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Sermón de la Independencia

A todos nos enseñan en la escuela que el 24 de agosto de 1821 se firmaron en la villa de Córdoba, de la provincia de Veracruz, los tratados entre Agustín de Iturbide, comandante del Ejército Trigarante, Juan O’Donojú, último virrey (o bien jefe político superior, para ser precisos) de la Nueva España, que permitieron la consumación de la independencia. Pues bien, cabe decir que los festejos de tan memorable firma fueron, no podía ser distinto en esa época, religiosos; es decir, con misa solemne de acción de gracias, sermón y demás pompas correspondientes al caso. No fue ni la primera ni la última vez que la liberación de una ciudad fue celebrada así, lo digo pensando que el 26 de agosto de 1944, cuando tuvo lugar la liberación de París por el general De Gaulle, él y sus generales la celebraron asistiendo al canto del Magnificat en la Catedral de Notre-Dame, donde hoy mismo se celebra una misa en aniversario de dicho acontecimiento. Pero volvamos a 1821.

La estancia de Iturbide y O’Donojú en Córdoba fue breve, pues salieron casi de inmediato rumbo a la Ciudad de México, pero a su paso por la villa de Orizaba hubo tiempo de organizar festejos en debida forma, y fue ahí, en la iglesia parroquial de San Miguel, donde tuvo lugar, el 26 de agosto, “la solemne acción de gracias […] por el feliz éxito de la independencia del Imperio Mexicano” asistiendo el “clero regular y secular, muy ilustre ayuntamiento y demás corporaciones civiles y militares”. Para la ocasión subió al púlpito fray Nicolás García de Medina, fraile dominico de la provincia de Oaxaca, para pronunciar un “discurso patriótico”, o mejor dicho un sermón, “abigarrado y campanudo” según un cronista orizabeño del siglo XIX, que sería más tarde impreso y publicado con dedicatoria al obispo de Puebla, gran colaborador de la causa trigarante.

El sermón fue publicado de nuevo a finales del siglo XIX como anexo de la crónica orizabeña de José María Naredo (1898), de donde me permito ahora trascribirlo, aquí la primera de dos partes, actualizando la ortografía, prometiendo comentarlo en una entrada posterior.

Sermón de fray Nicolás García de Medina del 26 de agosto de 1821

Non turbetur cor vestrum, neque formidet.
No se turbe vuestro corazón, ni sea poseído del miedo y de la desconfianza. S. Juan, cap. 14, v. 27.

Una religión que sola forma las delicias y la felicidad de los mortales, protegida y conservada por las leyes; un nuevo gobierno sobre principios de equidad y de justa independencia, fundado entre nosotros; la unión en fin de toda clase de habitantes, fomentada y llevada hasta el punto de disipar en este suelo venturoso, las odiosidades que habían abortado las pasiones; he aquí, señores, los objetos que se nos presentan, cuando asegurada irrevocablemente la suspirada libertad de la Nación por un convenio generoso e ilustrado de ambas representaciones, española y americana, nos postramos en el santuario a dar gracias al Dios de los Ejércitos, por el logro de empresa tan grandiosa y por un beneficio tan distinguido que superaba ciertamente todas nuestras esperanzas.

No, habitantes generosos de la Nueva España, y desde ahora ciudadanos del grande Imperio Mexicano, no es ésta la crisis en que se pone en problema vuestra felicidad y vuestro patriotismo, ni menos se trata de sondear con desconfianza vuestros religiosos sentimientos; las sencillas pero sinceras expresiones con que aun en las circunstancias más difíciles habéis manifestado adhesión a la libertad de vuestra Patria, las lágrimas que han corrido por vuestras mejillas, la ternura y emoción que habéis experimentado al escuchar el recitado de los sucesos gloriosos de nuestras armas, la sangre que habéis vertido, el desprecio de vuestros intereses y aun de vuestra vida, todo ello forma un monumento eterno, que se recordará con placer en las generaciones venideras.

El espectáculo pues que presenta este acto religioso, es patentizar a todo el mundo la adhesión a la religión de nuestros padres; el anhelo por la justa libertad de la nación, y la ansiosa solicitud de conservar unos con otros las mutuas relaciones que nos manda la caridad y nos impone la naturaleza… Defensa de la Religión… Amor de la patria… Unión y fraternidad. Ved aquí, señores, las bases del nuevo gobierno que hemos reconocido. Sobre ellas girarán mis reflexiones para afianzar más y más vuestra piedad en ofrecer sacrificios al Altísimo y tributarle solemnes cánticos de alabanza.

