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José María Mendizával

José María MendizávalLa entrada de hoy está dedicada a un personaje particularmente anónimo del siglo XIX veracruzano, o mejor dicho orizabeño: el teniente coronel José María Mendizával, laico devoto que ilustra bien algunas tendencias de la historia religiosa de ese siglo.

Militar retirado, Mendizával había sido oficial de las milicias realistas durante la guerra de independencia, si bien su carrera de armas no ha dejado testimonios particularmente relevantes. En cambio, fueron sus cargos civiles los que nos permiten acercarnos en alguna medida a su figura. Ocupó cargos en el ayuntamiento constitucional de Orizaba a partir de 1820 como síndico. Conviene recordar que se trataba de una corporación nueva, electiva, que venía a sustituir al viejo ayuntamiento privilegiado formado por regidores perpetuos, en el marco del régimen de la Constitución de Cádiz. Siendo militar, se le encargó la comandancia de las milicias cívicas, es decir, el cuerpo armado bajo la tutela del ayuntamiento, que debía respaldar el nuevo orden liberal.

Así, Mendizával se integró a la élite de “ilustrados” que controlaron el ayuntamiento orizabeño en los años siguientes, y se hizo notar entre ellos, especialmente en sus cargos en los ayuntamientos de los años 1826 y 1832.  Fue, por ejemplo, miembro de la comisión encargada de la introducción del alumbrado público y de la organización del cuerpo de serenos, llevando buena parte de la responsabilidad de ambas tareas, sobre todo la primera. Luego de dejar el ayuntamiento en 1826, comenzó a identificársele con las facciones que por entonces comenzaron a dividir la vida política local. Devino por entonces enemigo de los liberales radicales, cercanos a la masonería yorkina, y autodenominados “patriotas”; de hecho, Mendizával aparece en las crónicas locales como uno de los “escoceses”, la facción rival, denominada así por su supuesta (y nunca reconocida) cercanía con las logias masónicas de ese rito. En cualquier caso, es cierto que tuvo un papel importante en las querellas de facciones, sobre todo en 1828 cuando fue nombrado jefe político interino tras el arresto de Ignacio María de Soria, uno de los líderes “patriotas”. En ese cargo, apoyó la anulación de las elecciones legislativas de julio de 1828, en las que los “patriotas” orizabeños habían logrado imponerse.

Militar, munícipe, liberal moderado, queremos destacar sobre todo que era un hombre cercano al clero, e incluso un devoto defensor del catolicismo. Hombre religioso, era miembro de la Congregación del Alumbrado y Vela del Santísimo Sacramento, que como su nombre indica, tenía por obligación el culto eucarístico. Devoción a la vez tradicional y nueva, tradicional pues era sin duda uno de los símbolos más importantes del catolicismo desde el siglo XVI cuando menos, era nueva pues este tipo de congregación no aparece en México sino hasta principios del siglo XIX, caracterizándose en Orizaba por no tener otras obligaciones más que las religiosas. Contrario a las corporaciones de seglares de Antiguo Régimen, los congregantes no se reunían sino para el culto, sin tener fiestas o banquetes al estilo de las cofradías, ni bienes ni limosnas cuya administración los distrajera de su fin primordial.

Mas Mendizával, en tanto católico, no sólo oraba semanalmente ante la Eucaristía, sino que además su devoción tenía consecuencias en sus actividades públicas. Así, jugó con frecuencia un rol de intermediario ante el clero. Transmitía las solicitudes de los clérigos ante esa corporación, y al contrario, negociaba con el párroco las solicitudes de los munícipes y vecinos. Se ocupó por ejemplo del asunto de las joyas de la parroquia que el párroco Isidro Antonio de Icaza había llevado consigo a la Ciudad de México para repararlas cuando se convirtió en capellán de la corte imperial en 1822. Transmitió también solicitudes a propósito del agua de la fuente y de las casas de los padres carmelitas orizabeños.

