Archivo por meses: junio 2010

Las reliquias del Presidente

Miguel BarragánHace un par de semanas dediqué una entrada a hablar sobre las reliquias en la Nueva España, sin embargo, y en estos días lo hemos constatado, el régimen republicano también ha producido sus propias reliquias. Quisiera evocar en esta entrada un hecho que no por ser más o menos conocido deja de ser interesante: el reparto de las reliquias del presidente Miguel Barragán.

El general Barragán fue, el 1o. de marzo de 1836, el primer presidente de la república que fallecía en el cargo, o al menos a escasos dos días de haber tenido que dejarlo por la gravedad de su enfermedad. Cierto, había el precedente del general Vicente Guerrero, quien había sido fusilado en 1831, pero había pasado un año más luego de que abandonara el cargo de presidente, e incluso había sido inhabilitado por el Congreso. Barragán en cambio, incluso tras su fallecimiento seguía siendo tratado de “Presidente interino de la República”. Se diría que tenía cierta conciencia de la importancia simbólica de este hecho, y al tiempo en que expresaba su devoción religiosa por ciertos templos y comunidades monásticas, aprovechó también para hacer memoria de su extensa carrera, militar sobre todo, que lo había llevado a recorrer varios puntos de la república, dando al mismo tiempo la oportunidad para que se celebraran funerales con la liturgia real (que era la que le correspondía al presidente de la república) y, precisamente, ante una parte de sus restos.

No era un asunto menor. En tiempos de la Nueva España se celebraban por todas partes los funerales de los reyes, pero siempre ante tumbas meramente simbólicas; en cambio, el general Barragán le dio la oportunidad a cuatro lugares fuera de la Ciudad de México de celebrar exequias, no ante reliquias regias, sino presidenciales, acaso ayudando a fortalecer, como se ha dicho en la historiografía a propósito de las ceremonias fúnebres de los reyes, la unidad por entonces particularmente frágil del cuerpo político.

Así, dispuso que sus ojos fueran enterrados en su pueblo natal, Valle del Maíz, en San Luis Potosí; su lengua, en la capilla de la fortaleza de San Juan de Ulúa, Veracruz, pues había sido comandante general y gobernador de Veracruz (1824-1828), y sobre todo, porque había estado al mando de la toma de San Juan Ulúa, último reducto español, en 1825. El corazón lo envió a Guadalajara, donde había sido comandante militar, y en fin, sus entrañas las repartió entre las capillas de las religiosas de Santa Teresa la Antigua en la Ciudad de México, y de las capuchinas en la Villa de Guadalupe. Como podrá notarse, aunque ya en esta época existían cementerios extramuros en varias ciudades y villas, no había lugar digno para la sepultura de una reliquia presidencial que no fuera una iglesia.

Precisamente por ello, porque era en las iglesias, con la liturgia católica, que era la única que existía para los funerales presidenciales y porque eran corporaciones eclesiásticas las que debían organizarlos, tocó encargarse del reparto del cuerpo a don Joaquín de Iturbide, encargado del ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos, según consta en el expediente del caso que existe en el AGN (Justicia Eclesiástica, vol. 130, fs. 53-67). Casi sobra decir que todas las corporaciones involucradas lucieron sus mejores galas. Los canónigos de la Basílica de Guadalupe llevaron “procesionalmente con asistencia de todo el coro y con los honores correspondientes” el bote con las entrañas hasta depositarlo con las capuchinas. Por lo que toca a la lengua, “esta parte preciosa del ilustre vencedor de Ulúa” como la denominó el gobernador de Veracruz, luego de estar expuesta por tres días, se le celebraron exequias “con toda la magnificencia posible” por todo el clero de la ciudad. En Guadalajara, el gobernador de la mitra Diego de Aranda salió a las afueras de la ciudad para recibir el corazón, “este precioso despojo”, acompañado del gobernador y del comandante militar, depositándolo en la capilla del Palacio de Gobierno mientras se le construía el sepulcro en la Catedral, “que reuniendo la sencillez y la majestad, puesto a la vista de todos, sirva de continuo para recordar la memoria del hombre ilustre que honramos”.

