Archivo por meses: febrero 2011

Unos frailes profanos: los juaninos de Orizaba

El 18 de enero de 1771, el párroco de Orizaba D. Francisco Antonio de Illueca mandó revisar el archivo de su curia eclesiástica para buscar los documentos fundacionales de una de las corporaciones religiosas más antiguas de la villa: el convento hospital de la Inmaculada Concepción de los frailes de San Juan de Dios, los juaninos. Su notario presentó una escritura que databa de 1618 en la cual se establecía la fundación del hospital y las obligaciones de los frailes. Examinado todo, el párroco mandó se abriera un proceso sumario para recabar la información sobre las faltas de los religiosos a dicho compromiso. Y en efecto, entre el 18 y el 28 de enero declararon ante el párroco cinco testigos, todos confirmando la mala conducta de los juaninos. De hecho, leyendo atentamente las declaraciones, uno diría que prácticamente se perfila un auténtico “contramodelo” de la vida religiosa del siglo XVIII.

Cabe sin duda recordarlo, en esta época se exigía de los clérigos y religiosos ciertos criterios de seperación. Tal había sido, ya en el siglo XVI, uno de los puntos principales de la reforma de la Iglesia emprendida en particular por el Concilio de Trento. El clero debía tener cierta distinción por su estado, que tenía múltiples aspectos, que se irían consolidando en el curso de los siglos siguientes. Ambos cleros eran distintos al resto de la sociedad, a los seglares, por las actividades que podían ejercer, la más notoria, la administración de los sacramentos, en particular la Eucaristía, y la predicación en el caso de los religiosos. Desde luego, lo eran también por las virtudes que debía caracterizar a su estado, la castidad sin duda la más conocida de ellas, propia del celibato eclesiástico. Pero la lista es mucho más extensa e incluye oficios que, en principio les estaban vedados (el comercio, la minería), espacios que les estaban reservados (los templos, en particular el presbiterio, los claustros conventuales, las sacristías), diversiones que les estaban prohibidas (el juego), vestimentas que debían portar (la sotana o al menos el traje talar, los hábitos de los religiosos), entre muchos otros.

Ilustrativas a contrario de esos criterios de separación, las declaraciones denunciaban constantemente en los juaninos las peligrosas mezclas a las que se prestaban voluntaria y culpablemente. Los frailes mezclaban los símbolos sagrados con ambientes profanos: se acusaba por ejemplo a uno de los enfermeros de haber llevado la imagen procesional de San Juan de Dios a las peleas de gallos “con grande indecencia”, pidiendo limosnas con ella al final de las peleas dando la vuelta al palenque. Mezclaban también los objetos destinados al culto: así era con las propias limosnas recolectadas, destinadas en principio al culto del santo patrono y al mantenimiento del hospital, y que habían sido apostadas por los religiosos en las propias peleas de gallos. Asimismo, mezclaban los destinos de lo recaudado para la que era su vocación principal, es decir, lo que recibían para atender a los enfermos, “defraudando a los bienhechores”. Según los declarantes, la comida enviada al hospital “se la comen los frailes”, o las enviaban a otras personas, al igual que otros donativos en especie, desde sábanas hasta las tejas de la enfermería, e incluso habrían revendido los medicamentos donados por los boticarios de la villa. Más grave aún que todo lo anterior, “hasta la plata de la iglesia” del convento hospital, incluyendo una custodia, había sido empeñada en las tiendas, lo que escandalizó al párroco lo suficiente como para que éste acudiera en rescate de tan preciosos objetos. Mezcla en fin, que no respetaba la dignidad de su propio convento hospital, donde se habrían celebrado no sólo juegos de azar sino también fandangos, “con concurrencia de mujeres”.