No temáis, señores, ni os dejéis posser del recelo y de la desconfianza, cuando escucháis un lenguaje que tres siglos ominosos habían sofocado entre nosotros. Non turbetur cor vestrum, neque formidet. La opresión ha desaparecido, los prestigios de la política no han podido mantenerse al presentar su semblante majestuoso la verdad, y la libertad recobra por fortuna sus derechos indisputables. Procuraré empero, no ofender vuestros sentimientos religiosos, y no perder de vista los deberes de mi sagrado ministerio.

Pidamos al señor la gracia… Ave María,

Respetad a los dioses… Obsequiad a vuestra patria… Amaos mutuamente unos a otros. He aquí los elementos de la filosofía y de la política de los sabios del paganismo. Sobre este principio estribó la gloria de la Grecia en los días su exaltación. Esta era la continuada lección que los espartanos daban a sus conciudadanos, y esta instrucción importante formaba en la pequeña Laconia tantos héroes como habitantes, que inflamados con el fuego que inspira la virtud y el amor a la patria eran impávidos en los peligros, y arrostraban con esfuerzo a la muerte por sostener deberes tan sagrados. Así se vio en un Leónidas, y en sus dignos compañeros de armas en el estrecho de las Termópilas.

Y tales son, señores, los sentimientos que inspira a todo hombre que vive en sociedad la naturaleza; y con objeto más noble y con fundamentos más sublimes, infunde a todo hombre religioso la divina revelación. Estas son las bases sobre que debe fundarse todo gobierno político, y que felizmente cimentan el sistema de la independencia mexicana, que hemos reconocido y que se halla sancionada por dos grandes héroes, que nuestro siglo observa con admiración y nuestros descendientes colmarán de bendiciones.

Conservación y defensa de la religión… Amor a la libertad de nuestra patria… Unión y fraternidad… Máximas luminosas de un plan sabio y profundamente combinado. Entremos en el detall.

Defensa de la religión. Este es el primero de los deberes de todo ciudadano. ¿Y qué función más importante puede obtener un patriota religioso? La religión es la que consolida los imperios, la que establece el orden en toda sociedad, la que afianza los establecimientos civiles. Sin ella careceríamos de luz, y palparíamos tinieblas más espesas que las de Egipto. Con solo remontarnos hasta su origen y convencernos de su extracción totalmente divina, veremos la necesidad de establecer como ley su conservación y su defensa. Dios ofrece a nuestros primeros padres después de su prevaricación un Salvador, y esta promesa consolante se conserva con fidelidad en los siglos de la predilección. Ella se renueva al justo Abraham, y el pueblo hebreo descendiente de este Patriarca de los creyentes es de ella a un mismo tiempo el testigo y el depósito. Israel aguarda con impaciencia el momento dichoso de la venida del Mesías, que llega al fin en el tiempo prefinido por los consejos del Eterno, y llama a los gentiles según sus promesas. Dóciles éstos a la voz de tal Maestro, se reúnen al antiguo pueblo en una misma fe, en unas mismas esperanzas, en un mismo fin. Desde esta época empieza la sociedad de Jesucristo, que reúne en un mismo recinto los Patriarcas, los Profetas y los Justos de todos tiempos. ¡Qué encadenamiento de pruebas! ¡Qué puntualidad en el cumplimiento de las profecías! ¡Qué variedad de milagros! ¡Qué perpetuidad en sus máximas! ¡Qué santidad de leyes! ¡Qué permanencia en sus dogmas! ¡Qué imperturbabilidad en sus combates! Todo ello es verdaderamente divino. Y a la verdad, señores: una religión cuya data primera es en los días de la creación del hombre; una religión que siempre ha sido atacada y jamás ha sido vencida; una religión que se extiende a todas las personas, y cual río caudaloso riega en sus corrientes todos los lugares, y se defiende en todas las edades, no puede menos de distinguirse por divina. Ni la idolatría que la persiguió siempre con tesón; ni los tiranos que apuraron todos los recursos de su crueldad y fiereza en sus fieles adoradores; ni los filósofos y oradores de los mejores tiempos del imperio, que emplearon todos los resortes y sutilezas de su espíritu para hacerla ridícula y despreciable; ni los viles calumniadores que le atribuían misterios odiosos, crímenes detestables; ni las tempestades suscitadas por el infierno; ni los ataques furiosos del error y la mentira, nada, nada es capaz de conmoverla. Ella permanece tranquila en tantas vicisitudes, y bajo la sombra de su Divino Fundador, está inmóvil y victoriosa en medio de tantas ruinas.

