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Devotos

El término “devoto” tiene un sentido general que es de uso corriente desde hace siglos: “fervoroso y dedicado a obras de piedad y religión” decía ya el Diccionario de Autoridades en 1732. Sin embargo, en la historiografía tiene, también desde hace algún tiempo ya, un sentido más específico, para designar a los seglares que en el marco de la Reforma católica (siglos XVI-XVIII) participaban activamente y en colaboración con los eclesiásticos, sobre todo con los jesuitas, en obras misioneras y de piedad. Ellos constituyen una de las paradojas más interesantes de la Reforma católica, pues habiendo subrayado el Concilio de Trento la jerarquía de los clérigos sobre los laicos, hubiera podido esperarse la más absoluta desconfianza ante cualquier participación seglar en la organización eclesiástica. Lejos de eso, autores como Louis Châtellier y Jean-Pierre Gutton han mostrado que esta época fue de un ascenso, espiritual y social sin precedentes de los seglares en la vida de la Iglesia. Un ascenso que fue buscado y respaldado por muchos de los eclesiásticos de la época. En general, los devotos no aparecen solos, sino bajo la forma de corporaciones. Y es que la sociedad de la época, no concibe al individuo sino incorporado en comunidades que le proporcionen la asistencia necesaria para su bien espiritual y material. Tales comunidades serán puestas al servicio de la gran obra misionera de la Reforma católica, formando élites bien educadas en las prácticas piadosas de la época y capaces por ello mismo de contribuir a la difusión del conocimiento de la fe y la reforma de las costumbres tanto entre fieles como entre infieles, no menos que de respaldar las obras propiamente clericales. En una palabra, capaces de contribuir a la transformación del mundo. Así pues, los devotos aparecen integrados a cofradías, órdenes terceras, escuelas de Cristo, congregaciones jesuitas donde el aprendizaje de las prácticas piadosas propias de la Reforma constituye la prioridad. Éstas eran asociaciones cuyas normas imponían la frecuentación de los sacramentos, particularmente de la confesión y de la eucaristía; la asistencia a la misa y a los oficios; las oraciones cotidianas como el Angelus, el Rosario y las letanías; la práctica del culto a la Virgen y a los santos. De esta forma, el devoto aprendía a dedicar a Dios toda su jornada, desde el amanecer hasta el ocaso, no menos que a dedicarle todas las temporadas del año, siguiendo estrictamente el calendario litúrgico desde el Adviento a la Cuaresma, de la Semana Santa a Pentecostés, de Corpus Christi a la Asunción, etcétera. Aprendían así a controlar su tiempo para dedicarlo a la causa de la fe, no menos que a controlar su propio cuerpo para alejarlo de la concupiscencia, y presentarlo bajo los atributos del penitente diestro en las disciplinas, los cilicios y flagelos, y del humilde orante que logra transformarlo en un instrumento de devoción por sus posturas (genuflexión, prosternación, los golpes de pecho) pero también por su participación en procesiones y peregrinaciones. Control del tiempo y del cuerpo que se extendía incluso hacia los estados de somnolencia, particularmente peligrosos para la salvación.

Sobre todo, debía aprender a controlar las facultades de su mente, sobre todo la imaginación. En estas congregación era donde el devoto se formaba en la oración mental, a veces sólo bajo la forma de la meditación, pero alcanzando incluso a veces la contemplación mística con ayuda de imágenes y textos compuestos al efecto por los artistas y guías espirituales más renombrados de la época. Así por ejemplo obras como las de Charles Le Brun, como esta Adoración de los pastores en la que los devotos podían encontrar ejemplos de contemplación con los cuales identificarse hasta sustituirse en ellos. Era cuando menos necesario que aprendiera a seguir la misa, no tanto por la comprensión de cada uno de los ritos, sino que aprendiera a ver en ella, ayudado por los libros de misa como los Tableaux de croix franceses, un teatro simbólico de la historia de la salvación. Así preparados, consolidados en su fe y en sus prácticas piadosas, los devotos emprendieron frecuentemente la empresa de salvar al mundo. Una empresa que tuvo múltiples aristas y que estuvo asociada principal mas no exclusivamente, a los devotos que no eran sólo una élite religiosa sino ya desde antes una élite social y política, y que fueron especialmente buscados por los clérigos y religiosos, especialmente por los jesuitas. Miembros de las municipalidades, de la nobleza, de la administración real, incluso de los más altos consejos de las monarquías y, por qué no, a veces miembros de las familias reales, se integraron a estas asociaciones o se relacionaron con sus fundadores e integrantes. Desde su posición emprendieron las reformas que estimaban necesarias para la salvación de la comunidad. La obra de Gutton nos ofrece un panorama general de esas actividades. En principio, el establecimiento de la paz en el sentido más amplio del término: los devotos lo mismo combaten el duelo, que promueven el arbitraje y el acceso de los pobres a la justicia; además, se preocupan por los marginados que desean ver concentrados en hospitales, prisiones y casas de recogimiento donde poder reformarlos cristianamente. Desde luego, su acción tiene sobre todo un perfil piadoso: ante la inseguridad de los tiempos, ante las guerras y desastres naturales, ante lo que hoy llamaríamos conflictos sociales, los devotos tienen por insturmento principal la oración, bajo la forma de misas, procesiones y rogativas.