El avance de la secularización del siglo impidió acaso que algún otro de los presidentes o notables de la época hiciera de sus funerales una empresa nacional similar a la del general Barragán, con producción de reliquias incluida, salvo casos menos espectaculares. Tal vez los más cercanos hayan sido la pierna del general Santa Anna enterrada en el cementerio de Santa Paula o el corazón del general Anastasio Bustamente, depositado al lado de los restos de Agustín de Iturbide en la Catedral de México.

Al respecto, no me queda aquí sino recomendar los trabajos de la profesora Verónica Zárate Toscano, quien ha estudiado con amplitud las ceremonias fúnebres del siglo XIX, y ha dado cuenta de la progresiva disminución de las prácticas religiosas tradicionales. Por ejemplo sus artículos: “Piadosa despedida. Funerales decimonónicos” en Manuel Ramos (comp.), Historia de la Iglesia en el siglo XIX (1998); “Los testamentos de los presidentes del siglo XIX”, en Luis Jáuregui y José Antonio Serrano (coords.), Historia y nación. Actas del congreso en homenaje a Josefina Zoraida Vázquez, vol. II (1998).

Decreto de creación del obispado de Veracruz

Aquí un documento un tanto olvidado por la historiografía: el decreto de creación del obispado de Veracruz (actual arquidiócesis de Xalapa), dado por la IV Legislatura de Veracruz del primer federalismo el 22 de marzo de 1833, una legislatura de mayoría de liberales radicales que trataba de construir una Iglesia institucional bajo la tutela del Estado, como bien se advierte en los términos del decreto. En efecto, se trata de la creación de una Iglesia particular, libre de lo que los liberales consideraban una carga pesada del Antiguo Régimen, como las corporaciones, pues se advertirá que no prevé la creación de un cabildo catedral, y las rentas eclesiásticas, como los diezmos, que son suprimidos para hacer del nuevo obispo un empleado del Estado.

Si bien el decreto no llegó a cumplirse cabalmente, fue el fundamento para que más tarde el gobierno mexicano tramitará efectivamente ante la Santa Sede la erección de la diócesis. Con ese ligero matiz, podría de todas formas decirse que el de Veracruz (con sede en Xalapa) fue tal vez el único obispado decimonónico creado por orden de un gobierno civil. Además de esa notoriedad, me parece además interesante publicarlo aquí pues no aparece en ninguna de las colecciones de decretos de Veracruz que conozco.

Archivo General de la Nación, Gobernación legajos, legajo 35-1, caja 66, expediente 2.

ANTONIO JUILLE Y MORENO, Vice-Gobernador constitucional en ejercicio del Estado de Veracruz, a sus habitantes, sabed: Que el Estado libre y soberano de Veracruz ha decretado lo siguiente:

Número 18. “El Estado libre y soberano de Veracruz, reunido en Congreso, decreta:

1º. Se erige en el Estado de Veracruz, una Silla Episcopal, cuyos límites y jurisdicción sean los del mismo Estado.

2º. El Gobernador, consultando por escrito a los curas del Estado propondrá al Gobierno general tres individuos que puedan ocuparla, para que éste, nombrando al que considere mas apropósito con arreglo a lo practicado en los demás Obispados de la Republica, lo presente al Sumo Pontífice para su aprobacion.

3º. Luego que hayan venido las bulas de Roma y se les haya dado por el Congreso general el debido pase, tomará posesión el nuevo Obispo, conforme a los sagrados cánones y a la actual disciplina de la iglesia.

4º. El Obispo será dotado por las arcas del Estado con una cantidad que no baje anualmente de seis mil pesos ni pase de nueve. Además, se le asignarán otros dos mil pesos para gastos de la curia eclesiástica.

5º. Se deroga en el Estado la contribución de diezmos. Luego que esta ley sea ratificada en los términos que expresa el artículo 7º., quedarán cerradas todas las casas de colecturía.

6º. Mientras el Diocesano electo toma posesión con arreglo a lo prevenido por esta ley, se acudirá en proporción a los reverendos Obispos de Oaxaca y Puebla, y al muy reverendo Arzobispo de México, con el máximum de la cantidad que se ha señalado al Diocesano del Estado.

7º. Esta ley comenzará a tener efecto luego que esté ratificada por el Congreso general. Entre tanto no se hará innovacion alguna en el Estado.

