Archivo por meses: enero 2011

Una patrona antigua para una nueva corporación orizabeña

Durante buena parte del siglo XVIII, la fiesta del 8 de diciembre, dedicada la Inmaculada Concepción, se celebraba por una cofradía, cuyos hermanos acompañaban a la imagen en procesión con cirios el día de su fiesta, asistían a la misa y sermón. La Virgen contaba además con un retablo propio, del que si no tenemos descripción, sabemos que estaba valuado en 7,000 pesos en 1762. Adornaban por entonces a la imagen joyas de plata de un valor de más 5 mil pesos, y vestidos con valor de más de 470, contando para el pago de sus ceremonias con capitales de más de 6 mil. Cantidades todas muy importante en la época, con lo que era sin duda uno de los cultos más ricos de la villa al mediar el siglo.

Mas el 8 de marzo de 1764, el recién fundado Ilustre Ayuntamiento de Orizaba se ocupó de establecer las fiestas religiosas a las que asistiría cada año, con toda solemnidad, en forma de cuerpo y bajo de mazas, a las iglesia parroquial. Ello era algo completamente normal en la época, toda vez que las corporaciones civiles del Imperio hispánico no eran menos miembros de ese cuerpo político que del gremio de la Iglesia, por lo que estaban especialmente obligadas a cumplir con sus preceptos y a velar por su cumplimiento. Debían así hacerse presentes en las grandes ceremonias religiosas ordinarias de cada año, las que eran propias de toda la Iglesia, como la fiesta de la Purificación de la Virgen, el Miércoles de Ceniza, los oficios de Jueves y Viernes Santos y la fiesta de Corpus Christi, pero también con motivo de la celebración de los abogados celestiales de toda la comunidad, los santos patronos y advocaciones de la Virgen, como era en este caso San Miguel Arcángel. Había también que asistir a las celebraciones mandadas por devoción del rey católico, como era el caso de los Desagravios de diciembre, y a las de otras corporaciones locales, como la de la Venerable Congregación de San Pedro, que reunía a la mayor parte de los clérigos de la villa. Mas entre todas asistencias, tenía especial interés la que establecieron para el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, a la que declararon por su particular patrona. No era una elección fortuita, lo tenían presente los propios regidores, y lo puso por escrito el síndico procurador del Ayuntamiento, Diego Pérez Castropol, en una solicitud redactada unos meses más tarde, en agosto, para justificar la elección en una imagen que ya contaba con una fiesta en la villa organizada por la cofradía que la tenía por titular, y a la cual el Ayuntamiento pretendía desplazar.

Para esta religiosa elección, los munícipes tenían razones más bien políticas. Conviene tenerlo presente, durante la segunda mitad del siglo XVIII, la villa de Orizaba fue testigo de constantes disputas entre las dos corporaciones civiles más importantes: el Ilustre Ayuntamiento de españoles y la República de indios. En una población que a lo largo de ese siglo se había ido construyendo en torno a sus templos, en la que abundaban las corporaciones religiosas y donde se había implantado con cierto éxito una cultura religiosa propia de la Reforma católica, no es sin duda extraño que esas disputas movilizaran muchas veces prácticas y objetos netamente religiosos. Así, en una cultura en la que la antigüedad era un argumento fundamental, ambas corporaciones se dedicaban a probar que sus respectivos vecindarios databan al menos del siglo XVI, o incluso de antes, presentando como testimonios a las propias corporaciones religiosas, sus templos, sus símbolos y sus imágenes. Ambas construyeron así una historia de la villa, en un Orizaba era un pueblo de indios con caciques cuyas familias enlazaban con la realeza del Imperio azteca, cuyos ascendientes habían incluso colaborado con los tlaxcaltecas en la conquista del reino. En la otra versión, era un pueblo fundado por los españoles que llevaban sus mercancías por el camino real, que se habían asentado en ese punto por las ventajas que ofrecía al descanso de las recuas, y cuyos dependientes indios y de otros orígenes eran los antecesores de sus rivales.

