Archivo por meses: septiembre 2011

Cartas de un arzobispo emigrado

Las revoluciones del mundo atlántico generaron una importante corriente de emigrados, los más célebres sin duda los de la Revolución Francesa, nobles y clérigos en particular, mas no exclusivamente, que huían de la legendaria violencia revolucionaria. En el mundo hispánico los hubo también, desde los que se refugiaron en Mallorca o en Cádiz ante los avances de las tropas francesas en la Península, o los que al contrario, después de largas trayectorias en tierras americanas volvieron a ella con las independencias. Tal fue el caso del único prelado emigrado de la Nueva España, el último arzobispo de México de esa época, don Pedro José de Fronte. Fiel a la Corona hispánica, a pesar del Trienio liberal y sus reformas eclesiásticas, prudente sin embargo ante el pronunciamiento de Agustín de Iturbide de febrero de 1821, dio cuenta de sus acciones al secretario de Gracia y Justicia de Madrid en cartas fechadas en México el 24 de septiembre de 1821, es decir, justo unos días antes de la entrada de Iturbide en México, y del 31 de enero de 1823, desde Huehuetlán, ya a unos días de embarcarse rumbo a la Península para no volver más a su sede. Aquí ambas cartas.

AGI, México, legajo 1906
Primera carta

Excelentísimo señor

La interrupción de correos que experimentamos desde el marzo último ha impedido la llegada de las soberanas disposiciones que vuestra excelencia me haya comunicado en el intermedio, y la contestación mía pendiente sobre algunas recibidas. Mas el acontecimiento funesto que produjo la primera excusa hablar sobre esta materia, cuando él la da copiosa y preferente.
Divulgado en 27 de febrero el nuevo plan de independencia (cuyo primer indicio tuvo por mi conducto el señor virrrey a las ocho de aquella mañana) produjo en la capital una inquietud y sobresalto consiguiente a los fundados temores que inspiraba este suceso. Desde entonces manifesté a dicho señor virrey mi constante adhesión a Su Majestad y Supremo Gobierno, y propuse auxiliarle en aquellos términos que fueran propios de mi clase y ministerio. En su consecuencia pasé el día 28 la circular número 1, y en los días 3 y 9 del siguiente marzo las que indica el impreso número 2. Me es forzoso llamar la atención de vuestra excelencia hacia su contenido, porque a él procuré contraer los principios eclesiásticos y políticos que yo creía más seguros y adecuados al tiempo y caso en que nos hallábamos, de manera que, si hubiere alcanzado otras razones o medios más oportunos, no los hubiera omitido entonces, ni después, en cumplimiento de mis deberes, que he deseado llenar completamente.

Sin embargo, hubieran querido algunos que yo hubiese fulminado anatemas y revivido las que la Inquisición en otro tiempo dictó contra el primer insurgente mexicano, el cura Hidalgo; las que los prelados dictaron contra sus súbditos apóstatas del santuario y erigidos caudillos militares de su grey seducida; y que ahora como entonces se creyere que el gobierno español, para sostener su autoridad legítima, abría una guerra de religión contra los que seguían el partido de la independencia. Yo a la verdad, aunque deseaba dar todo el apoyo que el influjo religioso puede prestar a la legítima autoridad civil, no he abundado en las ideas que en los siglos doce e inmediatos se tenían de la potestad eclesiástica y sus atribuciones. Y aun cuando mis principios hubieran sido tales, no debiera prescindir del estado actual del espíritu público, tan diferente del que reinaba en el año 1810, porque lo que había publicado la imprenta contra el ejército español de la Isla de León en los tres primeros meses del año veinte y lo que dijo para su apología en los posteriores del mismo año; las opiniones que habían manifestado en las Cortes algunos individuos del Congreso, y las providencias tomadas contra varios prelados; la incitación que por anónimos y representaciones se me había hecho para que imitase yo la conducta de los que resistieron los decretos sobre reformas eclesiásticas y otros puntos. Todo esto debía entrar en un cálculo prudente, y convencerme de que produciría un efecto contrario mi empeño en que los eclesiásticos tomasen en favor del gobierno una parte más activa y extensa de la que en mi citada circular había indicado. A más de que, sabedor yo de la opinión y deseos que generalmente reinaban en mis súbditos, todo el apoyo que de su parte podía prometerme se debía contraer no tanto a que fueran apologistas, cuanto a que no se declarasen manifiestos contradictores del actual gobierno español. Tal era la distancia que yo notaba entre sus sentimientos y nociones canónicas, y entre las providencias recientes del nuevo sistema. Y cuando he visto lo que la real orden circular de 3 de mayo último previene a los prelados en su artículo 3º, me complazco en haber adoptado con anticipación ideas y medidas conformes a las que para caso semejante ordenaba el celoso e ilustrado gobierno.