Asimismo, emprenden grandes obras educativas. Colaboran con el clero en la difusión del catecismo entre infantes y adultos, lo mismo en el campo que entre los pobres de las ciudades, una vez más, sobre todo en hospitales y prisiones. Aquí por ejemplo uno de los grandes santos del catolicismo francés del XVII, ligado a los medios devotos: Vincent de Paul, fundador de la congregación de la Misión. Y es que los devotos fueron los patrocinadores de las misiones en tierras de infieles, lo mismo en el Canadá que en el Brasil o en el norte novohispano, pero no menos de las misiones populares que recorren prácticamente toda Europa y América en los siglos XVII y XVIII. Atienden además a la educación de las mujeres, bajo la forma de la enseñanza de la santidad del matrimonio y de los deberes de las viudas y doncellas. En fin, se esfuerzan por la moralización de las costumbres. Muchos de ellos se empeñaron en combatir el carnaval, el teatro, las comedias y los bailes y todo lo que veían como obstáculo para la salvación. Pero además, saliendo de alguna forma del estricto marco corporativo, fueron capaces de crear auténticos grupos de presión, redes que se movilizaron para hacer presión en las cortes de los príncipes para tratar de construir un orbe católico. El caso más célebre es el de la Compañía del Santísimo Sacremento, una gran red de asociaciones devotas francesas que lo mismo apoyaba las misiones en el Levante que las prédicas contra los protestantes, la reforma de las prisiones o el combate de la usura. Prohibida en 1660, la monarquía francesa conocera varias veces el surgimiento de “partidos” o “cabalas devotas” que pusieron en cuestión la política de la “razón de Estado” de los Borbones. Muchas veces asociados a las reinas, como a las princesas españolas Ana de Austria y María Teresa de Austria, o a otras damas importantes de la corte parisina

Tuvieron su mejor posición bajo el reinado de Luis XIII, monarca devoto y patrocinador de los jesuitas, quien asistió con toda su corte a la consagración de la iglesia de su noviciado, la de San Luis, en el Marais, el barrio de la nobleza francesa de la época. Tal ceremonia, por cierto, fue oficiada por el cardenal Richelieu en persona, a pesar de ser acaso el gran enemigo del partido devoto. Desde luego, no todos los devotos eran habitantes del Marais parisino. Es importante traer a la memoria, y con esto concluyo, los devotos más sencillos, lo mismo miembros de cofradías de los pueblos rurales, a los notables de las órdenes terceras urbanas, o a los administradores de las fábricas de las parroquias. Eran ellos quienes tenían la posibilidad de hacer realidad los designios de la Reforma católica hasta los últimos rincones de todo el mundo católico, construyendo retablos, abriendo escuelas para el catecismo, fundando obras piadosas. Mirando desde esta perspectiva muchas de las instituciones que ligamos con demasiada premura con la modernidad, como escuelas y hospitales, nos encontraremos tal vez con la trascendencia de la obra de estos entusiastas de la religión de tiempos barrocos.

