Archivo por meses: diciembre 2010

Los toros de San Miguel en disputa

En el siglo XVIII, la villa de San Miguel Orizaba celebraba a su santo patrono al menos en tres ocasiones durante el año, con motivo de su fiesta principal en septiembre, con motivo de su aparición en mayo y sobre todo en diciembre, sin que hasta ahora haya podido averiguar el motivo. Las dos primeras eran responsabilidad de la cofradía que lo tenía por titular, y que con ese motivo organizaba en mayo las vísperas y misa solemne con sermón, y en septiembre su novena y unas lucidas vísperas, maitines, misa, sermón y procesión, todo con amplio acompañamiento de sacerdotes, bajo los acordes del órgano y cantores de la parroquia, y con abundantes luces, según consta en el libro de gobierno de la cofradía. Mas la fiesta de diciembre era aún más lucida si cabe, e incluía no sólo “funciones de Iglesia”, como se decía entonces, sino que también, después de llevar a San Miguel en procesión alrededor de la plaza principal, se celebran dos días de corridas de toros debidamente presididas por el santo titular, cuya imagen era colocada en el lugar de honor del tablado que se levantaba para la ocasión.

Nada de ello era particularmente raro en una época en que las imágenes religiosas estaban por doquier, en la que el espacio público era constantemente convertido en escenario de fastos al mismo tiempo sagrados y profanos, todo a cargo de corporaciones religiosas, y también civiles, que contaban para ello con sus particulares bienes, leyes y autoridades y que compartían unánimemente una cultura religiosa que valoraba profundamente este tipo de despliegues sensibles.

Mas en la villa de Orizaba del siglo XVIII se fue formando también, a lo largo del siglo XVIII, una élite devota, de españoles, que obtenía sus recursos del comercio y del cultivo del tabaco, que también participaba y muy activamente en corporaciones religiosas y civiles, sobre todo en la orden tercera franciscana y, en lo civil, en el Ilustre ayuntamiento fundado en 1764. Desde esta última fecha, la élite española disputó constantemente con los indios el control del espacio público orizabeño, en una serie de controversias que, en el marco de esta cultura religiosa, no podía sino tener por objetos principales las fiestas y “funciones” religiosas y por escenarios los templos más importantes. Se disputaban así el control de la parroquia, las preeminencias en los rituales festivos, la antigüedad de sus símbolos y la historia misma de la villa de la que eran testimonio las propias corporaciones religiosas. Y como los toros de San Miguel de diciembre eran acaso el más importante despliegue festivo de los indios, también se convirtieron en objeto de la disputa.

Así, en diciembre de 1778, apenas a unos días de la celebración, los cosecheros de tabaco de Orizaba solicitaron al magistrado real, el alcalde mayor José Antonio Arzú y Arcaya, que prohibiera tales festejos por los “gravísimos perjuicios” que ocasionan. Cierto, los cosecheros citaron como uno de sus argumentos la falta de mano de obra para el trabajo de sus campos, un asunto no menor siendo entonces el tabaco monopolio de la Corona: la ausencia de los indios provocaría el atraso de una cosecha que importaba de manera particular al Real erario, y que eran el principal sustento de los vecinos de la provincia orizabeña. La fiesta por tanto era nosciva al “bien público”, tal y como se concebía éste entonces, como el bien de la comunidad local.

