Archivo por meses: enero 2010

Cántico de Simeón

Una entrada breve, para variar, sólo para rememorar un tema litúrgico. El próximo 2 de febrero se celebra la que otrora se conocía como la fiesta de la Purificación, hoy día de la Presentación de Jesús en el Templo, pero más popularmente la Candelaria. Debe su nombre a la bendición solemne de las candelas, es decir, de los cirios y velas que se llevan en procesión antes de la misa del día. Instituida, según la tradición, por el papa San Gregorio en el siglo VII, rememora el pasaje del capítulo 2 del Evangelio de San Lucas en que Jesús, cuarenta días después de nacido, es llevado al templo de Jerusalén “para presentarle al Señor” según la ley judía. Ahí, la Sagrada Familia se encuentra con dos profetas, Simeón y Ana, que anuncian desde luego el porvenir del niño recién nacido. Simeón tomó a Jesús en brazos y entonó un cántico que la liturgia consagró como el de la de bendición de las candelas. En efecto, según el Ritual Romano, luego de recitar las cinco oraciones de la bendición, el celebrante asperjaba las candelas con agua bendita, las incensaba y comenzaba su distribución, siempre en el orden propio de las jerarquías de la época: primero los sacerdotes luego los laicos, primero los notables, desde el rey y sus representantes, luego los miembros de las más altas corporaciones, siendo ésta la ocasión de las infaltables querellas de precedencia propias del Antiguo Régimen. Mientras tanto, el coro entonaba el cántico de Simeón, el Lumen ad venerationem, que podemos escuchar aquí en una versión novohispana del siglo XVII.

Lumen ad revelationem por davidclopez
En futuras entradas trataré de aprovechar para difundir otros ejemplos de música sacra novohispana de los siglos XVII y XVIII, que me parece es bueno rescatar, sea por motivos éticos, puramente estéticos, o ambos.

La excomunión de Hidalgo

En una curiosa prueba de que estas conmemoraciones del Bicentenario no serán tanto una oportunidad para replantearnos nuestro discurso nacional, sino más bien para perdernos en discusiones ya algo añejas, ha vuelto con fuerza el tema de la excomunión (que no “excomulgación” como aparece en algunos medios) del padre Hidalgo. Ya el año pasado el asunto llegó ni más ni menos que al Congreso, y los legisladores dieron una buena muestra de que es peligroso dejarle los temas históricos a los políticos. Hubo también una respuesta, no del todo afortunada digamos, de parte del padre Watson, director del archivo del Arzobispado de México. Últimamente el debate se ha desplazado a su ámbito original, el religioso, sirviendo de argumento para un desplegado de la Iglesia de la Luz del Mundo contra la Iglesia católica en que la acusa de “tergiversar los hechos” y más aún, con un dramatismo digno del propio siglo XIX, le reprocha querer “deslindarse del juicio de la historia”.

Como la mayor parte de los historiadores profesionales, estoy convencido que la historia ni juzga ni justifica, antes bien debe dar cuenta de la lógica de los actores en su contexto, y para ello debe guardar una cierta objetividad, que no significa la ausencia de todo compromiso (que es imposible) sino la conciencia plena de ellos. En ese sentido, huelga decir que el desplegado no me parece sino una denuncia anacrónica; sin embargo, ello no evita que aproveche este espacio para algunos comentarios sobre su contenido, que desde otros puntos de vista es harto interesante.

En primer término, llama la atención que es un desplegado bien informado. Incluye referencias de historiadores de prácticamente todas las generaciones de la historiografía mexicana, desde los eruditos de principios del siglo XX como Genaro García, hasta los profesionales más recientes como la doctora Ana Carolina Ibarra, católicos como el padre Gutiérrez Casillas y comunistas como Grigulevich. En segundo lugar, y a consecuencia del anterior, es en efecto un buen recuento, digámoslo así, del expediente de las “excomuniones de Hidalgo”. Por ello mismo, dicho sea de paso, es una buena prueba de que, tratándose de la historia, no basta la información de documentos, ni la lectura de toda la bibliografía, sino que se necesita sobre todo la formación de historiador para llegar a una interpretación legítima de una y otra.