Aunque estoy muy distante de afirmar, que todos mis súbditos hayan recibido los sentimientos que yo poseía y quise insipirarles, en obsequio de la verdad debo decir, que se ha conducido el clero de mi diócesis con más moderación de la que pudiera esperar. Ha habido varios curas que han sufrido ultrajes y vejaciones por su adhesión constante al gobierno, muchos han cedido a las imperiosas circunstancias de la fuerza, y otros, más débiles y menos decididos, no se han anticipado (como en otro tiempo hicieron con los rebeldes) a solicitar de los independientes la sustracción del gobierno legítimo, pues de todo conservo en mi secretaría y hay en la del virreinato constancias multiplicadas. Entre mis súbditos, dos eclesiásticos solamente han aparecido con la insignia de caudillos, y son los que en otro tiempo ya lo fueron, y a los cuales a diferencia de otros muchos individuos, no quise conceder habilitación de su ministerio, porque observaba en ellos la oculta y mala disposición que después han hecho pública. Tal era la conducta del clero fuera de la capital, y según los avisos repetidos que me dieron, la opinión por la independencia se había generalizado, aun entre personas de cuya anterior fidelidad y adhesión a la Metrópoli se habían dado pruebas sobresalientes. Me informaban también que el temor de los pueblos de volver a sufrir los horrores de la primera insurrección se había disipado con alguna regularidad y disciplina que hacían observar los jefes independientes, concluyendo todo que creían insuficiente su empeño para neutralizar o hacer variar el entusiasmo general que notaban por la independencia. Cuando no hubiese tenido otros datos para formar igual concepto, bastarían estas noticias comunicadas de diversos puntos y por personas de cuya veracidad y rectitud de sentimientos estaba satisfecho; y aun en la misma capital, era poco oscura la opinión que reinaba en las cuatro quintas partes de sus moradores.

En estas circunstancias recibí el oficio número 3, a que contesté la copia que le sigue, explicando de palabra a la primera autoridad pública, que entonces lo era el señor general D. Francisco Novella, las razones que atrás dejo indicadas y se contienen en los apuntes que leí a su presencia y de que acompaño copia. Me contestó que estaba satisfecho de mis sentimientos y de mi celo, y que solamente impelido de otros sujetos, de quienes no podía prescindir, me pasó el oficio de que se trataba. Añadió también, que el mismo suceso que había ocasionado su accidental mando era un obstáculo para persuadir con fruto la obediencia debida. Sin embargo, deseando yo fomentarla (aun en momentos en que la defección era pública y escandalosa, pasándose en gran número soldados y otras gentes al campo enemigo, que teníamos a la vista) reproduje las mismas órdenes y sentimientos que antes había manifestado, y extendí en 8 de agosto la circular número 4.

Tales son las providencias que como prelado he comunicado a mis súbditos, y por su conducto a mi grey, en este período difícil y arriesgado, y no he omitido otras gestiones que han estado a mi alcance para apoyar al gobierno y mantener la tranquilidad pública, comprometida mil veces, pero felizmente conservada. Con este fin (a más de la contribución mensual para mantener los nuevos cuerpos militares de defensores y de cooperar al préstamo forzoso que se había acordado) me presté a dar al gobierno el auxilio que creyó hallar en mi opinión y concurrencia. Di la primera acerca de permitir temporalemnte a la primera autoridad pública facultades que la Constitución le negaba, suspendiendo otras que a los ciudadanos concedía. La causa que se alegaba era la mayor que puede haber, la salvación del Estado, amenazada por riesgos que no eran imaginarios. Me hubiera abstenido, sin embargo, de manifestar mi opinión en asunto que no me pertenecía, si no hubiese traido a la memoria que en años anteriores se salvó la patria tomando, entre otras medidas, la que ahora se consultaba, y no quería exponerme a que el diverso procedimiento que yo observara influyese en el resultado diferente, que preveía en la convulsión actual, además se trataba menos de pedir mi dictamen que de unirlo al que ya tenía la misma autoridad primera: esto resulta del documento número 5, y a la verdad, cuando la necesaria defensa obligaba a privar temporalmente a los ciudadanos de sus propiedades en caballos, armas, intereses y edificios, no debía exceptuarse la libertad de publicar sus ideas, harto extendidas y contrarias al mismo Código de quien la recibían.

También hube de cooperar a la conservación del sosiego público, asistiendo a las concurrencias que se celebraron en el palacio del Virrey los días 8 de julio, 30 de agosto, 9 y 12 de septiembre. Fue la primera con motivo de hacer juramento el citado señor Novella de servir fielmente los cargos militar y político que tres días antes le había cedido el señor conde del Venadito. Y aunque por la práctica no debía yo asistir a tal acto, ni por voluntad quería manifestar una oficiosa aprobación de todas las ocurrencias que lo habían preparado, hube de salir de la cama donde me tenía la indisposición en mi salud, porque tres veces fui invitado, y en la última requerido a nombre de la junta ya congregada, representándome el interés de mi asistencia por la tranquilidad pública; fui en efecto, y manifesté que estaría siempre dispuesto a sacrificarme por conservarla y a auxiliar cuanto pudiese al nuevo jefe que tomaba el encargo de ella.