Los indios, fundaban sus argumentos en el testimonio ofrecían su iglesia parroquial, la capilla del Calvario, y la cofradía y la imagen misma del Señor San Miguel Arcángel. Otro tanto hacían ahora los españoles al elegir ahora a la Inmaculada Concepción como su patrona. Tal era el primerísimo argumento del síndico Pérez Castropol: “las tan sabidas como notorias antiguas tradiciones de haber sido la Purísima Concepción primera titular de esta parroquial iglesia, a devoción de aquellos europeos fundadores del lugar”. La Inmaculada era así una prueba más de su versión de la historia de Orizaba, y lo era también su cofradía, pues si se examinaban sus libros de gobierno, argumentaba el síndico, quedaba comprobado “ser inmemorial su establecimiento”, y por tanto su primera antigüedad por delante de todas los otros cultos de la población.

La Inmaculada era antigua, pero era también prestigiosa y rica: su mayordomía quedaba siempre “en las primeras casas”, su culto (ya lo hemos mencionado) estaba bien dotado, pues contaba con “suntuoso altar”, “plata labrada y joyas”. Aún más en su abono estaba su posición en el espacio sagrado, en una época en que la jerarquía entre los cultos se daba también por su proximidad o lejanía del altar mayor, el altar de la Inmaculada estaba bien ubicado en el crucero de la iglesia parroquial. Hablaba también a su favor su culto mismo: “su anual función, la más distinguida entre todas”, y la más constante, así como los símbolos que poseía, uno en particular, el paso del estandarte del Viernes Santo. Éste era la mejor prueba de que su festividad correspondía ahora al ayuntamiento, pues “por derecho y costumbre inveterada” eran los cabildos seculares quienes debían sacarlo en procesión, y en Orizaba lo tenía la cofradía sólo por falta de éste. La cofradía en suma, había sido fundada “supliendo con ella los vecinos principales la falta de Ayuntamiento”.

Por si todo ello no bastara, la elección de la Inmaculada permitía a los regidores asociarse a una devoción del rey. En efecto, es justamente bajo el reinado de Carlos III que se promueve por la Corona el patronato de la Inmaculada para toda la monarquía hispánica, e incluso se llega a promover su elevación a dogma de fe en Roma por sus embajadores. Lo tiene presente el cabildo, esta justamente ordenado por el rey “a todos los vecindarios, villas y ciudades que la tengan por tal patrona”. Con lo cual, lejos de que el monarca fuese obstáculo para las pretensiones de esta nueva corporación, era justamente uno de sus mejores respaldos.

Apropiarse de esta devoción tan prestigiosa tenía un costo económico que el Ayuntamiento, aunque casi desprovisto de fondos, parecía bien dispuesto a asumir. Había que celebrar la fiesta con toda la solemnidad posible. Pérez Castropol se comprometía al pago de las vísperas y función solemne, con música, ministros abundantes, y sobre todo el pago del sermón, que sería predicado por encargo del propio cabildo, con la casi obvia condición de “que el asunto del sermón indispensablemente sea la Purísima Concepción”. Y para terminar bien su extenso pedimento, el síndico procurador pidió literalmente la última elevación para la nueva Patrona del Ayuntamiento de españoles: su traslado de su altar en el crucero, al altar mayor en el “trono en donde se manifestaba el Divinísimo ordinariamente”. Desde luego, Pérez Castropol no mencionó que en esos días quien presidía el altar mayor de la iglesia parroquial era la imagen de San Miguel Arcángel, patrono tradicional de Orizaba y sobre todo de la República de indios. Hasta donde sabemos el traslado no se llevó a cabo y el santo patrono de los indios siguió presidiendo la iglesia parroquial, pero sí se le concedió al Ayuntamiento la organización de la fiesta, que según sabemos por las actas de cabildo posteriores, los munícipes la financiaban pero era el mayordomo de la cofradía quien seguía ocupándose de los detalles de su organización. Paradójicamente, si por entonces las cofradías se veían prohibir tanto por las autoridades civiles y eclesiásticas los “gastos superfluos” como banquetes, convites y otros, el ayuntamiento pagó justamente una celebración con uno de esos elementos que solían tenerse por “profanos” para una fiesta religiosa: los fuegos artificiales.

Así pues, en las décadas finales del siglo XVIII, los vecinos de la villa de Orizaba comenzaron a ver brillar en el cielo decembrino fuegos en honor de la que era a la vez la fiesta de una inmemorial devoción y el prestigio consolidado de los regidores españoles.

Obispos, cabildo catedral y libertad eclesiástica

Sergio Francisco Rosas Salas, Obispos, cabildo catedral y libertad eclesiástica. Puebla, 1847-1855, tesis para obtener el grado de maestro en Ciencias Humanas, El Colegio de Michoacán-Centro de Estudios sobre las Tradiciones, 2010.

