Archivo por meses: febrero 2010

Procesión de entrada de la coronación de Juan XXIII

Aquí un documento histórico: la penúltima procesión de entrada de una ceremonia de coronación pontificia, la del beato Juan XXIII. Como se sabe, la coronación pontificia fue suprimida por el papa Juan Pablo I, por lo que la última, de la que no he encontrado videos disponibles, fue la de Paulo VI. La calidad de la imagen no es muy buena, pero creo que ilustra bien la pompa de la corte pontificia, todavía muy barroca en pleno siglo XX. La rescató aquí estrictamente como eso, como testimonio histórico que puede ayudar a imaginar el ceremonial religioso de antaño. Como buena procesión eclesiástica, abren los laicos, en este caso los militares, oficiales de la Guardia Suiza, portando sus uniformes de gala y todas sus insignias, seguidos de los portadores de las mitras e insignias a usarse en la ceremonia, luego los procuradores de las órdenes religiosas (masculinas, cabe decir), y a continuación los cardenales, acompañados cada uno de un secretario y un caudatario, es decir, el clérigo que sostiene la púrpura. En fin, como un auténtico santo viviente, a hombros de sus sediarios, en una silla gestatoria –no lo tengo claro, pero creo que apenas Juan Pablo II fue quien dejó de usarla– como sus antecesores desde al menos la Reforma tridentina, entra el Papa revestido con todos sus ornamentos, entonces realmente ostentosos, salvo claro aquellos que habrían de imponérsele durante la ceremonia.

De los santos a las imágenes

Pierre Ragon, Les saints et les images du Mexique (XVIe-XVIIIe siècle), Paris, L’Harmattan, 2003.

Couverture_HDREsta obra está sin duda destinada a convertirse en todo un clásico de la historia religiosa mexicana. El autor, profesor de la Universidad de Paris X Ouest Nanterre La Défense, nos lleva por un amplio recorrido de tres siglos de la religiosidad de los habitantes del centro de la Nueva España, hecho a partir de un análisis muy interesante de fuentes ya clásicas, como las obras de los primeros evangelizadores, y otras muy innovadoras, como los procesos de canonización, las relaciones geográficas del siglo XVIII, y sobre todo, la literatura devocional impresa en México y Puebla y compilada por don José Toribio Medina. En el camino, cuestiona de manera muy inteligente los estudios clásicos de la religiosidad, que han sido muy abundantes cabe decir, construidos a partir del postulado del sincretismo como característica general del catolicismo mexicano.

En una primera parte, nos muestra los alcances y límites de la evangelización. A lo largo de tres siglos las grandes distancias, los problemas lingüísticos y la dispersión de la población, son afrontados de manera constante con “reducciones”, es decir, concentrando a los habitantes, creando nuevas parroquias y beneficios, mejorando la formación del clero, etcétera. Así se explica el heterogéneo cuadro del catolicismo novohispano, donde pueblos de una conversión inacabada se encuentran a veces en la misma parroquia en que otros muchos responden ya las mismas tendencias de la religiosidad del resto del mundo católico. Así, pierden sentido las obras que generalizan los casos muy concretos de superposición de lugares de culto o de correspondencia entre los santos y los antiguos dioses prehispánicos, que son las dos tesis principales de los estudios sobre el sincretismo. El autor examina a detalle cada uno de esos casos, mostrando las debilidades, y a veces directamente la falta de rigor metodológico de esos estudios. En cambio, comparando los trabajos (pocos, cabe decir) sobre las advocaciones de los barrios indios del siglo XVI, con ejemplos semejantes de Europa en la misma época, llega a la conclusión clara de que ya entonces la Nueva España central reproduce a grandes rasgos las características del mundo católico en su conjunto, y es por tanto “una cristiandad ordinaria”.