Las otras tres concurrencias fueron para la consulta que éste quiso hacer, con motivo de un pliego que recibió del capitán general y jefe superior político D. Juan O’Donojú, en que se daba a reconocer por estos títulos y comunicaba las providencias consiguientes a ellos y al tratado político que había celebrado en la villa de Córdoba. Pudiera remitirme a las actas de la junta para referir lo que yo opiné, mas como la premura y multitud de concurrentes no permitieron toda la atención que el secretario necesitaba para extenderlas con exactitud, diré sustancialmente lo que expresé así en esta como en las dos que la siguieron. Dije primeramente: que como prelado y cabeza de las corporaciones eclesiásticas, me abstenía de dar mi dictamen en aquellos puntos que creía propios de las civiles y militares que allí habían concurrido, limitándome a protestar mi obediencia a la potestad pública y mis deseos de la paz y sosiego común. Añadí que, como ciudadano, no rehusaba manifestar mi opinión, de que creía oportuna ante todas cosas la venida del señor O’Donojú a esta capital. A consecuencia de esta junta, que un incidente obligó a terminar anticipadamente, se nombraron comisionados que pasaron a instruir al señor O’Donojú del verdadero estado de la capital y de la necesidad de que viniese a ella antes de que se ejecutase lo que había ordenado.

Las resultas de esta comisión produjeron la segunda junta de 9 de septiembre, y en ella se trató como punto preliminar si en defecto de la venida del señor O’Donojú, que por entonces rehusaba, se había de acceder a una entrevista que admitía; pero era de advertir que el señor Novella contemplaba desairada su autoridad por los términos con que se le trataba, y manifestando a la junta “que si había de considerársele como a un faccioso, renunciaba desde entonces el mando que solamente había admitido para evitar daños mayores”, terminó esta exposición con desprenderse del bastón y ponerlo sobre la mesa. ¡Escena terrible! Que temí aumentase el amargo conflicto en que nos hallábamos. De aquí provino el que, interrumpiendo yo el pavoroso silencio, que por algún rato tuvo aquella agitada reunión, volviese a su mano la insignia diciéndole, “que en ningunos momentos y menos en los actuales, debía estar abandonado aquel bastón, y que pues no habían cesado los fines que le habían obligado a tomarlo, no rehusase empuñarlo hasta que lo recibiese el señor O’Donojú”. Añadí también que me parecía justo su pundonor en solicitar de este señor que le guardase la consideración debida al ejercicio en que se hallaba de la autoridad superior militar y política en esta capital; pues las circunstancias le daban la legitimidad que faltara a su origen; pero insistí en que, allanado este primer paso, se procediera al segundo que era la entrevista, acordando previamente el lugar y precauciones que fuesen adecuadas al objeto de ella. Generalmente se convino en cuanto a este punto sustancial, y se nombró una comisión para que hablando con el señor O’Donojú, le manifestase que se verificaría la entrevista, reconociendo antes en el señor Novella la autoridad que en la capital estaba ejerciendo del virreinato, gobierno y capitanía general. Informaron los comisionados que el señor O’Donojú le reconocería como gobernador y general interino, pues que por ordenanza así se consideraba al que no había sido nombrado por el rey, mas acerca del virreinato decía que ya estaba sin uso este título, como se notaba por el nombramiento que él mismo traía. Dada cuenta con esta exposición y con la contestación que por escrito había remitido el señor O’Donojú, yo creí que desaparecía el siniestro sentido y que no se quería faltar al decoro debido a la autoridad superior militar y política que ejercía el señor Novella, por tanto, opiné que se verificase la entrevista como una consecuencia del acuerdo anterior, bien persuadido de que este jefe, después de conferenciar con el señor O’Donojú, no había de obrar si no lo creyese más acertado, pues ni la conferencia podía disminuirle las facultades y recursos que tuviera antes de ella, ni aumentárselos el rehusarla; quedó en fin adoptado este pensamiento, e inteligenciado el señor Novella de que sus operaciones no estaban ni podían estar coartadas por la junta.

Difícil será explicar la amargura que por motivos diversos ocupaba a todos los concurrentes. Quisieran unos verter su sangre antes que presenciar el abandono del teatro glorioso de los más valientes españoles. Les acompañaban muchos en este mismo deseo, pero quisieran conciliar la utilidad del resultado con el precio del sacrificio, y generalmente todos, a excepción de aquellos a quienes ya se hubiese corrompido la sangre española, hubiésemos vertido gustosos la nuestra, si con probabilidad o prudencia nos fuera dado esperar el triunfo. Mas, aunque esta calificación se dejaba a los militares, a quienes exclusivamente pertenecía, y aunque les hará honor eterno el aliento y constancia que manifestaban, no podía ocultarse a nadie su desproporcionado número, ni el peligro próximo de que fuera disminuido. Tampoco se ignoraba el crecido de los enemigos, que antes estuvieron en nuestras filas, ni a éstos podía negárseles el antiguo valor y desprecio actual que de la muerte hacían, después que el 19 de agosto tan bizarramente se batieron a la vista nuestra. Ellos además contaban con el reemplazo y voto casi general de sus compatriotas, y con la fuerza poderosísima de la opinión pública, que tenían bien asegurada a favor suyo. Y sobre todo, aun cuando el heroísimo español, segunda vez y al cabo de trescientos años, se abriese camino hacia la costa, ¿qué ventajas resultarán a los intereses y perosnas de millares de familias que, hoy a diferencia de entonces, quedarían en la capital y provincia, abandonadas a la merced y quizá venganza del ejército enemigo? Vuestra excelencia dispensará estas reflexiones, que no traigo para calificar la conducta de nuestros militares, sino porque considerándolos yo poseídos de ellas, me causaba y causará a todos más admiración su constancia y actitud valerosa, razón por la que estoy muy distante de tomar en mala parte sus exaltados y poco medidos procedimientos a que los llevó este motivo. Yo mismo tuve que combatir algunos, elogiando en mi interior el fin de sus autores, aunque reprobando los medios; pues habiéndose propuesto la junta la creación de otra suprema, cuya presidencia se me daba (y esto con demasiado color y orden interrumpido) fue preciso que tomando la palabra les reprobase yo tal idea con la energía y el celo que me fue posible. Me valí entre otras razones de las recientes especies que había leído en la Gaceta de Madrid del 12 de mayo, pues allí consta el desagrado con que las Cortes y el gobierno habían visto la arbitraria creación de juntas, cuyo objeto no justificaba las resultas que producían. Y contribuyeron a mi intento la opinión que manifestaron los señores generales Novella y D. Pascual de Liñán, la cordura y prudencia de otros concurrentes y la docilidad de los exaltados. Así terminaron las juntas a que yo asistí, y como limité mi intervención en ellas a procurar la tranquilidad, contraje mi opinión en la primera a que viniese el señor O’Donojú a la capital antes de ejecutar lo que prevenía; en la segunda a que se dispensase al señor Novella la consideración que merecía el ejercicio de la autoridad que desempeñaba, y en la tercera a que ya allanado este paso, se verificase su entrevista.

