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Escuela pía y pública

En estos días tiene lugar en México, el inicio del ciclo escolar. Pues bien, me parece un momento oportuno para dedicar esta entrada a un asunto que me parece importante para la historia de la educación. Aunque existe una abundante bibliografía sobre el tema, tengo la impresión de que en muchas ocasiones es una historia que tiende a esencializar la naturaleza de la organización educativa, es decir, pareciera que no se trata sino de exponer los “antecedentes” del sistema hoy vigente. De hecho, pareciera que es un tema sencillo en el que basta con dar noticia de las instituciones, los sujetos a los que iban dirigidas y los medios (programas, materiales) que utilizaban para alcanzar sus objetivos, en el supuesto de que se trata de instituciones similares a las contemporáneas. Tiende a soslayarse que la lógica de la educación no es necesariamente la misma de hoy en día.

Así, para la educación de tiempos novohispanos, que es a la que quiero referirme, hay que comenzar por pensar que estaba dirigida, sobre todo a formar fieles católicos. De hecho, la educación misma era concebida como una obra de misericordia espiritual, “instruir al ignorante”. En su momento, es decir, en el siglo XVI, ello constituyó un hecho más que original: durante siglos, si bien había instituciones educativas, el que el pueblo en su conjunto conociera los principios de su religión, no era precisamente una prioridad. Pues bien, el surgimiento del protestantismo, por citar el más notorio de los factores, obligó a replantear las cosas. La Reforma católica planteará así la novedad revolucionaria de que los fieles, para salvarse, requerían conocer su fe, lo que pasaba evidentemente porque aprendieran a leer y escribir, y memorizaran cuando menos un mínimo de conocimientos básicos, impresos en los catecismos.

En todo el orbe católico, y la Nueva España no fue ninguna excepción, la construcción de la catolicidad era por tanto una obra educativa. Ésta, sin embargo, no se organizó de manera centralizada, ni mucho menos, sino por los organismos constitutivos de la Iglesia y por tanto de la sociedad de la época (pues eran coextensivas), esto es, las corporaciones, eclesiásticas como civiles, incluyendo claro está a la Corona, y por supuesto, por las iniciativas particulares de los devotos de la época bajo la forma de patronatos y obras pías. Era por tanto, un sistema muy heterogéneo, profundamente dispar y jerárquico, aunque con principios uniformes. Evidentemente en sus estratos más altos estaba dirigido a renovar a las élites eclesiásticas y civiles, difíciles de distinguir entre sí por cierto, cuyos estudios, por supuesto, iban mucho más lejos que la escuela pía, parroquial, conventual, municipal o de las repúblicas de indios, al alcance, si no de la mayor parte cuando menos de un número relativamente amplio de súbditos y fieles novohispanos.

Por supuesto, era una educación que no era sólo letrada, sino también moral. Transmitía principios teológicos y jurídicos, sobre todo, más o menos abstractos según el destinatario, pero se interesaba también, y a veces sobre todo, en la conducta de éstos. El ejemplo más claro son los colegios, corporaciones destinadas no tanto a dar cátedras – aunque las impartieron en muchos casos sin duda – cuanto a ser residencias donde los estudiantes se formaran en la disciplina del seglar devoto, impartida normalmente por las órdenes religiosas. Eran colegios en el sentido de la definición más antigua del término: “comunidad de varones, doncellas o niños los cuales viven bajo ciertos superiores y reglas” por decirlo como el Diccionario de Autoridades de 1729.

Cabe decir, a pesar de su notoria verticalidad, no era un sistema absolutamente cerrado a nuevas ideas. El siglo XVIII fue testigo de aires renovadores en corporaciones de rancio abolengo como la Universidad de Salamanca, o de la creación de otras similares en su organización pero incluyendo nuevos fines “pragmáticos” por así decir, como el Colegio de Minería.