Quienes estamos interesados en la historia de la Iglesia católica del siglo XIX, debemos sin duda congratularnos por la conclusión y defensa de esta interesante tesis. Es cierto, el tema de los cabildos catedrales no es nuevo, pues existen estudios de Frederick Schwaller, Óscar Mazín, David Brading, Luisa Zahíno Peñafort, entre otros, sobre los canónigos de México y de Michoacán, siendo la tesis del profesor Mazín (El cabildo catedral de Valladolid de Michoacán, El Colegio de Michoacán, 1996) la obra reciente más amplia sobre estas corporaciones. Además, la historiografía económica ha prestado atención a un tema que lleva a tratar, así sea de manera indirecta, con los cabildos catedrales: el diezmo, la contribución en especie que los productores agrícolas y ganaderos debían pagar, y cuya administración constituía una de las ocupaciones principales de los canónigos.

Mas faltaba en la bibliografía un estudio sobre los cabildos catedrales del siglo XIX y de la forma en que afrontaron los cambios que significó el final del Antiguo Régimen, y tal es lo que nos ofrece Sergio Rosas en su tesis de maestría, tratando el caso del Cabildo Catedral de Puebla, la segunda catedral en importancia tras la de México. El autor ha elegido además un período particularmente significativo para centrar su estudio: los años en que el cabildo gobernó la extensa diócesis tras la muerte del obispo Francisco Pablo Vázquez. Empero, la delimitación cronológica no le impidió hacer abundantes referencias a procesos previos (desde 1821 y 1830 al menos), indispensables para la comprensión de esta época.

Así delimitado el tema, Rosas lo analiza a partir de una amplia información recabada en seis archivos y cuatro bibliotecas de fondo antiguo, sobre todo de la ciudad de Puebla, destacándose en particular el archivo del Venerable Cabildo Catedral. La tesis se fundamenta además en una extensa bibliografía, muy completa (aunque se extraña un poco la ausencia de las obras sobre la carrera eclesiástica de Rodolfo Aguirre y sobre el debate de la tolerancia de cultos de Alberto del Castillo), que incluye unos ciento treinta libros, artículos y tesis, muy recientes los más de ellos.

Desde luego, la tesis nos aporta muchos conocimientos sobre la sociología de los miembros del Cabildo Catedral. Es extremadamente interesante su estudio de la formación, vínculos sociales y carrera eclesiástica y política de los canónigos poblanos del primer siglo XIX. Sus orígenes y sus carreras permiten al autor construir una pequeña geografía de la presencia del clero en la inmensa diócesis poblana. Además, nos encontramos en él que esta élite clerical, de formación tomista por herencia del obispo Fabián y Fuero y con carreras más bien tradicionales en el seminario, la universidad y las parroquias, incursionaba en ámbitos “modernos” como la industrialización y la medicina. A la inversa, Rosas nos muestra con claras evidencias la alianza de los industriales poblanos “modernos” con los intereses “tradicionales” del Cabildo Catedral y del clero en general, en el marco de la lucha contra el decreto de desamortización de bienes eclesiásticos para financiar la guerra contra Estados Unidos.

Tal alianza, expone Rosas de manera convincente, permitió la construcción de un fuerte consenso social en torno a un régimen intolerante en lo religioso, pero republicano y abierto a la modernización industrial. Un consenso, sin embargo no ajeno a los debates a propósito de los establecimientos de caridad bajo la tutela del Cabildo Catedral, que los canónigos supieron retener y modernizar gracias a la presencia de nuevas órdenes religiosas.

En segundo lugar, el tema central de la tesis lo constituyen los proyectos eclesiásticos y político-religiosos del Cabildo Catedral, asociados a la “Iglesia libre” (acaso habría que decir más bien “soberana”) que habían defendido los obispos Antonio Joaquín Pérez y Francisco Pablo Vázquez. Esto es, una Iglesia desligada del antiguo Patronato, con plenos poderes para organizarse a sí misma, respetando al Estado, pero sin sometérsele. Un proyecto lo suficientemente amplio como para tener sus matices en el caso del Cabildo Catedral poblano. Rosas nos deja ver la complejidad de la posición de los canónigos, sus inquietudes, la conciencia de la crítica que recibía su corporación de parte de los liberales (que la consideraban al menos “inútil”), sus diferencias con los obispos, sobre todo con José María Luciano Becerra, y al interior de la propia corporación, sin embargo muy sólida en su imagen pública, entre defensores de las tradiciones locales e impulsores de seguir literalmente el derecho canónico y la autoridad romana.