1264_4Éste, sin embargo, es sólo el punto de partida para una investigación, asimismo apasionante, sobre el sentimiento religioso en la Nueva España de los siglos XVI y XVII. Nos encontramos entonces con ejemplos novohispanos de las grandes corrientes espirituales de tiempos de las reformas, aunque con grandes dificultades para evaluar sus alcances sociales. Para ello explora los testimonios que dan cuenta de la difusión de la fama de los modelos más acabados de dichas corrientes, es decir, los candidatos a la santidad. Pasado el siglo XVI con sus modelos de santidad centrada únicamente en las virtudes y en la rememoración, y de nueva cuenta como en Europa, dice comparando especialmente con el estudio Jean-Michel Sallmann sobre la Italia del sur, los santos novohispanos se convierten en santos de lo maravilloso. En efecto, fray Sebastián de Aparicio, el obispo Palafox y Mendoza, la madre María de Jesús, fray Antonio Margil, el arzobispo Aguiar y Seixas, por sólo citar a los que aparecen de manera más recurrente en la obra, devienen populares sobre todo como fuentes de milagros. Destaquemos en particular sus reflexiones sobre lo específico del milagro cristiano del mundo barroco, que serán sin duda harto fructíferas para el lector.

Además, a partir de la edición de obras religiosas, nos muestra también la difusión de diversas prácticas más sencillas que el culto directo de los venerables novohispanos, que nos recuerda bien, no obtienen siquiera la beatificación. Así, nos encontramos con el rosario, las procesiones de flagelantes, la adoración del Santísimo Sacramento, el culto de los santos “exteriores”, es decir, venidos de más allá del Atlántico, muchas veces bajo la forma de sus reliquias. Más aún, la Nueva España recibe precozmente el culto de los nuevos santos canonizados a lo largo de esos tres siglos. Nos lo muestra claramente, en todas estas devociones, la propia Nueva España insiste en probar su auténtica adhesión a los modelos romanos e hispánicos. Mas el autor no se detiene en probar una religiosidad relacionada con el patriotismo criollo, sino que continúa con los cambios que se presentan en el siglo XVIII: nuevas devociones se van introduciendo (San José, los ángeles, la Sagrada Familia…) de carácter más optimista, así como nuevas formas de publicación religiosa. Los ostentosos panegíricos del XVII ceden el paso a las novenas, mucho más prácticas dice, para los esfuerzos pastorales de la época, tendientes a mejor controlar las expresiones religiosas de los fieles.

virgengEn fin, y es sin duda lo más impactante de su estudio, del siglo XVII al XVIII el culto de los santos cede el paso al de las imágenes, especialmente de una de ellas: la de la Virgen de Guadalupe. Mas desde luego no es la única, a partir de las relaciones geográficas de la década de 1740, da cuenta de la abundancia de las imágenes en todo el territorio, aunque sobre todo en las ciudades y en los centros de población no indígena. Imágenes crísticas y marianas sobre todo, que datan ya del siglo XVI, o del XVIII principalmente, en una proporción que no se compara a la de Europa, pero que refleja bien en cambio las tendencias de la Iglesia moderna. Imágenes que sustituyen a las reliquias de los santos que pudieron ser y no llegaron nunca (salvo San Felipe de Jesús y el beato Sebastián de Aparicio), pues son auténticas fuentes de milagros e incluso auténticos “simulacros vivientes” de sus prototipos. La edición religiosa lo confirma: su dedicación pasa también de los santos a imágenes concretas. Así pues, la obra del profesor Ragon es sin duda un magnífico estudio que mucho ayuda a comprender mejor la historia religiosa mexicana.

Nota: La imagen de portada de la obra procede de la página web personal del profesor Ragon, y la foto de las reliquias del beato fray Sebastián de Aparicio es del doctor Raúl Torres Rangel, de Puebla.

 