Empero, es muy bueno ver junto todo el dossier, porque da cuenta de la complejidad del asunto. De entrada, es incluso imposible decir si Hidalgo estuvo o no excomulgado pues ya sería tomar algún partido. Para los fines de su diatriba, el desplegado acusa a la Iglesia católica de argumentar que el primer decreto de excomunión, el del obispo electo de Michoacán, Abad y Queipo, no era válido. Paradojas de la memoria, ése que fue en su momento el argumento de los propios insurgentes se le reprocha ahora a los actuales obispos, mientras que el redactor asume como propios los del bando realista. Cierto, los decretos de los obispos de Michoacán, México, Guadalajara, Puebla y Oaxaca excomulgando a los insurgentes existieron, no menos que los edictos de la Inquisición, que ha estudiado a fondo últimamente el doctor Gabriel Torres Puga de El Colegio de México. Ello no prueba sino que el episcopado novohispano, como el de prácticamente toda la América hispánica, cumplía bien lo que se esperaba de él: la promoción de la lealtad a la Corona. Hubo, empero, entre el alto clero una minoría que colaboró con la causa insurgente: los canónigos de Oaxaca estudiados por la profesora Ibarra; el doctor Velasco, canónigo de Guadalupe; en América del Sur, el célebre obispo de Quito, monseñor Cuero y Caicedo, que estuvo al frente de la junta de 1809, o el arzobispo de Caracas, monseñor Coll y Prat, que acabaría siendo llamado a cuentas en la península. Y hay que decir también que la posición del propio episcopado realista no era menos compleja, defendiendo, a veces con muy poco éxito, los privilegios personales de los clérigos incluso insurgentes.

Sin embargo, lo interesante creo es la lucha por la legitimidad católica que se desarrolló durante la guerra insurgente. Lejos de aceptarse herejes, los insurgentes se reclamaban más católicos que sus enemigos, y cuestionaban por todos los medios las personas de los obispos y de los inquisidores que les lanzaban los susodichos anatemas. Ya por sus convicciones o ya arrastrados por la vorágine de la guerra, en el campo de los insurgentes se encontraba un buen contingente de clérigos y religiosos, cuya primera preocupación era normalmente la administración de los sacramentos y la búsqueda de alternativas para “normalizar” la vida religiosa e institucional de los “capellanes de América”. Aunque sería llevar las cosas un poco lejos, hace algunas décadas había una historiografía interesada en el tema del “richerismo”, (la tendencia a resaltar la autoridad del párroco al mismo nivel, o casi, que la de los obispos o la del Papa) que miraba incluso a la guerra insurgente como una realización concreta de dicha corriente.

En fin, por decirlo en una frase, la participación del clero en la guerra de 1810 fue mucho más complicada que la mera oposición a ella que se dibuja en el desplegado. Un último detalle, quien se ocupe de leer el ya muy citado documento de la Iglesia de la Luz del Mundo encontrará fragmentos, no sólo de las excomuniones, oficiales digamos, del padre Hidalgo, sino también de la excomunión apócrifa, citada de una obra de Manuel López Gallo. A diferencia de los sobrios decretos de los prelados e inquisidores, la versión apócrifa es al estilo medieval maldiciendo cada parte del cuerpo del inculpado. Aunque no conozco mayores detalles de su origen y trayectoria, puedo remitir al menos al interesante análisis de Guy Rozat Dupeyron, “De una excomunión a otra”, en Palos de la Crítica, no. 2-3, 1980-1981, pp. 100-122.

