Archivo por meses: septiembre 2010

Notre-Dame de Paris

FachadaAquí una última entrada parisina, a propósito de la que es sin duda la iglesia más conocida de la ciudad, la Catedral de Notre-Dame. Mas en esta ocasión quisiera no hablar tanto de su historia, como de su vida religiosa actual. En efecto, a pesar de las apariencias, la Catedral no es sólo un atractivo turístico de París, aunque es bien cierto que la mayor parte de sus visitantes son turistas y que sus ingresos dependen en buena medida de la compra de cirios y veladoras con la imagen de la Virgen, que asimismo son los turistas quienes más compran. La vida religiosa y litúrgica de la Catedral está lejos de reducirse a algunos horarios como dicen algunos: en medio de la multitud de turistas, los capellanes y canónigos de la Catedral dedican buena parte de la jornada a escuchar confesiones en las capillas laterales (y siempre hay fila de espera, aunque corta) mientras que todas los días se celebran cuatro o cinco misas, además de los oficios de Laudes y Vísperas, ya en el altar mayor o en el del coro, la adoración del Santísimo Sacramento los jueves (especialmente querida de los fieles franceses) y la de las reliquias de la Pasión los primeros viernes de mes (especialmente cara a los fieles de origen ruso), además de las numerosas celebraciones que implica el calendario litúrgico. Como cualquier catedral del mundo católico, Notre-Dame celebra, y de manera especialmente notable todas las festividades del año, siendo especialmente visitada por franceses y extranjeros en los momentos fuertes de éste. Por ejemplo, para la misa de Navidad, la misa de medianoche, de la cual, como dice el rector arcipreste, no vale preguntar su horario porque es puntualmente a la medianoche. Asimismo, para las celebraciones de la Semana Santa, especialmente la misa crismal y la del domingo de Pascua, o para las ordenaciones sacerdotales a finales de junio, cuando se reúne una pequeña multitud que habla, en principio, francés.

A ello hay que agregar que la catedral, como iglesia principal de la diócesis, es punto de reunión de todas las comunidades extranjeras residentes en la ciudad, que son muchas. Lo mismo recibe a la comunidad peruana para la procesión de la imagen del Señor de los Milagros a principios de noviembre, que a la comunidad mexicana para la misa de la Virgen de Guadalupe en diciembre, a los ukranianos de rito greco-católico en febrero, a los armenios en la fecha del memorial del genocidio de principios del siglo XX, y de cuando en cuando a vietnamitas, haitianos, africanos y un amplio etcétera.

Para organizar todo ello, la Catedral es ante todo una pequeña comunidad. No me refiero sólo a los sacerdotes, que encabezados por el rector arcipreste Monseñor Jacquin, destacan por su formación intelectual (que se puede constatar en las conferencias de Cuaresma y Adviento), por sus competencia en varios idiomas y por sus origenes diversos. Además, existe un medio centenar de empleados de la catedral, entre sacristanes, recepcionistas y guardias, y hay que destacar también a los voluntarios, que se ocupan lo mismo de la distribución de las hojas de los oficios del día, que de distribuir la comunión. Hay también un pequeño contingente de fieles asiduos de la catedral, lo mismo algunos jóvenes de los colegios y movimientos católicos (los scouts en particular), que adultos y personas mayores, algunos por cierto “originarios de la migración” como dicen aquí, es decir de ascendencia subsahariana, filipina, española, portuguesa, china, malgache, etcétera. De hecho es de destacar la presencia indú entre los guardias de la Catedral, algunos de conversión relativamente reciente, y cuyos hijos han recibido en ella los sacramentos iniciales. Entre los fieles, una antigua corporación: los caballeros del Santo Sepulcro, que asisten sobre todo en la custodia de las reliquias de la Pasión y en las procesiones con la imagen de la Virgen.

Por supuesto hay que mencionar la célebre Maîtrise de la Catedral, sus tres prestigiosos coros de adultos, jóvenes y niños, dirigidos hoy por el maestro Lionel Sow, quienes interpretan en las celebraciones cotidianas, y también para numerosos conciertos y audiciones gratuitas o de bajo costo, una selección musical siempre acorde con el contenido religioso de la celebración. Al lado de los coros, por supuesto, los organistas, músicos profesionales de gran talla que sorprenden con sus ejecuciones de obras clásicas y con improvisaciones para cada ocasión, y que son especialmente apreciados por los fieles franceses, mucho más sensibles al órgano que en la tradición hispana. Son todos ellos quienes hacen que la Catedral sea mucho más que un edificio histórico. No puedo menos que subrayar que la Catedral se hace notar por el cuidado de la liturgia, por la música sin duda, pero en general por el cuidado en el respeto de lo sagrado y del sentido religioso de todas las celebraciones.

En fin, la Catedral tiene también una vida política importante: es prácticamente el templo nacional francés. En efecto, esta república laica se distingue por carecer de ceremoniales laicos para la memoria de sus muertos, por lo que, de manera muy natural, Notre-Dame ve la llegada del presidente de la República, de los ministros y el alcalde de París, recibidos como corresponde por el arzobispo y el rector arcipreste, con motivo de funerales nacionales. Aunque la otra catedral católica de la ciudad, Saint-Louis-des-Invalides, la del obispo del Ejército, es la que tiene mayores responsabilidades, en Notre-Dame se han celebrado por ejemplo el homenaje nacional de las víctimas del vuelo Río de Janeiro-París en 2009, o los funerales del presidente Miterrand en 1996. Por todo ello, la Catedral de Notre-Dame de París, es hoy y creo por largo tiempo más, un lugar para la historia religiosa y política francesa y del catolicismo europeo del siglo XXI.

Un paseo por el París de los devotos II

Ya que hemos atravesado los jardines de Luxemburgo, avancemos por la rue de Vaugirard para llegar al Instituto Católico de Paris, “la Catho” como le dicen los franceses, prestigioso centro de formación de la que han salido buen número de teólogos de Europa y América.