Sobre todo, estaba la mezcla de las personas de los propios frailes con diversas formas de ambientes profanos. En principio, estaba la falta de atención a su regla, la hospitalidad, mezclándose en asuntos no propios de ella. Habrían dejado incluso completamente abandonado su convento, para salir a recolectar limosnas, un acto que si bien los propios religiosos en su momento defenderán como propio también de su instituto, estaba bastante lejos de ser apreciado así por los declarantes. Algo semejante era su ejercicio como médicos particulares, careciendo de título para ello, que los llevaba a las casas de enfermos que no eran de su responsabilidad, dejando solo el hospital hasta en las noches, por éste y otros motivos. Los declarantes insistieron en pintar con los más negros colores el cuadro de la desatención de los juaninos, capaces incluso de rechazar los enfermos que se les enviaban y de dejar cerrada la enfermería.

En segundo lugar, estaban sus faltas al “honor del hábito”, por las que se mezclaban con los seglares. Tema especialmente grave, sobre todo por ser motivo de “escándalos públicos” entre los habitantes de la villa, siendo que ellos como frailes tenían que haber sido buen ejemplo de virtudes. Ellos que debían mantenerse alejados de diversiones mundanas, asistían, ya lo hemos dicho, a las peleas de gallos, pero también a las “comedias de noche” y a los fandangos. Se esperaba que fueran ejemplos de paz, mas habían caído en graves “embriagueces” y se “habían ido a los golpes”, o bien al perder en las apuestas las habían pagado “con pedradas y con palos”.

Lo peor, debiendo ser ejemplos de castidad, habían caído en sucesivos “amancebamientos”. Éstos se agravaban por todo lo que traían consigo. En principio, los declarantes denunciaban constantemente su mezcla con mujeres de “baja calidad” a las que citaban más que por sus nombres, por sus apodos: “la Carrizala”, “la Ventera”, “la Juilitos”, “la Sesanta”, “la Maromera”, “la Platilla”, no omitiendo en ciertos casos indicar que se trataba de “mulatillas”. Citado normalmente al lado de la embriaguez, se diría que el “amancebamiento” entraba también en la categoría de los vicios, pues algunos de los frailes fueron denunciados por tener sucesivas “madamas”, e incluso un antiguo prior era recordado porque “estuvo en incontinencia con hija y madre”. Todo ello no traía sino nuevos escándalos: nuevas violencias, como la de fray José Salvatierra desenfundando la espada “en defensa de su dama”, y nuevas mezclas en oficios mundanos: un fraile habría abierto una tocinería con una “mulatilla”, y “él se estaba metido en ella con el hábito arremangado vendiendo”. Asimismo, nuevas faltas a la imagen de los frailes, por la galantería en hombres que debían ser ejemplos de humildad, como la de fray Juan Guzmán, a quien se le recordaba usando “capas de vueltas de terciopelo”; o en un caso absolutamente opuesto, el de fray Nicolás Carrera, quien fue sorprendido por la ronda nocturna del alcalde escapando de una casa “con solo la capilla puesta”.

Por todo ello, los frailes afrontaron un juicio particularmente severo en el tribunal de la mitra de Puebla, que entonces era gobernada por uno de los obispos reformadores del siglo XVIII: Francisco Fabián y Fuero. Por un auto del 25 de abril de 1771, el juez del obispado (el provisor) mandó que el párroco de Orizaba tomara el control del convento hospital y nombrara un administrador, ejerciendo en adelante la tutela de los frailes juaninos para disciplinarlos. Y en efecto, en los meses siguientes el párroco Francisco Antonio de Illueca y el nuevo administrador, el padre Antonio Joaquín Iznardo, emprendieron una profunda reforma del hospital, reorganizándolo, reparando sus enfermerías, aprovisionando medicinas y utensilios, cubriendo el déficit en las cuentas y sobre todo tratando de hacer de unos juaninos siempre dispuestos a “sacudir el yugo del curato”, unos verdaderos religiosos. En ese esfuerzo, que es comparable a otros proyectos de los obispos de la época para reforzar la dimensión religiosa y la separación de lo profano de los frailes y monjas, tuvo paradójicamente un gran obstáculo: la Corona. En los años siguientes los juaninos se valieron de la jurisdicción del rey, alegando que el obispo había actuado sin tomar en cuenta que el hospital era de patronato real. Y aunque el proceso tardó más de una década, concluyó con éxito para ellos, pues el hospital les fue devuelto hacia 1783.

