Archivo por meses: mayo 2010

Ceremonia de investidura de los Caballeros del Santo Sepulcro

Una entrada breve y que en realidad tiene poco que ver con la historia religiosa mexicana, pero que de todas formas me parece interesante. Ayer tuvo lugar en la catedral de Notre-Dame de Paris la ceremonia de investidura anual de los nuevos caballeros, damas y capellanes de la orden ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén de la lugartenencia de Francia. La orden data de tiempos de la cruzadas, establecida por los reyes de Jerusalén, luego dispersa por Europa y reorganizada con muchos vaivenes a lo largo de los siglos. Por tradición está obviamente ligada a Tierra Santa, y de hecho fue la orden la que obtuvo el permiso del sultán turco para la instalación de la Custodia franciscana en Jerusalén a finales de la Edad Media.

Fue reorganizada de manera mucho más centralizada en torno a la Santa Sede a mediados del siglo XIX por el papa Pío IX, y desde entonces es encabezada por un cardenal designado por el Papa con título de Gran Maestre, aunque el Patriarca latino de Jerusalén mantiene un título de honor como Gran Prior. Desde luego, los caballeros y las damas del Santo Sepulcro se dedican hoy en día a actividades de caridad relacionadas con el Patriarcado latino. En París además, son los guardianes de la reliquias de la Pasión, de la Catedral de Notre-Dame, en particular, de la Corona de espinas. Más datos de la orden, en su página de internet dentro del sitio de la Santa Sede, me temo que no encontré si la lugartenencia de México tiene su propio sitio. En el video, cuya mala calidad sé que el amable lector sabrá perdonar, podemos ver algunos momentos de la misa y de la investidura: las procesiones de entrada y de salida y tres fragmentos que corresponden a tres actos de investidura, de capellán, de caballeros y de damas.

La liturgia de la ordenación tiene un aire muy tradicional: el oficiante, en este caso el nuncio apostólico en Francia, monseñor Ventura, utiliza una espada que coloca sucesivamente sobre los hombros del nuevo caballero para investirlo como tal, para después colocarle y bendecirle una cruz al cuello. Acto seguido se le coloca por otro de los caballeros (su padrino), el manto de la orden, blanco con la cruz del Santo Sepulcro en rojo. Los capellanes de la orden, cabe decir, portan también una indumentaria tradicional: el roquete, que es un sobrepelliz con mangas, y la muceta, una capa corta blanca con la cruz de la orden. Las damas, por su parte, lucen una indumentaria “a la española” con el manto en negro y mantilla. En la procesión de salida se puede ver muy rápido la indumentaria de los oficiales de la orden, los lugartenientes, que llevan sombrero con pluma y gorgera, mientras que el lugarteniente actual de Francia, el general Fleuriot, lleva uniforme militar con bicornio. Todo esto pues, para mostrar un poco de la tradición de las órdenes de caballería religiosa en nuestros días y de sus rituales.


Ordenación caballeros del Santo Sepulcro por davidclopez

Conjuro contra la langosta

Allá por el siglo XVIII, fray Benito Jerónimo Feijoo se lamentaba y críticaba duramente la presencia en muchos manuales, no sólo de los exorcismos explícitamente autorizados por el Ritual Romano, sino de otros muchos “contra langostas, contra ratones y otras sabandijas; contra lobos, contra zorras” etcétera. Cabe decir que el mundo americano no era excepción: el Manual de los Santos Sacramentos del padre Andrés Sáenz de la Peña, que el obispo D. Juan Palafox y Mendoza convirtió en manual general del obispado en 1642, incluía también un conjuro contra la langosta que transcribo al final de esta entrada, compuesto de cinco oraciones en latín y terminando con la aspersión del lugar afectado por la plaga en cuestión. En realidad este tipo de conjuros y exorcismos eran el pan de cada día de la Cristiandad en tiempos medievales sobre todo, pero hasta mucho más tarde inclusive. Muchas veces eran un auténtico reclamo popular ante los sacerdotes, que se estimaba obligados a utilizar su carácter de mediadores ante Dios para proteger los bienes terrenales más indispensables y siempre expuestos a desastres naturales. Cabe decir, no eran los únicos medios: algunas comunidades monásticas medievales incluyeron en sus oficios incluso ritos de maldición contra los enemigos de la Iglesia, aunque fue un caso más bien excepcional. Lo más común era este tipo de ritos, oraciones acompañadas de aspersiones de agua bendita, y ocasionalmente de pasajes más amplios de las Escrituras, ya bajo la forma más propia del exorcismo. En la historiografía francesa se le ha dedicado mucha atención al tema, sobre todo por Jean Delumeau en su obra Rassurer et protéger (Fayard, 1989), a la que remitimos para mayor información.

