Archivo por meses: octubre 2011

Del entierro de párvulos

Cuando en 1642 don Juan de Palafox y Mendoza, como gobernador del arzobispado de México, mandó observar para la celebración de los rituales de toda la arquidiócesis el Manual de los Santos Sacramentos conforme al ritual de Paulo V del padre Andrés Sáenz de la Peña, pretendía con ello unificar las ceremonias y ritos de la Nueva España con las de la Iglesia universal, las de Roma, siguiendo así una voluntad ya expresada a nivel general por el Concilio de Trento. Sin embargo, el Manual de Sáenz de la Peña se diferenciaba del Ritual Romano en algunos puntos, bajo el argumento de que se trataba de la “costumbre universal y antigua del reino”, el de la Nueva España. Tal vez la distinción más patente era en el caso de los entierros de párvulos.

Cierto, en la Nueva España, como en todo el mundo católico, se mantenía la costumbre de tratar de manera particular a los niños bautizados fallecidos. El Ritual Romano, y con él la mayor parte de los manuales y rituales de exequias, recordaban que por “juxta vestustam et laudabilem Ecclesiam consuetudinem” (costumbre justa y antigua de la Iglesia), sus cuerpos debían ser enterrados de manera separada y adornados con flores y aromas “in signum integritatis carnis et virginitatis” (“en señal de la integridad y virginidad de sus cuerpos”). A ese trato correspondía el propio ritual, sustituyendo los símbolos más notorios de duelo por los de solemnidad. De ahí que en lugar de doblar las campanas como con los otros difuntos, había que hacerlas repicar, el sacerdote no debía revestirse con ornamentos negros sino blancos, y no debía llevarse la cruz alta al entierro, sino una pequeña. Y es que, como debía recordarlo el oficiante a los presentes al momento del entierro, su alma “por el bautismo goza de la Gloria”, por lo que las exequias debían guardar el aire festivo de la celebración de su entrada al Cielo.

Tal era justamente la diferencia principal entre la costumbre novohispana del siglo XVII y la normativa del Ritual Romano. Algunas oraciones eran las mismas, recordando en efecto la entrada de los párvulos al Cielo, y había también algunas antífonas en común, pero difería el orden, entre la casa del difunto y la iglesia, y sobre todo el Romano era mucho más consistente en el carácter solemne pero no luctuoso de las exequias. Así, en la Nueva España el rito en casa del difunto era más corto: sólo una antífona  y una oración, mientras que el Romano disponía rezar completo el salmo 112, que por el contrario quedaba en la Nueva España reservado al momento de llegar a la iglesia. La diferencia más notoria era sin duda en la procesión con el cuerpo, que era directamente fúnebre en la Nueva España, cantando la antífona Ad te levavi acompañada por el salmo De profundis, donde el Ritual Romano disponía interpretar el salmo Laudate Dominum de coelis, propio también del ritual de exequias pero que consiste en una alabanza de toda la Creación a Dios, así como el 118 Beati immaculata in via. Una vez en el templo, en la Nueva España se escuchaba de nuevo lo que el Ritual Romano trataba de evitar: un responso fúnebre, Credo quod redemptor, usado también en la procesión general de difuntos, dejando por completo de lado la antífona más repetida en el Ritual, Juvenes et virgenes, senes cum junioribus, laudent nomen Domini (Jóvenes y vírgenes, viejos y jóvenes, alaben el nombre del Señor).

Pareciera que la Nueva España tuvo finalmente que irse adaptando a la normativa romana con el tiempo, dejando atrás esas fúnebres ceremonias para el entierro de los párvulos, pues la costumbre novohispana no aparece ya en los manuales publicados en el siglo XVIII. Empero, todavía fray Diego Osorio, en su Manual para administrar los Santos Sacramento de 1748 notaba que había dos cosas del Ritual “que no he visto practicadas”: ni había sepulturas separadas ni cruces pequeñas para este tipo de entierros. En fin, sólo una investigación más profunda sobre los detalles de esos rituales, podrá decirnos más sobre las prácticas funerarias de los novohispanos.

