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Limosna

Entre los muchos temas todavía poco explorados por la historiografía sobre la Iglesia católica novohispana está el de la limosna. Tal vez porque parece demasiado banal, o tal vez porque hoy en día el término tiene incluso cierta connotación peyorativa. Sin embargo, en el Antiguo Régimen, era de lo más común que grandes obras públicas se construyeran “de limosna”, o que grandes personajes de la sociedad vivieran de ella. “La limosna concernía todas las empresas consideradas útiles al público y era practicada por todas las categorías sociales”, nos recuerda atinadamente la profesora Annick Lempérière en una obra reciente Entre Dieu et le roi, Les Belles Lettres, 2004, p. 42).

Así, las grandes iglesias barrocas que hoy vemos en casi en todas las regiones fueron en buena medida construidas por esta vía. Por ejemplo, respecto de las iglesias orizabeñas del siglo XVIII, los curas auxiliares de la parroquia decían en 1762 que “todo ha sido promovido y a costa de limosnas”. Otro tanto podía decirse de algo tan importante en la época como el culto divino, es decir, todo lo que implicaba la celebración de las misas, los oficios y las fiestas, desde el estipendio de los sacerdotes hasta los gastos de la cera, vino, hostias, músicos, fuegos artificiales y un largo etcétera. Incluso el estipendio que recibían los misioneros como ayuda al culto de parte del rey no venía sino en calidad, precisamente, de limosna para los religiosos. Y la enumeración puede seguir todavía, incluyendo muchísimas imágenes, retablos y adornos, aportados lo mismo por los notables que, de manera colectiva, por los pueblos. La limosna podía inclusive pagar instrumentos que ayudaban a la salvación de las almas, como el escapulario de los carmelitas, la correa de los agustinos, o el más clásico hábito y cuerda franciscano, utilizando ampliamente en el mundo hispánico como una mortaja que permitía compartir las indulgencias de los hermanos terceros de la orden.

Asimismo, el estamento privilegiado por excelencia del Antiguo Régimen, el clero, vivía en buena medida de limosnas. Los clérigos en parte y los religiosos a veces de manera exclusiva, como en el caso de los franciscanos. Tal vez no había nada más común en los caminos del reino de la Nueva España que el encontrarse con los cuestores, es decir, los religiosos legos que se ocupaban de las colectas, normalmente en especie. Y en las ciudades, no lo era seguramente menos el encontrar, por ejemplo, a los religiosos juaninos reuniendo la comida para los enfermos de sus hospitales. Unos y otros portaban normalmente una pequeña imagen de su santo patriarca o santo patrono de su convento y podían llegar a cubrir grandes distancias. De hecho, las órdenes religiosas habían trazado una verdadera geografía de la limosna, pues cada convento debía contar una jurisdicción propia, la cuesta, que sus colectores podían recorrer libremente.

Por todo ello aún los religiosos limosneros no estaban exentos en la época de una literatura que condenaba su excesivo número. La Corona debía velar por que no se establecieran sino donde era claro que los vecinos serían capaces de dar “suficiente limosna” para su sustento. A finales del siglo XVIII no faltó entre los juristas de la Corona quien comparara a los cuestores con una “plaga de langostas” para ilustrar de manera clara lo que su gran número podía implicar.

Y es que en efecto, la apreciación sobre limosnas y limosneros iba cambiando con el tiempo. En el siglo XIX se fue haciendo progresivamente más difícil de pensar que hospitales u hospicios sobrevivieran sólo de limosnas, tanto porque la recolección distraía de sus funciones a quienes los atendían, como porque limitaban una exigencia cada vez mayor por la eficiencia de dichos establecimientos. El primer liberalismo hispánico puso bajo la autoridad de los ayuntamientos la mayor parte de los antiguas corporaciones dedicadas a la caridad, y éstos no tardaron en incluirlos en el presupuesto de sus fondos, remplazando así a la limosna.

Asimismo, las denuncias sobre los excesos de la recolección cobraron un nuevo sentido, político inclusive. Frente a las escaceses del erario de los nacientes Estados, no faltó el jefe político (fue el caso del de Orizaba) que reaccionara airado frente a la abundancia de las colectas de los misioneros, que competían con la hacienda pública. También comenzó a ser objeto de la crítica la limosna que involucraba un intercambio por un bien material, así fuera un escapulario, denunciada a veces directamente como una venta abusiva. En cambio, si la limosna se mantenía dentro de ciertos límites, se convirtió también en el único ingreso que parecía tolerable hasta para la opinión pública más anticlerical, pues recordaba a la pobreza evangélica y franciscana, dotadas de un nuevo prestigio en contraste con las críticas a las fundaciones y obras pías, a las que se acusaba de impedir la libre circulación de bienes y capitales.