Quisiera haber acertado en los términos y que estos hubieran correspondido al sincero interés que tomaba por la tranquilidad pública, su conservación excitaba mi celo por motivos que las circunstancias habían multiplicado; y nadie quizá me igualaba en saber los que producían inquietud general en el pueblo. Había más de tres meses que mi corazón estaba despedazado con las angustias y recelos que en él depositaban los principales habitantes, antagonistas unos y defensores otros del gobierno español. Los de ambos partidos, opuestos en su objeto, me confiaban acordes el riesgo que por momentos temían, y al pedirme un asilo para sus personas y familias, hallaba yo confirmados a cada paso los mismos temores en que también estaba. Para precaver pues los desórdenes que se temían de los que estaban dentro y de los que asediaban la capital, concedí licencia para que se abrigasen en los monasterios y colegios sus hijas y esposas, ofreciendo para ellos mismos mi casa y persona que sacrificaría en su defensa. En efecto se han llenado de familias los conventos de monjas, y ha más de quince días que las religiosas sufren esta incomodidad, por la evidencia y gravedad del motivo que la ocasiona. Últimamente, cuando estas consideraciones no hubieran vencido la repugnancia que tenía de asistir a dichas juntas, hubiera sido forzoso deponerla a los ruegos que me han hecho para asistir a la última varios jefes y comisionados de las principales corporaciones que estaban convocadas.

Hasta aquí no ha sido dudosa para mí la conducta que debía observar, pues obedeciendo a la potestad pública, y auxiliando sus determinaciones, mis procedimientos en la parte política quedaban justificados, y ninguno de ellos habrá desmentido mi constante adhesión y fidelidad a Su Majestad y gobierno supremo. Más difícil me parece conservarlas en adelante, no porque la esperanza de mejor suerte ni el tempor de empeorarla me separen de los justos sentimientos que he manifestado, sino porque presentándose complicado el cumplimiento de mis deberes, no alcanzo a discernir el modo de llenarlos con mayor utilidad pública, aunque no rehuso adoptar el más gravoso a mi persona. En tal conflicto, me he dirigido a la primera autoridad española (ya que no me es posible hacerlo aquí a Su Majestad y gobierno supremo) manifestándole mi disposición a sacrificarme en su obsequio y pidiéndole interinamente la instrucción a que deba arreglar mis procedimientos. Todo esto resulta de la copia que remito con el número 6, y como de la misma aparece el rumbo que se me detalla, lo seguiré mientras tanto Su Majestad no prevenga otra cosa, quedando dispuesto a ejecutar lo que tenga a bien ordenarme. Por la exposición que precede, observará vuestra excelencia la ansiedad con que aguardo la resolución que solicito, y le ruego tenga la bondad de manifestar a Su Majestad mi sincera adhesión, como justo homenaje que le tributa el menor de los españoles y el más favorecido de su real persona.

Creo también oportuno añadir las circunstancias que en la actualidad están haciendo más difícil mi situación: traslucido mi modo de pensar y aun divulgada la voz que he pedido mi pasaporte para la Península, llegan en estos momentos de agitación a interrumpirme las plegarias de algunos europeos, cuya escasa fortuna y crecida familia les precisa a continuar en este suelo; solicitan que no les abandone, pues ya que no me crean en aptitud futura para hacerles bien, esperan les pueda disminuir o preservar de los males que recelan. Mis diocesanos, por otra parte, reclaman la asistencia espiritual que por mi ministerio debe dárseles, alegando para que no la rehúse la consideración que me han guardado. Yo, señor excelentísimo, quisiera acertar, pero ignoro el medio. Fuera un ingrato si dejase de confesar el respeto que debo a mis ovejas, y el amor pastoral que sinceramente les profeso, sin exceptuar a las que han seguido el partido independiente, ni a su mismo caudillo, pero al comparar esta obligación que me impone la sociedad religiosa con la que primeramente contraje en la política, no descubro para conducirme rectamente otra senda que la expresada arriba.

