Archivo por meses: julio 2009

El Sumo Pontífice

En estos días, el papa Benedicto XVI se encuentra de vacaciones en una de las residencias de la Santa Sede fuera del Vaticano, la de Les Combes, donde, como se sabe por los medios, se recupera además de una fractura de la mano derecha. Así, como se ha vuelto costumbre, el papa no deja de aparecer en los medios a pesar de sus retiros veraniegos. Recuerdo que fue en julio de 2005, cuando residía ahí mismo en Les Combes, que el papa tuvo un encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Aosta a los cuales habló por ejemplo del tema del divorcio. Expresó entonces una idea que no deja de ser controvertida: si un sacramento como el matrimonio, celebrado sin fe era válido. Ello desde luego pensando en las personas que se encuentran en la paradoja de haber encontrado la fe posteriormente, después de un primer enlace celebrado más bien por seguir la tradición, y que terminó en divorcio, y que por ello no pueden acercarse a la comunión. Fragmentos del discurso del papa y de sus respuestas a los clérigos participantes en aquella ocasión aparecen en   Chiesa Espresso Online

Sea durante el año laboral o durante el verano, la presencia del papa en los medios es realmente abrumadora. Este año lo ha sido especialmente entre las visitas a Estados Unidos, Francia, África, Tierra Santa, además de los debates sobre el uso del preservativo, el aborto, la pederastia y sobre todo el del tradicionalismo, que fue sin duda el que más conmovió a la opinión católica.

Se diría pues, que no sólo los católicos, sino la opinión pública en general, están al pendiente de lo que el papa dice, hace, y lo que a él le sucede. Sin embargo, en estos dos mil años de historia de la Iglesia católica, todo ello no deja de ser algo más bien nuevo, característico sobre todo de los últimos doscientos años. De hecho, la Iglesia del mundo hispanoamericano de los siglos XVI hasta principios del XIX, se movía, me atrevería a decir que sin que el papa constituyese una presencia tan cotidiana como lo es para los católicos de hoy. Desde luego, por entonces se acudía al papa para obtener anulaciones matrimoniales, secularización de religiosos, privilegios, indulgencias, confirmaciones episcopales, y un sinnúmero de bulas y breves que, en virtud del pase regio, han dejado abundantes testimonios en el Archivo de Indias. Mas no era menos común ver a las corporaciones religiosas y a los devotos fundadores de obras pías y capellanías dejar muy claro que la Santa Sede no tenía ningún poder para modificar sus estatutos. Ahí estaba siempre la misma cláusula de las escrituras de fundación para recordarlo, la voluntad del patrono debía obedecerse aun si contra ella “se impetren y ganen bulas de Su Santidad, letras apostólicas u otros rescriptos de la Curia romana en otra forma expedidos”.

En unos reinos donde la lejana presencia del rey era recordada con cierta frecuencia en virtud de las ceremonias religiosas en honor de él y su familia, incluyendo juramentos, acciones de gracias por nacimientos y bodas, rogativas con ocasión de sus enfermedades y ceremonias fúnebres por sus fallecimientos, la aun más lejana autoridad pontificia rara vez se hacía ver en el ceremonial público. En efecto, me consta que en las cartas que los obispos hacían circular entre los párrocos aparecen con frecuencia las órdenes para los oficios en honor de la familia real, pero ni una sola vez he visto alguna en que se les informe de algún suceso de la casa pontificia. Hasta dónde sé (confieso que no he hecho una búsqueda sistemática al respecto), la primera vez que se celebró el ascenso al trono de San Pedro del Soberano Pontífice fue hasta después de la independencia, concretamente con Gregorio XVI (1831), quien habría de preconizar poco después a los primeros obispos del México independiente.

En general, en aquellos finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX la figura del papa era muy controvertida. Los ilustrados del XVIII habían sido en general muy críticos con la Curia romana y en ocasiones con el propio papa. Aunque en sus inicios la Revolución francesa intentó buscar de la Santa Sede la aprobación de sus reformas eclesiásticas y religiosas, la ruptura se consumó con la Constitución civil del clero de 1791 cuya condena por el papa dio motivo a que su efigie fuese quemada en el Palais Royal en abril de ese año. De ahí en adelante la Francia revolucionaria y napoleónica estaría claramente enfrentada con Roma, hasta llegar a los arrestos sucesivos de Pío VI y Pío VII.

Ironías de la historia, la cautividad (“el martirio” se llegó a decir incluso) del Sumo Pontífice y sus obligados viajes por Italia y Francia contribuyeron a incrementar su prestigio. Todos los que nos dedicamos al estudio de la historia de la Iglesia del XIX sabemos que, tarde o temprano, según los ritmos de los países y de las regiones, Roma se convertiría, sobre todo hacia mediados y finales del siglo en el referente de todo un movimiento católico anti-liberal, el ultramontanismo. Un movimiento que convivía y disputaba el predominio con otros, como los católicos liberales o con clérigos formados en la tradición del Antiguo Régimen.