En ese sentido, y aunque muchos liberales lamentaban el estado de la educación heredado de antes de la independencia, hay que decir que era un sistema que funcionaba con su propia lógica, y como han probado investigaciones como las de Dorothy Tanck de Estrada sobre las escuelas para indios, había alcanzado logros muy notables. En fin, era una educación que era largamente “pública”, también en el sentido tradicional del término, es decir, que se ofrecía a beneficio de la comunidad (la parroquia, el pueblo, la villa, la ciudad), por lo que normalmente caía bajo la tutela, de las corporaciones municipales, que muchas veces completaban sus fondos o velaban por el pago de las rentas que las sostenían, todo siempre en colaboración con la autoridad eclesiástica.

La gran novedad del siglo XIX será la idea de sustituir esa educación del “público”, por una educación pública, en el sentido de impartida por el Estado. Hubo muchos proyectos al respecto, entre los cuales el que menos desconozco es el de los liberales veracruzanos de 1833. Su proyecto vio la luz entre noviembre y diciembre de ese año, cuando la legislatura local que controlaban emitió una serie de decretos incautando los bienes de diversas corporaciones religiosas (los más sonados los conventos excepto los franciscanos), además de los bienes de la nobleza (la herencia de Hernán Cortés) e incluso todas las obras pías destinadas a alguna forma de educación. Es decir, trataban de desmantelar y apropiarse para el Estado todas las fuentes de financiamiento corporativas, y destinarlas a crear una serie de ocho “establecimientos literarios” en las principales poblaciones del Estado, así como sociedades de instrucción en todas las poblaciones que, con sede en las cabeceras y encabezadas por funcionarios representantes del gobierno (los jefes políticos), se encargarían de organizar la educación elemental.

En ese momento el proyecto fracasó por causas que no tengo ahora espacio para abordar, pero me parece que es una buena muestra de lo que habría de suceder a lo largo de los siglos XIX y XX: si la construcción de la catolicidad fue una obra educativa, la del Estado no lo sería menos, pero bajo una organización mucho más homogénea, una retórica muy distinta, progresivamente secularizada, con una verticalidad distinta, aunque acaso no menor.

Campanas de Madrid

En otras oportunidades he hablado sobre las campanas, pues bien, creo que es momento de dejarles la palabra. En efecto, aquí un folleto interesante y simpático sobre la conducta de las campanas de la capital española, quienes dejaron el badajo y tomaron la pluma para justificarse ante el público por su conducta durante la crisis de 1808. Recordémoslo muy brevemente, en la primavera de ese año, Napoleón, ya emperador de Francia, llama a Bayona a la familia real española, dividida entre sí. Carlos IV se había visto obligado a abdicar en su hijo Fernando VII. El emperador los reúne sólo para presionarlos para que le cedan la Corona hispánica a él, como efectivamente ocurrió, mientras las tropas francesas estacionadas en la Península se ocupan de tomar el control del país y llevarse de Madrid a los últimos miembros de la familia real. Napoleón, en fin, cederá la corona a su hermano José I. Las campanas, marcadores de la jornada y del calendario, elementos fundamentales del paisaje sonoro, además de símbolos religiosos capaces de ahuyentar los peligros y atraer bendiciones, elementos pues indispensables de la vida de los pueblos, se hacen aquí solidarias también de sus protestas ante la ilegitimidad de las abdicaciones, y de la defensa de “la religión, el rey y la patria”, los valores fundamentales del cuerpo social en su conjunto.

Satisfacción que dan las campanas de Madrid a su vecindario respetable

Queridos vecinos. Todos somos uno, todos vivimos en la Corte, y aunque nosotras estamos en unos puestos tan elevados sabéis muy bien que no nos desdeñamos de hablar con los más humildes; y aunque somos tan cacareras y voltarias, tal vez por esto nos estimáis infinito, porque sois la causa de que demos tantas vueltas. Quedamos ciertamente avergonzadas por el poco gusto que tuvisteis con nosotras el día 20 del pasado mes de julio. El día antes seguramente nos resfriamos a causa de un aire pestilente y corrupto, que venía por la parte del Norte y se nos entró por las narices. Como estamos tan altamente colocadas y los vapores pestíferos suben hasta las nubes llegamos a percibir unos tan apestados, que con ello, quedamos atacadas de un romadizo extraordinario.