Letanías

Ut frutus terrae dare et conservare digneris, te rogamus…

Aunque confieso no haber hecho una búsqueda exhustiva al respecto, tengo la impresión de que el de las letanías es posiblemente uno de los rituales más olvidados para la historiografía del catolicismo mexicano. Éstas, según la tradición, habrían sido instituidas por San Mamerto y tenían lugar precisamente en el tiempo litúrgico que vivimos en estos días, la Pascua, pero más bien cerca de su final, en la semana previa a la fiesta de la Ascención, cuarenta días después del domingo de Resurrección.

¿En qué consistían? No es  difícil averiguarlo. Veamos la indicación que el cura de Orizaba anotó al respecto en su directorio parroquial a mediados del siglo XVIII. Se trataba un ciclo de cuatro celebraciones, distribuidas entre tres días (lunes, martes y miércoles evidentemente) precedentes a la Ascensión. Con la asistencia de todas las cofradías de la villa, se organizaba una procesión que salía de la parroquia rumbo a cierto lugar sagrado de importancia, como la capilla del Calvario, o incluso recorría el propio templo parroquial pidiendo en todas a Dios buenos temporales y sucesos abundantes, cosechas y frutos, y que asimismo nos libre de hambres, epidemias, pestes, secas, diluvios, temblores, tempestades y muertes repentinas”. Así las letanías constituyen un ejemplo muy claro de un tema que ha sido estudiado por la historiografía europeas siguiendo lo hecho por Jean Delumeau: el sentimiento de seguridad. Aunque tenían su ubicación propia en el calendario litúrgico, las letanías podían rezarse en varios momentos del año: lo mismo en la colocación de la primera piedra de una iglesia que en la consagración de un obispo. Desde luego, se rezaban con motivo de cualquier “calamidad pública”, muchas veces a petición de las autoridades. Conviene decir que, si su origen se remonta casi a lo “inmemorial”, no han dejado de rezarse hasta nuestros días.

En el caso de la villa de Orizaba, que es el que menos desconozco, hay varios testimonios de ellas, curiosamente no tanto para el siglo XVIII sino para los primeros años del XIX. Motivos no faltaron: un fuerte temblor el 12 de marzo de 1819, un tormenta eléctrica en julio de 1822, la epidemia de cólera en el verano de 1833. En estos años, además, hubo numerosas rogativas con motivos políticos: la instalación de los congresos constituyentes nacionales y estatales, así como de las legislaturas ordinarias, y por supuesto, la celebración de las elecciones. En Orizaba las hubo además para evitar la expulsión de los religiosos españoles en diciembre de 1827.

¿Qué se rezaba en ellas? Si nos atenemos al Ritual Romano, se trataba sobre todo de la letanía de los Santos. Tal vez no esté de más decir que la letanía es una forma de oración a dos voces en la que una de ellas repite constantemente un mismo estribillo, normalmente una petición, y que se inspira de los salmos, particularmente del 135, en el que a la alabanza de las bondades divinas se responde una y otra vez con la frase “porque es eterno su amor”. En la letanía de los Santos se invoca literalmente a toda la Corte celestial, de forma jerárquicamente ordenada, desde la gracia de Dios padre y cada una de las personas de la Trinidad, hasta la intercesión de las santas vírgenes y mártires, pasando por la Virgen María, los patriarcas y profetas, apóstoles y evangelistas, discípulos, mártires, pontífices y doctores de la Iglesia, obispos y confesores, fundadores de órdenes y monjes y religiosos. En seguida, la letanía enumera las causas de las que la comunidad desea liberarse (ab omni malo, a morte perpetua) y concluye con una lista más concreta de peticiones (conservar la Iglesia, la paz entre los príncipes cristianos…) Aquí una versión en canto gregoriano: http://youtu.be/KiM9uJIN64g

Oración pues en que la Iglesia terrenal, muchas veces rodeada de la iglesia purgante, invoca a la Iglesia triunfante en su conjunto, era parte de un conjunto de rituales cuyo carácter, a veces muy dramático, es difícil reconstituir hoy en día, en que la idea de los desastres naturales como expresiones de la ira divina nos es hasta cierto punto ajena. A este respecto no puedo menos que terminar citando ampliamente la descripción que un vecino de Orizaba hizo de las rogativas con motivo del temblor que sufrió la villa en 1819:

“Irritada la Divina justicia contra los habitadores de esta villa por sus muchos pecados, es amenazada con temblores, peste, seca y hambre; determinó el vecindario hacer un novenario a la milagrosa imagen del Señor del Calvario y al patrón San Miguel, implorando la misericordia del Señor por medio de su Santísimo Hijo y del príncipe de la milicia celestial, Señor San Miguel, diciéndoles una misa solemne en cada iglesia, conduciendo a su Majestad en procesión, cantando la letanía de los santos.”

