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¿Templarios?

La información internacional del mes de julio pasado estuvo particularmente marcada por el doble atentado de Oslo, la explosión en el centro de la capital y el tiroteo contra los jóvenes socialdemócratas reunidos en la isla de Utoya, perpetrados en principio por Anders Behring Breivik. Unos días antes, la información más frecuente sobre la violencia en México, estaba relacionada con los operativos de la Policía Federal contra una organización criminal instalada en Michoacán denominada “Los Caballeros Templarios”. Entre uno y otros hay sin duda muchas más diferencias que similitudes, aunque sin duda hay una bien palpable, la violencia criminal, y una referencia cultural común: la medieval Orden de Pobres Caballeros del Templo de Salomón, orden religiosa de caballería fundada por cruzados de origen franco en el siglo XII, para protección de los peregrinajes en Tierra Santa, y disuelta en el XIV luego de un célebre proceso de herejía y otros delitos (desde brujería hasta sodomía) llevado ante la Inquisición francesa, y cuyos últimos miembros fueron quemados en la hoguera por decisión del rey Felipe IV en 1314.

Tengo la impresión de que sería por sí mismo interesante seguir los enredados caminos de aquella Milicia de Cristo a lo largo de la historia. Ella ha generado una vasta literatura, fundamentalmente novelas históricas (como el célebre Los reyes malditos del ya fallecido Maurice Druon) y obras esotéricas, hasta terminar sirviendo de inspiración a criminales de tan distinto género, pero me temo que no será empresa del que escribe estas líneas. En cambio, creo que puedo al menos llamar la atención sobre lo que uno y otros recuperan del Temple.

Tal vez es un poco obvio decirlo, pero parece claro que más que de los Templarios como orden religiosa, estamos hablando de ellos como orden de caballería. Puedo desde luego equivocarme, pero no he visto ninguna alusión a sus prácticas religiosas, a sus votos monásticos o siquiera a la devoción a su santo patrono (San Jorge). Así pues, Breivik, con su tan difundida imagen portando el manto con la cruz roja de los caballeros y su pertenencia (desconozco si confirmada) a un grupo que habría adoptado el mismo nombre de la orden, se entiende que reivindica sobre todo su carácter de guerreros, de una organización militar jerárquica y dotada de una cierta mística, e incluso de un carácter secreto o “hermético”, que es la imagen difundida de la orden en la literatura esotérica contemporánea. Cierto, se trata, para él, de los defensores de la civilización europea contra la civilización árabe musulmana, la primera sin duda “cristiana” por su pasado, la Cristiandad, pero no porque su presente o futuro estén directamente asociados con una práctica religiosa definida. De ahí la ambigüedad de la denominación que se le dio en la prensa de “fundamentalista cristiano”, pues no parece que en sus ideas políticas haya un proyecto de teocracia claramente definido, que lo hay en cambio en algunos otros sectores de la extrema derecha europea.

Del otro lado del Atlántico, los “templarios” michoacanos parecen ir también en un sentido semejante. Lo más difundido de ellos en la prensa ha sido un “Código de conducta” que ya es sin duda significativo en su nombre, pues los Templarios tenían una regla, como cualquier orden religiosa, adoptada de las de San Agustín y de San Benito de Nursia. Hay ciertamente en este caso una declaración de creer en Dios, pero sin especificar en manera alguna una profesión de fe concreta, algo así como en los escritos de Breivik hay conceptos ambiguos como el de “cristiano agnóstico”, si bien contrario al noruego los michoacanos  declaran su apoyo a la libertad religiosa. De manera harto paradójica, recuperan valores “tradicionales” y en efecto de inspiración cristiana, como el honor, el combate de la injusticia, y la protección de los débiles, pero más que todo ello, se nota de nuevo la asociación del Temple con una organización cerrada, secreta, cuyo único voto explícito es el de silencio y su único ritual declarado es el de ingreso (porque claro está no hay manera de salir).

En ese sentido, esa referencia cultural compartida, lejos de ser profundamente religiosa, está más bien profundamente secularizada, como muestra bien el hecho de aceptar de manera más o menos clara el principio de la laicidad. Aun si tiene un componente “místico”, por así decir, no se trata aquí de aquel viejo temor de los publicistas liberales del siglo XIX y principios del XX, de ver levantarse el estandarte de la defensa de la religión, que entonces era criticado sobre todo por ir en contra de la propia moral cristiana, en el entendido de que para los liberales la moral estaba por encima de la religión. Claramente pues, estos “templarios” del siglo XXI, contrario a los medievales, no pelean por una causa religiosa, y menos aún, si nos atenemos a sus numerosas víctimas, conocen nada de moral.