Orizava

Antes que otra cosa debo aclarar que el título de la entrada no es un error ortográfico, sino que está escrito intencionalmente retomando la ortografía del siglo XIX. En efecto, durante la mayor parte de ese siglo no solía escribirse “Orizaba” sino “Orizava”. Y es que en esta ocasión me gustaría hablar un poco de la parroquia que ha sido mi objeto de estudio desde hace ya algunos años, y a la que estoy dedicando ahora mi tesis.

Portada de La ConcordiaTratándose de la que es, hasta hoy, la ciudad con más templos católicos del estado de Veracruz, debería ser evidente la importancia de estudiar su historia religiosa; sin embargo, no ha sido necesariamente el caso. De hecho, aparte de los cronistas decimonónicos (Joaquín Arróniz y José María Naredo) y algún otro más reciente, somos más bien pocos los que nos hayamos interesado por ese aspecto de la vida orizaveña. Es algo lamentable, pues es una historia muy rica, que tiene fuentes abundantes, aunque algo dispersas, y desde luego, es un asunto que no ha perdido actualidad.

Cabría decir ante todo que Orizava, la del siglo XVIII y XIX, es un magnífico ejemplo de hasta qué punto la vida urbana no podía concebirse sino bajo el marco religioso de la catolicidad. Hacer su historia, por tanto, es hacer la historia de la parroquia, de las capillas, de los conventos, de las cofradías y demás corporaciones religiosas, que fueron las constructoras de la villa a principios del siglo XVIII. Así es, a pesar de los esfuerzos de esas mismas corporaciones por prolongar su historia hasta hacerla remontar al siglo XVI, o incluso antes; a pesar de los cronistas decimonónicos, que retomaron esos testimonios un siglo después sin crítica alguna, como ha hecho también algún ingenuo estudiante de historia en su trabajo recepcional. A pesar de todo ello, la historia orizaveña empieza en realidad en las primeras décadas del siglo XVIII, cuando se introduce el cultivo del tabaco para aportar el “pasto material”, y comienza la construcción de templos para completar el “pasto espiritual”, por decirlo con los términos de la época.

Catedral y el padre Llano 2Fue entonces que comenzaron a construirse las iglesias monumentales que subsisten hasta hoy: la del hospital de San Juan de Dios, la parroquia (actual catedral) de San Miguel Arcángel, el santuario de Guadalupe (La Concordia), el convento del Carmen. Comenzó también la construcción de las capillas, tanto en el centro de la nueva urbe (la del Rosario, anexada posteriormente a la parroquia), como en sus márgenes: las de Dolores, San Antonio de Padua, Santa Ana, Santa Gertrudis. Hubo, claro está, un segundo impulso constructor a principios del siglo XIX, que fue el que permitió la conclusión de varios de esos templos, además de otros nuevos, como la nueva capilla del Calvario y el Colegio apostólico de San José de Gracia.

Al paso que se iban construyendo todas estas iglesias, no sólo se elevaban cúpulas y campanarios, que ya era bastante en una población que apenas pasaría de los diez mil habitantes a finales del siglo XVIII. Además, se abrían plazas, se introducían cañerías y se colocaban fuentes, se trazaban las calles para darles acceso, elementos todos que, junto con los barrios que en torno a ellas se formaban, adquirieron desde luego el nombre del santo patrono o de la advocación mariana a la que estaban dedicadas.

Don Diego Madrazo Escalera y Rueda, Marqués del Valle de la ColinaEstas obras además eran producto de esfuerzos colectivos que reunían a devotos grandes y pequeños. Las iglesias y sus anexos eran levantadas con las limosnas de unos y el trabajo de otros, o incluso directamente con el patrocinio de los notables. Ahí está la iglesia de San Antonio, obra en buena medida de la familia Sesma, del marquesado de Selva Nevada. En contraste, la iglesia parroquial fue levantada con el trabajo conjunto de las dos repúblicas, es decir, la de españoles y la de indios, lo que la haría el teatro de largas disputas ceremoniales a lo largo del siglo.