Jean Delumeau

En esta entrada me permito traer la imagen y sonido de quien es sin duda el más importante historiador del catolicismo del siglo XX: Jean Delumeau, profesor del Colegio de Francia, ya retirado, autor de numerosas obras, lo mismo sobre los grandes períodos de la historia del catolicismo (La Reforma, El catolicismo de Lutero a Voltaire), que sobre temas concretos del sentimiento religioso (El miedo en Occidente, El sentimiento de seguridad) y de sus creencias (La trilogía sobre El paraíso por ejemplo). Delumeau aparece en este breve video de la emisión francesa Le jour du Seigneur, hablando de algunas de sus inquietudes como historiador y como creyente. Evoca en primer término, la necesidad de lo sagrado del mundo contemporáneo, que se analiza en su obra El hecho religioso, traducida por cierto a varias lenguas, reuniendo el testimonio de las autoridades de diversos credos. Enseguida nos habla sobre la enseñanza del hecho religioso en las escuelas francesas, “enseñanza histórica y antropológica”, respetuosa pero objetiva. En fin, evoca también el problema de la libertad religiosa y su respeto en el mundo actual.

090406wb – Jean Delumeau et le sacré / Vidéos / Accueil – Le Jour du Seigneur

Y aquí otra entrevista de radio con el propio profesor Delumeau, pero que data de 1977. No es sino un extracto de los primeros minutos, interrumpida lamentablemente por un enlace al palacio de Matignon, sede del Primer Ministro, pero en la que podemos escuchar un poco más de las circunstancias de la vida del ilustre profesor Delumeau. Me temo que no puedo traducir íntegramente los diálogos, pero espero al menos que el video, gracias a las imágenes, sea comprensible.

“Bailando hombre con hombre y mujer y con mujer”

En la tradición católica, la danza tiene un estatuto ambigüo. Siguiendo el ejemplo bíblico, veterotestamentario, del Santo Rey David, que bailó en éxtasis ante el Arca de la Alianza, no es poco frecuente encontrar un poco por doquier en el mundo católico danzas religiosas. Las hay en nuestros días: ahí están las entrañables evoluciones de los seises sevillanos, las pastorales de bailes religiosos ante el Señor de los Milagros de Perú, las numerosas danzas en las fiestas patronales mexicanos. Las había tal vez mucho más en otras partes: en Francia, Marianne Ruel (Les chrétiens et la danse dans la France moderne, 2006) cita al menos a los tripettes, danza tomada muy en serio por los parroquianos de ciertas regiones aun si despertaba la risa de algún clérigo joven. Los propios clérigos podían danzar, como era el caso de los canónigos de Amiens en tiempos medievales con motivo de la Pascua, en torno al laberinto que se conserva hasta hoy en el pavimento de dicha iglesia.

Pero es cierto que en general, la danza ha sido vista más bien con desconfianza por el clero desde el siglo XVI, denunciándola como diversión profana, asociándola en general a los pecados carnales, y procurando por ello, ya que no eliminarla, al menos normarla lo más estrechamente posible. De ahí los edictos sobre el tema de un buen número de prelados, entre los cuales me permito aquí copiar el que dictó el provisor y vicario general de una diócesis que no resulta tan lejana a nuestros tradicionales temas novohispanos, la de León de Nicaragua. Ahí, en 1765, el juez eclesiástico, a nombre del obispo, fulminaba pesadas censuras (la excomunión mayor), justamente para impedir la mezcla de danzas profanas en celebraciones sagradas, en particular ante las imágenes religiosas y con motivo de los velorios de niños (de “angelitos” como suele decirse). Pero el prelado no eliminaba directamente todo género de danza, su edicto está destinado simplemente a reformarlas, alejándolas lo más posible de los peligros pecaminosos, imponiéndoles un horario, el diurno; limitando sus gestos, para purificarlas de “torpezas”, esto es de todo lo que pudiera relacionarse directamente a la relación carnal, y en fin, en ese mismo sentido, reglamentando el orden de las parejas mismas en el baile: “hombre con hombre y mujer con mujer”, que según se entiende del texto es lo que el provisor estimaba por un baile decente y libre de pecado.