Sobre todo, se hizo notar siendo alcalde en 1826, cuando su “celo religioso” lo opuso al representante del Estado, el jefe político Vicente de Segura, pero también al de la Iglesia, el párroco Francisco García Cantarines. Con el primero por haber arrestado a ciertos “extranjeros” a quienes confiscó unas “estampas obscenas y otras cosas prohibidas por nuestra religión”, siendo que esto era facultad exclusiva del jefe político; con el párroco, porque osó presidir, “con escándalo de los concurrentes”, el cabildo de la cofradía de San José, una responsabilidad exclusiva del jefe político. Denunciado por estos dos hechos en la sesión de cabildo del 27 de febrero de 1826, tuvo lugar entonces una “viva discusión” entre el jefe político y Mendizával, cuyo resultado fue la salida de éste último y su rechazo a cumplir con su cargo durante tres meses. Un poco más tarde, en septiembre, logró oponerse a las condiciones que el ayuntamiento quería imponer al proyecto de establecer un convento de religiosas carmelitas en Orizaba; en concreto, se les quería imponer la obligación de educar niñas, siendo que se trataba de una orden contemplativa. Ante un ayuntamiento que no veía sentido alguno en fundar un convento cuyas monjas, en palabras del presidente de la sesión, “no serían útiles sino a sí mismas”, Mendizával insistió en preservar el papel tradicional de los conventos femeninos.

En fin, la devoción de nuestro personaje dejó testimonio no sólo en las controversias de la época, sino también en los espacios sagrados. En los años 1830, sabemos que el teniente coronel Mendizával tuvo también un rol principal en la construcción y decoración de los templos. Financió dos retablos para la nueva capilla de la Escuela de Cristo y el baldaquín para la imagen del Señor del Calvario. Un poco más tarde emprendió la construcción de la segunda capilla anexa a la iglesia parroquial, la del Sagrado Corazón de Jesús, para la que hizo donación de todos los ornamentos de su oratorio familiar, y donde fue enterrado a mediados del siglo, como podemos ver en la placa que hasta hoy existe en la ahora Catedral de Orizaba.

Hombre de devociones nuevas, defensor de la tradición, apoyo del clero, constructor de capillas, unas décadas atrás Mendizával hubiera sido uno de los notables unánimemente reconocidos de la villa de Orizaba. Sin embargo, vivió ya en un régimen liberal, que él mismo ayudó a construir a nivel local, y por tanto en medio de las controversias sobre el lugar de la religión en el nuevo orden que hicieron de él, cierto un “hombre de bien”, pero al mismo tiempo un rival político, miembro de una facción identificada por un catolicismo tenido a veces por “fanatismo” por sus rivales. Mendizával pues, resulta un testimonio de los avatares del catolicismo en tiempos de los primeros pasos de la secularización.

De urnas y sotanas

Ayer se conmemoró el centenario de la Revolución Mexicana, al cual me temo he dedicado poca atención, entre otros motivos, porque es un tema que más bien desconozco. Sin embargo, debo reconocer que en su día, allá en mis tiempos de estudiante, escribí un texto que anda circulando por ahí entre tirios y troyanos, con el rimbombante título de “La Iglesia católica y la política en México, 1910-1938“, que publiqué entonces en un conocido sitio de trabajos escolares. El texto tuvo cierto éxito y ha sido retomado lo mismo por los editores del sitio de la Red Iberoamericana por las Libertades laicas que por el blog de la Revista Sinarquía, acaso lo más opuesto en signo ideológico que pueda haber en la materia. Ya hace casi una década que lo escribí, y aunque sin duda hoy lo habría redactado de manera diferente, me temo que difícilmente podré encontrar oportunidad para revisarlo o corregirlo. Por ello en esta ocasión, a más de reconocer la autoría de ese artículo, creo que es mucho mejor oportunidad de recomendar la lectura de otra obra que me parece fundamental, la de la Dra. Laura O’Dogherty Madrazo, De urnas y sotanas. El Partido Católico nacional en Jalisco, México, CONACULTA, 2001.

La profesora O’Dogherty nos muestra en esta breve monografía la forma en que se construyó el Partido Católico Nacional a partir del movimiento de los Operarios Guadalupanos en Jalisco y el Círculo Católico de la Ciudad de México. Además de ofrecernos un amplio análisis de la ideología y organización del movimiento, sobre todo las contradicciones de su proyecto social al mismo tiempo conservador y progresista, la autora nos muestra de manera convincente las divergencias internas entre el clero y los laicos comprometidos a propósito de la acción política durante la Revolución. No siendo, insisto, conocedor del tema, lo mejor que puedo hacer es sugerir su lectura, aprovechando además que una buena parte de ella se encuentra disponible en Googlebooks.

De sotanas por la pampa

Sotanas por la PampaMaria Elena Barral, De sotanas por la Pampa. Religión y sociedad en el Buenos Aires rural tardocolonial, Buenos Aires, Prometeo libros, 2007, 230 pp.