Por documentos posteriores sabemos que los frailes volvieron a recolectar limosnas en la villa y sus alrededores, y a ser ocasional mas infructíferamente denunciados por algún ligero escándalo, o por las faltas a la atención de los enfermos. Así, a pesar de las reformas de la época, la devota villa de Orizaba siguió contando en su seno con un pequeño contingente de frailes profanos.

Religión y nación en Guatemala

GuatemalaDouglass Sullivan-González, Piety, power and politics. Religion and nation formation in Guatemala, 1821-1871, University of Pittsburgh Press, 1998, 182 pp.

Este breve cuanto interesante estudio nos lleva por un tema que suele atraer la atención de muy pocos historiadores mexicanos: la historia de América Central, en este caso de Guatemala. Ello es siempre una lástima, pues como esta disertación breve nos muestra, se trata de una historia realmente apasionante tanto para la historia política como para la historia religiosa, y además en su lectura uno no puede evitar, de manera casi natural, pensar en comparaciones con los otros países latinoamericanos y en particular con México. Obra con un estilo casi didáctico para el lector que desconoce la historia guatemalteca, comienza con un capítulo que nos presenta el conflictivo primer siglo XIX, planteando ya la problemática central de la obra: la participación del clero en la construcción de la idea de nación durante el régimen de Rafael Carrera. Desde luego, nos ofrece como puntos introductorios un breve resumen de la historia religiosa local, una introducción a las distintas regiones de Guatemala (sobre todo el oriente “ladino” y el occidente “indígena”), además de una amplia discusión de la (poca) historiografía que ha tratado el tema.

Planteados así los puntos de partida indispensables, el capítulo 2 nos presenta a la Iglesia guatemalteca del primer siglo XIX y sus problemas, sobre todo a partir de las reformas emprendidas por los primeros gobiernos liberales de la década de 1820: disminución de párrocos titulares en beneficio de curas interinos, situación coyuntural que se convertirá luego en una política consciente del episcopado para evitar nuevas intervenciones gubernamentales a través del Patronato; asimismo, disminución de ordenaciones y aumento del clero extranjero (español sobre todo desde mediados del siglo), en una diócesis tradicionalmente de reclutamiento local. Su estudio sobre el clero hace notar además el mantenimiento de una presencia relativamente importante de los religiosos, y sobre todo se destaca por su análisis del tiempo de residencia de los clérigos, que da cuenta de las décadas de crisis y de recuperación de la presencia clerical.

El capítulo 3 es una verdadera historia religiosa guatemalteca en la que encontramos problemas comunes a todo el mundo católico de la época, como las protestas por el traslado de los cementerios de las iglesias a extramuros de los pueblos, pero también problemas mucho más locales, como las prácticas religiosas de los fieles en ausencia o ante la débil presencia del clero que el autor mostró en el capítulo precedente. Tienen lugar entonces desde misas celebradas por seglares hasta revueltas religiosas directamente heterodoxas, que invocan la aparición de hombres-dioses, pasando por acusaciones de brujería. Asimismo, se fortalece la autonomia de las cofradías, que disfrutan entonces incluso de una cierta prosperidad material. Todo ello tiene consecuencias políticas, favoreciendo la clientela que apoyará el ascenso de Rafael Carrera.

Subrayemos en particular tres puntos principales. Primero, el análisis contrastado de las epidemias de cólera de 1837 y 1857, que muestran bien hasta qué punto fue decisiva su interpretación en un horizonte religioso para la política guatemalteca: el gobierno reformista de los años 30’s no sobrevivió a las tensiones religiosas que él mismo había creado, mientras el de Carrera, con el apoyo popular y del clero, soporta bien las inquietudes generadas entonces. En segundo lugar, destaquemos también el estudio del discurso clerical del primer siglo XIX, que cuenta grandes figuras, en particular la de don Juan José Aycinena. Desde los púlpitos se construye la idea del pacto con Dios de la nación guatemalteca, nuevo pueblo elegido, que debía corresponder a los beneficios del cielo con el control de los “excesos de la libertad”, frecuentemente denunciados.