Finalmente, el haber sabido la diferente opinión que por el gobierno y el público se ha formado acerca de los obispos que han permanecido en sus diócesis o las han abandonado al cesar en ellas la legítima autoridad que había; el no hallar identidad de casos, ni providencias para acomodarlas al difícil en que estoy, me obligan a protestar que en las actuales y próximas operaciones, podrá faltarme el acierto mas no la intención pura de buscarlo.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Méjico, 24 de septiembre de 1821.
Excelentísimo señor

Pedro, arzobispo de Méjico.

Excelentísimo señor secretario del despacho de Gracia y Justicia.

Segunda carta

Excelentísimo señor

En 24 de septiembre de 1821 pasé al conocimiento de Su Majestad por los ministerios de vuestra excelencia y de la Gobernación de Ultramar la conducta política que me proponía observar mientras tanto Su Majestad no me prescribiese otra. Aquella era la que a mi consulta me había prescrito el jefe superior político D. Juan O’Donojú, primera autoridad española en el país de mi residencia. Y como para el caso de que sus operaciones no tuvieran la real aprobación me prescribía el regreso a la Península a continuar en la posesión de ser individuo y ciudadano de la Monarquía, hube de abrazar este camino, luego que el Gobierno Mejicano me participó para mi inteligencia y observancia su decreto de 19 de mayo último, pues su tenor suponía el caso previsto por O’Donojú, y hacía incompatible con mis deberes políticos el reconocimiento de los que establecía, elevando sobre el trono al caudillo Iturbide. Así lo manifesté al gobierno mejicano en 21 de mayo (como vuestra excelencia se servirá observar en la adjunta copia) quien consecuente a la aprobación que en 15 de octubre anterior había dado a mi adhesión condicional, no podía extrañar ni contradecir mi consiguiente separación política.

En efecto, transferidas mis facultades espirituales a sujetos que le prestaban obediencia, salí de la capital en solicitud de reparar mi salud y de ejercer el ministerio pastoral visitando mi diócesis por el rumbo que me aproximase a las costas del Golfo Mejicano, como hasta la fecha lo estoy verificando. De todo dí noticia a dicho gobierno, y de que en la estación oportuna me trasladaría a Europa. Y llegando esta sin que me hubiese dado contestación alguna, le interpelé escribiendo confidencialmente al mismo Iturbide. Éste, después de haber pasado mi carta a su Consejo, que llama de Estado, me indicó en 30 de diciembre su opinión, relativa a que o haga juramento de fidelidad y obediencia al orden establecido, o seré extrañado con ocupación de temporalidades, prestándose sin embargo a otro medio que en mi concepto puede tener el objeto de forzarme indirectamente a reconocerle o constituirme prisionero, bajo apariencias diferentes.

En tal estado, reproduzco lo que dije oficialmente en 21 de mayo, y me dispongo a salir por la costa de Tampico en el buque nacional o extranjero que, teniendo en consideración los riesgos de piratas y periódica epidemia del vómito mortífero, presente mejor oportunidad para mi traslación a Europa. Ignoro el punto a que arribaré y las escalas que podrá hacer el buque de mi transporte. Mas, siendo el objeto y término la residencia del gobierno de Su Majestad, reservo, para cuando se verifique, la exposición de otras circunstancias que pertenecen a este mismo asunto, anticipando desde ahora mi disposición a ejecutar las órdenes que Su Majestad tenga a bien prescribirme. Lo que ruego a vuestra excelencia se sirva elevar a su real noticia.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Santa Visita de Huehuetlán, 31 de enero de 1823.

Excelentísimo señor

Pedro, arzobispo de Méjico.

Excelentísimo señor secretario de Estado y del despacho de Gracia y Justicia

Nuestra Señora de El Chico

El 19 de julio de 1741 el rey Felipe V firmó una real cédula mandando reunir ciertas informaciones sobre sus dominios americanos. El virrey conde de Fuenclara obedeció el mandato en 1743, enviando a todos los magistrados reales de la Nueva España la real cédula con su decreto, acompañados de un oficio firmado por el Juan Francisco de Arenas y José Antonio de Villaseñor y Sánchez, cronista y cosmógrafo del reino respectivamente, quienes remitían el cuestionario para guiar esa información. De ella resultaría el Theatro Americano, publicado poco después por Villaseñor y Sánchez.

Entre las preguntas que incluía el cuestionario, una de ellas, la quinta, es de particular importancia para la historia novohispana, pues tocaba el punto de la “administración espiritual” y de las imágenes milagrosas y sus orígenes en todo el reino. Ya el profesor Pierre Ragon aprovechó los reportes de los magistrados en una obra magistral, Les saints et les images du Mexique  (L’Harmattan, 2003). En ésta y en futuras enradas publicaré algún pequeño fragmento de dichas Relaciones Geográficas, sobre las imágenes que no se incluyeron en el Theatro, en particular las del oriente del reino. Aquí la primera de ellas, el reporte que dio el alcalde mayor de Xalapa sobre los orígenes de Nuestra Señora de El Chico.