Mas hubo otro argumento más grave y que ocupa más espacio en el escrito presentado por los cosecheros. Las corridas, decían, eran “ocasión de escándalos y ofensas a Dios” y por tanto “opuestas al primer objeto del gobierno, que es sostener la religión, celando la puntual observancia de los divinos preceptos”. Fieles devotos como eran, hermanos muchos de los firmantes de la orden tercera franciscana, les preocupaba, por una parte, la extensión de los pecados públicos que traían consigo las corridas, decían: “la vanagloria y la ira, la gula se exita, se conmueve la lujuria y se franquean ocasiones de poner en práctica sus más detestables movimientos”. En segundo lugar y más aún, les preocupaba el debido respeto de los símbolos y tiempos de lo sagrado. Si se trataba, como era el caso, de honrar al santo patrono, recordaban: “las festividades de los santos se deben celebrar con divinos cánticos espirituales, regocijos y obras piadosas, y no en manera alguna con las que son ocasión de pecados”. En particular llamaron la atención al trato dado a la imagen de San Miguel Arcángel, cuya presencia en la plaza arriesgaba, decían, un “supersticioso abuso”. En fin, denunciaban el manejo poco honesto de los bienes de los indios, pidiendo cuentas de la administración de limosnas, “derramas” (es decir, las contribuciones prorrateadas entre los indios) y otras contribuciones que ellos cobraban y con las que se financiaba la corrida.

Como cabía esperar, la república de indios salió a la defensa de su fiesta más importante, aunque centrando su argumentación en la denuncia de lo que calificó de “imposturas” de sus enemigos españoles. Cabe decir que si bien conocemos poco del cabildo de indios de Orizaba, es claro que durante toda ésta época no le faltaron respaldos, y que contaba con suficientes recursos para llevar su defensa, en la propia villa, en México y en Madrid, donde tuvo varios años procuradores velando por sus intereses. Sobre todo, el cabildo de indios manejaba también, y con gran soltura, los argumentos religiosos que le oponían los españoles. Citemos tan sólo un ejemplo a propósito de las corridas de toros, utilizado por ellos para descalificar la acusación de excesivo apego a estas festividades.

Justo un año antes de la protesta de los cosecheros, en 1777, a finales de octubre, cuatro frailes franciscanos habían pasado a predicar una misión en Orizaba, y en noviembre de 1778, dos de ellos dieron a los indios sendos certificados de buena conducta, en los cuales el superior de la misión los calificaba de “tan civilizados y políticos que dudo la ventaja en los pueblos más instruidos españoles”. Y es que la república de indios en su conjunto había salido a a recibir a los frailes, acompañándolos en procesión hasta la iglesia parroquial junto con sus hijos, alumnos de la escuela de primeras letras propia de la república de indios, quienes iban ordenadamente cantando las alabanzas de la Virgen propias de los misioneros, que quedaron desde luego conmovidos. En los siguientes cincuenta días, acompañaron a los frailes a las otras iglesias, los principales de la república asistieron a los sermones y demás actos de la misión, se confesaron y comulgaron la mayoría de ellos, y en fin, por recomendación del superior de los misioneros, sugerida por los vecinos españoles, aceptaron suspender por ese año los toros de San Miguel.

En su certificado el misionero no omitió decir que, faltando las corridas, los españoles propusieron representar comedias, para gran escándalo de los religiosos, que veían con mayor sospecha al teatro que a los toros. “Al punto tomé la resolución de escribir al señor obispo, significándole las fatales consecuencias que se seguían de las comedias en tales circunstancias”, escribió el fraile, que efectivamente obtuvo que el obispo de Puebla adelantara su visita a la villa de Orizaba y “con esto se ahuyentaron los comediantes y quedó en tranquilidad toda aquella villa”.

Así, en estas disputas en el seno de una misma cultura religiosa, como los españoles y más que ellos, los indios de Orizaba podían ser también fieles devotos, obedientes a los mandatos clericales, preocupados por el respeto de los tiempos sagrados.

Para terminar volvamos a la defensa de los toros de San Miguel, en la cual los principales orizabeños no omitieron recordar que cuatro años antes en 1774, los españoles habían obtenido para Orizaba el título de villa y lo habían celebrado también con corridas, “que por ser suyas permitió Dios que no hubiera pecados ni ofensas suyas como en las nuestras”, asentaron no sin ironía. La justicia estuvo de su lado: el alcalde mayor falló a su favor por un auto del 17 de diciembre, y aunque no sin las protestas y apelaciones de los cosecheros, que habrían de llevar el expediente hasta el Consejo de Indias, San Miguel Arcángel volvió a presidir las corridas de su fiesta en la villa de Orizaba en 1778.