El ICP se encuentra instalado en lo que fuera el antiguo Saint Joseph des Carmesconvento de carmelitas de París, del que subsiste su iglesia, la de San José de los Carmelitas. Esta iglesia barroca del siglo XVII, construida con el apoyo de la reina María de Médicis, es célebre no tanto por su arquitectura, sino por haber sido el teatro de una de las más célebres masacres de la Revolución Francesa, la del 2 de septiembre de 1792, durante la cual un grupo de poco más de un centenar de clérigos (sacerdotes y obispos) fueron asesinados por la multitud. Hoy en día, las reliquias de estos “mártires de septiembre”, elevados a los altares por el papa Juan Pablo II, se veneran en la cripta de la iglesia, donde se encuentran también las de otro de los grandes protagonistas de la historia religiosa francesa, pero del siglo XIX, Frédéric Ozanam, fundador de las conferencias de Saint-Vincent-de-Paul. Sin olvidar todo ello, la cito precisamente por su origen: sede de una orden reformada, los carmelitas descalzos, llegada a Francia como parte de los esfuerzos de la Reforma católica para reanimar la vida religiosa en un sentido más estricto. No fue casualidad que los religiosos se instalaran ahí, pues el barrio en su conjunto se convirtió en el siglo XVII en uno de los puntos más activos de los devotos católicos.

Saint Vincent de PaulAsí, si avanzamos un poco por la rue d’Assas y luego por la rue de Sèvres hacia el poniente, encontraremos algunos de esos históricos establecimientos, por ejemplo el antiguo hospital de los Incurables, llamado más tarde hospital de Laennec, enfrente del cual se encuentra la capilla a la que se trasladaron en el siglo XIX los padres lazaristas, llevando consigo las reliquias de su fundador san Vincent de Paul, mismas que vemos en la imagen. De este ilustre santo varón de la Reforma católica hay mucho que decir. Figura tal vez la más importante de la caridad de la época, se distinguió por su trabajo con los presos condenados a galeras, fundó en 1625 la congregación de la Misión, los lazaristas, por habérseles concedido la administración del gran leprosario de París, el de Saint-Lazare (terrenos de la actual estación de tren de ese nombre). Impartió conocidas conferencias de caridad y reforma de las costumbres que atrajeron a los notables de la época, incluyendo al rey Luis XIII (a quien asistió en sus últimos momentos), organizó un seminario de sacerdotes misioneros, además de la congregación de las Hijas de la Caridad.

Interior Capilla Misiones ExtranjerasPero si de misioneros franceses del siglo XVII se trata, hay que avanzar hacia el norte por la rue du Bac para visitar el seminario de las Misiones extranjeras de París, organizado por los jesuitas en 1663. De este histórico lugar salieron los evangelizadores del Extremo Oriente: Indochina (es decir los actuales Vietnam, Laos y Camboya), Tailandia, China y la India fueron sus principales lugares de destino. Con el tiempo, en los siglos XVIII y XIX, tendrían también un lugar destacado en la evangelización de Corea y de Japón, y hasta la fecha sigue siendo un importante centro de colaboración entre el catolicismo francés y el asiático. La congregación y su capilla, la de la Epifanía, contaron también con el apoyo de los grandes nombres del catolicismo francés: Bossuet, el gran obispo de Meaux, fue quien pronunció el primer sermón, obteniendo también el respaldo de Luis XIV.

Nave centralEstando en la rue du Bac no estaría mal hacer una parada en la capilla de la Medalla Milagrosa, pero ello nos adentraría mucho más en el siglo XIX, por lo que conviene mejor seguir nuestro camino hacia el centro de este barrio: la gran iglesia parroquial de Saint-Sulpice. Respaldada por la reina Ana de Austria y el príncipe de Condé, la iglesia fue construida a partir de la década de 1640, y aunque consagrada poco después, su fachada se terminó hasta 1745 y el edificio en su conjunto hasta finales del siglo XIX. Iglesia monumental, pensada para una capacidad de 10 mil personas, punto central de la nueva Roma que debía ser este barrio parisino, cuenta hoy con numerosas obras de artes, destacándose las tumbas de los curas Languet de Cergy y del abad de Bernay. Mas Saint-Sulpice se hizo además célebre por su párroco Jean-Jacques Ollier, un ilustre devoto, director de conciencia, maestro guía de las oraciones de sus penitentes y parroquianos, pero sobre todo fundador del seminario del mismo nombre de la parroquia donde se formaron casi dos mil clérigos del siglo XVII francés, párrocos sobre todo, pero entre ellos también hombres de letras como Fénelon. Además el seminario construirá una importante red por todo el reino que dará origen a toda una escuela de sacerdotes “sulpicianos”, conocidos por su rigorismo y su formación espiritual.

Tumbas de Dom Mabillon, DescartesPara terminar el recorrido por el 6o. distrito, apenas un par de calles al norte de Saint-Sulpice, se encuentra la iglesia de la antigua abadía benedictina de Saint-Germain-des-Près. Al principio guardaban entre sí una relación semejante a la de la abadía de Sainte-Geneviève y la parroquia de Saint-Étienne-du-Mont, pero luego Saint-Sulpice se emancipó. Abadía antigua, data de los primerios reyes merovingios, quienes la destinaron a albergar prestigiosas reliquias de tiempos de las persecuciones, en concreto la túnica de San Vicente de Zaragoza. En el siglo XVII la abadía conoció un renacimiento intelectual especialmente notable, siendo cabecera principal de la congregación de Saint-Maur, a la que he hice alusión en la entrada anterior. En efecto, los mauristas se destacaron por su erudición, especialmente en materia de fuentes históricas, destinadas desde luego a validar o negar muchas de las viejas tradiciones del catolicismo. Es decir, fueron ellos pusieron las bases de la diplomática y de la crítica documental, para determinar por ejemplo la autencidad o falsedad de un documento. Su biblioteca y sus propios trabajos fueron muy importantes en su día, destacándose en particular dom Jean Mabillon, hombre de controversias eruditas que dieron origen a obras como De re diplomatica, un tratado sobre la autentificación y datación de documentos en respuesta a la obra de un jesuita holandés, Papenbroeck. Mabillon fue también autor de un Traité des études monastiques, sobre la posición que este tipo de trabajo debía tener en la vida monástica. Dom Mabillon fue desde luego enterrado en la iglesia de la abadía, donde también descansa otro de los sabios teólogos del siglo XVII francés: René Descartes. En la imagen, de la que pido mil disculpas por su mala calidad, aparecen los epitafios de ambos y el de dom Bernard de Montfaucon, también monje erudito, traductor y editor de obras de los Padres de la Iglesia.