La profesora Barral nos ofrece una obra producto de su investigación doctoral, realizada en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, que se integra a una historiografía cada vez más amplia e interesante sobre la Iglesia católica en la América del sur. En efecto, es un tema en el cual ya autores como Roberto Di Stéfano, Miranda Lida, Lucrecia Enríquez, Sol Serrano, entre otros, han hecho avances fundamentales.

Especialista en la historia rural de la “campaña” de Buenos Aires, la autora nos presenta en su primer capítulo un interesante análisis de la construcción de la geografía eclesiástica de la región en el siglo XVIII. Sigue con detalle la multiplicación de las parroquias y viceparroquias, que asocia con la importancia económica y religiosa de cada región. Asimismo, estudia las trayectorias de los clérigos que atendían la región, cuyo número también va en aumento, prestando atención tanto a los seculares como a los religiosos. Estos últimos siempre habían sido dejados de lado incluso en la historiografía reciente, siendo que seguirán siendo importantes hasta las reformas de la década de 1820. Nos muestra así lo mismo sacerdotes que circulan y hacen carrera por las mejores parroquias de la Pampa, de paso hacia puestos en las ciudades, y otros que se asientan por largos períodos en la región, así como verdaderas pequeñas dinastías de párrocos que se suceden de tíos a sobrinos. Si bien nos muestra tanto los conflictos como los “méritos y servicios” de todos estos eclesiásticos, no podemos dejar de lamentar la falta de un mapa que ayude al lector a orientar por las tierras de la campaña bonaerense.

En su segundo capítulo, apoyada en múltiples fuentes, lo mismo en el Archivo de Indias de Sevilla que en el archivo parroquial local, nos presenta una interesante discusión en torno a lo que significaba ser un buen párroco en esta época, a partir del conflicto por el curato de Pilar en la década de 1780. En él se enfrentan los perfiles de clérigos que dibujó en el capítulo previo, uno con los estudios y la trayectoria que lo llevarán a hacer una importante carrera, otro con los vínculos locales que lo harán un párroco de larga duración en la Pampa. Sobre todo, nos muestra la forma en que los propios fieles podían valorar la conducta de sus sacerdotes en temas que no podemos dejar de resaltar por su coincidencia en casi todo el mundo católico de la época: la administración de los sacramentos, el pago de obvenciones, la severidad del cura en la corrección de sus feligreses, las obras de la parroquia y del culto. Nos permite además asomarnos, aunque de manera breve, a los vínculos de los notables locales de la parroquia, “compadres y cofrades” como dice uno de los epígrafes de la autora, que tenían en la cofradía un importante lugar de sociabilidad.

En fin, para terminar su análisis sobre el clero, nos muestra a los párrocos en el ejercicio de su labor de jueces, en tres temas fundamentales, el matrimonio, los testamentos y el derecho de asilo, todos ellos cada vez más limitados en esta época por la Corona. Y sin embargo, el estudio de la profesora Barral nos muestra que el párroco seguía siendo un juez importante en todos estos temas, a pesar de las medidas destacadas en la historiografía de otras latitudes.

En una segunda parte del libro, a partir del capítulo 4, la autora nos introduce en la historia religiosa propiamente dicha de Buenos Aires y su campaña. En primer lugar aborda los medios utilizados por los sacerdotes para “confesionalizar” a sus feligreses: el control de la práctica del precepto anual, las misiones itinerantes y las escuelas de primeras letras. Es de destacarse su estudio sobre las misiones de fieles, en general poco abordadas en la historiografía hispanoamericana, y en las que aprovecha muy bien el del Colegio franciscano de San Carlos de Carcarañá para mostrarnos las prácticas propias de los misioneros. No es menos notable su amplio estudio de las escuelas y de sus materiales, en el que prueba que, a pesar de un mayor interés de las autoridades civiles por la educación en los primeros años del siglo XIX, se trata de una educación profundamente religiosa, que utiliza sobre todo catecismos y catones cristianos.

Los últimos capítulos profundizan el análisis de las prácticas religiosas locales de la campaña. En principio, un tema singularmente dejado de lado en buena parte de la historiografía: la colecta de limosnas, de la que la autora logra dar idea de su importancia religiosa y social gracias a los conflictos que han dejado testimonios judiciales muy descriptivos. Así, nos encontramos con una práctica que moviliza recursos y hombres por amplios territorios, llevando imágenes, promoviendo devociones y prácticas muchas veces por fuera del control clerical. En el sexto capítulo recorremos además el calendario festivo de Buenos Aires, de la ciudad sobre todo, pero también de su campaña, con sugerentes ideas de la relación entre las fiestas religiosas y las actividades del campo, pero sin olvidar dar cuenta de la importancia que la fiesta tenía para las autoridades urbanas como teatro de sus rivalidades. Desde la Navidad a la Pascua y de Pentecostés al Adviento, desfilan ante los ojos del lector abundantes “estruendos”, fuegos artificiales, banquetes y danzas, al lado de vigilias, ejercicios de las Cuarenta Horas, procesiones y otras prácticas religiosas, todo ello entre esfuerzos de control por parte de autoridades civiles y eclesiásticas, y desbordamientos festivos de los fieles a veces apoyados por el propio clero.