Desastres naturales

Una de las funciones más tradicionales del clero y de la liturgia, e incluso de la religión católica en su conjunto, es la de proteger a los fieles, no sólo sus almas sino también sus cuerpos y sus bienes, ante lo que ahora llamamos desastres naturales. El profesor Jean Delumeau trató extensamente el tema en su obra clásica Rasurer et protéger (Paris, Fayard, 1989), sobre la construcción del sentimiento de seguridad en la Europa occidental de los siglos XIV al XVIII. “Nuestros ancestros, decía el profesor Delumeau, compensaban la escasez de protectores terrestres con la proliferación de protectores celestes y de ritos, objetos y fórmulas de protección”. Así, ante incendios, inundaciones, tempestades, terremotos, epidemias y un largo etcétera, la reacción inmediata de los pueblos de antaño era acudir a la parroquia a hacer sonar las campanas para alejar el peligro, y reclamar al párroco la exposición del Santísimo Sacramento para una rogativa cantando las letanías mayores, o bien la traslación de reliquias y de imágenes milagrosas de sus santuarios a las iglesias principales para implorar su cese. Aunque ciertos sectores del clero, preocupados por el sacrilegio y la superstición, no siempre estaban de acuerdo con estas prácticas, más que impedirlas lo que se hacía era orientarlas en marcos lo más ortodoxos posibles. Los rituales posteriores al Concilio de Trento, a comenzar por el Ritual Romano, dan cuenta así de las normativas establecidas para las procesiones de este tipo, reduciéndolas a sólo siete casos: sequía, pedir serenidad, tempestades, hambre, peste, guerra y cualquier otra tribulación.  Por sólo citar un ejemplo, aquí el salmo y las oraciones del Ritual Romano de 1617 para la procesión ad postulandam serenitatem.


Como se notará por las oraciones, era bien entendido que eran los pecados públicos los que atraían sobre los fieles este tipo de azotes, por lo que solían también organizarse procesiones penitenciales, incluso de flagelantes en ciertos casos, para mostrar el arrepentimiento de la comunidad. Así surgieron muchísimos cultos, en todo el mundo católico durante varios siglos. Si en París las reliquias de Santa Genoveva, protectora de la ciudad contra los hunos, eran llevadas en procesión a la Catedral de Notre-Dame de París, en caso de necesidad pública, otro tanto se hacía en México con la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, la patrona de los conquistadores. Nunca está de más recordar que Nuestra Señora de Guadalupe obtuvo buena parte de su reconocimiento por habérsele atribuido el librar al valle de México de una epidemia de matlalzáhuatl en 1737. Todavía en el siglo XIX, la gran epidemia de cólera de la década de 1830 ocasionó, al menos en México, una oleada de procesiones penitenciales, de las cuales la del Viernes Santo de Iztapalapa quedaría consagrada de ahí en adelante.

Santas Justa y RufinaPor lo que a terremotos se refiere, hubo también reliquias e imágenes a los que se atribuyó la conservación de ciertos edificios o el cese de los temblores. Un caso célebre, el de Santa Justa y Santa Rufina, las mártires sevillanas, cuya iconografía sosteniendo la Giralda, la torre de la Catedral, es por su invocación para ello mismo en el terremoto de 1504. En la misma región, en Andalucía, el terremoto más famoso de la historia de Europa por su magnitud, el de Lisboa de 1755, también dio origen a numerosas procesiones que se celebran hasta hoy a principios de noviembre. En la Nueva España, permítaseme evocar tan sólo un ejemplo de Orizaba, donde el temblor de 1819 y sus réplicas dieron motivo a una solemnísima procesión del Señor del Calvario, la que entonces era la más querida de las imágenes locales.

Con el paso de los siglos, la intervención ritual de la Iglesia ante los desastres naturales ha adoptado nuevas formas. En nuestros días los rituales protectores se han vuelto más bien raros, dejando lugar más bien a mensajes de consolación y acompañamiento. Lo hemos visto semanas atrás con motivo del terremoto en Haití: otrora se hubieran celebrado rogativas para “calmar la ira del Cielo”, ahora se celebraron misas en efecto, pero siguiendo más bien el ritual funerario. Me consta cuando menos del caso de la celebración que tuvo lugar aquí en París en la catedral de Notre-Dame el 16 de enero: la misa por las víctimas de Haití incluyó los salmos De profundis y del Buen Pastor, que son las oraciones por antonomasia de la liturgia de difuntos; la homilía del cardenal Vingt-Trois estuvo claramente orientada a consolar a los dolientes (en este caso la comunidad haitiana de París, que abarrotó la catedral), e incluso tuvo un aspecto de catarsis dolorosa al incluir el himno a la patrona haitiana, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, durante el cual los clamores de varios de los asistentes (mujeres sobre todo) ahogaron incluso la música del gran órgano de la catedral, dejando en la estupefacción a muchos de los franceses presentes, poco acostumbrados al desborde sentimental.