La iglesia de Saint-Germain-des-Près, a pesar de la austeridad de su fachada, es en su interior un templo amplio que conjunta diversos estilos, desde el gótico al barroco, y bellas obras de arte, entre las cuales se destaca la magnífica tumba del rey de Polonia Juan Casimiro Vasa. Mas dejemos ya el 5o. distrito, para una visita más, un tanto alejada de esta zona de la ciudad, pero que es cuando menos obligatoria para terminar de conocer el París de los devotos.

FachadaCierto, los establecimientos de caridad y de beneficencia, los seminarios, las abadías y las parroquias que hemos recorrido son todas importantes, pero faltan los testimonios de una orden que está especialmente asociada a la Reforma católica: la Compañía de Jesús. Para ello debemos avanzar hacia el norte, tomando sin duda el metro, línea 4 y luego línea 1, hasta el Marais, barrio que debe su nombre al hecho de ser una antigua zona pantanosa que, debidamente desecada, se convirtió en el barrio de la nobleza, y en particular de la nobleza devota, en el siglo XVII. Ahí, con el respaldo del rey Luis XIII en persona, los jesuitas comenzaron la construcción de su casa profesa en 1627, levantando esta magnífica iglesia, imitando su casa matriz, la iglesia del Gésu de Roma, dedicada por supuesto a San Luis Rey. Cuando se concluyó en 1641, asistió a su consagración la corte en su conjunto: a pesar de su enemistad con los jesuitas, el cardenal Richelieu fue quien ofició la primera misa, que contó también con la participación del Bossuet, obispo de Meaux, y con la asistencia del rey y la reina, el príncipe de Condé y los más altos dignatarios del reino. Contó por entonces también entre las asiduas de la iglesia a la marquesa de Sévigné, una de las damas más conocidas del París de la época, sobre todo por la edición de su correspondencia.

Alegoría la fe y la idolatríaEl interior del templo, muestra claramente que se trata de una iglesia jesuita: como la orden no tiene obligación de celebrar el oficio divino, a diferencia de la mayor parte de las iglesias parisinas, ésta no tiene coro. Desde el momento en que se accede, se tiene a la vista el altar mayor, muy bien iluminado a través de los ventanales de la cúpula, que se encuentra justo sobre el transepto. Si bien hoy en día no tiene el mismo esplendor que en el XVII, el visitante puede sin duda interesarse en el “Cristo en agonía en el monte de los Olivos” de Delacroix, y las alegorías de la fe y de la idolatría que se encuentran en los extremos del transepto. El visitante idenficará sin duda, en las garras de la idolatría a una mujer con un tocado de plumas, representación de América, pues los devotos de la época patrocinaban también la evangelización más allá del Atlántico, en este caso en particular, en el Canadá francés.

Un paseo por el París de jansenistas y devotos

La ciudad de París puede estar asociada con la Torre Eiffel, los Champs Elyssés o con las boutiques de moda, o tal vez con el Museo de Louvre para los más cultos, o acaso con los barrios de Montparnasse y Montmartre para los de sensibilidad artística. Para mí, en estos tres años viviendo en ella,esta ciudad está sobre todo asociada con las iglesias que son testimonio de los movimientos religiosos que agitaron la vida urbana en los siglos XVII y XVIII especialmente, de la Reforma católica al Jansenismo.

Port RoyalSi pudiera llevar a alguien a recorrer, a dar un paseo por ese París del Antiguo Régimen, comenzaría sin duda por el sur, en el actual 14o. distrito (arrondissement), en el antiguo monasterio de Port-Royal (1626), sucursal urbana de la abadía benedictina femenina ubicada en la Chevreuse. Comenzaría por ahí en buena medida por ser el único recuerdo de su casa matriz, destruida a principios del siglo XVIII porque sus religiosas habían convertido el monasterio en el centro de una red, una “nebulosa” por emplear el término de una especialista del tema (Catherine Maire) que contaba entre sus miembros a los padres Saint-Cyran y Arnauld. La “nebulosa de Port-Royal” era promotora de un catolicismo rigorista, desconfiado de una naturaleza humana marcada por la concupiscencia, y que insistía por ello en la contrición del corazón y en la penitencia más que en las obras de caridad y en los actos de devoción. Su rigorismo y su cuidado de lo sagrado los hizo insistir en la separación entre lo temporal y lo espiritual, generando no pocos debates a lo largo de los años.

NaveLos port-royalistas y sus herederos jansenistas, veían con desconfianza temas como la comunión frecuente, las pompas barrocas, los numerosos cultos a los santos, la multiplicación de las advocaciones marianas, que eran en cambio muy caros a otros sectores del catolicismo parisino. Apenos unos pocos metros al norte de la austera Port-Royal parisina brilla hasta hoy la cúpula de la iglesia de la antigua abadía de Val-de-Grâce, fundada por la reina Ana de Austria, esposa de Luis XIII a mediados del siglo XVII, y dedicado como un ex-voto a la intercesión de la Virgen María para que la propia reina diera a luz al futuro Luis XIV. En ella, el altar mayor instalado en un baldaquino nos muestra una Natividad en medio de un suntuoso decorado, mientras que la bóveda luce una magnífica glorificación de la Virgen.