Liturgia

Los sumos pontífices hasta nuestros días se preocuparon constantemente porque la Iglesia de Cristo ofreciese a la Divina Majestad un culto digno de alabanza y gloria de Su nombre y del bien de toda su Santa Iglesia,
Benedicto XVI, Summorum Pontificum, julio 2007.

Con motivo del Domingo de Pascua de Resurrección, “solemnidad de todas las solemnidades”, me pareció oportuno dedicar esta entrada a la liturgia. Cabe decir, la liturgia católica ha sido en los últimos tiempos un tema de actualidad. Todos recuerdan seguramente el motu proprio de julio de 2007 por el que el papa Benedicto XVI concedió mayores facilidades para el uso de la liturgia previa a la reforma implantada por el Concilio Vaticano II, es decir, del Misal Romano de 1962 editado por el papa Juan XXIII (la “misa tridentina”), frente a los misales adoptados después de 1970 bajo Paulo VI . Tal reforma estaba dirigida a abrir vías de reintegración de los grupos “tradicionalistas”, como la Fraternidad sacerdotal San Pío X (fundada en Friburgo en 1971 por el ya célebre arzobispo Marcel Lefevbre), separados de la Iglesia en razón del concilio y que se distinguen sobre todo por una defensa acérrima de dicha liturgia. La prensa de entonces destacó sobre todo la “reintroducción de la misa en latín”, si bien hay que decir que el debate no es tanto a causa del idioma (tanto ha habido latín en la misa posconciliar, como en la misa tridentina momentos, pocos es cierto, para la lengua vulgar), sino por todo el vasto conjunto de ritos y gestos que distinguen un misal del otro, por ejemplo, la posición del sacerdote (de frente al altar en la liturgia preconciliar y detrás de éste en la liturgia actual), la música (antes canto gregoriano casi exclusivamente, hoy mayor apertura a las expresiones musicales), y la participación del pueblo (antes casi exclusivamente expectador, hoy participante de la celebración).

A la luz de este debate contemporáneo, la historiografía no ha podido menos que volver a interesarse por las querellas litúrgicas, toda vez que ésta no ha sido, ni mucho menos, la primera de ellas. En Francia, donde el debate ha sido especialmente importante por la fuerte presencia de los “tradicionalistas”, existe una bibliografía sobre el tema que, sin ser todavía demasiado abundante, ha ido creciendo de manera constante. No es de extrañar tal vez que entre los temas más recurrentes se encuentren, además de las querellas propiamente tales y sus consecuencias para la historia religiosa, la construcción del espacio liturgico y la música. Así, existen obras como las de Bernard Chedozeau (Choeur clos, choeur ouvert – De l’église médiévale à l’église tridentine (France, XVIIe -XVIIIe siècle), Cerf, 1998), quien expone como otra reforma posconciliar, la tridentina, impulsó la visibilidad de la misa para los laicos, lo que obligaba a abrir los hasta entonces completamente cerrados coros medievales y a aproximar lo más posible el altar a la nave central de las iglesias.

En un sentido semejante, aunque desde la historia del arte, Frédéric Cousinié (Images et méditation au XVIIe siècle, Presses Universitaires de Rennes, 2007) ha mostrado cómo la misa se convirtió también, como las imágenes de los retablos y como las libros de oración, en fuente para las prácticas devotas promovidas por la Reforma tridentina, fundamentalmente para la meditación. En efecto, Cousinié estudia las obras destinadas a los fieles para que pudieran seguir el desarrollo de la misa (los Tableaux de la croix), éstas, más que una función propiamente explicativa, tenían objetivos espirituales, ya que relacionaban cada uno de los ritos con los pasajes de la vida de Cristo, particularmente con la Pasión. Además, tales obras prescribían una serie de gestos, suscitaban oraciones, evocaban imágenes, construyendo así un amplio “saber religioso” propio de la época barroca, más emocional que intelectual.