AGI, Indiferente, vol. 108, Libro 4, fs. 789-790v, informe del alcalde mayor de Xalapa Adrián Matías de la Haya, 20 de julio de 1743

“Raya este curato a las tres leguas que corren por el rumbo del sureste en el Santuario de Nuestra del Chico, que en tiempos antiguos fue también ingenio de moler azúcar llamado el Chico para distinguirlo de otro inmediato nominado el Grande, y aunque todos los de la jurisdicción han quedado en total ruina, las de éste subsisten en patentes señales de haber sido su dueño de conocida opulencia, según la construcción de las oficinas así servibles a la labor como al gusto, mediante la solidez del material y otros fragmentos, y si por la ruina de los tiempos quedaron todos los ingenios en total demolimiento, éste mantiene la capilla que le servía a los trabajadores, y en los presentes tiempos es el atractivo no sólo de la comarca circunvecina, mas también de parajes distantes donde es conocida la devoción y milagros de Nuestra Señora del Chico, por el prodigio así de su origen como de su existencias que se sabe sólo por la tradición siguiente:

Estando este suntuoso ingenio en su auge y habitado de su propio dueño, se introdujo un día por las casas de la vivienda una mula cargada de un cajón, como extraviada de la recua, según se conoció así en la solicitud que hizo su dueño, hallándole descargada, y pronta para su entrega, que se le hizo por las señas que dio de ella, y habiendo pasado algunos días, volvió la mula con el propio cajón, que hecho descargar por el dueño del ingenio, entró éste en tan inquieta curiosidad que, determinado a abrirle, halló en él esta hermosísima imagen de María, señora nuestra en el misterio purísimo de su Inmaculada Concepción, con cuyo gozo dicho dueño desatendiendo la consideración de no serlo el de prenda tan estimable, la colocó en su sala con la devoción fervorosa que le ocasionó advocarse la propiedad, la cual defendió tan reciamente en la ocasión que recurrió segunda vez el arriero en su solicitud, que lo redujo a conocer que el dueño que había sido de aquella imagen no lo era ya, sino de pedir la remuneración que le dictara su voluntad, y así posesionado de ella, le hizo fabricar una capilla bien espaciosa, techada de artesón muy primoroso y la adornó a todo costo de varios lienzos de pintura, de que subsisten algunos, con diversas y buenas hechuras de escultura para diferentes altares del cuerpo de la capilla, circundada en cuadro de un atrio muy capaz para las procesiones, y adornado de almenas, y con otros varios esmeros que verifican el que puso tanto este devoto caballero que evidenciándose su opulencia no parece tenía otro objeto en qué gastarla. Pero en el transcurso de los tiempos, habiendo decaído el corriente de los ingenios y llegado como todos éste al último exterminio, fue demoliéndose la fábrica de las oficinas, y destruyéndose la capilla así en extravíos de sus ornatos como en quebranto de los maderajes del techo, por descuido en las lluvias, de tal suerte que se hallara tan desierto como los demás ingenios a no haber la Señora prodigiosamente defendido la elección que parece hizo de aquel sitio para su morada, pue son habiendo quedado ya casi otra prenda que trasponer que esta devota imagen, al quererlo ejecutar con la misma facilidad que tenían siempre en decenderla de su nicho para su adorno, no fue posible dejarse mover por cuantas diligencias se hicieron con el intento de enagenarla; cuyo prodigio, causando el efecto que es natural en católicos corazones, se mudó de pensamiento en cuanto al de sacar a la Señora de su casa y al eco de tal novedad, no habiéndose movido otro género de gente que algunas familias pobres, que suelen ser las más dispuestas para acciones tales, se avecindarios en las inmediaciones del santuario y se fueron agregando algunos indios, que uno y otro género de gente se halla comprendido en las familias de este pueblo, y entre todos, mirando por el aseo de la capilla al tamaño de sus posibles, no les fue a reparar los quebrantos y deterioros de la iglesia y su ornato, hasta que pocos años ha, con la aplicación de un eclesiástico celoso, reducido a vivir de pie en el santuario, se fue poco a poco recorriendo y adornando con las limosnas de los que acudían de varias partes a verificar su romería y promesas por los beneficios experimentados en la invocación de esta soberana señora, cuya estructura es de talla estofada primorosamente y su tamaño no llega al natural, y aunque de la propia talla se conoce tener tambien formado en igual proporción su pelo, la materialidad de los devotos que comenzaron a cuidar del aseo y adorno de la Señora no se contentaron menos de componerla cabellera postiza, que sobre puesta a la de la talla, no deja de hacerse alguna cosa reparable. En el presente tiempo tiene ya formada cofradía, y en algunos que ha tenido capellán continuo de asistencia, por la que hallan pronta los peregrinos devotos, se ha experimentado suficiente fomento al culto de la Señora y más menesteres del Santuario, y por estar este en paraje inculto y ceñidos en el recinto su vecindario, salen estos a parajes distantes a hacer su siembra de maíz y lo demás que necesitan para su manutención”.

La capilla del Rosario de Orizaba

Catedral y parqueEl Ilustre Ayuntamiento de la villa de Orizaba, cabeza de la república de españoles de esa población, se presentaba cada 1o. de enero en la iglesia parroquial, bajo de mazas, para celebrar la misa de acción de gracias con Te Deum después de haber elegido a sus dos nuevos alcaldes ordinarios anuales. Mas la celebración no tenía lugar en el altar mayor de la parroquial, sino en una de las capillas laterales: la de Nuestra Señora del Rosario.