Agravose más y más nuestra enfermedad luego que supimos que por aquella parte venía un alienígena despidiendo un olor chotuno, y aun se decía que era muy semejante al de un capote francés, y añadían que venía a ser señor de la Corte. Por más preguntas y por más diligencias que hacíamos no podíamos averiguar de donde procedía un olor tan fétido; pero unas buenas almas nos dijeron que procedía de una gente, que al dicho señor acompañaba y que venía corrompida. Todo esto se deberá entender en buen sentido, o en aquel sentido español, en que cuando vemos y oímos un hecho que desdice, que disuena, que se extraña y que no parece regular, decimos por lo común: esto puede ser sospechoso, esto huele mal; que es un modo de hablar nacional y de costumbre.

Pasábamos con nuestro romadizo y con un dolor intenso de cabeza; y cuando estábamos padeciendo esta indisposición, nos intimaron que habíamos de cacarear esta entrada aunque estuviésemos enfermas. Nos encogimos de hombros y callamos porque como estamos sujetas a la voluntad ajena, que ésta tenga razón, o no la tenga, no sería otra cosa. Como no nos dieron lugar ni aun siquiera para reforzarnos un poco, y como estamos tan débiles a causa de nuestros achaques, disgustadas y con un humor tan impertinente como un tercianario, llegada ya la hora de venir a molestarnos, como si nos hubiéramos dado de ojo, nos hicimos tan pesadas que no pudieron recabar que diésemos ni una vuelta, y sólo lograron doblarnos, y tocar como a cosa de muerto. Con este que tuvieron al parecer por desaire, nos enviaron un recado que de dos a tres de la tarde nos dejásemos tocar con energía, cosa que nosotras jamás habíamos oído; y aunque así se ejecutó, todavía no debieron de quedar contentos, pues al día siguiente convocaron a los sacristanes y monacillos de todas las iglesias a una junta; como si dijéramos a un Concilio de Pistoya, o al descabezado Congreso de Bayona; y les intimaron que si no cuidaban de tocarnos bien, sufrirían una multa y otras cosas; y lo que sucedió fue que nos dieron unas vueltas violentas, y con ellas tuvimos el trabajo y la desgracia de que unas perdieron la cabeza por los vapores dichos, a otra se le desencajó un brazo, quedando por fortuna colgada del otro y estribando en el piso del balcón, la que si hubiera caído a la calle, se hubiera sin duda estrellado; otras finalmente quedaron sin lengua, y cierto que fue una lástima, porque siendo hembras, como somos, perdimos lo mejor. Últimamente nos dejaron tan estropeadas, que no es poca fortuna que lo hemos podido contar. Así lo dice un poeta, pues también entendemos de versos.

Feliz el que padece, y a su tiempo
refiere los trabajos que ha pasado,
y más cuando la escena se ha mudado.