En fin, Soullivan-Gonzalez muestra la complejidad de la relación entre Carrera y la Iglesia. Si su movimiento tuvo sin duda un fuerte matiz religioso, que contó con eclesiásticos guerrilleros, aunque menos de los que cabría esperar, una primera alianza entre el caudillo y el alto clero estuvo más bien marcada por las reticencias del arzobispo y el compromiso de muchos párrocos con el restablecimiento del orden. En una segunda etapa, en cambio, en la década de 1850, se va consolidando esta difícil alianza, de la que da cuenta, otra vez con una comparación entre las movilizaciones de 1851 y 1863, la segunda mucho más efectiva gracias a la labor de los párrocos. Empero, aun si el caudillo logra hasta firmar un concordato con la Santa Sede en 1852, la mutua desconfianza sería permanente a lo largo del régimen.

La obra termina exponiendo la paradoja, sólo aparente, de un régimen conservador mucho más efectivo en la construcción de una nación moderna que sus predecesores liberales. Si bien es de lamentarse el poco espacio que en la obra se dedica, precisamente, a los liberales guatemaltecos, sus discursos, sus proyectos y sus reformas, la obra constituye sin lugar a dudas un bien logrado análisis de la trascendencia de la religión en la política del primer siglo XIX.

A la mesa episcopal

dscf1883En marzo de 1765, D. Diego Rodríguez de Rivas, obispo de Guadalajara, estaba por emprender la visita pastoral de una parte de su extensísima diócesis, desde el curato de Analco hasta el de Aguascalientes, por lo que expidió, cual era costumbre, un edicto previniendo a los párrocos para que tuvieran todo listo para el caso. Felizmente para el historiador, monseñor Rodríguez de Rivas era un prelado reformador y severo, que con su ya larga experiencia en el episcopado se había vuelto particularmente detallista. Su edicto, fundado en su propio testimonio personal, (“desde niño he observado los yerros que cometen los curas antes de la visita, en la visita y después de la visita, todo en descrédito del visitador y su familia”, decía) era una larga admonición contra los excesos de los párrocos en los recibimientos de los visitadores, excesos que eran sobre todo alimenticios.

Conviene sin duda recordarlo, la visita pastoral era (y sigue siendo) un acto especialmente grave del oficio de obispo. Establecido como de obligación por el Concilio de Trento en el siglo XVI, los padres conciliares habían insistido en él como el medio para implantar la reforma de la Iglesia frente a las críticas de los protestantes. Era el recurso principal por el cual el prelado podía poner orden a todas las corporaciones de su diócesis, revisando lo mismo el cuidado del culto, la manutención de los templos, la administración de sus bienes, la conducta de los párrocos, cuyos fieles tenían la oportunidad de presentar sus quejas, y un amplio etcétera. En principio debía hacerlo personalmente, pero la extensión de las diócesis obligaba muchas veces a que los obispos lo hicieran por medio de alguno de los clérigos de su confianza, pero que no dejaba por ello de representar la potestad ordinaria episcopal.

Ante la recepción de semejante potestad, los párrocos debían prepararse correctamente, con el ritual correspondiente siguiendo el Ceremonial de los Obispos, preparando el albergue cómodo al visitador y su familia y, como lamentaba monseñor Rodríguez de Rivas, preparando refrescos y alimentos para tan ilustres huéspedes “como si fueran fieras destinadas solamente a devorar cocinas y cuantos comestibles tiene el país y la comarca”. Y es que, según el edicto del obispo tapatío, a pesar de sus gastos y esfuerzos, los párrocos podía bien cumplir en el ritual y en el hospedaje episcopales pero difícilmente en el refinamiento de su paladar, antes bien, “el visitador se debía querellar de la rusticidad con que le ha tratado el cura”. Lo veremos en las notas de abajo, el edicto es una fuente muy interesante para la sensibilidad alimenticia, y de la idea del buen gusto y buen sazón. Lo es también para la historia de estatus clerical pues, peor aún, reprochaba el prelado a sus clérigos que en obtener todas esas viandas frecuentemente atentaban a la propia dignidad de su estado, tema especialmente delicado en la época, al “mendigar entre sus feligreses pollos ni gallinas”.