Andrés Sáenz de la Peña, Manual de los Santos Sacramentos conforme al Ritual de Paulo V formado por mandado del Rmo., Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan de Palafox y Mendoza…, México, Francisco Robledo impresor, 1642, fs. 151-152

Conjuro contra langosta y otros animales

Adiutorium nostrum in nomine Domini.
R.
Qui fecit coelum et terram.
R.
Domine exaudi orationem meam.
V.
Et clamor meus ad te veniat
V. Dominus vobiscum.
R.
Et cum spiritu tuo.


Oremus

Preces nostras, quaesumus Domine, clementer exaudi, ut qui iuste pro pecatis nostris afligimur & hac vermium (seu murium, aut locustarum vel aliorum animalum) calamitatem, quam patimur averte, pro tui nominis gloria, ab ea misericorditer liberemur, ut per potentiam tuam expulsa nulli noceant, & hos agros vineas, aut aquas intactas dimittant, quatenus, quae ex eis orta fuerint, tuae maiestati deserviant. Per Christum Dominum nostrum.

Oremus

Omnipotens sempiternae Deus, bonorum omnium auctor & conservatur in cuius nomine omne genu flectitur, celestium, terrestrium & infernorum; concede, ut quod de tua miseriardia confissi agimus, per tuam gratiam, efficacem consequatur effectum, quatenus hos vermes, mures, aves, locustas aut alia animalia noxia segregando segreges exterminando extermines, ut ab ista calamitate liberati gratiarum actiones maiestati tuae referamus. Per Christum Dominum nostrum.

Oremus

Deus, qui famulorum tuorom, Moysi & Aaronis ministerio ab AEgyptiis, pro gloria nominis tui locustas, bruchos, cyniphes aliasque plagas (scilicet, iustitiae tuae in peccatores flagella), avertisti, a filiis quoque Israel prohibuisti; a populo credente, similes calamitates aufer, ut potentiam tuam, & beneficentiam praedicemus. Per Christum Dominum nostrum.

Oremus

Largire & conservare fructus terrae dignare Dominus Deum noster, ut temporalibus gaudeam’ auxiliis, & proficiamus spiritualibus incrementis. Per Christum Dominum nostrum.

Oremus

Oramus te Domine Deus noster, ut hos agros aut vineas serenis oculis, hilarique vultu, respicere digneris, tuamque super cos mittere benedictionem, ut non grando subrripiat, non turbo subvertat, non vis tempestatis detruncet, non estus exurat, non animalia noxia corrodant, neque innundatio pluviae exterminet, sed fructus incolumes uberesque usui nostro ad plenam maturitatem perducas. Per Christum Dominum nostrum.

Eche agua bendita y diga

Benedictio Dei omnipotentis Patris +, & Filii + & Spiritus + sancti descendat & maneat super hos agros aut vineas & eorum fructus. Amen.

Música de la Teología de la Liberación: Credo

Para completar la entrada de la semana pasada, aquí otra pieza, está sí mucho más controvertida, propia de la herencia de la teología de la liberación. Se trata de la Misa campesina nicaragüense, compuesta por Carlos Mejía Godoy en 1975 para la comunidad de Solentiname, fundada por el célebre religioso y poeta Ernesto Cardenal. No soy especialista en el tema, pero según entiendo la celebración fue interrumpida por la policía, y la música, cuyas letras son evidentemente heterodoxas para una celebración eucarística, fueron desautorizadas por el episcopado. Sin embargo, se ha grabado como música popular desde unos pocos años más tarde, difundiéndose sobre todo en España, en particular gracias a un grupo de entonces jóvenes cantantes (Miguel Bosé, Sergio y Estívaliz, Ana Belén), quienes la presentaron en Madrid en 1979, obteniendo entonces el premio Bravo de la Conferencia Episcopal Española. Fue grabada de nuevo en 2001, ya en una versión en disco compacto, de la que me tomo la libertad de presentar aquí el Credo en voz de Elsa Baeza, quien ya en 1977 había tenido gran éxito interpretándolo.

