Archivo por meses: marzo 2010

Gloria Laus

Con motivo del Domingo de Ramos, aquí una entrada breve dedicada a un himno litúrgico: el Gloria Laus, obra del obispo Théodulf de Orléans hacia el siglo VIII, quien lo habría compuesto al alcanzar a ver pasar la procesión de este día, la procesión de los ramos, mientras estaba preso por órdenes del emperador Ludovico Pío. El himno quedó asociado a esta fiesta y en el Ritual Romano, se le utilizaba para la parte final de la procesión. Ésta, hacía su recorrido normalmente en torno a la iglesia y se detenía justo a sus puertas para cantar el himno, los solistas desde adentro repitiendo los dos primeros versos, y el resto del coro respondiendo desde afuera las estrofas subsecuentes. Una vez terminado, el subdiácono utilizaba el astil de la cruz procesional para golpear la puerta (cerrada hasta entonces), y una vez abierta, permitía la entrada de la procesión a la iglesia para continuar con la celebración del día.

El Juárez católico de Bulnes

Es 21 de marzo, aniversario del natalicio del presidente Benito Juárez, por lo que me pareció oportuna una entrada dedicada a uno de los temas que más controversia causó en su tiempo: la actitud religiosa del Benemérito. Y para ello, nada como volver sobre las páginas del enfant terrible de los intelectuales del Porfiriato, Francisco Bulnes, quien en su Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma (1905) nos deja la diatriba que aquí reproduzco, contra la idea de un Juárez “rojo”, o anticlerical diríamos hoy. Sobra decir que el autor reprochaba en el entonces gobernador de Oaxaca el haberse comportado como prácticamente todos los políticos de su tiempo. En ese sentido, estas páginas son ilustrativas, cierto de las inquietudes muy particulares del autor, pero sobre todo, de la vida política mexicana de la primera mitad del siglo XIX, que no podía evitar el ceremonial católico. Tomo estas páginas de la colección digital de la Biblioteca de la Universidad Autónoma de Nuevo León, cuya consulta aprovecho para recomendar ampliamente. (Favor de hacer clic en la imagen para verla correctamente).

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Los frailes y la guerra de 1810

En entradas anteriores he abordado el tema del clero y la guerra de independencia. En razón del carácter de párrocos de varios caudillos insurgentes (Hidalgo, Morelos, Matamoros los más conocidos), los estudios al respecto suelen centrarse precisamente en ese grupo, los clérigos seculares. En cambio, la atención prestada a los religiosos ha sido menor, con notables excepciones, una especialmente destacable, la obra de Eric Van Young, La otra rebelión… (FCE, 2006). Por ello, en este simbólico año del Bicentenario, quiero dedicar estas breves líneas a la participación de los frailes en la guerra de 1810.

Hay que comenzar por decir que, al igual que sus colegas clérigos, hubo religiosos tanto entre los insurgentes como entre los realistas, cumpliendo papeles asimismo de lo más variado: capellanes de tropas, predicadores, enfermeros, informantes, asistentes de los comandantes, e incluso no faltó algún comandante entre ellos. Aunque me temo que no tengo cifras precisas, por los casos que conozco de la provincia de Veracruz, se diría que la guerra fue un período propicio para que muchos religiosos se fugaran de sus conventos para participar en la contienda, aunque los hubo también que participaron de ella desde dentro de la vida institucional de las órdenes.

Un caso muy concreto: los misioneros de los colegios apostólicos franciscanos (Santa Cruz de Querétaro, San Fernando de México, Guadalupe de Zacatecas, San José de Gracia de Orizaba), quienes se batieron a favor de la causa realista con oraciones y sermones. Sus misiones fueron bien ponderadas por las autoridades como un medio efectivo para la pacificación. A veces a costa de sus vidas, incluso durante los años más duros de la guerra, varios de ellos siguieron organizando sus misiones itinerantes,en las que había brillado siempre el mensaje de sumisión a las majestades divina y humana. Entre los misioneros hubo uno especialmente destacable por este tipo de labor: fray Diego Miguel Bringas de Manzaneda, del colegio queretano, quien predicó por ejemplo el “sermón de la reconquista” de Guanajuato en diciembre de 1810, y fue también autor de un sermón político-moral predicado durante una misión que tuvo lugar en la ciudad de México en 1813.

Además de la predicación, los religiosos podían servir a la causa con sus informes y acompañando a los militares en campaña. Fue el caso por ejemplo de los carmelitas descalzos de Orizaba, cuya orden fue también una de las más comprometidas con la causa realista, y quienes aportaron datos al comandante militar local gracias a los paisanos que frecuentaban su convento para confesarse con ellos. Cuando Orizaba fue ocupada por las tropas insurgentes en la primavera de 1812, los carmelitas acompañaron a la guarnición realista en su retirada y asistieron literalmente a las trincheras de la defensa de la vecina villa de Córdoba. En aquella ocasión, otro religioso, un hospitalario betlemita, fray Simón Chávez, colaboró también atendiendo a los heridos.