Cabe decir, el edicto habría de levantar una querella con la autoridad civil, pero no por su definición del baile decente, que hoy puede parecernos original en un prelado católico, sino por adentrarse a regular bailes profanos, los fandangos, por entonces “nuevamente introducidos” en el obispado, y que la autoridad civil reclamaba como de su jurisdicción. Mas ello es tema aparte, por lo que veamos ahora extensamente, este edicto para purificar las danzas profanas.

AGI, Guatemala, 545 “Cartas y expedientes de 1767”, exp. 17 “Testimonio de la información seguida sobre fandangos y sarabandas”.

Nos, el doctor D. Pedro Joseph Chamorro Sotomayor, juez de testamentos, capellanías y obras pías, provisor y vicario general por el ilustrísimo señor D. Juan Carlos de Vílches y Cabrera, dignísimo señor electo obispo gobernador de este obispado de Nicaragua y Costarrica, del Consejo de Su Majestad, etc.- A todos los fieles cristianos y vecinos y moradores estantes y habitantes en esta Ciudad de León, de cualquier estado, calidad o condición que sea, salud y gracia en el Señor. Hacemos saber, como es de nuestra precisa obligación por el oficio que tenemos poner reparoa las ofensas y deservicios que se hacen a la Majestad de Dios nuestro Señor, con el motivo de pasarse toda la noche o parte de ella con junta de mujeres y hombres divertidos en profanidades, bailando y cantando versos deshonestos y torpes, con mal ejemplo del pueblo, lo que ejecutan cuando por devoción, celebrar alguna imagen del Señor, de su Madre Santísima, o de sus santos, o tienen alguna otra función, en cuyo tiempo se habían de ejercitar en rezar el Santísimo Rosario, cantar alabados y otros rezos divinos condignos a su Divina Majestad y a su Madre Santísima, y no que con los dichos bailes y cantos torpes provocan a su Divina Maestad y su justicia soberana, por las culpas que de ello resulta, y lo mismo hacen cuando velan algún niño que se muere, y siendo todo lo susodicho en deservicio de Dios nuestro Señor, por ser las expresadas juntas y sarabandas redes en que el demonio pesca a las almas, y debiéndose poner pronto remedio a tan noscivas inconsecuencias y pecados que se cometen, por tanto, por el presente y su tenor, ordenamos y mandamos en virtud de santa obediencia, y so pena de excomunión mayor latae sentencie ipso facto incurrenda hac una protina canonica monitione jure premisa: Que en manera alguna canten los expresados versos torpes en las dichas velas de los santos, porque los prohibimos en el todo por indecentes y pecaminosos. Y que las músicas o sarabandas que tuvieren no haya bailes o fandangos indecentes y deshonestos y sólo sean de día y no de noche, bailando hombre con hombre y mujer con mujer, lo cual cumplan y ejecuten bajo la dicha pena de excomunión mayor impuesta, en la que serán declarados y rotulados por tales excomulgados los transgresores que faltaren a lo por nos mandado, y se procederá a lo que diere lugar su inobediencia. Y para que llegue a noticia de todos y ninguno alegue ignorancia, que este despacho se lea y publique en esta Santa Iglesia Catedral a la misa de diez, como se acostumbra. Dado en la ciudad de León, en diez y nueve días del mes de enero de mil setecientos sesenta y cinco años.- Dr. D. Pedro Joseph Chamorro.- Por mandado del señor provisor y vicario general.- Félix Vicente Galarza, notario receptor.