Siendo pues la religión tan santa, tan perfecta, tan divina, ¿con cuánta razón le ofrecemos en este día nuestros obsequios? ¿con cuánta oportunidad nos obligamos a su defensa? No se turbe pues vuestro corazón, señores, cuando dais gracias al Señor por la instalación de un nuevo gobierno, cuya primera máxima es la defensa de la religión. Non turbetur cor vestrum. Ella es la primera piedra del edificio social, ella es el cimiento de todo código legislativo: ella es la que sola puede rectificar en nuestro espíritu el amor a la libertad de la Patria, segunda base de la independencia que reconocemos.

Continuará…

Los bienes eclesiásticos

Uno de los temas más recurridos de la historia de la Iglesia católica del Antiguo Régimen es el de sus propiedades, los bienes eclesiásticos, en torno a los cuales la investigación ha avanzado mucho, pero tengo la impresión de que sus resultados no necesariamente alcanzan al público, ni siquiera a la opinión “ilustrada” por así decir. Al respecto, me parece que sigue viva la imagen que de los bienes eclesiásticos tenían los liberales del siglo XIX, que denunciaban las “riquezas de la Iglesia” siempre imaginadas como abundantísimas y regidas por criterios muy poco religiosos. Hasta hoy, no falta quien utilice un vocabulario economicista para referirse a ellas, utilizando comparaciones anacrónicas con la banca moderna o términos como “crédito”, “estrategias”, “inversión”, etcétera. En cambio, lo que la investigación ha constatado ampliamente es que bienes, sin duda los había, pero ni había una inteligencia que los centralizara, ni los valores para administrarlos eran de una esfera independiente de la religiosa. Es decir bienes sin duda, Iglesia en el sentido institucional del término, no había. La Iglesia del Antiguo Régimen era un conjunto muy complejo de corporaciones que gozaban de una amplia autonomía, tanto de hecho como de derecho, que los obispos normalmente tenían muchísimas difícultades para gobernar, y que desde luego tenía cada una sus bienes y mucha libertad para administrarlos, para unos fines que si para nuestros ojos a veces nos parecen profanos (y vale decir que para algunos obispos de la época también), estaban inscritos en lo que cada una de ellas consideraba sus fines particulares. Sobre esto es sin duda fundamental el libro de la profesora Annick Lempérière, Entre Dieu et le roi, París, Les Belles Lettres, 2004, pp. 43-49.

Así pues, bienes eclesiásticos es una categoría muy amplia en la que entran lo mismo las limosnas en especie que recibían los franciscanos, las haciendas de agustinos, jesuitas y otras órdenes, los diezmos también en especie que recibían los cabildos catedrales para sí y para los obispos, el fisco de la Inquisición, las obvenciones parroquiales de los curas y sus vicarios, los capitales (a veces puramente nominales) de capellanías y obras pías, las rentas también y bienes inmuebles de los conventos femeninos, y hasta las contribuciones, casas y tierras (a veces muy modestas) de las cofradías rurales. En fin un conjunto un tanto abigarrado que nunca estuvo a la disposición de una autoridad concreta, sino de esas mismas corporaciones en particular. Había sin duda corporaciones muy ricas, como las había también muy pobres: había una distancia importante entre los bienes del Cabildo Catedral de México y los del Cabildo Catedral de Oaxaca, por ejemplo, y unos y otros estaban sin duda lejos de los bienes de los que podía disponer una cofradía rural. Si tratamos de sumar todo, sin duda resultan cifras muy amplias, pero un ejercicio tal tiene poco sentido porque nadie en realidad logró nunca movilizar todos esos bienes como un todo homogéneo. Sobre todo ello, la historiografía reciente es muy abundante, citemos sólo algunos ejemplos, que si son un tanto aleatorios, pueden ser de utilidad al lector que le interese: una explicación muy completa sobre el funcionamiento de las capellanías puede encontrarse en Gisela Von Wobeser, Vida eterna y preocupaciones terrenales, UNAM, 1999; sobre la administración del diezmo es muy interesante la primera parte de la obra del doctor Óscar Mazín Gómez, El cabildo catedral de Valladolid de Michoacán, Colmich, 1996; para las cofradías un magnífico resumen es el artículo de Dorothy Tanck de Estrada “Los bienes y la organización de las cofradías en los pueblos de indios del México colonial. Debate entre el Estado y la Iglesia” en el libro La Iglesia y sus bienes, México, UNAM, 2004, pp. 33-57; para los bienes de los párrocos el capítulo “Ganarse la vida” del libro de William B. Taylor, Ministros de lo sagrado, Colmich, 1999.

