notas sobre moral y religión en la prensa veracruzana del primer federalismo

Moral y religión son dos términos que se encuentran constantemente en las páginas de los periódicos del primer federalismo veracruzano, y sobre todo en los debates de tiempos de la primera reforma liberal, la de 1833 y 1834. En realidad no es extraño, los publicistas liberales de la época solían argumentar utilizando referencias religiosas, hasta el punto de publicar a veces verdaderas loas a la religión. Sin embargo, ello no evitaba que el término apareciera frecuentemente asociado a aquellas prácticas que criticaban, a las pasiones que rechazaban y a los enemigos que combatían. Prácticas propias del catolicismo barroco, que “ofendían” la pureza de la religión; pasiones como el “celo” o el “fanatismo”, que no eran sino pura hipocresía; enemigos, que en realidad deseaban restaurar el viejo orden, asociado a la Inquisición, al oscurantismo, y a la tiranía. En cambio, cuando se trataba de las virtudes de la religión, lo más común era que saliera a relucir el concepto de moral.

Lo afirmaba ya uno de los publicistas de El Oriente (Xalapa), el periódico de los moderados veracruzanos en 1826, en el Cristianismo valía el dogma ciertamente, pero en particular la moral. Así, en diversos artículos, la moral se opone lo mismo al abundante número de fiestas de santos, fuente de “toda clase de desórdenes”, pero también al “celo” de los devotos, que denunciaban sin siquiera una amonestación carititativa previa, a los poseedores de estampas obscenas. Además, con su control del bien y del mal, ella era el principal justificante de la religión en la sociedad, necesaria así por su “poder moral”, siendo a la vez “vínculo” de la sociedad, “freno” que detenía el monstruo de la discordia, y “fuerza” a veces temible, pues podía lo mismo “conducir pacíficamente” que “descarriar cruelmente” a los pueblos.

En las publicaciones de 1833, la moral sigue en pleno ascenso, siendo incluso sinónimo de progreso, de “la carrera de la civilización”, como decía un editorial de enero de 1834, que la oponía a la superstición, y enumeraba entre sus virtudes la libertad, la equidad y la tolerancia. Mas con toda la altura de sus virtudes y con ser necesaria para la sociedad civil, la moral tenía una esfera propia, que no tenía nada que ver con la política. Lo decía bien un artículo retomado de El Fénix de la Libertad, los asuntos de la religión, no tenían que ver ni con la soberanía, ni con el poder público, ni con la forma de gobierno. Sus ministros debían también permanecer fuera de esos ámbitos, aunque eso sí, combatiendo la superstición, enseñando la caridad, la fraternidad y el rechazo de la opresión.

En el debate que los diputados veracruzanos sostuvieron con el obispo de Puebla a fines de 1833, los legisladores llegaron a afirmar que la Iglesia, precisamente porque era “cuerpo moral”, “domina sobre los vicios y no sobre las personas”, por lo que no podía ejercer ninguna autoridad sobre los ciudadanos. No es de extrañar por tanto que los publicistas y legisladores hicieran verdaderos juicios de los clérigos y de los devotos cuando salían de ese intangible ámbito de la moral.

Entre 1833 y 1834 se impuso consecuentemente la condena constante de clérigos y seglares que, entrando a la política o peor aún, tomando las armas, se convertían inmediatamente en “inmorales”, o bien pretendían lo contario a la difusión de la moral, es decir, “desmoralizaban” al pueblo. La defensa de la religión era pues, inmoral, y los publicistas, no escasearon en adjetivos para calificar a sus actores: ministros de Belial”, que justificaban los pronunciamientos con “escandalosa inmoralidad”; acompañados de “bárbaros soldados” de “conducta tenebrosa e inmoral”, como Mariano Arista o Gabriel Durán, líderes de los pronunciamientos de esos años, y por supuesto, seguidos por el “populacho desmoralizado y fanático”, como el que encabezara el pronunciamiento de Orizaba del 20 de abril de 1834 contra el cierre de los conventos del Estado de Veracruz.

En este punto se diría que tocamos una auténtica inversión de jerarquías entre religión y moral, que es finalmente lo propio del liberalismo del siglo XIX. Lo había dicho un publicista en el verano de 1833: “No hay religión sin moralidad”, y aún más, “las prácticas religiosas están subordinadas a la moral”.