Sin embargo, son los cambios litúrgicos de los siglos XVIII y XIX los que más interés han suscitado. Y es que cabe decir que en Francia no es sino hasta el siglo XIX que se adopta progresivamente la liturgia tridentina, “romana” se decía entonces, no sin fuertes resistencias en varios lugares. Resistencias en las que se mezclan discusiones teológicas con identidades nacionales y regionales, y sobre todo con discusiones sobre la identidad del catolicismo frente a la secularización. De ello da cuenta por ejemplo la tesis recientemente presentada por Vincent Petit, sobre la diócesis de Besançon (Querelle liturgique et identité régionale, 2008), donde es un grupo entusiasta de jóvenes clérigos el que promueve la introducción del misal romano a pesar de la oposición del arzobispo local. En su obra sobre los cambios religiosos del mundo rural francés del siglo XIX, Philippe Boutry (Prêtres et paroisses au pays du curé d’Ars, Cerf, 1986) da cuenta también de la introducción de la liturgia romana como una de las “peligrosas novedades” que turban la continuidad de la religión como hecho de la mentalidad y contribuyen a transformarla en asunto de opinión individual.

Entre todas estas obras, destaca especialmente la de Xavier Bisaro (Une nation de fidèles. L’église et la liturgie parisienne au XVIIIe siècle, Centre d’Études supérieures de la Renaissance, 2006), quien reconstruye ampliamente la liturgia de la época, los debates del siglo XIX y aporta una explicación muy convincente de cuáles eran los temas principales de la discusión. Bisaro muestra cómo en el siglo XIX se construyó la imagen de una liturgia diocesana francesa (parisina sobre todo) “jansenista”, cuando no directamente herética por sus posibles nexos con la Ilustración, ante la cual la liturgia romana, que se hacía remontar a la Edad Media, se presentaba como una alternativa unificadora y restauradora de la tradición. Para desmontar tal imagen, Bisaro procede a reconstruir el gran proyecto litúrgico de la arquidiócesis de París en el siglo XVIII. A medio camino entre la historiografía y la musicología, el autor analiza con sumo detalle calendario, breviario, antifonario y los principales cantos propuestos por los clérigos al servicio del arzobispo Vingtimille. Era una liturgia marcada por un esfuerzo de fidelidad a las Escrituras, al tiempo que recuperaba referencias patrísticas y conciliares de los primeros siglos, y se esforzaba por “racionalizar” la distribución de las fiestas como de eliminar elementos que veía como de dudosa ortodoxia.

La obra de Bisaro muestra además cómo la liturgia parisina comenzó un proceso, inacabado, de construcción de una verdadera “liturgia nacional” que verá sus mejores días, paradójicamente, en los primeros momentos de la Revolución Francesa, cuando la capital imponía su cultura al resto de los antiguos territorios de la monarquía (por ejemplo, el francés frente a los otras lenguas regionales) para construir la nueva nación.Casi por reflejo, no puede evitarse pensar qué era lo que se celebraba cotidianamente en las iglesias del mundo hispánico. Cierto, las querellas litúrgicas no se plantean de la misma manera toda vez que el rito romano era el oficial de todo el Imperio, sin embargo, ello no evitaba la diversidad de ritos. Tal era una de las motivaciones, por ejemplo, para la edición de un nuevo ceremonial para la provincia franciscana del Santo Evangelio de México en 1703 “habiendo llegado hasta Roma y a oídos del Capítulo general el inculpable desorden y poca estabilidad, involuntaria, de estas provincias en orden a ceremonias y ritos…” (Manual summa de ceremonias de la Provincia del Santo Evangelio... de fray Isidro Alfonso de Castaneyra, 1703).