Kalenda

Uno de los ritos principales de estas fiestas de Navidad era la lectura solemne de la Calenda o Kalenda, es decir, del anuncio de la venida de Cristo como aparece en el Martirologio Romano. La lectura se hacía normalmente en el oficio de Prima, esto es, en la mañana del 24 de diciembre. El ritual se hacía con toda ceremonia: en la Catedral Metropolitana de México, uno de los canónigos, revestido con capa pluvial y estola morada, salía del coro e iba a la sacristía por el Martirologio, acompañado de 4 capellanes, maestro de ceremonias, acólitos con ciriales, abriendo paso el pertiguero. El pasaje se cantaba desde el fascistol menor del coro, levantando al voz en el final, mientras el resto de los asistentes se arrodillaba, “en agradecimiento de tan grande beneficio” como decía el ritual de los franciscanos, que preveía un ritual muy semejante entre los frailes del coro. Aquí el pasaje en cuestión, tomado de una edición madrileña del Martirologio de 1617, dejando abajo la traducción al español.


En el año cinco mil ciento noventa y nueve de la creación del mundo, cuando al principio Dios creó el cielo y la tierra; en el año dos mil novecientos cincuenta y siete desde el Diluvio; en el año dos mil quince desde el nacimiento de Abraham; en el año mil quinientos diez desde Moisés y el éxodo del pueblo de Israel de Egipto; en el año mil treinta y dos desde la unción del rey David; en la semana sexagésima quinta según la profecía de Daniel; en la centésima nonagésima cuarta Olimpíada; en el año setecientos cincuenta y dos desde la fundación de Roma; en el año cuadragésimo segundo del imperio de Octaviano Augusto, estando todo el mundo en paz, en la sexta edad del mundo: Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo santificar el mundo por su misericordiosísimo advenimiento, concebido por el Espíritu Santo y transcurridos nueve meses después de ser engendrado, nace hecho Hombre de María Virgen en Belén de Judá. Natividad de Nuestro Señor Jesucristo según la carne.

Con el texto actual del Martirologio y seguido del Adeste fideles, aquí un ejemplo de la Kalenda de este año, cantada por el Cabildo Catedral de Sevilla.


Kalenda por davidclopez

Inmaculada Concepción en Sevilla

El dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854 constituye sin duda uno de los temas más importantes de la historia del catolicismo moderno y contemporáneo. Importante, me parece, porque es muestra de los múltiples niveles que caracterizan al catolicismo, siendo al mismo tiempo símbolo de identidad y devoción local, extremadamente local, de muchas regiones, pero también símbolo imperial y finalmente universal y pontificio.

En su día fue sobre todo motivo de querella entre los teólogos, maculistas como los dominicos, contra inmaculistas como los franciscanos, querellas que tuvieron en Sevilla uno de sus teatros más destacados. Mas fue sobre todo símbolo de identidad de muchísimas localidades y corporaciones, entre las cuales no puedo evitar dejar de mencionar al Ilustre Ayuntamiento de Orizaba, representante del vecindario de españoles, uno de cuyos argumentos de antigüedad era la constante presencia de una imagen y cofradía de la Inmaculada en dicha población. Hasta hoy sin duda, su celebración en México tiene un carácter muy local, tan es así que sus imágenes son más conocidas por los pueblos donde se encuentran que por la advocación misma, baste citar a la Virgen de Juquila y la Virgen de San Juan de los Lagos.