De práctica generalizada y unánimemente aceptada a objeto de la crítica y disputas políticas, de obligación efectiva a meramente voluntaria, la limosna es sin duda un asunto indispensable para la comprensión de la historia religiosa y política de la Nueva España y de México de los siglos XVIII y XIX.

Apuntes sobre un pontificado

He querido retrasar un poco la entrada de esta semana para coincidir con el quinto aniversario de la elección del papa Benedicto XVI, que tuvo lugar el 19 de abril de 2005. En esta ocasión, más aún que en cualquier otra, hablaré más bien desde una cierta ignorancia, pues aunque he tratado de seguir la actualidad de la Iglesia católica, no es mi tema de investigación. Sin embargo, también creo que en tanto historiador es posible una mirada particular sobre el presente, que tal vez pueda resultar de interés para el amable lector. Así, no presento aquí sino unos apuntes breves y un tantos dispersos sobre los temas que más me han llamado la atención del pontificado en curso.

En primer término, estos cinco años me parecen interesantes por la presencia en el trono de San Pedro de un profesor universitario de Teología en el sentido más estricto. Ello es evidente tanto en los contenidos como en el estilo de sus discursos: contrario a su venerable predecesor, el papa Benedicto XVI pontifica poco y explica mucho. Incluso cuando improvisa, sus homilías y alocuciones son por lo general verdaderas cátedras, en ellas expone sin duda posiciones muy concretas y discute con amplitud las posiciones contrarias, pero que no tienen el estilo de la admonición o el sermón. Los contenidos además, son muy eruditos e intelectualmente muy interesantes. Una prueba tal vez un tanto banal: recuerdo su alocución ante el mundo intelectual parisino en el Collège des Bernardins donde varios de los profesores del Institut de France terminaron sacando plumas y papel para ir tomando notas.

Personalmente, si algo me ha parecido interesante son sus alocuciones de las audiencias generales de los miércoles. Luego de terminar los comentarios de los salmos que había dejado inconclusos su predecesor, emprendió una auténtica historia de la Iglesia hecha de biografías, sobre todo pero no exclusivamente, de las grandes figuras intelectuales de la teología católica comenzando con los propios Apóstoles y ahora ya vamos en la escolástica. Su elección de personajes y temas merecería una tesis. Cierto, están los que no podían faltar como San Agustín, Santo Tomás de Aquino o San Buenaventura (que fue una alución especialmente emotiva considerando que retomaba los temas de su tesis de doctorado), pero ha retomado a otros no tan conocidos. Del mundo oriental por ejemplo a Efrén el Sirio o a Romano el Méloda, pero también recuerdo su interesante alocución dedicada a las mujeres que aparecen citadas en las epístolas de San Pablo.

En segundo lugar, y tal vez derivado de su carácter de universitario, se distingue por no ser un pontífice autoritario. Lo anunció desde su homilía en la misa de inicio de su pontificado y creo que lo ha cumplido cabalmente, no pretende gobernar la Iglesia él solo. Me parece interesante al respecto su toma de posesión sobre el tema de los divorciados. Recién electo, en julio de 2005, desde sus vacaciones en Les Combes, exponía públicamente sus reflexiones sobre la validez o no de un matrimonio sin fe, celebrado sólo por cumplir por la tradición, y exponía la tradición ortodoxa oriental, que sin cuestionar la indisolubilidad del matrimonio, prevé una posible segunda bendición sacramental que permite acercarse a la comunión, aunque con un carácter más bien penitencial. Sin embargo, la asamblea del sínodo de los obispos de octubre siguiente, que aunque dedicado a la Eucaristía tuvo intervenciones sobre el tema del matrimonio, se caracterizó por estar bastante lejos de siquiera considerar las posturas expresadas por el Papa.