Desventuras de un fraile capellán y cantor

Un fraile del Antiguo Régimen podía sin duda pasar buena parte de su vida en un convento, siguiendo tranquilamente la regla de su orden, asistiendo cotidianamente al coro, al confesionario y al púlpito, tal vez ocupando algunos cargos dentro su provincia, predicando en las ocasiones solemnes en otras iglesias, etcétera. Sin embargo, hubo frailes que conocieron una vida mucho más agitada que la permanencia en un claustro urbano. Los hubo con andanzas por los rumbos a veces más insólitos, a veces siguiendo las órdenes de sus superiores, como demandantes de limosna de alguna imagen, como procuradores de sus institutos por algún trámite, como misioneros itinerantes, como capellanes de cuerpos militares. Otras veces, también las hubo, simplemente porque eran “apóstatas”, es decir, fugados de sus claustros para escapar de alguna acusación o porque simplemente habían perdido la vocación. Aunque hoy nos imaginamos vivir en una época en que las comunicaciones y los viajes son mucho más fáciles, hay que reconocer que tampoco era muy difícil la movilidad de la que dan prueba estos religiosos. Si en principio debían vivir “separados del mundo”, algunos ejemplos nos muestran que sabían muy bien moverse en él cuando era necesario.

Aquí un ejemplo de frailes viajeros: una petición de fray Martín Cañero, religioso franciscano, al Consejo de Indias en 1790 que proviene del Archivo General de Indias, legajo México 2666. Fray Martín es un fraile andaluz, que se embarca para servir de capellán en los navíos de guerra españoles en 1779 y que conoce un largo periplo en el Caribe, para finalmente desembarcar en la Nueva España después de la guerra. Después de sus vueltas en buques y hospitales militares, conoce otras tantas buscando una provincia franciscana donde establecerse, para terminar de nuevo como capellán militar en Durango. En sus viajes, sin embargo, fray Martín tenía una particular ventaja: su voz, que lo hace “muy útil y aún necesario” como dirá uno de sus superiores en el documento que aparece más adelante. Nuestro fraile es bajo, voz rara y por tanto estimada, sobre todo para completar las capillas de cantores, lo mismo en México que en Durango, y dar mayor realce al culto divino.

No es, me parece, un tema que haya resaltado mucho en la historiografía. De hecho en algunas ocasiones casi podría pasarse por alto, por lo que no está de más recordarlo: los frailes cantan. En los conventos donde había una comunidad en forma, asistían constantemente al coro a lo largo de la jornada para cantar las horas canónicas: maitines a la medianoche completados con laudes al alba, prima, tercia y sexta repartidas a lo largo de la mañana y el medio día, nona hacia las tres de la tarde, vísperas al caer ésta y completas al final de la jornada.

Por tanto, un fraile con buena voz era forzosamente bien estimado. El expediente deja ver que nuestro religioso sabe de esa ventaja y le saca provecho cuando es necesario. Por supuesto, y aunque era de esperarse en un documento dirigido a una de las máximas instancias de la Corona, el religioso insiste en haber trabajado constantemente al servicio de las “Dos Majestades”, la divina y la humana. Y en efecto su labor como capellán lo ha puesto directamente al servicio de las tropas del rey, sobreviviendo entonces del sínodo que la Corona le asignaba. De hecho, y lo lamenta en un pasaje de esta exposición, ha hecho más bien carrera de capellán militar que de fraile conventual, por lo que ahora encuentra difícil hacerse aceptar en una comunidad, y menos aún llegar a obtener algún reconocimiento por antigüedad o algún cargo, como correspondía a un fraile ya maduro.

Veamos pues este testimonio de los andares de un religioso de finales del siglo XVIII.

AGI, México, leg. 2666

Señor

Fr. Martín Cañero, religioso sacerdote de la religión de nuestro seráfico padre San Francisco, postrado a los pies augustos de Vuestra Majestad con la más profunda humildad digo: Que en el convento de San Diego de Sevilla, provincia de Andalucía, de donde soy hijo, entré, profesé y seguí mis estudios hasta los mayores de la Sagrada Teología, acreditando mi verdadera vocación y la aplicación a mis tareas de púlpito, confesionario y también de coro, por haberme dotado la Divina Providencia con una voz de bajo algo particular.