El Gobernador del Estado dispondrá se publique, circule y observe. Dado en la Heroica Veracruz a 22 de marzo de 1833 .- Francisco de Paula Mora, presidente del Senado.- José Felipe Ituarte, diputado presidente.- Ramon M. Teran, senador secretario.- Leonardo Romay, diputado pro-secretario.”

Publíquese, circúlese y comuníquese a quien corresponda para su exacta observancia.

Heroica Veracruz, marzo 22 de 1833.

Antonio Juille y Moreno.

Por enfermedad del Secretario
Austasio María Durán

Reliquias de San Primitivo

Una de las tradiciones más importantes de la historia del Cristianismo es sin duda la veneración de las reliquias. Tiene sin duda orígenes remotos: data cuando menos de la época de las persecuciones bajo el Imperio Romano, como una forma de guardar la memoria de los mártires. Es una práctica paralela a la veneración de las imágenes, que se originan también de los retratos funerarios que en aquella época era costumbre colocar en las tumbas. Al convertirse el Cristianismo en religión oficial del Imperio, las reliquias comenzaron a adquirir un nuevo valor, no sin generar ya entonces muchas controversias, hasta convertirse en el eje mismo de las nuevos templos cristianos. Así como la Basílica Vaticana, construida literalmente sobre las tumbas de los apóstoles San Pedro y San Pablo, prácticamente todas las iglesias europeas de tiempos medievales fueron construidas en torno a las tumbas de mártires. Ya sea depositadas debajo de los altares principales, o en capillas ricamente adornadas, ellas constituían (y constituyen muchas veces hasta hoy), los tesoros más importantes de las iglesias, y antes de que los relicarios con la Eucaristía del siglo XVI y posteriores vinieran a convertirse en el eje de los templos, ése era el papel de las reliquias y de las imágenes.

Memorial de los compañeros de Cristo, las reliquias también eran verdaderos auxiliares de la comunidad, no sólo en la otra vida sino ya aquí en este mundo, pues a ellos se recurría en prácticamente todo género de ocurrencias. El contacto con las reliquias, su traslado e incluso a veces su sola visión, movilizaba literalmente la intercesión en el Cielo, lo mismo para el alivio de las enfermedades de los individuos, que para calmar los males que afectaban a la comunidad. Apenas una epidemia, un temblor, una tormenta, o cualquier otra calamidad se desataba, era por demás común hasta no hace mucho (siglo XIX, principios del XX) pedir una procesión con las reliquias de alguno de los santos patronos de las ciudades y los pueblos europeos. Contar con las reliquias de un santo prestigioso, mártir sobre todo, era una verdadera necesidad. Hubo varias oleadas de traslados de reliquias, de Oriente a Occidente primero, por ejemplo en tiempos de las Cruzadas, que es cuando llegan a Europa occidental las reliquias conservadas por los emperadores bizantinos, un caso ejemplar: las reliquias de la Pasión (incluyendo la Corona de Espinas) adquiridas por San Luis para su capilla real en París en el siglo XIII. Pero en el siglo XIX cuando se abrieron las catacumbas romanas gracias a las exploraciones arqueológicas de tiempos de los Papas Gregorio XVI y Pío IX, hubo otra oleada de reliquias de mártires romanos que se dispersaron por Europa.

Los reinos americanos, por supuesto, no fueron excepción en materia de la cultura de las reliquias. De cuando en cuando hubo importantes adquisiciones y donaciones obtenidas por los religiosos (los Jesuitas en particular) y clérigos para estas nuevas tierras. Lo ideal, sin embargo, hubiera sido producir nuestras propias reliquias de santos locales, lo cual a pesar de muchos esfuerzos no fue posible. Los únicos cultos locales correctamente autorizados por Roma fueron los de Felipe de Jesús y Sebastián de Aparicio, beatificados en el siglo XVIII. Como nos muestra la obra del profesor Pierre Ragon sobre las imágenes y los santos en la Nueva España que hemos reseñado en una entrada anterior, los novohispanos debieron reemplazar el culto de las reliquias con el culto de las imágenes, la de Nuestra Señora de Guadalupe en primer lugar.