No era ninguna casualidad. Situada en la nave de la Epístola, es decir, entrando sobre la derecha, prácticamente a la mitad de ella (en la quinta bóveda), separada apenas del cuerpo principal de la iglesia, era un edificio de notables dimensiones: su ancho es comparable a una de las naves de la parroquial, teniendo un tercio de su largo, e incluso su cúpula era ligeramente más alta que el cimborrio de la principal. Monumental pues, destacaba también por su ornato. En 1765 los tenientes de cura de la parroquia la tenían como un edificio de “primorosa arquitectura”, adornado con varios retablos valiosos en más de 7 mil pesos, habiendo costado su construcción más de 16 mil.

Es cierto, había sido la obra de una de las numerosas corporaciones religiosas de seglares de la villa: la archicofradía de su titular, en particular de su primer mayordomo, D. Gaspar de Bedriñana, quien entre 1715 y 1736 había reunido lo necesario para su construcción. En ella, ciertamente, se veneraba una imagen prestigiosa, como lo prueban las obras pías para la celebración de la fiesta en su honor cada 30 de octubre, que suman una decena entre 1767 y 1783, a más de las diversas donaciones y limosnas más modestas que recibía hasta mediados del mismo siglo XVIII. Empero, prácticamente desde su construcción era mucho más que la capilla de una devoción, pues se había convertido en el depósito del Santísimo Sacramento, esto es, servía de Sagrario de la parroquia, sede permanente de la presencia real divina en la Eucaristía.

Aún más, se convirtió pronto en uno de los lugares predilectos para el entierro de los notables orizabeños. De hecho, ahí se enterraría uno de los regidores fundadores del ayuntamiento, don Juan Antonio de Cora en 1794, pero también magistrados reales como el alcalde mayor Juan Sevillano, el comisario del Santo Oficio Francisco Rengel del Castillo, cosecheros de tabaco como Sebastián del Pozo y Diego Pérez, y desde luego sus esposas, como Da. Francisca Petronila Castelán y Da. María Antonia Alexos. Incluso el párroco de la villa, Francisco Antonio de Illueca había mandado en su testamento de 1772 que se le enterrase debajo del presbiterio de esa capilla.
Por supuesto, en el particular contexto orizabeño, de enfrentamiento constante entre la república de españoles y la de indios, la capilla tenía además la ventaja de salir por completo del dominio de estos últimos. En ello insistieron en 1765 los tenientes de cura de Orizaba: había sido “fabricada a costa de españoles sin intervención de indios”. Cierto, no dejaba de ser más pequeña que la capilla mayor de la parroquial, pero gracias a sus imágenes, a la presencia divina misma, al prestigio de los devotos y a la estética misma de su arquitectura y ornato, constituía bien un espacio sagrado adecuado para las ceremonias de la corporación de los españoles de Orizaba.

Devotos a las imágenes en tiempos de guerra

Es septiembre ya, y se acerca, como cada año, la conmemoración del inicio de la Guerra de 1810, por lo que parece un buen momento para hablar de la devoción a las imágenes religiosas en aquella época. Es un tema particularmente conocido, casi se diría que ya demasiado clásico en nuestra historiográfica, pues se sabe bien que insurgentes y realistas enarbolaron a sus santos patronos y a las advocaciones marianas más diversas, comenzando por Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac y Nuestra Señora de Los Remedios. Algunas ostentaron (y todavía hoy, como la bella imagen de Nuestra Señora del Carmen de Teziutlán) sus bandas de generales o generalas de los ejércitos. Otras se convirtieron en banderas y en estandartes, o en símbolos llevados en los sombreros de los combatientes. Fenómeno en realidad nada nuevo en el mundo cristiano en general: en tiempos medievales el carro de guerra del Emperador bizantino llevaba a su frente un icono de la Virgen, la Nikopea, cuya sola visión se decía podía cegar a los enemigos del Basileus según recordaba Hans Belting en Image et culte (Cerf, 1998). Y si ya aquel icono imperial terminó en manos de los enemigos cruzados, hubo también imágenes novohispanas que sufrieron las terribles represalias de una guerra civil como la de entonces, con casos tan dramáticos como la mutilación y el fusilamiento de las de la parroquia de San Juan Bautista Coscomatepec a la entrada de las tropas realistas en esa población en 1813, que alarmó el espíritu público de buena parte del reino, como en la villa de Orizaba, según contaba un alarmado vecino, don José Casimiro Roldán en su diario.