Es verdad que si lo hemos de decir todo, más fue el ruido que las nueces, pues aunque estuvimos tan malas, como hemos supuesto, lo cierto es que no fue así, sino que nos desazonamos tanto con la entrada del intruso, que tuvimos por mal agüero los roncos y destemplados vivas y aclamaciones de los amoladores, de los caldereros y tahoneros franceses. A esto se añadió que el lucido acompañamiento y concurso que salió por curiosidad a recibirle, parecía que estaba helado de frío, no obstante el calor de dicho mes; pues temiendo todos resfriarse, ninguno se quitó el sombrero, ni menos le hicieron un amago de reverencia. El día de una cosa que llamaron proclama fue mucho peor, de manera que viendo nosotras lo que nunca habíamos visto desde que hay mundo, ni se verá mientras le haya, no quisimos concurrir con nuestro obsequio, y nos fingimos enfermas. El buen señor permaneció en la Corte unos diez días, concluidos los cuales, de repente y sin decir oste ni moste, en veinticuatro horas poco más, pies para que os quiero, dijo, púsolos en polvorosa, tomó soleta y huyó más que de paso. Dijeron malas lenguas que tomó con tanta precipitación las de villadiego, porque habiendo sabido que venía a Madrid un animal de las indias, un animal feroz, y tan feroz que se tragaba los hombres enteros, y con más especialidad si eran franceses; y que el tal animal se llamaba provincias: este provincias le acobardó tanto que no halló más remedio que decir: jopo de aquí, y escapar a cuatro pies. Esta es la satisfacción que nos ha parecido debíamos dar a nuestros amados vecinos y compatriotas; y éste fue también el empeño que hicimos de no dejarnos tocar con la energía que solicitaban.

Pero ahora que se ha mudado el sistema, y que la escena ha tomado otro semblante, ya habéis visto cuan dóciles hemos sido a vuestros mandamientos. Se trataba de proclamar a nuestro amado Fernando VII. Entonces nos hicimos de cera, nos derretimos sin dejar de ser de metal y bronce, y nos hicimos a una con el común de sus apasionados, fieles y leales vasallo. ¿Y quién no se había de enternecer a vista de la proclama del día 24 de agosto? De una proclama que no ha tenido igual en los siglos pasados, ni le tendrá en los venideros? Desafiamos a los Alexandros, a los Césares y demás Emperadores romanos, y bajando el tono, desafiamos al miserable Napoleón, para que éste y los demás confiesen la verdad, traguen saliva y se caigan muertos. Nosotras debíamos hacer ahora una pintura asombrosa de una carrera la más magnífica, la más ilustre y la más suntuosa que jamás hayan visto las Cortes más famosas del mundo. ¡Qué trenes! ¡qué carrozas! ¡qué iluminaciones! ¡qué personajes tan ilustres! ¡qué generales tan valientes! ¡qué tropa tan lucida! que Milord tan amable! ¡que inglés tan generoso! Otras plumas más bien cortadas que las nuestras lo harán mucho mejor. Nosotras sólo podemos decir que al echamos nuestras lenguas al aire, y que en nuestro idioma y estilo pomposo y campanudo pronunciamos, clara y distintamente: Viva nuestro amado, nuestro querido y nuestro deseado Fernando VII. Y por si acaso lo dicho no bastaba, estábamos bien dispuestas para decir lo siguiente:

Viva Fernando por eternos siglos,
reine en los corazones y en las almas;
y si el monstruo de Francia lo repugna
¿quién es Napoleón para la España?

Asunción

Ayer ha tenido lugar una de las festividades marianas más importantes históricamente hablando, y tal vez también una de las más eclipsadas, aunque eso depende de cada región. Me refiero por supuesto a la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora. Aunque la fiesta ha figurado desde hace siglos en el Breviario Romano, como a muchos otros misterios marianos, la aprobación pontificia le llegó en fecha más bien reciente, en 1950, por el papa Pío XII. No se trata de una fiesta cualquiera, es ni más ni menos que la conmemoración del ascenso al cielo en cuerpo y alma de la Virgen María. “Hoy sube arrebatada, en alas de querubes, a iluminar las nubes, la reina celebrada” como decía una cantada novohispana del siglo XVIII. En muchas ciudades del mundo hispánico había, en el siglo XVIII al menos, las pompas del caso. Allá en el mundo andino, la campana mayor de la Catedral de Cuzco, la María Angola, anunciaba con repique la salida de la procesión.