Ya desde entonces y hasta mediados del siglo XIX cuando menos, las iglesias y la villa entera serían el escenario constante de los fastos barrocos de numerosas corporaciones, de religiosos, de clérigos, pero sobre todo de seglares, que sacralizaban constantemente el espacio público e incluso el territorio en su conjunto. El viajero que arrivara por entonces a Orizava, procedente sin duda de Veracruz, no tardaría en escuchar las numerosas campanas que caracterizaron pronto el paisaje sonoro local, e incluso sería recibido en la barranca de Villegas, es decir, antes siquiera de entrar al espacio urbano, por la imagen de San Miguel Arcángel, propiedad de la cofradía del mismo nombre. Quien recorriera sus calles, no tardaría en cruzarse con alguna procesión, festiva o de rogativa, reuniendo a numerosos fieles, o sólo un selecto grupo de devotos rezando un rosario o un vía crucis. Si se quedaba algún tiempo, no tardaría en notar las disputas que se tejían entre las corporaciones o al interior incluso de ellas, con un reflejo muy claro en las grandes ceremonias eclesiásticas. Cierto, notaría sin duda la presencia de un clero local importante, hijos de notables con estudios en el seminario de Puebla, y un bachillerato de la Universidad de México.

IM000962.JPGPor ejemplo, los clérigos del santuario de Guadalupe, reunidos en el Oratorio de San Felipe Neri (fachada actual en la imagen), célebres por la emoción con que cantaban las Lamentaciones en la Semana Santa. Pero también frailes de origen peninsular, como los severos carmelitas, de origen novohispano como los siempre escandalosos juaninos, o ya al final del siglo, de origen mallorquín, como los franciscanos, célebres por sus espectaculares misiones de Cuaresma. Sin embargo, todos ellos e incluso el señor cura párroco, vicario foráneo y juez eclesiástico de la villa (que los hubo muy notables en orígenes, letras y empeños) no tenían fácil control sobre ese pequeño mundo tan heterogéneo de cofradías y hermandades, de cabildos de indios y de españoles, sobre quienes apenas el rey se hacía presente de cuando en cuando. Tendría que pasar una guerra civil, e incluso una revolución, la liberal claro está, para que las constructoras de la urbe, las corporaciones religiosas fueran desplazadas progresivamente, en el siglo XIX, por nuevas instituciones, las del liberalismo triunfante.

La memoria religiosa de la Revolución en París

Para comenzar el año una entrada dedicada a un tema, creo que por primera vez, sin relación directa con México: los lugares de la memoria religiosa de la Revolución francesa. El tema lo he venido descubriendo con fascinación al asistir al seminario que coordinan los profesores Philippe Boutry y Dominique Julia en el Centro de Antropología Religiosa Europea de la EHESS. Desde luego, esta breve nota dista muchísimo del contenido y de la calidad de las intervenciones que se presentan en dicho seminario. Únicamente quiero mostrar tres de los lugares de esa memoria religiosa que se encuentran aquí en París: la capilla expiatoria, el cementerio de Picpus y la iglesia de San José de los Carmelitas.

Altar principalLa capilla expiatoria, que Chateaubriand calificara del monumento más bello de la ciudad, fue construida durante la Restauración para honrar a las dos víctimas más célebres de la Revolución: Luis XVI y María Antonieta. Entonces, los eventos revolucionarios constituían más bien una memoria incómoda, difícil de gestionar, por lo que el monumento, con todo y que es ciertamente muy elegante, no es sino una pequeña capilla funeraria que alberga un sobrio altar principal a cuyos costados erigen las estatuas de los reyes con sus respectivos “testamentos”. Lo pongo entre comillas porque mientras que el del rey es en efecto eso, un testamento dictado a sus abogados defensores, el de la reina es una célebre carta dirigida a su cuñada, Madame Elisabeth.