Todo ello es bien sabido, y sin embargo tal vez no esté de más decir que los novohispanos no sólo abanderaron sus imágenes religiosas, en esos tiempos de crisis del Imperio hispánico. Su recurso a ellas, su revaloración incluso, tenía aspectos acaso más modestos, más íntimos incluso y sin duda más clásicamente devotos y religiosos, y no menos significativos de la intercesión cotidiana y de las esperanzas puestas en ellas. Así, quisiera simplemente evocar al respecto dos documentos de dos personajes casi anónimos, que desde las ciudades de México en 1809 y Oaxaca en 1815, hicieron llegar a las más altas autoridades de la monarquía cartas en que daban cuenta de su devoción. Se trata de las instancias de José Villegas Puente, fechada en México el 26 de abril de 1809 (AGI, México, 1895) y de José María Giral, desde Oaxaca en 22 de agosto de 1815 (AGI, México, 1903), casi perdidas en medio de las siempre numerosas cartas que hoy forman los legajos de “instancias de parte” de la sección Audiencia de México del Archivo General de Indias. Hombres ya mayores, Villegas de más de 60 años y Giral al menos de más de 50, tenían en común haber sido “empleados”, es decir, habían hecho carrera al servicio de las oficinas del rey. El primero no detalló sus servicios, el segundo en cambio incluyó hasta su hoja de servicios, que muestran una brillante carrera culminada como tesorero de las Cajas Reales de Acapulco, donde afrontaría la época más difícil de la guerra.

Habiendo trabajado para la Real Hacienda, Giral incluso como contador de diezmos, es decir, representando la reorientación de prioridades de la monarquía hispana en esos finales del siglo XVIII, hacia preocupaciones más seculares digamos, sus cartas muestran que ello no impedía que fueran fieles devotos. De hecho, inciaban casi haciendo una verdadera profesión de fe: “Creyendo siempre, desde el uso de la razón que no puede moverse la hoja del árbol sin la voluntad de Dios”, decía Giral, mientras Villegas se declaraba específicamente devoto (“mi verdadero entusiasmo, mi lealtad, mi amor, mi patriotismo y confianza”) del Cristo de Santa Teresa y de la Virgen de los Remedios. No era una devoción simplemente interiorista, pues eran sensibles a los fastos del culto. Giral en particular podía probar que su devoción lo había llevado a glorificar a las imágenes de la Virgen desde tiempo atrás, promoviendo en diversas Catedrales e iglesias principales del reino y en particular de la Ciudad de México la devota práctica de cantarles constantemente “de rodillas, con diversas composiciones de música de órgano, violines y voces”, la breve oración siguiente:

Sancta Maria Dei Filia
Sancta María Dei Mater
Sancta Maria Dei Sponsa
Ora pro nobis Dominus

Más todavía, “no dudando que comprende una muy cosiderable parte de este debido culto” a las imágenes “la loable costumbre” de colocarlas “en las piezas decentes que habitamos”, Giral emprendió en la década de 1790 desde Puebla, una campaña en ese sentido, pidiendo para ello abundantes indulgencias por los obispos novohispanos. Combatía así, decía el “oropel de la moda”, la cual había “logrado desterrar de algunas salas y otras piezas las sagradas imágenes” en beneficio pinturas u otros “objetos ridículos”. Los años de guerra lo convencieron de aumentar sus esfuerzos: luego de salir de Acapulco en 1814, “evadido por la misericordia de Dios”, ya en la Ciudad de México, reemprendió su campaña, obteniendo el favor del arzobispo electo Bergoza y Jordán. Aprovechó claro está el recurso de la prensa, y difundió las indulgencias concedidas en avisos al público sueltos y en los periódicos, en una empresa que estimaba tanto más necesaria “en el deplorable tiempo en que aún no se había restablecido el utilísimo e incomparablemente benéfico y santo Tribunal de la Inquisición”.

Villegas, más modesto, pero más directamente preocupado por las autoridades provisionales de la Monarquía, envió en su auxilio 25 estampas del Cristo de Santa Teresa y otras 25 de Nuestra Señora de los Remedios, una para cada miembro de la Junta Suprema Provisional Gubernativa de 1809, que estaba seguro los protegerían “de las tiranías de Napoleón”. Prometía además remitir pronto otro centenar de imágenes, para que las llevaran consigo los generales leales a Fernando VII.

Y es que en el pensamiento de Villegas, los hechos recientes confirmaban el carácter milagroso de las imágenes. Sin solución de continuidad alguna, los milagros cotidianos tradicionales que una y otra imagen proporcionaban al público local, se multiplicaban ahora en beneficio de la causa del rey ausente. Así, la Virgen de los Remedios no sólo había llevado a la capital novohispana las lluvias, que caían de inmediato apenas se le llevaba en procesión de su santuario a la ciudad, sino que en ese mismo día, hizo “el milagro de librarnos de la escuadra francesa de 14 mil hombres que venía para este reino”, sirviéndose para ello de los ingleses protestantes. Era claro pues, “dos milagros hizo a un tiempo”.

De ahí que nuestro devoto pudiera declarar confiado “luego que lleguen a las reales manos de Vuestra Majestad, en el mismo instante salen fugitivos cuantos enemigos existen en esos reinos”, e incluso el mismo Napoleón podría hasta convertirse.

Desde luego, la historiografía reciente, y en particular debo citar aquí los trabajos de los profesores William B. Taylor y Brian Connaughton, se ha interesado en el tema de la renovación de las prácticas de culto entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Mas acaso por su perfil fundamentalmente institucional, hay aún, o al menos tengo esa impresión, cierta tendencia en nuestra historiografía a ver esos años fundamentalmente bajo de la decadencia. Cierto, estos dos no son sino ejemplos muy particulares y acaso aislados, pero invitan me parece a seguir estudiando de qué forma la guerra podía incluso hasta fortelecer en ciertos devotos, la confianza en las “soberanas imágenes”.