Los frailes podían también asumir ellos mismos cargos militares, o al menos así fue entre los religiosos que ejercían la cura de almas, como el padre Pedro Alcántara Villaverde, agustino, cura de la doctrina de Ríoverde, quien devino célebre por su fortaleza de carácter y sus empeños en la lucha contra la insurgencia en las Huastecas. Entre los insurgentes también los hubo, como el coronel fray José Antonio Pedroza, quien fue algún tiempo comandante del estratégico puerto de Nautla, desde donde intentó establer contacto con marinos norteamericanos. Fray José Antonio, cabe decir, no estaba solo. Si los carmelitas y los misioneros apostólicos se caracterizaron por su lealtad realista, del lado insurgente tampoco faltaron religiosos, franciscanos especialmente como lo ha hecho notar Van Young, pero incluso también algún carmelita. Un ejemplo: fray Miguel de San Cayetano, fugado dos veces de su convento, la primera vez en México y la segunda en Tehuacán, para unirse a las otras insurgentes. Otro caso, de un franciscano descalzo, fray Juan Dávila, aprehendido por las milicias realistas del sur de Veracruz entre los insurgentes de la zona, y quien una vez remitido a Oaxaca logró fugarse para volver con ellos.

Una vez consumada la independencia, hubo varios frailes realistas que prefirieron irse a España con las tropas expedicionarias que salieron del país entonces. Además, entre misiones, fugas, capellanes, y otros que se sumaron a la causa independentista en tiempos del plan de Iguala, otro de los legados de la guerra fue, un pequeño contingente de religiosos “rebeldes” a la idea de volver a sus claustros. Sin preocuparse demasiado por ello, y alegando incluso que sus superiores habrían dado su “aprobación tácita” a esa situación, los párrocos e incluso algunos obispos se sirvieron de ellos para atender pueblos distantes, regiones pobres y de la costa. Así, tras la independencia, hubo pueblos como Alvarado, Tlacotalpan y Amatlán, que estuvieron atendidos por religiosos durante varios años. Paradójicamente, después de 1824 sobre todo, no serían tanto las autoridades eclesiásticas sino las civiles las que verán en ellos un peligro potencial, y se esforzarán por hacerlos volver a los claustros, o en su caso expulsarlos del país en tanto españoles entre 1827 y 1833.

Elecciones

Es año electoral en varios estados mexicanos, así como aquí en Francia se avecinan las elecciones regionales. Por ello me parece oportuno dedicar esta entrada al tema de las elecciones en la Iglesia católica. Hoy en día puede parecernos raro, pero la elección era, y en buena medida sigue siendo, un acto fundamental dentro del catolicismo: la mayor parte de las autoridades de las corporaciones religiosas son o fueron en algún momento, electivas. Desde luego, ha habido cambios fundamentales. Retomo los tres más importantes que cita Jean Gaudemet en su obra Les eléctions dans l’Église latine des origines au XVIe siècle (1979). En primer término, tradicionalmente electio no significaba otra cosa que designación, por lo que no implicaba nada directamente sobre quién podía hacerla, o qué procedimiento se seguía. Segundo, contrario a las elecciones políticas de hoy, no pretende ser una expresión de la voluntad popular, sino de la voluntad divina. En fin, la elección en la Iglesia no atribuía necesariamente un poder al elegido, éste no le vendría sino hasta su confirmación y consagración, según fuera el caso.

Ahora bien, ¿qué autoridades eran elegidas en la Iglesia? En primer término los obispos, y entre ellos especialmente, el de Roma, es decir, el Papa. La historia de las elecciones episcopales fue mucho tiempo motivo de debate, pues sobra decir que en la tradición católica los procedimientos antiguos sirven para justificar los nuevos. Cuando la Constitución civil del clero francés de 1791 estableció que los obispos habían de ser electos por el pueblo, sus impulsores pensaban estar volviendo con ello al cristianismo de los primeros siglos. Si nos atenemos a la obra de Gaudemet citada más arriba, hay que decir que los testimonios más antiguos sobre las elecciones episcopales no van más atrás del siglo III, y en efecto el pueblo estaba presente, pero no es fácil decir cuál era su participación. Hacia el siglo V, aunque con muchas variantes, podría decirse que en general la elección la hacía el clero, delante y con la aprobación unánime del pueblo, hoy diríamos que por aclamación. La unanimidad era la garantía de la aprobación también por la voluntad divina. Ésta, por cierto, podía manifestarse de otras formas. Las vidas de los santos obispos medievales, están llenas de incidentes en los que, al momento de su elección, el vuelo de una paloma, un rayo de sol que se abre paso entre las nubes, el llanto repentino de un niño, las visiones de un santo varón, etcétera, vienen a calmar posibles divisiones y asentar la legitimidad del acto.