La expresión concreta de esos proyectos se aprecia, por una parte en el gobierno diocesano por parte del cabildo durante la sede vacante de Francisco Pablo Vázquez. Podemos ver en este período sus éxitos tanto para recuperar los decaídos ingresos del diezmo como para proveer en propiedad los curatos de la diócesis. No son temas menores, y sin duda será deseable una comparación más adelante con otras diócesis, pues sabemos que en algunos casos era una política conciente de los obispos nombrar curas interinos para evitar pasar por la intervención de los gobiernos civiles. En segundo lugar, Rosas nos permite seguir paso a paso el tema de las provisiones de las propias prebendas y canonjías, pero también de los obispos, prácticamente desde 1831 hasta 1855. Es de gran interés ver cómo se va construyendo una práctica por parte de los canónigos, que procura evitar lo más posible la intervención de las autoridades civiles, aunque acepta el ejercicio de la exclusiva por parte de éstas; y asimismo la búsqueda de contrapesos para promover a sus candidatos, o al menos para evitar que queden algunos no deseados.

Sólo cabe observar, en este punto, alguna confusión en cuanto a la definición de “patronato” y “exclusiva”, que no constituyen un detalle sin trascendencia, pues entre uno y otra se jugaba la legitimidad de las provisiones.

Ahora bien, si no es un tema esencial del trabajo, hay que destacar que, más allá de lo político, nos ofrece varios elementos para la historia religiosa. En principio, para el tema del sentimiento de seguridad, aborda con detalle la respuesta ritual dada a la guerra de 1847 y a la epidemia de cólera de 1850; para la historia de las devociones, sigue las disyuntivas que se plantearon sobre las que eran “públicas” y “privadas”, “nacionales” y “locales”. Para la historia de la devoción al Papa en particular, son por demás apasionantes el tema de la recepción del delegado apostólico, de las oraciones por Pío IX en 1848 (que cabría comparar con las reacciones ante las prisiones de Pío VI y Pío VII), y por supuesto, para la historia del ritual episcopal, su análisis de las recepciones de los obipos Becerra y Labastida. En fin, son también numerosas las informaciones que nos ofrece para el tema de las campanas, sus usos y debates, y sobre todo, son de gran interés los apuntes del epílogo a propósito de la celebración de la Inmaculada Concepción en 1854.

Con todo, Rosas nos deja pendiente el tema del oficio divino y el coro, que era también una tarea fundamental de los canónigos, no menos que un análisis más detallado de la presencia de las órdenes religiosas francesas que menciona (hermanas de la Caridad, congregación de la Misión).

Así pues, por todos los temas que aborda y por la calidad de la investigación, se trata de una tesis que merece bien una pronta publicación, y que es promesa de un interesante porvernir para su autor.

La devoción mexicana al Papa

Ahora que se ha publicado el decreto de la beatificación del Papa Juan Pablo II para el próximo 1o. de mayo, que ha sido ampliamente difundida por los medios, y en México especialmente, me pareció oportuno dedicar la entrada de esta semana a la que fue acaso la primera gran muestra de devoción al Sumo Pontífice: la que rodeó al Papa Pío IX en 1849.

Año de las revoluciones europeas, de “la primavera de los pueblos” según una expresión muy clásica de la historiografía, en 1848 varias capitales de las monarquías del continente se vieron sacudidas por sendos movimientos populares, que pusieron en crisis el orden establecido desde el fin del imperio de Napoleón en 1815. Ya desde enero de ese año hubo sublevaciones contra los Habsburgo en el norte de Italia y contra los Borbones en Sicilia, en febrero cae la Monarquía de Julio en Francia instalándose la Segunda República, en marzo la revolución se extiende a los países germánicos incluyendo Viena, mientras que Milán se libera del régimen austríaco y estalla la revuelta en Venecia. Los eventos de Milán llevaron a la guerra de los estados italianos contra Austria, oponiéndose al interior de cada uno de ellos los partidarios de una guerra nacional contra los austríacos y los partidarios del restablecimiento del orden. Largo sería entrar en los detalles de la inestabilidad política que afectó entonces al propio Estado Pontificio, desde marzo en que el Papa Pío IX concede un primer estatuto constitucional y permite la salida de un contingente a pelear contra los austríacos, hasta septiembre cuando nombra ministro al moderado Pellegrino Rossi. El asesinato de éste último en noviembre desencadenó los motines que finalmente obligan al Papa a huir de Roma el 24 de noviembre de 1848, para encontrar refugio en la fortaleza napolitana de Gaeta, mientras que a principios de 1849 el parlamento romano proclamaría la república.