A lo largo de la obra y en particular en el último capítulo, la profesora Barral nos muestra que la práctica religiosa local no se reducía a las fiestas, sino que podía integrar bien las prescripciones clericales, lo mismo en materia de abstinencia de carnes que de abstinencia sexual, en el cumplimiento sacramental o en la colaboración para el mantenimiento de los templos y el financiamiento de las ceremonias. En particular centra su atención en la celebración del bautismo y, siguiendo una amplia historiografía francesa y española, en la redacción de los testamentos (de los que analiza un centenar de la segunda mitad del siglo XVIII). La piedad barroca que Michel Vovelle caracterizara para el caso provenzal aparece también en las últimas voluntades estudiadas por María Elena Barral: elección de lugares de entierro, solicitud de mortajas, celebración de abundantes misas, participación en las cofradías y órdenes terceras. Resaltemos sobre todo el estudio que hace de los funerales de la región, y en particular la celebración de los entierros de párvulos, los “angelitos”, y asimismo, las devociones de los habitantes de la campaña a partir de las imágenes que se enumeran en sus inventarios post-mortem.

En fin, no podemos concluir sin resaltar una obra que se enriquece además con lecturas procedentes no sólo de la historiografía argentina, sino también de la española, mexicana y francesa. Si bien ha faltado acaso la inscripción en una problemática de conjunto que de mayor coherencia a la investigación, realiza sin duda importantes aportes para el estudio del clero y de la cultura religiosa de los siglos XVIII y XIX.

Memento mei Deus

Habiendo pasado la fiesta de muertos hace unos pocos días, aquí una breve entrada dedicada a la música de la liturgia de la ocasión. En concreto, presento aquí una versión de un responso muy recurrente tanto en el oficio como en las festividades de difuntos, el Memento mei . El responso se compone sólo de cuatro versículos, dos tomados del libro de Job, capítulo 7, y dos del Salmo 129 de la Vulgata, el De profundis, concluyendo con un Kyrie eleison (Señor, ten piedad) El Manual de los Santos Sacramentos del padre Sáenz de la Peña, impreso por mandato del obispo Palafox, como hemos citado en alguna otra ocasión, incluía este responso para la cuarta estación de la procesión general de difuntos del 2 de noviembre. El mismo manual lo incluía también, separándose en ello del Ritual Romano para respetar la costumbre de la Nueva España y los manuales Toledano y Mexicano, como primer responso a cantarse cuando el sacerdote llegaba a la casa de un difunto. Otros manuales, siguiendo el Ritual Romano, lo incluían en cambio después de una de las lecturas del oficio y para el momento en que se realizaba la aspersión del agua bendita sobre el cuerpo del difunto. La versión que presento aquí es de Hernando Franco, maestro de capilla de la Catedral de México en el siglo XVI, interpretada por el Coro de la Catedral Metropolitana.


Memento mei Deus por davidclopez

Entre procesiones de otoño

El mes de octubre fue para mí un mes de esperas burócraticas y de cambios, de incertidumbres y de reafirmación de amistades. En medio de todo ello, fue también un mes en que tuve la oportunidad, un tanto inesperada de seguir dos procesiones, que me resultaron por todo lo anterior, tanto más emotivas: primero, la de la hermandad de cargadores del Señor de los Milagros de París, formada por peruanos residentes en París, quienes portan la imagen de su titular por el atrio de la Catedral de Notre-Dame hasta su altar mayor. Y aquí en Sevilla, seguí la procesión de la Virgen del Rosario de la hermandad de Monte Sión. De una y otra aparecen aquí dos breves videos.

Ahora bien, el lector se preguntará ¿qué interés pueden tener las imágenes de estas dos procesiones en tierras europeas para la historia religiosa mexicana? Ante todo debo advertir que si las imágenes de las procesiones mexicanas han estado ausentes de este blog, es estrictamente por cuestiones físicas que no voluntarias. Asimismo, no pretendo tampoco decir que estas procesiones de hoy en día, sean idénticas a las de los siglos del Antiguo Régimen. Pero haciendo de la necesidad virtud, creo que el lector podrá apreciar hasta qué punto las procesiones, las de hoy y las de antaño, las de la Nueva España y las del México contemporáneo, tienen rasgos evidentemente comunes con las que se practican por todo el mundo hispánico, o incluso todo el mundo católico, europeo o americano.