Heterogéneos eran los bienes y no menos lo eran sus fines. Hasta el final del Antiguo Régimen, y a pesar de las indicaciones en contrario que los obispos y párrocos emitían a veces anualmente, las cofradías los utilizaban para celebrar la fiesta de sus santos patronos, incluyendo (como hasta hoy en algunas regiones) el pago del banquete y los fuegos artificiales, entre otros, que seguían haciendo parte obligada de la celebración. En el caso de las órdenes religiosas y de los clérigos, los bienes estaban destinados asegurar su subsistencia, según su estado: se esperaba que fueran suficientes para garantizar la dignidad de un párroco, por ejemplo, o la más alta de un canónigo, o incluso de un obispo, quienes a su vez debían recibir lo suficiente como para poder dar con “liberalidad” limosna a los pobres. Desde luego, los bienes eclesiásticos pagaban sobre todo el culto divino, en el que la ostentación y la pompa eran cuando menos obligados, así se tratara de la parroquia más pobre, visto que se celebraba en todas las iglesias la presencia real de Dios. Y por supuesto, se financiaba ampliamente la caridad en todos sus aspectos, en hospicios, hospitales, entierros de pobres, dotes de huérfanas, limosnas en sentido amplio, y un largo etcétera. Por todo ello, buena parte de los bienes eclesiásticos eran considerados como de “utilidad pública”. Otros bienes, en cambio, estaban íntimamente asociados a las familias de los fundadores, como los de muchas capellanías, que normalmente se transmitían a los descendientes del fundador y contra lo cual no valía ni siquiera un documento pontificio.

Cabe decir además que buena parte de la administración de estos bienes era colectiva, en la desconfianza permanente que el Antiguo Régimen tenía de las decisiones individuales: los mayordomos de las cofradías rendían cuentas ante el párroco y sus hermanos cofrades una vez al año, como los superiores de los religiosos en sus capítulos cada tres o cuatro, e incluso los párrocos no podían tomar decisiones enteramente arbitrarias sobre los bienes de sus parroquias, a riesgo de largos litigios con sus feligreses (que no faltaron cabe decir). La administración por supuesto debía seguir ciertas reglas, las de las propias corporaciones por ejemplo: las reglas de los religiosos, las constituciones de las cofradías, o los testamentos de los fundadores de capellanías y obras pías. Ello, desde luego, no evitaba abusos y fraudes de que dan cuenta los archivos judiciales.

En fin, conviene decir algo sobre el tema de los capitales, las rentas y los préstamos, que son los que han dado pie a la idea de que las corporaciones religiosas eran una especie de institución financiera. Los capitales de obras pías por regla general eran cargados sobre una propiedad para producir una renta fija de 5% anual, que era lo que se tenía por legal para evitar el pecado de la usura. En principio el fundador de la obra pía entregaba en metálico el capital en cuestión y luego la corporación, que se interesaba sobre todo por las rentas, buscaba un interesado, una persona de “buen crédito” que lo tomara sobre una de sus propiedades y pagara el rédito puntualmente, de preferencia durante largos años. Sin embargo, muchas veces los propios fundadores eran los que tomaban el capital, que por ello mismo tenía una existencia más nominal que real, y como una propiedad podía endeudarse hasta por todo su valor, los réditos caídos, los capitales incobrables o perdidos eran también el pan de cada día de muchas corporaciones. Es ilustrativo al respecto el libro, ya algo antiguo, de Michael P. Costeloe, Church wealth in Mexico. A study of the “Juzgado de Capellanías” in the archpishopric of Mexico, 1800-1856, Cambridge University Press, 1967, que nos muestra hasta qué punto la administración de los capitales de capellanías era complicada, y si a algo era ajena, era a criterios modernos de eficiencia.

Cantada para la fiesta de la Asunción

Una nueva entrada con música y breve para variar, aquí una cantada compuesta por don Manuel de Sumaya, maestro de capilla de la Catedral de México y luego de la de Oaxaca a principios del siglo XVIII, dedicada a la fiesta de este día, la de la Asunción de la Virgen. La fiesta conmemora la muerte (dormición o tránsito), resurrección y elevación al Cielo de la Virgen en cuerpo y alma, según la tradición en presencia de los Apóstoles. La cantada compuesta por Sumaya describe la escena, una verdadera epifanía en la que los querubines elevan a su reina a los Cielos. Era sin duda utilizada en algún momento del oficio del día, pero debo confesar mi incompetencia para decir exactamente en cuál.

Cantada para la fiesta de la Asunción por davidclopez