Estos eventos, que a primera vista pueden parecer muy italianos, causaron una viva emoción en todo el mundo católico, alcanzando también a México. Empero, no era la primera ocasión que el Papa se veía obligado a salir de la Ciudad Eterna: Pío VI y Pío VII, los Soberanos Pontífices de finales del siglo XVIII y principios del XIX, se habían visto ya en su día desposeídos de su soberanía temporal por las tropas de la República francesa, que llevaron preso al primero hasta Valence donde murió en 1798, mientras su sucesor estuvo también preso de Napoleón entre 1809 y 1814. Entonces, sin embargo, al menos hasta donde he podido revisar, no hubo la movilización que tuvo lugar en 1848-1849. Me corregirán sin duda mis colegas que conocen mejor los documentos eclesiásticos de entonces, pero al menos yo no he visto pastorales de obispos o mandatos para celebrar oraciones por su causa o para reunir donativos para enviarlos en su auxilio, salvo iniciativas extremadamente puntuales, a las que ya habrá oportunidad de dedicar una entrada.

En cambio, en aquel 1849 el México independiente ofreció incluso, en una célebre carta a Pío IX, firmada el 12 de febrero de 1849 por el Presidente José Joaquín de Herrera, recibir a él o a sus sucesores, que contarían en México “siete millones de hijos llenos de amor, veneración hacia su persona y que tendrían la ventura de recibir inmediatamente de sus manos la bendición paternal”. Al presidente siguieron los obispos, en variadas expresiones de lealtad y con ofertas de donativos. En la misma fecha que la del mandatario se expidió también la carta de Juan Manuel Irisarri, vicario capitular del arzobispado de México, remitiendo a Roma donativos de 14 conventos de monjas de la capital. Tres días más tarde, el obispo de Michoacán, Juan Cayetano Gómez de Portugal y Solís, le ofrecía al Papa “el amor de todos los fieles, con el respeto de todo el clero secular y regular”, y aprovechando para una declaración oportuna también en política nacional, pues no le ofreció ya todos los bienes eclesiásticos dado que “sólo Vuestra Santidad puede disponer como Soberano de la Iglesia”, sino más aún los beneficios mismos propiedad en particular de los clérigos. La lealtad se acompañó el 22 de febrero con un donativo pecuniario de parte del obispo, cabildo catedral y clero secular diocesano. Algo más retórico, don Antonio Mantecón, obispo de Oaxaca, decía por su parte en esa misma fecha: “querría trasladar insensiblemente la persona sagrada de Su Santidad a este su Palacio de Oaxaca para que descance de sus fatigas, para que recibiese nuestro amor, nuestro respeto y veneración, y para defender su persona, en caso de que los enemigos trajeren hasta aquí su persecución”.

En un tono más sobrio, y escribiendo en latín contrario a sus colegas en el episcopado, enviaron también misivas entre finales de febrero y a lo largo del mes de marzo el obispo de Durango, el abad de Guadalupe y los obispos de Guadalara, de Linares y de Sonora. En su carta del 25 de febrero, el abad hacía un recuento de las oraciones celebradas por el Sumo Pontífice: “augustissimo patente Eucharistiae Sacramento, Missis, hymnis et psalmis, Sanctorum litaniis, et Ecclesiae sacratissimis precibus solemni iam triduo, devotamente persicimus”. Por su parte, don Diego de Aranda insistía en las declaraciones de fidelidad, y no dudaba en sentenciar el 11 de marzo, : “Mexicani omnes catholici sunt”, y más aún “Sedes Apostolicae obsequentissimi filii”. Mas el prelado y su cabildo enviaron más tarde, en abril, una segunda carta, mucho más emotiva (“Oh si Mexicano populo amantissimum in Christo Patrem videre, eiusque pedem osculare!”) y detallando el tema del donativo decretado por el propio gobierno civil de Jalisco, que junto con otros méritos le valieron al obispo los títulos de Patricio Romano, Prelado doméstico de Su Santidad, asistente al Sacro Solio Pontificio y caballero Gran Cruz de San Gregorio.