El espacio de una entrada no es suficiente para tratar el tema de las procesiones de imágenes en toda la historia del cristianismo, pero partamos cuando menos del Concilio de Trento, que frente a las críticas protestantes validó el tema del honor que debe rendirse a las imágenes, por el prototipo que representan, que les confiere un carácter cuando menos sacro. En ese sentido, las imágenes católicas, representaciones de Dios, de la Virgen y de los santos, no podrían recorrer las calles sin manifestar al menos con toda la pompa posible la gloria celestial. Creo que lo he mencionado en alguna anterior, existe toda un cultura sensible en torno a las imágenes en procesión que alimenta numerosas expresiones artísticas. Para la vista, la imagen avanza rodeada de luces y flores, a veces bajo palio, en andas o en pasos dorados o plateados, y en el caso de las imágenes marianas sobre todo, luciendo vestidos y mantos que han sido el orgullo de devotos y bienhechores. Para el oído, la procesión católica es casi impensable sin la fanfarria de metales y percusiones, sin marchas e himnos, sin el repicar de campanas a su paso, y a veces también de cohetes o de “tambores y chirimías” como en el caso de Orizaba en el siglo XVIII. El olfato, en fin, se deleita con el incienso que se quema incensarios y sahumerios.

Hay también toda una cultura de la portación de imágenes. Pasos y andas suelen exigir un esfuerzo físico importante y es necesaria toda una técnica para llevarlas con mayor facilidad, balanceando las imágenes a su paso, buscando cierta homogeneidad entre los portadores para mantenerlas bien equilibradas. Las cuadrillas de cargadores (y cargadoras) lucen su destreza al levantar a las imágenes y al hacerlas pasar por los más estrechos pasajes y puertas, siguiendo las señales de sus jefes para los cambios de ritmo o de orientación. Portar la imagen en hombros, además, tiene implicaciones religiosas, sociales e incluso políticas específicas según el tiempo y lugar. Recuerdo el ejemplo que nos ofrece María José del Río Barredo (Madrid, urbs regia. Marcial Pons, 2000), de los reyes españoles del siglo XVII haciendo el simulacro de ofrecerse de voluntarios para cargar imágenes, que terminaba siendo imposible por no encontrar otros cargadores a la altura del monarca, pero que daba cuenta de la devoción del rey católico.

Y por supuesto, hay una cultura de la recepción de las imágenes: las multitudes del mundo católico las rodean, las ovacionan, adornan los balcones a su paso, les cantan y les recitan versos, o incluso bailan ante ellas. Esta última práctica fue también bien conocida en Europa y tomada muy en serio, Marianne Ruel (Les chrétiens et la danse dans la France moderne, Honoré Champion, 2006) refiere los reclamos de una parroquiana ante un clérigo joven que se atrevió a reírse de la danza de los “tripettes” ante una imagen. Más todavía, la propia imagen puede no sólo avanzar solemnemente sino danzar ella misma, como vemos aquí al Señor de los milagros portado por sus devotos en una oscura noche de octubre parisina.

En su día, los ilustrados del XVIII y los liberales del XIX no dudaron en considerar todas estas prácticas cuando menos como “supersticiosas” y, sobre todo los últimos, trataron de eliminarlas. Ello será tema de alguna otra entrada, por ahora aquí dejo los dos videos prometidos, donde vemos mucho de estas prácticas, declinado desde luego según modalidades específicas: el Señor de los Milagros avanza en andas, mientras que la Virgen del Rosario de Monte Sión lo hace en un pesado paso cubierto de palio, pero ambos rodeados de flores y cirios; a uno le queman incienso en sahumerio a la otra en incensarios de plata; uno le cantan su himno propio, a la Virgen, la Salve y el Ave María; al Cristo lo portan cargadores que danzan con él, a la Virgen costaleros que arrancan una ovación a la multitud con sólo levantarla. Una y otra procesión nos permiten ver, me parece, hasta qué punto las prácticas religiosas de México, siendo tan propias, son a la vez, por parafrasear al profesor Pierre Ragon, las de una cristiandad ordinaria.


Virgen del Rosario de Monte Sión por davidclopez

Señor de los Milagros 2010 por davidclopez