Teniendo presente la preponderancia que tuvieron largo tiempo las órdenes religiosas en el caso novohispano hasta mediados del siglo XVIII sería interesante, por ejemplo, un análisis de sus breviarios, rituales y ceremoniales, su comparación respecto al rito romano y a los respectivos instrumentos litúrgicos diocesanos. No sería sorprendente encontrar alguna continuidad de las ceremonias que a veces se hacen declinar de la “religiosidad popular” con los rituales de los religiosos. Asimismo, para los siglos XVIII y XIX, sería no menos interesante reconstruir hasta qué punto los numerosos Te Deum y misas de acción de gracias eran efectivamente una liturgia “nacional”, es decir, igual en todas partes. Y si alguien duda de la actualidad de la liturgia para la construcción nacional, en este caso de España, aquí un framento del Te Deum del 12 de octubre de 2007 en la Catedral de Sevilla, celebrado ante los cabildos civil y eclesiástico de la ciudad.

En fin, no puedo evitar concluir con la idea de la riqueza de la diversidad litúrgica, cuya conservación es más que comprensible como una expresión de la sensibilidad de los pueblos. En efecto, desde la música hasta los gestos más sencillos (como la secuencia de tres prosternaciones tan cara a los ortodoxos) están asociados a una cultura particular que constituye, me parece, un patrimonio digno incluso de salvaguarda. Aquí dos ejemplos de la diversidad litúrgica del cristianismo, ambos de la Catedral de Notre-Dame de Paris, el primero es un fragmento de la misa de rito caldeo celebrada por la comunidad irakí por la paz en ese país y en recuerdo del arzobispo de Mossul Faraj Rahho.

Y por último, un fragmento del oficio de la veneración de la Corona de Espinas (de la que hablaré en otra entrada) celebrado en colaboración con la comunidad rusa ortodoxa de París en la Cuaresma de este año.

Misiones Apóstolicas

Hoy es Domingo de Ramos, conmemoración de la entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén y, al mismo tiempo, de su Pasión y Muerte, cuyo relato se lee en el Evangelio de este día. Por ello, me pareció especialmente oportuno dedicar estas líneas a unos personajes un tanto olvidados de la historiografía mexicanista y que podemos fácilmente relacionar con uno y otro de tales pasajes evangélicos: los misioneros apostólicos.

Cierto, se ha escrito mucho sobre las misiones “de infieles”, tanto las del siglo XVI como las posteriores, que se dedicaron a la evangelización “de frontera”, por así decir, lo mismo en la Sierra Gorda que en las Californias. En cambio, es poca la atención dedicada en México a las misiones apostólicas, que eran misiones “populares”, “del interior” o “de fieles”, es decir, dirigidas a pueblos ya cristianizados. Sus orígenes son relativamente remotos, cuando menos medievales, ligados sobre todo a las órdenes religiosas mendicantes, como los dominicos y los franciscanos (siglo XIII) y más tarde (desde el siglo XVI) constituirán también una de las labores más importantes de jesuitas, lazaristas, etc. La semana pasada me referí ya a estas misiones, por lo que me remito a las referencias que ahí aparecen en cuanto a bibliografía (Châtellier, Lebrun, Delumeau, Mejorena, etc.) Hasta donde yo sé, para México sólo David Brading las ha citado en algunos textos, en el marco de la religiosidad barroca novohispana.

Para comprender este género de prácticas es importante tener presente su fundamento evangélico. En los tres Evangelios sinópticos (San Mateo, San Marcos y San Lucas), hay un pasaje en que Cristo envía a predicar a los apóstoles de dos en dos y les da una serie de instrucciones sobre lo que harán en el camino. Como su nombre indica, los misioneros apostólicos no harán otra cosa que seguir el ejemplo de las instrucciones dadas a los Doce, cuyo aspecto mesiánico e incluso apocalíptico actualizarán en los pueblos a su paso durante varios siglos, sobre todo en los siglos XVII y XVIII pero hasta bien entrado el XIX y a veces incluso hasta el XX.