Más modestos, la carta de fray José María de Jesús Belauzarán, obispo emérito de Linares, se distingue en cambio por ser más bien una larga lamentación de los padeceres del Papa, y al mismo exaltación de su dignidad, en medio de abundantes referencias bíblicas, hasta el punto que el Pontífice era imagen misma de Cristo pues “dicis, sicut ille in Cruce: Pater ignosce illis, quia nesciunt quid faciunt”. En tono algo más nacionalista, don Lázaro de la Garza y Ballesteros, obispo de Sonora, decía en 23 de marzo: “Mexicani populis pietas et religio erga Te, impietatem et inobservantiam contra Te Romani populi superaret”, mientras que José María Guerra, obispo de Yucatán, quien escribió ya en abril, tenía que lamentarse no poder hacer mayor ofrecimiento que su lealtad y oraciones al estar su diócesis afectada por la guerra de castas.

En fin, no sólo los obispos y gobiernos diocesanos enviaron cartas: la hubo también del clero de Jerez, en Zacatecas, e incluso también de corporaciones civiles: Tetela del Oro envió la suya con fecha 14 de marzo, insistiendo el cabildo en el mensaje que reiteran todas estas misivas, en el estilo de la época. Decía: “quisiera hablar con lágrimas más que con voces para manifestar de este modo al mundo entero su adhesión a la visible y suprema cabeza de la sociedad cristiana”. Sin duda, éstas no son todas las cartas ni todas las expresiones de fidelidad al Sumo Pontífice, sería sin duda interesante profundizar en el tema y explorar sus matices y circunstancias, así como su cronología. Las que aquí presento fueron publicadas en su día, luego de la restauración del Papa en Roma por las tropas francesas, en una obra titulada L’Orbe cattolico a Pio IX Pontefice Massimo esulante da Roma, 1848-1850 editada en Nápoles en 1850, y que está disponible por entero en Google Libros por si alguien quiere leer las cartas completas, y aquí dejo por ejemplo la del Presidente Herrera.

Levasseur y la reforma de la Iglesia mexicana II

El mes pasado publiqué en este espacio un fragmento de la correspondencia diplomática del siglo XIX, en concreto de las cartas del ministro francés en México André Levasseur, cuya transcripción me fue amablemente facilitada por mi colega Irina Valladares García, doctorante en la EHESS. Pues bien, aquí una segunda parte en la que vemos a un Levasseur interesado simultáneamente en la reforma de la Iglesia, pero sobre todo en el pago de la deuda mexicana con los bienes de las órdenes religiosas masculinas. Aunque el ministro se presentaba a sí mismo como un genio de la política que prácticamente le había abierto los ojos a los funcionarios mexicanos, incluido al presidente Mariano Arista, hay que decir que no proponía nada que no estuviera circulando en los debates cuando menos desde 1833. Por una parte denunciaba las faltas disciplinarias de los religiosos, con todos los clichés de la época: ociosidad, hipocresía, riquezas fantásticas, “fanatismo” incluso; por otra, presentaba cálculos como los de muchos otros liberales, que se imaginaban poder resolver todos los problemas económicos del país con esos bienes de los conventos, y todavía mantener efectivamente a los religiosos. Tenemos aquí pues, un testimonio clásico del liberalismo decimonónico, pero con el agregado de la presión de los intereses nacionales franceses en México.

Archives du Ministère des Affaires Étrangères, Correspondance politique-Mexique, vol. 39, ff. 103-106, carta de André Levasseur, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario al ministro, México, 1o. de agosto de 1851

« Pour sortir le Mexique de son état de misère, il n’y a plus qu’une ressource, une seule, c’est de faire entrer dans la circulation une partie des immenses richesses qui sont immobilisées entre les mains du clergé. Depuis deux mois je cherche à faire pénétrer cette vérité dans l’esprit du Président, des membres de son cabinet, et des hommes les plus influents du corps législatif, mais si quelques-uns m’ont compris, il ne s’est pas encore trouvé un seul assez courageux pour tenter de la faire mettre en pratique… Tous ceux auxquels je m’adresse conviennent qu’il est absurde que dans une société dont le gouvernement politique n’a que 10 millions de piastres pour soutenir son administration et payer ses dettes il y ait une corporation qui possède près de la moitié des propriétés foncières du pays et jouisse de 18 millions de piastres de revenus sans vouloir, en aucune façon, venir au secours de l’État ; tous reconnaissent qu’il serait aussi juste que prudent de faire enfin disparaître l’inégalité des richesses qui existe dans la répartition des charges entre le peuple qui n’a rien et les ordre religieux qui ont tout… mais personne n’ose porter la main sur le vieil édifice, personne n’ose en arracher une pierre dans la crainte de se faire écraser sous les débris, tant il est vrai que la peur est la maladie la plus invétérée du Mexicain !