De especial importancia en el mundo hispánico, la Corona misma desde el siglo XVII con Felipe IV y en el siglo XVIII con Carlos III, hizo votos por defender la Pura y Limpia, y promovió constantemente su culto y su fiesta, de forma que quedaron íntimamente ligados a la lealtad monárquica. En tiempos de las guerras independentistas, la Inmaculada fue una de las muchas advocaciones movilizadas para obtener la liberación de Fernando VII, el monarca cautivo, y a su liberación, no faltaron iniciativas para fundarle nuevos conventos y promover su proclamación definitiva. No dejó de ser, al mismo tiempo abogada protectora local de muchas ciudades y provincias de Europa y América, por ejemplo de Lyon, en Francia, que hasta hoy celebra con luminarias su fiesta, originalmente motivada por su invocación contra la epidemia de cólera de principios de la década de 1830.

Mas en el siglo XIX, la Inmaculada se convirtió sobre todo en una de las advocaciones más caras al catolicismo ultramontano. Su definición por la autoridad pontificia vino a dar argumentos precisamente a la devoción al Papa como norte que debía guiar a un catolicismo cada vez más opuesto a los Estados nacionales en consolidación. Las celebraciones de su proclamación dogmática, que tuvieron lugar con toda la pompa posible por todo el orbe católico, fueron acaso uno de los grandes momentos de la historia de consolidación de esa autoridad, que hasta entonces se había mantenido casi ausente de las celebraciones públicas locales.

Habrá sin duda oportunidad para tratar con algún detalle algunos de estos temas, pero por el momento quisiera simplemente dejar paso a algunas imágenes, no todas de buena calidad lo reconozco, de la celebración de este año de la Inmaculada Concepción en Sevilla, ciudad de tradición inmaculista como pocas en el mundo hispánico.


Inmaculada en Sevilla, 2010 por davidclopez

Vidi speciosam

El responsorio Vidi speciosam es más bien conocido por un motete obra de Tomás Luis de Victoria; sin embargo, se trata de un himno de uso común en la liturgia católica, que retoma en su segunda estrofa una frase del capítulo 3 del Cantar de los Cantares, completada con otra, la primera, inspirada de la misma obra. El himno era utilizado en el Breviario Romano sobre todo para la festividad de la Asunción de la Virgen, en agosto, para los maitines de la fiesta principal y de toda su octava. Siendo ésta la liturgia más solemne en torno a la Virgen, no es de extrañar que se retomara en el siglo XVIII para el oficio propio de Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac. Tal oficio fue concedido, en clase de doble de primera clase con octava, por el papa Benedicto XIV en 1754, y en los maitines se utiliza precisamente este responsorio, para la primera vigilia luego de la primera lección. Aquí presentamos una versión de Manuel Arenzana, de finales del siglo XVIII tomada de los archivos de la Catedral de Puebla, interpretada por el Coro y Conjunto de Cámara de la Ciudad de México dirigido por Benjamín Juárez Echenique.


Vidi speciosam por davidclopez

Levasseur y la reforma de la Iglesia Mexicana I

Ahora que el tema de la correspondencia diplomática está de moda gracias a WikiLeaks, aquí una entrada sobre la diplomacia del siglo XIX, que es también un tema apasionante. Embajadores, ministros plenipotenciarios, enviados extraordinarios, o simples representantes oficiosos, su correspondencia con sus gobiernos da cuenta de una vasta gama de observaciones sobre los países en los que residían, además de una actividad muy importante, a veces más allá de lo que sus propios superiores hubieran esperado, en la promoción de los intereses que representaban y en la protección de algunos de sus compatriotas. El tema de la reforma religiosa, la de la Iglesia católica en particular, que tanto apasionó al siglo XIX, se contó también entre las preocupaciones de los diplomáticos.