Así pues, en medio de una abundante enumeración de no menos abundantes viandas, el edicto, que trascribo aquí en fragmentos, nos muestra bien lo que los curas de pueblo del siglo XVIII estimaban como propio de la mesa de sus prelados. Sentémonos pues por un momento, sin mayor preámbulo, al comedor de tan esforzados eclesiásticos, y disfrutemos, ya que no del gusto cuando menos de la lectura de lo que se ofrecía a los ilustrísimos señores visitadores, y que puede consultarse íntegro en la obra del ilustre erudito jalisciense José Ignacio Dávila Garibi, Apuntes para la historia de la Iglesia en Guadalajara, t. III, pp. 883-889:

Todo el afán de los curas, está en solicitud de plata labrada y colgaduras, manteles, servilletas y toallas, vino, aguardiente, mistelas, libras de azafrán, clavo, canela, pimienta, pasas, almendras, alcaparras, dulces secos, almíbares, confites…

Excusen pues vuestras mercedes su inquietud y sobresalto por el visitador y la visita, omitan el despacho de correos en solicitud de prevenciones y de comidas, licores y regalos, que yo y mis familiares estamos acostumbrados a vivir comiendo lo que ofrece el país y el tiempo; que ni yo ni los míos echan de menos las ridiculeces y las necedades que vuestras mercedes quieren hacer abundantes sus mesas por no apartarse de los estilos y las costumbres groseras del tiempo de la barbarie y quieren seguir la dirección de viejos y viejas rústicas, que según su relajado paladar y gusto hacen que vuestras mercedes gasten su dinero, que cosa habrá tan ociosa, impertinente y necia, como el prevenir cuatro y seis libras de vacas, otras tantas de almendras y confites para sobre los manteles de la mesa regarlo todo, y que con esto y muchos pedazos de queso, dulces secos, rebanadas de frutas, cuatro y seis frascos de vino, otras tantas tasas de almíbares y de aceitunas, cuatro o seis lateros antiguos y montones de rebanadas de pan, de naranjas y limones, flores y otras varias cosas semejantes, se ponga la mesa en estado de no haber en donde quepa un plato de sopa sin hacer un inmundo amacijo de todo lo regado. ¿Qué cosa habrá tan impertinente y ociosa, como la prevención de vino, el aguardiente, en país en donde se tiene experimentado noscivo a la salud? ¿para qué pues la prevención de los licores, que regularmente son muy costosos y de poco o ningún uso entre las gentes de bien y de juicio? ¿No bastaría una botella para cuando el visitador lo usase? Digo a vuestras mercedes, que con una botella de vino tendrían y habrán siempre tenido para el gasto de sus visitadores y que les sobra la mitad de ella, y si me dijeren o me preguntaren cómo o por qué nada sobra, nada les queda de un barril de vino, otro de aguardiente y otros frascos de mistelas? diré que todo eso se despilfarra y consume por la falta de crianza de los curas y la barbarie de quien los usa. La prevención de estos licores y el fin con que la hizo; pues es falta de crianza y es barbaridad lo que se ejecuta con estos licores, luego, luego que el visitador se apea y entra en la casa de su alojamiento, que por lo regular es a las ocho o nueve de la mañana, y es que se le presenta el cura al visitador con una gran fuente de dulces ordinarios e incomibles, que regularmente son monitos, corderitos, sombreritos y albechuchos hechos de alcorra y en medio de la fuente una gran mitra y báculo de lo mismo, guarnecido todo con muchos confites colorados, y que tras el cura vengan otros clérigos y por su falta los más dignos del pueblo, que los curas han convidado y estos tales se presenten con frascos de limonadas, orchatas y agua de canela, tras éstas otras con frascos de vino, aguardiante y mistela. Este es (no sé como lo llame yo) el que los curas llaman recibimiento y refresco, en que no hallará el hombre más goloso de todo el mundo oculto cosa qué apetecer, tanto por la hora, como por ser cuanto hay en este refresco de ningún uso entre gentes de bien