Planteadas ya estas dos grandes tendencias del catolicismo francés, podríamos internanos entre las parroquias del actual distrito 5o. que en el siglo XVIII fueron el cuartel del movimiento jansenista, ya en sus años de persecución bajo Luis XIV y Luis XV. En efecto, si avanzamos un poco más al norte por la rue Saint-Jacques nos encontraremos con el actual Instituto de Jóvenes Sordos, antiguo seminario de Saint-Magloire, de donde salió un buen contingente de párrocos jansenistas, y a su lado la parroquia, también jansenista en su día, de Saint-Jacques du Haut-Pas.

Saint MédardAunque también podríamos avanzar hacia el oriente hacia la rue Mouffetard, en dirección de la antigua y medieval iglesia de Saint-Médard del barrio de Saint-Marcel. Iglesia construida en tiempos de las guerras de religión del siglo XVI, se distingue por su estilo gótico. La parroquia fue frecuentada en su tiempo por buena parte de la “nebulosa de Port-Royal”, entre otros por Pascal, pero adquirió relevancia sobre todo en el siglo XVIII, cuando fue enterrado en el cementerio de la iglesia el diácono François Pâris, un ilustre penitente jansenista cuya tumba empezó a atraer a los fieles por los milagros que tenían lugar en ella. En consecuencia el cementerio fue cerrado por la autoridad civil en 1732 (“El rey prohibe a Dios hacer milagros en este lugar” decía un panfleto pegado al muro que cerró el cementerio), pero los milagros no se detuvieron, sino que pasaron de las curaciones a las convulsiones: grupos de mujeres jóvenes de medios modestos se reunían para figurar en sus cuerpos el dolor que padecía el movimiento jansenista, figura de la Pasión de Cristo. Sobre todo ello abunda la obra de la profesora Maire, De la cause de Dieu à la cause de la nation.

De Saint-Médard, podríamos subir por la pintoresca rue Mouffetard hasta la que era la sede de su jurisdicción, la antigua abadía masculina de Santa Genoveva, cuya iglesia es hoy en día el célebre Panthéon, lugar de entierro de los hombres ilustres de la República Francesa, y cuyo edificio es ahora el Liceo Henry IV.

Abadía del XVIILa abadía, reformada en el siglo XVII, constituía uno de los grandes centros intelectuales del movimiento jansenista, y era también el prestigioso recinto de las reliquias de la santa patrona de la ciudad, constantemente movilizadas en caso de catástrofes naturales o guerras, cuando eran llevadas en procesión a la catedral. Los “messires de Saint-Geneviève” o “génovéfins” eran poseedores de una vasta cultura, que aplicaron al servicio de la causa jansenista. Su biblioteca fue consultada en su día no sólo por los monjes sino también por los sabios de la Ilustración, y si bien no fueron tan célebres como los benedictinos de Saint-Maur, no mostraron menos interés en desvanecer devociones que estimaban falsas o supersticiosas. Vale mucho la pena pedir la autorización para un recorrido por la antigua abadía, de la que se conserva, aunque no en el mejor estado, parte del refectorio, la biblioteca, la escalera de honor, además del edificio propiamente tal, entre otros puntos.

San Esteban del MonteY ya que estamos en esta zona, no podría faltar una visita al refugio actual de las reliquias de Santa Genoveva tras la Revolución: la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, antigua parroquia también bajo la jurisdicción de los monjes, y donde fueron enterrados algunos de los hombres sensibles al movimiento como el propio Blaise Pascal. Otros fueron traslados ahí más tarde, como Racine, luego de la destrucción de la abadía de Port-Royal des Champs.

La iglesia fue construida entre finales del siglo XV y el siglo XVII, cuando fue concluida la fachada, con una magnífica portada de columnas salomónicas. Su interior es asimismo notable con un falso “jubé” es decir, en lugar de un muro para separar el coro de la nave, existe un pequeño arco triunfal muy carácteristico, flanqueado con dos columnas con escaleras de espiral, a la moda del Renacimiento.

La SorbonneApenas a unos cuantos pasos, se encontraban los colegios en los que bullía lo más importante del movimiento jansenista en su aspecto intelectual, los de la Facultad de Teología de la Universidad de París, que es tanto como decir La Sorbonne. Aquí en la foto, la única parte que se conserva del viejo edificio que el cardenal de Richelieu, ministro del rey Luis XIII, mandara construir en el siglo XVII en su calidad de canciller de la Universidad: la capilla, donde fue enterrado el propio Richelieu, hasta que su tumba fue profanada durante la Revolución.

Cabe decir, la Sorbonne de hoy es el edificio construido bajo la Tercera República a finales del siglo XIX para albergar una refundada universidad parisina. Tras los acontecimientos de 1968 esa universidad se disolvió, fundándose las nuevas universidades de París que hoy son 13, de las cuales Paris I, Paris III, Paris IV y Paris V tienen instalaciones en este edificio, compartidas con la Escuela Práctica de Altos Estudios y la École de Chartes.

La llegada a la place de la Sorbonne sería un buen momento para una pausa en nuestro recorrido, pausa que haríamos atravesando el boulevard Saint-Michel para entrar en los siempre agradables jardines de Luxembourg, cuyo palacio, actual sede del Senado y otrora palacio de la reina María de Médicis, fue también un escenario de gran importancia en la historia francesa del siglo XVII. Y es oportuno atravesar los jardines, pues ahora nos dirigimos hacia el distrito 6o. hacia el gran barrio de los devotos del siglo XVII…

Hidalgo en la historia

Finalmente llegó el Bicentenario, por lo cual para esta fecha tan particular, me pareció oportuno traer a la memoria el discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Historia que don Edmundo O’Gorman pronunciara el 3 de septiembre de 1964, y que titulara Hidalgo en la Historia. En él, su autor recorre con la maestría que le caracterizaba, la imagen de Hidalgo prácticamente desde su muerte hasta su elevación definitiva a los altares patrios, con sugerentes ideas sobre los años finales del siglo XIX y principios del XX, mostrando la forma en que las circunstancias políticas habían ido construyendo la historia. Me limito aquí a presentar su primera parte, dejando al lector interesado en conocerlo íntegramente la liga a la página de la Academia, donde puede descargarlo cómodamente en formato pdf.