En fin, aunque es cierto que los grandes desastres naturales parecen la oportunidad perfecta para plantearse grandes cuestionamientos sobre la providencia, como lo hicieron los ilustrados ante el terremoto de Lisboa, su atención, al menos en el mundo católico, históricamente pasa de manera casi invariable por rituales religiosos.

Retrato de un clérigo

Aquí un retrato anticlerical de uno de los modelos de clérigo más detestados por los liberales del siglo XIX: un beneficiado, es decir, un clérigo que vivía de las rentas de un beneficio simple, sin obligación alguna de cura de almas (predicar, confesar, etc.), y que por tanto no decía sino las misas que le estaban encomendadas. Claro está, es un retrato panfletario, que intenta ridiculizar con cierta elegancia a un personaje y no dar de él una descripción completa. El autor, Salvador Miñano de Bedoya, fue sin duda uno de los especialistas del retrato satírico, del que hizo escuela, y tuvo una amplia difusión en los inicios de los años 1820. El contexto era propicio. Después de casi seis años de restauración absolutista (1814-1820), el régimen liberal se había restablecido, incluyendo la libertad de prensa, y hubo una verdadera oleada de este género. Pues bien, aquí este retrato no muy edificante, pero tal vez envidiable, de un honorable beneficiado:

El compadre del holgazán y apologista universal de la holgazanería. Carta primera, México, Imprenta de Ontiveros, 1820, pp. 5-8

“Tardes pasadas, determinado a tantearlo, fui a su casa y me lo encontré recién levantado de siesta, sentado en una silla poltrona, en una atrilera delante un breviario abierto, un grueso gato maltés en las rodillas y al lado quitándole las moscas suavemente con un abanico la sobrina del ama, que es una joven andaluza, pelinegra, viva como una pimienta y de bella figura. Le aseguro a vd. que me edificaba aquel cuadro. Saludele con una sola inclinación de cabeza por no interrumpir el rezo, y él con la mano me hizo seña de que me sentase. Estuve oyéndole un rato entre regueldo y regueldo recitar un versículo hasta que el gato poniéndose de pies, enderezó el rabo, y pasándoselo por las narices le derribó los anteojos. Entonces dejó el rezo; y bien, amigo, me dijo volviéndose a mí, ¿que tenemos? Señor, nada de particular: ya veo a vd. tan gordo y tan fresco. Hombre sí, gracias al Todopoderoso, y al método racional de vida que yo observo. Yo me levanto entre nueve y diez de la mañana, y por no estar ocioso me entretengo en cuidar mis podencos, visitar mi corral de gallinas y ver limpiar mi caballo. Si el tiempo lo permite salgo un rato a saber lo que pasa en el pueblo y hacer cuatro visitas a mis conocimientos, y vuelvo a la hora de comer; encuentro la mesa puesta, como bien y duermo un par de horas de siesta. Después hago lo que vd. ve y si hay lugar voy de paseo a la fuente, donde esta bribonzuela (y le dio una palmadita en el carrillo) me lleva en el ridículo alguna friolera de dulce para beber agua, porque yo procuro cuanto puedo tener a la vista la familia que Dios puso a mi cargo. Volvemos y se toma chocolate mientras llegan dos amigos que me hacen tercio para jugar un trecillo religioso y que no pasa de peseta el tanto, por cuanto habiendo sido esta honesta recreación la ocupación de toda mi vida, conozco las ventajas que llevo y no quiero cargos de conciencia. A las nueve, que se deja el juego, entra mi familia, se lee un rato en un excelente tratado de cocina; se habla de lo que se ha de guisar al día siguiente, se cena en gracia de Dios, y me voy a mi alcoba, donde mientras me desnudan y me calientan la cama, se reza el rosario de María Santísima con mucha devoción; me acuesto después de haber santiguado la cama con agua bendita, y ya no hay hombre hasta la mañana siguiente, que esta chiquilla me entra el chocolate. Tal es el método constante de mi vida, que no se altera sino es por algunos días que ocupo en la caza, o por algunos viajes que hago a las ferias de la comarca, en donde siempre hay motivos de utilidad y de placer, sin perjuicio de la conciencia. […]”