En general, las asambleas sinodales son buena prueba de un carácter más abierto a la colegialidad, me atrevería a decir. Desde la asamblea de octubre de 2005 se abrieron mayores espacios a la discusión libre entre los participantes, se hicieron públicas las discusiones, y los servicios informativos del Vaticano proporcionan traducciones preliminares de los documentos finales de las reuniones, aún antes de su validación por el Papa.

Asimismo, si algo sorprende es que aparece siempre dispuesto a dar explicaciones de sus decisiones. Lo ha hecho sobre todo a través de cartas públicas, con motivo del cambio de estatus de la Iglesia en China, sobre el levantamiento de la excomunión de los obispos ordenados por M. Lefebvre y con motivo de los abusos sexuales por parte de clérigos revelados en fecha reciente, esta última por cierto, especialmente interesante y a la que espero dedicarle alguna entrada próximamente.

Ahora bien, si es un pontífice dispuesto a escuchar a sus hermanos obispos, no por ello deja de tener prioridades particulares. Así, es un pontificado muy marcado por la búsqueda de un equilibrio entre razón y fe, que inspire un renovado diálogo ecuménico. Son casi innumerables las ocasiones en que el Papa critica el fanatismo religioso (cierto, cuidando siempre de no utilizar ejemplos cristianos, como en el célebre “discurso de Ratisbona”) como religión sin razón, al mismo título que el “secularismo” y las que considera sus principales consecuencias, el nazismo y el estalinismo, la razón sin religión. Bajo esa misma premisa, ha habido una preocupación constante por el diálogo con otras confesiones cristianas, especialmente con las iglesias greco-ortodoxas, que han llevado hasta el reconocimiento otrora inimaginable de la primacía del Papa (aunque sin que se desprendan de ello todavía consecuencias concretas), y con otras religiones, en particular el islam. Serán sin duda pasajes célebres para la historia la carta de los 138 intelectuales del islam y la reunión con el rey de Arabia Saudí, custodio de los santos lugares musulmanes.

Las reuniones con los representantes musulmanes, resultado más importante del discurso de Ratisbona, han permitido la elaboración de declaraciones comunes en las que aparece claro un reclamo fundamental de parte de la Santa Sede: la aceptación de ciertos principios derivados de la racionalidad moderna, en particular, la laicidad. “Es necesario acoger las verdaderas conquistas del iluminismo” decía el Papa en un discurso a la Curia en 2006. De ahí que no debiera sorprender la acogida dada por él mismo a críticos del fundamentalismo islámico como Oriana Fallaci y el bautismo que personalmente impartió a Magdi Allam en 2008.

En cuarto lugar, un tema que me llama la atención por mis propias preocupaciones: la liturgia. Es otro asunto en que el Papa ha mostrado un interés muy personal, y del que se recuerda en particular el motu proprio que estableció el rito tridentino como rito extraordinario de la Iglesia. En tal documento, como en sus discursos, y sobre todo en el ceremonial pontificio, Benedicto XVI ha dado muestras claras de querer marcar de manera más clara la tradición milenaria de la Iglesia. Cabe decir, la tradición en su sentido integral y no sólo con el ultramontanismo, como quisieran los llamados “tradicionalistas”. Los gestos del Sumo Pontífice al respecto son múltiples: baste citar el palio que se le impuso al inicio de su pontificado, que recordaba prácticamente los iconos orientales, así como el retorno de Domenico Bartolucci a la dirección del coro de la Capilla Sixtina. Desde luego, saliendo del tema litúrgico, la prueba más evidente de ese deseo de inscribir todo en la tradición es la interpretación en ese sentido del Concilio Vaticano II.

Quinto punto, Benedicto XVI pareciera mucho más dispuesto a tratar todos los temas pendientes del final del pontificado de Juan Pablo II, incluso los más debatidos al interior de la Curia romana. Entre ellos se cuentan por ejemplo las relaciones con China, que es sin duda uno de los grandes problemas de estos cinco años, pues aparentemente no ha habido ningún avance con el gobierno de ese país, que sigue respaldando una iglesia nacional independiente. En cambio, las relaciones con Rusia han mejorado mucho, siendo que el Patriarcado de Moscú había recibido bastante mal el restablecimiento de la jerarquía católica en Rusia a finales del pontificado de Juan Pablo II.