Hidalgo en la Historia

Fue tan violenta, tan devastadora la revolución acaudillada por Hidalgo que siempre nos embarga la sorpresa al recordar que sólo cuatro meses estuvo al mando efectivo de la hueste. En el increíblemente corto espacio de ciento veinte días, aquel teólogo criollo, cura de almas pueblerinas, galante, jugador y dado a músicas y bailes; gran aficionado a la lectura y amante de las faenas del campo y de la artesanía, dio al traste con un gobierno de tres siglos de arraigo, porque si la vida no le alcanzó para saberlo, no hay duda que fue él quien hirió de muerte al Virreinato. David y Goliat, solían decir sus panegiristas. ¿Cómo no asombrarnos, entonces, del trauma que le provocó a la sociedad de la época el cariz tempestuoso y tumultuario de aquella rebelión? Y sobre todo ¿cómo no comprender el pasmo entre quienes, amigos suyos, admiraban en él, disimulando flaquezas, la clara inteligencia y los sentimientos benévolos y progresistas? No muy distinto sería nuestro horror, si mañana desayunáramos con la nueva de que Justino Fernández había asaltado en la madrugada el Palacio Nacional al frente de los barrenderos de la ciudad y de los detenidos en los separos de la Procuraduría.

Quienes pretenden —y son legión— hacernos creer en el alzamiento de Hidalgo como el episodio inicial de una lucha entre buenos y malos, harían bien en tener presente aquel desconcierto para enjuiciar con más tolerancia reacciones inmediatas como la tan censurada excomunión que fulminó Abad y Queipo y para comprender, además, la acrimonia que predominó durante la primera etapa de la insurgencia. Españoles y criollos, por igual, le acumularon al sacerdote rebelde la suma de epítetos que atesora nuestra lengua para el vilipendio. Pero a este respecto conviene distinguir entre cargos e insultos, aunque lo primero suele sonar a lo segundo. Así, cuando el Fiscal del Santo Oficio dice del Cura que, entre otras cosas, era hereje, apóstata, deista, materialista, libertino, sedicioso, lascivo, judaizante, traidor y secuaz de las sectas de Sergio, Berengario, Cerinto, Carpocrátes y de otras que desenterró para lucimiento de su erudición, no es que lo injurie, como tampoco el agente del Ministerio Público de nuestros días a quien indicia de la comisión de un delito. Pero descontado todo eso, todavía queda el imponente cúmulo de denuestos que le dedicaron a Hidalgo sus enemigos. Sin mencionar los que mejor están para callados, podemos entresacar los siguientes a manera de ejemplo: soberbio endemoniado, oprobio de los siglos, Sardanápalo, sicofanta descarado, clérigo espadachín, capitán de bandoleros y asesinos, aborto del pueblo de Dolores, injerto de los animales más dañinos, y otras lindezas por el estilo.

Pero a esta imagen de execración se opone la que nos han conservado los documentos procedentes del campo contrario. Hidalgo, en efecto, no sólo conservó entre los suyos el renombre de sabiduría y de bondad que le conquistaron sus afanes académicos y los esfuerzos que desplegó por mejorar las condiciones de vida de sus feligreses, sino que, decorado con el tratamiento de Alteza Serenísima y exaltado al pedestal de héroe magnánimo e invicto, de defensor de la religión y del pueblo, acabó por emprender un vuelo trascendental: predilecto hijo de María en su advocación de Guadalupe, apareció esplendoroso en el cielo de Jalisco como el elegido de Dios, el mesías de la regeneración de la Nueva España, el hombre providencial, el primero de los muchos que, quizá más para mal que para bien, se ha dignado enviar entre nosotros la Majestad Divina.

Monstruo luciferino y ángel de salvación, he aquí la extraña dualidad con que penetró Hidalgo en el reino del mito donde las balas ya no pudieron alcanzarlo. Así transfigurado descendió a la Tierra, y en torno a la pugna entre aquellos extremos irreductibles se fue convirtiendo en el genio tutelar de nuestra historia. En las páginas siguientes queremos rastrear las huellas que en esa peregrinación ha dejado tan ilustre sombra.

Discurso completo

Te Deum

Cuenta la tradición que, al momento del bautismo de San Agustín de Hipona, él y su mentor San Ambrosio de Milán, inspirados por el Espíritu Santo comenzaron un diálogo cantado, es decir uno respondía al otro sucesivamente, hasta formar un himno de alabanza que pasó a la liturgia como el principal para las acciones de gracias: el Te Deum. Desde luego, el himno en realidad no es del siglo IV sino del VIII-IX, poco más o menos, y su uso principal es en el Oficio divino al final de los maitines, el oficio que se rezaba tradicionalmente a la medianoche, especialmente en ciertas fiestas, como la Pascua de Resurrección. Es un largo canto en el que la tierra, todos los órdenes del cielo (ángeles, potestades, querubines y serafines; apóstoles, profetas, mártires) y la Iglesia toda cantan al “Dios de los Ejércitos” (Deus Sabaoth), primero, y luego a las tres personas de la Trinidad, para luego invocar la obra salvadora de Cristo y concluir con una extensa oración pidiendo la protección del pueblo, citando varios pasajes de los salmos.