México, desde luego, vivió también con gran efervescencia ese tipo de debates. Prácticamente desde la independencia misma, la prensa naciente se volcó a debatir sobre la autoridad del papa y la relación que la nueva soberanía nacional debía llevar con él. En ese debate, tengo la impresión de que fueron esos “publicistas”, normalmente muy críticos de la Santa Sede, los que comenzaron a difundir la historia y la actualidad del papa. En los períodicos veracruzanos lo mismo hay eruditas notas sobre S. Gregorio VII, cuyas reformas en el siglo XI habrían estado en el origen de la autoridad pontificia “desmedida” según los articulistas, que informaciones sobre la actitud de la corte romana ante las guerras civiles portuguesas entre liberales y conservadores, o ante la rebelión de los polacos contra la ocupación rusa.

Desde entonces y a la fecha, la información que circula sobre el papa no deja de estar filtrada constantemente por los debates sobre su figura y su autoridad en el mundo católico.

Fray Buenaventura Bestard

En esta entrada quiero hablar brevemente (juro que intentaré ser breve) de un personaje de la historia religiosa veracruzana, un fraile franciscano que vivió entre los siglos XVIII y XIX, que es un perfecto desconocido del público: fray Juan Buenaventura Bestard.

¿Por qué hablar en este siglo XXI de un religioso que vivió hace ya tanto tiempo? En primer término por la orden a la que perteneció, la Orden de Frailes Menores, los franciscanos, es decir, los herederos de San Francisco de Asís, quien no deja de ser una figura de actualidad, que ha merecido y sigue mereciendo abundantes publicaciones. Baste ver la reciente biografía de André Vauchez en que da cuenta de la trayectoria, en vida y sobre todo postmortem, del que es sin duda el santo más conocido de la historia del catolicismo.

Además, por el papel de la orden franciscana en el catolicismo mexicano. A todos nos ha tocado ver, así sea en la escuela, que los primeros misioneros llegados a la Nueva España fueron de esa orden. Anualmente incluso, cada 12 de diciembre al menos, se nos recuerda oportunamente que el primer arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga, era franciscano. Y desde luego, nunca falta el que insista en que los misioneros franciscanos fueron “conservadores de la cultura indígena”, e incluso antecedentes de los antropólogos modernos, una idea que habrá tiempo de discutir aquí.

Sobre todo, me gusta la figura desconocida del padre Bestard para mostrar que los franciscanos que pasaron por tierras novohispanas no respondían necesariamente a la imagen que tenemos hoy en día de los franciscanos de antaño. Con ello no quiero decir que fuera un mal religioso, todo lo contrario, llegó a altos cargos porque lo tuvo bien ganado. Pero los valores incluso al interior de una orden religiosa no dejan de ser históricos, y por tanto sometidos a las circunstancias.

De entrada, un primer dato poco común, el padre Bestard era mallorquín, de Palma de Mallorca. Dato poco común en la historiografía, pero no en la historia: frente a andaluces, vascos, santanderinos y gallegos, poco se sabe de la migración de los pueblos de lengua catalana a América. Sin embargo, es algo muy particular que muchos religiosos que llegaron a México en el curso del siglo XVIII eran mallorquines, el más (tal vez el único) conocido fue fray Junípero Serra. Hasta donde sé, que es poco, cuando menos desde que fray Antonio Llinaz, mallorquín también, fue a su tierra natal (algo muy lógico por cierto) a reclutar frailes para su recién fundado colegio franciscano de Querétaro, el de la Santa Cruz, una y otra vez hubo religiosos mallorquines que siguieron el ejemplo. Me atrevería a decir que hubo por entonces una “cadena migratoria” de franciscanos de Mallorca a México.

Fue así como llegó a tierras novohispanas un joven fray Juan Buenaventura Bestard en 1787, reclutado para el Colegio Apostólico de San Fernando de México. Entonces era todavía corista, es decir, no era sacerdote, pero ya era un fraile que había pasado por el noviciado y había profesado. Habrá tenido por entonces poco más de veinte años, veinticinco máximo. Estando afiliado a un colegio apostólico, fray Juan Buenaventura se dedicó a lo que hacían esos conventos: viajar por los pueblos novohispanos, durante la Cuaresma sobre todo, organizando misiones. En 1793 le tocó predicar en Orizaba al lado de otros cuatro religiosos, entre ellos un paisano suyo, fray Lorenzo Socíes. Y ahí empezó realmente la carrera del fraile, pues logró convencer a los notables orizabeños de fundar un nuevo colegio apostólico, del cual, desde luego, él sería pronto el padre fundador. En ese proceso, nuestro religioso desplegó una energía tal en defensa de su proyecto, contra la oposición incluso de algunos de sus superiores, a los cuales literalmente “se brincó” para obtener la autorización del Comisario General, al punto que estamos algo lejos de la imagen de un humilde y sumiso hijo de San Francisco.