Hágome cargo de que entre vuestras mercedes habrá algunos que por ser pingues sus beneficios y francos sus genios desearan hacer ostentación de las comodidades con que viven y dar señales del gusto y la estimación con que reciben en sus casas huésped tan honrado como el visitador, y que tendrán mortificación de verse ceñidos y precisados a tanta moderación como yo para mi les persuado. A esto satisfago diciendo que el buen trato a un huesped no consiste en darle cantidad grande de viandas compuestas de gallinas flacas recientemente muertas, centenares de pollos éticos, tísicos que nunca comieron más que yerbas del campo, manadas de pavos rellenos y mal asados, y demás cosas incomibles. Más estable le será al huésped un plato de sopa, otro de cocido y una sola polla bien nutrida, manida, asada o guisada, que la multitud de brodios y cochifritos, incomibles que se sirven en casi todas las mesas de vuestras mercedes. Hablo con mucha experiencia y con ella aseguro a vuestras mercedes que en parte alguna del mundo he comido menos ni tan mal como en las casas de los curas en donde las mesas tienen tantas y tales abundancias. La satisfacción del dueño la podrá hacer con la elección de las viandas, al asco, el buen orden en servir la comida y su sazón conforme al buen gusto y el estilo de las gentes cultas y de buena crianza. Para esto que séase con poco costo no hallo inconveniente en que tengan conveniencias y deseo manifestar con su benevolencia a sus huéspedes, que yo seré el primero que alabe el aseo, la buena elección de viandas, el buen gusto en los guisados y cuanto sea digno de celebridad, con tal que no se exceda de la moderación con que nos debemos sustentar. Concluyo diciendo a vuestras mercedes cuanto puedan desear saber de mí para darme gusto en sus mesas y es que soy de poco comer y hago sólo una comida en que prefiero al buen carnero a todas las aves y demás carnes , que nada como en no estando manido y bien cocido, que soy poco inclinado al dulce y nada a licores, y que gusto de algunas frutos y pescados especiales de cuando en cuando…

Procesión del Beato Felipe de Jesús

Ayer, 5 de febrero, fue la fiesta del “protomártir mexicano”, San Felipe Jesús, mártir de la evangelización del Japón en el siglo XVII. Más que hablar sobre la vida del santo, me permito aquí traer a la memoria los festejos que se le organizaban a principios del siglo XIX. Hasta entonces, en la víspera de la fiesta, los frailes franciscanos y dieguinos llevaban su imagen a la Catedral sin mayor acompañamiento, pero a partir de 1800, se solemnizó también el trayecto de retorno, es decir, de la Catedral al convento de San Francisco, concurriendo a él no sólo los frailes, sino también los gremios de artesanos y otras corporaciones llevando imágenes representantivas de la vida del entonces beato. El despliegue de fastos barrocos causó controversia, en virtud sobre todo de dos denuncias que, bajo el seudónimo de Francisco Sosa, fueron remitidas al rey en 1802 y 1804. A raíz de ellas hubo varios informes sobre la forma en que la procesión se desarrollaba, tanto de parte del gobierno del virrey como del arzobispo Francisco Xavier Lizana. Por ellos conocemos con algún detalle algunas de estas imágenes, y cuáles eran los puntos que en ellas y en la conducta de los fieles faltaban a la “decencia” que debía rodear a las imágenes sagradas, al menos según los “ilustrados” de la época.

Veamos en primer lugar, la publicidad oficial del evento, la Gazeta de México, en la cual no se trasluce nada de los debates, sino un elogio de la magnificencia de los festejos, como reflejo de una devoción unánime al santo mexicano.