Marie Antoinette sostenida por la ReligiónDesde luego, es ya significativo que se haya elegido una capilla como monumento, y que las estatuas y los testamentos contengan sobre todo referencias religiosas. Mientras que a Luis XVI un ángel le muestra el cielo, la reina es confortada por una alegoría de la religión. En cuanto a los textos, ambos insisten en la fidelidad de los monarcas a la Iglesia, un hecho entonces controvertido por el apoyo inicial de la Corona a las reformas eclesiásticas revolucionarias (la Constitución civil del clero). María Antonieta aparece en la carta como una madre preocupada por sus hijos, que encarga amorosamente a su querida cuñada, ella sí por cierto modelo de devoción en la Corte, mucho más que la propia reina. No está de más recordarlo, aunque la Santa Sede cerraría pronto cualquier posibilidad al respecto, no faltaban quienes veían en los reyes auténticos mártires de la fe que había que canonizar.

Fosa 2Si la capilla expiatoria es el monumento de la realeza, el cementerio de Picpus lo es de las familias nobles de Francia. En la muy cercana plaza del Trono, o del Trono invertido durante el Terror, fueron ajusticiados un amplio número de nobles de las principales familias del Antiguo Régimen: La Rochefoucauld, Polignac, Montmorency, Montalambert, Noailles, La Fayette y un largo etcétera. Sus cuerpos, según descubrió posteriormente una de sus descendientes, fueron depositados en dos fosas comunes, convertidas en cementerio privado bajo la Restauración (hoy en día el único cementerio privado de París), construyéndose a un costado una capilla y un convento de religiosas para sacralizar el lugar y orar por los nobles difuntos.

La FayetteA lo largo de los siglos XIX y XX, los descendientes de aquellas familias nobles siguieron enterrándose en Picpus, al lado de sus antepasados, asimismo mártires, lo que ha convertido el lugar en un auténtico memorial nobiliario, donde es posible encontrarse reunidos lo mismo a los nobles del siglo XIX, comprometidos con el legitimismo, que a los que combatieron en el siglo XX durante la Segunda Guerra Mundial, del lado de la Resistencia. Sin embargo, la tumba más visitada es sin duda la del marqués de La Fayette, que ostenta los honores que le corresponden como héroe de la independencia de Estados Unidos, a pesar de la difícil memoria sobre su ambigüo papel en los primeros años de la Revolución.

Saint Joseph des CarmesEn fin, la actual iglesia del Instituto Católico de París, lugar de una memoria más eclesiástica. Aquí estuvieron prisioneros los llamados “mártires de septiembre de 1792”, víctimas del Terror desatado apenas caída la monarquía. Un poco más de un centenar de clérigos, incluyendo 3 obispos, que se negaron a jurar la Constitución civil o de religiosos “sospechosos” por diversos motivos (a comenzar por su estado clerical). A pesar de los diversos problemas que comprendía la situación de cada uno, fueron finalmente canonizados bajo Juan Pablo II y el día de su conmemoración suele ser una oportunidad para un evento importante para la vida religiosa de la ciudad. Lugar de referencia para el catolicismo del siglo XIX, no es casualidad que albergue también la tumba del beato Fredéric Ozanam, fundador de las conferencias de San Vicente de Paul, una de las grandes obras del catolicismo social francés.

No está de más recordarlo, la Revolución francesa fue un evento que impactó profundamente a los creyentes de la época, que tuvieron serias dificultades para encontrarle un sentido. Todos estos lugares son buena muestra de ello. Hubo esfuerzos, a veces muy tempranos, por convertirlos en memoriales de mártires y por tanto en depósitos de reliquias de santos, y de enlazarlos de alguna forma con el modelo de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, a los que el propio siglo XIX tuvo especial fervor. Mas las ambigüedades de la actuación de muchos, producto precisamente de la complejidad de la Revolución misma, complicaron dicha tarea, empero no sin legarnos monumentos de gran interés para la historia religiosa francesa pero también para la construcción memorial en general dentro del mundo católico contemporáneo.