Es mucho lo que hay que decir de estas misiones y de los misioneros. Permítanme quedarme por ahora en su aspecto profético e incluso apocalíptico. Éste tiene también su fundamento evangélico: cuando Jesucristo envió a sus apóstoles a predicar les ordenó “proclamad que el Reino de los Cielos está cerca, curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (Mt, 10:7-8). Pues bien, no otra cosa hicieron sus herederos. Ya en tiempos medievales San Vicente Ferrer auguraba por los pueblos a su paso castigos dignos de Sodoma y Gomorra, evitados gracias a actos de conversión dignos de los ninivitas. Los misioneros de la época clásica fueron más moderados, aunque nunca desprovistos de su fama de taumaturgos y de hacedores de milagros, a comenzar por la conversión de los corazones más duros. Otros actores relacionados con la pastoral de los pueblos de la época, como párrocos y obispos, dejaron al respecto testimonios muy vivos. No puedo evitar citar ampliamente al párroco de Orizaba, José Francisco de Ordosgoiti, cuando argumentaba a favor del establecimiento de un colegio de misioneros apostólicos en su parroquia en 1794. Decía el doctor Ordosgoiti que a la llegada de los frailes: “Se conmoverán sin duda los fundamentos de los montes y temblarán los valles, florecerán los desiertos y la tierra más árida brotará fuentes de agua, el gozo y la alegría brotarán en ella y no se oirá otra cosa que la acción de gracias y la voz de la alabanza. Los lobos se convertirán en ovejas y éstas aprovecharán en su humildad y mansedumbre, y en suma, se conmoverá el Infierno y se repetirán las festividades de los Cielos delante de los ángeles de Dios”.

Hay incluso representaciones de las predicaciones franciscanas que nos muestran efectivamente su carácter sobrenatural. En la iglesia del antiguo colegio apostólico de San Fernando existe por ejemplo una que nos muestra a San Francisco conmoviendo a sus oyentes, mientras sus palabras se elevan al Cielo, donde son seguidas con atención por los ángeles, e incluso en los infiernos los demonios resienten su impacto.

Sobre todo, el aspecto sobrenatural de las misiones era representado cotidianamente en las entradas que los religiosos solían hacer a los pueblos. No puedo sino evocar a título ejemplar la que hicieron en Orizaba los frailes fundadores del Colegio Apostólico de San José de Gracia el 10 de noviembre de 1799. En medio de calles lucidamente decoradas para la ocasión, los tres misioneros fueron recibidos por coros de niños portando palmas y entonando cánticos, entre los que resonaba ya uno de sus himnos más difundidos, el Alabado. Desde luego, las autoridades civiles y eclesiásticas salieron a su encuentro para conducirlos a su nueva iglesia, no sin antes realizar la debida acción de gracias, el Te Deum laudamus oficiado por el párroco de la entonces villa.

Y ya durante las misiones propiamente tales, no faltaron las curaciones, la expulsión de pestes, el control de tempestades e incluso los exorcismos. Más que remitirme a los siglos más lejanos, creo oportuno repetir que este tipo de misiones se siguieron hasta incluso el siglo XX. Un misioneros apostólico de entonces fue el entonces joven San Rafael Guízar y Valencia, a quien ha dedicado una extensa biografía reciente el maestro Félix Báez Jorge, titulada Olor de santidad (Universidad Veracruzana, 2006). Pues bien, cuando el futuro monseñor Guízar predicaba no faltaron milagros, relacionados normalmente con el agua, lo mismo en Guatemala, en Cuba o en México. En Guatemala evitó que sus fieles se mojaran a pesar de una tormenta; en Cuba, sus oraciones detuvieron una lluvia torrencial que amenazaba justo el inicio de su predicación, y en México obtuvo también que cesara una tormenta orando con un niño ante el tabernáculo del Santísimo Sacramento.

Ahora bien, no menos espectacular que sus entradas y sus milagros era la devoción de los misioneros apostólicos por el tema de la Crucifixión. En efecto, fueron ellos quienes difundieron la práctica del via crucis “extramuros”, también conocidos como calvarios en algunas regiones, algunos bajo la forma de representaciones vivientes, en que los misioneros llevaban a los pueblos a recorrer las estaciones de la calle de la Amargura, desde los templos parroquiales a las capillas del Calvario, frecuentemente instaladas en la altura visible más cercana, donde quedaba instalada la gran cruz de la misión. Los religiosos procuraban así perpetuar su obra a través de unas prácticas que habrían de repetirse cuando menos cada Viernes Santo, y contribuían así a la obra de sacralización del espacio. La cruz de la misión recordaría a los pueblos de manera permanente su compromiso con la religión.

Como puede verse, a pesar de su carácter efímero y tal vez demasiado espectacular, dejaron marcas palpables en la vida de los pueblos en las cuales, y en sus consecuencias, no sólo religiosas sino incluso políticas, sería sin duda deseable profundizar.