Mas desde luego, el tema más evidente y difícil es el de los casos de abusos sexuales a menores por parte de clérigos. Si durante una parte de su gestión como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe el entonces cardenal Ratzinger no mostró especial interés en abordar el asunto, cuando menos de entre 2001 y 2004 data un cambio importante al respecto. Es de entonces que datan los lineamientos para centralizar en ese dicasterio todos los casos de abuso y los mandatos para que finalmente todos los procesos abiertos siguieran un proceso regular. La recientemente publicada carta del cardenal Castrillón, por entonces (2001) prefecto de la congregación del Clero, felicitando al obispo de Lisieux por no haber denunciado a un sacerdote acusado de dicho delito, da cuenta de que entre los altos cargos de la curia la “intransigencia” contra este tipo de casos tardó mucho y fue muy difícil de imponer. Incluso ya habiendo llegado Benedicto XVI al trono de San Pedro, el caso del fundador de los Legionarios de Cristo, el padre Marcial Maciel, habría contado, según versiones de Sandro Magister, “vaticanólogo” del semanario L’espresso con el respaldo del cardenal Sodano, secretario de Estado heredado del pontificado anterior.

Sin embargo, a lo largo de estos cinco años el Papa pareciera ser el principal impulsor, al interior de la curia romana desde luego, de un abordaje serio y público de este problema, como lo muestran sus ya varias intervenciones al respecto, que culminan en la carta ya citada a los católicos irlandeses. La mirada exactamente inversa que se tiene en los medios, da cuenta, por cierto del sexto y último gran tema del pontificado que quiero tratar aquí: las dificultades en las diversas oficinas comunicación del Vaticano, incluyendo al prestigioso Osservatore Romano, y más aún, los problemas de comunicación entre los diversos dicasterios de la curia romana.

Sobre lo primero, ha habido vacíos muy notorios, como que no hubo durante varias semanas una versión íntegra del “discurso de Ratisbona”; en cuanto a la curia, será por ejemplo un reto para el historiador del futuro entender cómo pudo ser que el cardenal Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos, declarara no tener conocimiento del decreto levantando la excomunión a los obispos lefebvristas hasta después de publicado.

El beato Palafox y Mendoza

El 29 de marzo salió publicada en el boletín oficial de la Santa Sede la más reciente lista de decretos de la Congregación de las Causas de los Santos, entre ellos el reconocimiento de un milagro por intercesión de Don Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659), con lo cual la beatificación del venerable obispo de Puebla de los Ángeles y de Osma es prácticamente un hecho.

Aunque hoy puede pasar prácticamente desapercibido, la historia y la memoria de monseñor Palafox constituyen un tema apasionante, que ha hecho correr ríos de tinta a lo largo de los siglos. Recordemos pues algunos datos fundamentales de su biografía y de su posteridad.

“Hijo de delito” según sus propios términos, monseñor Palafox era en efecto hijo ilegítimo del marqués de Araiza, un miembro prominente de la nobleza aragonesa. Reconocido por su padre, pudo así realizar estudios universitarios, de derecho canónico en particular, si bien, como muchos candidatos a la santidad tuvo una juventud poco edificante, saldada por una conversión inspirada en las Confesiones de San Agustín y marcada por la mística de la época, la de Santa Teresa de Ávila especialmente. Clérigo noble, obtendría pronto cargos importantes en la corte española. Fue capellán de la infanta María, hermana de Felipe IV, a la que acompañó en su viaje de esponsales con el emperador de Austria. Ha pasado a la historia en buena medida gracias a su cercanía con el conde-duque de Olivares, hombre de confianza (“privado”, “favorito”) del rey, quien lo reclutó para su gran proyecto de reestructuración del imperio hispánico, tendiente desde luego a fortalecer a la Corona. Miembro del Consejo de Indias, fue enviado a la Nueva España como visitador general del reino. La visita, figura jurídica a la que dedicaré una entrada en fecha próxima, era un procedimiento destinado a revisar el funcionamiento de todas las instituciones del reino, destinado a corregir abusos, castigar delitos y reformar aquello que se considerase necesario.

Y Palafox en efecto denunció ampliamente abusos, sobre todo el repartimiento obligado de mercancías entre los indios y los fraudes a la Corona que involucraban a magistrados reales, familiares de los virreyes y comerciantes peninsulares. Reformador, hizo cambios importantes en la Real Audiencia, además de redactar nuevas ordenanzas para la Universidad. Celoso en la protección de los intereses del rey, llegó incluso a la destitución del virrey y a asumir él mismo el cargo ante las sospechas de lealtad que pesaban sobre el duque de Escalona.