Por su contenido pero también por su origen tradicional, se le asoció pronto con el tema de la elección divina de un gran personaje, y pasó así a relacionarse con la majestad humana: en el año 800 se le utilizó para la recepción en Roma de Carlomagno, cuando iba a ser coronado por el Papa; se comenzó a utilizar también en las elecciones de los pontífices y en las coronaciones de los reyes, primero en aquellos momentos que representaban de manera ceremonial la elección del soberano por el pueblo, y más tarde en la entronización propiamente tal del nuevo soberano. Llegó incluso a independizarse de los oficios hacia el siglo XVI para convertirse en el elemento central de las liturgias monárquicas, era cantado con motivo de las victorias de los ejércitos reales y cualquier otro evento de la monarquía. Al respecto no puedo sino remitir, para Francia a la obra de Michèle Fogel, Les cérémonies de l’information (Fayard, 1989), y para el mundo hispánico por ejemplo a la de Jaime Valenzuela, Las liturgias del poder (Centro de Investigaciones Diego Barrios Arana, 2001).

Cabe decir, el Te Deum se siguió cantando alegremente para las ceremonias republicanas de las primeras décadas de vida independiente, e incluso hoy en día en varias repúblicas del mundo hispánico se sigue utilizando como liturgia oficial para las fiestas nacionales, con asistencia de las autoridades civiles. En México, desde 1821 y hasta la separación de la Iglesia y el Estado en 1859, prácticamente no hubo pronunciamiento, toma de posesión, o instalación de una legislatura que no se celebrara con el cántico de este himno, normalmente al final de una misa de acción de gracias.

Y como en este día tengo una muy buena razón para unirme a una acción de gracias, aquí una versión del Te Deum del siglo XVIII, de don Ignacio de Jerusalem y Stella, maestro de capilla de la Catedral Metropolitana de México, con una imagen alusiva a este Bicentenario de la independencia: la coronación de Agustín de Iturbide como emperador en 1822, ocasión para la cual tampoco pudo faltar el solemne Te Deum.


Te Deum por davidclopez

Desde luego, para no celebrar sólo a la majestad humana, aquí otra versión, mucho más reciente, en la Catedral de Notre-Dame de Paris, con motivo de la visita del Papa Benedicto XVI en septiembre de 2008, pues también para la recepción de obispos y soberanos pontífices se utiliza el Te Deum. Como es tradición en Notre-Dame, el coro alterna, no con un solista, sino con el gran órgano.

Sermón de la Independencia II

Aquí la segunda parte del sermón pronunciado el 26 de agosto de 1821 por fray Nicolás García de Medina en la parroquia de San Miguel Orizaba, en presencia de Agustín de Iturbide y Juan O’Donojú, con motivo de la celebración de la firma de los Tratados de Córdoba.

Amor a la patria.

Este es un fuego suave, que todo lo renueva y todo lo purifica. Este amor es el que destruye esa desigualdad inmensa que el orgullo había puesto en la sociedad. La naturaleza siempre benéfica había creado a los seres racionales iguales y libres, la tiranía y la ambición es quien los ha hecho débiles y miserables. Esta libertad es el primero de los derechos del hombre, el derecho que nos exime de obedecer más que a las leyes, y de no temer más que a las leyes mismas. Si alguna vez se ha visto en las naciones el siglo de los Nerones y los Calígulas, si el despotismo de algunos monstruos ha podido mirar con fiereza a la humanidad afligida, el hombre a quien anima el amor a la libertad justa aparta horrorizado sus ojos de cuadro tan desagradable, y bendice sin cesar al héroe afortunado, que rompe cadenas tan pesadas y deshace la opresión y la esclavitud de su patria. Donde el fuego sagrado de este amor descubre sus llamas vigorosas, no dudemos que brota la felicidad y la abundancia. Las campiñas aparecen florecientes, se consolidan las generaciones, los poblados brillas y hermosean. No hay tierra que no esté cultivada, familia que carezca de un decente patrimonio, arte que no esté protegida, oficio que quede sin ejercicio. El comercio, ese bien de toda sociedad, que la sustenta y la vivifica, el comercio repito, rebozará con el sobrante de la industria nacional a los puertos; él trasladará a países distantes ricas mercancías, que refluirán después a nosotros con nueva y duplicada riqueza. En semejante situación cada soldado será un héroe que peleará en defensa de una patria que formará su felicidad y sus delicias; cada ministro, un Licurgo que medirá sus glorias por la prosperidad de su nación; cada magistrado, un Foción por la integridad y desinterés de sus juicios; cada general, un Epaminondas que se señale en la equidad y la moderación, como en el esplendor de sus victorias. Ligados todos con los lazos del nudo político y social, no habrá tribulación que los aflija, trabajo que los abata, contratiempo que los amedrente, rivalidad que los destruya. El Estado, firme siempre sobre este amor, como sobre una dura roca, triunfará de las más horrorosas tempestades, se burlará de las oleadas más amenazantes y presentará su faz tranquila y serena, aun cuando intenten conmoverlo los vaivenes más terribles. Tal es, señores, el amor de la libertad y de la independencia de la patria. Amor que la naturaleza se complace en reproducir sin cesar en todas las generaciones; amor justo y necesario, que ha elevado a las naciones abatidas y ha hecho mudar de semblante los imperios fundados en la tiranía y la ambición; y amor, por último, de que animados en la contienda que hemos emprendido en defensa de nuestros derechos nos ha colocado al fin en el rango de las naciones independientes, y ha expuesto en nuestro suelo ejemplares y acciones heróicas dignas de competir con las de los Alcibíades, Trasíbulos y Xenofontes griegos, y con las de los Cincinatos y Escipiones romanos. Animados pues de este amor, no recelemos ni temamos un gobierno que se cimienta sobre un principio tan sólido. Corramos presurosos a participar de sus frutos. Corramos señores, reunámonos en su recinto, pero que sea nuestra divisa la

Unión y fraternidad, tercera base del sistema de la independencia.