Cuando fui conociendo su vida, si algo me sorprendió fue su movilidad. Aunque bueno, siendo misionero itinerante debía estar acostumbrado a viajar de limosna por los pueblos, pero ahora lo mismo iba de México a Orizaba, Puebla, Veracruz, e incluso hizo dos viajes a la Península, realizando trámites, presentando largos memoriales, buscando apoyos de autoridades civiles y eclesiásticas, y por supuesto reclutando religiosos. Contrario a otros religiosos fundadores que literalmente se atenían a la ayuda que debía otorgarles el rey, fray Juan Buenaventura hizo todas sus gestiones sin costarle un real a la Corona, lo que los funcionarios debieron haberle apreciado sin duda, y gracias a las gestiones de él y sus contactos con un buen número de bienhechores.

En un primer viaje a Madrid, logró obtener, a pesar de la oposición de algunos letrados importantes, la autorización real para fundar su convento (1797), luego otra para que se instalaran en Orizaba los primeros religiosos que vigilaran la nueva construcción (1799), y finalmente la autorización para reclutar nuevos frailes peninsulares (1802-1804). Volvió con ellos a la Nueva España, sólo para seguir abriéndole camino a su nuevo convento, siempre contra viento y marea, iniciando las misiones itinerantes, abriendo el noviciado y fundando una orden tercera, peleándose para ello con el clero local en más de una ocasión.

Y desde luego, no renunció a ver su convento lleno de frailes, volvió a la Península en 1809, y en medio de la ocupación de las tropas francesas, logró reunir más de cuarenta religiosos, que transportó a Orizaba, otra vez, de limosna. Por supuesto, habiendo sido él mismo reclutado por un mallorquín, aprovechó que la isla de Mallorca estaba libre de tropas francesas. Dada la mayoría mallorquina y valenciana del claustro orizabeño, uno podría incluso esperar que al interior del convento no se hablara tanto en castellano como en catalán.

Por las cartas que se conservan de él a fray Lorenzo Socíes, su paisano y amigo, y cómplice en la aventura de la nueva fundación, se ve que era un hombre muy enérgico y a veces desconfiado. Cuando su amigo le informó que cierto clérigo que se les oponía daba muestras de cambiar de opinión, nuestro fraile le contestó con elocuencia:

“Hay personas en el mundo
que con palabras agudas,
se meten a uno en el alma
y dan el beso de Judas”.

Además, en medio de la crisis de la monarquía, fray Juan fue leal al rey Fernando VII como pocos. Cuando se jubiló de sus cargos en Orizaba, volvió a su tierra natal en 1814, y un par de años más tarde recibió el cargo de Comisario General de Indias. Desde ahí, por cierto, no dejó de atender con particular atención al convento que había fundado. Pero sobre todo, se ocupó de promover la lealtad al monarca en medio de las guerras independentistas. Mandó imprimir incluso una carta pastoral a todos los religiosos a su cargo, que era decir todos los de América hispana y Filipinas, recordándoles sus deberes como súbditos del rey. Habiendo sabido por el padre Socíes que el hijo de uno de sus bienhechores, había sido capturado por los realistas y se amenazaba con su fusilamiento, se limitó a contestar: “siento que la terquedad de José Ignacio Couto le haya llevado al matadero, pero qué hemos de hacer, San Pablo nos enseña que conviene acabar con los que nos perturban”.

Frente a la crisis en las Américas, por cierto, fray Juan Buenaventura también había estado activo. Como otros frailes, envió incluso una proposición a las Cortes de Cádiz (1810) para proponer medidas a tomar en lo futuro. A imitación de Mallorca, sugirió que se abrieran en los pueblos de la Nueva España escuelas de latinidad para favorecer la integración de sectores marginales. Desde luego, tenía en mente favorecer la formación de sacerdotes, pero sobre todo evitar, como estaba a punto de suceder, que ese sector de la población participara en las rebeliones.

Nuestro inquieto religioso padeció, como su amado soberano, las consecuencias de la Revolución liberal, que en enero de 1821 hizo desaparecer su cargo. No sabemos qué fue de él después de esa fecha. Su vida, que no nos recuerda mucho la del ilustre fundador de su orden, a quien sin embargo no dejaba de invocar en sus cartas, estuvo en cambio llena de andares y de proyectos, como la de toda una generación de religiosos que surcaron el Atlántico en medio de la crisis de principios del siglo XIX.