Una larga historia que no podemos detallar aquí, fue dejando de lado la intervención del pueblo y las manifestaciones milagrosas, y asentando la elección por parte de los clérigos de la iglesia principal, el cabildo catedral, y en el caso del Papa por el colegio de los cardenales de la Iglesia Romana. Esa misma historia vio crecer también la intervención de los soberanos civiles. Así, en el caso de la Nueva España, los obispos eran elegidos por el rey, en tanto patrono de la Iglesia, a partir de una terna preparada por el Consejo de Indias. El elegido era presentado al Papa para que éste lo confirmara y le otorgara las bulas necesarias para su consagración. En cambio, las elecciones que sí eran más cercanas a los habitantes de la Nueva España fueron las de las órdenes religiosas y las de cofradías y órdenes terceras.

Franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios, carmelitas, etcétera, celebraban cada tres o cuatro años reuniones generales conocidas como capítulos, en los que entre otras cosas, procedían a renovar a sus superiores. Cabe decir que solían ser episodios particularmente agitados en la vida de los claustros, y no faltó la ocasión en que el virrey tuviera que intervenir para evitar que las pasiones se desbordaran entre los asistentes. Se elegía lo mismo al ministro de la provincia que a los superiores de los conventos (priores, guardianes, comendadores, etc.), cargos que generaban la división entre facciones, que solían identificarse por su lugar de origen (peninsulares contra novohispanos, por ejemplo). Una exposición general sobre las elecciones de los religiosos puede verse en el artículo del doctor Antonio Rubial García, “Votos pactados“, publicado en la revista Estudios de historia novohispana.

Asimismo, cada año, en algunas regiones hasta hoy día, luego de las fiestas patronales eran elegidos los mayordomos de las cofradías y sus ayudantes. Estas elecciones normalmente contaban, o debían contar, con la vigilancia del párroco, quien previamente habría revisado las cuentas de la administración saliente, y era él mismo quien convocaba al cabildo de la cofradía. A veces incluso el párroco era quien sugería los nombres de los nuevos principales de la corporación, o incluso su reelección. Otras corporaciones de seglares que realizaban anualmente sus elecciones eran las órdenes terceras. Hermanos seglares de los religiosos, se distinguían de las cofradías por sus hábitos, sus reglas más estrictas, el año de noviciado, etcétera. Pero como los cofrades, cada año tras la fiesta principal debían reunirse con un fraile, titulado comisario de terceros, en el cabildo de la orden, para la renovación de la que se denominaba como “venerable mesa”, larga lista de cargos desde el hermano mayor, secretario, tesorero, maestro de ceremonias, hasta los porteros y ayudantes.

Ahora bien, respecto a los procedimientos de elección, tres quedaron consagrados en el derecho canónico cuando menos desde el IV Concilio de Letrán de 1215, tales son: el escrutinio, el compromiso y la inspiración divina. El primero es el más cercano a la práctica que conocemos hoy, pues se realizaba por sufragio o como se decía en el siglo XVIII, “a pluralidad de votos”, normalmente secretos, introducidos en una urna. El compromiso, en cambio, consistía en la designación, entre los electores, de un grupo más reducido de personas, quienes discutirían entre sí, de manera separada, la elección. En fin, la inspiración divina, sobre la que ya hemos hablado, consistía en la expresión unánime de los electores sin acuerdo previo.

Conviene subrayarlo, todas estas elecciones estaban lejos de ser democráticas, según nuestros criterios actuales. De hecho, más bien diríamos que eran coptadas, pues pasaban ampliamente por la negociación. Sin embargo, es cierto, el ideal de reflejar la voluntad divina se mantuvo y se mantiene hasta hoy. Prueba de ello son las ceremonias que tenían lugar antes y después de ellas: la misa de Espíritu Santo, en la que se invocaba a la tercera persona de la Trinidad con el cántico Veni Creator para que orientara los votos de los electores. Después, terminada elección, seguía la acción de gracias a Dios con el Te Deum, juntos electores y elegido.

Si bien los principios de estas elecciones estaban lejos de ser los de las elecciones políticas de la modernidad, no por ello dejaron de inspirar las nuevas prácticas. En el México del siglo XIX, el de la primera mitad de ese siglo cuando menos, las elecciones conservaron mucho de esos rituales: eran precedidas de la misa y terminaban con una acción de gracias, contaban con la asistencia de los párrocos, y no era raro que se llegara a ellas ya con un acuerdo previo sobre los triunfadores. La parroquia fue, cabe también subrayarlo, la primera circunscripción electoral del mundo hispánico, y como ésta sólo se reúne una vez a la semana con motivo de la misa dominical, era perfectamente lógico que las elecciones fueran siempre en un domingo, como es hasta hoy. Cabe decir, en otros países se ha conservado incluso parte del ritual católico, como nos muestra este video de los candidatos a la presidencia de Costa Rica asistiendo a la misa antes de iniciar la jornada electoral.