En este estado, y en el grado de estimación que merecía a mis respectivos prelados por mi religiosa abstracción y conducta, que jamás dio el menor motivo de queja, fui escogido para capellán de uno de los bajeles destinados al servicio de la última guerra. Obedecí gustoso por acreditar mi amor a Vuestra Majestad. Me embarqué en abril de 79 y salí de Cádiz con la escuadra entregada al mando de vuestro general D. Josef Solano. Arribamos a las islas de Dominica y Guadalupe, donde se erigieron hospitales para la curación del crecido número de enfermos que tuvieron esta desgraciada suerte. Acudí con el mayor celo a darles la medicina espiritual como la mejor, y a consolarlos al mismo tiempo en sus dolencias, sin apartarme un punto de sus camas; en cuyo ejercicio me mantuve hasta que salió de allí dicha expedición.

Llegamos a La Habana, y al instante fui destinado para el mismo sagrado ministerio en el hospital nombrado de Jesús María, donde me mantuve con el mismo celo y amor por espacio de más de tres años, al cabo de los cuales se me destinó en la propia calidad de capellán a uno de los buques de tropa de que se componía la expedición dirigida al Guarico, como punto de reunión de las dos escuadras española y francesa, en cuyo puerto fui nombrado también capellán de la fragata Mentor, destinada para hospital de la tropa. Después se trasladaron los enfermos a otro hospital en tierra, donde también continué desempeñando el propio sagrado y piadoso ministerio.

A este tiempo se me pasó un oficio por el teniente vicario general D. Pedro Padilla, ordenándome, que por convenir al servicio de Dios y de Vuestra Majestad me trasladase en calidad de capellán al hospital erigido en el cantón de Limonada. También obedecí puntualmente, pero allí me envió Dios unas fuertes calenturas, que ya postrado me obligaron a clamar por consuelo, mas no me fue posible lograrlo.

En tan triste situación mía se publicó la paz, y entonces fui nombrado por capellán de los buques que retiraron las tropas a La Habana, y ya concluido este ministerio santo tuve permiso de mi venerable padre comisario general para pasar a la provincia de San Diego en esta capital de Nueva España, y advirtiendo que como forastero nada adelantaba, ni podía esperar, impetré la venia de ambos prelados, el de la primitiva observancia y el de San Diego, para pasarme al convento grande de esta misma capital. Se me concedió y en efecto me he mantenido en él, trabajando las tareas del púlpito, confesionario y coro con general aplauso, tanto del público cuanto de lo interior del claustro.

En este intermedio ocurrí a mi venerable prelado padre comisario general suplicándole mi incorporación en esta provincia. Mi desgracia no correspondió a mis méritos en el buen despacho, y en tal extremo acudí a vuestro Supremo Consejo de Indias, cuyo justificado tribunal, precedido e informe de mi propio venerable comisario, fue servido mandar me restituyese a mi provincia madre de España. Obedecí puntualmente sin más auxilios para el camino que mi Breviario, como tan pobre por mi instituto y fortuna, y no haberse tenido presente esta grave consideración en un sacerdote hijo del gran padre San Francisco. Pero a las tres jornadas me hallé con nueva orden de retrocesión, en cuya fuerza, y costeando tantas caminatas la limosna de algunos fieles, volví a este mismo convento, donde se me aseguró mi incorporación, respecto la falta de religiosos, la utilidad de mi servicio, especialmente en el coro por la total escasez de voces apreciables, y que se me protegería y aliviaría en mi quebrantada salud, mayormente cuando en nada había sido gravoso, pues aún para trasladarme aquí desde La Habana lo hice con mis pobres pagas, sin quedar ni aún para vestir un triste hábito.