Todo ello no evitó que hubiera en efecto algunas reliquias de santos importadas de Europa que ganaran popularidad entre los novohispanos. Las de San Hipólito, santo patrono de la Ciudad de México, fueron en su día muy veneradas, y quiero aquí citar en particular las de San Primitivo, patrono de la misma ciudad para pedir lluvia, cuya celebración del día 10 de junio en la Catedral Metropolitana transcribo a continuación a partir del Diario manual del Cabildo catedral de 1751.

“San Primitivo Mártir. Doble y reliquia que se expone públicamente en medio del altar mayor de esta Santa Iglesia con luces, como es costumbre hacerlo con todas las reliquias de que se reza en los días de los santos, cuyas son desde las primeras vísperas hasta el día siguiente en todas las horas y misas hasta acabarse maitines.

Nota.- Y porque con las reliquias de San Primitivo es tradición que la acredita la experiencia, que en su día o en otro que haya parecido necesario el exponerlas públicas en el altar como está dicho, siempre llueve. En estos años que han escaseado las aguas a su tiempo y experimentándose graves daños con los calores y sequedad ha determinado el V. Cabildo no sólo ponerlas públicas en su día y otros que han convenido hacerlo así y hacerle rogativa y oración, con lo que luego ha venido el remedio de la lluvia, sino también en su día hacer procesión, cantándose la letanía de Nuestra Señora, la que da vuelta por fuera de esta Santa Iglesia, saliendo por la puerta de junto a la capilla del Sagrario a entrar por la que mira al Empedradillo y dar vuelta por el altar mayor llevando en hombros de los padres capellanes la urna de las reliquias, a la que y a la misa asiste la capilla y canta en uno y otro, con repique o rogativa de campanas, conforme la necesidad y ocasión en que se hace…”

Villancicos y Danzas de Corpus Christi

En alguna otra oportunidad le dediqué una entrada a la procesión de Corpus Christi, hoy que es domingo de Corpus, no puedo sino tratar brevemente una parte fundamental de dicha fiesta durante el Antiguo Régimen: la música y la danza. Es bien conocido que la secuencia de la fiesta de Corpus, el Lauda Sion salvatorem, fue compuesta por el propio Santo Tomás de Aquino, sin embargo, quiero referirme aquí no tanto a la música propiamente sacra, sino sobre todo a lo que hoy suele llamarse música “paralitúrgica”, aquella que sin ser parte del rito era indispensable también para la celebración. La fiesta de Corpus, como la de Navidad, no podía concebirse sin villancicos, las composiciones a veces populares y de contenido profano, pero que podían también acomplarse perfectamente a los lineamientos clericales. Durante toda la octava de Corpus era muy frecuente que las capillas de músicos de parroquias y catedrales se lucieran interpretando sus mejores piezas ante la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Mas no era la única música que se hacía presente, el “Diario manual” de la Catedral de México de 1751 da testimonio de que, si los villancicos eran interpretados “todos los ocho días de la octava […] dentro del coro entre el facistol mayor y [la] puerta principal […] desde las dos de la tarde hasta las tres”, la capilla de la Catedral en realidad sustituía a otras prácticas más tradicionales que los canónigos del siglo XVIII, acaso más preocupados por reforzar la distinción entre sagrado y profano, habían terminado por juzgar poco adecuadas. “Era costumbre siempre – dice el propio Diario manual – en estos días de la octava de Corpus el que desde que se acababan en el coro las horas hasta las doce de la mañana entrasen danzas de pluma en la crujía a estar danzando todo este tiempo”.

Me temo que no conozco ejemplos claros, ni de las danzas en cuestión, ni de los villancicos que las reemplazaron, pero presento aquí como sucedáneo dos villancicos de Corpus de Gaspar Fernandes, músico portugués de origen, quien fue maestro de capilla de las Catedrales de Guatemala y Puebla a principios del siglo XVII. Cabe decir, danzas de Corpus las sigue habiendo en algunas iglesias, incluyo también dos breves videos del equivalente andaluz de aquellos danzantes: la “danza sagrada” de los seises de la Catedral de Sevilla, que también danzan ante la imagen de la Inmaculada en diciembre.


Villancicos de Corpus por davidclopez