Tal debe ser la conducta del patriota cristiano. Tal es el espíritu de Jesucristo. Espíritu de paz, que fundado en la caridad reúne los ánimos y los concentra en unos mismos sentimientos; espíritu de dulzura, que combate la fiereza de las pasiones y arruina el odio y la discordia, monstruos de todos los siglos y enemigos irreconciliables de la paz y buena armonía de la sociedad. Espíritu de clemencia que corrige al delincuente sin exasperarlo y le hace entrar en el cumplimiento de sus deberes, por los medios suaves de la lenidad y del buen comportamiento. Espíritu de tolerancia con que llevamos los unos las cargas de los otros, nos dispensamos nuestras flaquezas, miramos con pesar las miserias de nuestro hermano y nos enlazamos con los vínculos de la caridad perfecta. Espíritu en fin de justicia, que no propende a la acepción de personas, que a todos iguala ante la ley, sin admitir más distinción que la del mérito y la virtud… Tal es el carácter de la unión verdadera. Tal debe ser el cumplimiento de nuestro deber para que nuestro gobierno sea afortunado. Tal ha sido ¡ilustre jefe! permitidme que os dirija la palabra sin que se ofenda vuestra modestia, tal ha sido vuestra conducta, y el universo asombrado admirará siempre las vastas miras de vuestra política, la profundidad de vuestras calculaciones, lo benéfico de vuestros proyectos, los talentos que habéis descubierto, el valor y el esfuerzo de vuestra grande alma, pero sobre todo ese carácter dulce e insinuante con que habéis conseguido la paz y la felicidad de muchos millones de habitantes. Por estos medios habéis facilitado una empresa insuperable, a no atenernos más que a una previsión común. Habéis sellado la unión fraternal entre vivientes de distintos hemisferios. Vos habéis proporcionado que Esaú se reconcilie con Jacob, sin disputarse uno a otro el derecho de primogenitura; que los hijos de Israel rescindan sus contiendas con los pastores de Gerasa sobre la división de pozos y cisternas. Vos habéis hecho que el leopardo y el cordero habiten bajo un mismo techo en buena inteligencia; que la pesadez del buey y la velocidad del águila se reúnan a tirar del mismo carro; vos habéis hecho… sería nunca acabar si se ampliase este fecundo pensamiento.

Recibid los corazones de americanos y europeos, recibid su afecto, aceptad su gratitud. Nunca se olvidará en nuestra memoria este día, este momento bienaventurado, en que quemáis en el Santuario el incienso de la concordia en medio de las aclamaciones de todo este pueblo numeroso, que os mira como un genio bienhechor colocado por la Providencia entre nosotros, para cicatrizar heridas canceradas por el odio y la rivalidad. Perfeccionad la grande obra de nuestra libertad a que os llama vuestro destino. No perdáis de vista las justas consideraciones debidas al monarca a quien reconocéis como jefe del Imperio, ni olvidéis a una madre, que aunque se separa de nosotros por la justa emancipación, que exige la naturaleza y la justicia, espera no obstante mantener siempre sin alteración relaciones de amistad y de mutua correspondencia. Y nosotros, señores, penetrados de la justificación de la causa que hoy nos tiene reunidos, y excitados por modelo tan virtuoso, deponed ya vuestros temores, alejad de vuestro corazón el recelo y la desconfianza, y venid al pie de los altares a ofrecer sacrificios de fidelidad y gratidus en las aras de la religión y de la patria.

¡Venerables sacerdotes, ministros de la paz y mediadores entre Dios y el pueblo, entre cielos y tierra! Levantad en esta ocasión vuestras manos puras a lo alto, exhalad gemidos devotos entre el vestíbulo y el altar, e implorad la piedad y beneficencia del Altísimo a favor de una obra fundada sobre las bases sólidas de la caridad y la justicia, pedid con instancia que la religión, ahora más que nunca garantizada y protegida por una nación fiel, conserve siempre íntegros sus derechos y que nunca sea entre nosotros impugnada y combatida por la infidencia y la incredulidad.

¡Militares ilustres, que con la espada en la mano y la piedad en el corazón, habéis contribuido a la elevación y grandeza a que hoy ha llegado nuestra patria! Sería agraviar vuestro honor si se os exigiesen protestas y demostraciones religiosas: vuestra sangre vertida en lucha tan honrosa, las cicatrices que se ven estampadas en vuestros cuerpos y contraídas por combatientes repetidos son los garantes de la sinceridad de vuestros sentimientos.

¡Vecinos honrados, indios generosos al par que desgraciados, a quienes la nación honra con el tierno título de hijos de su afecto! Vosotros, cuya felicidad no ha vacilado en medio de los mayores compromisos; vosotros, repito, que por tantos años habéis tenido como en herencia la esclavitud y la opresión, y vuestro sustento más ordinario ha sido las lágrimas y la amargura, venid en este glorioso día a ser partícipes del placer más puro y de la alegría que a todos nos anima; venid al templo santo a dejar esas cadenas tan pesadas que os han aprisionado y a respirar el aire puro de la libertad que os proporciona la independencia nacional.

Todos, en fin, señores, prorrumpamos, como en otro tiempo los hijos de Israel en caso semejante: Viva la religión de nuestros padres… Viva por muchos siglos el nuevo Imperio mexicano… Viva el emperador a quien hemos reconocido por su jefe… Viva el general de los ejércitos nacionales… Y sobre todo, seamos siempre fieles a aquel Señor, a quien sólo es debido con preferencia y en propiedad la alabanza, la bendición y el hacimiento de gracias por los siglos de los siglos.

Amén

Natividad de la Virgen

Una breve entrada con motivo de la fiesta de hoy, la de la Natividad de la Virgen, que si bien es poco recordada hoy en día, en su tiempo fue día de precepto hasta tiempos del Papa Pío X. Celebrada en Jerusalén desde más o menos el siglo VI, dando motivo a sermones de algunos de los grandes padres de la Iglesia como San Juan Damasceno, fue llevada a Roma algún tiempo más tarde, y celebrada con procesión a la basílica de Santa María la Mayor. Para la Nueva España era importante sobre todo para los franciscanos, que la incluían normalmente entre sus principales solemnidades, aunque también era motivo de una procesión al interior de la Catedral de México con estación en la capilla de Nuestra Señora la Antigua. Aquí, la antífona del oficio de vísperas de esta ocasión, Cum Jucunditate, en una versión del maestro de capilla de la Catedral de México a mediados del siglo XVII, Francisco López y Capillas, interpretado por el Coro de la Catedral.