Nada, con todo, adelanté, pues jamás pude lograr mi suspirada incorporación, y en este estado volví a salir a servir a V.M. en calidad de capellán del regimiento de dragones e España, que se dirigía a las remotas provincias internas, por cuyos dañosos temperamentos no había quien abrazase este ministerio; pero como siempre he pospuesto hasta la vida en servicio de Dios y de Vuestra Majestad admití gustoso. Pasé a Durango con dicho regimiento, paró allí por espacio de año y medio, y sin faltar a mi obligación constituida, dediqué mi suficiencia en las horas señaladas al coro de aquella Santa Iglesia Catedral, donde como en todo este reino, se carece de voces iguales a la mía; y merecí por lo mismo la mayor estimación pública, y la más especial de aquel digno prelado vuestro reverendo obispo. Pero cuando más descansaba en este nuevo ejercicio, aumentando mis méritos, enfermé gravemente del estómago, a cuyo tiempo se retiraba el regimiento con nueva orden. La necesidad obligó avenirme y a volver a acogerme al amparo de este convento, cuyos prelados me han recibido llenos de caridad, y yo sigo sacrificándome para darles gusto en mis tareas, particularmente en las más fuertes del coro, a pesar de mi salud quebrantada, por ver la falta de voces en una comunidad que se lleva las primeras atenciones en todo el reino y cuyo celoso lucimiento en adorno de iglesia, en el sagrado culto y en cuanto es de su santo instituto, puede disputar la preferencia.

Todo esto le consta a mi piadoso prelado provincial, cuya virtud, ardiente caridad y delicada conciencia no podrá faltar a informarlo, ya que carezco de los documentos originales que lo acreditan, por haberlos acompañado en mis recursos, y no haber cuidado de quedarme con testimonio, mediante mi sencillez y mi poca instrucción en estas formalidades de tribunales, como tan retirado del trato mundano y embebido todo en los ejercicios espirituales que han llamado mi primera atención y celo.

En tan estrecha constitución, en la de no saber el partido que tomar viéndome en el aire mientras no se me incorpore o se me retire de una vez, en la de haber perdido mi carrera y ascensos de justicia en mi nativa provincia según mi mérito; en la de hallarme tan quebrantado de salud con tantos trabajos y tribulaciones, y finalmente en la de haber gastado lo mejor de mi tiempo en tanto como he servido a V.M. no me queda más arbitrio que suplicar humildemente y clamar rendido a vuestra soberana clemencia se digne mandar tenga efecto mi incorporación a esta Provincia del Santo Evangelio, haciéndome verdadero conventual de esta capital, cuyo único consuelo espero de la suma compasión y paternal misericordia de V.M. México y abril de 1790.

Señor

Fr. Martín Cañero

Anexo:

Señor

Penetrado de los sentimientos de piedad y bien impuesto de la irreprensible conducta del suplicante, su mérito, trabajos, servicios y demás que expone, me veo estrechamente obligado a asegurar que es digno de que V.M. incline sus benignos ojos a la humilde súplica que interpone, a que debo añadir (por el deseo que me asiste del mayor lucimiento del coro de este convento grande, cuya atención llama toda la Nueva España) que es muy útil y aún necesario el suplicante por la sonora voz y lleno que da a todo el coro. Sin embargo Vuestra Majestad se dignará determinar lo que sea de su real agrado, a que quedará rendida mi veneración, conociendo que siempre será lo más justo y lo más sabio. México, 26 de abril de 1790.

Señor

Fr. Francisco García Figueroa

Provincial.

Fiscales y reformas eclesiásticas

A lo largo de este año académico 2010-2011, que ahora toca a su fin para mí, gracias a una beca de estancia posdoctoral del CONACYT en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, y la gentil acogida en ella del Dr. José de Jesús Hernández Palomo, he podido dedicarme a revisar, entre otros, expedientes de fundación de conventos franciscanos y de constituciones de cofradías del siglo XVIII y hasta 1820. De su lectura, me queda la impresión de que si bien la historiografía sobre el tema ha insistido en el tema de las Reforma de la Iglesia emprendida por la Corona en esta época, tal vez habría que subrayar mucho más el papel jugado por unos de sus actores fundamentales: los fiscales de Su Majestad en sus tribunales, abogados, defensores tradicionales de sus regalías y en esta época sobre todo de su Real Erario. Dos de ellos en particular me han llamado poderosamente la atención, don Ramón de Posada y Soto y don Lorenzo Hernández de Alva y Alonso.