Dernièrement, causant intimement avec le Président, je le pressais vivement d’aviser enfin aux moyens de relever l’état financier et de payer les dettes de l’État et particulièrement, bien entendu, celles contractés envers nos nationaux, car c’est mon thème particulier ; mais, me répondit-t-il, vous en parlez bien à votre aise, ne le cherchons nous pas tous les jours ces moyens ! Mais où les trouver ? Êtes-vous capable de nous indiquer une ressource efficace et certaine au milieu de cette ruine générale et complète ? Certainement lui répondis-je, et si votre excellence veut bien m’accorder un instant de sérieuse attention, je vais mettre 30 millions de piastres à sa disposition en moins de deux ans, quelques esprits aventureux et qui n’ont aucune responsabilité à mettre à couvert vous ont conseillé la confiscation de tous les biens de l’Église ; ceci serait une faute à laquelle on donnerait le nom de persécution religieuse… moi je ne veux de persécution contre personne… mais je vous demande une réforme salutaire, une réforme qui éloigne la corruption du sein de votre population et remplisse les caisses de l’État. Voyons un peu comment nous l’obtiendrions : Laissons en paix le clergé séculier, qui quoique surabondamment riche, travaille cependant encore un peu à faire du bien ; laissons en paix vos deux mille cinq cents religieuses qui ne peuvent trouver place dans une société dont les hommes n’aiment pas le mariage, abritent leur vertu sous le toit de 59 couvents dotés de bons revenus, mais voici mille cent trente neuf moines ou Capucins de toutes dénominations et couleurs qui possèdent cent quarante six couvent dont chacun pourrait servir de logement somptueux à cinq cent familles et ne renferme dans ce moment que quatre, six, au plus dix prétendus Religieux qui y vivent à l’engrais, du fruit des labeurs du peuple ; qui, le jour promènent leur hypocrisie, sans chemises et en robes sales, dans les rues ; et la nuit désertent le cloître pour aller dans les bouges des ruelles propager la démoralisation, le libertinage et des honteuses maladies… Voilà, mon cher général, les désordres et les abus qui appellent une réforme ! Voilà la réforme qui doit enrichir l’État et rendre à l’Église le respect que lui font perdre les moines […] formez ces 1139 paresseux libertins en 46 escouades de 25 à 39 hommes, mettez à la tête de chacun de ces escouades un chef assez ferme et assez honnête pour les discipliner, et cloîtrez chacune d’elles dans chacun des 46 couvents que nous leur assignons et que ces couvents soient particulièrement choisis parmi ceux des campagnes. Là vos moines et vos capucins, encore richement dotés, pourront vivre selon la règle de leur ordre et rependre l’aisance autour d’eux en donnant pour la culture de leurs terres travail aux populations agricoles, et il vous restera cent couvents à vendre au profit de l’État, la vent de ces cents couvents en raison de leur situation dans les principales villes de la République, vous rapporteront en peu d’années 50 millions de piastres qui, sagement administrées, vous permettront d’établir un bon système financier, de former une armée peu nombreuse mais qui, bien payée et bien disciplinée, fera perdre aux ambitieux le goût des conspirations ; d’avoir des tribunaux moins corruptibles et une administration moins vénale, parce qu’ils seront à l’abri du besoin et enfin de relever de crédit public et la réputation du gouvernement en offrant à vos créancier des garanties de paiement… Voilà mon cher général le moyen de sortir de votre triste position et de sauver votre pays… »

Procesión del Ayuntamiento

Los primeros días del mes de enero eran, para los novohispanos del siglo XVIII, tiempo de elecciones, y por tanto de celebraciones religiosas. Baste ver para el caso la Gazeta de México del 16 de enero de 1787, disponible en la Biblioteca Digital Hispánica. Desde su primera página, el periódico da cuenta de las elecciones habidas entre el 1o. y el 6 de enero en las ciudades de Puebla, Valladolid, Oaxaca, Querétaro y Guanajuato, y villas de Atlixco y Orizaba, cuyos respectivos ayuntamientos nombraron a los alcaldes ordinarios de ese año. El ayuntamiento de la Ciudad de México había hecho también su elección el día 1o., como aparece publicado en el número anterior de la Gaceta, el del 3 de enero.