Aquí un caso especialmente interesante, el de André Levasseur, enviado extraordinario y ministro pleniponenciario enviado por la II República francesa a México en 1848. No era un tarea fácil, pues las relaciones entre México y Francia estaban interrumpidas desde la salida de su predecesor, Alleye de Cyprey, último representante de la monarquía constitucional francesa. Según se muestra en su correspondencia al ministro de Asuntos Extranjeros, Levasseur era orgullosamente republicano y además un fiero defensor de la imagen y de los intereses de su país ante los mexicanos. Saliendo incluso de las líneas que le marcaba su ministerio, no dudó en acercarse a los políticos mexicanos e incluso al presidente, el general Mariano Arista, para impulsar proyectos muy concretos, en beneficio de México decía él, pero por supuesto y sobre todo en beneficio de los intereses galos. Uno de los temas en que el plenipotenciario no dudó en intervenir fue en el de la reforma de la Iglesia. Cabe decir que no era particularmente original, a pesar de sus afirmaciones en contrario. Básicamente proponía a los mexicanos el ejemplo de la Iglesia de Francia, desde dos perspectivas, una propiamente moral y religiosa, y otra directamente económica. Dejaremos la segunda para otra entrada, aunque digamos desde ahora que se trataba de sugerir la desamortización de los bienes eclesiásticos, hecho consumado por la Revolución en la década de 1790 y aceptado finalmente por la Iglesia galicana en el Concordato entre Napoleón y el Papa Pío VII firmado en 1801. Pero por lo toca a moral y religión, Levasseur insistía en presentar al clero galicano como ejemplo de la primera, ante la “hipocresía” de los sacerdotes mexicanos, y a los rituales franceses como más “ordenados” que los celebrado en México, que arriesgaban el “fetichismo”. Para mejor aportar el ejemplo francés a los mexicanos, Levasseur se empeñó en obtener la apertura de una iglesia, la de San Luis de los franceses, para sus connacionales, misma que se abrió con gran pompa en mayo de 1849. A continuación, su reporte de dicho evento a sus superiores, documento que me ha hecho favor de permitirme utilizar para este blog, junto con buena parte de la información que he citado hasta aquí, mi colega Irina Susana Valladares García, doctorante en Historia de la EHESS, y apasionada de las relaciones diplomáticas y comerciales entre México y Francia en el siglo XIX, tema al que dedica una interesante tesis. Sin más preámbulo pues, el informe del plenipotenciario en su idioma original.

Archives du Ministère des Affaires Étrangères, Correspondance politique-Mexique, vol. 37, f. 163, carta de André Levasseur, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario al ministro, México, 14 de mayo de 1849

« En vous énumérant, dans une dépêche du 1. avril, no. 18, les avantages que j’ai obtenus du gouvernement mexicain, en retour de la conservation provisoire de la Légation Française, je vous ai indiqué la cession que nous a été faite d’une église consacrée à l’usage des français résident à Mexico. Je suis heureux de pouvoir vous annoncer que depuis un mois nous sommes en possession de cette église et que, le 4 mai, les français résident à Mexico ont eu la satisfaction de célébrer sous ses voûtes pavoisés de drapeaux tricolores l’anniversaire de la proclamation de la république pour l’assemblée constituante.

Mes prévissions touchant les heureux résultats que nous pourrions recueillir de l’établissement d’une église catholique spécialement réservée aux pratiques religieuses de nos nationaux se sont déjà largement accomplis. L’ordre établis dans l’intérieur de notre temple, la dignité avec laquelle s’y célèbre notre culte, la conduite exemplaire et le zèle éclairé de notre curé forment un contraste trop grand avec le désordre qui règne dans les églises mexicains, le fétichisme qui s’y pratique et l’hypocrite intolérance ou l’immoralité et le cynisme de leurs prêtres pour que l’esprit public n’en ait pas été frappe. Aussi : puis-je affirmer que déjà un heureux changement s’est opéré dans les sentiments que le peuple du Mexique professe à notre égard en matière religieuse […]

D’un autre côté, les hommes éclairés, au nombre desquels je suis heureux de pouvoir compter quelques membres du haut clergé, ont accueilli l’ouverture de notre église avec une vive satisfaction parce qu’ils espèrent trouver bientôt dans les bons exemples qu’elle donnera un terme de comparaison qui fera comprendre à tout le monde la nécessité de réformer le désordre et l’immoralité de l’Église Mexicaine ».