Mas Palafox y Mendoza no fue sólo un ministro y cortesano, sino también un obispo asimismo celoso de su autoridad.

Obispo de la Puebla de los Ángeles, sede que se negó a abandonar cuando pudo ser presentado para el arzobispado de México, fue sin duda el gran constructor la iglesia angelopolitana. Hombre de la Reforma católica, se empeñó en dar cumplimiento a las indicaciones del Concilio de Trento a favor de una iglesia bajo la autoridad del obispo, a la cabeza de un clero secular digno y respetable, vigilante estricto de fieles devotos instruidos en su fe, y en la que los dogmas más representativos de la catolicidad, como la intercesión de los santos y la veneración de imágenes y de reliquias adquirieran un nuevo vigor. Da cuenta de esa labor lo mismo la conclusión de la Catedral (1649), iglesia principal de la diócesis y sede episcopal, que la fundación del Seminario Tridentino, o la promoción de la imagen de Nuestra Señora de Ocotlán y del santuario de San Miguel del Milagro en Nativitas. En cumplimiento de la obligación que le imponía el Concilio de Trento, Palafox emprendió la visita de su enorme diócesis, que por entonces se extendía por el norte hasta Tuxpan, por el oriente hasta el Papaloapan y por el sur hasta las Mixtecas, y que recorrió en su mayor parte. La relación de su visita sigue siendo hasta hoy un testimonio importante (y a veces único) de cómo eran muchos pueblos novohispanos en el siglo XVII.

Mas su gestión episcopal es conocida sobre todo por sus enfrentamientos con las órdenes religiosas, a las que intentó someter también a su autoridad de obispo. En ello tuvo éxitos notables: a pesar de las protestas de los franciscanos, logró obtener para el clero secular más de una treintena de parroquias hasta entonces controladas por los religiosos. Su disputa con los jesuitas, en cambio, le costó el fin de su carrera civil y eclesiástica. La querella comenzó en torno a dos exenciones que disfrutaban los hijos de San Ignacio: la de no pagar el diezmo por lo que se producía en sus propiedades y la de no presentar ante el obispo sus licencias para predicar y confesar. Ante los reclamos episcopales, los jesuitas movilizaron todos sus recursos, no sólo promovieron un juicio contra el obispo sino que también obtuvieron el apoyo del virrey, quien organizó incluso una expedición armada para someter a Palafox (1647). El obispo prefirió prefirió buscar refugio fuera de la ciudad de Puebla, y habría de obtener el respaldo de la corte de Madrid, lo que le permitió regresar victorioso a su sede. Pero su victoria duró poco: fue llamado a España en 1649 y obligado a renunciar a su diócesis en 1654 para ser nombrado obispo de la más pobre de las diócesis del imperio, la de Osma, donde habría de morir en 1659. (Para mayores detalles: David Brading, Orbe indiano, FCE, 1991, p. 255-279 y Jonathan I. Israel, Razas, clases y vida política en el México colonial, FCE, 1997) obras que sigo de cerca en esta reseña).

Cabe decir, Palafox no sólo fue un enérgico hombre de Estado y de Iglesia, sino también un devoto. Hombre de ayunos y penitencias cotidianas, de procesiones y sermones profundamente emotivos, moralista hasta el punto de promover la prohibición del teatro, “promotor de prodigios” como diría Antonio Rubial García, autor de manuales de oración, si no místico cuando menos dedicado a la meditación. Tenido por santo todavía en vida, la Inquisición debió prohibir el culto de su imagen. Su carrera como hombre público estaba íntimamente ligada a su vida espiritual. Sus obras dan cuenta de su respaldo a una monarquía católica, fundada en el precepto de que toda autoridad procede de Dios y está destinada a su servicio.Por ello mismo, la memoria de Palafox fue pronto recuperada en Francia, donde los primeros jansenistas, como fieles devotos que eran, predicaban también, frente a la razón de Estado de Richelieu, un proyecto político cristiano. Antoine Arnauld, uno de los grandes fundadores del jansenismo francés, publicó en 1690 una vida de Palafox, que traducía la obra del obispo en la Nueva España, según lo ha señalado Jean-Frédéric Schaub (La France espagnole, Seuil, 2003, p. 312-315), “en términos de la política de Luis XIV”, con todos sus avances en temas seculares (la justicia, el reforzamiento de la autoridad del rey, la protección del tesoro real) pero con el agregado invaluable de la virtud cristiana. Desde luego, para los jansenistas franceses, ellos también enemigos mortales de los jesuitas, la vida de Palafox les permitía distinguir el “jesuitismo” del modelo hispánico de monarquía católica.