Esto es, los señores regidores perpetuos, los “padres de la patria” como se les decía en la época, los notables por su prestigio, por descedientes de familias fundadoras, por sus aportaciones al bien de la comunidad, o simple y llanamente los compradores de estos oficios vendibles a beneficio de la Corona, que no perdían empero su carácter público, designaban en estos días a los depositarios de las varas de la justicia, que debían ejercer la jurisdicción municipal durante el año que empezaba. Si bien las notas no se extienden en dar mayores detalles sobre estas elecciones en particular, es bien sabido que, estos eventos a la vez tan cotidianos pero tan fundamentales para el buen orden público, no podían sino estar enmarcados por ceremonias religiosas. Así constaba normalmente en sus actas de cabildo y también en la publicidad de la época, por ejemplo en otras notas de la Gaceta, como en la del 14 de enero de 1784 (p. 2) a propósito de la Ciudad de México:

El día 1 después de haber asistido en su oratorio a la misa de Espíritu Santo, el Noble Ayuntamiento de esta Imperial Ciudad, (que como Metrópoli de la Nueva España goza los privilegios y preeminencias de Grande) […]
pasó por segundo cabildo a la elección de alcaldes ordinarios que se verificó en D. Isidro Antonio de Icaza, [regidor] honorario también y D. Josef Orduña, quienes inmediatamente pasaron a cumplimentar a Su Excelencia concurriendo a la tarde en el Imperial Convento de N.P. Santo Domingo al sermón y procesión de Nuestra Señora del Rosario…

Estas ceremonias eran perfectamente normales en la época, toda vez que no se trataba de actos abiertos a la competencia política, sino de designaciones fundadas en principios morales y en el prestigio y la “buena opinión” de los vecinos, y que se estimaba por tanto requerían la inspiración y bendición divinas. Así, no sólo los regidores de México sino también los otros ayuntamientos del reino, me consta en particular por lo que toca al Ilustre Ayuntamiento de Orizaba, por lo común comenzaban esta jornada asistiendo a la misa de Espíritu Santo antes de la elección. Si ésta era celebrada en espacios reservados, las celebraciones posteriores, también como en el caso de México, permitían a los vecinos admirar a los “cabezas de la comunidad” por las calles públicas.

En efecto, mientras los alcaldes de la capital iban al convento dominico, los regidores y alcaldes orizabeños salían en procesión a la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel para el canto de un Te Deum en acción de gracias. Mucho más elaborado era el ritual en Querétaro, donde se celebraba el “rosario de los alcaldes”: los nuevos jueces municipales iban al convento franciscano de la ciudad y acompañaban la procesión de los frailes con la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, que salía desde ahí hasta el convento de Santa Clara. Fuera en iglesias parroquiales o conventuales, se trataba normalmente de templos principales que tenían especial significado en la tradición urbana local, por su antigüedad o por las imágenes que albergaban.

Cabe destacar que se trata de una práctica duradera. En los primeros años del siglo XIX, cuando se instaló el régimen liberal, los nuevos ayuntamientos constitucionales no abandonaron la costumbre. Instalados también el 1o. de enero de cada año, su primer acto solía ser la asistencia a una “función de iglesia” (como se decía entonces) en acción de gracias por tal evento. Incluso cuando había intentos de reducir las asistencias a la iglesia, como lo hubo en Orizaba a propuesta de los munícipes “radicales” en 1833, la del Año Nuevo fue una de las celebraciones que permanecieron.

Así, hasta bien entrado el siglo XIX, en algunos casos hasta la separación de la Iglesia y el Estado de 1859, el espectáculo más común del día 1o. de enero era ver pasar en procesión a los regidores y alcaldes portando sus trajes de gala y “bajo de mazas”, es decir, precedidos por sus maceros, para ir a las iglesias y conventos principales. El 1o. de enero pues, era sobre todo el día de la procesión del ayuntamiento.