Oración por la tolerancia

En el mundo atlántico del siglo XIX la religión se convirtió, de hecho de mentalidad, a asunto de opinión. Es una afirmación muy general, cierto, matizada en su cronología según las regiones, pero que se confirma con la importancia que cobraron los temas religiosos en la prensa. En el mundo hispánico en particular, toda una generación de “publicistas” a un mismo tiempo católicos y liberales se dedicaron a luchar contra lo que consideraban el fanatismo en todas sus facetas: las “supersticiones populares”, el “clericalismo”, el “despotismo” del Papa, la conspiración jesuita, etcétera. En sus artículos, llenos de una erudición a veces un tanto ecléctica, se recurría a la historia eclesiástica, a los Padres de la Iglesia y a las Sagradas Escrituras para probar que su esfuerzo no era sino en pro de la restauración del cristianismo de los primeros tiempos liberado de los “abusos” introducidos, según ellos, por la Edad Media (concretamente la reforma gregoriana en el siglo XI), e incluso por el Concilio de Trento.

Como en toda obra de combate, sus textos son normalmente críticas a veces muy irónicas, satíricas incluso, otras veces adquirían la forma de largos y enjundiosos artículos, no menos que se acercaban ocasionalmente al estilo propio de la oratoria sagrada, que a fin de cuentas conocían siendo algunos de ellos clérigos de formación. Sin embargo, es relativamente raro encontrar en sus disputas obras que expresen de alguna forma su devoción. Empero, tuvieron un modelo para ello: ni más ni menos que de Voltaire, de quien retomaron la Prière à Dieu del Tratado sobre la Tolerancia. Apareció publicada en el periódico La Palanca, de la ciudad de México, y fue retomada por El Oriente de Xalapa en noviembre de 1826 (número 773, p. 3204). No es algo inesperado considerando que era una obra sobre uno de los temas más caros de esos reformadores ilustrados, la propia tolerancia religiosa.

En efecto, en un Estado católico, como el de la primera mitad del siglo XIX mexicano, la lucha por la tolerancia no era un asunto menor, y luchar por ella y demostrar al mismo tiempo que se era un buen católico, era todavía más complicado. Voltaire ofrecía, al menos en el caso concreto de esta oración, ese difícil equilibrio. Aquí pues la traducción difundida en México con el título de “Oración al Supremo Ser”:

¡Oh Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos! Si a las débiles y mortales criaturas perdidas en la inmensidad del espacio, es permitido atreverse a pedirte alguna cosa a ti que todo lo puedes, y a ti, cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate exterminar aquellos errores inseparables de nuestra naturaleza que causan nuestras calamidades. Si no nos has dado el corazón para aborrecernos, ni las manos para degollarnos, haz que mutuamente nos ayudemos a soportar el peso de una vida penosa y pasajera; haz que la diferencia de vestidos que cubren nuestros frágiles cuerpos; que la variedad de lenguas insuficientes que distinguen a las naciones; que los diversos usos hijos del capricho, que la multitud de leyes imperfectas y contradictorias; que la diversidad de nuestras insensatas opiniones; que las varias condiciones tan desiguales a nuestros ojos, y tan uniformes delante de ti, y que los matices que distinguen a todos los átomos llamados hombres, no sean señales de aborrecimiento y de persecución. Haz que aquellos que encienden cirios a mediodía para adorarte, soporten a los que se contentan con la luz del sol; que aquellos que se cubren con una tela blanca para decir, “que es necesario amarte”, no detesten a los que con un manto de lana negra dicen la misma cosa; manifiesta tu voluntad, y haz ver a todos que del mismo modo te dignas aceptar nuestras oraciones en cualquiera lengua, que en una lengua escogida; que las adoraciones en cualquiera lugar, y las ceremonias de cualquiera clase son iguales ante ti, si no es las que se dirigen a la persecución y exterminio del género humano; haz que los que dominan una partecita de esta pequeña masa de lodo, llamado “mundo”, que poseen algunos fragmentos redondos de ciertos metales, gocen sin orgullo de los que ellos llaman “grandeza, riqueza”, y que los demás los vean sin envidia, porque tú sabes que nada hay en estas cosas que nos deba envanecer, y nada que nos deba engreír.

Haz finalmente que los hombres todos recuerden que son hermanos; que horrorice la tiranía ejercitada con la fuerza o con la seducción. Si los males de la guerra son inevitables, no nos aborrezcamos, ni nos despedacemos en el seno de la paz, y empleemos los instantes de nuestra existencia en bendecir en mil lenguas diversas desde Siam hasta California tu bondad con que nos ha concedido la vida. Amén.