Cum Jucunditate por davidclopez

El Bicentenario y la CEM

El día de hoy tiene lugar la publicación oficial de la Carta Pastoral Conmemorar Nuestra Historia desde la Fe, para Comprometernos Hoy con Nuestra Patria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), presentada antes los medios el día lunes, y aunque todavía no he tenido la oportunidad de leerla, me parece oportuno una entrada extraordinaria para comentar un poco sobre los festejos del Bicentenario por parte del Episcopado mexicano. Para mayores detalles remito desde luego al micrositio de la CEM sobre el tema.

Ante todo, creo que no puede evitarse cierta comparación con los festejos del Estado federal. No puedo entrar en detalles, pero es bien sabido que la Comisión conmemorativa federal ha generado varias controversias, desde el nombramiento de su presidente hasta la música, oficial primero y meramente “de animación” más tarde, compuesta para la ocasión, sin mencionar el tema del gasto de los espectáculos de la noche 15 próximo. Entre todas esas vicisitudes, si algo parece claro es que no había en realidad un proyecto de festejos coherente por parte del Estado, algo en lo que contrasta la Comisión episcopal, encabezada por el arzobispo de Morelia, monseñor Suárez Inda, que ha sido muy consistente en su proyecto. Cierto, no puedo llevar la comparación muy lejos, porque no es un festejo que tenga las mismas dimensiones, no sólo por el presupuesto (aunque no es una diferencia menor), sino porque lógicamente el Episcopado no tiene los mismos intereses ni los mismos instrumentos que el gobierno (a Dios gracias, si se me permite la expresión).

Dicho lo anterior, un primer punto a destacar es un interés muy claro del Episcopado por la historia y la historiografía, especialmente sobre la participación del clero en la guerra. Al respecto lo más notable ha sido la organización de las cuatro jornadas académicas con sede en México, Morelia, León y Guadalajara, respaldadas por el Episcopado, y en las que se reunieron académicos de instituciones tanto laicas como religiosas, especialistas muy reconocidos en el tema de la guerra de independencia. Es verdad que foros de este tipo han sido muy frecuentes en estos días, organizados por instituciones universitarias y gubernamentales, pero creo que no es un asunto menor que sean los obispos quienes tomen la iniciativa de poner lado a lado a historiadores de uno y otro origen. También es muestra de ello la aparición de artículos, nuevos y ya clásicos, de historiadores especialistas en el período, en publicaciones oficiales diocesanas, por ejemplo el Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, sobre todo su número del pasado mes de marzo.

Ahora bien, a más del interés por la historia y creo que de la mano él, es claro que el elemento central de los festejos es la publicación de la Carta Pastoral citada arriba. No es, por supuesto, la primera vez que el Episcopado publica un documento colectivo. Si no me equivoco, los primeros y tal vez más célebres son los que dan cuenta de la respuesta del Episcopado a la Reforma liberal y al régimen del presidente Calles en la década de 1920. Más tarde los ha habido también, sobre temas tan diversos como la moralidad (las hubo en 1936 y 1952, si la memoria no me falla) o la desigualdad (1968), o tal vez la más célebre en las recientes Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, del año 2000, que ya trataba con amplitud el tema de la historia nacional y sus desafíos. Esto es, las cartas colectivas del Episcopado como la que se publica hoy, son documentos que están redactados casi ex profeso para pasar a la historia e incluso me atrevería a decir que hacer la Historia, con mayúscula, la de la Iglesia e incluso la nacional. Sin haber leído la carta, me parece que, un poco como en 2000, el Episcopado celebra el Bicentenario proponiendo una lectura de la historia, un diagnóstico de problemas presentes y de perspectivas a futuro. Independientemente de que se esté de acuerdo o no con su contenido concreto, me parece que es un ejercicio que no deja de ser interesante.

En fin, no podía de ser otro modo, la CEM celebra de manera religiosa. Siendo que el tema de la fiesta religiosa no me es desconocido, sobre todo la del Antiguo Régimen, no puedo sino constatar que hay un buen abismo entre las de entonces y las de ahora. Por decirlo brevemente, más que en la espectacularidad de los rituales, que era central antaño, lo que importa en estos festejos es su contenido propiamente religioso. Antaño hubiera bastado unas vísperas solemnes, unos maitines muy clásicos, misa solemne con Te Deum, sermón y procesión. Hogaño, se trata de una semana de oración completa, que incluye no sólo celebraciones como la misa por la Patria y la misa votiva a la Virgen de Guadalupe, sino también actos de devoción pública e incluso familiar, y que ha dado pie a la publicación de un subsidio litúrgido (muy interesante por cierto) y ocho catequesis populares, además de una oración.

Siendo que no podré asistir a las celebraciones personalmente, tal vez más adelante pueda dedicar una entrada exclusiva al subsidio litúrgico, pero de antemano es de señalarse una inquietud muy clara en todos estos actos religiosos: la paz. La oración es muy clara al respecto, no menos que las preces indicadas en varias de las celebraciones y en particular la Misa por la Patria para el 15 de septiembre. Las circunstancias en las que se da el festejo parecieran haber movido al Episcopado, sin duda con justa razón, a introducir en una liturgia que uno podría haber esperado marcada sobre todo por la acción de gracias y la alabanza, gestos claramente de rogativa, reconocimiento de que la situación por la que atraviesa el país no permite celebraciones que sean únicamente festivas.

En fin, no puedo terminar sin mencionar al menos que, por lo que toca a la música, la CEM propone cantos tradicionales mexicanos, y así, para las Horas Santas previstas en la Semana de Oración está previsto uno de los himnos eucarísticos clásicos mexicanos del siglo XX: el del Congreso Eucarístico de 1924, que dejo aquí a su consideración en voz de Pedro Infante.