El obispo también fue pronto el objeto de la hagiografía. Antonio Rubial García ha seguido con detalle la amplia producción y los debates en torno a su figura desde el propio siglo XVII (véase en particular la obra La santidad controvertida, FCE, 1999). A lo largo del siglo XVIII la memoria de Palafox fue en particular, aunque no exclusivamente, un tema del antijesuitismo. Apareció citado en varias ocasiones en el periódico de los jansenistas franceses, las Nouvelles ecclésiatiques, normalmente para recordar sus disputas con los jesuitas y ensalzar sus padecimientos hasta la glorificación. Se hacía referencia en particular a sus “profecías”, ciertos pasajes de sus cartas al rey Felipe IV en las que habría pronosticado el fin de la Compañía. La expulsión de los jesuitas de los reinos hispánicos en 1767 llamó en particular la atención de las Nouvelles ecclésiastiques, que publicaron un elogio al “digno sucesor de Palafox”, el obispo Francisco Fabián y Fuero, por su carta pastoral contra las doctrinas jesuitas. El propio Fabián y Fuero también rescataba la memoria de su ilustre antecesor con la fundación de la Biblioteca Palafoxiana y la reforma del Seminario. Por entonces la corona española impulsaba también la causa de canonización de Palafox en Roma, un proceso abierto en la Santa Sede desde 1726 y en el que se interesaban también los católicos ilustrados españoles e italianos: el cardenal Passionei, “jansenista” italiano fue ponente de la causa en algún período; mientras que en España Gregorio Mayáns y Siscar, un erudito católico ilustrado de los más importantes de la época fue redactor de una carta de la ciudad de Valencia en apoyo al proceso. Curiosamente cobra ahora nueva actualidad lo que escribiera Mayans en 1762 describiendo a monseñor Palafox: “Fue un buen hombre, de ingenio vivo, de imaginativa fuerte, de doctrina inerudita, facundo y no elocuente. Si vivimos algunos años diremos ora pro nobis. (Citado en Antonio Mestre, Ilustración y reforma de la Iglesia,1968, p. 433).

El lector sabrá perdonar esta entrada un poquito extensa e ilustrada con varias imágenes de las obras de Palafox o de sus biografías, que afortunadamente ahora pueden consultarse en el Google Books.

Victime paschali laudes

Para continuar con la música sacra novohispana, aquí una secuencia, es decir, un himno que se cantaba durante la misa antes del Evangelio en la fiesta de hoy, el domingo de Pascua de Resurrección, y que cabe decir sigue cantándose en nuestros días aunque no en todas partes. Se trata del Victime Paschali laudes. En el primer video se trata en una versión compuesta por Manuel de Sumaya, maestro de capilla de la Catedral de México primero, y luego de la de Oaxaca, en el siglo XVIII. En el segundo es una versión moderna, de Pierre Cochereau, uno de los más célebres organistas franceses del siglo XX.

Cabe decir, la mayoría de las secuencias fueron suprimidas con la reforma litúrgica posterior al Concilio de Trento (finales del siglo XVI), sólo subsistieron cuatro, la que aquí presentamos es una de ellas. Su origen remonta a la Edad Media, cuando se le utilizaba para algunas danzas litúrgicas, que es lo que me parece interesante destacar.

En efecto, aunque en América Latina no nos resulta extraño ver danzas ante las imágenes religiosas, es una práctica que existía también en tierras europeas y que en tiempos medievales realizaban incluso los propios clérigos. El ejemplo que conozco con esta secuencia, citado por Jean-Claude Schmitt en su obra Les raisons des gestes dans l’Occident médiéval (Gallimard, 1990, pp. 90-91) es el de los canónigos de la Catedral de Amiens, quienes cantaban el himno mientras hacían una ronda siguiendo el contorno de un laberinto trazado sobre el pavimiento de la nave central. El deán del cabildo catedral llevaba además una pelota que iba lanzando a sus colegas canónigos para representar la aparición y reaparición del sol, evocando así desde luego la resurrección de Cristo.