Bendiciones para todo y contra todo

En otra oportunidad he tratado por aquí el tema de los conjuros contra los elementos, ahora quisiera evocar otra tradición asimismo muy cara al catolicismo del Antiguo Régimen, exigida incluso por los pueblos al clero: las bendiciones. Ya Jean Delumeau, en su obra Rassurer et protéger, ha dado cuenta de esta práctica, utilizada por lo común para proteger los diversos objetos y seres vivos ante cualquier peligro natural y sobrenatural. Las más frecuentes contaban con su propio ritual, que seguía más o menos un mismo esquema: una invocación, una oración, y desde luego, la aspersión con agua bendita con hisopo, por parte de un sacerdote revestido al menos de sobrepelliz y estola. Algunos de los objetos bendecidos, se convertían a su vez en protectores e incluso en remedio para las causas más diversas. En tiempos de la Reforma católica, en aras de combatir prácticas que comenzaban ya a considerarse “supersticiosas”, los prelados comenzaron a tratar de ordenarlas y de suprimir su número, e incluso fueron muy pocas las que llegaron a incluirse en el Ritual Romano, que en principio debía normar las prácticas en la materia en todo el orbe católico. Empero, hubo un buen número de rituales posteriores que las siguieron incluyendo, es cierto que de manera más bien limitada.

Citemos en primer término las que sin duda hoy llaman en particular la atención: los objetos protectores. Algunos estaban asociados a ciertos santos patronos, como las palmas de San Pedro Mártir, “contra rayos, granizo y tempestad”; los cordones, velas y panes de San Blas para el mal de garganta, o el agua de San Ignacio de Loyola para los enfermos. Otros eran más generales, como los panes de San Nicolás Tolentino y los de San Diego,  las rosas de Santa Rita, o el cíngulo de Santo Tomás de Aquino, asociado a la castidad. Por supuesto no todo era para proteger esta vida, sino también para el más allá, como el más conocido hoy en día, el escapulario de Nuestra Señora del Carmen. Muy popular en el mundo hispánico para servir como mortaja era el hábito y cuerda de San Francisco de Asís, aunque existía también la correa de San Agustín, y en cuanto a mortajas podían ser utilizados otros hábitos religiosos. Y es que justamente la mayor parte de estos objetos estaban asociados a las órdenes religiosas: los bendecían franciscanos, dominicos y agustinos, por lo común mas no exclusivamente, en las respectivas festividades de los santos, y los distribuían a cambio de limosnas de los fieles.

Por supuesto, los manuales y rituales, comenzando por el Ritual Romano, comprendían también bendiciones de objetos más cotidianos. Este último incluía la de las casas, especialmente el Sabado Santo, de los alimentos, en particular primicias del campo, panes y huevos; y asimismo personas, como los peregrinos. Un poco más amplia solía ser la lista de los otros manuales en circulación: el de los franciscanos de Michoacán de fray Ángel Serra (1697) contaba también la de las camas, camas de enfermos y aposentos. El del padre jesuita Venegas, completado por el padre Juan Francisco López, retomaba del Manual Toledano y de las obras del cardenal Lambertini (Benedicto XIV) la bendición de la tierra sembrada, la de aguas infectadas, de los caballos y de los animales enfermos. El de fray Agustín de Vetancourt (1729) contaba también la bendición de las semillas, de las redes de pescar y de las primeras yerbas en la fiesta de San Juan Bautista. En buena prueba de que estas bendiciones no se oponían sino que complementaban el saber médico de la época, el Manual de fray Diego de Osorio (1748) contaba también la bendición de las medicinas, distinguiendo entre las que se aplicaban para enfermedades naturales y las que se administraban a enfermos bajo “algún maleficio o hechizo”.

Tema aparte es el de las bendiciones de los ornamentos sacerdotales, iglesias con todos sus elementos (desde la primera piedra hasta la campana), o bien de otros símbolos, incluidos por su importancia no en el Ritual sino en el Ceremonial de los obispos, como las espadas, las banderas militares y los estandartes. En la Monarquía hispánica se contaba entre estos últimos al Pendón Real, el estandarte que se utilizaba para las proclamaciones de los nuevos monarcas.

Y podríamos seguir con la enumeración según el manual, ritual o ceremonial a la mano, según fuera de las órdenes religiosas o del clero secular, adaptado al Romano o al Toledano, editado en el siglo XVI, en el XVII o en el XVIIII (e incluso en el XIX), etcétera. Sin embargo, aunque sin duda se insertaban porque seguían siendo útiles, nos resta el tema amplio y difícil de saber qué tanto se utilizaban y bajo qué circunstancias. En todo caso, estos rituales son buena muestra de hasta qué punto la Iglesia protegía desde lo más íntimo e individual, hasta los cuerpos políticos, pasando por las preocupaciones cotidianas de las comunidades locales, campesinas fundamentalmente. Y para no terminar la entrada sin citar al menos una de esas bendiciones, aquí uno particularmente útil, la dedicada a San Antonio de Padua (o de Lisboa) contra las lombrices, tomada del Manual de administrar los Santos Sacramentos de fray Agustín de Vetancourt (México, 1729) y del Manual para administrar los Santos Sacramentos arreglado al Ritual Romano de fray Diego Osorio (México, 1748) ambos, claro está, franciscanos.