Credo Misa Campesina por davidclopez

Música de la Teología de la Liberación: La Misa Panamericana

Como el amable lector de este blog habrá podido notar, uno de los temas que más me interesan últimamente de la historia de la Iglesia es la historia de la liturgia. Prácticamente todos los grandes movimientos religiosos que han pasado por su historia han dejado un legado siempre interesante de expresiones litúrgicas, sobre todo artísticas. La teología de la liberación no fue la excepción. De hecho, hoy que dicho movimiento ha pasado prácticamente a la historia, aunque se pretendía una teología con impacto social y político, sin duda uno de sus legados más importantes estuvo en el ámbito cultural, y en particular litúrgico. El lector interesado en la materia podrá encontrar algunas notas interesantes sobre la música que impulsó dicho movimiento en este artículo de la profesora Montserrat Galí publicado en el Anuario de Historia de la Iglesia de la Universidad de Navarra. Por mi parte, quiero sólo evocar aquí la Misa Panamericana, misa con mariachi compuesta por encargo de don Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, y uno de los prelados más comprometidos con los cambios litúrgicos de la segunda mitad del siglo XX. Cabe subrayar el éxito que tuvo esta misa por todo México, independientemente de la corriente que la vio nacer. A título personal, recuerdo que en mis años de estudiante, durante mis estancias en la ciudad de México me gustaba ir a la última misa dominical en la Catedral Metropolitana, la misa del deán, en la que se oficiaba justamente con este acompañamiento.

Aquí pues, la Misa Panamerica, con el mariachi Hermanos Macías.
Para la procesión de entrada, el Angelus

El Kyrie, o mejor dicho Señor ten piedad

El Gloria

El Aleluya

El Credo

El Sanctus, o Santo

El Agnus Dei, o Cordero de Dios

Para la comunión, “Por la calzada de Emaús”

Para la procesión de salida, un segundo Aleluya

No puedo terminar la entrada sin aprovechar para manifestar que sería muy bueno que algún día el mariachi que toca el 12 de diciembre en la Catedral de Notre-Dame de París pudiera acompañar toda la misa con esta música, y no sólo limitarse a cantar las Mañanitas y la Guadalupana.

Obispados y Reforma liberal

LosobispadosJaime Olveda (coord.), Los obispados de México frente a la Reforma liberal, México, El Colegio de Jalisco/ Universidad Autónoma Metropolitana/ Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, 2007, 397 pp.

En el año 2006, con motivo del bicentenario del natalicio de Benito Juárez, el doctor Jaime Olveda, profesor de El Colegio de Jalisco, reunió un interesante coloquio para examinar la historia de cada uno de los obispados de México en tiempos de la Guerra de Reforma. El resultado ha sido esta obra de diez capítulos, correspondientes a nueve obispados y uno en ciernes, y de la quiero dar una breve noticia en esta entrada. Los diez capítulos corresponden a México, Michoacán, Guadalajara, Zacatecas, Puebla, San Luis Potosí, Oaxaca, Durango, Linares y Sonora. Evidentemente no están todos los obispados, faltan por ejemplo Chiapas y Yucatán, y está en cambio representada Zacatecas, que no era todavía una diócesis separada. Ello no obsta para que se trate ya de un esfuerzo muy bien logrado por construir una historia de este período que da cuenta de la diversidad regional del país. Además, como el doctor Olveda afirma en la introducción, se trata de una historia dirigida a “entender mejor la compleja relación que se dio entre la esfera civil y la eclesiástica”, buscando superar viejas ideas, pues “fuera de los círculos académicos, en la mente de los mexicanos aún prevalece casi la misma imagen que sobre el clero y los conservadores compartieron los liberales del siglo XIX” (p. 13).