Peninsulares ambos y casi contemporáneos (Alva nació en 1740 y Posada en 1741), con grados universitarios en Derecho obtenidos en o incorporados a la Universidad de Valladolid, tuvieron una distinguida carrera en los tribunales americanos. Posada fue oidor en la Audiencia de Guatemala, luego fiscal de Real Hacienda en la Audiencia de México, de donde pasaría a fiscal del Consejo de Indias para los asuntos de Nueva España en 1793, culminando su trayectoria con una plaza de Consejero en 1802. En la plaza que dejaba como fiscal le sucedería justamente Hernández de Alva, quien también había comenzado su carrera en un tribunal pequeño, la Audiencia de Santo Domingo, como fiscal de lo civil, pasando luego a la del crimen de la Audiencia de México en 1780, y luego a la civil en 1784, puesto en que le llegaría su promoción al Consejo. A pesar de esa carrera y esos orígenes comunes, sus personalidades ofrecen un cierto contraste: la hoja de servicios de Posada de 1789 lo presentaba como un hombre eficiente, capaz de despachar 21,832 expedientes en poco más de siete años sólo en su plaza de fiscal de Real Hadienda. Hernández de Alva, en cambio, pasó a la historia como un letrado competente, pero caracterizado por su “morosidad voluntaria”, por emplear los términos con que lo describe Carlos María de Bustamente en su continuación de Los tres siglos de México durante el gobierno español. Y en honor a la verdad, uno diría que era cierto: recuerdo por ejemplo el expediente de la cofradía de Nuestra Señora de las Mercedes, que se le entregó por decreto del virrey de 14 de junio de 1792, y que no fue atendido sino por su sucesor, Ambrosio de Sagarzurrieta – otro ilustre reformador, cabe decir – con más de diez años de retraso, en 1803.

Pero más allá de ese aspecto de sus personalidades, uno y otro parecían tener clara la necesidad de reformar a las corporaciones religiosas novohispanas. Es importante destacarlo: reformar era conservarlas, haciéndolas útiles para el público, para la religión y para el rey, separándolas de lo profano si era necesario, o al contrario (y simultáneamente a veces) separándolas del ámbito eclesiástico para evitar los abusos clericales que usurpaban las regalías. Pero no se trataba de un empeño de eliminación, ni había de su parte una política de ataques ni de asestar “golpes mortales” a esas corporaciones. En ese empeño, es cierto, podían convertirse en obstáculos a vencer y convencer para obtener del virrey o del Consejo la aprobación de una solicitud. Al revisar los escritos de las corporaciones religiosas, rara vez se les escapaban los defectos que podían presentar: ¿licencia para un nuevo convento o una nueva cofradía en una capilla ya construida? Pues había que certificar que ésta había sido a su vez erigida con licencia del rey, que como Patrono era el único que podía darla. ¿Se piden franciscanos para atender a los pueblos de la Tierra Caliente? Primero hay que certificar si no bastará con dividir los extensos curatos de la región o con poner un vicario permanente a costa del cura (que no del Real Erario). ¿Una solicitud de una cofradía para cuestar limosnas para su fiesta? Antes hay que comenzar por verificar si tiene licencias del obispo y del rey para subsistir. Y así por el estilo.

Pero si en algunos expedientes parecía que los señores fiscales encontraban siempre  un problema para cada solución (y en ello no puedo evitar el anacronismo de verlos como buenos antecedentes de la burocracia contemporánea), en otros reconocían el valor del culto público, sobre todo del Santísimo Sacramento y los sufragios por las Ánimas del Purgatorio. Eran también capaces de expresar con abundantes adjetivos su reconocimiento al buen ejemplo de confradías y congregaciones devotas, procurando impulsar en ellas la caridad y reducir los fastos cultuales. Asimismo, valoraban la vida conventual, pero que fuera efectivamente tal, claustral, cuidando del debido honor del hábito, y que su tranquilidad no fuera interrumpida por los seglares. Además, sus dictámenes más radicales, no siempre eran seguidos por los Consejeros indianos, que reunidos en sala parecían bien dispuestos a limitar la reforma más que a profundizarla y ampliarla. Minoritarios pues, eran buenos ejemplos de lo que se ha dado llamar el “catolicismo ilustrado”, esa religiosidad siempre preocupada por separar lo sagrado de lo profano, que no podía escapar de sus constantes mezclas.