Oración de San Antonio de Padua para matar lombrices
y se diga tres veces a honra de la Santísima Trinidad
Potestas Dei + Patris, Sapientia Filii, + et Virtus Spiritus + Sancti 
liberet te et sanet te ab infirmitate lumbricorum et exeant de corpore tuo, 
et convertantur in aquam in honorem Sancti Antonii de Padua Confessoris. 
Dum appropiant super te nocentes, ut edant carnes tuas, ipsi infirmati sunt et ceciderunt
fiat +, fiat +, fiat +,
Jesus Maria.

Reformando la música de la Nueva Galicia

DSCF3180En los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, recorrió la extensa diócesis de Guadalajara su obispo D. Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo. Prelado estricto y reformador, emitió primero una serie de largos mandatos contemplando numerosos aspectos de la vida religiosa de su grey, remitidos con el edicto de visita a sus súbditos, los párrocos en 1797. Mas ya en las parroquias mismas, él personalmente o a veces los visitadores comisionados, dictaron mandatos en temas incluso más diversos, por lo que los cuatro voluminosos cuadernos de más de mil fojas que reúnen los autos de visita, remitidos al rey en febrero de 1804, cumpliendo con sus obligaciones de prelado regalista, son una fuente inapreciable para la historia religiosa neogallega.

Entre esos múltiples temas, quisiera destacar aquí el de la música. Cierto, no se trata de un tema recurrente, pues aparece sólo en seis autos de visita, los de las parroquias de Lagos (que vemos en la imagen), Real de Pánuco y Veta Grande, Zapotlán el Grande, Colima, Tepic, Ixcuintla y del santuario de San Juan de los Lagos. Sin embargo, se aprecia en ellos una sensibilidad interesante a destacar a propósito de lo que debía ser la música litúrgica, y que podría resumirse en tres puntos: sobriedad, decencia y clericalización.

Lo más evidente es que monseñor Ruiz Cabañas era más bien partidario de la sobriedad: más que un coro numeroso, dice el mandato concerniente a la parroquia de Lagos, era “muy de su gusto siempre que vaquen las del día el que no haya más de dos cantores bien impuestos en su obligación”. Lo mismo fue en la parroquia del Real de Pánuco y Veta Grande, donde el obispo estimaba conveniente “establecer un número determinado de pocos y buenos sean cantores solos con organista o también músicos”. Prelado del catolicismo ilustrado, no se complace en el fasto excesivo, en la abundancia de cantores e instrumentistas, para acompañar las celebraciones. Empero, ello no quiere decir que no buscara el correcto culto de las imágenes religiosas.

Así es, el auto de visita del Santuario de San Juan de los Lagos es buena prueba. El visitador enviado por el obispo se ocupó ahí, al contrario, de reorganizar la capilla de música, en principio aumentándola conforme a las rentas disponibles de la iglesia. Ante todo, para garantizar su perennidad, mandó que hubiera “escoleta”, es decir, ensayo de músicos y cantores dos veces por semana, para aprovechar la oportunidad para formar a los que quisieran integrarse a la capilla. Además mandó completar una “mediana capilla” aumentando plazas para tres cantores, dos músicos de “instrumentos de soplo” y un violín. Mas cuidadoso también de la decencia del culto, mandó reemplazar el bajón que ya “no es instrumento propio en el día”, por un bajo. La capilla del Santuario podía quedar así decentemente dotada y organizada, como correspondía al culto de la imagen que albergaba.

En fin, el canto no debía ser dejado a los seglares, sino que era propio de las obligaciones sacerdotales. Lo vemos en Zapotlán el Grande y en Colima donde el mandato episcopal ordena que, los domingos y días festivos, los maestros de capilla dedicaran tiempo para enseñar el canto llano, no a los cantores, sino a los propios clérigos. Cierto, ello es además es significativo respecto de los conocimientos musicales de los eclesiásticos de la época, pero ante todo muestra que el coro seguramente hubiera querido escuchar el obispo a su paso por las parroquias de su diócesis, no era sino un coro de sacerdotes.

Sobra decir que estamos lejos de conocer con detalle todo lo que sucedía en la historia musical de las parroquias novohispanas del siglo XVIII, pero sin duda la exploración a detalle de otros autos de visita episcopales podría dar mayores luces al respecto.