IM000732.JPGLas de la Catedral metropolitana de México repicaban también, pero desde las cuatro de la mañana para anunciar los laudes solemnes. La procesión, más tarde en la mañana, era asimismo un espectáculo religioso, con la presencia de todas las órdenes recorriendo los alrededores de la Catedral metropolitana, haciendo estación en el altar de los Reyes, llevando bajo de palio la imagen de la Virgen “toda de oro y piedras preciosas”. Imagen de la virgen que en Sevilla era ni más ni menos, como hasta la fecha, la Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad, la cual también salía a recorrer los alrededores de su catedral “por debajo de gradas”. Las dimensiones de la catedral sevillana, permitían en realidad dos procesiones, la segunda por dentro de las naves de la iglesia para devolver la imagen a su capilla.

godong_fr346388c-68b92Sin embargo, no era en el mundo hispánico, sino en el reino de Francia, “la hija mayor de la Iglesia” como se decía entonces, donde la solemnidad cobraba mayor relieve. Así como la Corona hispánica tenía su voto jurado al misterio de la Inmaculada Concepción, los Borbones franceses hicieron lo propio en el siglo XVII. Hoy en día incluso, la arquidiócesis de París ha tratado de recuperar la tradición, y de unos años a esta fecha se realiza una pequeña procesión con la imagen de plata que el último rey borbón, Charles X regalara a la catedral de la capital francesa, con la característica de que se trata de una procesión fluvial.En efecto, como se ve en la foto, que me he tomado la libertad de tomar prestada del sitio web de la Catedral, la procesión se embarca y recorre el Sena en torno a la Île de la Cité.

Todas estas procesiones me parecen interesantes, por sí mismas sin duda, pero además porque en todas ellas, y he repetido la palabra intencionalmente, resalta un elemento central: la catedral. La catedral era sin duda la iglesia principal de la ciudad, en principio por sus dimensiones, frente a las cuales, en el siglo XVIII difícilmente había edificio alguno que pudiera hacerle competencia en el espacio urbano. Desde sus torres, sus campanas las hacían además dominar no sólo el paisaje visual, sino también el sonoro, imponiendo (no sin resistencias) su jerarquía sobre las otras corporaciones, religiosas y civiles del mundo urbano del Antiguo Régimen. Predominio urbano que era celosamente defendido por la prestigiosa corporación que la gobernaba, el cabildo catedral.

La GiraldaAdemás, en lo religioso, la Catedral era la sede del obispo, “matriz del obispado”, lugar principal del culto. En ellas tenían su santuario algunos de los símbolos religiosos más importantes de la comunidad, joyas no sólo religiosas sino artísticas, como la imagen descrita en el caso de la Ciudad de México. Las catedrales desde luego están especial más no exclusivamente asociadas con la Virgen, que es patrona de la gran mayoría de las que fueron construidas como tales desde la Edad Media hasta el siglo XIX. La fiesta de la Asunción, auténtica apoteosis de la Virgen, no podía sino constituir un oportuno momento para recordar, de manera sensible, entre repiques de campanas para los oídos e imágenes majestuosas para los ojos, el predominio de la catedral haciendo que su patrona recorriese su propio contorno. La procesión en efecto, es practicamente una salida de la imagen a recorrer, a tomar posesión y a santificar nuevamente su enorme edificio y su particular territorio. La procesión simplemente rodea el templo por “el cementerio” (es decir, el atrio) en México, “por las gradas” en Sevilla, deteniéndose sólo en los lugares de mayor honor. Los canónigos que portan a la Virgen, se aseguran de que sean testigos de este recordatorio de su predominio las otras corporaciones religiosas, en México a los frailes, o le asocian otros símbolos, asimismo los de mayor jerarquía de la ciudad, como la campana mayor en Cuzco.

Acto de devoción a uno de los símbolos religiosos más importantes de la ciudad, recordatorio del predominio del templo y de su corporación, la fiesta de la Asunción de la Virgen era sin duda uno de los hechos mayores de la vida urbana del Antiguo Régimen.