En ese sentido, es cierto que la obra nos muestra al mismo tiempo los temas constantes y los diversos escenarios regionales. Es interesante constatar que en el norte, donde el tejido de las corporaciones religiosas era cuando menos endeble, el conflicto no alcanzó las mismas dimensiones que en el centro o el occidente del país. Ahí no había muchas propiedades eclesiásticas que desamortizar o nacionalizar, y en ciertas coyunturas los obispos pudieron beneficiarse incluso de una buena acogida de ciertos liberales, como Ignacio Pesqueira o Santiago Vidaurri, convencidos, según muestra en particular el trabajo de Dora Elvia Enríquez, de que el clero era también parte de los servicios que había que mantener para seguir construyendo la sociedad norteña.

El lector encontrará, un poco por doquier, apasionados debates entre obispos y magistrados a propósito de la soberanía eclesiástica y la soberanía del Estado, como también movilizaciones femeninas, incluyendo muchas veces a las esposas, hermanas y madres de los liberales, en contra de la legislación reformista o para proteger a los prelados mexicanos. Los estudios sobre Guadalajara, Sonora y Zacatecas nos muestran la presencia, o tal vez habría que decir, la sobrevivencia, de un clero liberal, muchas veces enfrentado al episcopado, favorable a la Reforma a partir de argumentos religiosos. Además, se revela también la imposibilidad de los gobernantes del momento de pasarse del ceremonial católico para reforzar su legitimidad, visible en los problemas que puso por todas partes el juramento de la Constitución de 1857, que debía celebrarse con Te Deum y repiques en las iglesias. Todo ello originó más de una “escandalosa” incursión en campanarios y sacristías para disputarle al clero el control de los instrumentos del ceremonial. Sobre todo, es interesante observar las diversas vías en que se plantearon y resolvieron los numerosos problemas conciencia causados por el conflicto. Los sacramentos devienen problema político, pues su acceso se condicionaba a la abjuración del juramento constitucional y a la devolución de los bienes eclesiásticos. Retractaciones y nuevos juramentos, imposiciones ante hechos consumados, ventas contestadas en testamentos y un amplio etcétera, forman un panorama que valdría sin duda la pena profundizar en estudios más específicos.

Ahora bien, aunque la obra ha querido separarse de la historiografía tradicional, hay que decir que la presencia de los obispos y sus biografías ocupa un lugar bastante amplio, y en algunos casos los capítulos se presentan casi como un análisis de la gestión del obispo. Es cierto, las personalidades de la Iglesia mexicana de la época justifican sin duda este tipo de elección. Vemos de cerca las pastorales, los exilios, las visitas pastorales obligadas, los momentos de moderación y de combate de toda una generación de prelados: el arzobispo Lázaro de la Garza y Ballesteros, los obispos Clemente de Jesús Munguía, Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, Pedro Barajas, José Antonio de Zubiría y Escalante, Francisco de Paula y Vera y Pedro Loza y Pardavé principalmente. Además de sus trayectorias, de la mayor cercanía de unos, y de la acción colectiva que emprendieron, aparece un detalle sugerente a propósito de los obispos que se exilian en Estados Unidos: el contraste entre la guerra civil en el país católico y la expasión de una Iglesia separada del Estado y en medio de la tolerancia de cultos.

En fin, todas estas aportaciones son valiosas también porque nos abren nuevos cuestionamientos. Es por ejemplo significativa la ausencia de ciertas categorías de la Iglesia del XIX, como “ultramontano” o “regalista”. De la misma forma, sería sin duda interesante comparar lo sucedido en México con lo que pasaba en otros países del mundo hispánico y del mundo católico en general, no menos que conocer de manera más amplia cómo se veía el conflicto desde Roma. También valdría la pena problematizar de manera más sistemática muchos temas esbozados en la obra: el anticlericalismo popular, el reforzamiento de la autoridad episcopal frente a las otras corporaciones religiosas, las relaciones entre los obispos y sus cabildos catedrales, los temas del culto y ceremonial religiosos, y un amplio etcétera.

De momento, cabe bien felicitarse por una obra que realiza muchos aportes y en la que, empero, no faltan exposiciones un tanto marcadas por las ideas clásicas de la historiografía liberal (el capítulo sobre Durango en particular), o por una visión de continuidad de dos siglos de una lucha entre “resistencia” eclesiástica y “absolutismo estatista” (el capítulo sobre Michoacán en particular).