Gazeta de México, tomo X, núm. 32, martes 1º. de marzo de 1801, p. 253.
En los días 4 y 5 de febrero se solemnizó en la Santa Iglesia Catedral la festividad de nuestro ínclito patrón y paisano San Felipe de Jesús, con la magnificencia que anualmente, trasladándose en procesión a Vísperas la hermosa efigie del santo desde el convento de San Francisco por su sagrada comunidad y la de descalzos dieguinos, desempeñando el panegírico a satisfacción del numeroso y distinguido concurso el R.P. Fr. Joseph Villaverde, y concluida la función se restituyó la santa imagen a su convento, pero en procesión mucho más lucida, pues la formaban a más de las dichas religiones, las cofradías y parcialidades, el tercer orden de servitas, todos los gremios presentando al santo en hermosas y adornadas estatuas en los principales pasajes de su vida, comenzando desde su infancia, cuyo paso acompañaban con luces en mano los alumnos gramáticos del Real Colegio de San Ildefonso, el resto de éste después, el cuerpo de la platería y la Nobilísima Ciudad, en cuyo cuerpo se conducía otra bella estatua del santo mártir, adorada de la Europa y América, en otras dos de igual sobresaliente escultura.
Precedió a esta función la general iluminación y adorno de puertas y ventanas en los días del novenario, y la coronaron los devotos cuerpos de la platería y cerería con el adorno uniforme de las fachadas de sus calles, la iluminación de las mismas, lo magnífico de sus dos altares,y últimamente con los suntuosos fuegos artificales que tuvieron en ambas noches en demostración de la tierna devoción que profesan a este esclarecido Mexicano Mártir.

Y ahora sí, el debate, en anexo a un informe del arzobispo Lizana al ministro Antonio Porcel del 15 de julio de 1805, aparece esta descripción de la procesión, en la cual se denuncian “irreverencias”, “abusos” y detalles “ridículos” que dan cuenta más bien de la exigencia del respeto a lo sagrado propio de aquella generación de la élite del mundo católico.

AGI, México, 2693
“Método y abusos de la procesión que se hace anualmente en México al B. Felipe de Jesús en el día 5 de febrero.
Antes de salir la procesión van llegando al cementerio de la Catedral, donde se colocan quince o dieciséis imágenes del B. Mártir conducidas por los gremios y por los empleados de la fábrica de cigarros. Los conductores y la mucha gente del pueblo que se halla allí en expectación del acto procesional tienen los más los sombreros puestos, aunque se hallen inmediatos a las imágenes y muchos de ellos fuman y ríen, con motivo de las conversaciones en que se ocupan. Luego que se da la señal de alzar en la Catedral, comienza a formarse la procesión, dirigéndola con bastante trabajo y fatiga el prebendado D. Joaquín Ladrón de Guevara. Dan principio a ella varios guiones y estandartes de hermandades de indios con vela en mano y algunos con las varas que usan los topiles y fiscales de república y doctrina. Siguen los gremios por su orden, llevando los más de sus individuos achas de cera, y conduciendo cada gremio una imagen del santo mártir alusiva a algún pasaje de su vida, entre las cuales se deja ver y choca la que representa el de la tentación a que prescindiese del estado de religioso, presentándole las comodidades del siglo una estatua en figura de diablo con astas y cola, vestida de casaca larga, pantalón y media bota, llamada de cucaracha, a la manera del vestido que traen los que dicen ser de última moda y reconoce el vulgo por “currutacos”. En otro paso se presenta otra figura vestida a lo chino con la casaca titulada a lo jacobino en acción de herir la oreja del santo. En otro la prisión del mismo, en que llevan los cordeles dos muchachos grandes vestidos de chinos o japoneses. En otra un hombre vestido de pantalón azul y blanco que sostiene un gallardete o bandera encarnada, y levantada en un mozo de más cinco varas de alto.
A estas figuras tan ridículas y a todas las demás, sigue el orden tercero de los servitas con su escudo y a continuación las comunidades de San Francisco, San Diego y San Cosme, interpolados sus individuos la Real y Pontificia Universidad, algunos capellanes de coro y músicos de Catedral, y finalmente el Ayuntamiento bajo de mazas, con un piquete de soldados. A ciertas distancias del cuerpo de la procesión van tres orquestas de música que alternan el canto de diferentes versos y delante de ella algunos granaderos para abrir paso.
A uno y otro lado hay líneas de coches y de un inmenso gentío que acude a verla, y concluida se vuelve cada gremio con la imagen que traía y se renuevan las irreverencias que como queda dicho se advierten antes de la formación.